El debate sobre el PSUV pone de manifiesto problemas estratégicos de más largo alcance. En el último congreso del PSOL brasileño, llamó la atención el discurso de Plinio Arruda Sampaio, una figura histórica de la izquierda reformista católica del Brasil. Integró hasta hace muy poco tiempo el PT y tiene enorme prestigio en la amplia vanguardia de ese país. Sus conclusiones políticas, producto de la experiencia de toda una vida, no pueden dejar de ser aleccionadoras para la vanguardia brasileña y latinoamericana. Mario Maestri (ver texto en www.socialismo-o-barbarie.org) resume así su intervención:

“[Plinio] defendió el abandono de la estrategia de gobierno democrático-popular comoetapa previa para la lucha por el socialismo por irrealizable, y salió a reivindicar una estrategia socialista e internacionalista. Plinio hizo una autocrítica de su pasada defensa de la estrategia democrático-popular a la luz de la experiencia histórica (PCs, PT). Reconoció que la coyuntura aún es de reorganización y defensiva, pero que las tácticas, en estas condiciones, deben ser delineadas dentro de una estrategia socialista e internacionalista, y no caer en la lógica –ya fracasada– de los programas meramente nacional-desarrollistas y el etapismo”.

El debate acerca de las tareas históricas planteadas en nuestro continente y el carácter de la revolución siempre ha partido de la definición acerca de la naturaleza de la formación económico-social latinoamericana, desde la conquista, en sus distintas etapas, hasta nuestros días.

Este debate no sólo ha cruzado a la izquierda en general, sino también al movimiento trotskista de la región. Es que a partir de esas definiciones se desprendían y se desprenden, la consideración de las tareas a llevar adelante, el sujeto social llamado a realizarlas y la evaluación del carácter de gobiernos “reformistas” como los que encarnó el populismo clásico.

Desde el carácter de la conquista americana, la formación social colonial y las guerras de la independencia hasta la naturaleza de la lucha entre las clases en el actual ciclo de rebeliones populares: son éstos los elementos que se ponen en juego a la hora de los debates estratégicos. Estas discusiones fueron dando forma a las tradiciones respectivas –y opuestas– del “socialismo nacional” y del socialismo revolucionario, sobre cuyos aspectos más históricos volveremos luego.

Este debate estratégico cobra una actualidad inusitada cuando se desempolvan concepciones históricamente superadas, como la del “Frente Único Antiimperialista”, o se vierten –como veremos– afirmaciones de que en el actual ciclo político regional “el permanentismo no podría agotar la estrategia socialista”.

Décadas atrás, un connotado intelectual “socialista nacional” boliviano sacaba –a la luz de la experiencia de la revolución de 1952– conclusiones opuestas y “trotskizantes”: “Es claro que los fines de la Revolución Boliviana, que eran democráticos y nacionales, es decir, burgueses, trataron de ser llevados hasta el fin con métodos y formas políticas también burgueses, pero ese intento fracasó (…). El fondo de todo es la frustración capitalista de la Revolución y de Bolivia misma. Así, en Bolivia, el socialismo no es una elección, sino un fatum [destino fatal]; no es un ideal de iniciados y ni siquiera una postulación, sino un requisito existencial” (René Zavaleta Mercado, La formación de la conciencia nacional, La Paz, Amigos del Libro, 1990, pp. 153-157).

De espaldas a este “requisito existencial” –vigente desde comienzos del siglo XX no sólo en Bolivia, sino en toda Latinoamérica–, la idea de que “el permanentismo no puede agotar la estrategia socialista” no puede tener otro significado más que la asunción de alguna conceptualizacion sui generis del etapismo clásico.

Se parte de señalar, correctamente, que “una de las fallas más severas de las conclusiones de Laclau es no indagar en la fase de asunción del poder estatal del populismo (…). No basta con constituir discursivamente al enemigo (…). Hace falta quitarle poder social y político. En este punto, sigue estando presente el contenido preciso de la teoría de la revolución permanente, en el sentido de que las demandas democráticas en los países atrasados deben superar las restricciones de la propiedad privada y del Estado capitalista para poder ser satisfechas de manera estructural y duradera (…). El populismo «realmente existente», en su limitación estructural como alianza policlasista, componedor de intereses antagónicos, ha bloqueado la dinámica permanentista” (J. Sanmartino, cit.)

