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Glovo, explotación capitalista del siglo XXI

La noticia acerca del accidente que sufrió el viernes 26 un repartidor de Glovo, Ernesto Floridia de 63 años, suscitó enorme indignación ante la respuesta de la empresa al ser informada. Gracias a la foto que difundió a través de su cuenta de twitter la periodista Yanina Otero, se puso al descubierto para todo aquel que quiera ver la realidad de la “economía colaborativa”.

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Gala Chilavert


“¿Cómo se encuentra el pedido?” La prioridad era saber si una pizza estaba o no en condiciones de ser entregada, aunque el trabajador repitiera una y otra vez que no podía levantarse o moverse para despejar la preocupación de la empresa. Glovo en un comunicado se disculpó este lunes y anunció que investigará la “falla” en la aplicación del protocolo ante el accidente sufrido por el “colaborador”.  Poco margen quedó para disimular la precariedad absoluta a la que son sometidos los trabajadores de este tipo de empresas.

El verso de la “economía colaborativa”

Es sabido que el desarrollo del capitalismo software viene en franco ascenso a nivel mundial, sus exponentes se jactan de innovar y fomentar el talento de “emprendedores”. Ante todo se cuidan como la peste de reconocer que, cuando fundan una empresa que presta un servicio, entablan una relación laboral con sus “colaboradores”, es decir, más allá de las diversas denominaciones, no quieren reconocer que tienen empleados.

Recientemente, el creador de Glovo, Oscar Pierre, declaraba en una entrevista cuando le preguntaron sobre la intención de regularizar la situación de los trabajadores de su aplicación:

“De momento creo que la flexibilidad gana, aunque hay algunas minorías que hacen mucho ruido. La flexibilidad no se debería perder. La regulación debe avanzar, porque ahora solo hay dos polos: el empleado y el freelance. Una figura intermedia tiene sentido. Nos gustaría que tuviesen otras coberturas, que no podemos ofrecer porque si no nos acercaríamos a una relación laboral. Cuando pusimos el seguro de accidentes nuestros abogados nos dijeron que era un indicio de laboralidad, lo que no tiene ningún sentido, porque nosotros queremos es que nuestros glovers tengan un seguro.”[1]

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Estas palabras vinieron poco antes de las protestas y escándalo tras la muerte de un trabajador de su aplicación en mayo de este año en Barcelona, un joven inmigrante de 22 años oriundo de Nepal. A los medios la empresa había dicho que el joven estaba usando la cuenta de un tercero, desligándose completamente de cualquier responsabilidad, porque para eso estaba el seguro que los glovers (repartidores) pudieron contratar gracias a la generosidad de la empresa de Oscar.

La gracia de que no se establezca legalmente la existencia de una relación laboral es una de las claves para ahorrarse fortunas en impuestos y cargas sociales por parte de estos parásitos innovadores de la explotación capitalista, así lo resumía muy claramente Marcelo Yunes en un artículo:

“Son, por lejos, los capitalistas más exitosos en términos de ganancias (es sabido que las tecnológicas tienen tasas de ganancia y ritmos de capitalización bursátil mucho mayores a los de las compañías tradicionales, con una proporción de capital fijo y de empleos muy inferiores. Odian a toda forma de acción colectiva, especialmente sindical, y toda forma de regulación estatal, que aceptan siempre a regañadientes y bajo protesta. Detestan pagar impuestos y se especializan en maniobras de evasión fiscal a gran escala, usando paraísos fiscales y radicando el domicilio legal en los países con más bajos impuestos (como Apple con Irlanda, lo que le valió una multa de 14.000 millones de euros, que así y todo fue negocio).”[2]

Es perfectamente inevitable que el desarrollo tecnológico en este nuevo siglo traiga avances, incluso a la hora de crear nuevas formas de acceder a los productos, innovar en las formas de acceder al consumo. El problema es su uso capitalista, que pone las nuevas tecnologías al servicio de exprimir trabajadores.

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Con la pretensión de enmascarar la existencia de una relación laboral, el versito de los “colaboradores”, “socios” muestra su costado más endeble si pensamos en que ellos no participan de las ganancias que reporta la compañía por su cotización en la bolsa de valores, las ganancias por contratos de publicidad, etc. La explicación para esto es que hay dueños  y son los únicos con derechos sobre las ganancias sin gastar una gota de sudor o esfuerzo.

Las personas que garantizan el funcionamiento del servicio tienen diferentes edades, nacionalidades, géneros, etc, pero tienen en común que necesitan trabajar para garantizar su subsistencia. Someterse a las condiciones precarias de trabajo que ofrecen estas plataformas es la forma de acceder a un medio de vida. Acá y en los países donde están presentes el crecimiento de estas empresas está ligado al retroceso del empleo estable y los derechos laborales.

Los gobiernos capitalistas justifican que no haya un salario básico, una jornada laboral delimitada, porque eso es modernidad, las reglas laborales que trae la incorporación de mayor tecnología al mundo del trabajo. Hay que ser claros, esto no es más que un retroceso de siglos en lo que respecta a conquistas frente a la voracidad de los patrones y su afán por exprimir a los trabajadores.

 

[1] Oscar Pierre: “Glovo ha estado a punto de cerrar dos veces. Nos salvó pivotar”

[2] Galperín y los “libertarios” comegente

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