Claudio Testa
Histórico dirigente de la izquierda en Argentina. Pensador y dirigente de la Corriente Socialismo o Barbarie. Autor del libro "Palestina: 60 años de limpieza étnica".

“La caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 fue el momento en que se dijo que la historia había terminado. El combate entre el comunismo y el capitalismo había llegado a su fin. Después de una titánica batalla ideológica que abarcó las décadas de la segunda posguerra, los mercados abiertos y la democracia liberal occidental reinaban sin contestación. En la madrugada del 9 de noviembre de 2016, cuando Donald Trump cruzó el umbral de los 270 electores para pasar a ser el presidente electo de EEUU, esa ilusión quedó destruida. La historia ha vuelto… y cómo. Su victoria pone en riesgo antiguas certidumbres sobre EEUU y su rol en el mundo. ¿Qué va a quedar en su lugar?”

“America’s new president – The Trump era”, The Economist, 12-11-16

  1. El lugar de los conflictos geopolíticos
  2. Un sistema mundial de Estados “multipolar” con tendencias crecientes a la inestabilidad
  3. Principales puntos de tensiones y conflictos geopolíticos en la actual escena mundial
  4. Un mundo bajo el signo del descontento y las crisis

 

Prólogo

Este artículo estaba prácticamente terminado cuando las elecciones presidenciales del martes 8 de noviembre en EEUU trajeron el bombazo del triunfo de Donald Trump. Eso hizo necesario este prólogo. Efectivamente, como reconoce The Economist, la ilusión del “fin de la historia”, de un orden mundial neoliberal que imperaría de aquí a la eternidad presidido por EEUU, ha recibido un golpe fulminante.

En verdad, esa ilusión ya venía muy deteriorada por las crisis económico-sociales sin soluciones ni final a la vista, la caída sin piso del nivel de vida y de empleo de las grandes mayorías y el contraste indignante con la concentración cada vez mayor de riquezas en el otro polo, para no hablar de las guerras interminables o de atrocidades como el éxodo mundial de refugiados. Pero este golpe ha sido dado desde la derecha, no desde la izquierda, aunque muchos trabajadores estadounidenses hayan votado por Trump a falta de alternativas visibles. Además, las nubes negras de la demagogia de Trump lanzan rayos y relámpagos contra la globalización y sus efectos, pero no indican con claridad y precisión la alternativa, más allá de un “proteccionismo” de contornos aún imprecisos y por definir.

Lo indudable en relación a Trump se da hasta ahora por la negativa: expresa la crisis de la globalización neoliberal –agravada desde la crisis del 2008–, pero no marca con exactitud los alcances y contornos de las alternativas y soluciones concretas que propone. Lo único seguro es su carácter archireaccionario. En ese sentido, no debe haber lugar para hacerse ilusiones.

Conmoción mundial

El triunfo de Trump ha implicado una conmoción política y geopolítica mundial. Y no porque los grandes medios estadounidenses (todos anti Trump) y/o las encuestadoras hayan dado por descontada la victoria de Hillary Clinton, cuya candidatura era sólo más de lo mismo. La conmoción se produce porque abrió la posibilidad (no la seguridad) de un rumbo proteccionista-autárquico de Estados Unidos, que aún es –pese a su decadencia y retrocesos relativos– la principal potencia imperialista, tanto a nivel económico como financiero y militar.1 Es decir, un giro (o, por lo menos un trastorno) en el camino de la globalización neoliberal, emprendido en verdad ya antes de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Unión Soviética.

Si su gobierno fuese a fondo en ese sentido –lo que no es de ninguna manera seguro– podría iniciarse a un cambio importante del orden económico mundial. El actual orden mundial neoliberal podría llegar a su fin, pero no para dar paso a algo mucho mejor. Lo que bosqueja confusamente el trumpism es un curso proteccionista-aislacionista que sería impuesto a las trompadas por EEUU a sus socios y/o competidores.

Y esos cambios –que aún está por verse– no implican que los trabajadores serían beneficiados. Una cosa es la demagogia que permitió a Trump ganar votos de la clase trabajadora, y otra es lo que hará desde el trono de Washington.

