Advertencia: Como aclaramos al inicio, este artículo fue terminado en vísperas de las elecciones en EEUU. El cambio del comando del imperialismo norteamericano que se expresó allí puede también cambiar en mayor o menor medida la situación en algunos o en todos estos escenarios. Entretanto, se esboza una especie de “limbo” geopolítico hasta la asunción de Trump, el 20 de enero de 2017.

En la actualidad, vemos cinco principales áreas de tensiones y conflictos geopolíticos que se despliegan mundialmente. La primera es la del Medio Oriente, con sus varias guerras y enfrentamientos directos o indirectos entre Estados. La segunda es la del Asia-Pacífico, cuyos principales protagonistas son China y Estados Unidos. La tercera es la del “frente europeo”, con dos expresiones: por un lado, el Brexit y la llamada “crisis existencial” de la Unión Europea; por el otro, el enfrentamiento EEUU-UE-OTAN versus Rusia, que hoy tiene en Ucrania una expresión militar. La cuarta, en América Latina, que se expresa en la crisis y naufragio casi total del bloque “progresista”. La quinta y última abarca los múltiples conflictos del África subsahariana y del Cuerno de África.

 

3.1. Guerras en Medio Oriente después de la Primavera Árabe ahogada en sangre

De esos conflictos geopolíticos, los más impactantes (pero quizá no los más decisivos a largo plazo) se desarrollan hoy en Medio Oriente. En primer lugar, la guerra de Siria (o, más bien de Siria-Irak). La derrota de la Primavera Árabe da paso en Siria, Irak, Libia, Yemen, etc. a guerras civiles combinadas con confrontaciones geopolíticas e intervenciones de otros Estados.

Por una combinación de factores, que van desde las operaciones de las diferentes fuerzas reaccionarias (tanto locales como de las potencias imperialistas) a las limitaciones sociales y políticas de los iníciales movimientos, la Primavera Árabe derivó en derrotas o retrocesos de diversa gravedad. Lo peor ha sido lo de Siria, relacionado también estrechamente con los procesos político-sociales en Iraq y Líbano.

En esa porción oriental del “Creciente” o “Medialuna Fértil”, las movilizaciones de masas que tomaron fuerza especialmente en Siria a lo largo del 2011, fueron sustituidas por lo que podríamos llamar “pluri-guerras” o “multi-guerras”, donde no hay simplemente dos bandos combatientes sino una trama compleja de actores directos o indirectos, locales o exteriores (que obran, estos últimos, como “sponsors” o patrocinadores). Hablamos de “pluri-guerras” o guerras “multifacéticas” porque en Siria-Irak especialmente hay una combinación fluctuante de diversos conflictos armados que es necesario diferenciar, aunque a veces no sea fácil. La principal de estas “pluri-guerras” se ha venido desarrollando centralmente en Siria-Irak, con enfrentamientos que se extienden o reflejan también en el Kurdistán turco, y el Líbano.

Una guerra parecida (aunque con otras complejidades) se inició también en Libia después de la caída de Gadafi en octubre de 2011. Luego, en Yemen, el derrocamiento del presidente al-Hadi en septiembre de 2014 desató un conflicto en el que no sólo intervienen Arabia Saudita y otros estados árabes (con apoyo de EEUU), sino donde también actúan por su cuenta y controlan territorios Al Qaeda y el Estado Islámico.

En Egipto, el otro gran epicentro de las rebeliones en Medio Oriente, el golpe de Estado militar y la dictadura de al-Sisi impusieron una dura derrota que seguramente no será eterna, pero que hasta ahora no ha sido remontada. El régimen militar pareciera estar hoy en un proceso de deterioro –tanto por motivos económicos como de pérdida de consenso político-social–, que da lugar de tanto en tanto a fuertes estallidos de protesta. Pero es difícil medir este declive, aunque es evidente que el apoyo inicial a al-Sisi de sectores de masas (incluso de la clase trabajadora) se ha ido desinflado. La dictadura trata de compensar esto con más represión.

En Siria (que es el epicentro, junto con Irak, de esas confrontaciones armadas y también de la situación geopolítica de Medio Oriente), la militarización de los enfrentamientos sacó de la escena a un movimiento de masas populares que no tenía modo de continuar en ese nuevo terreno su alzamiento en forma unida ni políticamente independiente. Esto se agravó cualitativamente porque, a diferencia de Egipto, la clase obrera y trabajadora como tal y sus organizaciones no jugaron ningún rol en la inicial rebelión siria. Todo fue exclusiva y excesivamente “popular”, con el agravante de que tanto Siria como Irak tienen un mosaico étnico y sectario como no existe en Egipto.8

En su momento, muchas corrientes de izquierda en Occidente exaltaron esa deriva a la militarización, como si fuese el salto a un nivel superior de lucha de la inicial rebelión. Pero la lección es que sin fuertes organizaciones políticas revolucionarias el paso a la lucha armada en una rebelión masiva, pero también caótica y sin la menor preparación político-militar en ese sentido, no es de por sí automáticamente progresivo. Puede dejar la puerta abierta a derivas y factores muy adversos.

Las masas movilizadas inicialmente por consignas democráticas elementales, fueron sustituidas por una caótica guerra de decenas de aparatos militares, que en su gran mayoría no son independientes sino patrocinados por diferentes Estados regionales (Arabia Saudita, en primer lugar, seguida de otros gobiernos del Golfo, Turquía, etc.) y/o por potencias imperialistas, con EEUU a la cabeza.

Las iniciales y dispersas fuerzas de autodefensa de las protestas democráticas, conformadas al principio por desertores del ejército de al-Assad, fueron desplazadas total o parcialmente por aparatos militares en su mayoría islamistas, con combatientes en mayor o menor medida importados y/o subvencionados desde el exterior por Arabia Saudita u otros Estados del Golfo, que en muchos casos tienen poco que ver con las poblaciones en las que operan. Una excepción notable en ese panorama han sido las milicias kurdas, operativamente importantes pero que no cambian el cuadro global.9

Este cuadro se hizo aún más complejo con la irrupción del Estado Islámico, originado en Irak pero expandido en Siria, y nutrido también de jihadistas del más variado origen, con una parte destacable de Europa occidental y Rusia. Se trata de una guerra que terminó abarcando abiertamente a dos países (Siria e Irak) y que ha ido involucrando cada vez más a otros estados.

Es que también, del lado del gobierno de Damasco, otras fuerzas y potencias regionales y mundiales fueron saliendo a la palestra. Irán –potencia regional enfrentada a Arabia Saudita– a través de su protegido en Líbano, el movimiento Hezbollah, fueron los primeros en intervenir principalmente contra los grupos jihadistas. Las derrotas infligidas al Estado Islámico, que parecía incontenible, por los combatientes kurdos a partir de la batalla de Kobane (enero de 2015) y operaciones posteriores, ya había producido cambios en el escenario de la guerra.

Pero el gran cambio militar lo determinó la intervención directa de Rusia a partir de septiembre de 2015. Sus operaciones principalmente aéreas determinaron un vuelco de la guerra favorable al gobierno de Damasco, sin que eso haya significado que el resultado de la contienda esté ya decidido.

