Ciencia, literatura y censura

El Galileo de Bertold Brecht y la lucha contra la censura estalinista y fascista

En su obra La vida de Galileo Galilei, al escritor y dramaturgo marxista Bertold Brecht recupera la figura del científico desde una visión histórica materialista, que permite pensar la relación entre ciencia y censura (el poder del Estado) a partir del cruce entre individuo y sociedad, individuo e historia.




Breve análisis del texto en sí y algunas consideraciones históricas sobre el contexto histórico de su producción.

El texto

Sin atarse a la reproducción exacta de los hechos históricos, Brecht representa a un Galileo que trabaja abnegadamente en el perfeccionamiento del telescopio y en sus investigaciones con el mismo, que le permiten confirmar empíricamente el modelo geocéntrico. A partir de este punto, el científico pasa por un auge de legitimidad (el visto bueno de un Papa “progresista”, la divulgación del telescopio y la aplicación de sus investigaciones a la técnica, que le ganan la popularidad entre burgueses y trabajadores) y, al poco tiempo, cae en desgracia por la persecución de la Santa Inquisición que, ante la herejía de cuestionar la centralidad cósmica de la creación divina, le arranca el arrepentimiento bajo tortura y lo condena a una vida entera de destierro y estricta vigilancia.

Su capitulación no le gana solamente el encierro sino también el desprecio de algunos seguidores fieles que se había ganado durante su carrera y que, decepcionados, rompen todo contacto con él. Sin embargo, salvando su vida Galileo puede continuar su trabajo: en el tiempo que logra sustraerse a la vigilancia inquisitorial, escribe un manuscrito con sus investigaciones (sus Discursos sobre la mecánica y la ley de la gravedad) y se las entrega a Andrea1, uno de sus antiguos discípulos, para que las saque de Italia y las publique en la zona más liberal de Europa.

La pelea marxista contra el oscurantismo

La elección de representar la historia de Galileo (que a primera vista podría parecer anacrónica para el siglo XX) cobra sentido si pensamos que, al momento de escribirlo (hacia 1939), el Brecht estaba pensando cómo utilizar el arte en la lucha ideológica contra el fascismo, que avanzaba a pasos agigantado en Europa2. El dramaturgo alemán recupera desde una posición marxista3 el peso histórico universal que reviste la pelea por la defensa científica el modelo geocéntrico ante el doctrinarismo clerical. Entendiendo que el marxismo no se limita a la defensa de la lucha de la clase obrera como un fin en sí mismo, sino sobre la base de que el desarrollo histórico crea nuevas formas de opresión social (el capitalismo como sucesor del feudalismo) pero también crea las condiciones materiales necesarias para la superación de la sociedad de clases (encarnando el socialismo la posibilidad de la emancipación humana definitiva y la clase obrera el sujeto llamado a realizar dicha posibilidad), Brecht muestra la necesidad de poner bajo la bandera obrera los intereses y patrimonios universales de la humanidad, entre los cuales se cuenta la ciencia, el conocimiento.

Brecht sitúa su texto trescientos años antes de su tiempo, pero en uno de los mayores puntos de inflexión históricos en el desarrollo de la visión humana del mundo, allí donde se dio un enorme paso hacia el humanismo, en el traspaso de una visión geocéntrica, que ponía a la Tierra, en tanto creación divina, en el centro del universo como punto de apoyo ideológico del poder de la Iglesia sobre la humanidad4, hacia una visión heliocéntrica, que ponía a la Tierra más cerca de cualquier otro cuerpo celeste, pero dándole a la humanidad la potestad de conocer por sí misma el mundo que la rodea y su propia realidad en base a los fenómenos materiales y no al doctrinarismo religioso.

De aquí a los problemas de los años ’30 hay un paso: en momentos donde el fascismo hacía pie en Alemania, Italia y España sirviéndose de la confusión en la consciencia de los sectores populares de estos países (tras años de guerra y revoluciones fallidas), impulsando los prejuicios más reaccionarios (el nacionalismo, el antisemitismo, el anticomunismo, etc.) en la mente de los obreros para cimentar la dictadura más descarnada del capital, para un artista revolucionario como Brecht era de primera necesidad apuntar las armas contra todo tipo de oscurantismo en la medida en que distrae a los trabajadores de su propia realidad, inventando enemigos internos para desviar su mirada de los enemigos reales; en momentos de contrarrevolución, Brecht toma con su Galileo la tarea de recuperar la razón (un valor que la burguesía tanto enalteciera como propio en su época revolucionaria y laica) como arma al servicio de la emancipación humana, contra la racionalización fascista y capitalista, que convierte a los seres humanos en objetos al servicio de la explotación y en armas humanas en una guerra de trabajadores contra trabajadores.