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Conviene recordar que en la historia del capitalismo, libre cambio y proteccionismo se han ido alternando, pero como dos caras de la misma moneda capitalista. En muchos casos, el proteccionismo, por parte de los Estados imperialistas, ha sido la respuesta beligerante en períodos y situaciones de crisis. En el siglo XIX, que presenció el “big bang” del capitalismo y la conformación de los imperialismos modernos, el Imperio Británico, la principal potencia, fue sucesivamente “proteccionista” y “librecambista”, según sus conveniencias. Después de lograr una abrumadora superioridad industrial, el Reino Unido a mediados del siglo XIX pasó del proteccionismo a una cruzada mundial por el libre cambio.

Luego, en la época entre las dos guerras mundiales –las de 1914-18 y 1939-45–, se generalizaron el proteccionismo y los intentos de “autarquía”. Sobre todo después del estallido de la Gran Depresión en 1929, tanto los democráticos Estados Unidos como los regímenes nazi-fascistas de Hitler y Mussolini eran proteccionistas al extremo.2

Al finalizar la última guerra mundial, la brújula apuntó otra vez hacia el librecambio. Se reinició la llamada globalización de la economía mundial, interrumpida y en retroceso desde la Gran Guerra de 1914. Pero esto aún era gradual, y no implicaba la eliminación drástica de barreras en la producción, las finanzas y el comercio mundial. Esto sería impulsado por el neoliberalismo desde fines de los 70 y, sobre todo, en los 80, como respuesta a la crisis que puso fin a los “30 gloriosos”, los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial que fueron los de mayor crecimiento en la historia del capitalismo, por lo menos en los países centrales de Europa occidental, Japón y EEUU.

El gran interrogante es hasta dónde va a ir EEUU con Trump en este giro. Si va a implicar un giro importante que profundice pasos ya anunciados, como la revisión drástica del NAFTA (tratado de libre comercio con México y Canadá), la no aprobación del Trans-Pacific Partnership (TPP), proyecto de mercado común de EEUU con países del Asia-Pacífico, América Latina y Canadá, para enfrentar a China, y lo mismo en relación al Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) de EEUU con Europa. Hoy, estos interrogantes son imposibles de responder.

Además, hay que despejar cualquier equívoco en relación a la demagogia proteccionista de Trump, que se presenta como un remedio a la catástrofe social que el neoliberalismo implicó para EEUU, especialmente para su clase obrera y trabajadora. Sus lágrimas de cocodrilo por ese desastre de la clase obrera estadounidense –pero exclusivamente de la clase trabajadora blanca–, no pueden ocultar que Trump constituye un personaje ultra reaccionario, racista –en especial contra negros, latinos e “islámicos”–, machista repugnante y, en el fondo, como todos los demagogos de extrema derecha, enemigo mortal de los trabajadores.

Al mismo tiempo, lo de Trump expresa también el fracaso del “progresismo” en general y no sólo del Partido Demócrata de EEUU. Los “demócratas” estadounidenses, las variantes socialdemócratas europeas (incluso las que aparentaban ser más “radicales” como Syriza), y en América Latina corrientes como el chavismo, el PT brasileño o el kirchnerismo en Argentina, son muy distintos pero tienen un rasgo común. Desde el gobierno, jamás han tomado medidas de fondo, estructurales, que afecten a sectores del gran capital. Ni siquiera algunas reformas en serio, como intentaron en su momento ciertos gobiernos imperialistas (como el de Roosevelt) o algunos nacionalismos del “Tercer Mundo”. Hoy, sólo hacen parches y remiendos, y eso en el mejor de los casos. En Europa, fue el “socialista” Hollande quien liquidó gran parte de las conquistas históricas del movimiento obrero francés. En Grecia, el plan de austeridad más atroz lo aplicó Tsipras, que se presentaba como la “izquierda radical”. En EEUU, Obama ganó la presidencia en 2008 con la consigna “Change” (cambio)… y no cambió nada de nada. En todo el mundo, el reformismo posmoderno es el reformismo sin reformas.

