Este artículo es parte de un trabajo mayor titulado: China: análisis de un imperialismo en ascenso publicado recientemente en este portal.

Una Guerra Fría de nuevo tipo y con otros actores

La primera definición que queremos dar sobre el momento político en lo que hace a las relaciones entre estados es el comienzo, o en todo caso la explicitación de un proceso que llevaba ya algunos años –pero no mucho más de un lustro, a nuestro modo de ver– de una nueva rivalidad estratégica, una nueva Guerra Fría, una nueva bipolaridad geopolítica cuyos protagonistas son, uno, el mismo desde la posguerra, EEUU, y el otro, que representa la novedad, es el surgimiento y ascenso de una nueva potencia económica y tecnológica –sobre todo; ya que viene de más atrás en el plano militar–, que es China. En este texto intentaremos dar cuenta, con una aproximación general y teniendo en consideración nuestra lejanía hasta física por nuestro marco esencialmente latinoamericano, de las condiciones de surgimiento, desarrollo y primeros elementos de evolución de esta realidad.

Sin embargo, es imposible siquiera intentar enfocar el problema sin tener en cuenta los elementos que le dan marco desde el punto de vista marxista, que son los rasgos esenciales del período de la lucha de clases en que está inserto. No repetiremos aquí caracterizaciones de orden más general que venimos trabajando en nuestra corriente desde hace tiempo, de modo que nos limitaremos a un somero repaso de al menos cuatro puntos que consideramos pertinentes sea por el sentido de continuidad que aportan respecto de momentos anteriores –los dos primeros– o sea por su novedad. Aquí es donde ubicamos tanto el ascenso de China al lugar de “contrapolo geopolítico” de EEUU como una posible apertura de un nuevo ciclo de lucha de clases atravesado por una serie de rasgos específicos que a la vez refuerzan y modifican tendencias anteriores, que señalaremos de manera sucinta en el punto d).

a) EEUU sigue siendo la principal potencia capitalista-imperialista, el líder de “Occidente” (concepto que remite a la Guerra Fría del siglo XX entre los bloques “occidental” y “soviético”). La Unión Europea (UE) se demuestra incapaz de disputar seriamente ese liderazgo en la medida en que no puede resolver sus problemas de conformación como bloque unificado (el Brexit es sólo uno de ellos) y tampoco aparece en situación de superar su estancamiento y falta de dinamismo económico, así como un potencial retraso en la carrera tecnológica digital. Lo propio sucede con la otra potencia capitalista del siglo XX, Japón, que continúa en una deriva de estancamiento del crecimiento, agravado por alarmantes rémoras demográficas y culturales que contribuyen a dejarlo fuera de carrera. La Rusia bajo el régimen de Putin profundiza su curso aislacionista “antioccidental” –esto es, contra el consenso de las “democracias liberales”, por otra parte socavado por el mismo Trump– y no asoma como rival serio en su dinamismo económico, no genera ningún atractivo político o cultural ni es vanguardia tecnológica, si bien conserva su capacidad militar.

La novedad aquí es que la política exterior de Trump, mucho más desembozadamente cínica que la de sus predecesores, a la vez que reafirma a EEUU como primus inter pares y policía del mundo, presta mucha menos atención a la importancia del “poder blando”, la construcción de políticas consensuadas con los aliados estratégicos –a los que maltrata sistemáticamente– y la preservación de la hegemonía cultural en tanto líder del “Occidente democrático y liberal” y sus valores.

Es en este marco que el lanzamiento de la ofensiva contra China, que empezó bajo el velo del enfrentamiento comercial pero que rápidamente se reveló como un giro estratégico, empieza a establecer elementos de un nuevo orden geopolítico signado por una nueva “bipolaridad” EEUU-China. Como lo señala el marxista especialista en China Pierre Rousset, “actualmente, Estados Unidos y China son las dos únicas potencias mundiales que se enfrentan a escala mundial. (…) El conflicto entre EE UU, potencia establecida, y China, potencia ascendente, estructura hoy, en gran medida, la geopolítica mundial” (“Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, Viento Sur, 25-7-18).

Esta nueva bipolaridad presenta contornos inéditos. Por nombrar sólo uno de los problemas, un bloqueo total a China, del orden del que EEUU estableció contra la URSS en la Guerra Fría, es ahora impensable debido al desarrollo de la integración económica de China con el resto del mundo y con los propios EEUU. El comercio americano-soviético a fines de los 80 tenía un valor nominal de 2.000 millones de dólares al año, exactamente el mismo monto del comercio entre EEUU y China… por día. Según la síntesis de una publicación decana del capitalismo mundial: “Tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, el momento unipolar ha terminado. En China, EEUU enfrenta a un inmenso rival que aspira con toda confianza a ser el número uno. (…) China y EEUU necesitan desesperadamente crear reglas que ayuden a manejar una era en rápida evolución de competencia entre superpotencias. En este momento, ambos ven a las reglas como algo a romper” (The Economist [en adelante, TE] 9143, “A new kind of cold war”, 18-5-19). En el mismo sentido, dice Rousset: “A pesar de la interdependencia económica y financiera entre estas dos potencias, heredada del período en el que se dio la integración de la nueva China capitalista en la división internacional del trabajo y en la globalización neoliberal, que permitía contener el conflicto en el seno del marco anterior, hacia delante, este marco está puesto en cuestión y nos adentramos en una situación imprevisible” (“¿A dónde nos puede llevar el conflicto?”, en Viento Sur, 4-2-20). Algo que ya venía sosteniendo respecto de la “dinámica de repolarización del mundo entre EEUU y China, que adopta formas híbridas y probablemente inestables” (“Xi Jinping de gira”, 8-4-19, www.europe-solidaire.org.

Esta falta de reglas claras de relacionamiento refleja, en el fondo, que habiéndose roto el antiguo equilibrio “unipolar”, las formas y el funcionamiento del nuevo orden no sólo no se han consolidado, sino que están en pleno proceso de construcción y definición, y no de manera consensuada sino en conflicto, aunque por ahora no abiertamente militar.

b) Incluso antes del estallido de la pandemia del coronavirus, que como es sabido está generando una recesión aún mayor a de 2007-2008 y cuyos alcances y duración todavía son difíciles de mensurar, se verificaba una continuidad de la crisis económica global abierta en 2007-8 que se manifiesta como un crecimiento permanentemente mediocre –y con tendencia a ser cada vez más bajo–, por otra parte puntuado de manera crónica por amenazas locales y sobre todo globales que ponen en riesgo incluso esa performance mezquina de la economía mundial. Mientras que bloques enteros –la UE, Japón–, otrora decisivos, vegetan en tasas de crecimiento que en el mejor de los casos apenas superan el 1%, EEUU, presentado a veces como una “locomotora” porque al menos esquiva la recesión y el estancamiento, no lograba siquiera alcanzar el 3% anual de aumento del PBI. En tanto, los dos países más poblados del mundo, China y la India (más de un tercio del planeta entre ambos), experimentan una fuerte desaceleración en el caso de India, desde tasas –poco fiables– del orden del 7-8% anual a una situación casi recesiva hoy, mientras que a China, que ya venía bajando de manera gradual su tasa de crecimiento del PBI hacia un 6%, le caben como a todos los demás –veremos en qué medida– las generales de le ley ante el impacto del Covid-19.

Por fuera de estos centros, el resto del mundo “emergente”, con la relativa excepción del sudeste asiático, también sufre de crecimiento raquítico de resultas del fin del ciclo de expansión acelerada en China (África) o una situación aún más severa de recesiones o estancamiento (América Latina). La cuestión de fondo aquí, como observábamos en nuestro examen del tema en la edición anterior, sigue siendo que no hay saltos de la productividad capitalista que permitan avizorar la renovación de un ciclo dinámico de acumulación de capital. Más bien, lo que se acumulan son tensiones vinculadas a la desigualdad social y a la tecnología digital (hoy, más una amenaza al empleo que una promesa de mayor productividad), y desequilibrios vinculados a la presión financiera de la deuda de los estados, las empresas y los hogares.

c) Más allá de las actuales vicisitudes sanitarias del corona virus, China surge como la única potencia dinámica y pujante, con sólido crecimiento económico estructural con base en la industria, los servicios y el desarrollo tecnológico en todas las áreas de punta, especialmente –pero en absoluto reducido a– la digital. Superada la etapa de construcción de su base industrial y de una economía orientada a las exportaciones, logró encaminar, aun con brutales contradicciones regionales y sociales que estudiaremos más abajo, una transición hacia los sectores de tecnología más avanzada, con un giro hacia el consumo interno y un plan estratégico cuyos detalles –y problemas– también serán objeto de tratamiento específico en este texto.

