No hay manera de abordar los problemas de la estrategia revolucionaria si no es a partir de una teoría de la revolución; es decir, la concepción que se tenga de la dialéctica histórica que preside las perspectivas de la transformación social.

2.1 La estrategia de la centralidad obrera en la revolución

Las bases de la comprensión más ajustada de la teoría de la revolución socialista en nuestro tiempo fueron puestas por León Trotsky desde comienzos del siglo pasado, reforzadas y enriquecidas por las inmensas experiencias de la Revolución Rusa, así como por las revoluciones históricas que le sucedieron en los años 20 y 30, en vida del propio Trotsky.

Todas estas experiencias, que incluyeron la propia Revolución de Octubre, la alemana, la austríaca, el bienio rojo en Italia y la revolución española, entre las más importantes, demostraron que la resolución consecuente de las tareas pendientes de la revolución burguesa; el freno a las tendencias crecientes a la guerra interimperialista y la barbarie capitalista, así como el libre desarrollo de las fuerzas productivas y el cometido de las tareas específicas de la transición al socialismo dependían de que la clase obrera llegara al poder por intermedio de sus organismos y del partido revolucionario, y se afirmara firmemente en él.

Incluso más: revoluciones con fuerte centralidad obrera pero sin partido revolucionario y con la acción cada vez más contrarrevolucionaria de la socialdemocracia y el stalinismo (todas las tentativas aparte del Octubre ruso), fueron derrotadas, discusión que Trotsky sustanció a lo largo de dos largas décadas de lucha política implacable y que llevó a la formulación madura de su teoría de la revolución permanente, así como a un sinnúmero de enseñanzas en materia estratégica.

Las revoluciones en la segunda posguerra parecieron trastrocar todos los papeles. En las décadas que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial, en un conjunto de países como China, la ex Yugoslavia, Cuba y Vietnam a través de revoluciones, y en los países del Este europeo por el expediente de la ocupación del Ejercito Rojo dirigido por la burocracia, se fue más allá del sistema imperante, expropiando a los capitalistas y resolviendo parcialmente algunas de las tareas burguesas pendientes.

Si el proceso de la revolución socialista y la transición podía desarrollarse automáticamente porque las direcciones burocráticas habían devenido en “empíricamente revolucionarias” (Mandel) o por “el peso de las condiciones objetivas” (Moreno), o por circunstancias “excepcionales” inexplicables que sin embargo “conservaban la regla” (es decir, la teoría original)[1], era evidente que al menos una parte de la concepción original de Trotsky de la teoría de la revolución socialista debía ser cuestionada.

Esto produjo todo tipo de desvíos objetivistas en las diversas fuerzas en que se dividió el trotskismo en la segunda posguerra.[2] Una gran desorientación estratégica campeó en sus filas. Se presentaron diversas interpretaciones, que hemos criticado en otros textos (ver “Notas críticas para la interpretación del movimiento trotskista en la segunda posguerra”, Socialismo o Barbarie 17/18). Estas interpretaciones explican cómo el debate estratégico se fue enredando hasta quedar prácticamente fuera de la agenda con la caída del Muro de Berlín.

Hoy este debate regresa, un poco por la fuerza de los hechos. Los nuevos desarrollos de la lucha de clases, el recomienzo de la experiencia de la clase obrera y el ciclo de rebeliones populares que estamos viviendo están replanteando los problemas de la teoría de la revolución y de la estrategia de los revolucionarios en la agenda.

Pero antes de abordar los problemas de la estrategia revolucionaria se deben afrontar las cuestiones vinculadas al balance de la teoría de la revolución, así como los mismos fines de la lucha emancipatoria socialista, reflexión imprescindible para encarar los desafíos revolucionarios del nuevo siglo a partir del estudio crítico de las enseñanzas dejadas por el anterior.

Desde nuestra corriente hemos intentado hacer un esfuerzo en este sentido, abordando en sendos textos tanto los problemas de la revolución socialista, como los de la transición al socialismo. Seguramente hay errores en este esfuerzo. Pero de lo que estamos seguros es del valor estratégico que tiene haber encarado esta reflexión como punto de partida para cualquier desarrollo ulterior. Reflexión que, en todo caso, sólo podrá encontrar su síntesis al calor del desarrollo de nuevas experiencias revolucionarias en este nuevo siglo y de la transformación de nuestras organizaciones de partidos “liliputienses” que todavía somos en general en verdaderos partidos revolucionarios. Esto dependerá tanto del desarrollo de condiciones objetivas como de nuestra capacidad subjetiva para afrontar revolucionariamente los desafíos de nuestro tiempo.

