Economía argentina

Entre el dólar, el default y el fantasma de la protesta social

La burguesía argentina vuelve a su verde amor.

Marcelo Yunes
Intelectual marxista. Especialista en economía.


Mientras los comunes mortales nos dedicamos a ver cómo sobrevivir la pandemia, la cuarentena, la inflación que no para, la incertidumbre sobre nuestros trabajos y nuestros salarios, y ese tipo de minucias, los medios empiezan a machacar otra vez con la suba del dólar. No del dólar “oficial”, claro, sino del “dólar MEP”, del “dólar contado con liqui” y hasta del “dólar blue”. ¿Por qué pasa esto? ¿Hay que preocuparse? ¿Qué habría que hacer?

El contexto es el que todos conocemos: la clase capitalista está desesperada por reanudar la actividad económica, y que a la cuarentena –y a los trabajadores– se los lleve el viento, o el virus. Con la actividad productiva en sus mínimos, todo empresario o inversor con algo de espalda financiera se vuelca al dólar. No es difícil entender por qué: es prácticamente el único refugio para el capital cuando todo lo demás parece zozobrar.

La economía está parada. La posibilidad de hacer negocios financieros es casi nula, con tasas de interés aplastadas 20 o más puntos por debajo de una inflación que no cede. Los bonos y títulos públicos están al borde una fuerte reestructuración (ver más abajo) que prácticamente los descarta como opción, y la Bolsa porteña viene de tumbo en tumbo desde hace semanas.

Por otro lado, incluso si la negociación con los acreedores que está a punto de empezar tiene un final feliz, nadie supone que eso va a traer abundancia de dólares, que sufrirán, por lo pronto, la contracción del superávit comercial, en un marco global en el que nadie sabe qué pasará con los mercados que habitualmente le compraban. Argentina depende mucho de Brasil, que no está precisamente floreciente pero viene devaluando su moneda en grande. A esto se agrega que todos ven el festival de emisión de moneda lanzado por el Banco Central con el objeto de financiar las erogaciones extraordinarias a que obliga la cuarentena, y todo el mundo saca la misma conclusión: derecho al billete verde.

En efecto, hace tiempo que en la Argentina la clase capitalista sacó la conclusión de que ir al dólar es casi la única inversión que nunca sale mal. El resultado inmediato es que esto mete presión a la inflación y le da una coartada a las grandes empresas para seguir con los aumentos, mientras Alberto Fernández critica por TV a los abusadores sin hacer absolutamente nada.

Porque en el contexto actual, más allá del (relativo) disenso con el gobierno respecto de la extensión de la cuarentena y el (por ahora relativo) distanciamiento originado por el “impuesto a la riqueza”, los factores que importan sigue siendo los estructurales. Empezando por un problema que se vuelve urgente: qué hacer con la deuda.

Primer round por la deuda (¿habrá muchos más?)

En estos días se va a definir la propuesta a los acreedores. Según parece, implicaría una quita del “valor presente” (1) que lo llevaría al 38-40%, con una postergación por cuatro años de pago de los intereses. Sea en estos términos u otros parecidos, probablemente ocurran dos cosas. Primera, el FMI cerrará filas con el gobierno para intentar convencer a los acreedores de que esto es lo que razonablemente el país puede ofrecer. Segunda, no va a caer muy bien en el conjunto de los acreedores –que a su vez seguramente recurrirán al lobby con el gobierno yanqui–, y por eso el gobierno ya está en operativo “ablande” de algunos de los más importantes, sobre todo los grandes fondos como Black Rock y Templeton.

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El tiempo no sobra y juega en contra del gobierno. Ya la semana que viene hay un vencimiento importante; se especula que el gobierno no pagaría –sabiendo que la declaración formal de default requiere un plazo adicional de 30 días–, con la idea de cerrar el acuerdo en las primeras semanas de mayo. Pero todo el terreno es pantanoso y el contexto de crisis e incertidumbre globales hacen que sea más necesario que nunca dejar abiertas las posibilidades, que pueden ir del acuerdo amigable al portazo indignado… pero sin muchas variantes intermedias que puedan extenderse más allá de un mes. Mientras tanto, los defaults se acumulan, según la expresión del economista liberal Salvador Di Stéfano, de manera “secuencial”: con Macri, los bonos locales en bonos, ahora los bonos locales en dólares… faltan los bonos en dólares bajo legislación extranjera.

La negociación será dura para todas las partes. Sin duda, el gobierno de Alberto Fernández no tiene intención de caer en default, pero no es algo que dependa enteramente de sí mismo. Y en medio de la terrible necesidad de recursos actual, combinada con el cierre de las canillas de ingresos de divisas que podían esperarse (2), los escasos dólares de las reservas del Banco Central –y los reales disponibles son menos aún– deberán ser cuidados como oro. Del otro lado del mostrador, si los acreedores consideran que la oferta es poco satisfactoria y encima implica esperar demasiado para empezar a cobrar algo (3), pueden llegar rápidamente a la conclusión de que, si de todos modos hay que esperar, es mejor hacerlo para cobrar un juicio que en términos legales está ganado. Los márgenes son estrechos de ambos lados.