Sin embargo, inmediatamente y contradiciendo la definición anterior, se afirma: “Más allá de sus particularidades, Venezuela vuelve a plantear la pregunta referida a las formaciones políticas de masas en el continente: ¿cómo alcanzar una hegemonía de las clases explotadas, y por lo tanto una voluntad colectiva nacional popular, recuperando la dimensión clasista y socialista de dicha hegemonía? En resumen, ¿cómo rearticular una tradición nacional popular sostenida por toda una trayectoria histórica y cultural en un campo hegemónico socialista? La dinámica cubana parece marcar más una excepción que un patrón de acción normativo. Allí, una dictadura militar fue derrocada por un bloque democrático que en su dinámica social y política se desenvolvió de manerapermanentista dando por resultado un trastrocamiento del régimen democrático burgués hacia tareas socialistas. Pero en la mayoría de los países de la región, las formaciones sociales menos rígidas, el permanentismo no agotará la estrategia socialista. Allí está la dificultad de dicha perspectiva en países con recambio constitucional, cierta movilidad social y riqueza de instituciones políticas y civiles” (J. Sanmartino, cit.).

Hemos señalado antes y desarrollado en otro trabajo nuestra posición respecto del carácter anticapitalista pero no socialista de la revolución cubana. Igualmente, lo que nos interesa aquí es queda sin aclarar a qué se apunta al afirmar que el “permanentismo no agotará la estrategia socialista”. Se trata de un problema crucial, porque lo que parece deslizarse es un determinado tipo de “articulación” –en realidad, de no articulación– de las tareas democráticas y antiimperialistas con las socialistas que –en aras de “hacer política de masas”– vuelve a erigir un muro de piedra entre unas y otras.

En otras palabras, el mencionado retorno a un etapismo “sui generis” donde en función de la supuesta “no centralidad” de la clase obrera en el actual ciclo político latinoamericano y del peso “marginal” de las corrientes socialistas, lo que estaría planteado para “hacer política de masas” es, por un determinado período –ciertamente no un lapso “coyuntural” o episódico– ir de la mano de gobiernos como el de Chávez o de Evo Morales en su “ lucha antiimperialista” y en el apoyo de las “tareas progresivas” que estarían cumpliendo.

Precisamente en ese sentido, se sostiene: “En nuestro continente vivimos una nueva fase en la lucha contra el imperialismo (…) la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia es un hecho histórico como lo fue la del petróleo de Lázaro Cárdenas en México. Esta nacionalización es parte de un período nuevo de la lucha de clases, dominado por las consignas antiimperialistas (…) y también, por reivindicaciones democráticas (…). Nos intentan explicar que la única táctica posible es una defensa muy coyuntural de Chávez frente al ataque del imperialismo, o de alguna medida coyuntural de Bolivia (…). Afirmamos que no estamos en un período de contradicciones coyunturales con el imperialismo, sino en un movimiento mucho más profundo (…). Fue abierta una fase continental de lucha antiimperialista y democrática, donde es difícil que la hegemonía del movimiento esté en nuestras manos. En este sentido, hay similitudes con la situación de Oriente en los años 20 del siglo pasado” (revista Movimiento Nº 6).

Lógicamente, con esta teoría-justificación (no se puede pelear por lograr que la “hegemonía del movimiento este en nuestras manos”) y con esta mecánica (o, más bien, falta de ella) de las tareas, el arco de alianzas políticas se abre mucho más. Ya no se trataría de acuerdos circunstanciales –no sólo lícitos, sino la más de las veces obligatorios– con determinadas direcciones nacionalistas alrededor de determinadas tareas concretas y bien precisas, sino de la formación de verdaderas coaliciones políticas entre el nacionalismo burgués y la izquierda socialista por todo un periodo histórico.

