Ni una menos

Femicidio de Anahí Benítez: Frente a las puertas cerradas de la justica, la lucha puede derribar murallas

Una reflexión sobre las luchas por verdad y justicia, ante la inminente sentencia por el femicidio de Anahí Benítez.

Pachi Alvarez

“Quien se arrodilla ante el hecho consumado es incapaz de enfrentar el provenir” León Trotsky.

Cuando nos damos a la tarea militante de acompañar con la lucha procesos judiciales, sean causas de derechos humanos, o causas de femicidios o violencia de género, nos enfrentamos a varias nociones de sentido común que por sí solas se desvanecen mientras el propio proceso avanza. La confianza en la justicia como institución neutral que nos defiende deja, más temprano que tarde, lugar a la comprensión del poder judicial como institución de los poderosos. Es entonces cuando queda claro que les de abajo solo podemos cuidarnos y defendernos entre nosotres.

Así, a pesar de las investigaciones a medias y los fallos aberrantes, la organización y la lucha han dado vuelta el juego en muchísimas ocasiones, marcándole la cancha a la justicia burguesa y patriarcal, y conquistando la verdad y la justicia.

Los juicios a los milicos

La lucha de los organismos de derechos humanos y de las organizaciones políticas y sociales luego de la última dictadura militar fue, y sigue siendo, doble: La reconstrucción histórica de los hechos para conocer la verdad de lo ocurrido; La exigencia de juicio y castigo a cada uno de los responsables.

Es una historia de lucha con altibajos, idas y venidas entre el poder judicial, los gobiernos, las investigaciones independientes y la organización en las calles. En 1986, fue promulgada la ley de Punto Final, y en 1987 la de Obediencia Debida, y ese paradigma judicial resultó en la absolución de muchos responsables directos de la desaparición forzada, la tortura y el asesinato de muchísimos luchadores. Tiempo después, los indultos del menemismo le concedieron la libertad a otros tantos.

La frase de Rodolfo Walsh: “la verdad no sólo se cuenta, la verdad se milita”, es bastante ilustrativa de la pelea por recuperar la verdad y conocer los hechos, pero también de la pelea por defender esa verdad hasta sus últimas consecuencias. El reconocimiento de estos delitos como crímenes de lesa humanidad no fue un regalo. Fue la lucha incansable de los organismos de derechos humanos, junto con todas las luchas políticas que se dieron durante los 90 y culminaron en el argentinazo, la que torció las cosas.

La lucha persiste hasta el día de hoy: Por todos los recovecos de la verdad que todavía no conocemos, y en defensa que lo ya conquistado. Los recientes intentos de retroceder, como la prisión domiciliaria para Etchecolatz, o el 2×1 para la liberación de genocidas, fueron frenados con la lucha popular. Del mismo modo, no debe dársele lugar a los intentos de prisiones domiciliarias o excarcelaciones de milicos de la dictadura con la excusa del Covid-19. Porque el poder judicial no se volvió repentinamente “bueno” cuando los indultos se derogaron, sino que continúa defendiendo los mismos intereses que defendió siempre. Son los intereses de les trabajadores, de les oprimides, los que deben imponerse con la lucha y la organización para prevalecer en los fallos finales.

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La riquísima experiencia del movimiento feminista

De la mano de sus intereses de clase, la justicia burguesa es profundamente patriarcal. Una y otra vez, perpetúa la impunidad de violentos, violadores y femicidas para disciplinar a las mujeres. Pero el movimiento feminista tiene bastante reconocido a este enemigo en particular, y su historia está plagada de ejemplos de lucha tenaz por la justicia para las víctimas.

Un ejemplo claro es el de Iara Carmona, la joven que denunció al policía violador Marcelo Cuello. Luego de que absolvieran a su violador, Iara llevó la pelea a las cámaras de casación de La Plata. Allí, se anuló ese primer juicio que, en un fallo repudiable, le garantizaba al violador Cuello absoluta impunidad. El proceso volvió a su inicio, pero ella se mantuvo firme en su reclamo de justicia, estando acompañada por su madre y muchas organizaciones feministas. Finalmente, el 13 de junio de 2018 (sí, el mismo día que se llevaba adelante la inmensa movilización que conquistaría la media sanción por el aborto legal, seguro y gratuito), Cuello fue condenado a 15 años de prisión. Entre ese primer fallo asquerosamente patriarcal y el fallo condenatorio para el violador, el movimiento feminista vivió un crecimiento exponencial e histórico: Desde las inmensas concentraciones del Ni Una Menos hasta la marea verde, se consolidó un movimiento de lucha que está en las calles para patear las puertas de la justicia patriarcal.

