Se cierra el telón de la comedia del nuevo gobierno “constitucional”. Los actores dan las gracias y apuntan al público con sus armas. Los espectadores, estupefactos, ven que siempre estuvieron vestidos de verde oliva. Los taparrabos democráticos, legales e institucionales del estado boliviano se cayeron; ahora muestra su funcionamiento al desnudo, a punta de pistola.


La represión y los brutales asesinatos de ayer en Cochabamba hicieron evidente lo que ya era obvio: en Bolivia hay golpe de estado y como tal tenía que actuar siendo gobierno. Su supervivencia reaccionaria depende de la aniquilación de toda disidencia, de cualquier organización con un mínimo de poder propio que no sea la de las Fuerzas Armadas y las instituciones del nuevo gobierno. Y para eso necesitan aplastar las organizaciones populares que son parte cotidiana de la vida diaria de amplias masas, las únicas que pueden poner en este momento en jaque al golpismo.


Ayer conmovió al mundo la imagen de la mujer indígena lamentando el brutal asesinato de su hijo. La procesión, el funeral de los asesinados en Cochabamba que se transformó en una movilización popular de protesta, hizo correr un escalofrío a millones a lo largo del continente. La respuesta a la represión y movilización en Potosí puso en movimiento a una franja de los oprimidos que hasta ahora estaba al margen de las cosas. Es evidente que hay mucho más en juego que la interpretación más o menos equívoca de los resultados de una elección.

Hace unos días decíamos:

El gobierno de Evo Morales fue en muchos sentidos una “transacción” entre las organizaciones de masas surgidas de la lucha y el estado boliviano. Sin tocar las bases sociales del capitalismo boliviano, Evo trató de institucionalizar y domesticar esos organismos de lucha. Se trató para la clase capitalista de una concesión necesaria frente a los peligros que implicaban las movilizaciones radicalizadas que echaron a los gobiernos anteriores. El golpe de estado ahora implica la voluntad de la burguesía de acabar con esa “transacción” y volver a gobernar sin ningún condicionamiento obrero, indígena y popular.

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La fachada “democrática” que intentaban usar los golpistas implica aceptar la existencia de organizaciones opositoras bajo los límites impuestos por el propio poder. Con el golpe, la “transacción” se acabó y los golpistas quieren solucionar las cosas por la vía dictatorial clásica, aplastando a la oposición.

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Golpismo

No se trata sólo de las balas: todas las formas de gobernar de la camarilla que puso a Añez como cara visible cobran formas cada vez más agudas de un golpe de estado clásico.

“Les digo a todos aquellos que están en sedición que van a ir a la cárcel (…) Empiecen a correr” dijo el ministro Murillo, en referencia al MAS. “Vamos a ir a la cacería”. Cuando se trata de acabar con las organizaciones de lucha de masas que se han puesto en movimiento en estos días, se persigue también a los partidos que representan el “acuerdo” pacífico entre la vieja clase dominante blanca y sus perros vestidos de verde, por un lado; y las organizaciones obreras, campesinas y originarias, del otro. Todo se define por la fuerza.

Sin demasiada preocupación por la fachada democrática, el gobierno de facto se ha lanzado a una descarada política de censura de la prensa. La persecución de los periodistas extranjeros logró despertar la indignación hasta de los periodistas más fervorosos encubridores del golpe en Argentina, como los de TN. «Aquellos periodistas que estén haciendo sedición deberán responder ante la ley» dijo la nueva titular de la cartera de comunicación del gobierno de Añez.

“Hemos identificado grupos subversivos armados, conformados por súbditos extranjeros y compatriotas” sostuvo la nueva “presidenta”. La firma de del decreto de hoy no deja lugar a las dudas: exime de toda responsabilidad legal por sus asesinatos a las Fuerzas Armadas, dejándole la vía libre para matar a voluntad.