Volviendo a nuestro tema, sólo queremos señalar la conclusión que obtuvimos del reexamen de la experiencia de la posguerra y del siglo XX en su conjunto, en lo que hace a esta problemática: no hay sucedáneo posible a la clase obrera, sus organismos, programas y partidos revolucionarios a la hora de la revolución socialista y de la transición al socialismo. Se trata de una tarea histórica planteada para un sujeto con cadenas radicales. Y ese sujeto, como señalaran Marx y Engels, es la clase obrera. Histórica, estratégica y teóricamente no hay otra clase social que pueda llevar adelante la tarea de la transformación social del capitalismo, menos que menos en un mundo como el de hoy, cualitativamente proletarizado. La revolución socialista es una tarea propiamente de la clase obrera: si ella no la lleva a cabo, nadie la hará.

Ésta es una lección marcada a fuego por toda la experiencia del siglo pasado, tanto por la positiva (los logros y adquisiciones de la Revolución Rusa, más allá de su degeneración posterior), así como por la negativa: la parcialidad de las conquistas logradas por las revoluciones anticapitalistas y el bloqueo de las sociedades no capitalistas en su dinámica transicional, en ausencia del poder de la clase obrera. Porque, en definitiva, en la transición no hay base económica que garantice el carácter del proceso; su evolución depende del carácter del poder, y no en términos de definiciones en un papel, sino en la vida social efectiva. La propiedad y la posesión efectiva de los medios de producción, el poder político y la capacidad de planificación deben estar en manos de los trabajadores para que la transición camine en sentido socialista.

Es esta conclusión la que ratifica que, a la luz de la experiencia histórica del último siglo, la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. Es sintomático que el propio Ernest Mandel, que expresó una línea seguidista a las direcciones burocráticas a lo largo de toda su trayectoria política, sobre el final de su vida dejara la siguiente reflexión: “Las premisas políticas del sustitucionismo llevaron en la práctica, al final de la Segunda Guerra Mundial, a la imposición de regímenes como el del Kremlin en Europa oriental, con excepción de Yugoslavia, por medio de la presión militar-policíaca desde arriba, contra una población recalcitrante, si no claramente hostil. Todos los acontecimientos posteriores, incluido su colapso o casi colapso en 1989, se derivan de esta condición inicial. Demostraron la imposibilidad de ‘construir el socialismo’ contra los deseos de la mayoría de las masas trabajadoras” (El poder y el dinero: 159).

Así las cosas, la elevación de la clase obrera a clase dominante al poder es el alfa y omega de la estrategia de los socialistas revolucionarios. Y esta perspectiva es la que plantea, entonces, los problemas de estrategia (partido, organismos, poder), lo que les da su contexto. Sin una teoría de la revolución acertada que supere las derivas objetivistas y subjetivistas no se puede abordar correctamente los problemas de la estrategia revolucionaria, con toda la complejidad que conllevan.

Ya la “transposición estratégica” de la teoría de la centralidad obrera en la revolución socialista es de inmensa complejidad. Como señalamos más arriba, no es ni puede ser un simple recetario: toda la experiencia histórica de la lucha revolucionaria alimenta esta experiencia, a comenzar por la experiencia del bolchevismo y las enseñanzas de Lenin, de Trotsky y la lucha implacable de la Oposición de Izquierda, así como la de Rosa Luxemburgo en el seno de la vieja socialdemocracia. A partir de dejar sentado este mojón, abordemos, ahora sí, los problemas específicos de la estrategia revolucionaria.

2.2 El legado de Rosa, Lenin y Trotsky

Trotsky señalaba que en la socialdemocracia antes de 1914 prácticamente no se conocía la problemática de la estrategia propiamente dicha. Se hablaba sólo de “problemas de táctica” a la hora de enmarcar la acción de los socialistas. En cierto modo, esto era una adaptación todavía inconsciente a las características de la época, marcada por una progresión del capitalismo y una actividad evolutiva que se sustanciaba en los marcos del sistema: el movimiento lo era todo, el fin nada, como había señalado, equivocada pero agudamente, Bernstein.

Esto no quiere decir que no hubiera elementos de reflexión estratégica ya desde finales del siglo XIX. Algunos de esos elementos estaban implícitos en la reflexión política y militar de Marx y Engels.[3] Pero fue sobre todo Rosa Luxemburgo la que inauguró el pensamiento estratégico propiamente dicho, desde el momento mismo en que hizo su irrupción en la socialdemocracia alemana. Hizo lo propio mediante un trabajo de crítica cada vez más sistemático a la llamada “vieja táctica probada”, que se caracterizaba por el logro de parlamentarios, puestos sindicales y reivindicaciones parciales como vía regia de la actividad de los socialistas.

El pensamiento de Rosa, de enorme riqueza y agudeza a este respecto, tenía la limitación, es cierto, de sus condiciones de actuación política. Trotsky recuerda que Rosa no llegó a plantearse el problema de la insurrección como tal, la organización de la toma del poder, cuestión que ella derivaba algo mecánicamente del planteo de la huelga de masas política. Esta limitación provenía, también, de una debilidad a la hora de pensar el partido como una organización de combate: la selección de los mejores elementos de la clase obrera y la militancia a tal efecto, en gran medida subproducto de las condiciones en las que le tocó actuar. Esto es, bajo el peso muerto del aparato socialdemócrata autosatisfecho, al que le contraponía la acción vivificadora y espontánea de la clase obrera desde abajo.