Otros científicos, otros censores

Dejando de lado el análisis puramente literario de la obra, queremos hacer un paralelismo histórico con el Galileo de Brecht. En la década del ’30, cuando se publica la obra, Stalin avanzaba con la burocratización de la URSS, barriendo (purgas de por medio) con todo atisbo de la democracia obrera que naciera con los Soviets y la Revolución de 1917. Burocratización que incluyó, necesariamente, la censura dentro del Partido Bolchevique y especialmente contra la Oposición de Izquierda, fracción liderada por Trotsky.

Rakovsky junto a Trotsky en 1924

Menos recordado que Trotsky es Christian Rakovski, revolucionario búlgaro que se hiciera cargo de la Oposición luego del exilio de Trotsky, pero que fue a su vez también censurado y exiliado por Stalin a la región polar de Astrakán, donde pasara varios años de aislamiento hasta que capitulara al estalinismo en 19345.

Como el Galileo de Brecht, Rakovski soportó largos años de encierro (en una región inhóspita, especialmente para un hombre mayor) pero manteniéndose durante ese tiempo más activo que nunca: de sus años de exilio en Astrakán constan sus textos más importantes, “Los peligros profesionales del poder” y las “Cartas desde Astrakán”, en los que analizó pormenorizadamente las características políticas y sociales del naciente estalinismo, elaborando una de las caracterizaciones más completas y acabadas de la burocratización, la del paso del “Estado obrero” soviético al “Estado burocrático con restos comunistas y proletarios”, similar (aunque no idéntica) a la que realizara Trotsky en La revolución traicionada, con el valor agregada de haber sido escrita desde el interior de la URSS (a diferencia de Trotsky, que debió escribir en el exilio).

Allí donde muchos podrían haberse (naturalmente) desmoralizado y abandonádose a la inercia del destierro, Rakovski se dedicó con abnegación revolucionaria a intentar comprender la realidad que se estaba viviendo en la URSS, una situación inédita en la historia (la burocratización de una revolución socialista y la aparición de una nueva “capa” social en el poder), que desorientó a más de un militante y dirigente socialista. Como Galileo, hizo un esfuerzo científico para desacralizar nuestra visión del universo, abordó científicamente los fenómenos sociales, contra la estupidización que impulsaba el estalinismo en todos los campos de las ciencias sociales y la teoría política, que reducían el análisis de la realidad a un ABC de rezos a los caudillos burocráticos; el nuevo dominio estalinista trajo su propio oscurantismo, con formas similares a las de la Inquisición y el nazismo: la censura, la destrucción de miles de obras escritas y las purgas contra dirigentes opositores, donde se fusiló a todo testigo vivo de la Revolución de Octubre.

El paralelismo entre Rakovski y Galileo puede parecer arbitrario, pero no es invento nuestro; ya Trotsky lo señaló6 luego de la capitulación del revolucionario búlgaro: “Es cierto que Rakovski, deshecho por la presión burocrática, renegó más tarde de sus críticas. Pero cuando el septuagenario Galileo fue obligado en los potros de la Santa Inquisición a abjurar del sistema de Copérnico, esto no impidió que la Tierra girase. No creemos en la abjuración del sexagenario Rakovski, pues más de una vez ha analizado implacablemente esta clase de abjuraciones [se refiere a las capitulaciones de otros dirigentes bolcheviques, como Zinoviev y Kamenev. A.S.]. Pero su crítica política ha encontrado en los hechos objetivos una base mucho más segura que en la firmeza subjetiva de su autor.” (Trotsky, La revolución traicionada).

Aquí, Trotsky señala agudamente un ida y vuelta dialéctico entre dos elementos: la realidad histórica como desarrollo objetivo y la acción subjetiva del individuo. Si bien la realidad material sobrepasa la actitud que el sujeto tome hacia ella (la burocratización de la URSS y las capitulaciones fraudulentas fueron tales sin importar la tardía capitulación de Rakovski), la acción del individuo es capaz de modificar el curso de la historia, ya sea de manera directa (un ejemplo patente de esto sería la importancia de un Lenin, que permitió cambiar el curso de la acción del Partido Bolchevique a tiempo para intervenir en la Revolución Rusa y coronarla con la toma del poder en Octubre) o indirecta (las elaboraciones de Rakovski, aún cuando este haya sido sacado por la fuerza de la actividad política y finalmente silenciado, constituyen aún al día de hoy un aporte ineludible para las teorizaciones de las corrientes socialistas contemporáneas a la hora de sacar balance de las experiencias del siglo XX y orientar la acción presente). De esta relación dialéctica entre individuo e historia parte de la necesidad de recuperar de manera crítica su figura y su trabajo (así como hace Brecht con Galileo) sin caer en subjetivismos.

