Claudio Testa
Histórico dirigente de la izquierda en Argentina. Pensador y dirigente de la Corriente Socialismo o Barbarie. Autor del libro "Palestina: 60 años de limpieza étnica".

Si hoy existe un matiz o signo común que bajo distintas formas cruza los más diversos países y situaciones, es el signo del descontento. El descontento habla hoy en todos los idiomas del planeta, más allá de las lógicas desigualdades de extensión, profundidad y consecuencias en cada país o región. Un descontento que, además, se proyecta hacia el futuro. En el horizonte, las masas no perciben amaneceres rosados… y con toda razón.

Si hay algo, en la mayoría de los países que los trabajadores y sectores populares advierten en esta era neoliberal es que hoy están peor que sus padres y que mañana sus hijos estarán peor que ellos. Sin embargo, esa situación no implica automáticamente el impulso a alternativas revolucionarias, socialistas o, por lo menos, progresivas.

El descontento estuvo detrás del “Brexit” en el Reino Unido. En Francia, el descontento ha impulsado a sectores masivos de jóvenes y trabajadores a la lucha contra la ley El Khomri de liquidación de más de un siglo de conquista obreras, pero también va a empujar a muchos a votar por el Front National de extrema derecha como voto castigo por esa incalificable traición del partido que se dice “socialista”. En EEUU, el descontento de amplios sectores alimentó simultáneamente dos expresiones políticas muy diferentes, las candidaturas de Sanders y en especial la de Trump. Y así podríamos seguir con más y más ejemplos.

En última instancia, la gran cuestión (y la gran lucha política) es cómo irá decantando y canalizándose este “clima” mundial: ¿hacia la izquierda o hacia la derecha? ¿En la perspectiva de la reapertura de la alternativa socialista al capitalismo o hacia abismos aún peores que la actual catástrofe neoliberal? Por eso también son previsibles una mayor polarización y dureza de las luchas políticas y sociales.

Eso tiene sus relaciones de “ida y vuelta” con los panoramas geopolíticos que describimos. Muchos caracterizan hoy la presente situación geopolítica como semejante al período de “Paz Armada”, que precedió a la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, hay ciertos parecidos… y no son tranquilizadores. Antes de 1914 existía –como ahora– una gran potencia mundial, el Imperio Británico, pero que venía en declive en relación con los nuevos imperialismos como Alemania, Estados Unidos, Japón, etc. También, como ahora, se multiplicaban los roces, tensiones y disputas, en un paralelo doblemente inquietante para el presente, porque en los años de la Paz Armada no había armas nucleares.

Mirá también:  "Bicicletas a la China", 1989

 

La crisis del capitalismo neoliberal globalizado

Hoy esto se da sobre el telón de fondo de la crisis del capitalismo neoliberal globalizado. Desde que a principios de los 80 se impuso como “modo de regulación” del capitalismo, ha tenido, además de múltiples bancarrotas nacionales y regionales, tres crisis recesivas mundiales, la de 1990-91 la de 2000-01 y la iniciada en 2008… que no se ha cerrado, sino que se prolonga. Esto ha sido bautizado “la nueva normalidad” de las economías de Occidente: bajo crecimiento, bajas inversiones y alto desempleo. Otros economistas, como Michael Roberts, caracterizan esto directamente como la Larga Depresión… y es probable que acierten.

Durante un breve período, China y otras economías aparecieron como un mundo aparte de esta realidad global. Pero hoy todo tiende a la nivelación… para abajo.

 

Crisis ecológica mundial: los problemas del Antropoceno

Pero la diferencia con la época de la “Paz Armada” no es sólo que muchos Estados tienen armas atómicas. Hay también otras realidades globales más que preocupantes. Por ejemplo, los riegos mortales que se esbozan en el terreno de la ecología.

La especie humana fue adquiriendo un poder de transformación (y destrucción) de la naturaleza y el planeta como ninguna otra. Por eso, varios científicos proponen que la actual época geológica dentro del período Cuaternario ya no es el Holoceno, sino el “Antropoceno”, por el dominio y consecuencias abrumadoras de las actividades de la especie humana en el planeta.

Estas actividades no han seguido ningún plan racional a escala planetaria, sino los intereses inmediatos de las clases dominantes y sus Estados. Entre las consecuencias acumuladas de esta explotación caótica de la naturaleza, se presentan las siguientes:

“1) Entre la tercera parte y la mitad de la superficie terrestre ha sido ya transformada por la acción humana.

“2) La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado más de un 30% desde el comienzo de la revolución industrial.

“3) La acción humana fija más nitrógeno atmosférico que la combinación de las fuentes terrestres naturales.

“4) La humanidad utiliza más de la mitad de toda el agua dulce accesible en la superficie del planeta.

Mirá también:  Se realizará un debate sobre la situación mundial en la UNSAM

“5) Aproximadamente una cuarta parte de las especies de aves del planeta ha sido extinguida por la acción humana.

“6) Las dos terceras partes de las principales pesquerías marinas se hallan sobreexplotadas o agotadas” (Florent Marcellesi, “¿Qué es la crisis ecológica?”, ecoportal.net, 15-1-13).

Y si hay un problema que los Estados han demostrado ser incapaces de encarar conjuntamente ha sido el de la ecología. Las conferencias mundiales sobre el tema terminan, en el mejor de los casos, votando aspirinas como remedio para curar un cáncer que puede extinguir la especie humana.

Ahora, la victoria de Trump lleva esto a un nivel mucho más peligroso. ¡Un “negacionista” del cambio climático va a gobernar el Estado más contaminador del mundo, junto con China!

 

Necesidad de un Estado mundial… que sólo podría ser socialista

El sistema mundial de estados nacionales ha demostrado hasta el hartazgo su incapacidad de encarar los problemas y desafíos globales de la humanidad. Pudo haber sido progresivo en el neolítico, pero hoy la humanidad necesita otra cosa.

Es que cada Estado representa en última instancia los intereses contradictorios de distintas burguesías. En épocas de bonanza pueden ponerse más o menos de acuerdo. Pero, en épocas de vacas flacas, prima la lucha de todos contra todos. La crisis actual de la Unión Europea –el intento más ambicioso de un grupo de burguesías de superación relativa de sus estados nacionales– materializa ese fracaso. Siglos atrás, ese mecanismo sangriento y su instrumentos, los Estados particulares, podían ser, al mismo tiempo, eficaces. Pero hoy, a la larga, eso amenaza supervivencia misma de la humanidad.

Es que hoy, más que nunca, la humanidad enfrenta retos mundiales, desde la economía, cada vez más globalizada, hasta las amenazas de los cambios que provoca la actividad humana en el clima y la naturaleza.

Pero un estado mundial no puede ser capitalista. Un Estado mundial implicaría para las burguesías abdicar de sus intereses particulares. Sólo los trabajadores tienen un grado de intereses comunes que permitiría la construcción un Estado de toda la humanidad.

Y sólo el socialismo, basado en la propiedad común de los medios de producción, daría la base para acabar con esa guerra de todos contra todos, y pasar a trabajar juntos.

 

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