El régimen político de la democracia de los Soviets (octubre 1917- julio 1918)

Por Alejandro Kurlat, Universidad de Buenos Aires. Publicado originalmente en revista Hic Rhodus n° 13, diciembre de 2017

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Alejandro Kurlat

Aclaración preliminar

El artículo que presentamos a continuación es una versión extendida y ligeramente reformulada del trabajo publicado en la revista Hic Rhodus n° 13 (diciembre 2017), que puede ser consultada en http://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/hicrhodus. Las principales modificaciones con respecto a la versión original son la inclusión de los apartados n°3 (El Partido Bolchevique en el régimen soviético) y del apartado n° 7 (El partido y el proletariado luego de julio de 1918).

Abstract

En este artículo nos proponemos analizar las características generales del régimen político fundado por la revolución rusa de octubre de 1917, que conservó un determinado núcleo de aspectos de su funcionamiento hasta julio de 1918. Durante este período, tomaremos la definición de dicho régimen como una democracia de los soviets, basada en la predominancia política de los trabajadores urbanos, y en especial los de la industria. El rasgo específico y distintivo del periodo abarcado es la coexistencia dentro del sistema de diversas fuerzas políticas que operaban con cierto grado libertad, discutían abiertamente sus posiciones y eran elegibles como parte de los organismos de poder estatal.

1) Introducción: Los soviets entre febrero y octubre

A partir de la revolución de febrero de 1917, en el territorio del Imperio Ruso se extendió ampliamente un tipo de organización político-social conocido como soviet o consejo de delegados, que era electo por los obreros en las fábricas, los soldados en el frente de combate y los campesinos en el agro. Esta forma de organización abarcaba a multitudinarios sectores de las clases populares.

Ante los ojos de los trabajadores urbanos, los soviets eran una referencia política de primer orden. Esto se debía, en primer lugar, a que sus delegados eran electos directamente por ellos, desde su propio lugar de producción (las fábricas y empresas), a que eran revocables en todo momento, y que en muchos casos las asambleas de base les imponían su propio mandato sobre diversos asuntos. Los soviets además se coordinaban entre sí en distintos niveles hasta abarcar el país entero, lo que los convertía en un factor de movilización enormemente efectivo. De esta manera, en el periodo comprendido entre febrero y octubre de 1917, los soviets ejercieron en los hechos una suerte de doble poder, apoyado en la movilización de masas, en las huelgas y en el armamento popular (Serge, 2008: 35-36).

Durante el mes de agosto, tras la derrota del intento de golpe de Estado de Kornilov, el estado de ánimo cambió rápidamente en el proletariado de las dos principales ciudades del país: la capital Petrogrado y Moscú (ambos grandes bastiones industriales). En muchas fábricas los obreros se posicionaban por el traspaso de la totalidad del poder a los soviets y por el fin de los gobiernos de coalición con la burguesía, que habían sido incapaces de llevar adelante las demandas populares. Esto se vio acompañado por una oleada de apoyo mayoritario al Partido Bolchevique, que levantaba precisamente ese programa. Este apoyo masivo le permitió a los bolcheviques obtener por primera la mayoría de los delegados en las elecciones de los soviets de ambas ciudades, y de esa manera ganar el control de sus órganos ejecutivos (Serge, 2008: 40).

Bajo esa nueva dirección bolchevique, el soviet de la capital conformó su Comité Militar Revolucionario, que organizaría la insurrección del 25 de octubre por la cual se destituyó al Gobierno Provisional. De esta forma, la Revolución de Octubre fue ejecutada por un organismo soviético surgido del voto obrero, cumpliendo con la voluntad mayoritaria de sus electores (Serge, 2008: 54-55). La propia insurrección fue llevada a cabo por las Guardias Rojas, milicias obreras organizadas directamente desde las fábricas (Serge, 2008: 50-51), con el apoyo de regimientos revolucionarios de las fuerzas armadas.

Al día siguiente del levantamiento armado, se reunió el Segundo Congreso Pan-Ruso de los Soviets de Trabajadores y Soldados (en representación de los soviets de todo el país). Allí los bolcheviques contaban, por primera vez, con una mayoría de los delegados. Con esta composición, el Congreso resolvió el traspaso de la totalidad del poder a los soviets, conformando un gobierno revolucionario que actuaría bajo su responsabilidad: el Consejo de Comisarios del Pueblo. El Congreso eligió también un Comité Ejecutivo Central de Toda Rusia, su principal representante en los períodos entre sesiones.

La toma del poder por los soviets fue apoyada no solamente por los bolcheviques y sus simpatizantes (que abarcaban mayormente al proletariado urbano y a buena parte de las tropas del frente occidental), sino también por amplios sectores de otros partidos. Era el caso principalmente del ala izquierda del Partido Socialista Revolucionario, con una enorme incidencia en el campesinado. De esta manera, el nuevo régimen reflejaba la voluntad de un amplio bloque de fuerzas sociales, que incluía a una porción muy considerable de la población de Rusia. En los meses siguientes a la toma del poder esta alianza terminó de cristalizar con la incorporación de los SR de izquierda al gobierno soviético mayoritariamente bolchevique (Serge, 2008: 118).  

2) Las características generales de la democracia de los soviets (octubre 1917-julio 1918)

La vida política de los trabajadores

El régimen que se instaló en octubre del ’17 se caracterizaba (por lo menos en los primeros meses) por una gran ebullición popular. En cuanto a la clase obrera urbana, esto se plasmaba no solamente en los soviets sino también en toda clase de organismos. Era el caso centralmente de los Comités de Fábrica y de los sindicatos, organizaciones con una enorme vitalidad y donde se procesaban todo tipo de discusiones políticas y se expresaban diversas tendencias.

El ejemplo más destacado de lo anterior se desarrolló alrededor la formación del gobierno soviético, donde se planteó el dilema de si debían incluirse o no las otras fuerzas socialistas (no bolcheviques) dentro del gobierno. Gran cantidad de organismos obreros tomaron posición en este debate, e inclusive el sindicato ferroviario tomó la iniciativa de “mediar” entre las partes para intentar hacer fructificar la iniciativa (más allá de haber terminado en un fracaso).

Otra gran discusión se desplegó en relación al control y gestión de la producción: se debatió ampliamente si esta debía permanecer en manos de los comités locales fabriles, de los sindicatos de rama, de los organismos gubernamentales de planificación, etc. En muchos casos los propios trabajadores presionaban al gobierno para que nacionalice las fábricas, tomaban en sus manos la administración o por lo menos les imponían sus propias condiciones a los patrones (Smith, 1985).