Sin embargo, no hay ninguna duda de que Rosa hace un gran aporte al pensamiento estratégico del marxismo revolucionario: “El mérito que le corresponde a Rosa en la elaboración del marxismo revolucionario contemporáneo es inmenso. Ella fue la primera que planteó y empezó a resolver el problema de la estrategia y la táctica revolucionarias” (Ernest Mandel, “Rosa Luxemburgo y la socialdemocracia alemana”). Y lo hizo con una perspicacia respecto de las inercias de la socialdemocracia alemana que se anticipó en muchos años a las valoraciones de los dos grandes revolucionarios rusos.[4]

Lenin y Trotsky dieron un paso más.[5] La experiencia de la Revolución de Octubre, así como la puesta en pie de la Tercera Internacional y los desafíos planteados por la revolución en Occidente y Oriente, alimentaron el pensamiento estratégico de ambos. Lenin fue el actor central en la orientación de la Internacional hasta 1922. Trotsky fue el “segundo violín” por esos mismos años, y testigo privilegiado del ciclo revolucionario íntegro de la entreguerra, incluyendo experiencias históricas como la derrota de la revolución alemana (1918-1923), el ascenso del nazismo (1933) y del fascismo italiano (1922), el fracaso de la revolución china (1925-27), la tragedia de la revolución española (1931-39), la derrota en Austria (1934), la impotencia de la situación revolucionaria en Francia (1936-37), y un largo etcétera. Fueron experiencias sin precedentes en el apogeo de la “era de los extremos” marcada por el impulso inicial de la época de crisis, guerras y revoluciones desde comienzos de la Primera Guerra Mundial, que merecen un resstudio por parte de las corrientes del marxismo revolucionario.

Nuestra corriente siempre ha insistido en la importancia estratégica de las revoluciones clásicas de la primera posguerra: por su centralidad obrera, presencia de organismos de poder dual, conciencia socialista entre las amplias masas, y dirección por parte del partido revolucionario. Sin embargo, en virtud de las consecuencias negativas sobre la teoría de la revolución de las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra –sin clase obrera, con centralidad campesina o pequeño burguesa y con direcciones que reportaban de una u otra manera al stalinismo–, nos concentramos primero en el estudio crítico de las lecciones dejadas por estas últimas. Es hora de que nos dediquemos, entonces, a esa “era de los extremos”.

El pensamiento estratégico del marxismo revolucionario se enriqueció enormemente al calor de las revoluciones y las luchas políticas de la segunda y tercera décadas del siglo XX, las más revolucionarias de la humanidad, con enseñanzas que entraron en el acervo histórico del marxismo revolucionario.

En el caso de Rosa Luxemburgo, Reforma o revolución, los diversos textos sobre el parlamentarismo y los del debate sobre la huelga de masas son de enorme significación en materia estratégica. En Lenin, textos como Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo son de gran valor educativo, comparable quizá por su cualidad formativa del socialismo revolucionario, con la importancia del Manifiesto comunista en el siglo anterior. En Trotsky ya el listado de textos de estrategia es casi infinito: es el pensador estratégico por antonomasia del marxismo revolucionario. Estaba munido de teoría de la revolución más ajustada, y pasó en la plenitud de sus condiciones políticas e intelectuales por las dos décadas más revolucionarias de la humanidad. De ahí que el resumen de su experiencia formulado en lucha a muerte con el stalinismo se pueda obtener en textos como La Tercera Internacional después de Lenin y en los sendos estudios críticos dedicados a Alemania, España, Francia y China, una verdadera colección de textos políticos de valor sin igual.

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En la segunda posguerra hubo intentos de desarrollar el pensamiento estratégico por parte del trotskismo, aunque mucho más débiles y fragmentarios. La falta de criterio de clase con que se abordaron las revoluciones anticapitalistas de posguerra, así como las limitaciones de todo orden que tuvieron las diversas corrientes y dirigentes del trotskismo en esa época, dificultaron las cosas. Entre ellas, la sistemática adaptación del tronco principal del movimiento trotskista (Pablo y Mandel) a las direcciones burocráticas en los procesos de la posguerra. Bensaïd, dirigente de esta corriente ya fallecido, cuenta cómo se estudiaban, al parecer sin mayores delimitaciones, revoluciones de carácter muy distinto: “A partir de las grandes experiencias revolucionarias del siglo XX (revolución rusa y revolución china, así como también la revolución alemana, los frentes populares, la guerra civil española, la guerra de liberación vietnamita, mayo de 68, Portugal, Chile), distinguimos dos grandes hipótesis: la huelga general insurreccional (HGI), y la de la guerra popular prolongada (GPP). Ellas resumen dos tipos de crisis, dos formas de doble poder, dos métodos de desenlace de la crisis” (“Sobre el retorno de la cuestión político-estratégica”).