Las palabras “subversión” y “sedición” son demasiado conocidas para que sea necesario advertir sobre lo que significa que sean usados por funcionarios de un gobierno. Su sola pronunciación suena al tono metálico de los comunicados militares que anunciaban a la población que se había puesto una espada sobre su cabeza.

 

Polarización

Donde se definen los intereses fundamentales de las clases sociales, los mecanismos de la convivencia democrática se desmoronan. La comedia de los “intereses nacionales” comunes a todas las clases se termina sin aplausos.

Hasta bien avanzada la ofensiva golpista, la fachada “democrática” podía aparentar sostenerse. Una parte de la vieja base social de Evo se había apartado de él, llegando incluso a simpatizar con los reclamos “democráticos” de Mesa. Las Fuerzas Armadas no actuaban al desnudo como fuerza por encima de la “democracia”. Las movilizaciones de la clase media reaccionaria tenían un tono “moderado” que sólo exigía que haya ballotage entre Morales y Mesa. La “democracia” capitalista seguía encubriendo la lucha de clases que comenzaba a levar.

La lógica implacable de las cosas, los intereses sociales opuestos, han dispuesto el tablero de otra manera. Las clases medias reaccionarias pasaron de Mesa al fascista Camacho y su grupo racista blanco, pasaron de exigir “democracia” a que Evo se vaya sin necesidad de la molestia de las elecciones, se dispusieron a atacar a las comunidades de los explotados y oprimidos con saña revanchista.

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Para cuando se consumó el golpe, la dirección de las clases medias las mandó a sus casas. Ya no eran necesarias: sus jefes ahora disponían directamente del uso de las armas del estado, cuyas fuerzas represivas se habían volcado hacia ellos. Ahora hay al frente del estado boliviano una fachada de gobierno que encubre el poder de las Fuerzas Armadas, los perros guardianes de la vieja clase dominante, de la burguesía boliviana profundamente racista anti indígena.

La respuesta comenzó en El Alto. Su organización de masas echó al estado boliviano del territorio y lo hizo propio, la policía no puede entrar. Luego fueron los campesinos, con su fuerza extendida en todos los puntos del campo del país. La represión sobre las masas desarmadas de Cochabamba puso en movimiento a otras ciudades, como Potosí, que se movilizaron en masa.


De un lado, la clase dominante con el ejército cuidando su espalda y matando manifestantes. Del otro, trabajadores, campesinos y originarios. Los intermedios se adelgazan y se puede ver a las clases sociales en una pugna desnuda, en la que los de abajo enfrentan a las balas con el pecho. Incluso se puede detectar un corte territorial característico de una guerra civil, hay zonas controladas por los rebeldes que los golpistas no pueden pisar y viceversa.

Claro que no estamos aún frente a una guerra civil como tal, pero las fuerzas parecen disponerse en ese sentido. Las masas que resisten al golpe siguen, no obstante, prácticamente desramadas: enfrentan a los tanques y las balas con palos y piedras.

Mientras tanto, Evo intenta desde México abrir negociaciones con el nuevo gobierno golpista hacia las elecciones que habría en enero. No obstante, nada indica que los golpistas estén dispuestos a ninguna transacción “democrática” como la que intentaría insinuar el MAS, poder presentarse a elecciones con nuevos candidatos. Si Añez en un principio dijo que podrían hacerlo, luego sostuvo que eso debía definirlo “la justicia”. Mientras tanto, el partido de Morales se encuentra en una situación de semi proscripción, con sus miembros perseguidos y sus líderes exiliados. ¿Qué elección puede desarrollarse en esas condiciones? Una parecidas a las de las viejas dictaduras del siglo pasado, en el que invariablemente ganaban los candidatos apoyados oficialmente por las Fuerzas Armadas.

Las elecciones sólo podrán sancionar el resultado de la lucha que se desenvuelve en estos momentos: las masas rebeldes de un lado, los golpistas y la burguesía del otro. Y el nuevo gobierno ya demostró que está dispuesto a hacer correr sangre para imponerse.

 

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