En los primeros meses de la revolución, los propios trabajadores muchas veces tomaban posición frente a los grandes hechos políticos directamente desde sus asambleas de base, ya sea para apoyar las medidas del gobierno o para rechazarlas. En función de sus resoluciones, en ocasiones elegían revocar a sus representantes electos y reemplazarlos por otros, tanto en los soviets como en comités de fábrica y sindicatos (Mandel, 1984: 388-389). Estas reuniones políticas de obreros de base, sin embargo, se fueron achicando en los meses siguientes como producto de crecientes dificultades, que desarrollaremos en otro apartado.

De conjunto, todos los elementos que venimos desarrollando interactuaban entre sí dando lugar a un sistema globalmente democrático, donde los trabajadores eran el elemento central de la vida política -con amplio lugar para diversos posicionamientos, críticas y tendencias. Muy lejos se estaba del monolitismo burocrático que tendería a instalarse en otros periodos, y especialmente luego del triunfo del estalinismo.

El apoyo obrero al régimen revolucionario

En los primeros meses de la revolución una abrumadora mayoría de los trabajadores de las grandes ciudades apoyaba al gobierno soviético. Los resultados de las elecciones a representantes para la Asamblea Constituyente, que se llevaron a cabo el 25 de noviembre de 1917, aportan una estadística muy fiable de lo anterior, ya que dichas elecciones fueron totalmente libres, universales y con plena libertad para los partidos políticos (incluidos los partidos de la burguesía) para presentarse y desarrollar sus campañas. Además, en las grandes ciudades las figuras de participación fueron muy altas.

Dichos resultados muestran que en Petrogrado y Moscú (las grandes capitales en las que se había desarrollado la revolución de octubre) los bolcheviques obtuvieron un triunfo significativo, así como en otras ciudades industriales, en la flota del Báltico y en los soldados de frentes occidental y norte. En Petrogrado obtuvieron el 45% de los votos (frente a un 26% de la segunda fuerza, los demócrata-constitucionales). En Moscú obtuvieron el 48% de los votos (frente a un 34,5% de los demócrata-constitucionales). En ambas ciudades, los bolcheviques obtuvieron grandes mayorías en los barrios obreros (Rabinowitch, 2007: 69). Esto significa que el proletariado de las “capitales” le otorgaba plena legitimidad al nuevo gobierno soviético. El apoyo proletario al gobierno se ratificó también en enero del ’18, cuando los bolcheviques obtuvieron mayoría de delegados en el primer Congreso de Sindicatos de toda Rusia (Carr, 1979: 26).

Estos niveles de apoyo no se mantuvieron con la misma intensidad a lo largo de todo el periodo, pero aun así el gobierno soviético siguió siendo mayoritario entre los trabajadores: inclusive en junio del ’18, en condiciones muy difíciles, los bolcheviques (y en menor medida los SR de izquierda) volvieron a ganar las elecciones a delegados del soviet de Petrogrado en las fábricas de la ciudad (Mandel, 1984: 446). Otra muestra del compromiso de los trabajadores con el poder soviético era el envío permanente de voluntarios obreros de las fábricas a los frentes de combate de la Guerra Civil (nutriendo primero las Guardias Rojas y luego el Ejército Rojo), así como los enormes esfuerzos realizados para garantizar el abastecimiento. Sin este apoyo activo, no hubiera sido posible vencer a los ejércitos blancos sostenidos por las grandes potencias mundiales.

Por otra parte, el apoyo al gobierno soviético parece haber sido más débil en las ciudades del interior -como las capitales provinciales-. Allí el nuevo régimen tuvo mayores dificultades para instalarse, y luego de la oleada de entusiasmo inicial con la revolución, el estado de ánimo parece haber girado mayormente al apoyo de las fuerzas opositoras (Brovkin, 1983).

La estructura institucional del poder soviético

Durante el periodo estudiado, el sistema soviético poseía dos organismos que concentraban la mayor parte del poder político: el Consejo de Comisarios del Pueblo –C.C.P.- y el Comité Ejecutivo Central –C.E.C. Ambos eran electos por el Congreso Panruso de los Soviets. El Congreso a su vez estaba formado por representantes de los soviets de niveles inferiores, que en última instancia eran electos principalmente por los obreros y soldados en las ciudades, así como por los campesinos en el agro (aunque con una representación proporcionalmente menor, aspecto que desarrollaremos más adelante). De esta manera, las instancias superiores del régimen soviético eran electas indirectamente por los sectores de la sociedad agrupados en los soviets, funcionando ante ellos como una especie de democracia representativa.

Estas dos máximas instancias (C.C.P. y C.E.C.), por otra parte, concentraban indistintamente funciones legislativas, ejecutivas y judiciales: no aplicaba aquí el concepto de división de poderes. Entre ambos organismos existía una división funcional del trabajo: el C.C.P., más reducido (alrededor de 20 miembros), era el gobierno cotidiano de Rusia. De allí provenía la mayor cantidad de decretos, con la mayor cantidad de responsabilidades a su cargo y con mayor frecuencia de reuniones. Cada “comisario del pueblo” estaba encargado de un área específica de gobierno sobre la cual poseía plena autoridad, contando con toda una estructura propia. En términos generales era asimilable al gabinete de ministros de los gobiernos tradicionales, aunque con mayores poderes y competencias.

El C.E.C., por su parte, actuaba como una instancia ampliada de deliberación y control sobre el C.C.P. Tenía una cantidad de miembros mucho mayor -entre 200 y 350- e incluía a representantes de los partidos presentes en el Congreso de los Soviets, en proporción a su cantidad de delegados en el mismo. Se reunía con menor frecuencia y solía ser, durante el periodo estudiado, un ámbito de discusión (aunque también de consenso) entre las fuerzas de la coalición gobernante. Por ello en cierto sentido era asimilable a un parlamento.

En teoría, el C.E.C. tenía una autoridad jerárquicamente mayor al C.C.P., ya que era el depositario más directo de la soberanía del Congreso de los Soviets: esto debía otorgarle competencias y poderes prácticamente ilimitados. Pero en la práctica, el Consejo de Comisarios del Pueblo gobernaba con plena independencia, rehuyendo a toda forma de control: alegaba para ello el derecho a legislar en condiciones de urgencia. Esta cuestión fue una fuente permanente de roces entre los diversos partidos del régimen (Rabinowitch, 2007). Los conflictos entre estos organismos, sin embargo, quedaban neutralizados en última instancia ya que en ambos los bolcheviques contaban con mayoría propia: si sus partidarios votaban de manera uniforme, todas sus propuestas eran aprobadas.