Con un ángulo más critico, otro dirigente de esta misma corriente plantea: “La Liga [la LCR, partido histórico del mandelismo en Francia, hoy devenido en NPA. RS] tuvo una tendencia a reducir la estrategia únicamente al momento de la crisis revolucionaria, incluso a las modalidades político-militares de conquista del poder, en particular a través del estudio de diversos modelos (…). Si bien fue correcto trabajar estas cuestiones, nuestra inclinación ha consistido siempre en reducir los problemas estratégicos a un debate de modelos, cuando en la realidad la estrategia engloba gran cantidad de dimensiones en la construcción del sujeto revolucionario. Esta inclinación a la modelización nos ha conducido, por lo demás, a cometer errores, en particular en América Latina, al adaptarnos a las generalizaciones del modelo cubano por parte de las corrientes castristas” (François Sabado, “Elementos centrales de estrategia revolucionaria en los países capitalistas desarrollados”, 2008). Aquí, la idea de “modelización” y la carencia de una evaluación más de conjunto de los sujetos parece reducir el debate estratégico a algo “técnico”, con independencia de si la clase obrera es la que le da el carácter a la revolución o no.

Por su parte, aun de manera fragmentaria, con desprolijidades y fuertes elementos de empirismo, así como con una reformulación de la teoría de la revolución errónea, en clave objetivista, que llevó al estallido de la vieja LIT[6], es de honestidad intelectual recordar que en lo que hace a uno de los debates de estrategia más importante en el seno de la IV Internacional a comienzos de los años 1970, Nahuel Moreno acertó cuando defendió una estrategia clásica de construcción del partido y movilización obrera frente al guerrillerismo sostenido por el mandelismo para Latinoamérica.

En cualquier caso, recuperar una perspectiva clasista en materia de la teoría de la revolución es el camino más adecuado para enfrentar las tareas que vienen en este nuevo siglo: la pelea por reabrir la experiencia de las revoluciones socialistas propiamente dichas.

2.3 El concepto de estrategia

El pensamiento estratégico del marxismo revolucionario debe partir hoy de tres lugares. Primero, de las conquistas más altas aportadas en la materia por Trotsky, Lenin y Rosa Luxemburgo. Segundo, del balance crítico de las revoluciones anticapitalistas, es decir, sustituistas, no obreras ni socialistas de la posguerra. Tercero, por hacer concreta la materia enfocándola a los desafíos que el actual ciclo político internacional nos va planteando.

Respecto del concepto de estrategia, hemos abordado esta temática en Ciencia y arte de la política revolucionaria; aquí queremos avanzar un paso más. Se trata de un concepto que proviene del arte militar. Uno de los más altos pensadores del arte de la guerra fue Carl von Clausewitz, cuya teoría de la guerra fue asimilada por los grandes revolucionarios. El pensador alemán consideraba la estrategia como la comprensión del frente total de las operaciones que conducían al triunfo en la conflagración. En toda guerra se dan un sinnúmero de grandes y pequeñas batallas; ni hablar en las dos guerras mundiales que asolaron el siglo pasado. Pero lo que importa aquí es comprender que la estrategia es el encadenamiento de cada una de las batallas con el conjunto total de la guerra para dar lugar al objetivo final: el triunfo, quebrar la voluntad del enemigo: “La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Por lo tanto, debe dar un propósito a toda la acción militar, propósito que debe estar de acuerdo con el objetivo de la guerra” (De la guerra: 171).

Planteado el problema desde un punto de vista más general, la estrategia es aquello que da sentido y anuda cada uno de los eventos parciales, tácticos, de la lucha. La conquista del poder político es el objetivo final, y el objetivo final es el alma de cada lucha, sin el cual ni siquiera se tiene una verdadera lucha de clases, como decía Rosa: “¿Qué es lo que realmente constituye el carácter socialista de nuestro movimiento? Las luchas prácticas reales caen en tres categorías: la lucha sindical, la lucha por reformas sociales, y la lucha por democratizar el estado capitalista. ¿Son realmente socialistas estas tres formas de nuestra lucha? Para nada (…). Entonces, ¿qué es lo que nos hace a nosotros un partido socialista en las luchas de todos los días? Sólo puede ser la relación entre estas tres luchas prácticas y nuestro objetivo final. Es sólo el objetivo final el que constituye el espíritu y el contenido de nuestra lucha socialista, el que lo transforma en una lucha de clases” (Rosa Luxemburgo, “Intervenciones en el Congreso de Stuttgart”, octubre 1989).