Es este tipo de “coalición” el que por ejemplo José Carlos Mariátegui se negara a hacer en Perú en los años 20 con el APRA:

“La divergencia fundamental entre los elementos que en el Perú aceptaron en principio el APRA –como plan de frente único, nunca como partido y ni siquiera como organización en marcha efectiva– y los que fuera del Perú la definieron luego como un Kuomintang latinoamericano, consiste en que los primeros permanecen fieles a la concepción económico-social revolucionaria del antiimperialismo, mientras que los segundos explican así su posición: «Somos de izquierda (o socialistas) porque somos antiimperialistas». El antiimperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialismo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movimiento antiimperialista, a la exageración del mito de la lucha por la «segunda independencia», al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva emancipación (…). La formación de partidos de clase y poderosas organizaciones sindicales, con clara conciencia clasista (…) en nuestros países (…) es más decisiva (…). No hay razón para recurrir a vagas fórmulas populistas, tras de las cuales no pueden dejar de prosperar tendencias reaccionarias (…). En conclusión, somos antiimperialistas porque somos marxistas (…) porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico” (J.C. Mariátegui, “Punto de vista antiimperialista”, en Textos básicos, México, FCE, 1991, pp. 205-209).

De este modo, Mariátegui, el primer gran socialista revolucionario de América Latina, estaba a años luz de levantar un muro infranqueable por todo un “período histórico” entre las tareas antiimperialistas y las socialistas. Si su valoración del rol Trotsky en el proceso de lucha contra el estalinismo fue en varios aspectos equivocada23, es evidente que su punto de vista era lo opuesto a creer que “el permanentismo no puede agotar la estrategia socialista” en Latinoamérica.

Continúan nuestros autores:

“La idea de articular demandas y estructurar una estrategia socialista donde es lícita la «guerra de posiciones» como momento de una guerra total es reemplazada por una confrontación global y directa (…). La dinámica hegemónica que traslada el centro de gravedad política desde una formación populista a otra socialista rearticulando los discursos y las conquistas sociales, ideológicas y políticas, es reemplazada por una confrontación directa (…), aun cuando esta confrontación esté disfrazada de «exigencias» tácticas. Esta es la explicación por la cual todo apoyo a medidas progresivas resulta desechado (…). Por este camino, una parte de la izquierda se ha vuelto incapaz de participar con éxito en el nuevo ciclo de luchas y procesos populares abierto desde fines de la década del 90 (…). Aunque nunca es posible descartarla por completo, hasta ahora no se ha verificado una ruptura de masas como la operada en el modelo ruso, que sentó las bases para una «técnica de desenmascaramiento» y toda una doctrina sobre las consignas. La adhesión popular hacia aquellos movimientos que despertaron una conciencia nacional de masas perdura históricamente. Su decadencia nunca fue expresión de la emergencia y amenaza directa de la izquierda revolucionaria” (J. Sanmartino, cit.).

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Independientemente de si este “sector de la izquierda” ha sido “más capaz de participar con éxito” en el actual ciclo de rebeliones populares –algo sumamente dudoso desde cualquier parámetro que se decida tomar–, la invocación gramsciana a la “guerra de posiciones” y el “apoyo a las medidas progresivas” de los gobiernos populistas adelanta un abandono de la estrategia socialista independiente para adoptar desembozadamente una concepción “campista”, donde un polo policlasista –incluida una clase obrera en situación de subordinación– estaría enfrentado como bloque a otro polo articulado alrededor del imperialismo y las oligarquías capitalistas.

En efecto; en esta “guerra de posiciones” queda en el camino la concepción y estrategia misma de clase de la política revolucionaria. Ya en su época Milcíades Peña recordaba cómo los “socialistas nacionales” se burlaban de los que “exigían soluciones clasistas para un barco que se hunde”.

No hay ubicación intermedia: si es posible “empujar” a un campo policlasista (es decir, burgués) a tomar medidas antiburguesas, se desbarranca sin remedio la teoría, el programa, la estrategia y las tareas mismas de la revolución permanente.