En este giro (que aún no es categórico) a favor del régimen de al-Assad habrían pesado no sólo las acciones militares de Rusia. También opera, contradictoriamente, la magnitud y consecuencias de la barbarie islamista, que para muchos hace aparecer a la dictadura “laica” de al-Assad como el mal menor. Y no se trata sólo de la amenaza del Estado Islámico y el Frente al-Nusra (Al-Qaeda). Buena parte de la llamada oposición “moderada” ha terminado agrupándose oficialmente a la sombra de Arabia Saudita, lo que implica toda una definición política y programática de qué régimen alternativo sostienen frente a la dictadura de al-Assad.10

Este giro militar desfavorable a EEUU y sus amigos, y sobre todo la amenaza del Estado Islámico, fueron factores decisivos para que se iniciaran negociaciones, conformando el International Syria Support Group (ISSG)11, con Estados Unidos y Rusia como co-presidentes. Esto dio lugar a algunas semi-treguas en Siria, con negociaciones paralelas. Sin embargo, esta alternancia de negociaciones y combates no ha llegado hasta ahora a una definición. En estos momentos, principios de noviembre, la sangrienta batalla de Alepo es esboza como el terreno donde se decidirán las cosas.

En las dificultades para lograr una salida negociada se reflejan los diferentes intereses no sólo de los protagonistas sirios de esta guerra sino también, decisivamente, de los distintos estados mundiales y regionales, que intervienen directa o indirectamente Veamos más en detalle este intríngulis geopolítico.

En primer lugar, como señalamos, operan bélicamente, por un lado, Estados Unidos y dos de sus socios menores europeos, el Reino Unido y Francia; por el otro, Rusia. Esas intervenciones implican operaciones directas, como sus respectivos bombardeos aéreos en Siria e Irak, aunque todavía actúan sin tropas en el terreno o con un número limitado de “especialistas”, como Rusia y EEUU.

Pero, a su vez, sus intervenciones se entrelazan (o, más bien, se entrechocan) con las políticas (contradictorias) y los operativos de las diferentes potencias regionales, como Turquía, Arabia Saudita (y otros Estados del Golfo) e Irán. Cada una de ellas tienen intereses y políticas no sólo diferentes sino también en mayor o menor medida contradictorios en esa zona, y además desarrollan distintas relaciones con las potencias mundiales.12

Una vez más, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Y los objetivos geopolíticos de cada una de esas potencias mundiales y regionales, están lejos de coincidir plenamente. ¡Cada una tiene su propio programa! Por lo tanto, cada cual hace su propia guerra. Veamos caso por caso.

Simplificando excesivamente, podemos decir que Estados Unidos quisiera derrotar al Estado Islámico pero también –¿en primer lugar?– sacar a al-Assad para imponer un gobierno pro occidental en Damasco que, además, desaloje a los rusos de sus bases naval y aérea. EEUU (y sus socios de la OTAN) reclaman la salida de al-Assad por ser un desalmado dictador… mientras sostienen la no menos bestial dictadura de al-Sisi en Egipto, la barbarie de la monarquía saudita y el genocidio de Israel contra los palestinos.

Rusia, por el contrario quiere mantener sus bases navales y aéreas, y, en general, su peso geopolítico en la región, hasta ahora ligados a la continuidad del régimen sirio. Esto incluye mantener a al-Assad (o por lo menos al Ba’ath) en el gobierno, y aplastar a los islamistas, que son también un problema, tanto al interior de Rusia como en las regiones del sur de Cáucaso y en Asia Central.

El panorama geopolítico regional se hace aún más complejo, por la mayor o menor pérdida de control del imperialismo norteamericano sobre dos potencias regionales, Arabia Saudita y Turquía, que hoy hacen en buena medida su propio juego, aunque sin ir a una ruptura abierta con Washington. Simultáneamente, Israel también diverge con las orientaciones de Washington bajo Obama, en primer lugar con los acuerdos con Irán.

Arabia Saudita patrocina en Siria y otros países a una variedad de grupos de islamistas “buenos”–que se presentan como menos salvajes que el EI o el Frente al-Nusra (al-Qaeda de Siria)– para reemplazar a al-Assad. Esto podría garantizarle el dominio de Siria y la extensión allí de la barbarie wahabita, variante del Islam sunnita consustancial con el poder de la monarquía saudí. Además, a Arabia Saudita le convendría el colapso del gobierno de Bagdad en Irak, por su estrecha relación y dependencia de Irán, su gran rival como potencia regional en una competencia convenientemente adobada de fanatismos religiosos: Riad, como capital del Islam sunnita, versus Teherán, capital política de la herejía chiíta. Ése ha sido uno de los pretextos del genocidio en Yemen a manos de la coalición encabezada por la monarquía saudí. Para complicar este embrollo, hay que agregar que los intereses y políticas de los otros estados del Golfo tampoco coinciden exactamente con los de la familia Saud.

En Turquía, el gobierno de Erdogan desea, en primer lugar, un genocidio de kurdos a ambos lados de la frontera con Siria. Con ese objetivo, ha roto las negociaciones de paz con el PKK, que es la principal fuerza política en la parte del Kurdistán bajo dominio turco. Desde entonces, sobre todo después del fallido golpe de Estado de julio pasado, Erdogan se ha embarcado en una deriva cada vez más autoritaria, desplegando una represión brutal contra amplios sectores políticos y de la intelectualidad que nada tuvieron que ver con ese golpe.

Esto se inscribe además en una concepción geopolítica más global llamada “neo-otomanista”, que pesa en su movimiento. Es decir, el sueño de la hegemonía regional de Ankara sobre los territorios que fueron parte del Imperio Otomano, como Siria e Irak. En aras de esos intereses y proyectos, Erdogan, descaradamente, dejó correr al Estado Islámico, por lo menos hasta hace poco. Facilitó sus exportaciones de petróleo a través de su frontera con Siria y permitió que por ella el EI recibiese armas y combatientes. Simultáneamente, operó contra los kurdos, una de las pocas fuerzas que se demostró capaz de derrotar al EI.

Al mismo tiempo, Erdogan ha venido jugando con otra alternativa geopolítica –contradictoria con el “otomanismo”–, la integración de Turquía a la Unión Europea, perspectiva que estaba en suspenso. La crisis europea de los refugiados la ha descongelado relativamente. Por 3.000 millones de euros, por una mayor apertura de las fronteras de la UE a ciudadanos turcos, y por la promesa de reabrir las negociaciones de ingreso, Erdogan hizo promesas de contención de los refugiados.

Tampoco ha sido una traba para los demócratas de Berlín y Bruselas que Erdogan, además de las renovadas masacres de kurdos, haya dado un vuelco dictatorial, con persecuciones crecientes y brutales a la prensa, a la intelectualidad y a los partidos de izquierda o derecha que se atreven a criticarlo. Su último paso hacia el establecimiento de una dictadura presidencialista ha sido el de tratar de despojar de sus fueros a los parlamentarios de izquierda para poder encarcelarlos “legalmente”.

