Diego Armando Maradona

Humano, demasiado humano

En el día de hoy, miércoles 25 de octubre de 2020, nos enteramos de la muerte de Diego Maradona. Miles de horas de radio y televisión, millones de artículos en internet, litros de tinta y kilos de papel seguramente serán utilizados alrededor del mundo entero, en cada uno de los países, para dar cuenta de la muerte de quien fuera, posiblemente, uno de los ídolos más plebeyos y controversiales.

Martín Primo
Director del semanario Socialismo o Barbarie.


La figura angulosa, irregular e irreverente de Maradona no cabe en los moldes de una posmodernidad aséptica y políticamente correcta. Del Diez se puede decir de todo, pero para ser justos con su figura, no es conveniente atribuirle cosas que no era. Maradona no era un Dios, no era un santo, no era un revolucionario. Era la perfecta amalgama de un hombre contradictorio.

Las corrientes populistas y nacionalistas burguesas harán de Maradona una bandera política, y puede que tengan motivos. Pero lo que en el Diez fueron posicionamientos elementales progresivos, en esas corrientes políticas es un programa consciente. Lo que en Maradona es un sentimiento espontáneo sin mayor desarrollo político (cosa que por otra parte no tenía por qué tener), en el populismo y el nacionalismo burgués cristaliza como un programa definido, y como tal, es retrógrado.

Quizás lo que más acerca al Diez a estas tendencias sea su faceta menos importante: su derrotero en la política nacional. Probablemente porque la labilidad del pensamiento político de estas corrientes, se ve plasmado en la maraña de contradicciones del Diez en ese terreno.

Es que si uno mide a la figura de Maradona desde el ombligo de la política argentina, sólo puede ver un revoltijo contradictorio e incoherente donde todo es confuso. Maradona mostró simpatías por Alfonsín, apoyó a Menem en 1989, nuevamente en el 1995 y una vez más en 2003. En 1999 le dio su apoyo a la Alianza y un año después, en vísperas del Argentinazo, volvió a dar muestras de apoyo a De la Rúa; finalmente, luego del triunfo de Néstor Kirchner en 2003 le brindó su apoyo al kirchnerismo. Quizás la muestra más palpable de este menjunje se haya reflejado en la dedicatoria de su autobiografía “Yo soy el Diego de la gente” del 2000. En ella se puede leer, luego de las dedicatorias personales: “A Fidel Castro, y por él a todo el pueblo cubano. A Carlos Menem.”

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Pero Maradona no era una figura nacional, era un personaje de trascendencia mundial y sería erróneo juzgarlo exclusivamente desde la miopía nacionalista.

Diego Armando Maradona nace en una de los barrios más pobres del sur del Gran Buenos Aires. Desde allí y gracias a sus extraordinarias cualidades como jugador, se proyecta a la cima del fútbol justo en el momento en que este deporte se empezaba a conformar como uno de los principales negocios del mundo. Quizás, quien mejor pueda sintetizar el vértigo de este salto (según relata Guillermo Cóppola) sea el propio Maradona al afirmar: “Nací en Villa Fiorito. De ahí, me pegaron una patada en el culo y me mandaron a la cima del mundo. Llegué a ese lugar, miré a los costados y no había nadie”.

Pero si Maradona es la figura extraordinaria que es, no se debe exclusivamente a haber sido el más habilidoso de los jugadores de fútbol. Habilidosos hay muchos; Diego, uno solo. Es que desde esa “cúspide”, sin más aparato y espaldas que la suya propia, Maradona bregó en pos de las causas que él creía justas y además se destacó por su irreverencia ante muchos de los poderes establecidos.

En 1986 se enfrentó a João Havelange, arquitecto del negocio del fútbol, en medio del Mundial de México, porque la FIFA programaba los partidos en el horario de máximo calor en beneficio de la televisión europea. Nuevamente en 1995 se enfrentó a los popes de la FIFA cuando llamó a conformar la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales, junto a figuras como Eric Cantoná y HristoStoichov, con el objetivo de enfrentar los abusos de la dirigencia del fútbol contra los jugadores.

En el 2000, marcó la opulencia e hipocresía de la Iglesia católica, del Vaticano y del papa Juan Pablo II:“Entré al Vaticano y vi el techo de oro. Y me dije cómo puede ser tan hijo de puta de vivir con un techo de oro y después ir a los países pobres y besar a los chicos con la panza así”.

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Maradona profesaba un espontáneo antimperialismo plebeyo. No era un militante político, no era un revolucionario, ni menos un teórico. Pero su sensibilidad natural lo llevaba a poner su prestigio en pos de las causas que consideraba justas. Apoyó a Cuba frente al imperialismo yanqui; en 2005 se sumó a la campaña del chavismo contra el ALCA en Mar del Plata en ocasión de la visita de Bush a la Argentina; siempre denunció las maniobras del imperialismo yanqui contra Venezuela y en 2018 se declaró defensor de la causa palestina.

Maradona no era ingenuo, sabía que era una figura internacional. Él era plenamente consciente que sus declaraciones eran una caja de resonancia que se replicaba en todo el mundo.

Pero la fuerza política de las declaraciones del Diez estaba siempre limitada por ese antiimperialismo espontáneo. Nunca distinguió la legitimidad de las causas defendidas de los dirigentes que ocasionalmente estaban al frente de esas causas. Fue un admirador acrítico de Fidel Castro, de Hugo Chávez e incluso del decadente Nicolás Maduro. ¿Pero es justo exigirle a Maradona que debía haber ido más allá? Maradona no era un dirigente de masas ni nunca se postuló como tal. El Diez, a lo sumo, pudo encarnar la voz más elemental del desprecio de los de abajo hacia las injusticias del poder. Lo que no es poca cosa en un mundo donde las figuras del arte y del deporte parecen haberse acostumbrado a ser acríticas piezas de una maquinaria que no hace más que engrosar sus cuentas bancarias. Diego no fue uno más, y esto lo hizo diferente. En un mundo muy corrido a la derecha, la voz de Diego siempre tendió a tener un tono disonante e incómodo para los de arriba. Pero no era un Dios. Era humano, demasiado humano.

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