“No se puede negar que el fascismo y movimientos similares que pretenden establecer dictaduras están llenos de las mejores intenciones y que su intervención, por el momento, ha salvado la civilización europea. El mérito que el fascismo ha ganado para sí mismo seguirá vivo eternamente en la historia.”

Liberalismo (1927), Ludwig von Mises

La sociedad capitalista se caracteriza por la división creciente entre dos clases sociales antagónicas. La clase oprimida y explotada, la clase obrera, ha arrancado al gobierno de la clase burguesa varias conquistas: salarios mínimos, subsidios por desocupación, legalización de los sindicatos, etc. Las concesiones hechas por el Estado burgués no fueron jamás dádivas otorgadas sin presión, así lo sabe cualquiera que sepa de historia lo suficiente para cursar los primeros años de secundaria. El Estado es y siempre ha sido la principal organización de la defensa de la propiedad de la minoría social dominante que vive de la apropiación del trabajo ajeno (sea la burguesía, los señores feudales, etc.). Los liberales de hoy gustan de presentar las conquistas de la clase obrera como una intervención autoritaria sobre las vidas de los pobres “individuos”: el salario mínimo sería algo más o menos similar a los más brutales autoritarismos, la diferencia sería de grado y no de contenido.

Los liberales nos presentan a la sociedad contemporánea como cruzada por el antagonismo entre el “Estado” y los individuos. El primero estaría siempre al acecho para quedarse con lo bien ganado por ese humano abstracto existente en ningún otro lugar que en el mundo de las ideas puras que es el “individuo” liberal:

Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe.

Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.”

El Manifiesto Comunista

Y a pesar de todos sus griteríos contra el Estado, hay una sola y única función que para ellos tiene y debe tener: la de proteger la propiedad privada. Están contra el Estado entonces solamente cuando no tiene otra alternativa que ceder a las luchas de los oprimidos. Cuando se trata de reprimir, incluso con salvajismo brutal, a quienes cuestionan un sólo milímetro de propiedad burguesa son partidarios del estatismo de manera fanática.

La “libertad” siempre y en todos lados es la de hacer o no verse obligado a hacer algo concreto, sin otro agregado no es más que una frase vacía. En una sociedad dividida en clases antagónicas, hay dos libertades sociales opuestas (que nunca son “individuales”), las libertades de los oprimidos o la de los opresores: donde hay una no puede no ser a costa de la otra. Su “libertad” es la de la explotación capitalista desenfrenada, sin mediaciones ni paliativos.

La historia real del liberalismo es una cosa muy diferente a la que tratan de presentar lavando culpas. Partidarios fanáticos como son de la clase dominante (a un punto tal que no conciben otra individualidad, personalidad o libertad que la del capitalista), su historia está plagada de complicidad y participación directa de algunas de las más repugnantes atrocidades de los estados capitalistas contra las masas oprimidas.

El liberalismo supo ser un movimiento históricamente muy progresivo cuando su prédica por la libertad estuvo puesta al servicio de la lucha contra el despotismo feudal y monárquico. En esa, su época de esplendor, dio también gigantes del pensamiento: Locke, Smith, Ricardo, etc. Pero hace más de un siglo y medio que no es más que una caricatura de sí mismo, desde que su existencia tiene por único enemigo a la clase trabajadora, el socialismo y todas las formas de lucha contra la opresión capitalista. En el fárrago de esa decadencia se revuelcan como cerdos los miembros de la secta “libertaria”, los dogmáticos más ridículos de la decadencia del liberalismo.

Este artículo no es un estudio exhaustivo de la historia de esta corriente sino apenas una breve compilación de algunos hechos que ponen al descubierto de qué se trata la “libertad” defendida por los partidarios fanáticos del capitalismo.

Dejamos afuera realmente mucho de lo que hay para decir, incluida casi toda la época de la creación del mercado mundial. Al dogma liberal le encanta mostrar como natural y “espontánea” la relación social de intercambio comercial internacional predominante en el mundo de hoy. Basta conocer un poco de historia (la suficiente para concluir satisfactoriamente los estudios primarios) para saber que el surgimiento del capitalismo no tiene nada que ver con ese idílico mundo en el que las personas deciden sin intervención estatal. El capitalismo mundial tuvo por parteras a fuerzas estatales tales como el Imperio Británico, el Español, el Alemán, el Portugués, etc.