Esos vaivenes de Erdogan sufrieron cambios bruscos tras el fracasado intento de golpe militar en julio. Además de redoblar su curso dictatorial y represivo, ha dado un giro a tejer acuerdos con Rusia, con la que venía teniendo choques graves, como el derribo de un avión que operaba en la frontera con Siria. Todo esto ha puesto en cuestión tanto esos acuerdos con la UE como sus relaciones con Washington. Sin embargo, al tiempo que se abraza con Putin, Erdogan restablece relaciones con Israel, rotas en 2010 luego del sangriento ataque sionista a los barcos turcos que llevaban ayuda humanitaria a Gaza. Y hace esto sin que Israel satisfaga su demanda expresa de levantamiento del bloqueo de Gaza.

Irán, por su parte, sostiene como potencia regional intereses contradictorios, en especial con Arabia Saudita. Apoyándose en su carácter de metrópoli de la otra gran corriente del Islam, el chiísmo, Irán ha extendido su influencia político-militar en Irak, Siria y Líbano. En Irak, tras la invasión de Bush en 2003 y el inicio de la resistencia, EEUU tuvo como eje de su política alentar los enfrentamientos sectarios de chiítas versus sunnitas, que de rebote favorecieron a Irán. Esto se agravó aún más luego de la “retirada” de las tropas de EEUU en 2011, dejando a un gobierno sectario-chiíta que profundizó ese apartheid con asesinatos, violaciones y despojos a la población sunnita. En ese horno se cocinó finalmente el Estado Islámico.

El desbande inicial del corrupto “ejército” iraquí frente al EI obligó a una recomposición política y militar, intentando una mayor inclusión, aunque en ella se conserva la hegemonía de los partidos y sectores confesionales afines a Irán.

Asimismo, en Líbano, la derrota en 2006 de la invasión de Israel por el partido-ejército chiíta Hezbollah fue otro triunfo de gran importancia geopolítica que favoreció a Irán. Ahora, en Siria, Hezbollah ha jugado un papel importante en la lucha a favor del régimen de al-Assad, sostenido por Teherán.

Finalmente, el acuerdo nuclear de Irán con las potencias del P5+1 (EEUU, Reino Unido, Francia, Rusia y China + Alemania) acabó con las sanciones que castigaban su economía y la fortaleció como potencia regional.

En resumen: ¿Cómo se pueden unir esos distintos actores geopolíticos, con intereses en mayor o menos medida opuestos (o por lo menos diferentes) para enfrentar en serio al Estado Islámico? El aspecto caótico del escenario de Siria, Irak y sus vecinos tiene que ver, en parte, con esas múltiples discordias.

Medio Oriente combina además otros problemas geopolíticos de gran importancia, aunque hoy aparezcan en segundo plano por lo de Siria-Irak. En primer lugar, el del enclave colonial que constituye Israel, que es otra bomba de tiempo geopolítica.

Las corrientes políticas hoy mayoritarias en Israel han abandonado hace tiempo la farsa de las “negociaciones por los dos Estados”. La política de “limpieza étnica” se aplica más que nunca en Jerusalén y Cisjordania, donde se han redoblado los desalojos por la fuerza de familias palestinas para traspasar sus viviendas y campos a los colonos sionistas. Y en Gaza, el bloqueo, custodiado además por la dictadura de Egipto, está llevando a la población a una situación desesperante desde todo punto de vista: alimentación, vivienda, sanidad, provisión de agua, etc.

Además, Israel es una potencia nuclear políticamente conducida por sectores caracterizados por un racismo tan demencial como provinciano (algo habitual en las experiencias coloniales, desde la Sudáfrica “blanca” a la Argelia “francesa”). Israel se ha habituado –ya como norma– a provocar periódicamente algún baño de sangre que alinee además al “frente interno”. Esto –potencialmente peligroso– se agrava por las relativas y crecientes dislocaciones del cuadro geopolítico mundial. Washington ya no es el inapelable árbitro, el “superimperialismo” que ponía orden en el mundo y también en su propio campo.

 

3.2. Tambores de guerra en Asia-Pacífico: China versus EEUU-Japón

Otra área del planeta en que los enfrentamientos geopolíticos están en primera fila –aunque todavía sin derramamiento de sangre– es la de Asia-Pacífico. Aquí, sin tanto estruendo como en Medio Oriente, está ya en juego la confrontación geopolítica más importante y de fondo en lo que va del siglo XXI. Esta confrontación –aunque tenga como epicentro el Asia-Pacífico– es mucho menos “regional” que las de Medio Oriente, y tiene consecuencias más directamente globales. Pero simultáneamente hace menos “ruido” que lo de Medio Oriente, porque este enfrentamiento es aún potencial a nivel militar. Hasta ahora no se ha disparado un tiro, ni menos un misil.

Los antagonistas principales son China y Estados Unidos (secundado, en primer lugar, por Japón). Cada uno de ellos tiene su cortejo de acompañantes con muy distintos grados de fidelidad y compromisos. ¡Incluso hay varios que intentan poner un pie en cada lado! Esto se ha visto agudizado tras el “giro al Pacífico”, la reorientación geopolítica anunciado por Obama a fines del 2011, que pretende hacer el relevo de la malograda aventura de los Bush y sus “neocons” de colonización directa del “Gran Medio Oriente” iniciada con las invasiones de Afganistán e Irak.13

Mirá también:  Estados Unidos: Donald Trump despide a John Bolton, su principal estratega militar

El meollo geopolítico del “giro al Pacífico” de EEUU es el enfrentamiento a China, lo que puede derivar en conflictos de alcances más amplios y de consecuencias mucho más graves que los actuales de Medio Oriente. Esto abarca un conjunto de medidas, en primer lugar militares: más del 60% de la flota de EEUU se ha mudado al Pacífico, y hay construcción de más bases yanquis en Filipinas, Australia y otros países. Pero también hay medidas políticas y económicas, como el proyecto de acuerdo de libre comercio TPP (Trans-Pacific Partnership).

A nivel militar, esto implica un despliegue bélico por ambos lados, de dimensiones inéditas desde la Segunda Guerra Mundial, ya que incluye, como dijimos, el rearme del imperialismo japonés, en carácter de aliado número uno de EEUU. Bajo su actual gobierno de derecha, Japón ha abandonado la línea de “pacifismo” y de fuerzas armadas “defensivas”, que fue su política de Estado desde la posguerra.

Simultáneamente, China viene haciendo un giro no menos radical, que también constituye un abanico de operativos políticos, económicos y militares. Además de iniciar un vasto programa de reconversión militar que la transformaría de potencia terrestre-defensiva en potencia marítima-ofensiva (como lo es EEUU o lo fue el Imperio Británico), China se ha embarcado en varios gigantescos proyectos financieros y económicos globales.

Para extender sus brazos a todo el mundo –y en, primer lugar, a la región Asia-Pacífico-Índico apuntado hacia Europa–, ha comenzado por fundar nuevas instituciones financieras globales como el Asian Infrastructure Investment Bank (paralelo al Banco Mundial), el New Development Bank (donde está asociado con Rusia, India, Brasil y otros países) y el New Silk Road Fund (Fondo para la Nueva Ruta de la Seda). Este último atañe a un proyecto estratégico clave de expansión de su influencia, tanto económica y financiera como política y militar.