Galileo Galilei

A diferencia del Galileo literario, la capitulación de Rakovski no desmoralizó, probablemente, a ningún seguidor, pues se concretó cuando la Oposición de Izquierda ya se encontraba totalmente eliminada de la URSS. Sin embargo, tampoco consiguió con su capitulación continuar su trabajo ni resguardar los conocimientos acumulados, como hiciera el Galileo de Brecht: luego de su confesión de pecado, Rakovski fue convertido en un “muerto vivo” político, se le dio un puesto en la burocracia estatal donde cumplió horario en silencio hasta 1941, cuando el estalinismo decidió fusilarlo mientras el nazismo invadía Rusia. Una gran parte de su obra (que tampoco podemos conmensurar con precisión) fue destruida totalmente por la censura, incluso libros completos. En este sentido, el estalinismo respondió al peso de la historia cristalizado en la figura del revolucionario: una vida entera de trayectoria política al servicio de la primera revolución socialista triunfante de la historia no se podía borrar con un simple arrepentimiento y algunos años de vegetalidad, era necesario borrarlo del mapa para borrar una parte del testimonio viviente de Octubre.

Ningún hecho fáctico nos lleva a pensar que Brecht se haya inspirado en Rakovski o en las palabras de Trotsky para pensar su Galileo. Mucho se ha debatido sobre la posición de Brecht ante el estalinismo, pues el dramaturgo se cuidó tanto de criticar abiertamente a Stalin como de brindarle apoyo directo. Aunque las fechas de publicación no imposibilitan una lectura de este tipo (Rakovski capitula en 1934, la Traicionada es del ’36 y Galileo Galilei de 1939) nos parece que proponer esta hipótesis sería no sólo forzado sino también reduccionista. La afinidad o similitud entre la obra de Brecht y la vida de Rakovski no es simplemente anecdótica, sino que radica en una perspectiva histórica que ambos compartían: la de dos vidas y dos mentes puestas al servicio de la lucha por el socialismo y la emancipación humana; el intento de Brecht por reivindicar la razón y la ciencia como herramientas en la lucha por el socialismo (contra toda forma de oscurantismo capitalista), así como los esfuerzos de Rakovski por esclarecer objetivamente los procesos sociales que sucedían a su alrededor (a contramano de los esfuerzos estalinistas por nublar la mente de los trabajadores de todo el mundo), forman parte de un acerbo político y teórico más amplio que ellos dos, en la medida en que la lucha por retomar la razón como herramienta de emancipación humana forma parte de los esfuerzos de elaboración marxista desde Marx y Engels hasta nuestros días, y que en el contexto de los años ’30 se hacía más urgente que nunca ante los niveles inusitados de barbarie desatadas por la contrarrevolución, tanto en su variante fascista como burocrática.

Aún hoy se plantea esta cuestión, cuando la “racionalidad” capitalista no logra llevar a la humanidad a otro lugar que al atolladero del desastre climático y social (hoy en la forma de la pandemia y la crisis sanitaria), y se hace perentorio poner el curso del desarrollo humano en manos de una racionalidad distinta y radicalmente humanista, socialista.


2 De esta época data todo el debate entre Brecht y Georg Lukacs, principal teórico literario de la URSS, alrededor del realismo socialista.

3 Queremos enfatizar la necesidad de borrar cualquier tipo de lectura “liberal” o descremada de esta obra de Brecht, especialmente teniendo en cuenta que es un texto que al día de hoy se encuentra incluso escolarizado, siendo parte de la enseñanza secundaria en países como la Argentina.

4 A lo largo del texto Brecht propone como posibles aliados de Galileo, no ya a los científicos y hombres ilustrados, sino a los campesinos pobres, a los marineros, a todos aquellos que viven de su trabajo, que se enfrentan día a día a la materialidad de la vida y a la miseria material a la que son sometidos por el orden social que defiende la Iglesia.

5 Para profundizar sobre la vida y obra de Rakovski recomendamos el artículo “Las ‘Cartas de Astrakán’ de Christian Rakovski” de Roberto Sáenz, disponible en izquierdaweb.com

6 Como disgresión, dejamos señalado que varios analistas han querido ver una similitud entre el propio Trotsky y Galileo por la lucha del primero contra la contrarrevolución estalinista. Esta comparación nos parece demasiado abierta, pero parte de condiciones que podríamos hacer extensivas a muchos revolucionarios que se vieron obligados a continuar su trabajo de elaboración teórica en el destierro o en el encierro carcelario. Casos ejemplares de esto son el de Gramsci o el de Rosa Luxemburgo, que escribió su análisis sobre la debacle de la socialdemocracia alemana íntegramente desde la cárcel.

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