La Nación tituló su editorial de hoy “Estertores póstumos de la Estrella Roja” en clara referencia a la izquierda. “Tras el fracaso del comunismo, las izquierdas duras buscan articular todo reclamo en su provecho, sobre la base de desteñidos manuales soviéticos”. Ya en las primeras líneas, el autor destila un odio indisimulable y una notoria y evidente preocupación. A lo largo de la editorial, mezcla agua y aceite, Biblia y calefón, cosas y personas de forma desordenada de manera tal que quede sólo una idea: La izquierda es mala, mala.

El artículo parece ir en sintonía con el no menos temeroso editorial de The Economist del viernes pasado, que dedica sus líneas a hablar del “auge del socialismo millenial”. Es evidente que algo está pasando en este mundo del siglo XXI.

“¿Qué tienen en común los reclamos de igualdad de género con la división de poderes? ¿O el debate sobre el aborto con la libertad de prensa? ¿Qué vincula a los ecologistas con la independencia del Poder Judicial? ¿Qué relación hay entre las protestas docentes y la periodicidad de los cargos electivos? ¿Y entre las marchas por las tarifas y la libertad de expresión? Son todas cuestiones que surgen en las democracias liberales, donde es posible hacer planteos que pueden crispar tradiciones centenarias, pero que son escuchados y discutidos en un ámbito de diálogo y tolerancia. Ese contexto solo es posible cuando rigen la división de poderes, la libertad de prensa, la independencia del Poder Judicial, la periodicidad de los mandatos y el derecho a expresarse libremente. Esto es, cuando funciona el Estado de Derecho y no a la inversa.”

El “Estado de Derecho” nos es presentado como una entidad metafísica que existe por encima de las personas y su historia, como un regalo divino al que los trabajadores, las mujeres y los que luchan en general les deben un agradecimiento jamás formulado por rencor, ignorancia u otro motivo cualquiera. Las “democracias liberales” son el siempre eterno reino de la libertad, de la que brotan todos los conflictos de la sociedad moderna, pues es ella y sólo ella la que permite su existencia “en un ámbito de diálogo y tolerancia”.

La realidad históricamente comprobable es que las “democracias liberales” surgieron de las revoluciones que pusieron a una clase en el gobierno, la clase capitalista, y que el reino eterno de la “libertad” lo fue para la clase que efectivamente ostentaba (y ostenta) el poder. El derecho a votar fue mayoritariamente para una parte (en general ínfima) de la población, para grupos selectos de propietarios. La libertad de prensa lo fue para quienes tenían ideas aceptables y los bolsillos lo suficientemente llenos para imprimirlas (como el mismo diario La Nación y los Mitre). La libertad de organizarse en partidos legalmente reconocidos era para las diferentes fracciones en las que se iban dividiendo los propietarios.

El derecho al sufragio universal fue en general conquistado contra las democracias liberales y la burguesía gobernante, tanto para la mayoría de hombres mayores como (más tarde) para las mujeres. Y quienes osaban reclamar semejante cosa fueron no raramente ametrallados. En Argentina, el sufragio universal (masculino) no existió hasta después de la “revolución del parque”; en Francia, luego de las revoluciones obreras de 1848 y 1871, reprimidas a sangre y fuego; en Estados Unidos, los negros no pudieron votar hasta ser masacrados los miembros de varias generaciones de ellos. Las mujeres no corrieron mejor suerte. En otros lugares, como Alemania e Italia, el derecho a votar surge como concesión para ampliar la base de apoyo de los nuevos gobiernos. Pero la burguesía nunca se olvidaba de conceder eso sin asegurarse que la gente votara lo razonablemente aceptable prohibiendo toda actividad socialista, sindical y de asociaciones obreras.

Cualquiera con alguna noción básica de historia sabe que las libertades de protestar, de organizarse, de crear asociaciones de trabajadores, de tener prensa propia, fueron conquistadas luego de sufrir duras represiones y masacres. Los regímenes políticos que ostentaban una constitución, tribunales, códigos legales estrictos y, por sobre todas las cosas, el palabrerío chillón sobre la libertad, tienen también en común haber reprimido a sangre y fuego otro tipo de libertad, la de otra clase social. Las libertades de la democracia liberal fueron conquistadas por los trabajadores contra la democracia liberal. El editorialista de La Nación siente la frustración del esclavista que trata de malagradecidos a los negros que “liberó” cuando éstos le pusieron una soga en el cuello. Y si podemos entender su sentimiento de agravio, no por eso estaremos dispuestos a dar las gracias. Claro que la democracia burguesa es el mejor régimen al que pueden aspirar los trabajadores en los marcos del capitalismo, pero sólo porque con ella puede ejercer los derechos conquistados contra su voluntad.