Otra novedad es que, superando su tradicional aislacionismo geopolítico, busca proyectarse de manera decidida como actor y retador de EEUU en el plano de las relaciones internacionales. Pieza esencial de esa estrategia es la Belt and Road Initiative (BRI, o Nueva Ruta de la Seda), con la cual China establece relaciones económicas y políticas con más de un centenar de países, en su mayoría de bajo nivel de desarrollo, pero también pone el pie en el continente europeo con inversiones aún más estratégicas. De conjunto, como señalamos, el eje geopolítico global se ha desplazado, sin dudas, a la confrontación –por ahora sobre todo comercial, económica y tecnológica– entre EEUU y China.

d) En el plano político, y como se desarrolla en otros textos de esta edición, asistimos a un ciclo de creciente polarización, con enfrentamientos de dureza creciente y con el surgimiento de nuevas generaciones de jóvenes, de trabajadores y de luchadores que, en el marco de lo que hemos llamado un “recomienzo de la experiencia histórica”, van forjando y templando su carácter y sus herramientas.

Los motivos de este ciclo político están a la vista: en primer plano, la lucha contra la desigualdad social –rasgo decisivo del capitalismo en la fase actual–, a los que se agregan –junto con las, insistimos, todavía incalculables consecuencias de la pandemia– las cuestiones de género y la continuidad del movimiento de mujeres, el impacto del cambio climático y los reclamos democráticos en general contra los regímenes y gobiernos autoritarios y represivos.1 Pese al protagonismo de la cuestión de la desigualdad, estos motivos son aún poco clasistas, reflejando que la lucha específicamente del movimiento obrero y de trabajadores no está aún en el centro de los desarrollos políticos. Además, si bien la polarización es creciente y da lugar a luchas con escenas de creciente violencia –sobre todo, pero no únicamente, en los países de la periferia capitalista–, los procesos más de conjunto están aún en el estadio de rebeliones o revueltas populares, sin que se hayan desarrollado hasta el estallido de una revolución en el sentido clásico de la palabra. Pero esta herencia negativa del ciclo político anterior, a no dudarlo, puede ser y seguramente será superada si las condiciones y rasgos del presente se profundizan como lo vienen haciendo, en lo que las condiciones completamente inéditas que genera la pandemia podrán ser seguramente un acicate, más allá de las desigualdades y eventuales zarpazos reaccionarios.

1.2 La política de EEUU hacia China

Con el cambio de ciclo político y sobre la base de los elementos señalados, entonces, la novedad estratégica es el cambio en la política de EEUU en sus relaciones con China. La política anterior, diseñada en el período post caída del Muro de Berlín (y Tiananmen), apuntaba a unas expectativas de liberalización política como resultado de una creciente liberalización económica, una especie de réplica inversa del camino que tomaron la ex URSS y el resto de los países “socialistas” tras el derrumbe de los regímenes stalinistas en 1989-91. En ese sentido se explica la apuesta por favorecer el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC), que tuvo lugar en 2001: la idea de los estrategas políticos yanquis –y de la propia clase capitalista estadounidense– era que el desarrollo de relaciones económicas “de mercado” iba a favorecer, por una u otra vía, un aflojamiento gradual del régimen político.

No hace falta decir que el cálculo salió mal: “Durante el último cuarto de siglo, la política de EEUU hacia China estuvo basada sobre la convicción de una convergencia. La integración económica y política haría de China no sólo un país más rico, sino más liberal, pluralista y democrático. (…) Hoy la convergencia ha muerto. EEUU ha pasado a mirar a China como un rival estratégico” (TE 9114, “China v America”, 20-10-18).

Este dictamen no es sólo el de los voceros del capitalismo global, sino el de estudiosos marxistas de este tema como Au Loong Yu: “Había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o enfrentarse a ella. Lo llamaron una lucha entre ‘acariciadores de pandas contra cazadores de dragones’. Hoy, los cazadores de dragones ocupan el sillón del piloto de la diplomacia estadounidense. Es cierto que existe un consenso creciente entre demócratas y republicanos en contra de China. (…) Pero también creyeron de veras, ingenuamente, que una mayor inversión llevaría a China a aceptar la condición de Estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal mundial, y que se democratizaría a imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado. (…) Los liberales estaban cegados por su creencia de que el comercio podría convertir a China en un país democrático. El ascenso de China ha hecho que todas las visiones optimistas entraran en crisis” (entrevista de Ashley Smith a Au Loong Yu, “El ascenso de China a potencia mundial”, IS Review, febrero 2019).

China aprovechó la oportunidad para consolidar una economía orientada a las exportaciones con las ventajas que le daba un sistema de subsidios inaccesible a otros países. Como observa Au Loong Yu, “los Estados capitalistas avanzados y las empresas multinacionales facilitaron la aparición de China como potencia imperial en ascenso” (ídem). En este marco, no sólo edificó un inmenso superávit comercial en general y con EEUU en particular (llegó a los 600.000 millones de dólares anuales), sino que estableció una política de transferencia de tecnología –muchas veces forzada en los contratos de inversión con multinacionales– con la meta de alcanzar una progresiva independencia del know-how extranjero. Este tipo de prácticas, habituales en China pero en general vedadas a los otros miembros de la OMC, dispararon crecientes quejas de las grandes compañías, sobre todo las yanquis, que luego Trump recogería como munición para su agenda de sanciones comerciales.

La llegada de Trump a la presidencia fue inmediatamente motivo de preocupación para la dirigencia china, dado que dentro de los pocos temas permanentes de su campaña electoral estaba enfrentar los “abusos de China”; esto era parte del contenido de la consigna “EEUU primero” (America first). El enfoque de Trump, desde ya, no tiene nada del liberalismo clásico o del neoliberalismo globalizador; más bien, es un retorno al proteccionismo del siglo XX e incluso a cierto mercantilismo, es decir, la doctrina de que los países deben tener un superávit permanente de comercio exterior (aunque en los siglos XVI y XVII esto se vinculaba al peligro de perder reservas netas de metales preciosos). Pero por anacrónico que pueda parecer a primera vista –y por tosca que sea la versión Trump de la doctrina–, el hecho es que el conjunto de la clase capitalista estadounidense dio la bienvenida a y cerró filas alrededor de la política de hostilidad estratégica de Trump con respecto a China. La idea de integrar al gigante asiático a la globalización occidental en los términos de ésta (como sí había ocurrido con la ex URSS y los países del Este europeo) no sólo había fracasado rotundamente, sino que le había dado a China un tiempo precioso para reducir la distancia que la separaba, en todos los planos, de EEUU.

De allí que la actual disputa, incluso después de los primeros escarceos en el terreno comercial, es global y abarca desde la transferencia tecnológica hasta los derechos de paso por el Mar de China Meridional, desde el manejo de la moneda hasta el boicot yanqui a Huawei para que sea la punta de lanza de la tecnología 5G en telefonía móvil, desde las inversiones chinas en Europa hasta la hostilidad a los estudiantes chinos en las universidades de EEUU, y la lista podría seguir indefinidamente. Para decirlo sucintamente, la competencia entre ambos gigantes ya es abierta y parte de la realidad geopolítica de ambos países y del mundo todo.

La guerra comercial sólo puede ser comprendida en este contexto. Más allá del (muy provisorio y frágil) armisticio de enero de este año, lo que está en marcha es una pulseada en todos los planos –el comercial es sólo uno de ellos, no necesariamente el más importante– que se proyecta para los próximos lustros. No hay posibilidad de que un simple “acuerdo comercial” lime las asperezas y la relación bilateral al punto de un retorno al statu quo anterior a que se desatara el conflicto. Lo que está en juego no son volúmenes mayores o menores de comercio exterior, sino una disputa por la hegemonía en todos los órdenes: quién y cómo va a mandar en el mundo en las próximas décadas.