La antigua “ruta de la seda” era terrestre.14 La nueva combina distintos “trazados”, por tierra y por mar, que la ensanchan notablemente de Norte a Sur, abarcando desde Rusia hasta África, el Índico y el Pacífico. Esas rutas definen, respectivamente, dos operativos distintos de desarrollo: el del Silk Road Economic Belt y el Maritime Silk Road. El primero tiene que ver con las rutas por tierra; el segundo, con las vías marítimas, lo que incluye también bases, islas artificiales y puertos bajo su control. Así, en Grecia, COSCO, la colosal empresa estatal china de transporte de containers, se ha apoderado del estratégico puerto de El Pireo, desde donde puede llegar luego a toda Europa.

La “nueva ruta de la seda” apunta no sólo a comerciar con Europa (tiene derivaciones también hacia África y América Latina), sino a lograr, a lo largo de esas rutas terrestres y marítimas, clientes y/o socios en distintos negocios y proyectos productivos o de infraestructura, con diferentes grados de compromiso, tanto a nivel estatal como privado. Con Irán, por ejemplo, Xi Jinping firmó en enero pasado “acuerdos de cooperación” en 17 rubros distintos. Pero, al subir al avión, no regresó a China, sino que bajó en Arabia Saudita (el archienemigo de Teherán), donde hizo negociaciones similares, que además incluyeron a otros estados del Golfo.

En ese marco, China también viene desarrollando con Rusia lazos que parecerían ser crecientes, y no sólo económicos. Éstos van desde la construcción del monumental ferrocarril recién inaugurado de casi 6.000 km (para comparar, recordemos que la distancia de Nueva York a San Francisco es de 4.200 km) y Harbin-Ekaterimburgo (desde donde se conectan a las redes de ambos países) hasta diversos acuerdos (como la “Alianza Energética” desde el 2014). Esta Alianza es una alternativa frente a los mercados europeos, con problemas para Rusia después de las sanciones de Occidente por la cuestión de Ucrania. También China ha firmado acuerdos millonarios de compra de armamentos, especialmente caza-bombarderos y misiles, rubros en los que Rusia se mide de igual a igual con EEUU.

Rusia y China, tempranamente, en 1996, constituyeron la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Esta entidad también agrupa –con muy distintos grados de compromiso (miembros plenos, observadores, invitados, etc.)– a otros Estados, como las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, Irán, etc. La OCS tiene también una sección militar, aunque está a años luz de ser algo comparable a la OTAN. Rusia y China han realizado, por ejemplo, ejercicios militares conjuntos.

También, recientemente, la flota rusa del Pacífico y la de Beijing hicieron por primera vez ejercicios conjuntos en el Mar de China Meridional, la zona disputada donde además EEUU cuestiona la soberanía china y desata periódicamente incidentes.

Sin embargo, aunque las políticas internacionales de Rusia y China tienden a una convergencia aún no son exactamente las mismas. Mientras Rusia en Siria bombardea a los islamistas patrocinados en su mayoría por Arabia Saudita, Xi Jinping viaja simultáneamente a Teherán y a Riad para hacer negocios, en el proyecto de la “ruta de la seda”. El notable giro militar de China apunta centralmente en otro sentido: en primer lugar, al Asia-Pacifico, y en especial al dominio de los mares adyacentes a su territorio, por los que circula, además, más del 40% del comercio mundial.

En ese marco, China desea ante todo equilibrar o superar el poder bélico de Estados Unidos en la región. Para eso está fortaleciendo aceleradamente su marina y aviación y construyendo bases en el rosario de islas y arrecifes de los mares de China, cuyas soberanías están en disputa. Se trata, en el Mar de China Oriental, de las islas Diaoyu (reclamadas por Japón, que las denomina Senkaku), y en el Mar de China Meridional, las islas Spratly y las Paracelso, reclamadas por Filipinas y Vietnam. Esto no sólo ha alentado esos reclamos de países de la zona, sino también provocaciones militares sistemáticas de EEUU.15

El dominio militar de esos mares costeros o vecinos es el objetivo inmediato. Pero eso se inscribe, como antes señalamos, en una mutación militar radical: pasar de potencia militar terrestre a potencia marítima, lo que apunta a mucho más allá de sus costas.

Esto refleja cambios más globales en las relaciones de fuerzas. Inicialmente, en la época maoísta, la postura era defensiva, basada en las dimensiones del territorio de China –un país-continente– y el número de su población, que permitía poner en pie ejércitos inmensos, pero que no podían ir mucho más allá de su territorio. Esto sólo desalentaba a un hipotético invasor terrestre. Mientras tanto, los mares de China, desde el Mar Amarillo hasta el Mar de la China Meridional, eran lagos controlados por los portaaviones de la flota yanqui, y lo mismo sucedía en todo el Pacífico.

Esto es hoy intolerable para China, segunda potencia económica mundial, con planes de expansión global como los ya explicados. El giro a potencia marítima incluye desde la construcción de más portaaviones, junto con una flota de submarinos, hasta el desarrollo de ese rosario de islas artificiales y bases militares que están acordonando sus mares costeros.

Sin embargo, la distancia entre China y EEUU como potencias marítimas aún es colosal. EEUU no sólo lleva todavía una enorme ventaja en el número de portaaviones sino también, en general, en tecnología. Pero China estaría acortando distancias. Se ha anunciado, por ejemplo, un nuevo misil –el Dong Feng-21D–, llamado “asesino de portaaviones”. Supuestamente, desde 1.500 kilómetros, sería capaz de acertarles y hundirlos. Asimismo, ha desarrollado un caza de los llamados “de quinta generación”

Sin embargo, la presencia militar china ya no se reduce a sus propios mares. Simultáneamente, ha comenzado la instalación de su primera base militar en el extranjero, en Yibuti, en el Cuerno de África, que controla el estratégico ingreso al Mar Rojo y por consiguiente las rutas marítimas a Europa, y la ha instalado cercana a la antigua base de EEUU. Los aullidos de protesta de Washington no conmovieron al gobierno de Yibuti, que hoy es uno más de la extensa clientela de Beijing en África.

Por supuesto, esto es aún incomparable con los centenares de bases de EEUU y la OTAN en casi todo el planeta. Pero la expansión económica global desarrollada por China, así como los variados operativos de diferente naturaleza que incluyen los proyectos de las “rutas de la seda”, estarían acoplando elementos militares, sobre todo en regiones estimadas “inseguras”, como África o Medio Oriente.16

Acotemos que, desde hace unos siete años, China es el principal socio comercial de África. En 2014, sus intercambios llegaron a los 210.000 millones de dólares. Las inversiones directas chinas se multiplicaron por treinta en una década, y más de 2.500 empresas chinas hacen negocios en África en sectores como finanzas, telecomunicaciones, energía, manufacturas, agricultura y extracción de materias primas.