Es en este marco que se afirma: “Nuestra orientación, que comprende el fenómeno populista latinoamericano como un conjunto contradictorio de tendencias latentes, apunta a transfigurar y rearticular el contenido popular revolucionario (…) en una voluntad colectiva anticapitalista y socialista (…). Pero para ello no puede prescindirse del terreno en el que se desenvuelve el conflicto: una recuperación de identidad nacional popular antiimperialista, una recomposición de sujetos populares operada por la intervención del movimiento bolivariano encabezado por Chávez, la percepción popular de que un liderazgo populista ha sido el motor de iniciativas radicales y de la ampliación del espacio de intervención de las masas (…). Se abren así toda una serie de problemas tácticos y políticos, pues los elementos indicados se sobreimprimen a la tendencia cesarista (…) Este liderazgo unipersonal y carismático ha desempeñado un papel medular sin el cual no hubiesen sido posibles los cambios políticos de estos últimos años. Sin la capacidad comunicativa y pedagógica de Chávez, difícilmente se hubiese dado la movilización y creciente incorporación de grandes sectores excluidos del país” (J. Sanmartino, cit.).

Si esto es así, la perspectiva es que deberíamos contar con Chávez para llevar adelante la transformación socialista, y no como lo entendemos nosotros: que esta transformación deberá ir más allá, desbordándolo y encaminándose en última instancia e inevitablemente contra Chávez mismo. Otra cuestión es, evidentemente, no reconocer el prestigio popular que tiene Chávez, lo que es un escollo adicional y no podrá ser desconocido en la formulación de cualquier táctica política.

Este debate, por otra parte, tiene planos más concretos de desarrollo, por ejemplo en el terreno del PSOL brasileño. El documento presentado por el MES para el reciente congreso del P-SOL, votado por amplia mayoría, se adelanta una concepción casiabiertamente etapista de la revolución en el Brasil, usando como taparrabos una interpretación forzada de textos de Nahuel Moreno).

En sus “Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa”, éste señalaba correctamente que las tesis de la revolución permanente no son de mera “revolución socialista”, sino de la transformación de la revolución democrática-burguesa en revolución socialista (en rigor, la teoría-programa de la revolución permanente combina, según la clásica formulación de Trotsky, la transformación de la revolución democrática en socialista, la transformación del país bajo la égida del proletariado y la revolución socialista internacional).

Sin embargo, en el documento del MES, se establece un muro infranqueable entre ambos planos, cuando, como es sabido, en la concepción de Trotsky una “transcrecía” en la otra en la medida –y sólo en la medida– en que fuera el proletariado el que, a la cabeza del proceso de la lucha democrática y nacional, llegara al poder.

Nada de esto es lo que plantea el MES, cuyo arte político reside en separar esos planos de una misma revolución) ampliando hasta tal punto el “espectro” dispuesto a la lucha democrática que la revolución socialista queda… para las calendas griegas. El corolario político de esta concepción es el llamado a conformar un “frente antineoliberal”, estrategia que cuestionó Plinio Arruda Sampaio, en su discurso, que ya citamos.

Veamos la línea de argumentación del MES: “Tomar el tema del desarrollismo no significa confiar en un proyecto desarrollista (…). La crisis del desarrollismo como proyecto de industrialización con peso del Estado no nos puede hacer perder de vista que hay innumerables sectores que asumen posiciones próximas a esta ideología y que en la defensa de ellas entran en choque con el modelo capitalista hegemónico. ¿Vamos a dejar de tomar en cuenta, por ejemplo, que existen sectores en la sociedad nacionalistas pero no anticapitalistas? ¿Sectores defensores de banderas democráticas, pero no defensores de banderas socialistas? ¿Defensores del Estado, pero no defensores de uno de nuevo tipo basado en la auto-organización del proletariado? Nuestra posición es que debemos establecer un diálogo con estos sectores. Esto significa no actuar teniendo como centro la polémica con la ideología desarrollista, ni mucho menos resumir la política a la propaganda socialista. Pasos principistas pueden ser dados porque reconocemos que hay elementos progresivos en la versión de izquierda de esta ideología, imposibles de ser llevados adelante bajo el capitalismo, razón aún mayor para que determinadas banderas desarrollistas –importancia de la inversión estatal, educación pública, infraestructura nacional, independencia de los centros de decisión externos, control de capital y del cambio– sean asumidas como parte determinante de nuestro programa, porque en los hechos representan también posiciones defendidas por los socialistas” (“Proyecto de tesis del MES sobre el Brasil y la construcción del P-SOL, en www.psol.org.br).