No queremos extendernos en lo que sería un muy largo ensayo histórico. Compilemos simplemente algunos hechos.

La mano visible del Imperio Británico

Hasta el siglo XIX, la doctrina oficial económica de casi todas las potencias europeas era el mercantilismo: el enriquecimiento nacional pasa por un ingreso de oro y plata mayor que los egresos, su acumulación dentro de las fronteras de la respectiva metrópoli era la garantía de supremacía. El gran refutador teórico de esa idea fue Adam Smith, el primer gran partidario del librecambio.

Sin embargo, aunque se tratara de una doctrina unilateral, sirvió durante siglos para la protección de las manufacturas locales de la competencia extranjera y la posible ruina. El primero en romper con el mercantilismo y adoptar oficialmente la fraseología liberal como doctrina oficial fue el Imperio Británico: durante ese período pudo garantizarse la hegemonía mundial comercial e industrial sin necesidad de aranceles ni protección aduanera. Con la “libre competencia” internacional gana quien es más competitivo, y la Inglaterra hija de la revolución industrial no tenía quien le haga sombra. Fue allí que el modo de producción capitalista se desarrolló plenamente como tal por primera vez, convirtiendo a la mayoría de su población en proletariado asalariado.

Hasta aquí, una parte de los hechos. La otra cara fue la necesaria intervención estatal del más grande imperio de la historia para garantizar la existencia del mercado mundial que convirtió la isla europea en la nación más rica del planeta. La más poderosa flota de todos los mares tuvo un inmenso impulso oficial en 1694: para la construcción masiva de embarcaciones, el gobierno británico se financió creando el Banco de Inglaterra, uno de los primeros en cumplir el rol de banca central en la historia (nótese que uno de los eventos más importantes de la historia del capitalismo es presentada como “socialista” por la imbecilidad liberal de hoy día). La creación del mercado mundial está muy lejos de haber sido un proceso “espontáneo” derivado de la inmutable naturaleza humana: fue impuesta a sangre y fuego por los procesos de colonización entre los siglos XV y XIX.

La Gran Bretaña de los siglos XVIII y XIX necesitó acompañar su desarrollo industrial (inédito en la historia) con la conformación del imperio más grande de la historia humana. Hoy en día es más fácil contar los países contemporáneos que no tienen en su haber una invasión británica que los que sí la tienen. La expansión de la civilización capitalista inglesa vino acompañada de la conquista, la guerra y la colonización impuesta sobre masas humanas de todos los continentes. El salvajismo y la brutalidad con la que fue impuesta la “libertad” capitalista habrían hecho sonrojar a Gengis Khan. El Imperio Británico es por lejos el mayor genocida de la historia. Contando sus víctimas en apenas cuatro países actuales (India, Bangladesh, Pakistán, China), el número ya supera a cualquier otro régimen asesino que haya habido antes y después.

China: las guerras del opio y la rebelión Taiping

Sin lugar posible a las dudas, la Compañía Británica de las Indias Orientales (la inmensa empresa privada que ejerció el poder sobre la India británica durante alrededor de un siglo) fue el más grande narcotraficante de la historia: la magnitud de sus negocios hacen parecer a Pablo Escobar un “transa” amateur que se gana la vida en la esquina de su barrio.

Hacia los albores del siglo XIX, el comercio entre China y Gran Bretaña se daba de manera restringida a través del puerto de Cantón, con fuertes controles por parte del gobierno de la Dinastía Qing. Así, las exportaciones chinas hacia Inglaterra (té, porcelanas, etc.) arrojaba un fuerte déficit comercial para los británicos, cuyos productos industriales tenían muy restringido el ingreso al mercado interno del “Imperio Celeste”. Gobierno imperial trataba fundamentalmente de frenar el drenaje de plata hacia territorio europeo. Ya en las décadas del 30’ y 40’, el déficit comercial inglés se había convertido en superávit gracias al contrabando de un solo producto: el opio. La droga ingresaba masivamente a territorio chino, su producción era monopolizada por la Compañía Británica de las Indias Orientales y se contrabandeaba por todos los poros del intercambio comercial permitido por los manchúes. 1400 toneladas de opio anuales traficaban los ingleses, con entre 100 y 150 millones de consumidores.

