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La huelga de la General Motors, que comenzó a mediados de septiembre y puso a casi 50.000 obreros de paro a lo largo y ancho del país, está llegando a su quinta semana. Si bien la dirección del sindicato automotriz (UAW) llegó a un acuerdo con la patronal de GM, el conflicto tomó relevancia política nacional y da muestra de un aumento de la conflictividad en los sectores más concentrados de la clase obrera estadounidense, al tiempo que todos los indicadores económicos indican una nueva recesión para el próximo tiempo.

 

Un gremio con tradición de lucha

La industria automotriz ha sido históricamente una de las más importantes y concentradas en la economía yanqui. Nucleada alrededor de grandes multinacionales (General Motors, Ford, Fiat), es una rama industrial muy automatizada y con una importante división productiva: cada planta se especializa en producir una pieza de los automotores, por lo que las fábricas dependen mutuamente unas de otras; cuando se para una planta, se paran todas.

Teniendo esto en cuenta, es entendible que el gremio automotriz haya estado marcado por una alta conflictividad laboral en el siglo XX, especialmente en la década de los ’30. En los años que siguieron a la crisis del ’29, las huelgas se extendieron a lo largo y ancho de los Estados Unidos como respuesta a los altos niveles de desocupación y la pauperización de las condiciones de vida de la “clase media” (los sectores obreros más profesionalizados). Fueron apareciendo nuevas formas de lucha: los paros tradicionales con piquetes fuera de las fábricas (“picket-lines”) fueron reemplazados por las “huelgas de brazos caídos”[1] o “sit-down strikes”, en las que los trabajadores no salían de la fábrica a hacer piquetes sino que permanecían en sus puestos de trabajo, ocupando el edificio para garantizar el paro y prohibiendo el ingreso del personal jerárquico.

La más larga e importante de estas huelgas fue protagonizada por los trabajadores de la General Motors, que pararon y ocuparon varias plantas, siendo principal la planta de Flint, Michigan (ciudad que está siendo el epicentro de la actual huelga). El conflicto duró 44 días, durante los cuales los trabajadores establecieron un riguroso sistema de orden interno, garantizando alimentos, higiene y actividades recreativas para varios miles de obreros. Además, organizaron la defensa de la fábrica, haciéndole frente al intento de desalojo de la Guardia Nacional, que respondieron con armas improvisadas y mangueras de bomberos para dispersar los gases, obligando al gobierno a desistir en el intento de desalojo y llamar a una mesa de diálogo.

Si bien las conquistas económicas que se lograron con la huelga no fueron demasiado grandes, las conquistas políticas fueron muy importantes. El acuerdo firmado estableció que la General Motors debería negociar no con los trabajadores como individuos, sino con su sindicato, la UAW (United Auto Workers), que se había formado hacía tan solo algunos años y que, hasta el momento de la huelga de Flint, era una organización muy reducida, que nucleaba a las fábricas más pequeñas de la industria. Luego de la huelga, la UAW quedó enormemente legitimida ante las bases obreras, transformándose en uno de los sindicatos industriales más importantes del país[2]. Esta conquista fue, sin embargo, contradictoria: junto con el derecho a sindicalizarse, los trabajadores automotrices “ganaron” su propia burocracia sindical. La dirección de la CIO (Congress of Industrial Organizations, organismo que nucleó a los nuevos sindicatos industriales surgidos en los conflictos de los ’30, entre ellos la UAW) se dedicaría a boicotear toda huelga que no pudiera controlar desde arriba para evitar desbordes, priorizando sus posibilidades de negociación con las patronales y el gobierno[3].

 

El efecto de la globalización

El caudal político que la UAW había logrado acumular a partir de la década del 30 (más de 500.000 afiliados en varias empresas automotrices y una gran legitimidad ante su base) se iría erosionando con el transcurso de las décadas. Con el paso del Estado de bienestar al neoliberalismo y la apertura de nuevos mercados hacia fines del siglo XX (caída del muro y globalización mediante) la industria automotriz estadounidense sufrió enormes cambios. Las patronales automotrices empezaron a deslocalizar gran parte de su producción, es decir, transladaron muchas de sus fábricas hacia la periferia del planeta (Latinoamérica y Asia) donde pueden producir con mano de obra más barata y mayores niveles de explotación.