Como ya señalamos, Trotsky recordaba que en la Segunda Internacional no había pensamiento estratégico propiamente dicho; en todo caso, su pensamiento “estratégico” no era verdaderamente tal, revolucionario: el momento parcial lo era todo, el fin nada. Sencillamente, porque el fin del socialismo vendría como por añadidura del simple desarrollo las tareas cotidianas. La rutina de esas tareas llevaría automáticamente al nuevo sistema social.

Pero el pensamiento estratégico reniega de todo automatismoSi las cosas marchan solas, no hace falta encadenar cada evento parcial al cuadro total de la lucha, ni hace falta construir, evidentemente, el partido. Pero si esto no es así, y no lo es, entonces el esfuerzo estratégico debe dominar cada momento parcial. Cada batalla, cada evento, cada reivindicación lograda debe ser ubicada en el contexto total de la lucha conjunta para que sirva a los objetivos de fondo de esa misma lucha: la conquista del poder por parte de la clase obrera.

A esto nos referimos cuando hablamos de estrategia revolucionaria, o, más propiamente, de pensamiento estratégico.[7] No es casual que pasada la época de la Segunda Internacional, abierta la época histórica de la revolución socialista con la Revolución de Octubre, Lenin y Trotsky hayan inaugurado la “época de oro” del pensamiento estratégico. La época del imperialismo significó el fin del crecimiento evolutivo del capitalismo. Ya no se podía concebir, honestamente, la transformación social como un producto espontáneo del desarrollo histórico, de un “crecimiento orgánico” de las filas y conquistas de la clase obrera.

A la “vieja táctica probada” de la socialdemocracia le sucedió la experiencia y el pensamiento estratégico que no cuenta con el automatismo de la transformación social sino que debe insertar cada reivindicación, cada batalla, cada conquista parcial en el contexto total de una acción consciente orientada conscientemente hacia la transformación social.

Cuando hablamos de estrategia, entonces, nos referimos a que cualquier logro parcial, cualquier conquista sindical, cualquier obtención parlamentaria, debe pensarse y llevarse a efecto en la perspectiva estratégica del poder de la clase obrera y de la construcción del partido revolucionario como palanca consciente e imprescindible para esa perspectiva. Y de un partido que no se haga rutinario, que no se acomode a los “grandes logros”, que no se autoproclame “campeón del mundo” antes de dar el verdadero combate (la lucha por el poder), sino que sepa aprovechar cada conquista parcial para fortalecerse de manera orgánica, para ampliar sus filas y radio de acción en el seno de la clase obrera y para prepararse de manera sistemática, a través de las diversas tareas parciales y de las luchas cotidianas de la clase obrera, en la perspectiva del poder, apuntando a ganar a las masas.

Desde ya, el desarrollo del pensamiento estratégico en el marxismo revolucionario y la estrategia como “estrella polar” de nuestra orientación no significa que no haya momentos tácticos. Si la estrategia hace al cuadro total de los enfrentamientos en la conducción de la guerra, la táctica tiene que ver, justamente, con esas batallas, esos enfrentamientos, esos momentos parciales subordinados a la estrategia general pero que tienen toda su sustancia, toda su especificidad, de la que de ninguna manera se puede hacer abstracción.

La marcha total de la guerra depende, finalmente, de la realidad de cada combate, del resultado de cada batalla; mal estratega sería el general que tuviera diseñado en su cabeza un “plan perfecto”, pero cuyo ejército perdiera sistemáticamente, una a una, todas las batallas. La táctica es, justamente, y de manera dialéctica, la manera de hacer valer la estrategia en cada uno de los eventos parciales de la lucha; porque la lucha no es un continuum abstracto, sino que está pautada por tiempos diversos: momentos de ataque, de defensa, de suspensión de las hostilidades. Está caracterizada por un conjunto de combates sustanciados en tiempo y lugar (como una pelea de box, que tiene varios rounds), y que hay que aprender a ganar si se quiere triunfar en la guerra en total. Dicho de otra manera: la estrategia vivifica pero no suspende (ni podría hacerlo) la importancia de cada batalla parcial; le da su sentido general. Son esas batallas parciales y su resultado las que decidirán si nuestra estrategia triunfará o no: “Es evidente por sí mismo que la estrategia debe entrar en el campo de batalla con el ejército, para concertar los detalles sobre el terreno y hacer las modificaciones al plan general, cosa que es incesantemente necesaria. En consecuencia, la estrategia no puede ni por un momento suspender su trabajo” (Clausewitz, ídem).

De estas consideraciones generales surge la diversidad de las tácticas de lucha de la clase obrera y del marxismo revolucionario. Sobre ellas también hemos dicho algo en Ciencia y arte de la política revolucionaria, conceptos a los que nos remitimos.