El gobierno imperial chino decidió incautar en 1839 todo el opio en manos extranjeras, desatando así la Primera Guerra del Opio. Los británicos declararon la guerra explícitamente para imponer el reino eterno de la libertad económica, en este caso la libertad de narcotráfico super masivo. La derrota aplastante de los chinos en manos del Imperio Británico culminó con la firma del Tratado de Nankín: la concesión como colonia inglesa de la isla de Hong Kong y la abolición de los aranceles proteccionistas y toda restricción a la importación de productos industriales europeos. La condiciones impuestas en 1842 se verían confirmadas y reforzadas luego de la Segunda Guerra del Opio entre 1856 y 1850.

El libre comercio irrestricto arruinó en masa a las ciudades, donde empezaron a darse fuertes hambrunas. La carga de la guerra fue descargada sobre los campesinos con impuestos, y se vieron crecientemente endeudados con los grandes terratenientes. Las revueltas comenzaron a crecer por doquier hasta culminar en la masiva Rebelión Taiping entre 1850 y 1864. Una inmensa secta cristiana del sur del país (comandada por un hombre que, influenciado por un misionero cristiano estadounidense, proclamaba ser un Mesías) se propuso derrocar a la decadente dinastía manchú y logró poner al gobierno imperial contra las cuerdas por contar con un creciente apoyo popular. Tratando de garantizar sus negocios, el Imperio Británico y otras potencias europeas intervinieron en favor del gobierno imperial.

La catástrofe de esas pocas décadas implicó la muerte de entre 60 y 100 millones de chinos, convirtiéndose de una de las mayores catástrofes de la historia humana. Para que se instalara en el mundo el reino universal de la “libertad individual”, producto evidente de la acción espontánea de la gente movida por su propia naturaleza innata, fue necesaria la ayuda de inenarrables masacres.

Las muy libres hambrunas en la India

La burguesía se hace pasar por la defensora de la propiedad, pero, ¿qué partido revolucionario ha hecho jamás una revolución agraria como las realizadas en Bengala, Madrás y Bombay?”

Karl Marx

Si hay un período y una historia en la que se pone al desnudo de manera terrible que la “libertad individual” predicada por los liberales es la de los capitalistas y nadie más, si hay una tragedia humana en la que las prédicas sobre la naturaleza del eterno progreso de la libre empresa muestra su monstruoso rostro de la vida real, esa es la colonización inglesa de la India de casi dos siglos, entre la segunda mitad del siglo XVIII y el año 1947.

La creación de la propiedad burguesa en ese país de proporciones continentales no fue nada “espontánea” ni se dio como un proceso “natural” surgido de la iniciativa de algunos individuos industriosos: fue una combinación de erradicación violenta de la vieja propiedad comunal tradicional milenaria, su ruina por impuestos y eliminación de la producción artesanal tradicional por la competencia de los productos industriales ingleses, que se abrieron paso con sus bajos precios con la armada y los cañones británicos por respaldo. No nos detendremos en las atrocidades militares, las represiones y la dominación política despótica de dos siglos. Haremos simplemente un recuento de las inmensas hambrunas producto de la política económica liberal británica.

1769-1770. La primera Gran Hambruna de Bengala. Se calcula que perecieron de hambre unas 10 millones de personas, un tercio de la población total de la zona.

1783-1784. La Hambruna de Chalisa. Con 11 millones de muertos, muchas áreas sufrieron la total despoblación, centralmente Delhi, Punjab, Rajputana y Cachemira.

1791-1792. La Hambruna de la calavera. Afectó al centro-oeste de la India, centralmente la zona de la Presidencia de Madras, y tuvo un saldo también de unas 11 millones de personas muertas por hambre y enfermedades derivadas.

1837-1838. Hambruna de Agra. 800 mil muertos.

1860-1861. Hambruna con 2 millones de víctimas fatales. Se dio en el este de la región de Rajputana.

1865-1867. Hambruna de Orissa. Entre 4 y 5 millones de muertos.

1876-1878. Hambrunas de Madras y Bombay. Se calcula un total de entre 6 y 10,3 millones de muertos.