Este proceso de deslocalización dejó a considerables porciones de la clase obrera estadounidense (especialmente de sus sectores más concentrados, aquellos obreros mayormente profesionalizados, con un nivel técnico relativamente alto y salarios considerables) en la desocupación, obligándolos a buscar empleos peor pagos en sectores más precarios del mercado laboral. Gradualmente, la industria productiva pasó a ser un sector minoritario de la economía yanqui, relativamente más chico que el sector de servicios. De esta manera, lo que se erosionó fue el propio american way of life: el capitalismo estadounidense se hizo cada vez más incapaz de mantener el nivel de vida de la clase obrera.

Con la crisis del 2008, esta situación se agravó visiblemente. La propia General Motors se declaró en quiebra y, para que continúe su producción en el país, recibió un millonario salvataje de parte del Tesoro del Estado, que pasó a convertirse en accionista mayoritario de la empresa. Sin embargo, el gobierno yanqui con Obama a la cabeza se rehusó a tomar cualquier tipo de medida en beneficio de los trabajadores automotrices, por lo cual el salvataje a la General Motors estuvo acompañado por una serie de ataques y recortes a las condiciones de trabajo de sus empleados: cierre de plantas, miles de despidos, creación de un sistema de un sistema de dos niveles salariales (trabajadores estables y trabajadores temporarios, que cobran aproximadamente la mitad y poseen menos derechos laborales). Es importante marcar que esta progresiva caída de las condiciones de vida de la clase obrera estadounidense fue el causante del voto obrero a Trump, que lo hizo ganar en varios de los cordones industriales más importantes del país.

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Un panorama actual de la clase trabajadora

Desde que asumiera Trump a comienzo de 2017, se ha agudizado la polarización social y política en la sociedad estadounidense. El discurso profundamente reaccionario de Trump, que le dio nuevos impulsos a los sectores más rancios[4], generó al mismo tiempo una reacción entre los de abajo, apareciendo nuevos focos de conflicto y creciendo los movimientos sociales ya existentes[5].

En los últimos años, los conflictos de trabajadores se venían dando mayormente en el sector de servicios[6], el que emplea a la mayoría de los trabajadores del país el más precarizado en cuanto a condiciones de trabajo, salario y derechos adquiridos (generalmente, son trabajadores que carecen de afiliación sindical). Sin embargo, en los últimos dos años, se han desatado importantes huelgas en sectores más concentrados de la clase obrera estadounidense, como se vio en las huelgas docentes de Virginia y Los Ángeles[7], que movilizaron a miles de docentes durante varios días, organizando piquetes y la toma del Capitolio en Virginia, y logrando importantes conquistas; y en el paro de los técnicos de AT&T[8], que afectó el servicio de la empresa de telecomunicaciones más importante del mundo en varios Estados del sur del país y, con tras sólo 4 días de huelga, conquistó un aumento del 13% (un porcentaje bastante alto en EEUU), además de mejores condiciones de contratación y estabilidad. A esto hay que sumarle la huelga de la General Motors (que ya se configura como una huelga histórica por sus dimensiones e implicancias para el conjunto de los trabajadores automotrices) y la huelga docente de Chicago.

El centro de la conflictividad parece estar desplazándose de los sectores más precarizados (trabajadores de los servicios, sin condiciones de estabilidad, con muy pocas conquistas en cuanto a derechos sindicalización y organización) a los sectores más concentrados de la clase trabajadora. Esto es especialmente claro en GM (la autopartista más importante del país) y AT&T, pero también se expresa en los conflictos docentes. Los trabajadores de la educación ocupan un lugar muy importante en la sociedad, tanto por su relación de dependencia con el Estado (lo que en principio les proporciona mejores condiciones para organizarse y pelear) como por el hecho de que están en contacto con prácticamente todos los sectores de la clase trabajadora.