Por su parte, aunque EEUU ha respondido desde fines del 2011 con el “giro al Pacífico”, está por verse su efectividad y magnitud. Se cuestiona que EEUU no ha podido salir aún del pantano de Medio Oriente para volcarse de lleno al nuevo eje de enfrentamiento a China. Los acuerdos con Irán han ayudado, pero no han solucionado todo a EEUU en esa región. Además, es evidente que EEUU no ha logrado un sólido “frente único” antichino, comparable a la coalición de Occidente contra la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial.

El imperialismo japonés es, por razones obvias, el socio más fervoroso en la cruzada contra Beijing, pero hasta incondicionales de EEUU, como Corea del Sur, prefieren ser cuidadosos y estar simultáneamente en buenos términos con China.17 Otro caso aún más decepcionante para Obama fue la inmediata adhesión del Reino Unido –el más estrecho aliado histórico de Washington– al Asian Infrastructure Investment Bank, rival chino del Banco Mundial manejado por EEUU. Los alaridos de cólera en Washington por esa deslealtad de la “pérfida Albión” se oyeron en todo el mundo. Asimismo Australia, miembro importante del TPP, también optó por tener un pie en cada lado y adhirió al AIIB.18

Otro ejemplo de cómo ha variado el péndulo viene de Afganistán y Pakistán, región estratégica para la ruta de la seda y el dominio del océano Índico. Después de la retirada de la Unión Soviética de Afganistán (1989) y la invasión de Bush en 2001, la región Afganistán-Pakistán fue territorio bajo exclusiva e indiscutida hegemonía de EEUU, aunque también con esa imprudente invasión del 2001 inició su relativo declive. Ahora es China la que está pisando fuerte allí.

Esto se corresponde con algunos gigantescos emprendimientos chinos en ambos países, pero principalmente en Pakistán, en el marco de los proyectos de la “ruta de la seda”. Por ejemplo, la iniciativa de un “corredor chino-pakistaní” –compuesto de autopistas, trenes y oleoductos– que desde el este de China atravesará Pakistán hasta Gwadar, antiguo puerto sobre el Mar de Omán (en el Índico). Allí, China construye un nuevo e inmenso puerto.

Otros giros notables lo acaban de dar Filipinas y Malasia. Ambos países tienen reclamos en el Mar de la China Meridional, donde China construye sus islas artificiales y hay frecuentes incidentes navales y aéreos con EEUU. Pero, sorpresivamente, a fines de octubre y en noviembre, ambos gobiernos hicieron su “peregrinación” a Beijing y juraron amistad y fidelidad a China, dando ostentosamente la espalda a EEUU.

Lo más grave de esto –como hecho y como síntoma– es lo de Filipinas, dominio colonial de EEUU desde fines del siglo XIX, donde están varias de las principales bases militares de EEUU en el Pacífico. A su regreso de China, Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, exigió el retiro de las fuerzas miliares de EEUU en un plazo de dos años.

En resumen, con todas sus contradicciones y complejidades, la geopolítica del Asia-Pacífico está signada por el ascenso de China y la confrontación de EEUU a ese ascenso.

Hoy el gran interrogante es cuánto afectará al despliegue geopolítico chino la crisis que manifiesta hoy su economía. Es difícil pronosticarlo, tanto a nivel estrictamente económico-financiero como político y geopolítico. Los datos “oficiales” de la economía china son dudosos. Es muy probable que las cosas sean peores de lo que reconoce Beijing. Pero eso no implica, mecánicamente, que se desaceleren las iniciativas expansivas de las “rutas de la seda” ni otros planes audaces, incluyendo sus aspectos político-militares, que en última instancia son el componente número uno de las confrontaciones geopolíticas. Al contrario, pueden recibir más impulso.

Es que, muchas veces en la historia, las clases dominantes, con sus gobiernos y estados, han respondido a las crisis y problemas internos mediante operaciones económicas, políticas y militares de expansión en el exterior. Las dimensiones de China como segunda potencia mundial –con una economía para la que es imprescindible la expansión en dos sentidos, de ida y vuelta– hacen difícil de concebir un rumbo de cerrarse sobre sí misma. El gran obstáculo a eso sería si la crisis económica motivase estallidos y luchas sociales y políticas a gran escala, sobre todo del inmenso proletariado chino, el más numeroso y más joven del mundo.

 

3.3. El Brexit, Ucrania y las grietas en el proyecto de la Unión Europea

Europa presenta también una agudización de tensiones geopolíticas, inéditas desde la caída del Muro de Berlín y la disgregación de Yugoslavia, que además tuvieron signos distintos a las actuales. En la región, se destacan hoy dos contenciosos.

En primera fila está el Brexit, es decir, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que triunfó en el referéndum del 23 de junio pasado. Este hecho levanta el telón sobre una crisis que abarca al conjunto de la UE como tal. A esto se suman otras grietas que apuntan potencialmente a rupturas en los mismos estados europeos, entre ellas Escocia en relación con el Reino Unido, Catalunya respecto del Estado español, Flandes respecto de Bélgica, etc.

Además, en Europa hay otro frente de tensiones geopolíticas que se expresan en la crisis, secesión y guerra civil de Ucrania, y que están enmarcadas en una operación geopolítica más amplia, alentada principalmente desde Washington: el cerco militar EEUU-UE-OTAN contra Rusia. Esto involucra directamente –como “carne de cañón” actual o potencial– a una cantidad de estados menores, en un arco que va desde el mar Báltico al Cáucaso, y donde Ucrania viene siendo la víctima principal.

 

El Brexit y la crisis de la Unión Europea

El relativamente inesperado Brexit es un hecho de gran importancia. Pero, precisamente por eso, hay que marcar sus límites. Es que inicialmente motivó caracterizaciones “catastrofistas” y desmesuradas. Marine Le Pen –por ejemplo– lo definió como “de lejos, el mayor evento histórico que ha conocido nuestro continente desde la caída del Muro de Berlín”.

Definiciones como ésa se repitieron en Europa y el mundo. La caída del Muro en 1989 y su consecuencia casi inmediata, la disolución de la Unión Soviética en 1990-91, marcaron un cambio mundial de época. Finalizó allí todo un ciclo histórico, que el marxismo definió como de “crisis, guerras y revoluciones”, iniciado con la Primera Guerra Mundial de 1914-18 y la Revolución Rusa de 1917. Una de sus consecuencias gigantescas es que, a partir de allí, se produce la restauración del capitalismo en todos los Estados supuestamente “socialistas” del planeta19, incluyendo, por ejemplo, a China y Vietnam, que no habían tenido nada que ver directamente con la caída del Muro de Berlín. La otra consecuencia, no menos trascendental, fue la desaparición del Estado soviético, que durante toda esa época había jugado un papel mundial de primer orden, aunque extremadamente contradictorio.

Como decíamos, la separación del Reino Unido de la Unión Europa es indiscutiblemente un hecho de capital importancia. Y además, no es meramente un contencioso entre ese Estado y la UE. Indica una crisis grave, “existencial” de la UE, con una pérdida de legitimidad y consenso en Europa, pero sus consecuencias últimas (y sus dimensiones) aún están por verse.