2.4 El fondo político de la estrategia

Pasemos a otro aspecto de la estrategia. Como es sabido, entre guerra y política existen relaciones íntimas que han sido estudiadas por el marxismo. Con Clausewitz quedó establecido que la guerra es la continuidad de la política (estatal) por otros medios, y el marxismo redondeó esa definición como la continuidad de la lucha de clases por medios violentos (Lenin).

En el mismo sentido, y atendiendo a la nueva época abierta a partir de la Primera Guerra Mundial, León Trotsky señalaba que la guerra civil, el enfrentamiento directo entre las clases, es otra de las formas de esa continuidad de la política. Una lucha de clases que cuando desborda a la democracia burguesa –en términos generales, comunismo vs. fascismo– adquiere aspectos de un enfrentamiento militar, en la medida en que se ponen sobre la mesa los problemas del armamento del proletariado, las milicias populares, la autodefensa, la ciencia y el arte de la insurrección.

Pero no se trata solamente del momento culminante de la guerra civil. El arte de la guerra le aporta conceptos a la lucha política por cuanto, en definitiva, también en el campo de la política se sustancia un enfrentamiento de clases irreconciliable: la política puede ser vista como continuidad de la “guerra de clases” que se lleva a cabo cotidianamente alrededor de la explotación del trabajo entre los capitalistas y la clase obrera.[8] Y, desde este punto de vista, el arte de la estrategia remite al aprendizaje para la lucha; al hecho de que en la disputa con la burocracia sindical, frente a la represión, en las huelgas, en las movilizaciones, en la ocupación de lugares de trabajo, en la toma de rehenes, en los cortes de ruta, lo que se está llevando adelante es una acción directa en un “teatro de operaciones”, que supone un conjunto de “reglas del arte” a practicar (y que todo partido que se considere revolucionario debe aprender[9]).

Aquí entran los conceptos de “maniobras” y “posiciones”. Son dos formulaciones derivadas del arte militar, y significan que a la hora de un objetivo político o militar puede haber, grosso modo, dos maneras de acometimiento: el asalto directo de la posición que se quiera tomar o mediante un rodeo. Dicho de otro modo: la ofensiva y la defensiva forma parte del arte de la política; no sólo ocurren en el terreno militar. Las enseñanzas de Trotsky de que ambas tácticas forman parte del arte guerrero siguen siendo de gran actualidad, así como su señalamiento de que sólo un “papanatas” podría pensar que la única táctica es la de la ofensiva. Dicho esto, Trotsky insistía en que sin pasar a la ofensiva en determinado punto, nunca se podría llevar a efecto la toma del poder; sin esta iniciativa no se puede quebrar la inercia de las relaciones de fuerzas establecidas y naturalizadas: ¡para pegar un salto hay que tomar carrera, pero el salto debe ser dado si se quiere triunfar!

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Queremos subrayar otro aspecto que tiene su importancia. Las íntimas relaciones entre guerra y política no significan un reduccionismo que pierda de vista las leyes específicas que caracterizan a ambos órdenes de la acción humana. Trotsky señalaba el valor auxiliar, subordinado de las maniobras que, en última instancia, remiten siempre a un “fondo político”. Las maniobras, como la guerra en total, son siempre la continuidad de la política por otros medios; es la política lo que le da su sustancia a las cosas, más allá de que el arte de las maniobras tenga su propia lógica que debe aprenderse como instrumento para hacernos valer.

Se entiende esta preocupación de Trotsky cuando criticaba a los aprendices de brujo de la Tercera Internacional después de Lenin, que pensaban que todo valía o que los ardides podían engañar a las leyes de la historia.

Establezcamos dos delimitaciones. Una, que Trotsky está hablando aquí más propiamente de “maniobras” en el sentido de las trampas que se usan para imponer determinada política frente a los adversarios, y que en ese sentido, el de hacerse valer, son inevitables e incluso imprescindibles para todo partido revolucionario que se precie de tal. Lenin en El izquierdismo… educaba en el mismo sentido, por ejemplo alrededor de cómo toda corriente debe darse aires de ser más de lo que realmente es con el objetivo de impresionar a sus adversarios. Dos, que cuando se habla de maniobras en el terreno militar, se discute de otra cosa: cómo moverse en el campo de batalla; una “maniobra envolvente” por ejemplo, o de “embolsamiento”, como tantas que se dieron en el Frente Oriental en la Segunda Guerra Mundial.[10] Ir por los flancos, un asalto directo o lo que sea, son otras tantas maniobras llevadas adelante en el combate.

Pero cuando se aplican estas enseñanzas al campo de la política, hay que comprender que las maniobras se siguen de la política misma: “La mayoría proclamó que su principio principal era la maniobra (…). La misión de esta escuela estratégica consiste en obtener por la maniobra todo lo que sólo puede dar la fuerza revolucionaria de la clase obrera. Esto no quiere decir, sin embargo, que, en general, toda maniobra sea inadmisible, es decir, incompatible con la estrategia revolucionaria de la clase obrera. Pero es preciso comprender claramente el valor auxiliar subordinado de las maniobras, que deben ser utilizadas estrictamente como medios, en relación con los métodos fundamentales de la lucha revolucionaria (…). Es preciso, pues, que el partido comprenda claramente cada maniobra (…). Se trata del fondo político de la maniobra” (Trotsky, Stalin, el gran organizador de derrotas: 198-202).