El Congreso panruso de los soviets era la institución de la que en última instancia emanaba la autoridad política del conjunto del sistema, y que elegía los miembros del Comité Ejecutivo Central. Luego del Segundo Congreso que decidió el traspaso del poder a los soviets y conformó el gobierno soviéticoel Congreso se reunió en el período estudiado en tres ocasiones: el Tercer Congreso (enero del ’18) que ratificó la disolución de la Asamblea Constituyente y emitió la Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado, el Cuarto Congreso (marzo del ’18) que ratificó el tratado de paz de Brest-Litovsk y el Quinto Congreso (julio del ’18) que aprobó la Constitución Soviética. Dado que tanto las decisiones cotidianas como la deliberación se realizaban en el C.C.P. y en el C.E.C., la función específica de los Congresos parece haber sido más bien protocolar, aunque también eran tribunas en las que los principales partidos expresaban sus posiciones sobre los grandes hechos políticos.

En todas estas instancias del poder soviético, al igual que en los soviets locales, regía un sistema multipartidista: hasta junio de 1918 eran legales y elegibles a los distintos organismos soviéticos (así como a otros organismos no gubernamentales como sindicatos y comités de fábrica), además del Partido Bolchevique, los SR de izquierda, los SR de derecha, los mencheviques y otros grupos menores. Todas estas fuerzas tenían presencia en los distintos niveles del sistema de soviets, en proporción al grado de apoyo que obtenían entre las bases.

En especial, en las instancias superiores tenían peso no solo los bolcheviques, sino también los SR de izquierda que eran parte de la coalición gubernamental -hasta su ruptura en marzo del ’18, como producto de la firma del tratado de paz con Alemania. Si bien el partido Bolchevique concentraba la mayor parte del poder, no ejercía sobre él un monopolio absoluto, sino que existía una dinámica de discusiones, negociaciones y consensos dentro de los organismos soviéticos.

Con respecto al poder local en las ciudades, el gobierno soviético disolvió las dumas municipales, parlamentos surgidos durante el zarismo y que se negaban a colaborar con el nuevo régimen. Con ello el gobierno municipal pasó a estar en manos de los soviets de ciudad[1] y de distritos. Estos organismos conservaron ciertas dosis de autonomía, aunque los niveles soviéticos superiores tenían la facultad de imponerles sus decisiones, y debían orientar en líneas generales su actividad. Con el paso del tiempo, la tendencia a la centralización se acentuó cada vez más, fortaleciéndose las estructuras nacionales a expensas de las locales -especialmente a través del monopolio que el gobierno central poseía sobre las finanzas del conjunto del sistema (Carr, 1985 :134).

Por último, según el artículo de Brovkin (1983), en las ciudades del interior muchas veces las fuerzas opositoras (mencheviques y SR de derecha) obtenían mayoría en las elecciones a soviets locales, ante lo cual los bolcheviques procedían a disolverlos por más que se basaran en el apoyo popular.

Los Soviets frente a las clases sociales no proletarias

Como producto del desarrollo desigual y combinado de Rusia, la abrumadora mayoría de la población vivía en el campo, bajo relaciones de producción prácticamente pre-capitalistas. El proletariado moderno, concentrado en las grandes ciudades, era una pequeña minoría de la población. El régimen de los soviets pretendía incluir al campesinado, pero al mismo tiempo estaba concebido para darle un peso mayor a los trabajadores urbanos, que eran considerados la base fundamental del nuevo poder político. Por ello no se aplicaba un mecanismo de voto al estilo de las democracias occidentales (“una persona un voto”), que hubiera otorgado al campesinado un predominio absoluto. En cambio, este problema se resolvió utilizando -desde el tercer Congreso panruso de los soviets- un mecanismo electoral que establecía una ponderación del voto urbano sobre el rural en una relación de 5 a 1[2] a favor del primero. De esta manera, los campesinos también votaban a sus representantes y eran plenamente parte de la estructura soviética, pero con un peso real proporcionalmente mucho menor al del proletariado.

Con respecto a los miembros de las grandes clases propietarias, el criterio que orientaba al régimen de los soviets era el de la dictadura del proletariado en términos de Marx y Engels: es decir, se las consideraba totalmente excluidas del ejercicio del poder y se disponía de todos los medios necesarios para quebrar sus resistencia política y económica. Así, por ejemplo, se aplicaba la censura a la prensa favorable a la burguesía, así como a los partidos políticos que la representaban (en primer lugar, el Partido Demócrata Constitucional de las clases altas de la sociedad -que impulsaba junto a ex oficiales zaristas un levantamiento armado anti-soviético). Con este mismo motivo fue fundada en diciembre del 17 la “Comisión Extraordinaria Panrusa para la lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje” (conocida como Cheka por sus siglas en ruso), organización de inteligencia política y militar responsable directamente ante el C.C.P. pero con una gran dosis de autonomía para llevar adelante medidas represivas. Su existencia y accionar fue objeto de grandes debates en el período estudiado (entre los diversos partidos políticos, e inclusive dentro del propio Partido Bolchevique), y sigue siendo fuente de controversias en la actualidad.

3) El Partido Bolchevique en el régimen soviético

A lo largo del apartado anterior hemos desarrollado las formas institucionales que adoptó el régimen de los soviets, pero esta descripción sería profundamente incompleta sin analizar a la organización que dotaba a aquel de su contenido y significado político-social: el Partido Bolchevique (renombrado “Partido Comunista” desde marzo de 1918).

Dado que este partido poseía una mayoría de miembros en todas las principales instancias del régimen (incluido, especialmente, el Consejo de los Comisarios del Pueblo), sus concepciones, su rol y su modo de funcionamiento se volvían absolutamente centrales. El Partido Bolchevique/Comunista era así el principal centro político en el que se discutían y resolvían los lineamientos que luego el régimen de los soviets terminaría aplicando. En particular, su Comité Central partidario (y, con menor frecuencia, los Congresos del partido) era el epicentro del poder político real y concreto. Esto hacía que el propio Partido fuera un hervidero de debates y tendencias internas, como reflejan las amplias discusiones que se desataron alrededor de la cuestión de la toma del poder, de la conformación del gobierno soviético, de la disolución de la Asamblea Constituyente, de la firma del tratado de Brest-Litovsk, del empleo de “especialistas” de origen burgués, de la implementación de administraciones unipersonales en las fábricas, etc.