Si hay un tema en que no sólo del Partido Republicano sino la burguesía yanqui en su conjunto respalda sin reservas a Trump es el de enfrentar a China: “El vicepresidente Mike Pence advirtió que China estaba envuelta en una ofensiva a todos los niveles. Su discurso sonó ominosamente como un primer toque de clarín de una nueva guerra fría” (TE 9114, cit.). El sentimiento general de los republicanos puede ser resumido en esta definición del senador Marco Rubio: “China es la amenaza más abarcadora a nuestro país que jamás hayamos enfrentado”. La diferencia con el consenso estilo Guerra Fría es que los motivos “democráticos” (como lo represivo del régimen chino hacia los opositores y los campos de concentración para la minoría musulmana uigur en Xinjiang) no resuenan mucho en la prédica de Trump, que se siente mucho más cómodo en la crítica al daño económico que China puede ocasionar a EEUU y al desafío a su autoridad política.

Pero no hay espacio (ni voluntad) tampoco en el Partido Demócrata para oponerse a una política dura hacia China: “Y a no suponer que Pence y su jefe Donald Trump están solos. Demócratas y republicanos se pelean por quién es más duro con China. Hay que remontarse a fines de los años 40 para encontrar otro momento en que empresarios, diplomáticos y militares se alienaran tan rápidamente detrás de la idea de que EEUU enfrenta a un nuevo rival ideológico y estratégico” (cit.). Lo mismo constata un sinólogo del Hudson Institute, Michael Pillsbury, la situación en el Congreso de EEUU “es comparable a la de los años 50, cuando no había ninguna desventaja política en ser antisoviético”. Según un informe especial de The Economist, “los mandarines chinos del PCCh están obsesionados con las diferencias dentro del gobierno de Trump, sin darse cuenta de que el endurecimiento de la política de Washington [hacia China] es previo a Trump y va a durar más que su gobierno” (David Rennie, “A new kind of cold war”, 18-5-19).

Es la línea que trazó Trump en la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2018: “Rechazamos la ideología del globalismo y abrazamos la doctrina del patriotismo. Cuando asumí, estábamos en la dirección de permitir que China fuera más grande que nosotros en un período no muy largo. Eso ya no va a pasar”. Poco después, el vicepresidente Mike Pence –de línea incluso más dura que Trump en su sinofobia– anunció en un encuentro con empresarios que Pence: “China está empleando herramientas políticas, militares y económicas para extender su influencia y beneficiar sus intereses en EEUU. (…) No lo toleraremos. El gobierno Trump asume el compromiso de responder con dureza en todos los frentes” (TE 9114, “The rivals”, TE 9114, 20-10-18). Llegó a acusar –sin fundamento sólido alguno– a los programas de promoción cultural del Estado chino de intentar sobornar a la industria del cine para que presente a China bajo una luz favorable, de robo de patentes intelectuales y de casi toda fechoría imaginable.

¿Cómo se llegó hasta aquí? La relación EEUU-China se basó durante décadas en la hostilidad compartida hacia la URSS. Pero tras el colapso del bloque soviético, ese factor se desdibujó. La desconfianza de China hacia EEUU, en parte motorizada por lo que el PCCh veía como “pro americanismo” en los estudiantes de la Plaza Tiananmen en 1989, se fue desvaneciendo a medida que se forjaba un nuevo vínculo común: el comercio. El punto más alto de esta relación de mutua conveniencia fue el apoyo yanqui a la entrada de China en la OMC, bajo la presunción de que la expansión de la nueva clase media china traería una base social para una gradual liberalización política.

No eran sólo los occidentales los que confiaban en la evolución liberal de China desde la economía hacia la política. Es altamente representativo del optimismo imperante en ese momento el comentario del académico chino Liu Junning, de la Academia China de Ciencias Sociales, de que “un libre mercado en el intercambio de mercancías va a derivar en última instancia en un libre mercado de ideas y una demanda de ideas liberales”. No fue una buena señal que Liu fuera despedido de su puesto en la universidad poco después de publicar esta opinión, pero para muchos era cuestión de tiempo que la liberalización política se consolidara bajo el paraguas de la liberalización económica.

Este nuevo vínculo y la forja de una creciente interdependencia comercial y productiva se reforzaron mutuamente hasta la crisis financiera de 2008, cuando se hizo evidente que el ascenso de la economía china no traía aparejados ninguno de los cambios políticos esperados.

La llegada de Xi Jinping en 2012 al timón del PCCh y el Estado marcó también un cambio, si no en la estrategia china, al menos en la manera desembozada de presentarla. Por un lado, Xi se encargó del lanzamiento de amplios programas de apoyo estatal a industrias clave, así como de la ambiciosa Nueva Ruta de la Seda. Por el otro, los cambios en el régimen político fueron en la dirección exactamente a la de una progresiva liberalización reforzando la censura, la represión al disenso y el control político del PCCh en todos los órdenes e instituciones no estatales. Como advierte Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia y director del Asia Society Policy Institute, China dejó clara su voluntad no sólo de no adherir al orden mundial encabezado por EEUU, sino de cambiarlo por otro en el que los roles de EEUU y China fueran esencialmente distintos a los del orden actual. Y esto en momentos en que el propio Trump abdica del rol de EEUU como líder ideológico de ese orden en la medida en que se define como “antiglobalista”.

Una muestra del estado de ánimo en los países imperialistas respecto de China es el China Forum de Estocolmo, que se reúne semestralmente. Mientras que en 2018 hubo fuertes discusiones entre estadounidenses y europeos por la política agresiva de Trump, al año siguiente primaba la resignación: China no va a cambiar su modelo capitalista de Estado autoritario y no se va a avenir a integrarse a la globalización occidental en los términos de ésta, sino en los propios. Como dijo uno de los participantes europeos, China “está poniendo a prueba el saber establecido sobre la globalización y los beneficios de la apertura. Veíamos a la interdependencia como una vía para evitar el conflicto, pero ahora está claro que vuelve más vulnerables a nuestros países”. Por su parte, los enviados chinos mostraron su interés en una salida negociada al conflicto, pero con el objetivo de de depender menos de los mercados y la tecnología de EEUU, para reconocer, con franqueza brutal: “El desacople es la intención de los dos países” (TE 9169, “A great unravelling begins”, 16-11-19).

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Una coincidencia fue el cinismo respecto de cualquier eventual acuerdo, como el que efectivamente tuvo lugar a mediados de enero y que confirmó esa mirada: se trataría más bien de una tregua que permitiera a Trump vender más soja (y reforzar los estados del Medio Oeste que necesita para su reelección), mientras que China aceptando eso saldría librada de concesiones más serias en cuanto a cambios estructurales en la economía y en la estrategia comercial.

Las diferencias entre europeos y yanquis pasaban más bien por sus temores: mientras que a los primeros les preocupa el peso económico de China, a los segundos les quita el sueño la creciente influencia política y militar del gigante asiático. Para los europeos la respuesta es aumentar el comercio con China pero también con el resto del mundo, y además cuidando de no perder el control de áreas y compañías estratégicas, aunque sin entrar en una guerra de subsidios imposible de ganarle a China. Para los emisarios de EEUU la solución es, irónicamente, la misma que para los chinos: desacople progresivo.

La política antichina de Trump apela a motivos racistas y xenófobos, como ocurre con la campaña muy poco sutil de denuncia de casi un nuevo “peligro amarillo” en las universidades al estilo de las cazas de brujas del senador Mc Carthy. Esto resulta especialmente doloroso y casi personal para la élite china, tan adepta como la de casi cualquier otro lugar a enviar a sus hijos a las universidades estadounidenses más prestigiosas, desde la hija de Xi Jinping para abajo (de hecho, los últimos cuatro líderes del PCCh mandaron a su progenie a estudiar a EEUU). Como se quejó el vicecanciller chino Le Yucheng, “China envía adolescentes a estudiar a EEUU sin preocuparse de que les vayan a lavar el cerebro, y luego los tratan como a espías” (TE 9151, “A generational divide”, 13-7-19). Y en esta queja los jerarcas del PCCh no están solos, sino acompañados por las aspiraciones de los empresarios y de la clase media aspiracional, que ven cómo se multiplican los ejemplos de discriminación y sinofobia. Lo cual no puede menos que ser considerado como un nuevo fracaso propagandístico y una pérdida de legitimidad adicional para los supuestos valores occidentales de “libertad y democracia”.

