“Hoy ha sido un éxito que pronostica otros”, se regocija el secretario general de la CGT Philippe Martinez, viendo en la Torre Eiffel durante la clausura de la huelga el símbolo de “una jornada de éxito”. Su sindicato ha estimado 300.000 manifestantes en todo el país. En la marcha, las reivindicaciones fueron numerosas: aumento de salarios, justicia fiscal, oposición a la reforma del liceo o al aumento de las matrículas universitarias a los estudiantes extranjeros, derecho a manifestar y defensa del servicio público.

Le Figaro, 5/02/19

 

Por Santiago Follet

 

Mientras la Asamblea Nacional aprobaba una nueva ley “anti-violentos”, con el objetivo de perseguir aún más a los manifestantes, miles de trabajadores y estudiantes salían a las calles poniéndole color a la jornada de huelga nacional llamada por las principales centrales sindicales. La convocatoria de la CGT, apoyada por Sud-Solidaires y Force Ouvrière, -amén de la espantosa traición de Laurent Berger, líder de la CFDT, que se negó a movilizar-, contó rápidamente con el visto bueno del NPA, Lutte Ouvrière y La France Insoumise, y con el apoyo de miles de “chalechos amarillos” que se sumaron a manifestar, con el aval de Eric Drouet, de numerosas asambleas locales y del llamado nacional de la “Asamblea de Asambleas” de Commercy.

Se trata sin lugar a dudas de un paso hacia adelante que viene a imprimirle un carácter marcadamente de clase a las movilizaciones de chalecos amarillos que se vienen sucediendo desde hace tres meses en todo el país. Un paso adelante que nuestra corriente marcó como necesario desde el inicio del movimiento, que viene a concretarse en la realidad, en el marco de una importante disputa política por la dirección del movimiento, que ha ido girado progresivamente “hacia la izquierda”, a pesar de las enormes fluctuaciones de la política de las direcciones sindicales.

En este sentido, es necesario aclarar algunas cosas sobre Philippe Martinez y la convocatoria de esta huelga. En primer lugar, hay que decir claramente que el líder de la CGT se opuso al surgimiento de los chalecos amarillos desde el primer momento y que los tildó de ser “de derecha”, negando en principio cualquier posibilidad de unificar fuerzas en la pelea contra el gobierno. Más aún, mientras los chalecos amarillos disputaban las calles y eran ferozmente reprimidos, Martinez se delimitaba de los “manifestantes violentos”, aseguraba la gobernabilidad y se aprestaba al juego del “diálogo social”, negociando con el gobierno, como lo viene haciendo desde que Macron asumió en su cargo como presidente.

En este sentido, hay que entender que si la CGT llamó a esta jornada de huelga y permitió mezclar chalecos rojos con chalecos amarillos es porque existió una enorme presión desde las bases de la confederación para que esta fecha se llevara a cabo. Una huelga que se necesitaba como el agua desde hace meses y que a Martinez le queda muy conveniente para posar como combativo con vistas a su reelección en el próximo congreso de la central en el mes de mayo. Una pose que no planea ir mucho más lejos que eso, ya que como señaló en reiteradas oportunidades, su objetivo no es el de provocar la salida de Macron del poder, sino el de reducir la pelea a la obtención de ciertas reivindicaciones económicas y salariales.

Pero esta perspectiva se queda corta con respecto a las enormes demandas democráticas que las movilizaciones de masas de los chalecos amarillos vienen expresando. Porque la crisis del gobierno de Macron no es un problema sindical, es un problema político, y como tal, requiere de respuestas políticas. No se puede plantear ninguna salida que no venga de la mano de la consigna “Macron dimisión”, como puntapié para denunciar al régimen en su conjunto y plantear la necesidad de ponerle fin al gobierno de los ricos, para poner en pie un gobierno de los trabajadores.

 

El gobierno de los ricos, cada vez más represivo y antipopular

Una de las representaciones que circula popularmente y que demuestra la bronca de sectores de masas que se han distanciado por completo del gobierno, tiene que ver con la identificación de Macron con la tiranía contraria a los valores democráticos de la Revolución Francesa. Esto se refleja, por ejemplo, en uno de los cantos escuchados en las marchas: “Luis XVI fue decapitado. Macron, podemos recomenzar.” Hay un sentimiento generalizado de amplios sectores que consideran al presidente como un tirano, un empleado de los grandes capitalistas que gobierna según los intereses de unos pocos, despreciando a las mayorías sociales, a todos aquellos que “no son nada”, según sus propias palabras.

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Es que a pesar de los discursos llamando a la “calma”, al “diálogo” y del lanzamiento con bombos y platillos del “gran debate nacional”, junto a cientos de alcaldes, el gobierno no logra convencer a la población de continuar con su plan de ajuste y supresión de derechos sociales. Porque la farsa del político centrista, honesto y renovador de la nueva política comenzó a caerse a pedazos luego del estallido del escándalo Benalla y porque la imagen de dialoguista pacífico que condena la violencia de los manifestantes es un verso que no se lo cree nadie.

En efecto, a medida que los acontecimientos se desarrollan, las máscaras comienzan a caer y el poder muestra su verdadero rostro. Si hay alguien que es tan despreciado como el presidente de la República, lo es su Ministro del Interior, encargado de las fuerzas del orden, Christophe Castaner. Porque la represión ejercida para contener las movilizaciones viene siendo brutal. Ya son casi veinte los muertos desde el comienzo de las marchas, mientras que los heridos y detenidos se cuentan de a miles.