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Eso explica que Trump, un demagogo tan reaccionario como grotesco, haya podido irrumpir en el escenario político de descontento de EEUU y batir, primero, al establishment del Partido Republicano, y luego, a la corrupta candidata demócrata.

Hay que tener eso muy en cuenta, considerando lo que quizá se viene. Si lo de Trump se ratifica como un intento de reordenamiento económico y político ultra reaccionario en EEUU y con proyecciones mundiales, esto podría llevar a enfrentamientos mucho más duros, menos “descafeinados” que los que vimos en la era neoliberal en EEUU, Europa y América Latina. En última instancia, esto es lo más importante a considerar.

Debemos prepararnos para eso, construyendo alternativas políticas independientes de los tradicionales partidos del sistema, con programas revolucionarios que estén a la altura de esos nuevos desafíos. Es que una agudización de las contradicciones y los enfrentamientos sociales y políticos puede alumbrar no sólo a personajes como Trump sino también a alternativas a la izquierda.

Luces y sombras

En esa perspectiva, y sin subestimar la importancia de este triunfo archirreaccionario al interior del principal Estado imperialista, hay que subrayar que también hubo tendencias en sentido contrario.

En primer lugar, Trump será presidente gracias al sistema electoral más antidemocrático del planeta. Ganó la mayoría del Colegio Electoral, pero fue minoría en el voto popular. Este sistema fraudulento escandaloso se remonta a la fundación de EEUU, y fue dispuesto para dar una mayoría artificial a los pequeños estados, principalmente a los esclavistas.

Más importante aún, en el curso del proceso electoral la única sorpresa no fue Donald Trump. La otra gran novedad fue la irrupción de Bernie Sanders, un candidato que se proclamaba “socialista” en el país donde la demonización del socialismo ha traspasado todo límite. Como reveló Wikileaks, Hillary Clinton y el aparato del Partido Demócrata debieron recurrir a las maniobras más sucias y fraudulentas para derrotar al único precandidato que, además, habría podido medirse con Trump en la conquista de un “voto castigo” que finalmente acaparó la derecha.3

Sin embargo, lo más importante vino luego: las movilizaciones masivas –principalmente juveniles y con presencia destacada de mujeres– que se han registrado en las ciudades de ambas costas, encabezadas por Nueva York y Los Ángeles y también en Chicago, las mayores del país. En ellas participaron también, afroamericanos, latinos y LGTTB. Y la consigna principal de esas movilizaciones, “Not my president” (No es mi presidente), es también insólita en la historia de Estados Unidos. Y potencialmente muy peligrosa para la estabilidad del nuevo gobierno, si se llevase hasta sus últimas consecuencias. Cuando en una ocasión no se “reconoció” (aunque por la derecha) a un presidente electo, se llegó a una guerra civil.

Por supuesto, no decimos que ésta sea la situación actual. Además, pesa mucho la última canallada de Obama y el aparato demócrata, que ha sido la de llamar a la calma y la desmovilización, y ponerse al servicio incondicional de Trump para garantizar una transición sin sobresaltos. Obama, Clinton y Cía. pueden ser adversarios políticos de Trump, pero mucho más son defensores de la estabilidad del régimen.

Finalmente, como ya dijimos, este artículo estaba prácticamente escrito el 8 de noviembre. No hubo sin embargo necesidad de hacer cambios significativos, porque precisamente se iniciaba explicando la relativa decadencia del poder de EEUU, que a nivel geopolítico barrió con las ilusiones de un mundo “unipolar” y abrió el campo de juego para otras potencias mundiales –como China y Rusia– y también para potencias regionales, al estilo de Turquía, Arabia Saudita, Irán o la India.

También tomamos en cuenta como un factor fundamental de este debilitamiento relativo de EEUU, los efectos sociales contradictorios de la globalización al interior de la sociedad estadounidense. Ellos sentaron las bases del enorme descontento social que cristalizaría en el “voto castigo” a favor de Trump.

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