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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Evidentemente, la repetición de las elecciones generales de este 10 de noviembre ha expresado mucho. Las mismas, que se pretendían como la vía resolutiva ante la situación de bloqueo que impedía la formación de gobierno, han operado en sentido contrario: como catalítico de la más brutal y profunda crisis política y de gobernabilidad que vive España desde la Transición. Y es que ésta España tal cual ha sido concebida, está siendo cuestionada desde lo más profundo de sus cimientos a partir del 15M del 2011 y en los últimos años con el conflicto catalán. Y así, tanto la monarquía, como el bipartidismo de los partidos tradicionales y el ordenamiento territorial de las Autonomías, han sido puestos en duda, en los hechos, en las calles y para siempre.

Lo cierto es que estas elecciones lejos de desbloquear la situación– de cara a futuras alianzas para una investidura y la posterior formación de Gobierno- han modificado el tablero político español de forma significativa, dejando el Parlamento más fragmentado y heterogéneo de la historia de la “democracia”. En él, por primera vez, la ultraderecha hace su entrada envalentonada con los buenos resultados que obtuvo.

Ahora son 16 las fuerzas que conforman el Congreso de las cuales 12 no son de alcance estatal y entre las cuales se encuentran los independentistas catalanes (desde los llamados “antisistema” y “radicales” de la CUP, los republicanos de ERC y los ex Convergentes de Junt per Catalunya), los regionalistas cántabros y los nacionalistas vascos y gallegos.

Así, el PSOE de Pedro Sánchez ha ganado las elecciones con 120 diputados, tres menos de los que obtuvo el pasado abril, seguido en segundo lugar por el PP de Pablo Casado, que en cambio, sube a 88 escaños, 22 más que en las anteriores legislativas. Los socialistas, por tanto, saldan el 10 de noviembre con una victoria agridulce, sin un horizonte claro para lograr una investidura y, sobre todo, la gobernabilidad.

Con todo, la gran campanada de estas elecciones generales en España la ha dado Vox, que se sitúa como tercera fuerza al dispararse a 52 diputados, más del doble que en abril (tenía 24). La ultraderecha ahora tiene luz verde y legitimidad para imponer debates retrógrados y humillantes que atentan contra las mujeres, los inmigrantes y las identidades sexuales y raciales y a ser uno de los principales guionistas de la próxima legislatura en el Congreso, gracias al blanqueo que le han significado estas elecciones debido a la tibia y nefasta política de no enfrentamiento hacia sus postulados por parte del resto de los líderes políticos, salvo excepciones y sobre todo, su crecimiento y fortalecimiento se explican como reflejo en espejo invertido de la situación de Catalunya en el resto del país. Su discurso de una lisa y  llana intervención en Catalunya y su propuesta de campaña de encarcelar al president de la Generalitat para acabar con los disturbios en Catalunya tras la sentencia han tenido gran calado en amplios sectores conservadores que ven en Vox una propuesta seria y terminante para acabar con los planes del separatismo catalán y la amenaza a la unidad territorial de España.

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Manteniéndose en el cuarto lugar se sitúa Podemos pero en esta ocasión pierde 7 escaños y dos millones de votos y desciende de 42 a 35 escaños, mientras que ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) se queda en quinto puesto con 13 escaños.

Desplazado del tercer al sexto lugar, Ciudadanos es el que paga la peor factura de la ingobernabilidad y se hunde a tan sólo 10 diputados de los 57 que logró en abril. Una debacle en toda regla. Tras su giro a la derecha en su afán de intentar sobrepasar al PP y ante el desarrollo e incremento de Vox, la fuerza política de Albert Rivera ha dejado de tener sentido para muchos de los que le acompañaron en los últimos años. Una derrota sin paliativos que de hecho lo llevó a dimitir como presidente del Partido, a renunciar a su acta de diputado y a dejar la política.

Con este panorama parece ser que al fin de las mayorías absolutas se le suma ahora la imposibilidad de una mayoría estable que pueda garantizar la gobernabilidad.

En la última cita con las urnas la derecha renegaba de pactos con los socialistas y había vetado a Pedro Sánchez, bajo acusaciones de no ser “constitucionalista” y de “felonía”. Ahora tanto el PP como Ciudadanos habían levantado en mayor o menor medida sus vetos al secretario general de los socialistas. Sin embargo, el PSOE insiste en que no pretende implementar una coalición en España con los populares.

Pese a que PP y Ciudadanos suavizaron el tono hace semanas y levantaron los vetos a Sánchez, el líder de los populares, Pablo Casado, ya avisó este domingo por la noche de “incompatibilidades” de su programa con el actual jefe del Ejecutivo en funciones. Por su lado Sánchez pidió “generosidad para desbloquear la situación política en España” en su intervención desde su cuartel general. “Esta vez sí o sí vamos a conseguir un Gobierno progresista”, prometió Sánchez ante sus bases, las que coreaban “¡con Rivera, no!” en abril.

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Con este panorama, el PSOE necesitaría a ERC y a PNV (Partido Nacionalista Vasco) si busca pactos para la investidura a su izquierda, además de Iglesias de Unidas Podemos (UP) e Íñigo Errejón de Mas País  (MP); lo más lógico si quiere configurar un Ejecutivo de corte “progresista”.

Otra opción para resistir en Moncloa, más complicada, sería una abstención generalizada que permita a Sánchez formar un Consejo de Ministros monocolor –lo que ha perseguido desde la convocatoria electoral en febrero del año pasado– y que haya geometría variable de cara a legislar y a aprobar la ley más importante para cualquier Gobierno, los Presupuestos Generales del Estado.

En caso de buscar la difícil abstención de los populares y de la mermada formación naranja, el presidente en funciones necesitaría también a Más País, el Partido Regional Cántabro y a Coalición Canaria o algún partido del bloque de los independentistas como el PNV que se abstenga. Una casuística compleja. Con todo, la situación sería inestable para el Ejecutivo socialista.

El independentismo y los nacionalistas periféricos han ganado escaños con la entrada del BNG (Bloque nacional gallego) y la CUP y los mejores resultados de PNV y EH Bildu en Euskadi (País Vasco) y JxCat. yERC han vuelto a ganar en Catalunya. Con todo, estas formaciones podrían volver a marcar la gobernabilidad con sus 36 escaños en global si finalmente el PSOE se acercara a UP, un escenario que a la luz de los últimos acontecimientos parece inverosímil a día de hoy.  Iglesias ya abogaba el domingo por la mañana por enterrar los “reproches” de campaña  y trabajar para la coalición que Sánchez hasta ahora ha rechazado, llegando a decir que “no dormiría tranquilo” si se hubiera consumado en julio.

Tras cuatro citas electorales en menos de cuatro años se constata que el bipartidismo resiste más o menos bien, aunque lejos de las grandes mayorías del pasado, y que las formaciones de nuevo cuño tienen más dificultades para mantener la lealtad de sus votantes.

Pero la mala salud de hierro de PP y PSOE no basta para la gobernabilidad y el bipartidismo tradicional ha dado pie a lo que ya se ha bautizado como “bibloquismo”.

Hoy España es ingobernable y habrá que ver como se desenvuelve el minué de pactos  negociaciones para despejar la incógnita; de si el próximo presidente investido gobernará o solo entrará a la Moncloa.

 

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