Esta forma de razonar es sumamente reveladora. Con la excusa de “dialogar” con sectores provenientes de la tradición del desarrollismo –algo que en sí mismo no es equivocado– se termina pasando “imperceptiblemente” al programa del desarrollismo. ¿De qué otra manera se puede entender que sus reivindicaciones sean asumidas como “determinantes” para el programa socialista?

Además, nunca se ha demostrado, ni tampoco hoy, de qué manera estos sectores, casi “objetivamente”, entrarían “en choque” con el sistema al querer llevar adelante sus demandas. Como lo ilustra la actual experiencia regional, una cosa es ser nacionalista y antineoliberal y otra muy distinta ser es anticapitalista. En el espacio entre ambas está toda la materia de nuestra polémica: los nuevos gobiernos de mediación centroizquierdista, cuyos casos más “extremos” tienden a abandonar el modelo neoliberal en pos de un capitalismo de Estado de rangos diversos. Como máximo, un “neo-desarrollismo” que, sin embargo, se desenvuelve enteramente en el terreno del capitalismo, incluso en sus versiones más “radicalizadas”, como en el caso chavista.

De ninguna manera se puede afirmar que levantar hoy banderas desarrollistas “automáticamente”, lleve a un curso anticapitalista. Los compañeros se olvidan de las experiencias históricas del populismo y del actual capitalismo de Estado chavista (por no hablar de un Ahmadinejad en Irán, o un Putin en Rusia).

En el mismo sentido, son interesantes las anotaciones dejadas por un observador “externo” e “interesado” del reciente Congreso del PSOL. Se trata de un miembro del CC del PCdoB (de origen maoísta, integrante del gobierno de Lula y ferviente chavista), que observa: “El MES también adhiere a las políticas de alianzas más amplias y a una plataforma antineoliberal. Luego de ilustrar con el reciente ingreso de «dirigentes combativos del PDT» gaúcho, dice que la «principal contradicción de la realidad brasileña» no se da entre el capital y el trabajo, y defiende un frente que incorpore «a la pequeña-burguesía, micro-empresarios… y sectores de las fuerzas armadas. Nuestro desafío es encabezar un frente que impulse la lucha por la ruptura con el imperialismo». ¡Increíble!” (Altamiro Borges, periodista y dirigente del PCdoB, editor de la revista Debate Sindical y del libro Venezuela: originalidad y osadía). En efecto, para un maoísta debe haber sido una experiencia realmente increíble leer semejantes definiciones en un documento “trotskista”.

Lo curioso es que en el mismo documento del MES se plantea lo siguiente respecto de la experiencia histórica del populismo en Brasil:

“Con todas las capitulaciones arriba señaladas (…) se cerró el ciclo del PT y el lulismo. El primer ciclo fue el de la fundación del PC del Brasil, el PCB, en 1922. Junto con el PCB, emergió el populismo nacionalista burgués, cuyo exponente principal fue Getulio Vargas, que disputó la hegemonía del movimiento de masas. En los años siguientes, Joao Goulart y Brizola fueron las expresiones políticas del trabalhismo, y en esta condición, líderes populares. Este ciclo fue marcado por la urbanización e industrialización brasileña, cerrándose en 1964, cuando la dictadura militar vence sin que el PCB fuese capaz de organizar una resistencia mínimamente digna de tal nombre. La línea de este partido, siguiendo las orientaciones del aparato estalinista de Moscú, lo colocaba a remolque del nacionalismo burgués populista (…). El gobierno de Goulart vacila entre la burguesía y las presiones por reformas sociales y no preparó la resistencia contra el golpe de la derecha”.