Durante el periodo abarcado en este trabajo, todas estas discusiones internas en el Partido Bolchevique/Comunista se procesaron con la más amplia democracia partidaria, respetando los derechos de minorías y mayorías a expresarse. La democracia en el partido dirigente era un elemento fundamental de la democracia de los soviets, y que sobrevivió inclusive durante varios años después de la exclusión de las fuerzas no-bolcheviques de los soviets (Sáenz, 2017). Solo a partir del X Congreso del Partido (en 1921) se prohibiría la formación de tendencias internas, amenazando con liquidar uno de los últimos bastiones de democracia proletaria en el sistema.

Partido, Soviets y oposición

La existencia de una mayoría bolchevique/comunista en los soviets era una condición esencial para la subsistencia del propio régimen de poder soviético. Mientras los sovietsestuvieron mayoritariamente en manos de fuerzas como los mencheviques y los “Socialistas Revolucionarios” (es decir, hasta agosto-septiembre de 1917), estos se veían a sí mismos como meros organismos “auxiliares” (o en todo caso como “contrapeso”) de las instituciones republicanas-burguesas. Solo cuando los bolcheviques ganaron la mayoría en ellos, comenzaron a transformarse en centros de poder político alternativo, que respondían a los intereses de otra clase social diferente y antagónica a la burguesía.

Esto se debe a las concepciones político-estratégicas de fondo de cada fuerza política. Para las corrientes como el menchevismo, la revolución rusa no debía superar nunca la fase burguesa, ya que en un país atrasado como Rusia la economía no estaba madura para una transformación socialista. Era necesaria primero una larga etapa de desarrollo capitalista, que transformara por completo la estructura económica, social y política. Toda tentativa de introducir el socialismo en las condiciones existentes era “prematura” y solo podía llevar a un colapso económico. De estas concepciones se desprendía que la dirección política de la revolución debía ser burguesa, y la forma de poder dominante la república democrática tradicional en Occidente. Esto los había llevado a sostener al Gobierno Provisional (contra el cual se realizó la Revolución de Octubre), a apoyar luego a la Asamblea Constituyente y a ubicarse como oposición al gobierno soviético.

El Partido Bolchevique/Comunista se ubicaba en las antípodas de este tipo de concepción. Este partido se caracterizaba desde sus orígenes por su rechazo a cualquier expectativa en que la burguesía pudiera jugar algún tipo de rol progresivo en el proceso revolucionario ruso. Desde las famosas “Tesis de abril” de Lenin (1917), el rol de vanguardia era asignado principalmente al proletariado (y en menor medida, a los campesinos pobres): de esto se desprendía la importancia fundamental de que el poder fuera traspasado en su totalidad a los soviets obreros y campesinos, en contraposición con toda idea de retroceder a una “república burguesa”. El establecimiento de un gobierno sobre estas bases, el control obrero de la producción y la nacionalización de la banca se combinarían con el desarrollo de la revolución en otros países más avanzados, dándole así a la revolución un rusa un carácter cada vez más socialista.

Por estas razones, la misma noción de un “régimen de soviets” iba aparejada a la capacidad de los bolcheviques de orientarlos políticamente: si los bolcheviques perdían su dirección frente a las fuerzas opositoras que existían en Rusia en dicho periodo, esto solo podía llevar a la propia anulación de los soviets como organismos de poder. Esto explica la incómoda dialéctica entre democracia soviética y medidas represivas que caracterizó en parte a este periodo, y especialmente luego de julio de 1918. Para conservar el poder de manera democrática, los bolcheviques/comunistas necesitaban el apoyo claro y decidido de una mayoría del proletariado. Pero en los periodos en que dicho apoyo se retraía (y especialmente, cuando la propia fuerza material del proletariado disminuyó como producto de las condiciones económicas), los bolcheviques no podían simplemente ceder el poder a la oposición sin dar lugar al riesgo de que todo el sistema se derrumbase y se impusiera la contrarrevolución. Este dilema fue exactamente el que el Partido Comunista debió enfrentar a fines de 1920 y comienzos de 1921, una vez terminada la Guerra Civil (Sáenz, 2017).

4) La disolución de la Asamblea Constituyente

El primer gran dilema relacionado con la consolidación del nuevo régimen político se planteó alrededor de la reunión de la Asamblea Constituyente. En las elecciones a representantes para aquella (realizadas en noviembre de 1917), los bolcheviques habían obtenido un triunfo entre la mayoría de la clase obrera urbana, pero esta era demográficamente una pequeña minoría del país. En cambio, entre los campesinos (que eran la gran mayoría de la población rusa y por lo tanto de los electores a la Constituyente) había ganado abrumadoramente el “Partido Socialista Revolucionario”, que de esa manera se quedó con la mayoría absoluta de los representantes a la Asamblea. Los bolcheviques quedaron globalmente en un segundo lugar, pero muy por detrás de los SR (Carr, 1979: 7).

Por otra parte, las listas de candidatos a Constituyentes de los SR habían sido elaboradas en septiembre de 1917, antes de la Revolución de octubre y de la división de dicho partido. Por esta razón, la gran mayoría de los candidatos SR electos para la Constituyente terminaron quedando en su ala derecha, a contramano de la base del partido que evolucionaba en dirección opuesta: esto era por ejemplo lo que se observaba en los soviets campesinos, mucho más cercanos a las bases, donde la gran mayoría estaba con el ala izquierda favorable al poder de los soviets.

Estas circunstancias le daban una mayoría decisiva en la Constituyente a una fuerza que defendía el carácter burgués de la revolución rusa, que había apoyado al Gobierno Provisional hasta el último de sus días, y que se había opuesto a la toma del poder por los soviets. Con esta composición, la Asamblea Constituyente se reunió por única vez en enero de 1918. El gobierno soviético la inauguró presentando ante ella una moción que exigía a los diputados que se pronuncien por el reconocimiento del Congreso de los Soviets como autoridad suprema. La mayoría de los diputados la ignoraron por completo. Por ese motivo, tras 12 horas de sesión, la Asamblea fue disuelta por el gobierno soviético de común acuerdo entre sus dos fuerzas (bolcheviques y SR de izquierda).

