El virrey Macri, a pedido de la reina Lagarde, ha expulsado de la corte al bufonesco presidente del Banco Central, Luis Caputo, para beneplácito del paje principal, Nicolás Dujovne. No le alcanzó con ser el “Messi de las finanzas” y “uno de los 6 o 7 tipos que más saben de esto en el mundo” (Marcos Peña, textual). No le alcanzó con ser el primo hermano del “amigo del alma” de Macri, Nicky Caputo. Por increíble que parezca –desde estas páginas nos hemos burlado de la supuesta “independencia del BCRA” que representaba Caputo en ese lugar–, la eyección de Caputo se debió en el fondo a que ¡era demasiado independiente! ¿De quién? Pues de la intención del FMI de bloquear toda utilización de las reservas del Central para administrar el valor del dólar. La orden de la reina Lagarde fue terminante: los dólares del FMI son para garantizar los pagos de la deuda. Punto. Basta de regalar dólares más o menos baratos.

Como se explica en otro lugar de esta edición, el torniquete de dólares y pesos que exige el FMI significa una profundización de la recesión hasta niveles que serán muy difíciles de soportar. Lo que queremos señalar aquí es que lo más perverso de todo es que probablemente ni de esa manera se evite una crisis económica, y política, que puede detonar por cualquier lado, incluidos aquellos agujeros que esta política viene supuestamente a tapar.

Veamos primero qué es lo que desató la furia del FMI a punto tal de llevarse la cabeza de Caputo. Como se recordará, el acuerdo aprobado en junio por el organismo establecía un cronograma de desembolsos de dólares frescos que, igual que ahora, tenían como meta garantizar los pagos de la deuda, no financiar fuga de capitales. Sin embargo, la corrida contra el peso no dio tregua. Y Caputo tenía como única premisa tratar de controlar el precio del dólar, al costo de reventar reservas que habían engordado con los primeros aportes del FMI, justamente. Por supuesto, como no era un Messi de las finanzas sino más bien el lateral derecho de Sacachispas, hizo todo bastante mal (¡no todo es cálculo maquiavélico, como dicen algunos que creen que los poderosos son todopoderosos!). Y el resultado fue el peor de los mundos: se esfumaron las reservas (y la guita del Fondo), el dólar se disparó igual, la incertidumbre creció y Lagarde se hartó. Como dijo un analista, “entre un mesadinerista que vende dólares sin poder controlar el mercado y técnicos del Fondo que no quieren rifar sus carreras de burócratas de Washington se expresa el nivel de descomposición de la administración diaria del naufragio macrista” (A. Zaiat, Página 12, 25-9-18).

Que Caputo haya hecho su anuncio en medio del paro general y con Macri a punto de dar su “discurso” en la Asamblea General de la ONU sólo muestra que había resentimientos palaciegos no resueltos, pero cayó pésimo en los “mercados” como muestra de irresponsabilidad y falta de profesionalismo del “equipo de lujo”. Que ya no es tal: a esta altura, lo que quedó en la conducción económica son todos peones, lacayos o clones de Lagarde; todo el elenco directorial del BCRA son técnicos ultra neoliberales, cuadros de las finanzas internacionales sin el menor vínculo con el país. Guido Sandleris, nuevo titular del BCRA, y su vice Verónica Rappoport, tienen trayectoria académica docente en EEUU y Gran Bretaña respectivamente, y viven allá. Veremos si siguen el camino de Sebastián Galiani, que después de hacer su “sacrificio patriótico” y ampliar su currículum, se volvió a su cátedra yanqui como si tal cosa.

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Gambetear el default poniendo bombas sociales

A todo esto, cualquier plan “estratégico” primero tiene que atravesar el campo minado del tembladeral cambiario. Al gobierno-FMI se le acaban las alternativas: no se pueden usar Lebacs –al revés, hay que desarmar esa bomba que representaba zafar hoy para explotar mañana– para tentar a los inversores a traer dólares o al menos a no comprarlos, no se pueden vender cantidades importantes de reservas del BCRA para planchar la divisa… ¿Y entonces? Pues llega la tan mentada “convertibilidad flexible”, con piso y techo para la cotización del dólar ajustables por inflación.

Veamos cómo es eso: el BCRA se compromete a no hacer nada mientras el dólar se mueva entre 34 (!?) y 44 pesos… por ahora. Eso significa, por empezar, que si sube a 44 (devaluación del 10-12%) el gobierno no dice ni mu, mientras la inflación cabalga a loco y los salarios se hunden. Sólo si el dólar supera los 45 pesos intervendría el Central, pero su “poder de fuego” se reduciría a 150 millones de dólares por rueda, lo que en un contexto de desconfianza y eventual corrida equivale a apagar un incendio con vasitos de cumpleaños. ¿Y si el dólar se desboca? Pues que se desboque y suba “lo que el mercado diga”, porque el BCRA no va a meter más mano. No hace falta decir cuál es el resultado de eso, que fue siempre la política explícita del FMI y el mayor temor del eyectado Caputo.