Lo primero a tener en cuenta es que la campaña por la ruptura del Reino Unido con la Unión Europea fue hegemonizada por los sectores de derecha y extrema derecha. El eje propagandístico de esa campaña fue la advertencia sobre las hordas de salvajes inmigrantes africanos, polacos y rumanos que invadirían el Reino Unido por culpa de la UE. Esas hordas no sólo quitarían los puestos de trabajo a los británicos, sino que además “pondrían a las mujeres británicas frente al peligro de violaciones masivas” (como dijo Nigel Farage, líder del UKIP, en vísperas del referéndum).

Se trató de una campaña demagógica, que explotó temores y percepciones vinculadas con el deterioro en las condiciones de vida de amplios sectores de trabajadores, atribuyéndoselo a los inmigrantes y no al verdadero culpable, el gran capital. También cuestiona la globalización, pero desde un ángulo nacional imperialista y proteccionista, que busca ensalzar la “gloria perdida” del Imperio Británico (un ángulo similar al que agita Trump en EEUU, en el sentido que el imperialismo yanqui recupere su “grandeza nacional”).

En síntesis: el Brexit es una ruptura con la Unión Europea… pero por la derecha, no por la izquierda. Es verdad que en el voto por irse de la UE (como también en el voto por permanecer) concurrieron otras motivaciones distintas a las que imprimieron las campañas oficiales del “Leave” y el “Remain”. Son motivaciones contradictorias y opuestas a esas campañas oficiales. Por ejemplo, el repudio a la austeridad y las privatizaciones, que son la “marca de fábrica” de la Unión Europea. También el rechazo al gobierno conservador de David Cameron, que era el jefe de la campaña por permanecer en la UE y que tiene un récord de ataques a los trabajadores. Pero esos motivos quedaron desdibujados.

Para entender mejor estas contradicciones, hay que comparar el referéndum del Brexit con el realizado en Grecia, en julio de 2015, que votó un rotundo rechazo al plan de austeridad que pretendía imponer la Unión Europea y su Troika. Un plan que además estableció abiertamente un protectorado colonial de Berlín-Bruselas sobre el país. Si a partir de allí se iba a un “Grexit”, hubiese sido también una ruptura con la Unión Europea, pero por la izquierda. O sea, opuesta por el vértice a la del Reino Unido. Habría tenido también un impacto sobre el conjunto de la UE, pero en otro sentido al del Brexit, un impacto hacia la izquierda.

Mirá también:  Vientos de rebelión en Estados Unidos

La traición de Tsipras y Syriza, al capitular ante la Troika, no sólo impidió eso, sino que generó también internacionalmente desmoralización y desconcierto en la oposición a los planes de austeridad y miseria que venía creciendo por izquierda en Europa.

Es un hecho que el triunfo del Brexit ha provocado una conmoción europea y mundial. Fortalece las tendencias hacia la disgregación del orden mundial erigido en las últimas décadas. Y éste no es un mero problema británico: el Brexit es un bombazo continental. Es la Unión Europea en su conjunto la que es cuestionada. El Bréxit sólo refleja su crisis y deslegitimación global en dos aspectos claves.

El primer aspecto es que la UE es una institución esencialmente dedicada a aplicar las políticas neoliberales de privatizaciones y austeridad contra los trabajadores, las masas populares y la juventud. Trabaja exclusivamente en beneficio del capital financiero y las grandes corporaciones, en primer lugar los bancos alemanes y franceses. El segundo es el carácter profundamente antidemocrático de la UE. El “Parlamento” europeo es sólo una farsa sin el menor poder. Ese “Charlamento” existe para disimular que todo lo manejan discrecionalmente altos funcionarios nombrados a dedo por esos poderes.

Ya es visible una cada vez más irritante jerarquía de Estados: ordena y manda Alemania, asistida por Francia, que son los dos principales imperialismos continentales. En las mazmorras están naciones como Grecia, cuya relación con la UE es la de protectorado colonial. Y la distancia entre ambos extremos crece. Los de más abajo, además de estar en la miseria, han perdido sus soberanías nacionales, pero no para ser parte de una supuesta “soberanía europea”, sino para obedecer lo que dicten desde Berlín y Bruselas los políticos y banqueros alemanes y franceses.

Hoy estamos ante la deslegitimación y crisis más grave de ese engendro de los imperialismos europeos, desde la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1950-51, del Mercado Común Europeo (CEE) en 1957 y, finalmente, de su sucesora, la actual UE. Según encuestas, ya habría varios países en los que en un referéndum ganaría el voto de ruptura total o parcial.

Frente a esa crisis, es imperioso que la izquierda socialista y revolucionaria europea levante un programa independiente. Hay que desechar las utopías de “reformar” la UE, pero también enfrentar las alternativas de derecha, de retornar a la total fragmentación de estados nacionales. La crisis de la UE vuelve a poner de actualidad el programa de “Estados Unidos Socialista de Europa” o de federación socialista.

 

La guerra de Ucrania: EEUU, la UE y la OTAN contra Rusia

Otra cuestión capital es la del frente europeo del enfrentamiento EEUU-OTAN con Rusia. Aquí, la UE y sus Estados –incluso “los que mandan” sobre toda Europa, como Alemania– juegan un papel notablemente subordinado a Washington.

La confrontación creciente con Rusia ha sido calificada por algunos como la “nueva Guerra Fría”. Esta definición apunta a rasgos similares –por ejemplo, Washington vs. Moscú–, pero tiene el peligro de dejar de lado las siderales diferencias con la verdadera Guerra Fría de la segunda posguerra.20

Este enfrentamiento refleja ante todo que EEUU (acompañado con diversos matices por los imperialismos europeos, unidos en la OTAN) tenía y tiene como Norte impedir que Rusia vuelva a levantar cabeza, recobrando en mayor o menor medida el peso geopolítico de la antigua Unión Soviética.

Por supuesto, la actual Rusia de Putin está lejos de eso. Pero si la medimos no en relación con la ex URSS en sus momentos cumbres, sino con la ruina casi semicolonial que era en tiempos del alcoholizado Boris Yeltsin, hay que concluir que ha logrado una recuperación notable como potencia entre mundial y regional. De hecho, en Siria, EEUU ha debido tragarse varios sapos, y aceptar tratar de igual a igual con el Kremlin.

A nivel europeo, el caso de Ucrania marca el enfrentamiento más resonante en esa región. Pero es sólo un último eslabón en la cadena del cerco geopolítico y militar que EEUU y la OTAN fueron extendiendo alrededor de Rusia desde el Báltico al Cáucaso, inmediatamente después del derrumbe de la URSS.

Lo de Ucrania también ha sido un ejemplo de cómo dos rebeliones populares –la primera en Kiev y la segunda en el este–, ambas con motivos inicialmente legítimos, pudieron ser finalmente controladas y encuadradas desde arriba, a falta de otras alternativas, por fuerzas políticas afines al imperialismo yanqui y a Moscú, respectivamente.