En definitiva, siempre manda la política, que en esta discusión es el contenido central, el fin de nuestra acción, y respecto de la cual las maniobras son un medio, una forma de hacer valer este fin: el de desplegar toda la potencia transformadora de la política revolucionaria.

2.5 El poder como alfa y omega de la estrategia

En este texto venimos identificando al problema del poder como el centro de la estrategia de los revolucionarios. No puede ser casual que a la hora del retorno del pensamiento estratégico a comienzos del siglo XXI, comenzara con una discusión que se instaló alrededor de “cómo cambiar el mundo sin tomar el poder”. Tony Negri en términos más generales, y luego John Holloway de manera directa (con su libro de ese título) pusieron sobre la mesa esta discusión. Es verdad que no duró demasiado; muchos de sus seguidores iniciales pasaron raudamente del “antiestatismo” abstracto a la idolatría estatista en cuanto Chávez asumió el gobierno en Venezuela y puso en marcha la llamada “revolución bolivariana”.

En todo caso, la sustancia del debate planteado por Holloway sintonizaba con un sentimiento difuso en amplios sectores de la vanguardia, y hoy en las filas del llamado “autonomismo”: una sensibilidad política que se caracteriza por rasgos antipartido, o por el cuestionamiento del lugar central de la clase obrera en la estrategia revolucionaria, además del rechazo a los problemas del poder. Holloway tiende a reproducir, un siglo después, el tipo de análisis de Robert Michels acerca de la supuesta existencia de una “ley de hierro de las oligarquías políticas”, en el sentido de la supuesta “inevitabilidad” de la burocratización de las organizaciones en el poder. Es verdad que Holloway no comparte el argumento reaccionario del autor alemán de comienzos del siglo XX en el sentido de que los explotados y oprimidos no podrían autodeterminarse por sí mismos. Más bien, se va para el otro lado: este proceso de autodeterminación es visto sin mediación alguna, como algo simple, directo. Con su irreal planteo, el autor escocés parece querer resolver de un plumazo todos los problemas de la representación política, de las masas y las vanguardias, de la organización revolucionaria, yendo incluso hasta el final en sus planteos respecto de la necesidad de no tomar el poder para que la revolución no se pudra y se hunda.

Pero aquí hay dos problemas. El primero es que, como señalara Lenin, fuera del poder todo es ilusión. No hay escapatoria al hecho de que en la transición al socialismo el Estado no pueda ser abolido de un plumazo. El Estado deberá extinguirse a medida que la lucha de clases vaya reabsorbiéndose. La abolición lisa y llana es una posición anarquista que pierde de vista la inevitable centralidad del Estado como foco de todas las correlaciones políticas, donde todavía no es la sociedad como tal la que toma en sus manos la dirección de los asuntos, sino una parte de ella, por más que lo primero debe impulsarse sin desmayo en la transición socialista auténtica. De ahí que Pierre Naville, en su colosal obra El nuevo Leviatán, a principios de los años 70, hablara más de disolución que de extinción (en un enfoque más activo) del Estado de la transición.

Pero esta pervivencia de alguna forma de Estado, o más bien de un “semi-estado proletario”, como pedía Lenin, no quiere decir que por algún fatalismo esté condenado a burocratizarse y corromperse inevitablemente. Esto depende de una serie de condiciones históricas entre las cuales está, en primer lugar, la evolución real de la lucha de clases en la arena nacional e internacional en la cual ese Estado se desenvuelva. De ahí que la ley de hierro hollowaiana de la burocratización del poder sea una racionalización abstracta y a posteriori de un proceso que ocurrió en el siglo XX por razones históricamente determinadas, y que dejaron un conjunto de enseñanzas, es verdad, pero que no tiene ningún tipo de fatalismo o “ley” por encima del desarrollo histórico mismo.

Esto es lo que nos lleva de vuelta a los problemas de estrategia. La centralidad del problema del poder se plantea porque la dictadura del proletariado es la forma política por intermedio de la cual se lleva adelante la transformación económica de la sociedad posrevolucionaria. Y sin clase obrera en el poder, dejándole el poder a otras clases o fracciones de clase, o a una burocracia que hable en nombre de la clase obrera pero en realidad persiga sus propios fines, no se pude llevar a cabo esa transformación económica de la sociedad, tal como enseñaron ya tempranamente Marx y Engels a partir de la experiencia de la Comuna de París. También la política le tiene horror al vacío.