Muy cierto. Pero lo paradójico del caso es que, sobe la base de este balance, los compañeros no tienen empacho en intentar poner a la izquierda revolucionaria brasileña y latinoamericana… a remolque del nacionalismo burgués chavista del siglo XXI

De Tupac Amaru a la Comuna de Oaxaca

“Para hablar concretamente: liberación nacional absoluta, sólo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera” (J. A. Mella, “Que es el APRA”)

Como hemos visto, uno de los argumentos más esgrimidos para justificar el ingreso al nuevo partido chavista es que “no habría manera de construir organizaciones socialistas de masas en Latinoamérica si no se lo hace partiendo desde el seno mismo del populismo”. Es decir, el único camino seria “subirse a la marea” chavista continentalcomo “vía de acceso a las masas”.

El mayor punto de apoyo de esta argumentación es que, más allá de los vaivenes de la coyuntura regional, es un hecho que frente a estos gobiernos de mediación (centroizquierdistas, nacionalistas-burgueses o de frente popular) las corrientes socialistas revolucionarias seguimos yendo contra la corriente. En varios casos con un peso creciente en cuanto a nuestra influencia en las luchas y entre sectores de la amplia vanguardia. Pero con enormes dificultades –debido a una serie de razones políticas e históricas– para trasladar ese peso “social” al plano más directamente político; es decir, para alcanzar influencia política entre las grandes masas.

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Entre las razones que explican esta situación se encuentra la todavía pesada y negativa herencia del populismo en la región (en la Argentina, por ejemplo, Nahuel Moreno subrayaba el rol del peronismo sobre la clase obrera y la barrera que éste significó para las corrientes socialistas revolucionarias). Lo que se da en un marco más general: la aun no superada crisis de la alternativa socialista.

Para dar un rodeo a dificultades reales se pergeña la “astuta” orientación de subirse al carro del populismo bolivariano para, desde “adentro del proceso”, luchar “por una alternativa socialista”. Así, se echa por tierra toda posibilidad de dar continuidad –en nuestro continente– a una tradición socialista independiente.

Claro que el supuestamente fuerte argumento tiene un problema: mil veces se intentó este camino –este atajo, más bien– en Latinoamérica (y en el mundo colonial y semicolonial todo) y mil veces terminó en un rotundo fracasocon la consiguiente desmoralización, cooptación y/o corrupción de aquellos que lo intentaron. Es toda la historia de la corriente del “socialismo nacional” en el siglo XX, de la cual no ha quedado piedra sobre piedra.

Por otro lado, cabe preguntarse por qué los exponentes fundacionales de la tradición socialista revolucionaria continental e internacional del siglo XX no recorrieron este camino. Ya hemos señalado que José Carlos Mariategui, no casualmente, fue un enconado adversario de Haya de la Torre y el APRA en plena emergencia en las postrimerías de la década del 20. Al director de Amauta no se lo conoce por haberse pasado con armas y bagajes a este partido nacionalista burgués (rompió con el APRA cuando Haya dio el paso de transformarlo de frente único en partido), sino por haber sido el fundador del Partido Socialista del Perú y de la Confederación General del Trabajo de dicho país.

En el caso mexicano, y bajo el gobierno populista de Cárdenas, en vida del propio Trotsky, es sabido que éste defendió la nacionalización petrolera ante el boicot del imperialismo ingles. Pero es igualmente sabido que el gran revolucionario ruso se opusorotundamente al ingreso del pequeño núcleo trotskista mexicano al partido de Cárdenas, amparándose en las lecciones de la experiencia del ingreso del PC Chino al Kuomintang.24

En nuestro país, Nahuel Moreno se autocriticaba retrospectivamente no por no haber entrado al “Partido Único de la Revolución” de Juan Domingo Perón, sino por no haber defendido la independencia del Partido Laborista, encabezado por Cipriano Reyes y disuelto a todo trance por el propio Perón.