Nuestro liberalísimo editorialista, luego de su reivindicación de la libertad nos ofrece una muy respetable explicación de sus límites: “Toda forma de convivencia social implica compartir valores y establecer un cierto orden para la acción colectiva. Todo orden, a su vez, significa fijar jerarquías de autoridad y formas de ejercer la coerción para cumplir las reglas. Siempre habrá quejosos y disconformes: hijos y entenados; alumnos que increpan a sus profesores; infractores que cuestionan a la policía; obreros que toman fábricas; desempleados que cortan rutas; igualitaristas de género que no toleran ni las cortesías; abolicionistas que descreen del castigo; subalternos que desprecian a sus jefes; anarquistas que desconocen al Estado; racistas que aborrecen la inmigración; piqueteros que cobran para movilizar descontentos.”

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Ciertamente, no inventan nada nuevo. “… la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades era proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los «derechos iguales de otros y por la seguridad pública», o bien por «leyes» llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública… Allí donde veda completamente «a los otros» estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución… En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.”

El artículo de La Nación es susceptible de la misma crítica de la Constitución burguesa de Francia de 1848, hecha por Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad.”

Así, la represión de movilizaciones y huelgas, las celadas policiales sobre las luchas, son una necesaria restricción de la libertad en nombre de los intereses de la libertad y la democracia liberal. Así funciona la democracia capitalista, en efecto. Nuestro autor da en el clavo.

No perdamos de vista la imagen que nos presenta de las protestas surgidas desde abajo. Todo parece estar en orden en el mundo capitalista, si alguien se queja es por inadaptado, revoltoso, criminal. No hay motivo serio para quejarse; la espada de Damocles del desempleo y la miseria, las muertes por abortos clandestinos, las quejumbrosas vociferaciones sobre el envenenamiento por agrotóxicos son para nuestro liberal diario una cosa inentendible, de las que se siente a gusto hablando desde la comodidad de su jerárquico y respetable sillón.

“Su misión es identificar todas las quejas, todos los reclamos, todas las tensiones sociales para ‘articularlas’ en su provecho sobre la base de antiguos manuales soviéticos, desteñidos libros rojos y consignas vetustas del Gramsci encarcelado.” En esto tenemos que darle la derecha a nuestro autor. En efecto, transformar la protesta y sus intereses en una causa común que pueda aspirar al poder es lo que hacemos.

Lo que no va al caso es la referencia a los “manuales soviéticos” en las mismas líneas en las que se critica a los “trotskistas all’uso nostro”. Si a los clásicos del marxismo se refiere, es poco probable que se trate de “desteñidos libros rojos”. Con la crisis del 2008, la lectura del marxismo (jamás muerta ni superada) ha vuelto a crecer junto a la publicación de flamantes y nuevas ediciones, muy leídas por miles y millones. La lectura de Marx, publicada y re publicada una y otra vez, simplemente no tiene tiempo de desteñirse. Mientras tanto, los autores que seguramente son de las simpatías de este hostil escritor dudosamente tengan tanta difusión, menos aún nuevas ediciones y todavía menos lectores. Así son las cosas, mal que le pese.

La mezcla de “trotskismo” y “manuales soviéticos” no es la única rareza. A lo largo de la nota se pone en un mismo plano muchas cosas de forma tal que la imagen presentada es la de un monstruo deforme en la que ninguno de sus miembros parece pertenecer al mismo organismo. ¿No sabe acaso nuestro autor que el trotskismo se ha opuesto a los ideólogos oficiales de la URSS desde su surgimiento como corriente continuadora del marxismo? ¿Es acaso un ignorante o un malintencionado mentiroso?

“El posmarxismo denuncia esquemas de dominación detrás de cualquier orden que adopte una democracia liberal, fuere cual fuese su tendencia. Y allí incuba la prédica para convocar, en un discurso común, los plañidos de ecologistas, estudiantes, docentes, sindicalistas, libertarios, abortistas, taxistas- hasta donde sabemos, la existencia de redes de automóviles para su uso pago no es un invento comunista, vaya uno a saber por qué se incluye a los taxtis en esta lista-, piqueteros, pilotos o jubilados… La reforma constitucional pergeñada por La Cámpora, en esa línea, propugna una democracia radical, donde el pueblo ejerza sus derechos en forma semidirecta, sin los frenos y contrapesos del modelo alberdiano, con una Justicia sin venda, que responda al deseo de las mayorías y sin prensa “hegemónica” para el discurso único.” ¿Cómo puede hacerse con semejante seriedad una alquimista mezcla de cosas tan diferentes como el marxismo (el “pos” está de más) y una reforma constitucional de La Cámpora? ¿Cuándo y en dónde tuvieron algo qué ver entre sí? ¿Es acaso este periodista un ignorante o un malintencionado mentiroso?