Como antes señalamos, después de disolverse la Unión Soviética en 1991, fue burlada la promesa solemne de EEUU a Rusia de que no trataría de establecer un cerco militar de la OTAN a su alrededor. Fue política invariable de Washington montar y extender ese cerco, a pesar de que por largo tiempo no sólo con Yeltsin sino incluso inicialmente con Putin, el Kremlin trató de evitar enfrentamientos con EEUU, cediendo y cediendo. Sin embargo, ese cerco militar se fue extendiendo desde el Báltico al Cáucaso, en la mayoría de los casos mediante la incorporación a la OTAN de estados cercanos o fronterizos (como Polonia, Rumania, etc.), y la instalación de bases de misiles que apuntan provocativamente al corazón de Rusia.

Ni la buena letra que hicieron al principio los sucesivos gobiernos rusos ni los descalabros de las aventuras coloniales de Bush en Medio Oriente suspendieron ese operativo de hostigamiento. Así, en 2008, Washington alentó a Mijail Saakachvili –un aventurero corrupto georgiano-estadounidense que había logrado instalar como presidente de la ex república soviética de Georgia– a iniciar provocaciones bélicas contra Rusia. En pocos días esto terminó en una catástrofe militar para los georgianos.

Lo de Ucrania ha sido mucho más serio. La inicial rebelión popular en Kiev, de sectores principalmente juveniles y de clases medias de la capital, fue rápidamente copada desde abajo por la militancia de extrema derecha, y desde arriba, por los políticos subordinados a EEUU. Han quedado para la historia las difundidas grabaciones telefónicas de Victoria Noland (responsable de asuntos europeos del Departamento de Estado), dictando a sus títeres de Kiev la política y la composición del futuro gobierno “ucraniano”, y refiriéndose en los términos más obscenos y despectivos a la Unión Europea y sus gobernantes por vacilar en el enfrentamiento a Moscú.

Pero la política de esos títeres de Kiev –como el intento de proscripción de la lengua rusa y, en general, la hostilidad hacia Rusia– golpeó sobre la mitad o más de la población del país, que vive en el este de Ucrania, es ruso-hablante y deseaba más bien la unión con Rusia y no con la UE. Esto facilitó que Moscú, apoyándose en esos sectores, recuperase Crimea, y que en el este ucraniano se desencadenase una segunda rebelión por la ruptura total o parcial con Kiev y el acercamiento a Rusia. La guerra civil que siguió a esto no ha finalizado todavía, más allá de sucesivas negociaciones y “treguas”. Pero continúa en cámara lenta, prolongándose en una situación de “ni paz ni guerra”.

Simultáneamente, esto ha llevado no sólo a la partición de hecho de Ucrania sino también a la ruina de ambas porciones. Un economista ucraniano (pro occidental) resume en pocas palabras el panorama visto desde Kiev: “Desindustrialización, degradación y despoblación”, en un cuadro de corrupción escandaloso (“La corrupción y la crisis económica amenazan con colapsar Ucrania”, El País, 15-2-16).

Lo que aquí interesa subrayar son algunas consecuencias geopolíticas. La línea de cerco, provocaciones y finalmente sanciones, impulsada por EEUU y acatada por la Unión Europea, lejos de poner a Rusia de rodillas, fue llevando al Kremlin, bajo Putin a abandonar las políticas de conciliación a toda costa.21 Más bien, en medio de una grave crisis económica alentada por la caída de los precios de hidrocarburos, se ha fortalecido una línea de autoafirmación del Estado ruso, en un extraño cóctel donde se mezclan la exaltación del Imperio de los zares, de la Iglesia Ortodoxa Rusa, del régimen de Stalin (junto con el categórico repudio a Lenin) y del triunfo en la “Gran Guerra Patria” contra la Alemania nazi.

Por último, es probable que sin la colisión geopolítica de Ucrania Putin hubiese pensado dos veces antes de intervenir en Siria, donde ha obligado a EEUU a tratar de igual a igual una salida política.

Asimismo, las sanciones económicas aplicadas por Occidente no han impulsado la rendición de Moscú, sino un giro hacia China. La dependencia de la Unión Europea para la venta de los hidrocarburos rusos se ha revelado geopolíticamente peligrosa. Por eso, desde la crisis de Ucrania, Moscú viene cerrando con China acuerdos de venta que han desplazado a Alemania como principal comprador.

 

3.4 América Latina: crisis y naufragio del bloque “progresista”

En América Latina, en especial en Sudamérica, las crisis económicas y políticas de Venezuela y otros estados, el escandaloso proceso “destituyente” de Brasil y la asunción en Buenos Aires de un gobierno neoliberal rabioso que se proclama abiertamente siervo de Washington abren a EEUU la oportunidad de intentar restaurar el sometimiento de los 90. Esto no sólo atañe a las relaciones de cada uno de sus estados con el amo del Norte, sino que también pone en cuestión varios agrupamientos e instituciones latinoamericanas como el Mercosur, la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), etc., que expresaron –muy tímidamente– las pretensiones a una mayor independencia respecto de EEUU.

Es obvio que EEUU desearía liquidar el Mercosur –como en su momento intentó George W. Bush mediante el fracasado ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas)– y que sus miembros se incorporen al Trans-Pacific Partnership (TPP, que con Trump podría quedar liquidado). Lo mismo sucede en relación con la CELAC, nacida en 2010, en el cenit de la influencia del chavismo y los gobiernos “progresistas” latinoamericanos. Aunque la CELAC está lejos de haber enfrentado en algo serio al imperialismo yanqui, tiene un pecado de nacimiento: en ella no participan EEUU ni Canadá. Su sola existencia es un hecho “molesto”. Por eso, EEUU desearía volver a la “normalidad”: que quede sólo la tradicional OEA (Organización de Estados Americanos), con sede en Washington, que ha sido (bajo distintos nombres) su ministerio de colonias desde fines del siglo XIX.

Las crisis económicas y políticas que han derribado o debilitado en mayor o menor medida a los gobiernos “progresistas” se inscriben en algunos denominadores comunes. Éstos incluyen el fin del ciclo de bonanza de los precios de las materias primas (commodities) y, sobre todo, que ninguno de esos gobiernos, de Chávez a Lula, pasando por los Kirchner, aprovechó esa oportunidad para capitalizarse y revolucionar su matriz productiva típica de países dependientes. O, como mínimo, tomar medidas preventivas de una caída. Y, por supuesto, ni hablemos de un cambio real, revolucionario, de sistema social.

A nivel geopolítico, esto tiende ahora a agravar la dependencia y el sometimiento de esos Estados frente al imperialismo yanqui, en primer lugar. Sin embargo, el panorama no alcanza a ser totalmente monocolor, como en los 90. En algunas situaciones, el péndulo podría comenzar a moverse en sentido contrario. Es que todo es cualitativamente más inestable que los 90, la década de gloria de la contrarrevolución neoliberal. Tal podría ser el caso de Argentina, con Macri. Y es posible que Brasil vaya en el mismo sentido, dados los personajes que han depuesto a Dilma Roussef y las medidas económicas y políticas brutales que comienzan a aplicar.