De ahí que, sumariamente, la estrategia revolucionaria confluya en ese punto nodal: la toma del poder por parte de la clase obrera, única forma materialista de poder comenzar y llevar a efecto la transformación del capitalismo en socialismo.

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[1] .- Un análisis de este tipo es el que promueve el PTS de la Argentina. El PO argentino ni siquiera se ha tomado la molestia de estudiar críticamente estos procesos (¡más bien, se enorgullecen de lo contrario!), un rasgo de empirismo que le podría cobrar una pesada factura ante cualquier proceso revolucionario de importancia. Volveremos sobre ambas corrientes en el anexo.

[2].- Otras vertientes del movimiento trotskista cayeron en explicaciones subjetivistas, dando lugar a no menos graves desvíos políticos que las corrientes trotskistas mayoritarias y el rechazo a la defensa incondicional de la URSS promovida por Trotsky. Es el caso, entre otros, de Max Schachtman, que configuró una adaptación a las teorías del “totalitarismo” en boga en la inmediata segunda posguerra (y nuevamente hoy, post caída del Muro, en el debate historiográfico), que de manera interesada igualaban la naturaleza del stalinismo y el nazismo, y terminaba capitulando a la democracia imperialista de EE.UU.

[3].- Al respecto Trotsky señala lo siguiente: “Engels llega finalmente a la estrategia, a este terreno independiente, el más elevado del arte militar, que sin embargo está relacionado, a través de un complicado sistema de palancas y correas de transmisión, con la política, la economía, la cultura y la administración” (“Las notas de Friedrich Engels sobre la guerra de 1870-71”).

[4].- Es conocido que Lenin fue muy cauto respecto de toda crítica a la socialdemocracia alemana hasta que lo “despertó” la capitulación histórica de 1914. Posicionado contra Bernstein, veía sólo diferencias “tácticas” entre Kautsky y Luxemburgo. Por otra parte, Trotsky había realizado críticas análogas a Rosa poniendo el acento en el carácter cada vez más conservador del partido alemán (en Resultados y perspectivas, 1906), pero luego volvió a acercarse a Kautsky en razón de las pelea en la socialdemocracia rusa, y lo apoyó contra Rosa en el debate sobre la huelga política de masas.

[5].- Gramsci también desarrolló un pensamiento estratégico, aunque más fragmentario y distorsionado por su encarcelamiento y la incomprensión de la batalla de Trotsky contra el stalinismo. No fue éste su aspecto fuerte, sino más bien la problemática de la importancia de la política en la acción de los revolucionarios, así como sus agudos señalamientos en materia de la construcción del partido; podríamos decir que fue el gran “filósofo político” del marxismo revolucionario.

[6].- Nahuel Moreno intentó fundar en las circunstancias objetivas el pasaje de la revolución democrática en socialista en la segunda posguerra para no tener que atribuírselo a la dirección burocrática, como sí hizo, de manera oportunista, el mandelismo. Pareció no darse cuenta, sin embargo, de que así también habilitaba un tremendo desvío oportunista en la corriente que estaba construyendo, porque si la realidad se transformaba “objetivamente” en socialista, los problemas estratégicos se reducían a su mínima expresión.

[7].- Ya la renuncia al pensamiento estratégico ocurre cuando se considera, de manera superficial e impresionista, que la revolución socialista estaría “fuera de la agenda histórica”. Esto es propio de las corrientes del “qué no hacer”, caracterizadas, precisamente, por la renuncia explícita al pensamiento estratégico, por una práctica economicista vista como fin en sí misma.

[8].- En el mismo sentido, pero desde el punto de vista del fascismo, Carl Schmitt decía que “también la política contiene siempre, al menos como posibilidad, un elemento de enemistad, es decir, de enfrentamiento irreconciliable, el que con la guerra civil llega a su remate”.

[9],- Aquí entran las “prácticas militares” a medida que las corrientes vamos creciendo y que se van planteando mayores desafíos en materia de enfrentamientos directos. Prácticas que hay que saber llevar a cabo con criterios encuadrados en que lo que manda es siempre la política, pero que, sin embargo, tienen su especificidad en materia de “técnica militar” (y no se trata aquí de guerrillerismo, sino de los métodos de acción directos apoyados en la experiencia de lucha histórica de la clase obrera: cortes de rutas, piquetes, autodefensa, milicias, etcétera).

[10].- La maniobra de embolsamiento es un desborde de un ejército por los flancos que finalmente se cierra dejando aislado al ejército. Si este ejército está en inferioridad de condiciones y no puede romper el cerco, termina aniquilado por el oponente. En la Segunda Guerra Mundial hubo muchas batallas por embolsamiento, algunas de ellas históricas. La más conocida es la de la última fase de Stalingrado (diciembre 1942-enero 1943), cuando el Ejército Rojo termina embolsando al VI Ejército de Von Paulus atrincherado dentro de la ciudad y lo destruye.

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