1896-1897. Entre 5 y 16 millones de muertos de hambre.

1899-1900. Entre 4,5 y 10 millones de víctimas mortales.

1943. La segunda gran hambruna de Bengala, el Holocausto personal de Winston Churchill. Fue la última gran hambruna bajo mandato británico antes de la independencia en 1947. El gobierno encabezado por Churchill desabasteció la zona por temor a una ocupación de tropas japonesas, disparando los precios y hundiendo la zona en una hambruna que dejó 1,5 millones de muertos de hambre y entre 2 y 3 millones en total, contando las víctimas de las epidemias.

Total. Las víctimas totales de las hambrunas por responsabilidad británica se cuentan entonces entre 56,4 y casi 80 millones de muertos entre 1770 y 1943. Uno de los mayores y menos conocidos genocidios de la historia humana. Y no estamos contando las víctimas de las represiones, las torturas y el despotismo de la dominación colonial.

La Guerra de Secesión, la esclavitud y la libertad

La guerra civil de los Estados Unidos es hoy recordada como un conflicto que tuvo por eje el problema de la abolición de la esclavitud. Si bien fue algo mucho más complejo, es un sano balance que su resumen en la cabeza de quienes apenas conocen su historia sea ese: en efecto, ese fue su contenido fundamental. Su saldo fue la liberación de más de cinco millones de personas y que los esclavistas no pudieran levantar cabeza seriamente nunca más.

Mirá también:  La experiencia del Frente Único Antifascista en Brasil (1933-34)

Sin embargo, durante el primer año y medio de guerra el objetivo de la abolición definitiva de la esclavitud no fue planteado abiertamente por el bando unionista encabezado por Abraham Lincoln. La secesión de los Confederados comenzó en abril de 1861 y la Proclamación de Emancipación no fue promulgada hasta enero de 1863. Eso no significa que el abolicionismo no fuera un punto clave del origen del conflicto.

Notoriamente, antes de 1863, uno de los pocos escritores y pensadores que supieron ver de manera anticipada que la esclavitud y su desaparición eran motivación de guerra por parte del bando del norte fue Karl Marx. Así lo sostuvo desde las páginas del New York Daily Tribune, el principal diario abolicionista de los Estados Unidos para el que trabajaba como corresponsal europeo desde hacía diez años. Lo hizo polemizando con los principales diarios liberales ingleses de la época, The Economist y The Examiner. Según éstos, la motivación principal de la guerra eran los aranceles impuestos por el gobierno de la Unión sobre las exportaciones de algodón de los estados sureños y el “derecho” y “libertad” de éstos a secesionarse del centralizado estado opresor si así lo deseaban.

Marx se apoyaba en su polémica en el hecho de que, si bien el Norte no había dicho nada de su intención de abolir la esclavitud, el Sur había gritado al viento en su proclamación de secesión que se separaban de los Estados Unidos para defenderla. Pero el fundador del socialismo científico, naturalmente, tenía motivos mucho más profundos para hacer ese análisis que, para variar, demostró ser completamente certero. Si bien fue un ferviente partidario del norte desde el comienzo mismo de la guerra, criticó también duramente al gobierno federal por su tibieza, por no proclamar desde el principio e inscribir en la bandera de su causa: abolición de la esclavitud.

Las estructuras económicas, sociales y políticas diferenciadas y opuestas de norte y sur eran para él la base misma de la guerra, que hacía cosa de vida o muerte para ambos bandos la abolición o no de la esclavitud. El sur se caracterizaba por un suelo fértil con grandes plantaciones de algodón con mano de obra esclava. El norte, menos propenso naturalmente a la agricultura, tenía una mayoría de población campesina de pequeños propietarios y una naciente burguesía industrial poco competitiva para los parámetros internacionales del momento. El sur tenía arraigados intereses librecambistas: los esclavistas eran de los principales proveedores de algodón para la industria textil inglesa que dominaba el mundo entero, eran fuertemente competitivos por la fertilidad de los suelos y el uso de mano de obra prácticamente gratuita. En el norte, los campesinos temían que las plantaciones esclavistas del sur pudieran arruinarlos o incluso avanzar sobre sus tierras. Más importante: la burguesía dominante del norte necesitaba de una política proteccionista para que su industria no fuera arrasada por la competencia inglesa y hacía uso de los aranceles sobre las exportaciones del sur para subsidiar ferrocarriles y el desarrollo industrial en general. Naturalmente, allí prevalecía el trabajo asalariado en las grandes ciudades. No sólo por convicciones morales, sobre todo por intereses materiales bien concretos es que el norte era abolicionista: la industria necesitaba fuerza de trabajo libre, esclavitud asalariada contra la esclavitud lisa y llana del sur.