La lista de ejemplos podría seguir y seguir: La absolución de los 13 imputados por la desaparición de Marita Verón fue revocada años después, y en el camino la indignación popular obligo a renunciar a 2 jueces y un ministro de seguridad. La renuncia del Juez Piombo (el conocido juez que redujo la condena del violador de un niño) fue también una conquista del movimiento feminista peleando, en este caso, codo a codo con el movimiento estudiantil. La primera condena bajo la caratula de travesticidio en la historia fue al asesino de Diana Sacayán, apenas semanas después de ese 13 de junio histórico, en el que Iara conquistó justicia mientras millones concentraban frente al congreso nacional.

Dar las peleas hasta el final

Por supuesto que no es una pelea sencilla. Las causas son largas y con altibajos, las instancias judiciales se enciman una sobre otra hasta llegar a veces a las cortes internacionales, la templanza de las querellas es siempre admirable. Pero no puede de ninguna manera dejársele ser al poder judicial sin presentarle batalla: porque el poder judicial protege a los de arriba al tiempo que disciplina a los de abajo. Protege violadores y castiga a las mujeres; Protege a los milicos, persigue luchadores; Protege a la gendarmería, y a funcionarios de gobiernos pasados y presentes. Porque el poder judicial siempre se rige con un criterio de clase: Defiende a su clase social, a la burguesía, a los gobiernos, a las fuerzas represivas, a las grandes empresas.

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Pero tras las puertas cerradas de la justicia, quienes quedamos al otro lado no podemos aceptar ese desamparo. Damos las peleas hasta el final, y exponemos una y otra vez los mecanismos expulsivos, retardantes, que tiene la justicia en este sistema para negársele a las mayorías. Y algunas veces, contra todos los pronósticos, las luchas se ganan: descubrimos la verdad; imponemos a los fallos nuestras propias categorías; conquistamos la justicia. A veces, hasta los mismos jueces terminan sentados en el banquillo.

En el camino, estas luchas exponen la injusticia a viva luz. El funcionamiento del poder judicial por entero queda imposibilitado de legitimarse a sí mismo ante los ojos de explotados y oprimidos.

La lucha de Justicia por Santiago Maldonado, por ejemplo, una investigación que se cerró y hace poco volvió a abrirse, no puede dejarse a mitad de camino. Es una responsabilidad de les de abajo dar la pelea para que el asesinato de un luchador, de un activista por el derecho de los Mapuches a su autodeterminación, no quede en la impunidad.

El caso de Anahí

Hoy, en la zona sur del conurbano bonaerense, nos damos al debate muy cerca de la fecha de la sentencia por el femicidio de Anahí Benítez. Es uno de esos casos donde la verdad nos es negada, donde se espera dictar sentencia sin saber qué pasó, cómo llegó a suceder y quiénes son los culpables.

Cuando prima la confusión (y las malas intenciones) puede afirmarse anticipadamente la derrota y proponerse abandonar. Este tipo de afirmaciones, además de derrotistas, son profundamente irresponsables… Porque bajar las banderas es dejar hacer a gusto a la justicia patriarcal y burguesa que quiere dejar hacer a gusto a violadores y femicidas, y a cuál sea la trama de poder que hay detrás de este caso. Queda demostrado en los ejemplos anteriores que cada lucha contra este sistema judicial (como cada lucha contra este sistema. Punto.) alimenta y se alimenta de las otras peleas. Cada triunfo o conquista da fuerza a les demás luchadores. Una vez más, es una responsabilidad del movimiento feminista, del movimiento estudiantil, y de las organizaciones sociales y políticas que se dicen luchadoras, dar la pelea hasta el último momento con la bandera bien alta. No nos arrodillamos ante el hecho consumado. Es por Anahí, pero también es por todas las pibas, por las que ya no están, por las que quieren llevar a sus violadores a la cárcel, por las que se organizan para luchar contra este sistema capitalista y patriarcal.

Este miércoles se dictará la sentencia, y estaremos en la calle (con medidas de prevención y distanciamiento social) para reclamar verdad y justicia por Anahí Benítez. Después, la lucha continúa, codo a codo con cada pibe y cada piba que, al igual que Anahí, quieren organizarse contra este sistema inhumano y todas sus injusticias.

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