«El Flaco” Alcides Christiansen lleva más de cinco décadas trabajando en la construcción. Allí conoció a Carlos Fuentealba de la mano de la militancia revolucionaria en la clase obrera, militancia que continuó hasta el último día de su vida.

“Carlitos era parte de una camada de compañeros de la juventud del partido que empezó a hacer una experiencia junto a la clase obrera a partir de que recuperamos la UOCRA” en 1989, relata. Por aquellos años la influencia del Movimiento al Socialismo crecía en todo el país, sumando trabajadores y estudiantes a la lucha por el socialismo. “Él era de Junín de los Andes y venía a Neuquén a estudiar. Ahí se acercó al partido y empezó a tener reuniones. Era un compañero muy despierto, muy inteligente, y enseguida empezó a colaborar como administrativo en el gremio”.

Se sonríe al evocar los recuerdos de aquella época de grandes luchas obreras. “A el lo marcó mucho haberse acercado a la clase, y a lo más castigado de la clase obrera que es la construcción, en un momento que nosotros habíamos logrado la fuerza para empezar a cambiar las cosas y estaba todo por hacer”.

Desde la UOCRA recuperada armaron su propio estatuto, eliminaron la cuota sindical obligatoria -que iba directo a la central nacional- e implementaron la cuota voluntaria: “Como administrativo Carlitos tenía que recorrer las obras hablando con los delegados tesoreros, que los votaba la base y se encargaban de juntar la cuota”, pero esto muchas veces implicaba chocar con la burocracia sindical que se negaba a pagar la cuota y boicoteaba la recaudación. “A vos te lo cuentan así y no parece gran cosa, pero había que poner la cara cuando se te ponían en contra esos muchachos”.

Así Fuentealba se fue ganando el respeto de sus compañeros en las obras, que empezaron a contar con su consejo político para organizarse. “Ahí pasó de ser sólo un administrativo a ya ser un colaborador gremial, que ayudaba a los compañeros a formular sus ideas, a pelear las posiciones porque no hay que olvidarse que muchos eran obreros, albañiles de base muchas veces sin instrucción los que se ponían a la cabeza”.

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Los ojos de Alcides vuelan por la habitación, donde cuelga una banderín del Racing Club de Avellaneda, mientras trae del recuerdo las situaciones que fueron forjando el carácter y el temple militante de Fuentealba. “Nosotros éramos una seccional rebelde, no nos querían reconocer porque no seguíamos las órdenes de arriba. Pero teníamos un poder legitimado por los trabajadores. Varias veces rompimos el convenio, llegamos a conseguir aumento del 25% con retroactividad”. Carlos era, al momento de recuperar el gremio, un joven militante de 23 años “pero así joven y tuvo la experiencia de voltearle una [comisión] interna a la burocracia en la torre de RIVA, era una obra grande, como colaborador gremial de la obra”.

“El solía decir que había que exigirle a las constructoras que paguen todos los días una o dos horas, y al gobierno que ponga a los docentes, para dar clases en la construcción. Decía que si el obrero no puede ir a la escuela, que la escuela viniera a la obra”. Era un época de grandes discusiones, de grandes luchas, pero también de grandes riesgos. “Cuando tomamos la decisión de que yo, como secretario general, vaya a recorrer las obras en la provincia Carlitos me acompañó como parte de la seguridad, porque necesitábamos gente firme, de fierro, que se bancara estar ahí, pero también como colaborador político hablábamos seguido” recuerda.

“Después lo recuerdo cuando tomamos la gobernación en el año 95 y nos vinieron a sacar con los palos y los gases hubo que hacer el aguante y ahí estaba también Carlitos, firme, salió conmigo últimos de gobernación ese día”. Christiansen le da gravedad a las palabras, son recuerdos de luchas que también a él lo definieron.

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En la escuela, Fuentealba pudo volcar buena parte de su experiencia en las luchas de la construcción. “El se fue a darle clase a los hijos de los albañiles, pero a enseñarles a pelear por lo suyo, a ayudarse entre compañeros para estudiar”. Y en las asambleas docentes, al igual que en la obra, muchas veces elegía ayudar a sus compañeros a intervenir antes que tomar la voz. Y era incondicional a la decisión de la asamblea, remarca Alcides, “es sabido que él estaba en contra del corte [de Arroyito del 2 de Abril de 2007], sabía que era una maniobra del gremio, que los repriman y terminar la lucha. Pero justamente porque conocía ese peligro, y porque la docencia lo votó, fue que decidió ir igual”.

“Por eso no sorprende que lo hayan matado como lo mataron, porque él se quedó ahí para resguardar que todos los compañeros puedan salir cuando empezó la represión. La decisión del gobierno de Sobisch era bajar a uno para terminar el conflicto, fue Carlitos porque fue el último en salir”. El tono de la voz de Alcides se apaga un poco al recordar esa jornada, pero se enciende al hablar de Fuentealba. “El murió como vivió, en la calle, peleando. Por eso cuando me dicen que él está arriba yo digo que no, que Carlitos siempre tuvo los pies en la tierra”.

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