Pocos días después de estos sucesos se reunió el Tercer Congreso Panruso de los Soviets, en su calidad de fuente máxima de legitimidad y autoridad del régimen soviético. Este congreso aprobó la famosa Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado, proclamando oficialmente la República de los Soviets y reconociendo también formalmente el carácter socialista de la Revolución Rusa (así como su adhesión a la pelea por el triunfo del socialismo en todos los países). Se ratificaban aquí todas las principales medidas tomadas hasta el momento por el poder soviético que significaban la destrucción de las bases de poder (político, económico y social) de la burguesía y la construcción de un nuevo orden. Entre ellas, la abolición de la propiedad de la tierra, el establecimiento del control obrero de la producción (de cara a la eventual nacionalización del conjunto de los medios de producción), la nacionalización de los bancos y el desconocimiento de la deuda externa. Se decretó también aquí el nacimiento del Ejército Rojo socialista de obreros y campesinos y el desarme de las viejas clases propietarias.

La disolución de la Asamblea Constituyente sentenciaba de manera definitiva la bifurcación de las concepciones socialista democrático-burguesa de la revolución, que hasta el momento no habían sido formalmente contrapuestas en la experiencia de las masas. Desde aquel momento, el gobierno soviético descartó toda tentativa de convocar a una nueva Asamblea Constituyente por considerarla contrapuesta al régimen de los soviets y al poder del proletariado. Por el contrario, la exigencia de convocar a una nueva Constituyente pasó a ser la consigna aglutinante de todas las fuerzas político-sociales opuestas al nuevo sistema.

5) Las condiciones materiales de la democracia de los soviets

La experiencia política iniciada con la Revolución de Octubre debió desarrollarse en el marco de condiciones económicas extremadamente adversas. La Guerra Mundial había desestructurado fuertemente la economía del Imperio Ruso, haciendo caer la producción y las condiciones de vida mayoritarias a niveles muy bajos (esto mismo había sido una de las principales causas de los estallidos revolucionarios de febrero y octubre). Luego de octubre el sabotaje de los propietarios industriales, la negativa a colaborar de las viejas capas administrativas y técnicas, el estallido de la guerra civil y el bloqueo económico de los países capitalistas desorganizaron aún más la economía.

El poder soviético no pudo revertir esta tendencia hasta que terminaron los enfrentamientos militares (varios años después). Por el contrario, el nivel de producción (tanto industrial como agrario) siguió decayendo de manera brutal. Esto empeoró aún más a partir del tratado de Brest – Litovsk, por el cual Rusia debió entregar a sus enemigos el control de las principales zonas cerealeras del antiguo Imperio (especialmente Ucrania), así como las carboníferas e industriales. El hambre, el frío y la desocupación alcanzaron niveles desesperantes.

La mayor fuente de problemas económicos para el gobierno soviético era la dificultad de suministrar alimento a las ciudades y el Ejército Rojo. El secular atraso técnico del campo se traducía en niveles muy bajos de productividad, y la apropiación privada de las tierras en problemas de acaparamiento y especulación, que llevaban a un conflicto constante por el abastecimiento. Si bien el campesinado era un punto de apoyo en la revolución contra los terratenientes y oficiales zaristas (es decir, la revolución democrático-burguesaen términos bolcheviques), no compartía los objetivos socialistas del proletariado revolucionario: peleaba por su derecho a disponer libremente de la tierra y sus productos, contra toda intromisión del Estado.

Por estas razones durante todo este periodo las condiciones de vida para las masas obreras siguieron empeorando. Esto provocó un muy fuerte malestar entre los trabajadores, dando lugar a una oleada de cuestionamiento al gobierno soviético y a los organismos del régimen en general (soviets, sindicatos, comités de fábrica, etc.). Esto se debe a una gran paradoja: para la clase obrera sus triunfos políticos no se tradujeron -durante varios años- en ninguna mejora material de su situación. Debían sostener la lucha contra los enemigos de la Revolución, así como la construcción de un nuevo orden, sobre una pura convicción político-ideológica -aunque más no sea la de que serían aniquilados por la contrarrevolución en caso de una derrota-, sin ninguna gratificación cercana.

Por otra parte, la propia fuerza material del proletariado fue disminuyendo de manera drástica como producto de la crisis. La desmovilización militar, la falta de combustible y suministros para la industria, el mal estado de los transportes, así como el fuerte relajamiento de la disciplina laboral y el caos administrativo, llevaron al cierre masivo de fábricas o la reducción de las plantillas. Los propios obreros se retiraban en grandes cantidades hacia el campo en busca de alimentos, que no podían conseguirse en las ciudades. Los obreros metalúrgicos (que habían sido la vanguardia revolucionaria desde febrero a octubre inclusive, y el principal bastón de bolcheviques) para mayo de 1918 habían visto reducir sus filas a un cuarto de la fuerza de trabajo respecto al comienzo de la revolución (Mandel, 1984: 417). El “barrio rojo” de Viborg, protagonista principal de todo este proceso, había dejado prácticamente de existir.

Junto a lo anterior, la guerra civil produjo el alejamiento de las fábricas de los obreros más conscientes y revolucionarios, que partieron para pelear en los frentes de combate. Esto afectó especialmente a las células del Partido Comunista, que además debían suministrar personal para los puestos administrativos del nuevo Estado. De esta manera, dentro de las fábricas disminuyó muy fuertemente la influencia de los revolucionarios, y avanzó una subjetividad obrera menos politizada y más individualista.

Como producto de estos problemas (tanto materiales como políticos), inclusive en las fábricas que siguieron abiertas comenzaron a romperse los lazos de solidaridad entre los trabajadores. En muchos casos se instaló una lógica de supervivencia individual (como el uso de tiempo y materiales de trabajo para producir para sí mismos, o hasta el robo liso y llano). Creció enormemente el ausentismo y el ocio durante la jornada laboral (en gran parte porque las propias fábricas no podían trabajar por falta de insumos).

De conjunto, estos procesos en el mediano plazo resultaron muy nocivos para la dominación política del proletariado: se achicó su base material, se debilitaron sus lazos internos y retrocedió su subjetividad revolucionaria. El poder soviético quedó así separado y alejado de lo que había sido su entorno natural, las fábricas. La democracia de los soviets resultó muy herida de este proceso, contribuyendo en el mediano o largo plazo a su liquidación.

