Nuestros autores dan un paso más en su adscripción a los motivos clásicos del “socialismo nacional”. Afirman que, en el contexto de las características histórico-particulares de las formaciones sociales latinoamericanas, no puede desconocerse el carácter de rol agente que han tenido el aparato estatal y el propio Chávez en llevar el proceso bolivariano hacia adelante. Sobre todo, destacan la singular relación de éste con las masas bolivarianas mismas como núcleo de “transformaciones positivas”.

Por ejemplo: “Este liderazgo unipersonal y carismático ha desempeñado un papel medular, sin el cual no hubiesen sido posibles los cambios políticos de estos años. Sin la capacidad comunicativa y pedagógica de Chávez, difícilmente se hubiese dado la movilización e incorporación de amplios sectores excluidos del país” (J. Sanmartino, ídem).

Este rol, visto como “eficiente” por parte del Estado y redescubierto en el proceso concreto venezolano, es otra de las marcas de identidad de la tradición “socialista nacional”. En ausencia de la tan mentada burguesía nacional como sujeto de los cambios sociales a llevar a cabo, pero también –supuestamente– de una clase trabajadora “independiente” capaz de encarar las tareas de la “revolución nacional”, aparece el sucedáneo que encandiló y lo sigue haciendo a muchos representantes de esta tradición: el sagrado Estado –asumido también, de manera muy característica, como “vacuo” o “neutral”– hace su reentrada en el “marxismo” del siglo XXI.

“La clase trabajadora, aunque ha crecido como fuerza gravitante en el proceso revolucionario (…) no ha jugado un papel ni centralizador ni de vanguardia. Esto puede estar asociado tanto al tipo de formación social basada en una economía de explotación petrolera, con una clase obrera precarizada y cuentapropista, como en la tradición política del país o en las características particulares del proceso. Sea como fuere, la formación de un partido obrero hoy no iría mas allá de la reunión de un reducido sector sindical clasista desconectado de las comunidades y movimientos populares más dinámicos (…). En Venezuela no hay indicios de que el proletariado sea el centralizadorde las aspiraciones antiimperialistas, agrarias y democráticas de las masas, ni que se encamine a la formación de su propio partido” (J. Sanmartino, “¿Gracias, por hoy paso? Venezuela, la izquierda socialista y el PSUV”, Revista de América Nº2).17

Lo irónico de este “análisis-justificación” no es sólo que opera como cerrada negativa a pelear por una estrategia obrera en el proceso venezolano, sino que los campeones del “realismo” y lo “posible”, con tal de consolidar sus “verdades redescubiertas”, se permiten pasar por alto los hechos, los tozudos hechos, que van en sentido opuesto a esta denigración de la clase trabajadora y su potencial político-social.

Veamos algunos ejemplos. Un autor abiertamente chavista plantea que “la aluvionalafiliación y organización en UNT regionales y zonales, en menos de tres años, la convirtió en la más importante organización de masas y de vanguardia del proceso político venezolano. Después de las Fuerzas Armadas, es la más importante estructura nacionalcon fuerza territorial que existe en el país” (Modesto Guerrero, “El desafío del socialismo a través del PSUV”, www.argenpress.org.ar). Y una cronista venezolana cuenta: “Viendo que su proyecto de partido (el PSUV) no termina de arrancar, y que los trabajadores siguen reclamando aumento de salarios, Chávez lanza un «huesito»: la jornada de 6 horas diarias (…). Podemos arriesgarnos a decir que esta medida trata de neutralizar a los trabajadores, el único sector que se moviliza de manera continua”. Y luego se agrega un proceso de enorme importancia, por incipiente que sea: “Está hoy, en la cabeza de cada vez más trabajadores, la idea de formar un partido de clase, independiente del gobierno, que realmente defienda los intereses de los trabajadores y los pobres y que permita organizarse para construir un verdadero socialismo” (Flor Beltrán en www.socialismo-o-barbarie.com).

Estas descripciones y definiciones permiten comprender –de manera mucho más cabal que las elucubraciones de nuestros autores sobre la impotencia e insignificancia de la clase obrera– por qué Chávez está obsesionado con liquidar la UNT y todo atisbo de organización obrera independiente.

Claro que para nuestros autores resulta altamente conveniente afirmar que el proletariado “no da indicios” de transformarse en el sujeto centralizador del proceso de la lucha. Así, se justifican dos cosas: la renuncia a la apuesta estratégica por esta perspectiva, y la conclusión de que ese rol debe ser cubierto por otro actor social. Aquí es donde asoman Chávez y el Estado chapista, que en esta concepción pasan a concebirse como “agentes transformadores” o “performativos”, como los propulsores de “transformaciones” sociales. Que en este operativo político-ideológico se arrojen por la borda los fundamentos de la concepción marxista del Estado es lo de menos…

Así, en un verdadero panegírico que rivaliza con las peores obsecuencias de la prensa chapista, se insiste una y otra vez en que Chávez es “indiscutible motor de un proceso de cambios políticos y sociales, que no hubieran tenido eco sin un movimiento popular dispuesto a entablar la lucha, pero que difícilmente lo hubiera realizado sin liderazgo político”. Queda claro que para nuestros autores el énfasis está puesto en el segundo factor: no el “movimiento popular”, sino el “liderazgo político”.