Saliendo del nuestro continente y yendo a otras revoluciones históricas, podemos ver los casos de Lenin en Rusia y Chen Du Xiu en China. En el caso ruso, la historia es suficientemente conocida: el fundador del bolchevismo no se pasa a la tradición del populismo ruso –corriente mucho más fuerte que el marxismo en ese entonces– sino que dio un sentido revolucionario a la obra de delimitación emprendida décadas antes por el grupo “Emancipación del Trabajo” de Jorge Plejanov y Vera Zasulich. En el caso de Chen (menos conocido, pero valiosísimo fundador del PC Chino), todas las obras serias dan cuenta del influjo universalizante de éste y de su categórico rechazo a tradiciones nacionales chinas como el budismo, el taoísmo y el confucionismo.25 Porque Chen ingresa a la vida cultural y política buscando en el marxismo los elementos para quebrar el secular atraso chino.

Porque lo que siempre ha escapado al “socialismo nacional” es que bajo la superficie de las “hazañas” del populismo latinoamericano hay otra historia que ha permanecido mayormente oculta: una inmensa tradición de lucha independiente de las masas populares y la clase trabajadora que viene, incluso, del periodo previo a la misma independencia y que se yergue a contratendencia del estatismo ambiente. Se trata de una tradición que, por supuesto, es imprescindible recoger desde el socialismo revolucionario para relanzar la lucha por el socialismo en nuestra región, y que ha sido mancillada, negada, rechazada, vapuleada y vituperada, pero no por eso menos real.

Es la tradición de los tempranos levantamientos de Tupac Amaru y Tupac Katari en el altiplano peruano y boliviano de fines del siglo XVIII. Rebeliones aplastadas por la acción común de peninsulares y criollos, los mismos que décadas después libraron entre ellos las guerras –mucho más políticas que sociales– de la Independencia.

Es la tradición también de los “jacobinos negros” de comienzos del siglo XIX, que comandados por Toussaint L’Ouverture y Dessalines lograron la independencia de Haití y su propia emancipación social en tanto que población esclava, dando lugar a la primera republica independiente (y por añadidura, negra) de nuestro continente. Dice al respecto Luis Vitale: “La historiografía tradicional ha ocultado lo que fue una verdad tangible para quienes participaron activamente en el proceso de la independencia latinoamericana. No hay más que revisar los documentos relevantes de la época para darse cuenta de que la revolución haitiana tuvo una honda repercusión en los hombres que fraguaron la independencia de las colonias hispano-lusitanas. La clase dominante criolla –sobre todo la del Brasil, Venezuela, Colombia, Cuba y Puerto Rico–, enriquecida con la explotación del trabajo esclavo, fue la primera en alarmarse por aquella rebelión que conquistó no sólo la independencia, sino también la liberación de los esclavos. La decisión de los esclavócratas criollos fue evitar, a toda costa, que el proceso independentista se transformara en revolución social, impidiendo una nueva Haití aunque se retardara la independencia, como ocurrió en Cuba y Puerto Rico” (L. Vitale, “Haití: Primera nación independiente de Latinoamérica”, En defensa del marxismo 34).

Está asimismo el caso del Paraguay de comienzos del siglo XIX, donde el dictador Gaspar de Francia, representante de una capa de pequeños productores agrarios, llegaba a configurar la única experiencia de “independencia absoluta” de los imperios coloniales de todo el proceso independentista, llegando a conformar un “capitalismo de Estado sui generis”, progresivo en aquel momento histórico.