Lo peor, lo más desfavorable y con repercusiones mundiales, es el caso de Venezuela. El régimen chavista –que apareció falsamente como el más “progresista”, “revolucionario” y hasta “socialista”– es el que ha conducido a la situación más catastrófica. Hasta ahora, con prudencia, el imperialismo yanqui lo está dejando pudrirse, aunque apoyando mediática y financieramente a la oposición de derecha, que hoy supera electoralmente al desgastado presidente Maduro. Es que un intervencionismo demasiado directo y abierto podría activar los anticuerpos antiimperialistas en Venezuela y el continente. Asimismo, a Washington, como también a los gobiernos y burguesías europeas, les viene muy bien el espectáculo tan trágico como grotesco del desastre del chavismo.

Gracias a Maduro, los imperialismos de Occidente han logrado montar en los medios un reestreno del “fracaso del socialismo”, la tragedia que a fines de los 80 e inicios de los 90 protagonizaron Gorbachov y Yeltsin, liquidando a la Unión Soviética. Pero el reestreno toma la forma de un esperpento de Valle-Inclán.

Ahora, lo de Venezuela –aunque de muchísima menos envergadura que el derrumbe de la URSS– trata de ser instrumentado en el mismo sentido. Así, en las reiteradas elecciones españolas, el desastre del “socialismo” en Venezuela ha sido uno de los temas de campaña principales de la derecha conservadora (PP y Ciudadanos) y social-liberal (PSOE).

 

2.5. África subsahariana y sus “estados frágiles”

Por último, el África subsahariana presenta un panorama geopolítico particular. Un especialista lo define diciendo que en esa región se concentran abrumadoramente los estados frágiles del planeta, que serían los estados en situaciones de “conflictos abiertos o larvados, post conflicto o reconstrucción”. Situaciones que, además, en esa región se plantean o degradan con mucha rapidez.

Lo primero a tener en cuenta, es que el mismo concepto de “subsahariano” es cuestionable. En África existen casi sesenta “entidades” estatales o paraestatales. La gran mayoría son estados reconocidos y formalmente “soberanos”.22 Pero de esos, sólo a cinco de ellos (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto), por dar al Mediterráneo, no se los clasifica como “subsaharianos”.

Efectivamente, esos países y estados son parte del mundo cultural y político árabe, y no es incorrecto considerarlos geopolíticamente parte de Medio Oriente, tomado en sentido amplio. Pero, al mismo tiempo, hay vasos comunicantes más o menos importantes entre ambas regiones de África. Así, en varios de los estados “subsaharianos” vienen siendo un grave problema las operaciones de organizaciones islamistas yihadistas, como Boko Haram en Nigeria, Camerún, Chad, Níger y Mali, que además se reivindica componente del Estado Islámico. Algo parecido sucede en Somalia y sus vecinos.

Asimismo, hay otra región geopolítica africana de cierta importancia que es dudoso incluir en la dos ya citadas. Nos referimos al llamado Cuerno de África, que da sobre el mar Rojo. Allí están Abisinia, Eritrea, Yibuti, Somalilandia y, parcialmente, Somalia. Hoy esta región está convulsionada por crisis políticas (Abisinia), recrudecimiento de conflictos armados (Abisinia vs. Eritrea); guerrillas y luchas de clanes (Somalia), etc.

Por otro lado, el conjunto “subsahariano” engloba a estados con diferencias tanto o más notables que las que existen con los países africanos del Mediterráneo. Sudáfrica, por ejemplo, en el extremo sur, fue considerada uno de los BRICS junto con Brasil, Rusia, India y China, es decir, uno de los llamados “países emergentes”. Aunque hoy Sudáfrica atraviesa una seria crisis económica, presenta un panorama muy diferente al de la faja de países que se extiende desde el Sáhara hasta más debajo de la línea ecuatorial (paralelo 0º). Es en esa faja donde han sido más notables y generalizadas la fragmentación estatal, las guerras y los conflictos tan largos como sangrientos. Asimismo, es en esa faja donde se presentan las mayores desigualdades y niveles de pobreza.

En esa “fragilidad” crónica de muchos de los Estados africanos –especialmente de los últimos que mencionados– se entrecruzan una combinación compleja de causas. En primer lugar, lo decisivo, está su prehistoria colonial, que la independencia formal no solucionó. La acción de Europa significó no sólo la más brutal explotación y sometimiento, que incluyó primero la “caza del hombre” (y la mujer) para ser exportados como esclavos a las Américas, y luego la explotación de los colonialismos europeos. En África, la depredación de esos colonialismos fue aun más atroz que en sociedades precapitalistas más desarrolladas como las de Asia y Medio Oriente.

Las independencias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que implicaban la constitución de estados propios, nacieron cargadas de problemas. En primer lugar, los nuevos estados se construyeron sobre las fronteras (y los cimientos) de las antiguas colonias, lo que ya revelaba que detrás de ese cambio había también una continuidad. Esto no sólo balcanizó al continente en un número absurdo de estados; lo peor fue que esta fragmentación generalmente tenía poco que ver con las reales diferencias etno-tribales, de lenguas, etc., de sus pueblos.

Sobre esas complejas estructuras sociales –en que el capitalismo se combina con formaciones económico-sociales precapitalistas– se impusieron superestructuras estatales copiadas en sus formas de los estados europeos. Hubo dos modelos, uno peor que el otro: o el de países europeos que habían colonizado allí o el de los regímenes stalinistas de partido único que aún pasaban por “socialistas”.

En la práctica, en ambos casos, por detrás del decorado democrático-liberal o pseudo-“socialista”, una elite civil y/o militar, inicialmente formada y educada bajo la colonia, generalmente separada por un abismo del resto, asumía la suma del poder. A partir de allí, bajo distintas etiquetas, incluso “socialistas”, se fueron sucediendo las dictaduras más atroces de presidentes cien veces reelectos… hasta que una guerra y/o golpe militar los derrocaba, sólo para reemplazarlos por personajes parecidos.

Si esto se mezclaba con diferencias y tensiones etno-tribales, más la intervención de estados y corporaciones extranjeras para el saqueo de materias primas, tenemos entonces horrores como la Guerra del Coltán o “Guerra Mundial Africana” que causó unos 4 millones de víctimas, directamente o por las hambrunas y enfermedades provocadas por ella. Esta guerra, que comprometió a nueve estados y a unas veinte facciones armadas distintas, se inició en 1998, y con intervalos de “paz” se fue prolongando en la primera década de este siglo.

La clave de la guerra más mortífera de la historia africana fue la disputa entre corporaciones de EEUU y la Unión Europea, a la que luego se sumó China, por el coltán, mineral imprescindible para la fabricación de equipos electrónicos. Este ejemplo ilustra por qué África, el continente más rico en recursos naturales del planeta, presenta los peores indicadores de desarrollo socioeconómico.

Desde el punto de vista geopolítico, en los últimos años el cambio probablemente más importante parece ser el desembarco y extensión de la influencia de China. Como dijimos, China se ha convertido en el principal socio comercial de África. Y los planes de la “ruta de la seda” contemplan también emprendimientos de puertos y ferrocarriles, en especial en los países que dan al Océano Índico.

 

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