Según el comunicado del Central: «ante el grado de incertidumbre actual, el Directorio del BCRA decidió tomar este domingo una serie de medidas que buscan preservar las reservas del Banco Central. Las medidas anunciadas son transitorias, hasta diciembre de 2019». Se trata de una medida que el propio Alberto Fernández venía exigiendo antes incluso de las PASO: que no le vacíen la caja del estado antes de asumir. Desde entonces, casi 23 mil millones de dólares de reservas se perdieron para intentar contener la escalada del dólar.

Mientras todos los indicadores de consumo, producción y actividad económica en general caen; los bancos, tenedores de deuda pública y fondos de inversión vienen de fiesta en fiesta desde hace un buen tiempo. Producir, vender y comprar no da tanta ganancias como prestarle al Estado (Lebacs, Leliq), que para asegurarse de que los dueños de los dólares no se los lleven a ningún lado, les regala más dólares.

Eso significan las tasas de interés ridículamente altas: la entrega descarada de millones y millones por “invertir” en deuda del Estado con ganancias mucho más altas que las de la industria y los servicios en recesión. Hay un punto del acuerdo del gobierno con el FMI que sí cumplió, redujo el déficit “primario”. Eso significa que ya no gasta en hospitales, escuelas, sueldos de trabajadores estatales más que lo que le ingresa. Redujo los gastos en todas las áreas.

Ahora, el endeudamiento ridículo con las Leliq (que ya representan en pesos más que todo el circulante del país) sirve para pagar las deudas contraídas anteriormente, como están sirviendo también los ingresos provenientes del FMI. Se paga deuda con más deuda contraída para pagar deuda mientras se ajusta todo lo demás…para pagar deuda. Pero con tasas de interés arriba del 60% por una cantidad de dinero más alta que la sumatoria de compras y ventas en el resto de la economía, con un país en recesión que produce menos y no más, esas tasas de interés son indisputablemente impagables. ¿Cómo se pagan entonces? Con los fondos del FMI y con más Leliq y con la promesa de tasas de interés aún más altas. Se paga deuda contrayendo más deuda con tasas de interés más altas. El macrismo es un médico que, en vez bisturí, opera con puñal.

Pues bien, de fondo el problema es que en términos internacionales la economía argentina es poco competitiva y lo es cada vez menos. No porque haya “demasiados impuestos” (en rigor, hay demasiados impuestos para los trabajadores y pocos para los patrones), no porque no haya “cultura del trabajo” (es más común verle la espalda rota a un argentino que un alemán), sino porque la estructura del capitalismo argentino ha permitido históricamente enormes negocios con pocas inversiones. El problema es el capitalismo semicolonial argentino. Y cuando eso entra mínimamente en riesgo, los “inversores” se van a otra parte. No hay nada más cobarde que “los mercados”.

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El nuevo cepo

En primer lugar, hay que poner el ojo en los criterios de restricción. El tope de compra de 200 dólares y giro a cuentas en el exterior es para “personas físicas”. Los grandes capitalistas operan casi siempre como firmas, sociedades anónimas, empresas, «personas jurídicas», no como “personas físicas”. Ahí está la primera trampa: con la consulta con un contacto en el Banco Central, los capitalistas responsables de las fugas masivas que llevaron el dólar a los 65 pesos pueden seguir comprando dólares aunque con más límites.

¿Quién pierde entonces? Por ejemplo: si una familia trabajadora acumuló durante tres, cuatro o cinco generaciones hasta poder comprar su propia casa o quiere venderla, está completamente restringida de comprar dólares para hacerlo. El dueño de un pequeño negocio familiar que trabaja por su cuenta (en términos marxistas, un pequeño burgués que de ningún modo es un capitalista) y le urge no seguir perdiendo para poder pagar sus cuentas, también pierde. Quiénes de ningún modo pierden son los explotadores, los bancos, los industriales, los exportadores, etc.