Una vez más, el afán de ensalzar al líder providencial no se toma la molestia de constatar los hechos más llanos, conocidos y demostrados. A saber, que Chávez estaba derrocado y “renunciado” en oportunidad del golpe del 11 de abril del 2002; que fue reinstalado por una acción independiente de las masas populares, que Chávez jamás alentó (¡igual que Perón en 1955!); que el quiebre del paro-sabotaje patronal en PDVSA y la industria en general fue a instancias, fundamentalmente, de un histórico ingreso a escena de la clase obrera industrial.

Al respecto, y recogiendo testimonios de estas gestas, se señala: “En las primeras horas del golpe las mayorías populares estaban expectantes, pero en la noche del 11 y del 12 se convencen que las principales destinatarias del golpe eran ellas: la caza de brujas en los barrios populares, asesinatos y allanamientos convencieron a los trabajadores y el pueblo que la cosa era contra ellos. El 13 abril cientos de miles salen a las calles. Fue una acción con muchos elementos de espontaneidad, no por que no hubiese organizaciones sino porque no fue centralizada ni convocada por nadie; cientos de dirigentes anónimos saliendo a defender las libertades democráticas. No fue Chávez el que llamó a la resistencia, ni las destacadas figuras del gobierno; fueron las organizaciones independientes, de los círculos bolivarianos, de los medios alternativos las que empezaron a reaccionar, y llegaron a copar las calles y a presionar a todo un sector del ejército que «recobró» su lealtad a Chávez. La acción del 13 de abril fue una verdadera rebelión popular contra el intento de cercenar las libertades democráticas, una acción histórica independiente de las masas que comenzó a cambiar la relación de fuerzas y abrir un profundo proceso revolucionario en el país” (Francisco Torres, “Venezuela en el ciclo de las rebeliones latinoamericanas”. Periódico Socialismo o barbarie 73).

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Y respecto del “paro-sabotaje”, se agrega: “Si la reacción burguesa e imperialista vuelve a intentar una contrarrevolución, es por la política del gobierno. Fue Chávez quien, ante el cadáver insepulto de la contrarrevolución, se apuró en resucitarlo y darle el aire que las masas le habían sacado. El mismo día de recobrar su cargo, el 14 de abril, llamó a la «reconciliación» y abrió canales de negociación con los golpistas: en primer lugar, consagrando la impunidad; segundo, abandonando el cambio de la gerencia de la petrolera PDVSA; tercero, nombró un nuevo ministro de Economía afín a los sectores contrarrevolucionarios. Toda esta política dio nuevos bríos a los sectores golpistas” (Ídem).

Pero en este contexto de más y más concesiones, la patronal se vuelve a envalentonar y lanza el paro-sabotaje: “El paro tomaba de rehén a la clase trabajadora, chantajeando al gobierno para forzar su renuncia. Pero la burguesía y el imperialismo jugaron al aprendiz de brujo y terminaron por meter en escena a quien querían tener de rehén. La clase trabajadora venezolana empezó a organizarse y a recuperar las empresas. La tripulación de los barcos deponía a los capitanes y desbloqueaba los canales de navegación. Las destilerías volvían a producir. A partir de enero, la clase obrera venezolana comienza a controlar PDVSA y a ponerla a trabajar y a producir bajo su control, en forma totalmenteindependiente. A medida que los obreros tomaban el control de las plantas, un sector de la gerencia operativa empezaba a quebrarse y aceleraba la puesta en funcionamiento” (ídem).

Fueron estos hechos, a instancias de las masas y no del “indiscutible” rol de Chávez, los que radicalizaron el proceso en curso en Venezuela. Y esta radicalización claramente ahora intenta ser reabsorbida con el lanzamiento del PSUV y los ataques a la autonomía de la UNT.

Sin embargo, nuestros autores insisten en su visión de un papel del Estado burgués con elementos “performativos”: la “dialéctica de liderazgo y masas movilizadas que se identifican y responden a iniciativas populares impulsadas desde el Estado (…) sólo es posible comprenderla bajo otro concepto que el de una dicotomización entre el arriba manipulador y el abajo desorganizado”; se trataría de una “interpelación desde arriba e iniciativas tomadas desde abajo que constituyen un terreno de subjetivación política cualitativamente diferente al tipo de movilización clientelar del pasado” (J: Sanmartino, cit.).