Más allá de las conquistas materiales que se consigan o no con las huelgas (aunque por ahora vienen arrojando resultados positivos), estos conflictos muestran algo todavía más importante: el avance en la conciencia de sectores concentrados de la clase trabajadora norteamericana, que había entrado al siglo XXI en un proceso de larga decadencia (tanto en nivel de conquistas materiales como de sindicalización y organización) como resultado de 3 décadas de derrotas. Ahora, la tendencia parece ser la opuesta: un proceso de gradual recomposición, avanzando en conquistas materiales, nivel de organización y consciencia: el alza en la conflictividad va acompañado de una nueva autopercepción de los trabajadores, que progresivamente empiezan a identificarse a sí mismos no ya como parte de la “clase media” sino como parte de la clase trabajadora.

El avance de la consciencia puede desarrollarse muy lentamente, pero también puede dar saltos en calidad al calor de la experiencia de lucha que desarrollen los sectores en conflicto: “el renacimiento de la huelga de masas por parte de los maestros en todo el país ha fortalecido la posibilidad de ganar huelgas largas”[9]. Después de décadas de neoliberalismo, la experiencia de los trabajadores con la crisis del 2008[10] parece empezar a romper los límites de la consciencia individualista posmoderna: el impulso de las huelgas y las conquistas conseguidas hacen caer por su propio peso el mito de la “muerte de la clase obrera” y “el fin de la lucha de clases”. Y los trabajadores norteamericanos están tomando nota de esto: no sólo crece la conflictividad sino el apoyo de la población a las luchas. En 2019, “el 64% de la población norteamericana aprueba la existencia de los sindicatos, una de las marcas más altas en los últimos 50 años y 16 puntos más que en 2009”, los trabajadores se muestran cada vez más “dispuestos a ir huelga”[11].

Esta serie de huelgas podría marcar un punto de inflexión, comenzar una tendencia en el sentido de una mayor sindicalización y mayor conflictividad[12]. Además, podría generar cierta confluencia de sectores, uniendo a las distintas franjas de trabajadores. En este sentido, las huelgas docentes han buscado la solidaridad de otros sectores, y tanto los docentes como los trabajadores de  GM han sumado las reivindicaciones de los sectores más precarizados a su pliego de reclamos (terminar con el sistema de dos escalas salariales, diferencias entre empleados permanentes y temporales, etc.). En el caso de los docentes, además, ha habido un gran protagonismo femenino, lo que puede poner en contacto la lucha de trabajadores/as con el emergente movimiento feminista[13].

Esta reaparición en la escena de los sindicatos puede configurar la recuperación de la enorme tradición de lucha de la clase obrera estadounidense (y de los sectores explotados y oprimidos en general). La clase trabajadora estadounidense es, por obvias razones, una de las más importantes y concentradas del mundo[14]. La puesta en movimiento de algunos de sus sectores principales (como el automotriz) puede tener implicancias políticas enormes, y no sólo a nivel nacional, por tratarse de la primera potencia imperialista del mundo.

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Perspectivas del conflicto de la General Motors

La huelga ya es histórica: es la primera huelga desde 2007 en la principal autopartista de EEUU, superando ampliamente la extensión de aquella (5 semanas contra paros de dos días en 2007), y la más larga desde 1970. Con piquetes en las principales fábricas, se paralizaron 33 plantas  de manufactura en 9 Estados, además de 22 almacenes de distribución[15], amén de las incontables plantas de otras empresas que dependen del funcionamiento de la GM y que se vieron obligadas a parar su producción, así como de la caída en el precio de las acciones de la empresa, costándole a la patronal un monto estimado de 2 billones de dólares.

El ofrecimiento de la GM aceptado por la dirección del sindicato consiste en un aumento de salarios y un bono extraordinario, pero deja insatisfecho el reclamo de terminar con el sistema de doble escala salarial y con el pase a planta permanente de los trabajadores “temporales” (que ya llevan varios años en esa situación). Lo que más puede generar rechazo entre los trabajadores es el hecho de que la patronal accede a continuar la producción en su planta de Hamtrack pero continúa los planes de cierre para 3 plantas más en el país, en una clara apuesta por dividir a los trabajadores del gremio (que la UAW parece estar acompañando, en una muestra de total y traicionera capitulación). La GM intenta darles algunas migajas a los trabajadores para avanzar de todas formas en sus planes. Por estas razones, varias decenas de trabajadores de la planta de Lordstown, Ohio (una de las que se intentará cerrar) acudieron a la puerta de la reunión entre la UAW y la patronal, con pancartas y al grito de “vote no!”, para presionar a la dirección del sindicato.