La tensión fue creciendo a lo largo de décadas con la incorporación de nuevos estados de la Unión, cada bando pujaba para que cada nueva incorporación fuera terreno para su propio desarrollo. Finalmente, el uno no podía expandir sus propios intereses si no era a costa del otro. Así estalló la guerra y Marx fue uno de los primeros en poder ver cuales eran sus verdaderos fundamentos.

Buena parte de los liberales del momento tomaron partido por el sur: defendían su “libertad” de comerciar sin barreras proteccionistas, de no estar sometidos a un estado centralizado que oprimía su libre movimiento, que Lincoln y sus métodos de guerra civil eran la encarnación diabólica del autoritarismo. De más está decir que nuestras simpatías están del lado del “autoritarismo” usado para la abolición de la esclavitud y nuestra repugnancia por el bando de la “libertad” de esclavizar.

En resumen: las simpatías de los defensores de la “libertad” estuvieron del lado del sur porque representaba el libre mercado sin aranceles, la lucha contra un estado opresor centralizado…

Todo esto parece historia sobradamente pasada y por supuesto que la mayoría de los liberales de hoy no se atreven a defender lo que decían entonces. Pero entre los más radicalizados entre los ultra liberales de hoy aún hoy sostienen sus simpatías por la Confederación. Entre los brutos simpatizantes de Trump, la alt right, hay muchos racistas fanáticos que tienen su peso en la defensa del gobierno, como los grupos fascistoides supremacistas blancos. Y con ellos hacen causa común la derecha fanática de la “libertad” en todos lados. A un nivel más “intelectual”, la tesis de que la defensa de la “libertad” se encontraba del lado sureño y que el conflicto no giraba en torno a la esclavitud la siguen sosteniendo contra toda prueba (y raciocinio) los traficantes de seudo pensamiento del Instituto Mises. Así podemos ver en estos artículos que se pueden leer acá y acá.

¿Suena marginal? Lo es, pero el instituto Mises fue fundado por Murray Rothbard, el fundador del llamado “anarco capitalismo”, con el apoyo de Friedrich Hayek, el economista que fue uno de los grandes representantes ideológicos del giro “neoliberal” en la década de los 80’. Ambos son de los ideólogos más influyentes de la extrema derecha que grita sobre “libertad” para defender a los Trump, los Bolsonaro y los Boris Johnson y le pusieron de nombre al instituto “Mises” en honor al liberal austríaco que habría “demostrado” de manera definitiva la imposibilidad del socialismo… ¿Les suena a nuestros lectores? Sí: es el mismo Ludwig von Mises que defiende con fervor al fascismo en la cita con la que comienza esta nota.

Fascistas y liberales

Mussolini y Dolfuss

Entre los representantes mediáticos y políticos del liberalismo se ha puesto en boga recientemente la estúpida afirmación de que el fascismo habría sido “de izquierda”, esencialmente antiliberal por haber impulsado una política de intervención estatal sobre la economía. El embrollo mental que logran instalar entre los ignorantes que tienen el mal gusto de tenerlos por referencia es tan mayúsculo que antes de ir a la historia real nos vemos obligados a emprender la penosa tarea de desenredar el nudo de afirmaciones ridículas que hacen a su madeja de prejuicios. Luego, podremos ir al grano: la defensa cerrada de los gobiernos fascistas que hizo el liberalismo en tiempo real.

En su dogmatismo cerrado, no son capaces de ver otro antagonismo que este: intervención estatal en la economía sí o no. “Derecha” sería entonces anti-intervencionista, “izquierda” la partidaria de la intervención del estado. Fin. Por supuesto que las cosas no son así. El concepto de izquierda y derecha surge en la revolución francesa con una línea divisoria mucho más realista: defensores del viejo orden sí o no. Entre los defensores del orden actual no hay sólo liberales: también revisten en ella las tradiciones reaccionarias del militarismo y los ejércitos, las monarquías en los países en los que aún existen, las diversas iglesias y religiones, los partidos políticos clásicos, etc. En suma: los defensores más descarados de las viejas clases dominantes. En la Francia de 1793 eran los defensores de los señores feudales, hoy de la burguesía.