El cambio de frente en el enfoque hacia China se manifiesta en el aislamiento de la mirada tradicional de la diplomacia yanqui en las relaciones comerciales con otras potencias: “Dentro del gobierno Trump, sólo el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, es visto como representante del viejo enfoque de poner en primer lugar los beneficios de las empresas en el relacionamiento con China. Hay compañías que dependen mucho de China como proveedor y como mercado, desde Apple a General Motors, que vende más autos en China que en EEUU. Pero la cuestión misma de las ganancias está bajo sospecha en la nueva y populista mirada de Washington, donde incluso legisladores republicanos reclaman a los empresarios que tengan en cuenta los intereses nacionales de EEUU en sus relaciones con China, y no sólo los dividendos de los accionistas” (TE 9175, “400-pound rivals”, 4-1-20).

Por su parte, en el seno del propio PCCh no faltan quienes miran a Trump como un rival relativamente conveniente por lo desapegado a cualquier principio –y apegado a su autointerés– comparado con el perfil de un gobierno demócrata que insistiera demasiado en cuestiones como derechos humanos, medio ambiente o condiciones de trabajo: “Algunos personajes cínicos cercanos a la burocracia de la seguridad nacional prefieren desembozadamente que Trump obtenga la reelección en 2020, de manera que pueda continuar desconcertando a sus aliados y poniendo en duda garantías de seguridad en Asia que tienen décadas [en referencia a Corea del Sur y Japón. MY]. Su mayor temor es que Trump termine capturado por el ala sinceramente dura antichina”, que incluye a Robert Lighthizer, Peter Navarro y, sobre todo, el vice Mike Pompeo y el secretario de Estado Mike Pence, tan furiosamente cristianos evangelistas como sinófobos (ídem).

Pero en general, entre los funcionarios y académicos chinos especializados –si EEUU tiene sinólogos, China tiene americólogos–, la mirada sobre su adversario tiene cada vez menos de humildad y más de conmiseración: “Para China, EEUU es una obsesión. Las metáforas matrimoniales capturan la admiración de siempre mezclada con envidia y resentimiento que la elite china abriga por su rival global. Sin embargo, en la era Trump empieza a aparecer con cada vez mayor frecuencia un nuevo sentimiento: el desprecio” (D. Rennie, cit.). Si al principio de la gestión Trump sus amenazas fueron subestimadas por la dirigencia china, aun hoy les cuesta tomarlo en serio; no logran acostumbrarse a su volubilidad.

Por ahora, la política china para enfrentar la ofensiva de Trump es más bien la de ganar tiempo, recortar daños y no obligar a las demás naciones a escoger un bando con exclusión de otro, una disyuntiva donde China no tiene las de ganar todavía en la mayoría de los casos. Más bien, el esquema de mediano plazo en el que, según diversos analistas, piensa la dirigencia del PCCh se parece más a una reedición de la división del mundo en esferas de influencia, lo que incluiría un pacto de relativa no intervención.

Ahora bien, esa versión aggiornada estilo siglo XXI de un Yalta sin posguerra entre las dos grandes superpotencias es incompatible con las tensiones de la globalización capitalista tal como la conocemos hoy. Implica trasladar la división que amenaza partir en dos Internet por razones tecnológico-geopolíticas a todos los demás ámbitos, e implicaría un equilibrio tan inestable que sólo podría resolverse con la afirmación más o menos rápida de uno de los contendientes. Tal vez ésa sea la estrategia china a largo plazo; está claro que por ahora no puede permitirse una confrontación con EEUU a todo nivel y esperar llevar la mejor parte. Pero el marco mental en el que se mueve Xi Jinping y su corte no es el de considerar a China como la nación amenazada por una potencia invencible, sino el de considerar a EEUU como el próximo obstáculo que China debe superar, en el momento y las circunstancias que sean apropiadas.

En este marco, las analogías históricas con períodos anteriores son de limitada utilidad: “La guerra fría original con la URSS terminó en victoria estadounidense. En una nueva guerra fría chino-americana, ambos países podrían perder. (…) EEUU tiene que pensar bien qué es lo que quiere de China. (…) Si los estrategas chinos creen en lo que dicen –que EEUU está cansado y listo para la retirada–, el próximo paso es predecible. China le ofrecerá a EEUU condiciones superficialmente cómodas en las que a China se le concede su esfera de influencia en el Pacífico occidental, y EEUU se conforma con la decadencia de mirar cada vez más a sí mismo. (…) La historia moderna no tiene antecedentes de una rivalidad ideológica entre dos socios comerciales gigantescos” (D. Rennie, cit.).

Es esta misma falta de referencias históricas previas la que da lugar a una sensación adicional de incertidumbre a la que ya provoca el hecho de estar en plena configuración de un nuevo orden. Las hojas de ruta no están ni aproximadamente trazadas. Y a este convulsionado cuadro viene a sumarse una pandemia global cuyo antecedente más cercano, la gripe española, es de hace un siglo, con condiciones tan distintas que tampoco facilitan orientarse. El escenario global de la lucha de clases y de las relaciones internacionales pocas veces estuvo tan abierto y tan escaso de puntos de apoyo sólidos para avizorar las futuras tendencias que puedan desarrollarse.

1.3 La guerra comercial: comienzo, desarrollo y sentido

Cuando comenzaron los primeros escarceos de “guerra comercial”, en ese mundo de hace dos años que parece tan lejano, lo primero que llamaba la atención eran las eventuales vulnerabilidades de China ante las amenazas de EEUU, y luego, cómo resolvería Trump la cuestión de la profunda integración de ambas economías más allá de lo comercial. Esos puntos débiles de China eran los siguientes: 1) aranceles y mayores precios para sus exportaciones. Pero atención, que el crecimiento chino ya no es tan dependiente de las exportaciones: las ventas a EEUU representaban casi el 10% del PBI chino antes de 2008; en 2018, sólo el 4%; 2) bloqueo de adquisición de compañías por parte de China, especialmente en áreas sensibles y restricción de inversiones en los diez sectores clave del plan Made in China 2025. El blanco de las medidas de Trump nunca fueron los bienes de baja tecnología o commodities. Y, visto más estratégicamente, incluso la reducción del déficit comercial de EEUU con China es menos importante que obstaculizar el progreso chino, también por la vía de las reducciones de importaciones estratégicas en tecnología desde EEUU; 3) EEUU puede blandir el arma del control de acceso a las operaciones financieras globales, algo que mostró su tremenda efectividad en el bloqueo a Irán: “Estados Unidos, de forma unilateral, se ha otorgado el derecho de perseguir en la justicia a quien en el resto del mundo utilice los dólares estadounidenses en transacciones que considere contrarias a la política de Washington” (P. Rousset, “¿A dónde nos puede llevar el conflicto?”, cit.). Aunque no es tan simple de implementar con China precisamente por el mayor grado de integración, que podría dañar a las propias empresas, bancos y fondos de inversión yanquis2; 4) acaso el mayor peligro para China es que EEUU logre consolidar un frente único internacional antichino.

Un potencial ejemplo del significado de esto es el intento de boicot a Huawei y la tecnología digital china: si EEUU lograra unanimidad entre sus aliados para que ninguno adopte el sistema chino, sería prácticamente una condena de muerte para el gigante tecnológico, en una réplica de lo que ocurrió con la empresa china de telecomunicaciones ZTE, aunque este conflicto fue finalmente desactivado por Trump y Xi (TE 9093, “Assessing the pain”, 26-5-18).

Pero ese escenario tiene escaso índice de probabilidad. Como demuestra el mismo caso de Huawei, dado el escaso tacto de Trump para manejar las relaciones con el resto de Occidente, difícilmente se dé un alineamiento tan incondicional con EEUU. El test político que significó el reclamo de EEUU a sus aliados de excluir a Huawei del despliegue de 5G en sus países no fue muy exitoso que digamos. Sin ir más lejos, el Reino Unido, uno de los más estrechos aliados yanquis, se negó a rechazar de plano el ingreso de la firma, aunque puso algunas condiciones de seguridad; al respecto, “es significativo que de entrada sólo Canadá, Australia y Nueva Zelanda hayan atendido formalmente el veto de Washington a Huawei en el contrato de la 5G” (P. Rousset, “Xi Jinping de gira”, cit.). Justamente, Canadá se encargó del operativo de detener y encarcelar a una alta directiva de Huawei, en un gesto por EEUU que dañó seriamente sus relaciones con China.