Más allá de que la movilización bolivariana tiene sus mecanismos específicos, éstos de todos modos incluyen un fuerte componente clientelar; aunque no se trate sólo de eso. Esos mecanismos clientelares siguen teniendo un peso innegable, como surge de cualquier testimonio que no sea meramente apologético; negar esta realidad sólo puede estar al servicio del embellecimiento del chavismo. Por otra parte, es obvio que Chávez ha levantado en diferentes momentos banderas y reivindicaciones populares que son las que explican en parte su poder de movilización, lo que, claro está, lo distingue de los mecanismos de la AD y el COPEI. Pero esto no es ninguna novedad histórica: ha sido así con todos los populismos.

De todos modos, lo más problemático de la definición citada reside en otro lugar. Y es el hecho que se conciba al Estado como un agente de cambios más allá de todo limite, soslayándose la necesidad de poner en pie un movimiento de la clase trabajadora independiente del chavismo, sin lo cual, a nuestro modo de ver, no se podrá avanzar en un curso efectivamente anticapitalista y menos todavía socialista.

No se trata sólo de que –con más instinto que nuestros autores– inmediatamente después del doble proceso de derrota del golpe y del paro sabotaje, Chávez buscara mecanismos para inhibir el curso independiente de las masas, y en eso sigue hoy. En un sentido más profundo, lo que está sobre el tapete es el problema teórico más general de concebir la posibilidad de que un Estado burgués adopte un curso “antiburgués”. Así, se pierden completamente de vista parámetros estructurales, que hacen al carácter mismodel Estado y que imposibilitan la “transmutación” que esperan nuestros autores.

A saber: la continuidad de la gran propiedad privada –y de un capitalismo de Estado que no significa que la economía está en manos de los trabajadores–; la existencia de unas Fuerzas Armadas, que por muy “bolivarianas” que se proclamen, no son milicias populares sino el mantenimiento del monopolio de la fuerza por parte de un Estado que, evidentemente, sigue siendo burgués; la continuidad y reforzamiento del mecanismo plebiscitario y de las instituciones de “representación” que, por más “participativas” que se califiquen, de ninguna manera constituyen organismos de poder de las masas.

El Estado populista burgués chavista se podrá “reformar” todo lo que se quiera… pero lo que evidentemente nunca podrá ser es el “semi-estado de los obreros armados” al que se refería Lenin; es decir, basado en sus propios organismos de representación y violencia organizada contra la clase capitalista.

Sin embargo, se insiste en que “el papel preponderante del Estado en la reconfiguración del proceso venezolano demuestra la vitalidad populista en el continente”. Se trataría de “un fenómeno histórico y no de una técnica coyuntural de manipulación política”, porque “el elemento estatal es preponderante en toda la formación social latinoamericana” (en contraste con el caso europeo occidental) y porque habría sido “la arena institucional-estatal, desde el período de la independencia, desde donde se ha proyectado la conformación de una sociedad civil moderna. Esta influencia estatista, provista por todo el desarrollo histórico latinoamericano, se agudiza en Venezuela, cuyo sostén es, desde la década del 30, la renta petrolera (…) El estado fue siempre un mediador fundamental en la alianza de actores sociales, cobrando primacía sobre las organizaciones intermedias (sindicatos, organizaciones profesionales, movimientos agrarios o comunitarios), las cuales se han desarrollado bajo su tutela o estructuradas de acuerdo a su relación con él” (J. Sanmartino, cit.).

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Este canto de alabanza al Estado disfrazado de consideraciones historiográficas superficiales no es más que una adaptación oportunista al renovado estatismo ambiente, que toma como un hecho inmodificable la valoración de que las masas populares latinoamericanas habrían expresado históricamente menores niveles de autonomía, razón por la cual toda estrategia independiente y de autodeterminación estaría condenada de antemano al fracaso.

En este marco, se agrega un matiz: “Esta relación asimétrica se reprodujo en el proceso bolivariano, pero este ha dado lugar a un proceso de retroalimentación abierta que por primera vez en la historia moderna venezolana abre la posibilidad de un desarrollo considerablemente más autónomo de las clases explotadas, condición indispensable para cualquier proyecto socialista”.