En contraste con estos antecedentes, si Simón Bolívar llega a ser, efectivamente, el exponente más “a izquierda” de las guerras de la independencia (desarrolladas entre 1810 y 1825), no por eso logró realmente escapar –a diferencia de las experiencias señaladas, aunque resultaran frustradas– a los límites de éstas. No podía ser de otra manera, dado que el proceso estaba controlado las clases dominante criollas comerciales y terratenientes que sólo aspiraban a su propio gobierno y al disfrute de su Estado. Así lo expresó Milcíades Peña con su habitual claridad:

“El movimiento que independizó a las colonias latinoamericanas no traía consigo un nuevo régimen de producción ni modificó la estructura de clases de la sociedad colonial. Las clases dominantes continuaron siendo los terratenientes y comerciantes hispano-criollos, igual que en la colonia. Sólo que la alta burocracia enviada de España por la Corona fue expropiada de su control sobre el Estado. La llamada «revolución» tuvo, pues, desde luego, un carácter esencialmente político. Lo que Mariátegui observó en Perú vale para toda América Latina: la revolución no representó el advenimiento de una nueva clase dirigente, no correspondió a la transformación de la estructura económica y social, y fue, por lo tanto, un hecho político. Lo mismo decía Alberdi: «nuestra revolución ha sido política, ha cambiado el gobierno, no la sociedad, que nada tenia que cambiar para ser lo que hoy es»” (M. Peña, Antes de Mayo, Buenos Aires, Fichas, 1973, pp. 75-76).

Dando un salto histórico hasta el siglo XX, tenemos el caso extraordinario de la revolución mexicana de 1910-1919, única auténtica revolución burguesa vivida en nuestro continente. Sin embargo, al llegar a su apogeo, el poder termina quedando en manos de los “estadistas” del Partido Constitucional, que se dedicaron a poner desde el Estado frenos burgueses a los desarrollos de la propia revolución.

Dice un autor que, desnudando su limitación político-social, el ejercito zapatista sólo “quería tierra; una vez que la obtenía, todos los demás problemas parecían en comparación insignificantes. Esta limitación de objetivos (…) limitó su atracción sobre los otros mexicanos (…) Zapata, por ejemplo, no entendía las necesidades e intereses de los trabajadores industriales y nunca supo atraerse su apoyo (…). De manera similar (…) los zapatistas tenían una comprensión limitada de la lucha de los mexicanos nacionalistas para defender la integridad territorial del país (…). Cuando Zapata logró esta visión, en 1917, era demasiado tarde” (Eric R. Wolf, Las luchas campesinas del siglo XX, México, Siglo XXI, 1999, p. 55).

En parte superpuesta con la revolución mexicana y ya al calor de la revolución rusa de 1917, emerge como “relevo” social y con un signo ya “moderno” y proletario la riquísimatradición obrera de nuestro continente. Desde la Semana Trágica de Buenos Aires en 1919, pasando por la extraordinaria revolución boliviana de 1952 (que destruye él ejercito burgués y crea la COB) hasta el proceso del Cordobazo y la emergencia del clasismo en la Argentina; los “cordones industriales” en Chile y la Asamblea Popular en Bolivia, por nombrar sólo algunos jalones, se manifiesta otra tradición a recoger: independiente, obrera y socialista.

Se trata de una tradición de lucha que se está actualizado y enriqueciendo en nuestro continente al ritmo del ciclo de rebeliones populares que estamos transitando. Se trata hoy de las jornadas de octubre de 20003 y mayo-junio de 2005 en Bolivia (con la efímera Comuna Popular de la ciudad de El Alto); la otra Comuna, la de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca en México; el caso del Argentinazo con la larga estela de experiencias independientes surgidas en su fragor –y hoy, con el surgimiento de una nueva generación proletaria que hace sus primeras armas en fábricas industriales de importancia (como el nuevo cuerpo de delegados de FATE, la fábrica del neumático más grande de la Argentina).

Hechos y procesos, en suma, que expresan una renovación de la riquísima tradición obrera y popular continental, que viene desde abajo y que hoy tiene nuevos mojones de enriquecimiento y desarrollo, puntos de apoyo de una tradición y estrategia auténticamente independiente, autodeterminada y socialista.

A esa tarea nos comprometemos: a hacer de la tradición socialista una fuerza materialentre las amplias masas populares, lo que nunca ha sido ni es hoy fácil, pero que será imposible si se renuncia de antemano a ella, en un gesto de desesperación política, para pasarse al populismo.

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