Por su parte, China sin duda buscará reforzar sus “amistades” –por interesadas que sean– a partir de su peso comercial y financiero, aprovechando que EEUU, por efecto de la propia política de Trump, no puede recurrir a “valores compartidos” derivados del “poder blando”. En efecto, el pragmatismo profundamente cínico del presidente yanqui lo pone en pie de igualdad con China en el terreno del trato con potenciales aliados, ya que los motivos “democráticos” u “occidentales”, barridos de escena por Trump mismo, dejan paso a los mucho más pedestres de la relación comercial, financiera o geopolítica, con lo que el “operativo seducción” se transforma en algo muy parecido a una subasta al mejor postor.

Ésta es, sin duda, una de las novedades de la era Trump: el casi total abandono del rol de EEUU como “líder de valores” de Occidente, en favor de un relacionamiento basado casi exclusivamente en la conveniencia material y la fuerza bruta (militar, comercial o financiera). Nada que sorprenda a un marxista, en el fondo, pero es significativo que la cabeza del imperialismo yanqui renuncie sin compensaciones a lo que fue históricamente una ventaja.

Es por eso que, aun en caso de que se evite una guerra comercial en toda la línea, la competencia estratégica sin duda se mantendrá. Y uno de los eslabones de la globalización que llevará la peor parte serán las cadenas globales de suministro, cuya interconexión jamás ha sido puesta a prueba seriamente, ni siquiera en la crisis de 2008-2009. Una de las consecuencias –y peligros– de la guerra comercial será una oleada de políticas de (diversos niveles de) autarquía comercial y tecnológica. Que no por ser irrealizables en un 100% dejarán de generar una tensión descendente en el intercambio tecnológico y comercial global.

La hostilidad de Trump no hace más que reafirmar a China y a Xi Jinping en el camino de la creciente independencia o autarquía. Por otro lado, muchos gobiernos occidentales que hasta no hace mucho se hubieran mostrado atónitos ante la agresividad grosera de Trump ahora parecen aceptarla ante la falta de presión interior en China hacia la liberalización económica y política. El aparentemente exitoso operativo del PCCh presentando la rebelión en Hong Kong como el fruto de maquinaciones extranjeras y terroristas sueltos locales refuerza esa caracterización. Así, la única alternativa que parece quedar para limitar el rango de acción chino en términos de subsidios, transferencia tecnológica y demás prácticas comerciales es la brutal táctica de Trump. Desde ya, las escasas voces liberales que pueden oírse en China están profundamente alarmadas con este giro agresivo, que, temen, conducirá a un espiral de más consenso interior en China para una política nacionalista, proteccionista y que desprecie un marco institucional global cada vez más debilitado e impotente.

Aunque el credo oficial chino respecto de la guerra comercial es “no queremos pelear, pero no tememos a la pelea, y si no nos dan opción, pelearemos”, el manejo de la crisis con Trump por parte del PCCh está bajo el signo de la prudencia, no del desmadre. En ningún momento amenazó seriamente –más allá de algunos escarceos de corta duración– con recurrir a la munición más pesada, como sería recortar importaciones de los estados del Medio Oeste de EEUU que Trump necesita como el pan para asegurar su reelección. En general, al menos en el corto plazo, China tiene más para perder que EEUU. De allí que el acuerdo firmado en enero de este año, visto superficialmente (el diablo está en los detalles, que aún no se conocen), pueda ser presentado por Trump como una prueba de que China cedió terreno, cosa que al PCCh le importa poco en la medida en que ese balance sea visto con sorna fronteras adentro.

Llegado el caso de tener que responder golpe por golpe a la estrategia de Trump, China podría valerse de un arma conocida: su caudal de más de un billón de dólares en bonos del Tesoro de EEUU. En su momento, China compró esos bonos como parte de una política de evitar la apreciación de su moneda, el yuan. Si China decidiera bruscamente desprenderse de todo o parte de esos activos, es difícil anticipar quién resultará más perjudicado. Como no es posible cambiar esos bonos por, digamos, bonos en euros del Banco Central Europeo (no hay tal volumen disponible), vender esos dólares en el mercado puede generar no sólo una disrupción en la economía yanqui sino también una peligrosa revaluación del yuan. La posición especial de EEUU como emisor de la única “moneda mundial” lo hace por ahora invulnerable a este tipo de maniobras financieras… salvo que se trate sólo de la primera batalla de una guerra más general cuyo objetivo sea justamente desplazar al dólar como moneda mundial. Si bien esto es más difícil para un país cuya propia institucionalidad es tan opaca como la china, en un sentido cuenta con un aliado para este objetivo: Trump. A nadie le seduce la idea de dejar el manejo de la moneda mundial a un patán chauvinista. Como dice un columnista del Economist, “esta guerra comercial se ha construido sobre la base de considerar a las fortalezas como debilidades y a las debilidades como fortalezas” (TE 9145, “The bonds that tie”, 1-6-19).

Este escenario de desafío al dólar hoy no parece probable, pero su índice de viabilidad no ha hecho más que crecer en los últimos años. Quizá uno de los tantos cimientos de la estructura institucional global que sufrirán sacudones por la pandemia del coronavirus sea también éste.

A todo esto, también hubo un debate –hoy completamente relativizado por la conmoción de la pandemia– respecto de los efectos reales de la guerra comercial en lo referente al crecimiento económico y el comercio globales. Las estimaciones varían a veces groseramente, pero en promedio no están muy lejos del cálculo del FMI de que incluso un enfrentamiento comercial que llevara a aranceles del 25% en todo el comercio bilateral conduciría a una baja del 0,3 al 0,6% del PBI en EEUU y del 0,5 al 1,5% en China. En realidad, el mayor impacto de las escaramuzas comerciales ha sido menos nocivo en la economía en sí que en la estabilidad geopolítica global.

Tampoco ha sido considerable todavía el impacto en cuanto a las decisiones de inversión de las multinacionales yanquis en China. Aunque esas compañías no obtienen, en conjunto, más del 5% de sus ingresos de sus actividades en China, esta cifra esconde desigualdades notables, con las mayores exposiciones en las ramas de tecnología digital, automotores y productos de consumo masivo. La cuestión es que en general las multinacionales de EEUU hacen excelentes negocios en China. En dólares, sus ventas minoristas crecen un 6% anual, contra sólo un 2% en EEUU, lo que no es de extrañar si consideramos que mientras en EEUU los ingresos reales crecieron un 17% en una década, en China lo hicieron en un 120%. De modo que la rentabilidad de las inversiones yanquis allí no sólo no está amenazada sino que viene en crecimiento. Y si en 2018 las multinacionales de EEUU que declararon que China era su mercado más rentable eran un 38%, en 2019 subieron al 49%. En realidad, la verdadera preocupación de las multinacionales yanquis no es ni la guerra comercial ni las restricciones del Estado chino, sino la pura y simple competencia comercial de sus rivales locales. Por ejemplo, los fabricantes chinos de smartphones de precios superiores a los 400 dólares subieron su participación en las ventas en China del 12% en 2014 al 67% en 2018, según la consultora McKinsey; en automóviles, el salto es menos espectacular pero apreciable, del 26 al 38% en el mismo período (TE 9175, “Still worth it”, 4-1-20).

Trump ha decidido utilizar las herramientas económicas como armas geopolíticas, en un movimiento que en principio no reconoce reglas ni aliados estables. Esta demostración de poder tiene utilidad en toda una serie de planos, pero constituye decididamente un problema en un área clave: la legitimidad del liderazgo yanqui en el mundo occidental en el contexto de una pulseada geopolítica global con China.

El nacionalismo económico de Trump va mucho más allá del limitado arsenal utilizado por EEUU en su último conflicto comercial importante, el que mantuvo con Japón a mediados de los 80. En ese caso, se recurrió a los aranceles para conseguir concesiones comerciales específicas. La táctica actual de Trump abarca a la vez más herramientas y más objetivos. Por ejemplo, en la renegociación del NAFTA, el tratado EEUU-Canadá-México, uno de los objetivos de los aranceles era completamente extraeconómico: la reducción del flujo migratorio de México a EEUU. Los casos más extremos son las sanciones contra Irán y Venezuela, que equivalen casi al ostracismo respecto del sistema financiero internacional. Las restricciones a transacciones en semiconductores y software dirigidas contra China, sugirió Trump, pueden ser aplicadas sin mayor miramiento contra otros países, incluso aliados. El recurso de considerar determinadas actividades como de “seguridad nacional” (lista que incluye industrias tan impensadas como la automotriz, en este caso apuntando contra Alemania) significa prácticamente un “vale todo” que sólo podría admitir justificación en tiempos de guerra. Pero las consideraciones legales, diplomáticas o de creación de consenso y “poder blando” son algo que a Trump le resulta totalmente refractario. Cualquier acuerdo comercial, por años de negociación técnica y parlamentaria que lleve, puede ser desechado de un tuitazo por Trump en cuestión de minutos.