Curiosamente, esta última condición –que compartimos– no parece francamente preocupar demasiado a quienes la formulan, porque según ellos no se trata en Venezuela de inspirarse en el “modelo soviético”, experiencia histórica clásica que demostró la necesidad de destruir el Estado burgués y que fue –hasta hoy– el ejemplo más grandioso de autodeterminación independiente de los trabajadores.18

Veamos qué vía alternativa se propone: “El problema del doble poder es también una cuestión crucial. Imaginar el modelo soviético en Venezuela, parece no coincidir con elcontenido contradictorio y la arena de disputa que es hoy el gobierno venezolano. Supone un movimiento popular formado enteramente contra el Estado, como en el caso zarista. Es mas apropiado aquí el ejemplo chileno, donde embriones de poder popular fueron al comienzo promovidos por Allende y la Unidad Popular (…) es indiscutible que organizaciones de poder popular están surgiendo y lo seguirán haciendo promovidos por el mismo Chávez, con todos los peligros de institucionalización que implica la organización por arriba” (J. Sanmartino, cit.).

De más está decir que, desde el punto de vista marxista, considerar al gobierno de Chávez como arena de “disputa”, es realmente un escándalo. Porque una cosa es que todos los fenómenos sociales (y un gobierno, obviamente, también lo es) supongan tendencias contradictorias, y otra muy distinta es que se pierda de vista su fundamentomismo –social y material–, que es el que establece determinados límites a los fenómenos en estudio. Decir que el gobierno de Chávez es burgués y no burgués al mismo tiempono es “dialéctica”, sino puro eclecticismo, ya que la dialéctica se opone a la lógica formal superándola, no quedando por detrás de ella.

Pero se ve que estos jueguitos están de moda. Miguel Mazzeo (rancio antitrotskista), defiende la misma visión antimarxista sobre la naturaleza del Estado chavista: “Venezuela nos propone un modelo de Estado de transición democrática, nacional, popular (no populista). Modelo muy lejano al de la socialdemocracia alemana de los tiempos de Bebel, y por lo tanto igualmente distante de las críticas de Engels o Bakunin (…). En Venezuela vemos cómo el Estado se construye como contradicción, como espacio de disputa y campo de batalla” (M. Mazzeo, “La revolución bolivariana y el poder popular”. En Venezuela: ¿la revolución por otros medios?, Buenos Aires, Dialectik, 2006).

En todas estas elucubraciones –que no hacen más que reciclar con lenguaje (pos)moderno tópicos viejísimos del reformismo del siglo XIX–, lo que se deja de lado es una de las mayores enseñanzas histórico universales dejadas por la revolución rusa de 1917, consignada por Lenin en El Estado y la revolución: que el Estado burgués no puede ser simplemente “tomado”, sino que debe ser destruido. Y que en su reemplazo debe venir la clase obrera organizada como clase dominante. Es decir, una institucionalidad alternativa conformada por los organismos de poder construidos por los propios trabajadores.

Pero si hablamos de un escándalo teórico, el escándalo político es, si se quiere, aún mayor, porque estas definiciones son contemporáneas, casi simultáneas, al ataque público que ha lanzado Chávez contra la organización más importante e independienteque ha dado la “revolución bolivariana”: la UNT, y contra el principal dirigente obrero del país, Orlando Chirino. El proceso de institucionalización y cooptación –por las buenas o por las malas– ya llegó y ha venido para quedarse, y ese hecho es más fuerte que las elucubraciones autojustificatorias del abandono del marxismo.

La “teorización” sobre del peso y rol del Estado burgués en las formaciones sociales latinoamericanas no es un “aporte académico”, sino una elaboración ad hoc, al servicio de presentar al Estado como un dato “inevitable” para la acción política de la izquierda. Con ello se tira por la borda, conscientemente o no, toda perspectiva deautodeterminación de los trabajadores en beneficio del estatismo del “socialismo nacional”, tan en boga en el siglo XX y tan ajeno a la tradición del marxismo clásico.

Mazzeo afirma que en Venezuela existirían “indicios de un pueblo que avanza sobre las superestructuras y de un Estado que acepta los mecanismos y las instancias establecidas por las organizaciones de base (…) a medida que progresa el poder popular se debilita el del Estado. ¿Un estado contra su propio mito? ¿Un Estado conjurado por el estado? ¿Un Estado que cava su propia fosa?” Casi de manera insensible, en esta visión, el Estado burgués “acepta” pacíficamente transformarse en un no-estado, disolviéndose en la “sociedad civil”.

Incluso más: podría convertirse explícitamente en un agente de cambio “socialista”: “las nacionalizaciones dentro de los límites «burgueses» y el capitalismo de Estado (…) dada la serie y la pugna en la que se inscriben, pueden terminar siendo el paso previo de la profundización del proceso en un sentido anticapitalista. Sólo la situación de la lucha de clases puede convertir al capitalismo de Estado en un índice de transición al socialismo” (Mazzeo, cit.).

La estrategia que se desprende aquí es evidente: no se trata de que los trabajadores construyan sus propios organismos de poder. Bastaría con que ocupen su lugar en el Estado chavista, y “presionen fuerte” dentro de él…

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