6) La oposición al gobierno y el pluripartidismo en los soviets

Mencheviques y SR de derecha

Entre octubre del ’17 y junio del ‘18, los bolcheviques contaban con dos grandes fuerzas opositoras dentro de los soviets: los mencheviques y los SR de derecha. La revolución de octubre había dejado seriamente mermada la base de apoyo de ambos partidos, que había girado mayormente hacia los bolcheviques. Sin embargo, las duras condiciones económicas descritas en el apartado anterior generaron un terreno favorable para su recuperación, que comenzó ya en enero del ‘18. Entre febrero y marzo, el peligro de que los alemanes pudieran tomar Petrogrado provocó pánico y descontento entre los trabajadores, agravado por el traslado de la sede del gobierno soviético hacia Moscú -que fue visto como un abandono (Rabinowitch, 2007: 225). También aumentaron fuertemente el hambre y el desempleo.

En ese contexto fue fundada, por iniciativa de mencheviques y SR derecha, la “Asamblea Extraordinaria de Delegados de las Fábricas y Plantas de Petrogrado” [3]. Se trataba de un centro político-organizativo de trabajadores industriales alternativo a los Soviets y opositor al gobierno, que fue ganando fuerza entre trabajadores no afiliados a ningún partido. Su actividad cotidiana era la agitación por problemas económicos, pero políticamente se referenciaba con la Asamblea Constituyente como alternativa al régimen soviético. Entre marzo y junio este organismo realizó fuertes campañas de agitación entre los trabajadores, con poder de convocatoria cada vez mayor. Durante los primeros meses, el gobierno soviético no lo reprimió (Rabinowitch, p.227), pero era visto con preocupación y algunos lo consideraban un síntoma de un creciente distanciamiento entre los trabajadores y el conjunto de las instituciones obreras dirigidas por bolcheviques (sindicatos, soviets, etc.). Hacia fines de junio, las fuerzas opositoras intentaron replicar este modelo a escala nacional con un plenario en Moscú: fue la gota que rebalsó el vaso, y el gobierno soviético procedió a desmantelar la organización y arrestar a sus líderes.

Por otra parte, ante el desafío que significaba este organismo para la hegemonía bolchevique entre el proletariado, los dirigentes de los soviets locales convocaron a conferencias de trabajadores por distrito para contrarrestarlo, dándole al descontento un canal oficial de expresión muy cercano a las bases. Poco después la dirección del sovietde Petrogrado convocaría a nuevas elecciones de delegados al mismo, a modo de referendo de su legitimidad. Estas elecciones se llevaron adelante a fines de junio de 1918 en las fábricas, y aunque hubo un importante avance de las posiciones opositoras, los bolcheviques (y en menor medida sus aliados, los SR de izquierda) volvieron a alzarse con la mayoría en el Soviet. De esto se desprenden dos conclusiones: por una parte, el régimen seguía teniendo suficientes reservas de apoyo entre los trabajadores para sobrevivir el embate. Por otro, todavía las discusiones se procesaban de manera democrática, mediante la deliberación y votación de los trabajadores.

Sin embargo, esta situación no se prolongó en el tiempo. La guerra civil se acrecentaba y ocupaba cada vez más el centro de la escena. Para el verano de 1918 ya había más de 150 mil soldados extranjeros en Rusia, combatiendo contra el gobierno soviético junto a los Ejércitos Blancos. En este marco el Comité Ejecutivo Central de los soviets decidió -a mediados de junio- excluir del mismo a los SR de derecha y mencheviques, llamando también a los soviets locales a hacer lo mismo. Los bolcheviques denunciaban que estas fuerzas se habían pasado abiertamente a la contrarrevolución: esto era claramente constatable en el caso de los SR de derecha, que se habían plegado a alzamientos insurreccionales contra el poder soviético. En el caso de los mencheviques esto era más polémico: su oposición adquiría mayoritariamente la forma de movilizaciones y huelgas. Esa era por lo menos la orientación oficial de su Comité Central partidario, que se definía como “oposición legal” en el marco del régimen.

SR de izquierda

Los SR de izquierda se habían retirado del Consejo de Comisarios del Pueblo en repudio a la firma del tratado de Brest-Litovsk, en marzo del ’18.  Sin embargo, su relación con los bolcheviques no se había roto del todo: siguieron participando en otras instancias del poder soviético, manteniendo inclusive coaliciones con bolcheviques en algunos gobiernos regionales. Entre ambas fuerzas había polémicas y diferencias sobre variados temas (como las relaciones con Alemania, la intensidad y los métodos de la represión contra los sectores considerados enemigos de la revolución, el funcionamiento de las instituciones del régimen soviético, etc.) pero en el marco de una relativa “coexistencia pacífica”.

Esta comenzó a erosionarse cuando, como producto de las necesidades de la guerra civil, el gobierno se planteó cada vez más la política de requisición forzada de grano a los campesinos ricos y medios para alimentar a las ciudades y el ejército (mayo del ’18). Los SR de izquierda se oponían a esta política, en tanto representantes de los intereses campesinos. (Serge, 2008: 268)

En ese marco se convocó al Quinto Congreso de los Soviets. Según Rabinowitch, los campesinos se habían volcado abrumadoramente al apoyo de los SR de izquierda, y aun estando ponderado su voto en los soviets, posiblemente les alcanzara para llegar a una paridad con los delegados bolcheviques (Rabinowitch, 2007: 288). Sin embargo, cuando el Congreso finalmente se reunió a comienzos de julio, los bolcheviques tenían una amplia mayoría, que los SR de izquierda atribuyeron a elecciones fraudulentas (casi 400 de los delegados bolcheviques fueron denunciados como inválidos). En esas condiciones, los SR de izquierda ya no podían proseguir con su objetivo de imponerle al congreso la revocación de Brest-Litovsk y de reorientar la política del gobierno.

Así es como los SR de izquierda apelaron a un cambio rotundo de táctica: por orden de su Comité Central partidario lanzaron un ataque terrorista asesinando al embajador alemán, buscando arrastrar al gobierno a una reanudación de la guerra con Alemania.  A esto se sumaron actividades insurreccionales en varios puntos del país. Se abrió una gravísima crisis, y los bolcheviques respondieron arrestando a gran parte de sus líderes, ejecutando a algunos e ilegalizando el partido.