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“El único orden que admiten los émulos de Nicolás Ceaucescu, Janos Kadar, Erich Honecker, Wojciech Jaruzelski, Gustav Husak, Fidel Castro y otros líderes de la Estrella Roja cuando aún resplandecía es el orden político.” ¿Cuándo quiso el trotskismo emular a estos personajes del estalinismo tardío y decadente cuando ni siquiera quiso mezclarse con el estalinismo joven y vigoroso? ¿No sabe acaso absolutamente nada de la historia y la tradición del trotskismo, que supo ver tempranamente a estos oficinistas adocenados como los futuros responsables de la restauración capitalista? ¿Es acaso este periodista un ignorante o un malintencionado mentiroso?

“Muy decepcionados quedarán los quejosos que acepten en sus filas las banderas rojas, los Eternautas del mausoleo o los adalides de Cristina Eterna, en busca de masa crítica para ‘ir por todo’ y dejar impunes sus delitos.” ¿En qué cabeza se pueden mezclar las banderas rojas del trotskismo con “Cristina eterna” y la búsqueda de su vuelta al poder? ¿Dónde y cuándo? ¿Es que acaso una huelga o manifestación es lo mismo, exactamente lo mismo, que hacer campaña electoral por Cristina 2019? Nuestro autor parece imaginar que toda protesta contra el ajuste anti obrero de Macri no es sino una conspiración cristinista, pues poca raíz podría tener en la realidad que viven millones. Lo natural es aguantarse y sufrir, todo lo demás es campaña electoral nada más y nada menos que de Cristina, con el sólo objetivo de “dejar impunes sus delitos”. ¿Es acaso este periodista un ignorante o un malintencionado mentiroso?

“Tras el fracaso del marxismo como forma de organización social, cuyos últimos exponentes son la Cuba con jubilaciones de 10 dólares, la Venezuela del déspota Maduro, la Corea del autócrata Kim Jong-un o la China donde conviven multimillonarios y campos de concentración, ahora las izquierdas duras proponen una nueva lectura de Karl Marx para superar la interpretación original fracasada.”

Dejémosle pasar a este editorialista el hecho de que nunca explica cuál sería la “nueva” lectura de Karl Marx. Hablemos de lo siguiente: su identificación del fracaso del estalinismo con el del marxismo como tal. Desde Marx (nuestro autor podría informarse un poco y leer ese enorme clásico que es La Ideología Alemana) decimos que los hechos históricos deben ser evaluados no por su denominación, sino por su hecho, no por lo que dice ser, sino por lo que es. Y no hablamos de fantasmagóricas denominaciones que existen por encima de las personas, de socialismo mal aplicado y bien aplicado, de capitalismo bien aplicado y mal aplicado. Los sistemas existen a través de personas concretas divididas en clases sociales antagónicas, no son ideas aplicadas a la sociedad de forma independiente venidas de un mundo ultraterreno, a la manera platónica. Hay socialismo, o transición a él, donde hay trabajadores gobernando. Hay marxismo allí donde se manifiesta esa corriente histórica que le ha abierto paso al movimiento obrero a lo ancho y largo del mundo. Mezclar ese fenómeno histórico, el de la clase trabajadora organizada, con los tradicionalistas coreanos que afirman tener un pensamiento específicamente nacional, con la burocracia capitalista de China o con regímenes que jamás expropiaron a los capitalistas como el venezolano, es de una impudicia o ignorancia muy resuelta.

Sea como sea, esta mezcla desvergonzada de cucos de los liberales, esta invectiva contra la izquierda, algo significa. Más en una editorial de un importante diario vocero de la clase dominante. Con el crecimiento de la polarización política a nivel internacional, La Nación quiere exorcizar el fantasma del comunismo. En esas líneas hay temor por un fenómeno incipiente pero real, sobre el que algo había que hacer.

Entonces, de nuevo. ¿Es este periodista un ignorante o un malintencionado mentiroso? Nos inclinamos a pensar que puede ser ambas cosas a la vez.

 

(1) No está de más recordar que Mitre es reivindicado por La Nación como un representante de la “democracia liberal” con la que se identifican. Se trata él de un histórico líder de la oligarquía argentina, electo como presidente por la minoría que podía votar en ese momento según el tamaño de sus riquezas, responsable (entre muchas otras cosas) de la carnicería contra el pueblo paraguayo de la Guerra de la Triple Alianza, que se calcula tuvo por víctima a alrededor del 80% de la población masculina del país vecino. ¡Todo un liberalísimo liberal!

 

 

 

 

 

 

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