No nos detengamos demasiado en la afirmación ignorante de que el “socialismo” y la “izquierda” sería la corriente defensora de la intervención estatal sobre la economía. Para quienes defiendan esa tesis simplemente les recomendaremos que agarren un libro, que no muerden.

Discutamos sí ese prejuicio liberal, arraigado ya como prejuicio popular incluso entre los “progresistas”, de que el capitalismo sería sinónimo de no intervención estatal sobre la economía. Para el surgimiento del capitalismo fue necesaria una muy activa participación del Estado. En los países periféricos para imponer a sangre y fuego la colonización que sería partera del mercado mundial y para arrasar con las viejas formas de propiedad y producción precapitalistas. En las metrópolis el estado también tendría un muy activo rol en la expansión capitalista: por ejemplo, con la protección de su propia industria cuando tuviera desventaja competitiva con otra potencia más avanzada. El proteccionismo comercial fue condición necesaria en el siglo XIX para el crecimiento de la industria alemana, francesa y norteamericana contra la hegemonía inglesa.

Despejadas algunas estupideces, vayamos al asunto: el fascismo. Las bandas de matones organizadas políticamente que pasó a la historia con ese nombre fue el último reducto de defensa de la propiedad capitalista contra la ola de alzamientos obreros socialistas inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial. El centro de su propaganda fue anticomunista y los liberales supieron agradecerles dándoles su apoyo e incluso participando activamente de su movimiento. A nadie se le ocurría en ese momento, ni siquiera a los más notorios liberales, que el centro del conflicto que atravesaba a Europa fuera entre Estado e “individuos”. La lucha era entre la clase obrera, de un lado, y la burguesía, del otro, junto a sus agentes; entre los que estaban tanto los liberales como los grupos de choque fascistas, que fueron el martillo de la burguesía sobre la cabeza del movimiento obrero.

En Italia en particular, el ascenso del fascismo fue una reacción al bienio rojo (que analizamos en este artículo sobre Gramsci) de parte de masas pequeño burguesas reaccionarias, veteranos de guerra cuya tradición militarista conservadora los hacía fervorosos anticomunistas, funcionarios políticos de la burguesía (entre los que se contaban los liberales) y, finalmente, la monarquía de Víctor Emanuel III. Esa pelea, resuelta a sangre y fuego, no era entre dos modelos abstractos de sociedad pensados desde la comodidad de un escritorio -así se imaginan los liberales los sistemas sociales- sino entre clases sociales con intereses opuestos. No se trataba de la llegada al mundo terrenal de las ideas puras del “comunismo” y el “corporativismo” fascista; las formas sociales y políticas son encarnaciones de los intereses y la organización de clases sociales… y los liberales defendieron a la suya parapetándose detrás del fascismo.

Entre los liberales que defendieron al ascendente fascismo como muro de contención contra el comunismo estuvieron, para poner ejemplos rápidos, ideólogos que hoy son unánimemente reivindicados por los liberales: el ya citado austríaco Ludwig von Mises y los italianos Pareto e Einaudi. Contra la ignorancia autoinflingida, aún hoy hay liberales que defienden esa posición de manera descarada, aquellos que no tienen miedo de decir lo que realmente piensan, como podemos ver en este artículo.

Pareto simplemente se vio satisfecho con darle apoyo escrito y moral al ascenso de Mussolini. El caso de Mises, que (insistimos) es referencia generalizada de los liberales de hoy, es más grave: fue asesor personal del líder fascista austríaco Dolfuss e incluso afiliado del partido único de su breve régimen, el Vaterländische Front (o “Frente Patriótico”). El gobierno de Dolfuss se impuso luego de aplastar a sangre y fuego al movimiento obrero austríaco. ¡Rara fuerza de “izquierda” la que tiene entre sus asesores más importantes a un notorio liberal y asciende al poder como muralla antisocialista! Acá nos cuenta sobre eso uno de los más notorio discípulos de la escuela austríaca, que no tiene miedo de contar abiertamente sobre la colaboración de su maestro con un gobierno fascista.