Tras la exclusión de todas las grandes fuerzas no-bolcheviques del sistema de soviets, el régimen quedó reducido a un “poder de partido único” (tanto en las instancias superiores como el C.C.P. y C.E.C., como en los soviets locales). Esto, de cualquier manera, no debe confundirse con la prohibición total de otros partidos que se instalaría más adelante: por lo menos hasta 1921, los partidos opositores siguieron teniendo cierta libertad para funcionar (que por momentos incluía el derecho a publicar sus propias prensas) y sus líderes en gran medida continuaron libres.

La constitución soviética de julio de 1918

El Quinto Congreso Panruso de los Soviets (julio del ’18) reanudó sus sesiones pocos días después del alzamiento de los SR de izquierda (ya sin los delegados de aquella formación). Aprobó finalmente una Constitución soviética, que dotaba de una estructura institucional definitiva al nuevo régimen. El texto de esta Constitución había sido elaborado previamente por una comisión pluripartidista (responsable ante el C.E.C.) que sesionó desde el mes de abril (Carr, 1985: 125).

Su contenido reflejaba –aunque solo hasta cierto punto- la forma en que venía funcionando el sistema soviético hasta el momento de su redacción. Por otra parte, asentaba también en el papel varios preceptos ideales que subyacían al sistema soviético pero que en la práctica no se aplicaban (por lo menos en la forma concreta en que estaban escritos). De esta manera, para los historiadores la Constitución puede servir parcialmente como ventana al mecanismo soviético previo a julio del ’18, pero tomando la necesaria distancia entre la teoría y la práctica.

Un elemento interesante a destacar de esta Constitución es la ausencia de toda referencia al Partido Bolchevique o Comunista: en 1918 todavía se entendía al Estado obrero como una entidad diferente y separada a la del partido revolucionario. Esto contrasta con lo que ocurriría más adelante bajo el estalinismo, que en la constitución de 1936 consagró el “régimen de Partido Único” otorgándole derechos políticos especiales (y únicos) al Partido Comunista.

Al mismo tiempo, el texto constitucional del ’18 tampoco hacía ninguna referencia a la existencia de los partidos políticos como tales, de tal manera que no quedaban delimitados sus derechos y función en el régimen. Si bien se proclama de manera genérica la “libertad de asociación” para los obreros (garantizando inclusive el Estado los medios materiales para hacerla posible), no se explicita que esto implique el derecho a formar partidos. Esta indefinición da a entender que la idea de una democracia soviética multipartidista no estaba tampoco presente en el núcleo de las concepciones bolcheviques: no se oponían a ella por principio, pero tampoco le otorgaban ningún lugar de mención en el régimen político.

Pero lo más decisivo es el hecho de que, de manera paradójica, la entrada en vigor de la Constitución coincidió exactamente con el comienzo del vaciamiento de la democracia soviética, como producto de la exclusión del resto de los partidos, del incremento de la centralización y de la represión a opositores en el marco de la agudización de la guerra civil. Así, en la práctica las disposiciones de la Constitución del ’18 fueron muy poco aplicadas: eran el reflejo de condiciones políticas que ya no existían (Carr, 1985: 149).

7) El partido y el proletariado luego de julio de 1918

En las durísimas condiciones de la guerra civil y del colapso económico, los bolcheviques cerraron cada vez más el régimen político para que este pueda sobrevivir, aunque al hacerlo también lo transformaron. La exclusión de los partidos soviéticos llevó al vaciamiento de los soviets. Las reuniones (cada vez menos frecuentes) de las instituciones soviéticas se volvieron mayormente formales, al estar presente la voz de un solo partido. El régimen político adquiriría cada vez más una fisonomía verticalista y militarizada, propia de un ejército en combate.

De esta forma, la dictadura del proletariado fue dando lugar a una expresión más reducida de la misma: la dictadura de una fracción específica del proletariado, aquella organizada en el Partido Comunista. Si bien esta era la fracción más concentrada, activa, consciente y abnegada de la clase obrera, se trataba numéricamente de una minoría. Victor Serge afirma que a principios de 1918 el Partido Bolchevique poseía 115.000 miembros, y a comienzos de 1919, 250.000 (Serge, 2008: 367). Para junio de 1918, quedaban menos de 15 mil comunistas en Petrogrado (Mandel, 1984: 420). Estos números irían fuertemente en aumento a lo largo de la guerra civil, pero inclusive en su auge el partido no sería más que una fracción del proletariado.

En contraste, la clase obrera considerada en su conjunto estaba formada por millones de personas (especialmente si contamos aquí a los obreros movilizados en los frentes de combate, a los desempleados y a otros sectores que quedaron por fuera de las fábricas desde octubre de 1917). Luego del vaciamiento de los soviets estas grandes masas obreras no organizadas quedaron sin un canal de expresión propio dentro del régimen político, más que su propio vínculo (más cercano o más lejano) con los miembros del Partido Comunista.

Inclusive tomando como referencia a los propios obreros revolucionarios organizados en el Partido Comunista o influenciados por él, una gran parte de ellos se encontraban movilizados en los frentes de batalla, ámbito que por su naturaleza es hostil a toda forma de participación democrática. Por un lado, la centralización y disciplina necesarias en el frente para ganar la guerra civil no eran compatibles con los métodos democráticos que se habían extendido entre los soldados en febrero y octubre, cuando los soviets habían aniquilado la vieja jerarquía militar de los oficiales zaristas. Por otra parte, el frente de combate se extendía a lo largo de un enorme territorio geográfico muy lejano a los grandes centros de población e industriales –sedes naturales de la democracia de los soviets. La vanguardia obrera revolucionaria quedaba así en los hechos en una suerte de “exilio” de la vida política democrática, al estar alejada del centro económico-demográfico que le había dado origen y articulación: las grandes fábricas.

Pese al “desfondamiento” de la democracia soviética y al incremento de los elementos represivos del régimen, la hegemonía comunista estuvo -todavía durante varios años más- puesta al servicio de una transformación socialista de la sociedad, del triunfo de la revolución internacional, del objetivo de acabar con toda forma de explotación y de opresión. Durante el periodo de la Guerra Civil no había grandes privilegios para los militantes comunistas: en la mayoría de los casos la pertenencia al Partido solo significaba mayores exigencias, sacrificios y responsabilidades. Por ello mismo, la concentración del poder y el uso de la represión solo tenían por finalidad el triunfo en el frente de combate y la derrota de la reacción, para hacer posible la construcción de una sociedad sobre bases nuevas e igualitarias. Además, es muy difícil imaginar que el régimen soviético pudiera triunfar en la guerra civil sin estas medidas de excepción, que son aplicadas normalmente por cualquier gobierno que enfrente una contienda militar.