Pero incluso si se controla el dólar, el precio de la divisa se va a ir ajustando por inflación. Aunque Macri-Sandleris-Lagarde esperan/desean bajarla vía el brutal ajuste monetario, todavía queda por trasladar parte de la devaluación de agosto. Por eso la banda “34-44” puede pasar a ser “42-54” en cualquier momento.

A eso hay que agregar que, hasta ahora, ninguna cotización parece demasiado alta para los compradores locales de dólares. En efecto, pese al salto de 20 a 40 pesos entre enero y agosto, la compra de dólares para “atesoramiento” y la salida de divisas por turismo en el exterior no dan señales de amainar. Tomemos los meses de mayor recalentamiento del dólar, de mayo a agosto: las compras para atesorar se llevaron 13.800 millones de dólares, y los dólares gastados por turistas argentinos sumaron otros 2.700 millones. El gobierno suponía que la trepada del dólar iba a achicar sensiblemente esos rubros. Pero se ve que a toda persona que en la Argentina le sobre un mango, lo ahorra en dólares al precio que sea, porque calcula, con buen sentido de la historia económica, que el verde no baja casi nunca y rara vez es una mala inversión a mediano plazo.

¿Cuánta gente se lleva esos dólares? Algo más de un millón de personas. Pero de ellos, la gran mayoría son ahorristas de clase media o media alta que compran entre 500 y 1.500 dólares por mes. De los 20.900 millones atesorados por ese grupo en lo que va del año, el 62% (unos 13.000 millones) se los quedaron sólo 30.000 inversores, que compraron por un promedio de más de 50.000 dólares mensuales, o 430.000 dólares cada uno en los ocho primeros meses. El dato es más indignante cuando el propio INDEC informa que el 60% de la población tiene un ingreso individual inferior a los 15.000 pesos.

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Algunos operadores de “los mercados” miran azorados esta variante del abismo. ¿Con qué dólares piensan atender esa demanda? ¿Seguirá así la libertad libre para vaciar de divisas al país a un costo económico y social inmenso, o se viene alguna forma de cepo cambiario y/o turístico? La respuesta, creían ellos, estaría en la generosidad del Fondo. Justamente, una de las señales que “los mercados” estaban esperando era una ampliación sustancial del aporte del FMI al gobierno argentino. Se hablaba de 20.000 millones adicionales a los 50.000 millones del primer acuerdo. Pero se ve que primó la cautela y la manito adicional apenas llega a unos 7.000 millones. “Tampoco exageremos, es Argentina”, deben haber pensado.

Frente a esto, por ahora la única vía de ingreso de dólares, ya clausurado el crédito privado por saturación de endeudamiento (y altas tasas de interés) y agotada la cuota del FMI para Argentina, es… ¡la renovación de la bicicleta financiera! No lo decimos nosotros, sino ellos mismos: la gran apuesta es estabilizar (¿por cuánto tiempo?) el mercado cambiario para que vuelva a ser negocio el famoso “carry trade”, esto es, traer dólares de afuera, pasarlos a pesos, aprovechar las astronómicas tasas de interés del 60% con el dólar quieto, esperar el vencimiento en pesos y volver a pasarse a dólares (el acuerdo con el Fondo establece explícitamente que no se podrán tocar las tasas de interés de referencia hasta que se calme todo). Exactamente la misma receta que, aunada a otros factores, nos llevó a la crisis actual. Pero Lagarde-Macri especulan que el tinglado podría aguantar hasta entrado 2019. Allá ellos; ya se harán la autocrítica de haber sido “demasiado optimistas”.

Por otro lado, de más está decir que todo este esquema no hace más que dinamitar irrevocablemente las principales metas del ya ridículo presupuesto 2019, empezando por el precio que hoy es el principal de la economía, el dólar, al que se somete la marcha de la inflación, los salarios y todo el resto, salvo los pagos de la deuda externa, que se llevarán la sexta parte de los ingresos totales del Estado. Si esa ficción contable llamada Presupuesto parte de la base de un dólar a 40,10 pesos “promedio para todo el año”, y la “banda cambiaria” para comienzos de 2019 arranca con un dólar posiblemente a 48 pesos, está claro que, como decía un operador parlamentario de Cambiemos que citábamos la semana anterior, es “un presupuesto no para gobernar, sino para mostrar”.

Y es así: ¿qué importa votar un presupuesto delirante en supuestos y objetivos parciales? Lo que importa es una sola cosa: reafirmar la vocación de ajuste brutal al servicio de los acreedores, incluyendo el más importante de ellos y que ahora rige de manera directa y desembozada, casi sin intermediarios, los destinos económicos de este país: el Fondo Monetario Internacional.

 

 

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