Los operadores de bolsa, millonarios que actúan como personas físicas, tienen al alcance de la mano varias maniobras para saltear las restricciones. El dólar “contado con liqui”: se compran acciones o bonos de empresas que coticen en bolsa en Argentina y el exterior a la vez, se las vende en el exterior por dólares y se las deposita en la cuenta que el especulador tenga fronteras afuera. El “MEP”: compran bonos que cotizan tanto en pesos como en dólares, compran con pesos, venden en dólares y éstos se acreditan en una cuenta argentina. El “dólar blue”: compra de dólar en el mercado negro. Por supuesto que nadie que no sea parte de la bolsa de valores y tenga su propio agente de bolsa puede hacer ninguna de estas maniobras.

El conjunto de las restricciones intentan obligar a operar en pesos para un conjunto de actividades que se venían realizando en dólares, incluso para pagos de montos altos en el mercado interno. Los giros al exterior, la toma de deuda, deberán hacerse previa aprobación del Banco Central. En este sentido, el acceso de las grandes empresas a los dólares es más limitada y tiende a parar la dolarización de una parte de la economía interna.

Las importaciones, que implican giros al exterior pre financiados, siguen libremente funcionando. Uno de los principales huecos económicos de la presión sobre el peso no tiene así otro límite que el permiso del funcionario amigo del Banco Central. La restricción en dólares en este caso implica aliviar un poco la presión monetaria pero la competencia desigual de productos sigue plenamente vigente. Así, la cotización del peso puede no desbocarse tanto pero la presión inflacionaria por competencia directa internacional no es tocada.

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La medida que tal vez más costó a Macri tomar en agosto pasado (cuando se aplicó el cepo de 10 mil dólares) es la obligación de liquidación de divisas a los exportadores agropecuarios. Históricamente, los exportadores de soja y demás productos del suelo debían traer sus dólares para que ingresen a la economía argentina con cierto plazo obligatorio. Así, la principal fuente de dólares frescos del país necesariamente hacía que pasen por el circuito local, aliviando las presiones sobre el peso. Esto era así desde el mismísimo Onganía: no es ninguna locura «izquierdista», apenas un freno mínimo al desenfreno patriótico de esconder fortunas multimillonarias en un paraíso fiscal.

Macri eliminó esa obligación, permitiendo así que los sojeros se llevaran todos los dólares producidos en el campo argentino al exterior, sin que el país vea ni un solo billete verde de su principal fuente de ingresos. La bomba atómica casera fabricada en la Casa Rosada en este rubro le explotó finalmente en la cara al macrismo.

Se vio así obligado a tomar una medida nada simpática para sus sojeros amigos, el bloque social que lo llevó al poder. Volvieron los plazos obligatorios de liquidación de divisas… pero sin aumentar un solo peso de retenciones. El esquema general impositivo sigue siendo el establecido el año pasado, en torno a los cuatro pesos por dólar. ¡Pero esto se impuso con un dólar a treinta pesos y ahora sigue vigente con el mismo a sesenta! Es decir, las retenciones en este rubro agroexportador se redujeron a la mitad mientras sus ganancias dolarizadas se duplicaban.

La nueva medida se aplicó con el visto bueno de las entidades de los exportadores agrarios porque los obliga apenas a hacer un trámite más que antes y que sus relucientes dólares pasen por el tercermundista Banco Central en vez de ir directamente hacia algún paraíso fiscal. Ahora lo pueden hacer pero indirectamente: liquidan divisas en una ventanilla, compran dólares en otra y los fugan con el Banco Central como intermediario. Macri logra así que el gordo bolsillo agro exportador no dude ni un segundo de su vocación republicana, comprada con billete verde. Porque la república es una cosa de principios, pero los principios necesitan de una buena cuenta bancaria.

¿Y el salario? Su brutal devaluación se sostiene y se le pone un freno de mano a un auto que cae por un barranco.

 

 

 

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