La principal limitación de la huelga es claramente subjetiva, el problema de su dirección burocrática. La UAW viene no sólo de una larga decadencia en fuerza y afiliados, sino también de importantes escándalos por corrupción en el último tiempo, en que se abrieron investigaciones por malversación de fondos sindicales a sus principales dirigentes. Incluso al aceptarse el acuerdo es esperable que el conflicto no quede definitivamente cerrado: queda por verse la reacción de las plantas que van al cierre, así como las próximas negociaciones en Fiat y Ford.

De cualquier manera, el problema de la dirección remite a la relación entre la creciente conflictividad sindical y la necesidad de una alternativa independiente y con un programa de la clase obrera. Si bien en EEUU no hay por el momento grandes organizaciones de la izquierda revolucionaria (aunque sí existen distintos núcleos de pequeño tamaño), se está gestando en el último tiempo un avance ideológico en las nuevas generaciones, de nuevas franjas de la juventud que se reivindican socialistas[16]. El avance simultáneo de la consciencia de la juventud (en un nivel más ideológico) y de la organización y actividad de los sectores concentrados de la clase obrera, sumados a una nueva recesión en ciernes para el 2020, dan muestras de que puede avecinarse un período marcado por choques de clase más frontales en la potencia norteamericana.

[1]    Ver Howard Zinn – “The people’s history of the United States” (Capítulo 15: Autoayuda en tiempos difíciles).

[2]    https://en.wikipedia.org/wiki/Flint_sit-down_strike

[3]    Para dar cuenta de la importancia y magnitud de este proceso, cabe mencionar que Trotsky retoma la experiencia de las huelgas ocupacionales y el crecimiento de los sindicatos industriales en el Programa de Transición, donde caracteriza a la CIO como una traba paralizante para el impulso revolucionario de las masas obreras, que parecen estar dispuestas a “elevarse a la altura de la misión que la historia les ha asignado”.

[4]      Es el caso de organizaciones supremacistas como el KKK y otras.

[5]    Es el caso del enorme movimiento de mujeres contra Trump, el movimiento antirracista nucleado alrededor del Black Lives Matters, la lucha antifa contra los sectores supremacistas y la lucha de los migrantes. Ver Ale Kur – Resistencia popular y recomposición política de la izquierda bajo el gobierno de Trump http://izquierdaweb.com/eeuu-resistencia-popular-y-recomposicion-politica-de-la-izquierda-bajo-el-gobierno-de-trump/

[6]    Es el caso del paro de trabajadores migrantes de 2017.

[7]    http://izquierdaweb.com/eeuu-historica-huelga-docente-culmina-con-importante-triunfo/ http://izquierdaweb.com/estados-unidos-culmino-la-historica-huelga-docente-en-los-angeles-con-un-importante-triunfo-parcial/

[8]    http://izquierdaweb.com/estados-unidos-20-000-trabajadores-de-las-telecomunicaciones-van-a-la-huelga/ https://thehill.com/policy/technology/459464-at-worker-union-reach-agreement-after-strike

[9]    https://www.jacobinmag.com/2019/10/general-motors-nationalization-uaw-strike

[10]  La experiencia con la pérdida de puestos de trabajo de calidad y la progresiva caída del poder adquisitiva, que cercenaron para millones de estadounidenses la perspectiva del “american way of life”, el desarrollo individual a través de elevarse socialmente.

[11]  https://www.usatoday.com/story/news/education/2019/10/18/gm-strike-uaw-contract-vote-cps-chicago-public-schools-teachers/4013610002/

[12]  En el último año fueron a la huelga 485.000 trabajadores, apróximadamente el quíntuple del promedio anual de los últimos 10 años.

[13]  En resumen de cuentas, esta posibilidad de confluencia radica en la universalidad de los intereses de la clase trabajadora, su potencial para encarnar los intereses del conjunto de los explotados y oprimidos.

[14]  Vale la pena señalar que el nivel de desocupación en EEUU es el más bajo en los últimos 50 años, es decir, que la clase obrera norteamericana se encuentra en condiciones objetivas bastante favorables para luchar.

[15]  https://www.ambito.com/trabajadores-general-motors-realizan-primera-huelga-nacional-12-anos-n5054711

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