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Equipo de redacción del portal IzquierdaWeb.


En la madrugada del pasado sábado 18 se produjo el asesinato a golpes en la puerta del boliche Le Brique, ubicado en la ciudad de Villa Gesell, del joven de 19 años Fernando Báez Sosa. Hace días que el país se encuentra conmocionado por este hecho de una brutalidad tremenda.


Al momento los detenidos e imputados son 11 rugbiers de entre 19 y 21 años. La imputación lleva la caratula de «homicidio agravado por concurso premeditado de dos o más personas y alevosía” y podría traerle a los responsables condenas de cadena perpetua.

Los imputados son jugadores de rugby en el club de la localidad bonaerense de Zarate, Arsenal. En principio, los acusados de ser responsables directos del homicidio son Ciro Pertossi y Máximo Thomsen. Como «partícipes necesarios» fueron imputados Matías Benicelli; Ayrton Viollaz; Luciano Pertossi; Lucas Pertossi; Alejo Milanesi; Enzo Comelli; Juan Pedro Guarino y Blas Cinalli.

El acontecimiento ha desatado algunos debates de cierta importancia. En primer lugar, la «cultura del rugby», sobre lo que se ha dicho mucho. Demasiado poco en cambio se ha hablado de las responsabilidades institucionales, de las autoridades políticas de Villa Gesell y los dueños del boliche Le Brique.

Respecto a los rugbiers han llovido los casos de violencia, abusos y «rituales» machistas y violentos que caracterizan su ambiente. En redes sociales ha llovido también la indignación con los «chetos», que serían el tipo medio de personaje que es parte de la «cultura del rugby». Debería ser obvio que ni un deporte ni un ambiente social relativamente pequeño puede crear por sí mismo el machismo y la prepotencia, la costumbre de actuar en patotas, que caracterizan en gran medida a los «rugbiers».

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Para las amplias mayorías, el capitalismo implica una diaria y tenaz lucha por la existencia. En ciertas circunstancias, la violencia se convierte en un medio de vida único y como tal se proyecta a los más amplios sectores sociales. La violencia y el crimen tienen por origen las miseria sin esperanzas de millones de personas y se transforma como tal en un modo de vida. Resultando así en una mentalidad, unos «rituales», unos valores específicos que después se extienden a su propio ritmo hasta aparentar ser algo independiente surgido no se sabe de donde.

La violencia de la «gente de bien», la prepotencia y el machismo de los sectores más «pudientes» es el reflejo invertido de esa misma realidad. Con el régimen de la propiedad capitalista, como hemos dicho, la vida social está impregnada de la permanente lucha por la existencia. Y en esa lucha hay ganadores y perdedores. Los ricos y su violencia, la prepotencia del dominador, la ideología de la superioridad y los «valores» de la misma son el comportamiento natural de los ganadores en la batalla por la existencia que es el capitalismo. Toda ideología y modo de comportamiento necesita de ciertas organizaciones para su reproducción, su cultivo y su ensalzamiento. Si la propiedad capitalista, la familia patriarcal y el estado son sus principales órganos de reproducción, los fundamentales, eso no significa que no se proyecte hacia abajo con instituciones menores. El rugby, de manera casi casual, se ha convertido en gran medida en una organización de los jóvenes de la clase capitalista y franjas sociales cercanas que reflejan en su cultura su condición de clase, la prepotencia de los dominadores de la sociedad. Y por supuesto que hay individuos de otros orígenes sociales que hacen parte del rugby y sin ser ricos ni «chetos» se convierten en parte de la cultura de la violencia dominante sólo por participar del deporte. No es el rugby, es la sociedad capitalista reflejada de manera distorsionada en un deporte y quienes lo practican.

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Es de suma importancia, no obstante, poner el ojo en la realidad del negocio de la noche y el turismo. Como todo en esta sociedad, el disfrute está puesto al servicio de la ganancia capitalista. Y así, la noche, el ocio, la disposición misma de ciudades enteras en temporada son puestas al servicio de boliches, hoteles y bares, que se llenan los bolsillos con el amparo de las autoridades políticas. El nivel de impunidad de estos negocios es descarado: Le Brique quiso abrir sus puertas a la noche siguiente misma del asesinato de Fernando.

Decía una testigo en Clarín el pasado 20 de enero: “Le Brique estaba sobrecargado de gente. A $500 la entrada, se ceban y dejan pasar a todos. Por ganar plata. Son grupos de 10, de 15 chicos, hacen pasar a todos juntos. No se puede caminar. Está saturado. Los pibes aprovechan el roce y te re tocan. A las 4 de la mañana explota”.

Y el intendente de Villa Gesell se lavaba las manos diciendo que “lo que hacen (los jóvenes) puertas adentro de sus alojamientos queda fuera de nuestro alcance». Dijo así mucho más que lo que quería decir: la propiedad privada del dueño de Le Brique está por encima de la vida y la seguridad de los miles de jóvenes que pasan sus vacaciones en la ciudad balnearia.

Así, con el amparo de la policía y los gobiernos, los empresarios de la noche monopolizan un negocio que conlleva super explotación de jóvenes trabajadores con jornadas laborales de más de 12 horas, con condiciones de seguridad deplorables (¡Cromañón!) y la más absoluta impunidad para hacer dinero a toda costa. La brutal golpiza a Fernando fue bajo la vista cómplice del boliche y las autoridades, que deberían ser considerados también como cómplices necesarios.

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