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Keynes predijo en 1930 el rápido progreso tecnológico en los próximos 90 años y una nueva enfermedad, el ”desempleo tecnológico”, donde los hombres serían reemplazados por máquinas; más que una amenaza, además lo vio como una gran oportunidad. Predijo que para 2030, la semana laboral promedio se habría reducido a 15 horas, dando lugar a una nueva “clase ociosa”. Los ludditas, que a principios del siglo XIX protestaban contra las nuevas máquinas que eliminaban los puestos de trabajo en Inglaterra, destruyendo máquinas y fábricas y llegando a enfrentar al ejército británico, ya conocieron de cerca esa “novedad” y “ocio”. Eric Howsbawm dice que hacían “negociación colectiva por disturbio”, al estar prohibidos los sindicatos, por lo que el Estado les respondió en forma ejemplificadora: sus líderes fueron ahorcados o deportados.

Los robots, la inteligencia artificial o internet de las cosas, el desarrollo tecnológico en general, no son el enemigo de la clase trabajadora; pueden contribuir a crear una sociedad de superabundancia, reducir el trabajo al mínimo, proteger el medioambiente y no continuar destruyendo al planeta. Pero el principal obstáculo para ello es el capital. Mientras los medios de producción estén en manos de unos pocos, el resultado será el opuesto. El columnista de Financial Times Martin Wolf lo expresó de esta manera: ”El auge de las máquinas inteligentes es un momento de la historia. Cambiará muchas cosas, incluida nuestra economía. Pero su potencial es claro: harán posible que los seres humanos vivan vidas mucho mejores. Si terminan haciéndolo, depende de cómo se producen y distribuyen las ganancias. Es posible que el resultado final sea una pequeña minoría de grandes ganadores y un gran número de perdedores. Pero tal resultado sería una elección, no un destino“. En efecto, es una “elección” social o, más exactamente, será el resultado de la lucha de clases bajo el capitalismo.

El propio Marx lo veía de esta manera: “En la medida en que la gran industria se desarrolla, la creación de la riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuanto de trabajo empleados que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que a su vez no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción, sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología, o de la aplicación de esta ciencia a la producción. El trabajo ya no aparece tanto como recluido en el proceso de producción, sino que más bien el hombre se comporta como supervisor y regulador con respecto al proceso de producción mismo. Se presenta al lado del proceso de producción, en lugar de ser su agente principal.

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“En esta transformación, lo que aparece como el pilar fundamental de la producción y de la riqueza no es ni el trabajo inmediato ejecutado por el hombre ni el tiempo que éste trabaja, sino la apropiación de su propia fuerza productiva general, su comprensión de la naturaleza y su dominio de la misma gracias a su existencia como cuerpo social; en una palabra, el desarrollo del individuo social.

“El robo de tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparado con este fundamento, recién desarrollado, creado por la gran industria misma. Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida, y por tanto el valor de cambio [deja de ser la medida] del valor de uso.

“El capital mismo es la contradicción en proceso, [por el hecho de] que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma del trabajo excedente; pone, por tanto, en medida creciente, el trabajo excedente como condición –question de vie et de mort– del necesario. Por un lado, despierta a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio social, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por el otro lado, se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales creadas de esta suerte y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor.

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“Las fuerzas productivas y las relaciones sociales –unas y otras, aspectos diversos del desarrollo del individuo social– se reaparecen al capital únicamente como medios, y no son para él más que medios para producir fundándose en su mezquina base. De hecho, empero, constituyen las condiciones materiales para hacer saltar a esa base por los aires”.

Pero el futuro está abierto. La curva del desarrollo capitalista no puede trazarse a priori, “porque los elementos políticos y de lucha de clases, cuyos desarrollos están siempre y por definición abiertos, son imposibles de predeterminar” (R. Sáenz, 2009). Como advierte Michael Roberts: “No está escrito que el actual estancamiento no pueda ser superado y el capitalismo no pueda tener un nuevo período de desarrollo, si el final de esta larga depresión no conduce a la sustitución del modo de producción capitalista por la acción política de los movimientos de la clase obrera. Además, de ninguna manera es seguro que el capitalismo maduro todavía no pueda desarrollar y explotar nuevas tecnologías, incluso si hasta ahora ha fallado”.

De nuestra parte, queremos remarcar que la crisis económica mundial más grave desde los años 30 años ha superado la fase más aguda, pero ni los robots ni los algoritmos le han permitido relanzar la acumulación, pasando a una fase ascendente. Si el capitalismo lograra destruir los capitales sobrantes, despedir la cantidad suficiente de trabajadores, ensanchar la desigualdad social, aumentar la extracción de plusvalía, y recuperar la tasa de ganancia, entonces podría tener un nuevo soplo vital.

Serán las nuevas generaciones obreras, juveniles y del movimiento de mujeres, con su lucha, las que podrán determinar el curso de los acontecimientos, y no lo harán en condiciones adversas, sino en nueva época de crisis, guerras y revoluciones, la época de las revoluciones socialistas.

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