Ante este desmanejo discrecional de las relaciones comerciales, no es de extrañar que haya conatos de rebelión o al menos disenso incluso en aliados de larga data. Un ejemplo es el citado caso Huawei: pese a las advertencias y amenazas de Trump, de los 35 aliados militares europeos y asiáticos de EEUU, sólo tres aceptaron la prohibición de operar con la compañía china. Y varios países europeos, incluyendo los que firmaron el acuerdo con Irán, están buscando un rodeo al sistema de pagos y clearing global para poder mantener sus lazos con la nación persa, desafiando el boicot yanqui. En un escenario donde, sencillamente, Trump rompe las reglas que hay y las reemplaza por sus mensajes en Twitter, sin tener en cuenta en lo más mínimo criterios de construcción de consenso o de legitimidad institucional global, el resto de Occidente empieza a temer que deberá afrontar el nuevo mundo bipolar sin una estructura común con un líder aceptado por todos.

En este contexto, el muy modesto y parcial acuerdo comercial, anunciado con mucha pompa por Donald Trump (y con bastante menos por Xi Jinping), lo que tiene de profundo no es justamente el compromiso de China de mayores compras de materias primas yanquis, sino el hecho de que en realidad ha comenzado un proceso –todavía limitado– de reversión, o desmantelamiento, de la estructura de relaciones bilaterales a todo nivel entre ambas potencias. Se trata por ahora más bien de una cuestión de voluntad política más que de cálculo real de cómo desentrañar la madeja de interrelaciones económicas y tecnológicas que hoy las unen. Por dar un solo ejemplo, en tecnología digital China no puede cortar la provisión externa de semiconductores ni EEUU puede reemplazar la cadena de suministros que tiene a China como eslabón esencial.

El acuerdo de “fase 1”, en términos reales, no compromete mucho a ninguna de las dos partes. China acepta aumentar compras sobre todo de materias primas de EEUU por unos 200.000 millones de dólares adicionales –veremos, en el actual contexto de disrupción de la economía y el comercio mundiales por la pandemia, cuánto se cumple de esto–, pero ni sus subsidios a las compañías estatales ni una mayor apertura de sus mercados están en la agenda. Por su parte, EEUU se compromete a no impulsar nuevos aranceles y a suspender la ridícula demanda contra China por “manipulación de su moneda”, pero mantiene los aranceles actuales que afectan a 360.000 millones de dólares de exportaciones chinas a EEUU, es decir, la mayor parte del total. La “fase 2” quedó, convenientemente, para noviembre… después de las elecciones.

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Para las potencias europeas, la principal preocupación alrededor del acuerdo es que Trump, como líder de la cruzada occidental antichina, parece haber tenido un enfoque esencialmente táctico orientado a mejorar sus posibilidades de reelección, que a su vez le permite a China ganar el tiempo que considera está de su lado. Cuando Trump oscila entre el mercantilismo de vuelo bajo y la guerra estratégica total, mientras que alternativamente maltrata y busca seducir a sus aliados europeos, éstos tienen derecho a desconfiar de semejante rumbo, o falta de él. Lo que Trump está rifando con su orientación espasmódica y caprichosa a fuerza de tweets es el lugar de EEUU como garante de un orden global capitalista con reglas claras y abanderado de la “superioridad ética” occidental frente al régimen chino. Como observa preocupado un editorial del Economist: “En los 2000 la pregunta era hasta qué punto China podía llegar a ser como EEUU. En los 2020, la gran pregunta es si esta nueva división entre superpotencias podría hacer a EEUU más parecido a China” (TE 9175, “Poles apart”, 4-1-20).

En el fondo, lo que el precario y oportunista acuerdo de enero significa en lo estratégico es un seguro debilitamiento del orden comercial basado en reglas garantizadas por la “comunidad internacional” occidental y en particular por EEUU. En efecto, el convenio establece una serie de cuotas de compras de commodities energéticos, agrícolas y algunos bienes manufacturados que China se compromete a cumplir según criterios absolutamente mercantilistas, arbitrarios y ajenos a todos los manuales y parámetros de la OMC que llevó décadas construir (y casi otro tanto que China los aceptara). De modo que tanto si el acuerdo se cae como si se sostiene –uno estaría tentado de decir: especialmente si se sostiene–, el resultado será disruptivo para la actual arquitectura institucional global, y en primer lugar para el rol y las normas de la OMC. Lo que nos conduce al tema siguiente.

1.4 El impacto económico global de la rivalidad sino-americana

En este apartado, plantearemos una serie de elementos característicos de la disputa hegemónica entre EEUU y China. El primero es que la interconexión, e incluso interdependencia entre los rivales de hoy es cualitativamente mayor que en épocas de la Guerra Fría EEUU-URSS, o en el mucho más acotado conflicto comercial entre EEUU y Japón en los años 80. De allí que las consecuencias de un enfrentamiento, por ahora económico, entre ambas potencias suponga peligros inéditos para el conjunto del funcionamiento de la economía mundial. Esto es especialmente relevante en el marco de tendencias económicas preexistentes –en parte disparadas por la crisis de 2007-2008– en el sentido de un relativo estancamiento o retroceso de la globalización (la llamada “slowbalisation”) en cuanto al rol de las multinacionales, los flujos de inversión y las cadenas globales de suministros. Otros problemas adicionales son a) los crujidos de la arquitectura institucional global, desde la Organización Mundial del Comercio –según el presidente francés Emmanuel Macron, en estado de “muerte cerebral” en buena medida por las políticas de Trump–, la ONU, la OTAN, el FMI y el nuevo rol de China como “Fondo Monetario Asiático”, o incluso global vía la Nueva Ruta de la Seda, y b) el riesgo de que los últimos desarrollos de la tecnología digital, como la inteligencia artificial y la tecnología 5G para las redes móviles y la “internet de las cosas” queden envueltos en la nueva guerra fría con el consiguiente peligro de una división global en usos y estándares tecnológicos (“splinternet”), con países y regiones que podrían tener que optar entre uno u otro lado de la “cortina de hierro digital”.

Comencemos, entonces, por la situación singular de un conflicto comercial de largo aliento entre dos de los mayores socios comerciales del mundo. Mientras EEUU lanza su ofensiva comercial contra China, prepara una serie de acuerdos comerciales bilaterales. Pero “¿van a actuar como puntos de apoyo hacia una ampliación de la libertad de comercio o, por el contrario, van a distorsionar el comercio y dividir el mundo en regiones comerciales en competencia? ¿Y cuál va a ser el impacto sobre el sistema comercial multilateral organizado bajo la OMC?” (TE 9124, “Going it alone”, 5-1-19).

El comercio mundial desde la segunda posguerra tomó esencialmente dos vías: la más liberal y globalista, que proponía que el comercio se estableciera sobre la base del principio de “nación más favorecida”, que implica que un recorte de aranceles a un país debía ofrecerse asimismo al resto, y la de acuerdos preferenciales bilaterales, que no obligaban a las partes a ofrecer condiciones similares a las demás naciones. Durante los años anteriores, ambas fueron consideradas por la OMC (y su predecesor, el GATT) como herramientas válidas para promover un comercio progresivamente más libre. Pero a medida que los acuerdos preferenciales empezaron a ser empleados como instrumentos más diplomáticos o estratégicos que comerciales, crecieron las dudas entre los defensores de la globalización. Y más aún con la agenda “antiglobalista” actual de Trump, que borra las barreras entre economía y política y considera los aranceles como herramientas de “seguridad nacional” y los argumentos de defensa como criterios comerciales.

Por supuesto, eso implica poner arena en el engranaje de la globalización: “Trump prefiere el bilateralismo (que espera que favorezca en cada caso a EEUU) en vez del multilateralismo (que implica la negociación de reglas comunes entre poderosos). Puede vaciar de contenido los marcos de acción colectiva interimperialistas o reducir su efectividad. No obstante, choca con un problema de calibre: la globalización capitalista, la organización mundial de cadenas de producción y de valor y la financiarización son un hecho, no meramente una política” (P. Rousset, “Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, Viento Sur, 25-7-18).