Cuentas que no cierran en una crisis que se profundiza

La pregunta que debe hacerse la mayoría de la población trabajadora es qué pasa en el mientras tanto de la negociación. La cuarentena y el parate económico requieren cada vez más la asistencia estatal, cuya única fuente de financiamiento es la emisión. Eso no se puede sostenerse indefinidamente. Pero es engañar a los demás y engañarse a sí mismo que el gobierno diga que eso puede taparse con el “impuesto a los ricos”, cuyo objetivo declarado es recaudar unos 3.000 millones de dólares. A eso puede sumarse una línea de emergencia del FMI de otros 3.000-3.500 millones (y seguimos apilando deuda). Pues bien, incluso sumando todo –y asumiendo que los ricos argentinos aportan con su mejor buena voluntad, o que el gobierno los obliga, cosas ambas que no hemos visto en este país en siglos– el monto disponible no alcanza más que para algunas semanas. Y todos tenemos claro que incluso si la cuarentena se empieza a relajar sin que haya consecuencias sanitarias –escenario para nada probable–, recuperar el terreno perdido en lo económico llevará largos meses. Así como está, los números sencillamente no cierran.

No se puede todo. No se puede bancar la cuarentena sólo con gasto estatal financiado con la maquinita de imprimir billetes sin que eso tenga un correlato en una inflación ya galopante. No se puede aliviar esa carga de indispensable gasto público con un impuesto timorato, insuficiente y por única vez a gente que no tiene la menor intención de pagarlo, por parte de un gobierno que no ha mostrado la menor capacidad de obligar a la clase capitalista a hacer la menor contribución de emergencia; los retos públicos y los arranques de indignación moral (“miserables”) no se han traducido en una sola medida efectiva. No se puede resolver el tema de la deuda con una propuesta que le deje al menos algo de aire al fisco y al menos deje conformes a los acreedores. No se puede dejar conformes a los acreedores sin dejar desfinanciado al Estado en medio de la crisis por la pandemia o sin caer en default, o las dos cosas. No se puede quedar bien con el FMI, con los acreedores, con los empresarios y con las necesidades de los trabajadores y el pueblo de este país.
En el fondo, lo que no se puede es atravesar una crisis histórica global como la que estamos viviendo, con consecuencias que por ahora apenas podemos imaginar, con una disrupción de la economía, la sociedad y la vida cotidiana tales como sólo se han visto en los países en guerra, y pretender, como lo hace el gobierno, seguir como si todo fuera normal. A grandes males, grandes remedios. Y esos remedios no son otros que la afectación inmediata de la gran propiedad capitalista.

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Lo que va mucho más allá de un impuestito filantrópico a sus fortunas personales para poner todos los recursos del país al servicio de las mayorías: poner la producción en función de las necesidades de la pandemia, sostener los ingresos populares, nacionalizar la banca y el comercio exterior, garantizar la salud y la alimentación del conjunto de la población pasando por encima del derecho de propiedad de los capitalistas. Por supuesto, no es un gobierno como el de Fernández el que va a hacer todo eso. Es por eso que en el establishment crece la preocupación, desde Emanuel Ginóbili temeroso del “proletariado que no tiene para comer” hasta el FMI alertando sobre posibles revueltas populares contra las consecuencias de la crisis administrada bajo el criterio de “la salud del capitalismo es la ley suprema”. No está mal que, por una vez, los que tengan miedo sean ellos.


Notas
1. Como explicamos en otras oportunidades, más allá del valor nominal, el valor presente de un título o bono de deuda es la resultante de variables como tasa de interés, período de acreditación de intereses sobre el capital y plazo del bono. En el caso de los títulos de deuda argentinos en manos de acreedores externos, el valor presente actual promedio ronda el 30-35% del valor nominal.
2. No sólo Vaca Muerta es un arca vacía para las necesidades de divisas. Entre una cosecha que se espera bastante menor este año que la del anterior, precios de los granos y demás commodities en descenso, mercados semi cerrados y los problemas de Brasil, que además viene con una “devaluación competitiva”, difícilmente el comercio exterior aporte el superávit al que el gobierno veía como su tabla de salvación todavía en febrero de este año.
3. Aparentemente, la oferta oficial estipularía que no habrá pagos de intereses hasta 2024 –ni devolución de capital hasta 2025–, e incluso a partir de allí los intereses serían muy bajos, empezando con el 0,5% anual e incrementando de a medio punto hasta llegar al 4,5% en 2031 (L. Franco, Ámbito Financiero, 15-4-20)

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