Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


El decálogo de la infamia de Macri es tanto más indignante cuanto que demuestra que el FMI, lejos de la sanata a que alguna vez apeló el gobierno de sus “cambios” y su “sensibilidad”, no ha olvidado nada ni aprendido nada de sus más clásicas recetas de ajuste rabioso, recesivo, antipopular, antiobrero y pro pago de la deuda como única meta y destino.

El ejemplo de Grecia es, en este sentido, aleccionador, por varios motivos. Primero, por lo reciente (es un plan que empezó en 2010 y en todo lo esencial continúa). Segundo, por el tipo de país. Por supuesto, Grecia es europea y parte de la zona euro, lo que condicionó buena parte del plan, y tiene la cuarta parte de la población argentina. Pero en términos de desarrollo y nivel promedio de ingresos per cápita, está relativamente en un rango similar a la Argentina. Tercero, por el volumen del plan implementado: contra el absurdo orgullo de los funcionarios macristas, que se jactan de que “nunca se le prestó tanta plata a un país” como con el acuerdo del año pasado, tanto en términos absolutos como relativos el “salvataje” (¡ja!) del FMI, junto con la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (la famosa “troika”), fue mucho mayor. Y cuarto, casi no hace falta decirlo, por sus resultados.

Unas pocas cifras, para no abrumar, pueden resumir la verdadera política de tierra arrasada que fue el acuerdo griego. El total de préstamos en tres “rescates” sucesivos (2010, 2012 y 2015) excedió los 260.000 millones de euros (unos 330.000 millones de dólares al cambio de entonces) para un país cuyo PBI es la mitad o menos que el de Argentina. La deuda representa hoy el 180% del PBI (el triple de lo autorizado por las reglas de la Unión Europea y el doble que Argentina), y el esquema pautado de reducción gradual del volumen de deuda llega hasta 2060 (sí, dentro de 40 años). El PBI nominal se redujo nada menos que un 30% a lo largo de ocho años, un nivel de destrucción de la economía absolutamente inédito en la historia moderna para un país que no haya estado en guerra.

Después de ocho años con desempleo por encima del 25%, con despidos masivos en el Estado que redujeron los empleados públicos de 930.000 a 570.000 (¡casi un 40% menos!), ahora bajó a “apenas” el 20%. Claro que eso puede deberse en parte a que el 5% de la población se fue del país, y los que quedaron debieron aceptar condiciones brutales como restricción del derecho de huelga y eliminación de negociaciones paritarias de los salarios, de resultas de lo cual los salarios perdieron un 30% de poder adquisitivo. De hecho, como la inflación es bajísima, casi toda la reducción salarial fue nominal, con baja del salario mínimo por debajo de los 500 euros. Elimpuesto inmobiliarioque afectan a cualquiera que tenga una vivienda y el aumento del IVA al 23% erosionaron aún más los ingresos, para no hablar de la reducción del monto de jubilaciones y pensiones, además del consabido aumento de la edad jubilatoria.

En cuanto al gasto social estatal, los grandes perdedores fueron, como siempre, educación y salud, con reducción salvaje de la cantidad y calidad de prestaciones (¡a los docentes los despiden al final del ciclo lectivo y los reincorporan en septiembre, al inicio de clases, para no pagarles vacaciones!). Por supuesto, el plan de privatizaciones no dejó nada en pie (muchas de las famosas islas del Egeo se vendieron para hacer caja) y los ricos, eso sí, pagan menos impuestos que antes de la crisis, porque así “invierten más y dan trabajo genuino”. ¡Y todo esto, desde 2015, bajo el gobierno de la alianza supuestamente más “izquierdista” del continente europeo, Syriza, que empezó su gestión dándole la espalda a la voluntad popular que en un referéndum nacional había manifestado su rechazo al acuerdo con la troika encabezada por el FMI!

Mirá también:  Costa Rica | El FMI le recomienda al gobierno un nuevo ajuste fiscal

El sufrimiento social causado por este desastre es inenarrable. Las tasas de suicidios, drogadicción, estrés, se fueron a las nubes. La sensación de falta de futuro en la juventud, cuya tasa de desocupación excede el 40%, es la primera impulsora del exilio masivo. Cuando el año pasado se registró, por primera vez en casi una década, un insignificante crecimiento de algo más del 1%, el FMI y Syriza salieron a coro a cantar “el fin de la caída”; si hubieran tenido un Durán Barba griego a mano, podrían haber hablado de “brotes verdes”. Pero es sobre el telón de fondo de la catástrofe económico-social más grande de la historia griega en décadas.

Si alguien dice que leyó los indicadores, las medidas tomadas, los resultados del ajuste en Grecia, y no asoció algo, mucho o todo con la Argentina de Macri, la verdad, no le creemos. Los paralelos son abrumadores. Que no nos vengan con Chile, Perú, Colombia (el macrismo) ni con Portugal (el kirchnerismo). Esos supuestos modelos están muy lejos de la realidad argentina, en muchos sentidos; por las razones apuntadas, el verdadero espejo en el que toda la población tiene que empezar a pensar en mirarse es Grecia.