Pero esta contradicción asume, en la actualidad, aristas nuevas. La agenda y el conjunto de la orientación de Trump hacia las relaciones económicas internacionales, lejos de ser una utopía contra la corriente globalizadora como “hecho” que no admite ningún cuestionamiento, puede, por el contrario, interpretarse como una refracción política de un fenómeno económico más estructural, que viene tomando cuerpo en el último lustro: la detención, enlentecimiento o incluso retracción del desarrollo de los lazos económicos globales, que se ha dado en llamar “slowbalisation” (de “slow”, lento, y “globalisation”).

El término fue acuñado por el holandés Adjiedj Bakas en 2015, como descripción de un proceso de desaceleración de la integración económica global tomando varios parámetros, sobre todo en comparación con la velocidad con que se desarrolló la globalización en los 90: China, India y Rusia salieron de su cuasi autarquía, conformación definitiva del mercado único europeo y de la OMC como estructura superadora del GATT, aumento del comercio mundial del 39% del PBI mundial al 58% en 2018, movimientos migratorios y un largo etcétera. De allí que autores como Thomas Friedman, columnista del New York Times, predicaran el evangelio de que “el mundo se volvió plano”, en el sentido de que las fronteras nacionales importaban cada vez menos en cuanto a los suministros, la manufactura y el ensamblado (TE 9127, “The global list”, 26-1-19).

Ahora bien, desde 2008, sobre doce criterios de integración global seleccionados por The Economist3, ocho están estancados o en retroceso, en algunos casos significativo. Por ejemplo, el comercio global cayó del 61% del PBI global al 58%; las ganancias de las multinacionales sobre el total de ganancias de empresas en Bolsa, del 33 al 31%. Estas diferencias parecen pequeñas, pero representan algo más que una caída moderada: es una detención de un proceso hasta entonces continuo y que parecía sin techo. Y hay indicadores que muestran derrumbes más dramáticos. La inversión extranjera directa de largo plazo se desplomó del 3,5% del PBI global en 2007 al 1,3% en 2018; los préstamos bancarios internacionales pasaron del 60% del PBI global en 2006 al 36%, y los flujos brutos de capital cayeron del 7% en 2007 al 1,5%. El comercio global, que creció un 5,5% en 2017, lo hizo apenas en un 2,1% en 2019. En cuanto a la ilusión del “catch up”, esto es, la “convergencia” de los ingresos per cápita de los países emergentes en dirección a los de los países desarrollados, la crisis de 2008 puso las cosas en su lugar. Mientras que el 88% de los emergentes reducía la distancia con los desarrollados hasta 2007, desde entonces esa cifra bajó a menos de la mitad.

Como resume ominosamente Tom Linton, jefe de cadenas de suministros de la multinacional yanqui de intermediación logística Flex, “estamos yendo a un mundo post-global”, y, según un reciente informe especial de The Economist, “hay señales de que la era dorada de la globalización puede haber quedado atrás, y que la gran convergencia está cediendo su lugar a un lento desenredarse de las cadenas de suministros globales. (…) Ahora que el panorama de la globalización se torna oscuro, las empresas están empezando a cuestionarse hasta qué punto era prudente forjar esas cadenas de suministros hiperglobalizadas” (V. Vaitheeswaran, “The world is not flat”, TE 13-7-19). Digamos de paso que lo que la crisis generada por la pandemia también cuestiona –y el columnista citado no, como la mayoría de los panegiristas de la globalización capitalista– es el hecho de que esas cadenas de suministros tuvieran como vector casi único la curva de costos, especialmente laborales.4 De allí que franjas íntegras de productos –incluyendo, por ejemplo, varios de los insumos de la industria médica como antibióticos, barbijos y respiradores– hayan localizado su fabricación en China y otros países asiáticos de manera peligrosamente no diversificada, haciendo al mundo entero dependiente de casi un único proveedor.

De hecho, el informe especial que hemos citado revela que “sobre 600 multinacionales que opera en Asia, según una investigación de la consultora Baker McKenzie, casi la mitad estaban evaluando cambios ‘significativos’ en sus cadenas de suministros, y más de 10% una reformulación completa. En muchos sectores, esto implica una reconsideración del papel de China como proveedor. (…) La mayoría de las multinacionales no sabe quiénes son los proveedores de sus proveedores, y se pueden ver en un aprieto si ese vendedor distante no puede cumplir sus obligaciones” (cit.). Aunque el analista se refiere aquí más bien a riesgos políticos y económicos, la situación de la pandemia demuestra que esas cadenas de proveedores baratos están expuestas a múltiples fragilidades.

Naturalmente, este proceso complejo y desigual de “slowbalisation” no obedece a una sola causa. Pero diversos indicadores apuntan a un fenómeno más general que podríamos llamar saturación de la globalización, o al menos amesetamiento. Por lo pronto, un criterio base, la tasa de ganancia (medida en términos capitalistas) de las multinacionales cayó de un 10% en 2006 al 6% en 2017. La explotación de mano de obra barata para la producción de bienes físicos con cadenas de suministro globales altamente integradas parece haber encontrado un límite en la creciente importancia de los servicios, el creciente costo del transporte, salarios más altos en China y la competencia de firmas locales más pequeñas, ágiles y flexibles.

En este marco opera la prédica y la práctica “antiglobalista” de Trump, cuyo proteccionismo, mercantilismo y ataque a las instituciones globales como la OMC hacen pensar a aliados y rivales de EEUU en la necesidad de empezar a pensar en una era post pax americana. El anterior brote proteccionista en EEUU, durante los 80 contra Japón, fue de corta duración, exitoso –Japón debió retroceder y avenirse a la mayoría de las demandas estadounidenses, tanto en lo comercial como en lo cambiario, con una revaluación del yen del 50% respecto del dólar– y con una economía que representaba un tercio del PBI mundial. Ninguna de esas condiciones parece cumplirse hoy. A esto agrega el factor político: “A las compañías les preocupa que la globalización a todo vapor del período 1990-2008 ya no esté garantizada por EEUU y ya no consiga consenso popular en Occidente” (TE 9127, “The global list”, cit.).

Los cantos de sirena de la “nueva economía” y la “revolución globótica” confunden valor de mercado de las grandes tecnológicas con su peso económico efectivo: “Las mil compañías estadounidenses más importantes de software, servicios digitales y e-commerce (incluyendo Amazon, Google, Facebook y Microsoft) tienen ventas internacionales que equivalen al 1% de todas las exportaciones globales en 2017. Facebook puede tener mil millones de usuarios extranjeros, pero en 2017 tuvo ventas internacionales similares a las de Mondelez, una firma estadounidense mediana fabricante de galletitas” (ídem). Y como ya saben los gigantes tecnológicos por su experiencia con los organismos europeos de regulación (y también los de India, por otras razones), esos servicios son altamente sensibles a la intervención política, proteccionista o no.

El debilitamiento de la globalización ya está reforzando tendencias a la regionalización del comercio y de las cadenas de suministros. Este patrón es visible también en la inversión; por ejemplo, mientras que en 2008 sólo un tercio de la IED en los países asiáticos venía de Asia, ahora esa cifra es la mitad. Esta conducta se replica en Europa, que invierte relativamente menos en EEUU y más en la UE. Y en el marco legal y regulatorio pasa algo similar, desde EEUU con su renovación del NAFTA (ahora USMCA) hasta los múltiples acuerdos intra asiáticos. Por ejemplo, la cruzada yanqui contra Huawei no tuvo ningún peso en Asia, donde las compañías chinas vienen acelerando su inversión. Pero tampoco en el Reino Unido, y la UE ya ha establecido el que probablemente sea el organismo regulador de la tecnología digital y sus usos más coherente y respetado del globo.

Este eventual cambio a un sistema más de suma de regiones y menos global presenta sus riesgos. En particular, el político, en la medida en que dos de esas regiones (la UE y Asia hegemonizada por China) tienen problemas de legitimidad: tanto China como la estructura de la UE generan resistencias al interior de los países miembros del bloque regional. Y el peso de los países líderes puede generar no sólo resentimientos sino mayores desigualdades regionales. Ante los desafíos que se avecinan para el capitalismo global en términos de calentamiento global, la automatización de los procesos productivos, el descontento con la desigualdad y ahora la pandemia, un mundo donde las líneas de falla empiezan a ser cada vez más regionales representa un problema adicional.