La imagen de Jerome Rodrigues, un conocido manifestante de los chalecos amarillos que perdió un ojo a causa de un disparo de bala de goma que le apuntó directamente en una de las últimas manifestaciones, es representativo del salvajismo de unas fuerzas policiales que utilizan armamentos contra la población civil que son tan nocivos que se encuentran incluso prohibidos en otros países de la Unión Europea. En este contexto, la nueva ley “anti-violentos” es una nueva tentativa de persecución a la protesta social, que va en el sentido de la única respuesta del gobierno de los ricos: represión y más represión.

 

Los estudiantes universitarios entran en escena

Como en numerosas universidades a lo largo del país, la jornada del martes empezó temprano para los militantes de Socialismo o Barbarie en la Universidad de Paris VIII. Como había sido decidido en el comité de movilización, la universidad se sumó a la huelga general, realizando junto a decenas de compañeros un bloqueo de las instalaciones que provocó de hecho la suspensión de las clases, para desarrollar a continuación una asamblea en la que participaron más de 300 estudiantes.

La problemática central para los universitarios, en el marco del ajuste generalizado del gobierno de Macron a la educación pública en general y a la universidad en particular, tiene que ver con el aumento sideral de las matrículas para los estudiantes extranjeros no europeos. Un precio que aumentó más de dieciséis veces, yendo hacia los impagables 2770 euros anuales para las licencias y 3770 euros para los másters. Una medida discriminatoria y racista, que busca excluir a los “inmigrantes indeseados”, con el peligro del cierre que amenaza a muchas formaciones, recortando al mismo tiempo numerosos puestos de trabajo.

En este sentido, como habíamos sostenido en el comité de movilización pasado, nuestra propuesta en la asamblea fue que los estudiantes se movilicen junto a los trabajadores, sumándose a la convocatoria de los sindicatos, la izquierda y los chalecos amarillos. Nuestra moción fue votada por unanimidad, por lo que se organizó una columna estudiantil en la movilización, a la que luego se sumaron estudiantes de otras universidades de la región parisina.  Esta unidad es fundamental, entendiendo la importancia central de la jornada de huelga nacional, en la pelea unitaria contra el conjunto de las políticas anti-sociales del gobierno de Macron. El saldo de esta jornada es ampliamente positivo, con decenas de compañeros independientes que hicieron una avanzada experiencia de bloqueo, asamblea, huelga y movilización, a partir de la cual seguiremos construyendo las movilizaciones que seguirán desde la semana próxima, hasta que el gobierno retire el aumento de las matrículas, en la pelea por una universidad gratuita, abierta a todos y todas.

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Asambleas, huelgas y movilizaciones: sigamos en las calles hasta derrotar al gobierno de Macron

Si bien los alcances del movimiento de los chalecos amarillos, debido a su composición social heterogénea, fue más ambiguo al principio; hoy no caben dudas de que han abierto una nueva situación en Francia que abre muchas posibilidades a los trabajadores, las luchas inmigrantes, la juventud estudiantil, etc.

El resultado de los acontecimientos depende hoy de las fuerzas que actúan en la pelea. Macron intenta una y otra vez retomar la iniciativa y calmar las aguas, pero al no retroceder en sus planes de ajuste sólo logra hacer crecer más y más el odio a su gobierno. De entre todas las grandes fuerzas políticas y sociales, apenas si cuenta con el respaldo del aparato represivo del Estado y una franja minoritaria de la población.

El derechismo de Le Pen, que apostaba al principio a alzarse como fuerza ganadora del movimiento, no ha logrado ganar semejante protagonismo por varios motivos. Los chalecos amarillos se han proyectado a amplios sectores sociales hostiles a la extrema derecha por ser víctimas de su discurso de odio. Esto no significa que no sea parte de las movilizaciones ni tenga peso en un sector, sobre todo en el interior del país, de sus impulsores. Pero está lejos de haber ganado la dirección. Esto no significa que no pueda alzarse con un triunfo en las próximas elecciones, pero éstas reflejarían así una dinámica diferente a la del movimiento que viene ocupando las calles de Francia desde hace ya meses. Las elecciones no son el único determinante de la situación política de ningún país del mundo y nunca lo fueron, los chalecos amarillos –con la eventual posibilidad de la entrada en escena de otros movimientos con mucha más fuerza, como los trabajadores- pueden tener un peso político que defina el curso de las cosas mucho más allá de una elección, que no reflejarían necesariamente lo que las amplias mayorías quieren. Todo esto está por verse.

La CGT tuvo una actitud hostil hacia el movimiento desde el principio. Su política es “esperar y ver”, apostar al desgaste del movimiento. La convocatoria a la huelga fue contra su voluntad y no se puede esperar de ellos ninguna iniciativa que le dé una salida positiva a esta lucha.

El NPA tiene una enorme oportunidad para ser nuevamente la “extreme gauche”, un partido más que meramente electoral que logre referenciarse en la lucha en las calles. Eso depende de que logre salir de una inercia de muchos años, del pesimismo crónico de su dirección histórica, que hizo del partido fundado en 2009 uno con pocas posibilidades de intervención política fuera de la electoral. Los “anticapitalistas” pueden volver a convertirse en una organización de lucha que gane influencia a partir de la experiencia que cientos de miles y millones están haciendo: se puede torcer la voluntad de la “Europa capitalista” con la movilización y los métodos de lucha de los de abajo. Así lo demuestran los chalecos amarillos. Ha despertado en Francia una nueva franja de luchadores, de activistas que simpatizan con el NPA. Hay una gran oportunidad de crecimiento si el partido logra ser un canal de organización para luchar. Los ataques fascistoides y la represión ponen en evidencia el mismo y candente problema: debemos construir fuertes columnas militantes en cada movilización, preparadas para afrontar los desafíos de esta nueva etapa de la lucha de clases en Francia.

 

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