El kirchnerismo como garante de las ganancias capitalistas

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.


José Luis Rojo

LA EXPLOSIÓN DEL 1 A 1

Queremos detenernos aquí en explicar la lógica del ajuste que sí está en marcha bajo los K: el ajuste inflacionario. Con la crisis de 2001, la burguesía argentina reorganizó de otra manera su adquisición de las ganancias. Durante la mayor parte de los años 90, esto se logró por la vía de la convertibilidad, que imponía un cambio 1 a 1 del peso con el dólar y una baja tasa inflacionaria. En estas condiciones, los salarios en blanco tendían al alza en dólares, pero los contrapesos a esta tendencia estaban puestos con los grandes aumentos de productividad –es decir, explotación obrera– logrados en esos años y, sobre todo, con la creciente tasa de desocupación (llamado por el marxismo “ejército industrial de reserva”), que tendía a tirar hacia abajo el promedio general de los salarios. Llegado un punto, el esquema económico literalmente explotó al llegar a una tasa de hiperdesocupación que entre el subempleo y el desempleo abierto rondaba más del 40% de la población económicamente activa (algo que ninguna sociedad capitalista moderna puede soportar de manera sostenida) y, al mismo tiempo, el tipo de cambio era tan ficticio (no hay más que comparar la productividad de la economía argentina con la de EE.UU.) que no había reservas que pudieran sostener semejante impostura. La incapacidad de la economía de generar la cantidad de divisas suficiente para este esquema artificial llevó al estallido financiero y una cuasi depresión económica.

EN EL MEJOR DE LOS MUNDOS

Allí la economía capitalista dio una vuelta de 180 grados: de una situación casi deflacionaria (caída de los precios) se pasó a la macro devaluación del peso (la imposición casi espontánea del 3 a 1) con la sideral reducción de los salarios reales, al tiempo que comenzó la recuperación del empleo por sustitución de importaciones (por el encarecimiento brutal de las importaciones empezó la reapertura de fábricas nacionales).
Esta medida, que fue impuesta por la fuerza de los hechos (la rebelión popular de 2001 logró conquistas y una experiencia de lucha independiente de importancia, pero no tenía la madurez para imponer una salida anticapitalista), para beneficio de la estabilización del país, no redundó en una crisis hiperinflacionaria porque el ciclo de crecimiento económico venía planchado. Esto impidió un salto exponencial de los precios para ponerse a tono con el nuevo valor del dólar. De ahí que los que apostaron a un dólar a 9 o 10 pesos en ese momento (y que proponían la dolarización abierta de la economía) fracasaron: el dólar rozó los 4 pesos para luego comenzar a caer.
Se estaba en el mejor de los mundos para los capitalistas. Además, a la caída de los salarios reales y los costos –que permitieron recuperar competitividad internacional a la economía– se le sumó el “superciclo” de precios de las materias primas, incluidos los granos que exporta el país.
De ahí que la pelea por esa renta extraordinaria –es decir, su reparto entre los capitalistas agrarios, los industriales y el gobierno– haya estado en el centro de la disputa más grave que tuvieron los K con una parte de los capitalistas: el conflicto agrario del 2008 por retenciones.

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LA FALTA DE COMPETITIVIDAD GLOBAL

Sin embargo, el problema ahora es que ambas fuentes de recuperación de las tasas de ganancias empresarias –y de los ingresos del Estado– se han deteriorado. El aumento de los precios y de los salarios, sumado a cierto estancamiento, aunque en un alto nivel, de los precios  de las materias primas, ha limitado estas fuentes de ingresos. Además, si la industria se recuperó, al igual que el empleo, su productividad promedio y el entramado industrial del país luce tan desigual como históricamente ha sido. De ahí que el déficit del intercambio industrial con el resto del mundo sea crecientemente deficitario. La industria abastece parte del mercado interno y también posee productos exportables (sobre todo automotores), pero globalmente no genera divisas; su productividad promedio sigue siendo no competitiva para los estándares internacionales, a diferencia de la del agro.

AL SERVICIO DEL CAPITAL

¿Esto quiere decir que, entonces, la clase capitalista está perdido plata en los últimos años, resignando ganancias? Para nada: el kirchnerismo les ha garantizado su rentabilidad en otras condiciones, atendiendo a las “restricciones políticas” de la Argentina en materia de las relaciones de fuerza entre las clases.
Siempre hemos dicho que este gobierno es 100% capitalista. Sus veleidades “progresistas” respondieron a que los K entendieron que el país debía ser administrado de otra manera, en las condiciones creadas por el estallido 2001, que imposibilitaban seguir adelante con las recetas “ortodoxas”. Primero, estabilizaron el país y le posibilitaron a los capitalistas ganancias extraordinarias, de las más altas de la media histórica. Pero andando el tiempo, el salario real se fue recuperando y el esquema  de exportación de commodities, renta agraria extraordinaria y retenciones se fue haciendo insuficientes para seguir disfrutando de esas altísimas ganancias sin nuevas medidas de política económica.

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AJUSTE INFLACIONARIO

Allí hizo su irrupción el ajuste inflacionario. Ante las dificultades de imponer un ajuste económico abierto, en regla, por la vía de un aumento de los precios y las tarifas en simultaneidad con un ajuste fiscal y despidos públicos y privados para bajar el salario real y los costos, se compensa a los empresarios con una batería de medidas. Entre ellas, permitirles aumentos sistemáticos de precios, pero también los subsidios al transporte y la energía. En reemplazo de un aumento de tarifas suficiente, se otorgan subsidios para paliar el aumento de los costos.
Así entramos en la calesita de la competencia entre precios y salarios: una economía inflacionaria con un aumento de precios anual promedio del 25%, que todo indica que va a continuar.
Para este mecanismo, un instrumento muy importante son las paritarias, mediante la cual se regulan los salarios y que pueden servir para que éstos acompañen –puntos más, puntos menos– la escalada inflacionaria (como ha sido hasta ahora), o para restringir esos aumentos imponiendo abiertamente salarios a la baja.

LUCHAR PARA QUE LOS CAPITALISTAS PAGUEN LA CRISIS

El ajuste inflacionario que administran los K está llegando a su límite recibió un voto castigo del 27 de octubre pasado, aun cuando aparece como ajuste más sutil y no abierto, como medidas de shock económicas neoliberales. Ese límite es que, por un conjunto de razones (aumento de la emisión, del déficit fiscal, escasez de divisas que no puede paliarse, brecha creciente entre el dólar oficial y el paralelo), redunda en el peligro de una crisis económica abierta, sea por corrida cambiaria, corrida bancaria, estallido inflacionario u otras razones. Entonces, no quedan más que dos salidas: una que venga desde el lado de la clase trabajadora y le haga pagar la crisis a los capitalistas, o el clásico recetario del ajuste económico neoliberal, que es lo que pide la oposición patronal para “sincerar” las variables económicas y entregar el país “ordenado” en 2015.
Esto es lo que estará en juego en los próximos años o, a más tardar, luego de las presidenciales. La tarea central de la izquierda revolucionaria no es acumular más parlamentarios como fin en sí mismo, sino poner su peso político creciente al servicio de una construcción orgánica que cree las condiciones para una salida revolucionaria ante el creciente agotamiento de un “modelo” cada vez más deteriorado.

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