A estos problemas se agrega el riesgo específicamente económico. “Si estalla una guerra fría tecnológica, destrozaría las cadenas de suministros globales altamente integradas que hoy existen y forzarían un costoso realineamiento. Podría conducir incluso a una bifurcación en el despliegue de 5G, decisiva para la llamada ‘internet de las cosas’, que permitirá el manejo y monitoreo digital de hogares, empresas y ciudades enteras. Si se da esa ‘splinternet’ [división de internet en dos estándares globales, el chino y el estadounidense. MY], no sólo será cara e ineficiente, sino que no podrá abordar legítimas preocupaciones de seguridad y privacidad en cuanto a futuras ciberamenazas en la era de 5G. Pero incluso si Huawei finalmente se salva de la acción de Trump y la tregua en la guerra comercial de EEUU con China se convierte en una gélida paz, la era de cadenas de suministros sin fricciones desde Shenzhen hasta San Francisco o Stuttgart se ha terminado. En tanto la globalización se transforma en algo más turbulento, las consecuencias para las compañías multinacionales y la economía mundial pueden ser tremendas” (V. Vaitheeswaran, “The world is not flat”, cit.).

Este peligro acecha entonces no sólo a China sino a las grandes multinacionales estadounidenses, en particular las grandes tecnológicas. El ex secretario del Tesoro yanqui Henry Paulson se refirió al peligro de que “una cortina de hierro económica” pronto divida a “Chimerica” o “G2”, como se ha llamado a esta novedad de una rivalidad integrada entre dos superpotencias económicas. En ese caso, como señaló irónicamente David Rennie en el informe especial de The Economist ya citado, ambos países “no tienen nada que perder más que sus cadenas de suministros” (“A new kind of cold war”, cit.).

Y no sólo eso: en caso de “splinternet” la división excedería con mucho la cuestión de los estándares técnicos, ya que “llevaría al despliegue mundial de tecnologías incompatibles, como ocurrió en los años 70 con los sistemas VHS y Betamax. Los DVD convirtieron en obsoleta esa guerra entre dos firmas japonesas. (…) [Pero] la incompatibilidad de tecnologías se inscribiría hoy en el marco de un conflicto global. En el momento en que un país elige su campo, un número aún indeterminado de sectores económicos se verían susceptibles a presiones políticas, comerciales y militares. Washington trabaja con la lógica de la exclusión. Beijing anuncia que sus socios también son libres de tratar con quien quieran, pero establece Estados clientes. ¿Qué formas pueden adoptar las zonas de influencia más o menos exclusivas en la actualidad?” (P. Rousset, “¿A dónde nos puede llevar el conflicto?”, cit.).

Uno de los mayores problemas de este enfrentamiento, desde el punto de vista de EEUU, es que su antigua hegemonía y liderazgo indiscutido del resto de Occidente, que ya venía en serios problemas y se mantenía más por defecto que por verdadera convicción, está en serio riesgo de ser dinamitada desde dentro por la diplomacia internacional (o falta de ella, más bien) de Trump. De allí la respuesta tibia a los reclamos de EEUU en el caso Huawei; de allí que el tercer país en importancia de la UE tras el Brexit, Italia, haya hecho acuerdos profundos con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda, y los ejemplos siguen, en particular en el ámbito de la Unión Europea, que “como de costumbre, está dividida. No puede hacer caso omiso de las presiones estadounidenses ni despreciar la importancia del mercado chino. Afirma principios (frente común europeo) que no puede cumplir. Macron ilustra estas contradicciones hasta la caricatura. Es el defensor más ferviente de la firmeza frente a una China que se ha convertido en una ‘rival sistémica’ y una ‘competidora estratégica’, pero firma con Xi el mayor contrato comercial: el famoso pedido de 300 Airbus” (P. Rousset, “Xi Jinping de gira”, cit.).

Como nueva Guerra Fría, en todo caso, para EEUU el enfrentamiento con China asume características inéditas, del tipo del “choque de civilizaciones” que predicaba el reaccionario politólogo Samuel Huntington en los 90. En abril del año pasado, el director de planificación política del Departamento de Estado, Kiron Skinner, explicaba a un foro de especialistas que EEUU necesitaba una estrategia de contención contra China equivalente a la que diseñara George Kennan para la URSS. Y admitió: “La Unión Soviética y esa competencia que teníamos con ellos era, en un sentido, una lucha dentro de la familia occidental”, en referencia al origen del pensamiento marxista, y agregó: “Es la primera vez que tenemos una superpotencia competidora que no es blanca [Caucasian]” (Rennie, cit.).

El comentarista se manifiesta extrañado de que Skinner ignorara los lazos ideológicos del PCCh con Marx y Lenin, pero quien tiene razón es el funcionario de Trump: la burocracia del PCCh administra ideológicamente algo que se parece mucho más al puro nacionalismo que a cualquier variante del marxismo, y que abreva mucho más en Confucio y en la milenaria historia china que en ninguno de los elementos filosóficos, económicos y políticos de los clásicos del marxismo. A los rasgos particulares de la economía, la tecnología, la estrategia global, el régimen político y la estructura social y de clases de la China de hoy dedicaremos la segunda parte del texto.

1 En este contexto, señalamos de pasada que otro de los rasgos identificables del momento político actual de polarización es la continuidad y profundización de un proceso de adelgazamiento de la democracia liberal, cuyo imperio indiscutido como régimen, si no existente, deseable y con un sólido consenso de masas, heredado desde la caída de los regímenes stalinistas, empieza a ponerse en cuestión o al menos a relativizarse, y no sólo en los países “emergentes”.

2 Una de las amenazas de EEUU, en septiembre pasado, fue la de sacar del listado de compañías que cotizan en Bolsas estadounidenses a todas las empresas chinas. El argumento formal es que muchos de los registros financieros de esas compañías no son revelados a las entidades reguladoras de EEUU, ya que China asegura que son “secretos de Estado”. El rumor hizo pensar a muchas en un plan B, en general cotizar en la Bolsa de Hong Kong. Pero no es tan fácil desacoplar los flujos de inversión bilaterales. Enseguida sonaron llamados preocupados de administradores de fondos de pensión y mutuales, y la Casa Blanca se desentendió del asunto hasta nuevo aviso. Por las dudas, la cancillería china advirtió que “el menor intento de desacople” conduciría a un “cataclismo en los mercados financieros”. No son monedas: el valor de capitalización de mercado de las compañías chinas que cotizan en Bolsas yanquis excede 1,3 billones de dólares.

3 A saber: comercio en bienes y servicios en porcentaje del PBI, ganancias de empresas multinacionales, viajes aéreos internacionales, porcentaje de países emergentes que se aproximan a los desarrollados, flujos de inversión extranjera directa y de capital, préstamos bancarios internacionales, ventas en el extranjero de las firmas del índice S&P 500, transmisión digital internacional de datos, migración permanente al mundo desarrollado, cantidad de entregas de bienes físicos internacionales, importaciones de bienes intermedios en porcentaje del PBI.

4 Un informe del banco Credit Suisse muestra una tendencia creciente de multinacionales europeas a ubicar sus nuevas inversiones dentro de Europa, como resultado de recientes disputas legales y comerciales con países asiáticos. Entre las conclusiones, se sugiere que esas multinacionales ya no quieren planificar y ubicar sus cadenas de suministros tomando el costo como criterio predominante”. Incluso Apple estuvo sondeando a sus proveedores con la idea de mover entre un 15 y un 30% de su base de proveedores desde China a otros países del sudeste asiático o India, incluyendo el gigante taiwanés Foxconn. Pero todo esto es parte de un movimiento complejo de a la vez acortar, acelerar, diversificar y optimizar las cadenas de suministros que recién está en sus comienzos, y que la crisis actual del Covid-19 puede dejar en suspenso. Además, hay fuertes diferencias por rama industrial: mientras que indumentaria o automóviles ya muestran tendencias a la regionalización, para las compañías electrónicas y de telecomunicaciones no es tan fácil irse de China, que aporta no sólo escala sino mano de obra entrenada y productos sofisticados y diversos. La industria del hardware concentrada en el delta del Río de las Perlas no tiene igual en el mundo ni siquiera en Silicon Valley.

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