Por estas razones, el vaciamiento de la democracia soviética (e instauración de un régimen verticalista) como producto de la guerra civil no debe confundirse con la degeneración social o burocratización del régimen soviético y del propio Partido Comunista. Este segundo proceso -que pegó un salto en calidad luego del triunfo del estalinismo- pondría al frente del régimen a una capa social burocrática privilegiada y separada de las masas, que velaba por sus propios intereses e imponía su propia orientación política y concepciones teóricas, en ruptura con el programa y el marco teórico clásicos del bolchevismo y el marxismo en general. Como consecuencia de esta transformación, se modificaría también la naturaleza del monopolio del poder y de la represión, que pasarían a estar al servicio de la defensa de los nuevos privilegios y de la estabilidad de la camarilla dominante. El proceso de burocratización, en este sentido, se basó en las estructuras de poder verticalistas resultantes de la guerra civil, aunque transformando su contenido social en algo radicalmente diferente. Estos aspectos (que fueron muy bien desarrollados en la obra La revolución traicionada de Trotsky -así como en Bolchevismo y Estalinismo) exceden el marco temporal del presente trabajo, por lo cual no los desarrollaremos aquí.

8) Conclusiones

El análisis concreto de la experiencia de 1917-18 muestra que la democracia de los soviets fue un proceso de gran riqueza y vitalidad. No fue una “dictadura totalitaria” (ni un primer intento de avanzar hacia ella) como pretenden sus críticos liberales. Sin embargo, se alejó cada vez más de la concepción radicalmente democrática que había trazado Lenin en su obra “El Estado y la Revolución” (retomando la experiencia de la Comuna de París de 1871). Y aún a pesar de ello, fue un régimen íntimamente ligado a las masas obreras de las grandes ciudades, más allá de las grandes tensiones y dificultades existentes. El poder se encontraba firmemente en manos del Partido Bolchevique-Comunista, pero el juego político estaba abierto en mayor o menor medida para todas las tendencias que participaban de los soviets. La ebullición política de la clase trabajadora de los primeros meses (y que luego continuó esencialmente bajo la forma de voluntariado para la guerra y esfuerzo productivo) se combinó con una centralización por arriba, que fue ocupando cada vez más el centro de la escena.

Este régimen tenía límites y contradicciones inherentes muy difíciles de resolver. El atraso de Rusia era un problema estructural muy profundo, que daba lugar a enormes dificultades económicas y políticas. Los bolcheviques contaban con el triunfo internacional de la revolución (y especialmente en Alemania) para poder contrarrestar estas dificultades, pero esta finalmente no llegó. El estallido de la guerra civil, con la intervención de grandes potencias mundiales, agravó todos estos problemas hasta niveles insoportables.

Por otra parte, era particularmente difícil conciliar el pluripartidismo en los soviets con el hecho de que las principales fuerzas no-bolcheviques eran en el fondo anti-soviéticas, ya que buscaban restaurar la Constituyente como poder por encima de cualquier otro. Solo los SR de izquierda aceptaban de conjunto la primacía de los soviets, pero sus acciones en julio del 18 implicaron el desconocimiento del sistema y los dejaron afuera de él. En última instancia, solo quedó una fuerza política comprometida hasta el final con el régimen, y era el Partido Comunista (al cual se incorporaron otros grupos menores que compartían esa perspectiva).

Cabe preguntarse si, pese a todo, hubiera sido posible sostener el pluripartidismo soviético en esas condiciones –y, especialmente, cuando la guerra civil llegó a su fin en 1920. La única afirmación que sostendremos aquí es que, sin la existencia de una auténtica democracia de los soviets (o de alguna otra forma de democracia de los trabajadores que incluyera libertad para sus diferentes tendencias políticas), el régimen que triunfó en el campo de batalla quedó vaciado de uno de los componentes más importantes de un sistema auténticamente socialista: el predominio político activo y consciente de la clase trabajadora.

9) Bibliografía utilizada

Brovkin, Vladimir. The Menshevik’s Political Comeback: The Elections to the Provincial City Soviets in Spring 1918, Russian Review, Volume 42, Issue 1, 1983.

Carr,Edward H. The Russian Revolution – From Lenin to Stalin, The Free Press, New York, 1979.

Carr,Edward H. The Bolshevik Revolution, 1917-1923, Vol. 1-W. W. Norton & Company, 1985.

Harman, Chris. How the Revolution was Lost, International Socialism 30, 1967.

Mandel, David. The Petrograd Workers and the Soviet Seizure of Power. Collection: Studies in Soviet History and Society. London: The MacMillan Press Ltd., 1984.

Murphy, Kevin. Revolution and Counterrevolution: Class Struggle in a Moscow Metal Factory, Berghahn Books, 2005.

Rabinowitch, Alexander. The Bolsheviks in power : the first year of Soviet rule in Petrograd, Indiana University Press, 2007.

Radkey, Oliver H. Russia goes to the polls: The election to the All-Russian Constituent Assembly, 1917, Cornell University Press, 1990.

Reed, John. The Structure of the Soviet State, 1918. Consultado en http://www.marxistsfr.org/archive/reed/1918/state.htm

Sáenz, Roberto. Elementos para un balance del gobierno bolchevique, partes 1 y 2, 2017.  Consultado en http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=10455 y http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=10492

Serge, Victor. El año 1 de la revolución rusa, Ediciones digitales Izquierda Revolucionaria, 2008.

Smith, S.A. Red Petrograd: Revolution in the Factories, 1917-1918, Cambridge University Press, 1985.

1918 Constitution of the Russian Soviet Federated Socialist Republic. Consultado en https://www.marxists.org/history/ussr/government/constitution/1918/index.htm

[1] Según John Reed (1918) el Soviet de Petrogrado contaba con alrededor de 1200 delegados, a razón de uno cada 500 trabajadores. Poseía a su vez un Comité Ejecutivo de 110 miembros, que mantenía las mismas proporciones entre fuerzas políticas existentes en el soviet.

[2] Estrictamente hablando, la formulación técnica contraponía como criterio a los electores urbanos con los habitantes rurales, por lo cual la proporción podría haber sido menor que la señalada (Carr,1985: 144).

[3] En varias ciudades del interior el descontento se canalizó dentro de los propios sovietslocales, que fueron ganados por la oposición. Los soviets de jerarquía superior, dominados por los bolcheviques, procedieron entonces a disolverlos (Brovkin, 1983).

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