 

La “sensibilidad” del Fondo es al Tesoro yanqui

Aunque ahora el macrismo, por elemental prudencia, ya no lo repite, el discurso de que el Fondo ahora es “distinto”, “sensible”, “razonable” y “abierto a entender las necesidades políticas” curiosamente parece haber cambiado de domicilio al más impensado: el kirchnerismo. En efecto, no puede entenderse de otra manera cómo Cristina y sus voceros no se cansan de afirmar que de ninguna manera van a romper con el FMI, pero a la vez van a implementar un programa de “crecimiento”, “promoción del consumo y la producción” y “recomposición de los ingresos”. Pues bien, señoras y señores K: o mienten descaradamente o son ustedes presa de la más delirante falta de contacto con la realidad. Porque tal como están las cosas, no hay ninguna posibilidad de cumplir con el FMI y la deuda, por un lado, y establecer criterios económicos que no sean de ajuste, por el otro. Una cosa es que sectores de masas se ilusionen con eso; otra muy distinta es que dirigentes políticos adultos que leen los diarios alimenten irresponsablemente ese espejismo.

A la salida de 2001, bajo el primer gobierno K, hizo falta una crisis política y económica casi terminal, en un contexto de rebelión popular en todo el continente y un ciclo de precios de las exportaciones increíblemente favorable para que el kirchnerismo pudiera dejar más o menos conformes a todos: FMI (que se llevó su plata), acreedores (que cobraron con quita), empresarios (que volvieron a ganar plata) y trabajadores (que empezaron a recomponerse de la brutal caída de ingresos y desocupación de masas entre 1995 y 2002). Pues bien, ninguna de estas condiciones se da hoy. Suponer que la historia se repetirá porque se repitan los nombres propios es un error tan común como peligroso.

Mirá también:  Cierran filas para enterrar las Jornadas de diciembre

Salvo que las condiciones políticas vuelvan a acercarse, de algún modo, a las de 2001, es impensable que el FMI acceda a ninguna concesión importante a un eventual plan económico que no ponga el ajuste en primer plano. A decir verdad, los indicadores son que si el FMI muestra alguna flexibilidad y “sensibilidad” no es justamente hacia los argumentos del populismo capitalismo, sino a los del dueño del circo: Estados Unidos.

De los diversos y coincidentes reportes de los entretelones de la dispensa que le dio el Fondo al gobierno argentino para que rife dólares a mansalva hasta las elecciones, tomamos éste: “La intervención directa fue del secretario del Tesoro [equivalente al ministro de Economía en EEUU. MY], Steven Mnuchin. (…) Las comunicaciones con Mnuchin se dieron hace algo más de diez días, y siempre fueron fructíferas. Restaba que desde el FMI se diera un cambio radical en su política interna de prohibir expresamente (y en particular a la Argentina) el acceso de dinero proveniente de los préstamos del organismo para contener corridas cambiarias. El carcelero de esta opción era el número dos del Fondo, el norteamericano David Lipton (…). Lipton no aceptó la alternativa, pero eligió dar un paso al costado y que fuera personalmente Lagarde la que asumiera la responsabilidad ante el directorio del organismo” (C. Burgueño, “El kirchnerismo y el FMI: la razón final para la ayuda del organismo a Macri”, Ámbito Financiero, 6-5-19).Esta operación se manejó a nivel presidencial: “El aval del FMI para que Argentina pueda usar (con restricciones) el dinero del stand-by para contener una corrida fue un reclamo personal de Mauricio Macri a la administración de Donald Trump; que con su mayoría de votos dejó en claro que puede torcer cualquier voluntad contraria en el directorio del FMI (…) [y] poner en práctica el apoyo público y casi irrestricto que la conducción del FMI le dio a la gestión de Mauricio Macri para, sin decirlo públicamente (por razones obvias), apalancar mejor su llegada a las lecciones de octubre de pie y con ciertas posibilidades financieras y cambiarias de éxito” (C. Burgueño, “Misión FMI con objetivo único: apoyar a Macri”, Ámbito Financiero, 8-5-19).

Todos los personajes están aquí pintados de cuerpo entero, especialmente el burócrata yanqui del FMI que acepta las indicaciones de su gobierno pero no pone la firma, por si todo sale mal… Porque una cosa es clarísima: el FMI sabe perfectamente que el acuerdo stand-by, así como está, es incumplible, y que la renegociación es inevitable. Pero las condiciones de esa renegociación las pondrá el Fondo (y EEUU), nadie más. Salvo, insistimos, que las condiciones políticas cambien drásticamente (algo que no se puede descartar en absoluto, pero que no ha sucedido), no hay lugar, salvo en la febril imaginación de los que creen en la mística de los nombres, para que ningún político capitalista de la Argentina pueda arrancarle al Fondo nada muy diferente a la agenda del ajuste estilo Grecia.

Print Friendly, PDF & Email

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre