Por Fernando Dantés

Quienes han dominado siempre las sociedades jamás presentaron su gobierno sobre la misma como lo que es: sojuzgamiento. Lo han hecho en nombre de Dios, de la nación, de una raza. Hoy lo hacen en nombre de “la soberanía popular”. Pero su contenido es el mismo, aunque de forma muy distinta: una clase minoritaria, rica y dominante gobierna sobre las amplias mayorías populares. Los socialistas hemos denunciado siempre que la mal llamada “democracia” capitalista pone mil y un escollos en el camino de que el pueblo ejerza realmente su gobierno y su voluntad. De palabra, gobierna el pueblo; de hecho, se le ponen todas las trabas posibles a que lo haga..

Pues bien, el Senado ha demostrado ser una de esas trabas. La sola existencia de una “Cámara Alta” es reaccionaria. Su idea se remonta a unos siglos atrás, cuando nobles, curas y reyes se veían obligados a ceder algo de su poder al “Tercer Estado” con algunos derechos de sufragio para que el “populacho” pueda elegir a sus “representantes”, pero buscaban sostener el poder efectivo con una “cámara” con poder de veto en la que estén representados ellos y sólo ellos. Argentina es hace tiempo un país donde no hay nobleza (aunque si haya curas a los que no les falta poder efectivo), pero el  Senado se mantuvo como forma de burlar la voluntad popular.

Hay muchos motivos por los que el Senado es una burla de la palabra “democracia”.

En primer lugar, la representación de las provincias y ciudades más concentradas es proporcionalmente muy baja. Si Tierra del Fuego tiene un senador por cada 56 mil habitantes, la Provincia de Buenos Aires tiene uno por cada 5 millones. Todas las encuestas reflejaban que, en esta última, la ley del derecho al aborto contaba con el apoyo de alrededor del 60% de quienes viven allí, contra menos de un 30% en contra. Entonces, con el sistema de representación de la “Cámara Alta” y suponiendo que la totalidad de quienes viven en la provincia austral hubiera estado en contra del derecho al aborto, 150 mil personas tienen el derecho a decidir sobre otras  11 millones. Y lo llaman “democracia”.

La consciencia de las sociedades avanza, pero de su experiencia política quedan resabios, cargas del pasado, resacas de experiencias políticas ya superadas. En Argentina, una experiencia sobradamente pasada es la de Carlos Menem. Sin embargo… es senador. Y como tal, por la forma de representación que describimos más arriba, tiene el mismo poder que alguien con cinco millones de votos en la Provincia de Buenos Aires. La aplastante mayoría del pueblo argentino sabe muy bien quién es, aunque haya todavía una minoría que no haya sacado las conclusiones sobre su década de gobierno. Con este sistema “representativo”, la minoría decide sobre la mayoría y el pasado decide sobre el presente, atrasando el futuro.

Si hay algo que es clásico en las sociedades modernas es el crecimiento de las ciudades numéricamente, económicamente y como centros de lucha política. Las grandes concentraciones urbanas, con su economía, su industria, sus centros educativos, tienden a ser una colmena de actividad política e ideológica de los de abajo, son más permeables a las ideas más avanzadas. En los lugares más dispersos y menos poblados, la tendencia es la inversa. En general, la actividad política dominante es más “tradicional”, los de abajo tienen poca participación y por eso hay más atraso, la Iglesia tiene un poder sobre las vidas de las personas mucho mayor. Con este sistema político, lo menos activo se agarra desesperadamente de los pies de lo más avanzado para que no camine. En la democracia de la calle, el mecanismo es el inverso: quienes caminan adelante, la vanguardia, logran arrastrar tras de sí a los rezagados.

Finalmente, digamos algo más general respecto a la democracia de los ricos. Quienes gobiernan, una vez electos, no tienen ningún control por parte de los electores. Hacen y deshacen a conveniencia. Se puede prometer todo en campaña y traicionar lo dicho después de las elecciones. Así ha hecho el macrismo, que prometió que “cada día ibas a estar un poco mejor” y que no ibas a “perder nada de lo que ya tenés”. Quienes dominan realmente son los representantes de la democracia de la Bolsa, la industria y el comercio, los capitalistas. Ellos dictan qué se debe hacer.

Luego, cuando ya se ha hecho alguna experiencia con un político capitalista, el sistema “democrático” es lo suficientemente laxo para poner millones de pesos en presentar una alternativa como la única posible. Los trabajadores y el pueblo no pueden seleccionar entre los suyos quién los representa más, los capitalistas buscan entre sus filas los miembros de un partido-camaleón que sepa leer en la frustración de masas para usarlo nuevamente a su favor. Y para esta tarea muchas veces requieren simplemente del peor personal disponible, que a veces roza la imbecilidad. Podemos pensar por ejemplo en Bullrich, que le ganó las elecciones a Cristina en Buenos Aires (sin tener de todas formas una clara mayoría) con el nivel político e intelectual del poema “no me mates mamá”. Así funciona el “voto castigo”, el “voto útil”, con el que hasta el más insignificante de los hombres puede convertirse en senador. Así llegan personajes como Esteban Bullrich a decidir sobre la vida de millones de mujeres. El gobierno decadente de la clase capitalista se convierte en el gobierno de la mediocridad, de la anemia intelectual organizada.

Para hablar sinceramente de democracia hay que apoyarse en la calle, que expresó cabalmente la voluntad de las mujeres, de los trabajadores y los jóvenes que simpatizaron con ellas. La calle está gestando una democracia superior, de los trabajadores. Se puede comenzar luchando contra las instituciones que más claramente están representando una traba a la soberanía popular: Hay que abolir el Senado.

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