También es falaz que el fascismo se haya caracterizado por una sistemática política de intervencionismo estatal sobre la economía. Sólo el régimen de Hitler tuvo esa característica desde el principio y el fascismo italiano sólo como recurso de economía de guerra. De hecho, la intervención estatal sobre la economía fue característica de todas las potencias que participaron de la Segunda Guerra Mundial. Si la sola intervención estatal sobre la economía es “socialista” entonces deberían afirmar que los Estados Unidos de Roosevelt, Truman y Eisenhower; la Gran Bretaña de Churchill y la Francia de Lebrun eran “de izquierda”.

La historia económica del fascismo es una cosa muy diferente a ese mito ignorante. Comencemos por Mussolini. Su ascenso al poder fue acompañado por el Partido Liberal Italiano en la fachada de elecciones de 1924, cuando dicha organización y el Partido Nacional Fascista (junto a los conservadores) concurrieron juntos a los comicios. El primer ministro de economía del nuevo gobierno fue el notorio economista liberal Alberto de’ Stefani, que aplicó de manera sumamente ortodoxa sus principios. Si entre 1919 y 1923 el porcentaje de gasto del estado sobre la renta nacional giraba en torno al 26%; en el período que va entre 1923 y 1927 dicho gasto era ya de alrededor del 17%. ¡Raro socialismo ese! A su vez, las primeras medidas económicas del gobierno fascista fueron la privatización absoluta de la seguridad social y la mayoría de las compañías telefónicas, se dio inicio a las concesiones privadas de las autopistas y la privatización total de la sociedad Ansaldo, inmensa empresa armamentística que hacía décadas estaba mayoritariamente en manos estatales. A su vez, aplicaron la clásica y muy conocida política antiinflacionaria de la restricción monetaria.

Respecto a Dolfuss y su régimen austro-fascista, digamos que los consejos de Mises no fueron palabras lanzadas al viento. Los dogmas “libertarios” austríacos fueron aplicados al pie de la letra. Dolfuss tomó todas y cada una de las medidas anti obreras que Mises recomendaba: la eliminación de los subsidios estatales a los desocupados, el recorte del gasto público y la rebaja de impuestos a los empresarios, la eliminación del poder de negociación de las organizaciones obreras sobre los salarios. Todo esto en plena época de la Gran Depresión. Por supuesto que cualquier lector no enceguecido por este dogma absurdo se dará cuenta de las consecuencias de esta política antes de que tengamos que contarlo. Ni el recorte de gastos e impuestos ayudó al crecimiento económico (que estaba en franco derrumbe), ni el ajuste a los salarios ayudó a paliar la desocupación (que rondó entre el 25 y el 30%), etc.

Por supuesto que estamos muy lejos de querer afirmar que ambas corrientes sean iguales o lo mismo. Ambas son, no obstante, manifestaciones extremas de la defensa de los intereses de la clase capitalista y, cuando se trata de enfrentar el socialismo, las fronteras entre uno y otro tienden a hacerse laxas y flexibles. Porque lo que los separa de la izquierda y los oprimidos no es una frontera, es una trinchera que gustosamente defienden codo a codo.

Print Friendly, PDF & Email

Colaborá con la izquierda


Nuestra actividad se mantiene con el aporte solidario de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Suscribite para que podamos seguirte brindando la mejor información y análisis.

Me quiero suscribir




Recomendadas

Rebelión Antirracista en EEUU

Lectura recomendada

Deutscherismo y estalinismo

“Para que el concepto de la personalidad adquiera un sentido real y el desdeñoso concepto de las ‘masas’ deje de ser una antítesis que se alza ante la idea filosófica privilegiada de la ‘personalidad’, es necesario que las propias masas conquisten por sí mismas una etapa históricamente más elevada por medio de la palanca de la revolución o, mejor dicho, de una serie de revoluciones” (León Trotsky, Mi vida). El 80° aniversario del asesinato de León Trotsky es una oportunidad para volver sobre su vida y su obra, así como sobre el balance de la c...

Trabajadores

Las Rojas

Últimas noticias

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre