La posmodernidad viene llegando a su fín hace tiempo. El agotamiento de su momento histórico lleva ya varios años. Hacía falta un acontecimiento sísmico para que finalmente la hiera de muerte. Así, el hecho que terminó de asestarle golpe mortal es la peste del coronavirus. El trastocamiento que el COVID-19 está produciendo en la civilización humana es impresionante. La pandemia sorprendió a todos como no lo hacía otra cosa en décadas. Es del tipo de hechos que conmueven e impactan de distintas maneras: quizá lo que tengamos más a mano para compararla serían las grandes guerras, hechos traumáticos si los hay. Pero también están los genocidios y campos de concentración, los desastres socio-ambientales, como terremotos, las inundaciones y huracanas.

También hay hechos que estremecen a la sociedad, pero en sentido progresivo: ahí están las grandes rebeliones de masas y claro, las revoluciones. El ejemplo cercano de Chile da cuenta de la alegría que estaba viviendo su población al vivir en experiencia propia, con su lucha, la construcción de una sociedad anhelada. También en plena revolución francesa el mismo Kant hablaba del “entusiasmo” como el sentimiento clásico que anima al pueblo en épocas revolucionarias. La peste, en cambio, despierta sentimientos de miedo, ansiedad y peligro.

Ahora el porvenir se tiñe de un alto grado de incertidumbre, colocando de una manera pasmosa una verdad irrefutable: ya nada será como antes. La realidad realizada es la antítesis de la idea posmoderna de la “subjetividad” y “relatividad” de la misma. Nadie duda que la peste está ahí arrojada en el mundo. Es una revolución de la realidad objetiva contra la telaraña de la ideología posmoderna y su edificio de ilusiones falsas. Es el mundo de la empiria dura que se lleva puesto años de toneladas de papers endiosadores de escepticismo gnoseológico, cinismo moral, relativismo ontológico, subjetivismo idealista. En este sentido, la peste contamina y da muerte al viejo mundo de las ideas posmodernas.

 

Los rebotes del capitalismo

En primer lugar, se trata de un acontecimiento mundial. No todos los días porciones significativas de la humanidad atraviesan un mismo hecho social que los enfrente a situaciones semejantes. En ese sentido es una nueva experiencia histórico-universal, resultado de una sociedad que ya tiene esos rasgos globalizados, altamente homogeneizados que crearon las condiciones para que dicha experiencia común tenga lugar. El grado de globalización del capitalismo, inédito en la historia humana, más el grado de sincronización y contemporanización de sus acontecimientos hace que se experimente la peste como hecho totalizante, como cosa que atraviesa a nuestra especie y la pone ante un desafío civilizatorio.

Como acontecimiento epocal, signa el tiempo específico que estamos viviendo y el impacto que tiene y tendrá sobre los desarrollos de la humanidad trazados décadas adelante. Como se señala en nuestro Manifiesto de la “Corriente Internacional Socialismo o Barbarie”: “La pandemia ya es un acontecimiento histórico de enorme magnitud. No ha habido prácticamente evento en la historia mundial que atraviese de la noche a la mañana 7000 millones de almas como lo está haciendo la actual peste” (Una pandemia capitalista del Siglo XXI). Como sucede con los grandes hechos de la historia: la 1º y la 2º guerras mundiales, la revolución rusa, el fascismo, al maoísmo, etc, que son marcas de fuego de un siglo que ya está definitivamente atrás.

Los últimos 30 años han sido el inicio preparatorio para que el capitalismo en su fase ofensiva genere las condiciones para que su capacidad productiva quede sobrepasada por su capacidad destructiva. Eso es cosa común en los sistemas sociales donde el desarrollo de sus fuerzas productivas se hace a expensas del conjunto social y de su base material natural, y en determinado momento empiezan a gestar las condiciones para su propia descomposición y superación. De ahí que no haya que desligar la expoliación sistemática e irracional que el capitalismo ha hecho sobre la naturaleza en las últimas décadas y la forma irresponsable de relacionarse con un mundo natural que muchas veces se vuelve hostil. Son como “rebotes” hacia el ser humano de los efectos desbocados de la depredación capitalista sobre el ambiente. Rebote o boomerang que regresa con catástrofes climáticos y/o enfermedades a las que nuestro sistema-mundo no está preparado.

 

La larga agonía de la filosofía del desencanto

El hecho de que el COVID-19 se vuelva tan real y palpable nos remite, en el terreno filosófico, a la pregunta que durante todos estos años se ha evitado y negado: ¿existe la realidad como cosa objetiva? Para cualquier persona con sentido común la respuesta es absolutamente obvia. Pero para el mundo de los filósofos criados en la escuela nietzscheana el axioma siempre fue el opuesto: “no hay hechos, sólo interpretaciones”.

El historiador Enzo Traverzo, en “¿Qué fue de los intelectuales?”, señala que a diferencia del sentido común reinante, Nietzsche no sería un crítico “progresista” de la modernidad, sino su opositor más decididamente reaccionario. Un crítico que no busca apoyarse en los elementos más progresivos de la cultura moderna para superarlos, sino para hacerlos echar atrás. Así, Nietzsche ya no es el representante de una crítica radical de la modernidad sino su enemigo más fuerte. Y por eso mismo es que le da el “marco epistémico” para que sobre sus ideas se fundamente el pensamiento posmoderno que viene rigiendo el mundo occidental desde la década del 80 para esta parte.

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Suponemos que ante la peste no va a haber ningún filósofo de estos que se le ocurra interpretar que el virus es sólo una perspectiva o una construcción subjetiva. Lamentablemente este tipo de axiomas de Nietzsche son los que atravesaron el pensamiento filosófico de los últimos 30 años, a partir de la publicación del texto clásico de Lyotard “La condición posmoderna” (1979), seguido en 1992 por Francis Fukuyama con “El fin de la historia y del último hombre”.

Pero a pesar de la hegemonía que estas ideas habían forjado en el pensamiento durante el trenteno posmoderno, durante las dos primeras décadas del Siglo XXI se fueron erosionando. En particular, el axioma del “fin de la historia” fue cuestionado por las oleadas de rebeliones populares que se sucedieron en el mundo. Miles y millones levantando banderas contra el orden social establecido fueron el argumento histórico-real contra estas tesis quietistas del presente histórico. Y con su acción de masas, las rebeliones fueron desechando al basurero de la historia casi tres décadas de resignación hacia el capitalismo. Nadie más que la propia humanidad en abierta rebelión al mundo existente podía ser el encargado de girar la página de la historia para hacerla re-comenzar de nuevo.

Los más conocidos dispositivos ideológicos que se divulgaron podemos sintetizarlos en tres: que no es posible el progreso humano, que el capitalismo es insuperable y que no es posible para la humanidad realizar una transformación social radical. Pero esta santa trinidad posmoderna podía, como el dogma religioso, condensarse en una idea-fuerte presente en Nietzsche (teoría del último hombre) y actualizada por Foucault : el borramiento del ser humano como centro de las cosas y por tanto, como sujeto de la historia. En su libro “Las palabras y las cosas”, el verdadero encargado de contaminar a las ciencias sociales de las ideas posmodernas, decía:

“El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin. Si esas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron, si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran, como lo hizo, a fines del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena.”

Este debilitamiento filosófico del ser humano no fue otra cosa que un ataque en regla al pilar fundamental del pensamiento y la cultura moderna: la idea-fuerte que es él mismo quién hace su entorno como especie organizada a partir del trabajo, la acción histórica y la conciencia racional. Y por tanto, capaz de trazar su destino a partir de pensar y organizar su voluntad colectiva. Fue esta la idea que jalonó la Revolución Francesa y que distintos pensadores venían fraguando desde el siglo XVI. Desde el revolucionario esfuerzo de Descartes de poner al ser humano y su razón en el centro de las cosas, desprendiéndose de la Biblia y los dictados de lo sobrenatural; pasando por la aplastante idea de Kant de que la época que se estaba abriendo con la revolución burguesa de los jacobinos era el atrevimiento humano de pensar y hacer por sí mismo. Hasta entonces, el pensamiento humano, más allá de grandiosas excepciones, había estado imbuido de distintas formas ideológicas de alienación, haciéndole creer que la historia y su destino eran obra de algún otro ser, ya fuera Dios o algún otro sustituto, en contraposición a este dogma, se originó la una conciencia moderna, esencialmente humanista.

La ruptura con esta conciencia humanista fue la posmodernidad, que tuvo como causa socio-histórica la contraofensiva capitalista de la década del 80´ y 90´. Al coro de Foucault se sumaron Deleuze perfeccionando un sistema filosófico conscientemente contra la dialéctica y la posibilidad de una comprensión holística de las cosas, a Fukuyama clausurando la posibilidad de un cambio en la historia, a Derrida vaciando al lenguaje de contenido real, y a tantos otros detractores del humanismo y la posibilidad de una profunda transformación de la sociedad. Porque si el hombre “ya no existe”, no existe más la posibilidad de que se constituya como sujeto de transformación social.

Por otro lado, si la oleada de procesos de rebeldía social y popular en diversas partes del mundo durante las últimas dos décadas trajo lo que Alain Badiou denominó el despertar de la historia, la peste trae un elemento que parece el opuesto, pero sólo en apariencia. En primer lugar el hecho mismo de la propagación desbocada del virus y la forma medieval de hacerle frente a través de una cuarentena social trae la impresión de que más que de un despertar de la historia estaríamos ante un retroceso. Y precisamente esto no hace más que poner sobre la mesa la incapacidad del sistema social capitalista de hacerle frente a un problema generado por él mismo. Y que por lo tanto, el ser humano necesita colocarse un nuevo horizonte superador más allá de la sociedad existente. La idea de la insuperabilidad del presente se ve sobrepasada no sólo por los hechos sino que le plantea a nuestra especie la necesidad de derrotar este presente de capitalismo pandémico. ¿O vamos seguir sosteniendo la cantinela fukuyámica que nada hay más allá del capitalismo?

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Por una filosofía anticapitalista y socialista

Frente a la filosofía de la desesperanza posmoderna necesitamos una filosofía que coloque nuevamente la idea de que no sólo es insostenible la sociedad en la que vivimos, sino que es necesario poner en pie una nueva.

Volviendo sobre las tesis de Marx de que la filosofía no sólo debe dedicarse a comprender el mundo, sino a transformarlo es que tenemos una tarea en relación a la nueva experiencia histórica que ya está alumbrando la humanidad. Debe incubar y luchar por un nuevo horizonte más allá de la podredumbre del inhumano capital que es el principal culpable del “rebote” pandémico que estamos sufriendo.

De golpe, todos los planteos de reformas “humanitarias” del capitalismo se vuelven directamente formas de la complicidad con un sistema social abiertamente criminal. Por eso se equivoca el filósofo Byung Chul Han en su artículo publicado estos días (La emergencia viral y el mundo de mañana) cuando al final señala que se trataría de hacer una revolución que busque restringir radicalmente al capitalismo destructivo, como si fuese posible ponerle límites a la voracidad de los grandes capitales, a la lógica de la competencia que lleva por su propia dinámica a vivir a expensas de la gran mayoría de la humanidad y de expoliar la naturaleza. Todos los intentos históricos de acotar los márgenes inhumanos y depredatorios del capital han sido en vano y hoy, cuando los elementos destructivos del sistema actúan por encima de los elementos productivos quedan aún más acotados todos los márgenes reales de pretender atenuarlos.

Por eso una filosofía que se ponga a la altura del nuevo tiempo histórico que está emergiendo debe necesariamente ser profundamente anticapitalista, so pena de convertirse en una de las cantinelas justificadoras del orden social existente. Y sobre la radical crítica al capitalismo edificar la sociedad por la que los trabajadores han luchado, no sin tropiezos, desde fines del siglo XIX: el mundo de la igualdad en todas sus formas, donde los individuos realizan sus necesidades en el marco de la libertad colectiva, planificando el desarrollo social en armonía con la naturaleza, sin discriminaciones ni opresiones de género, donde el trabajo no es un medio de supervivencia sino de la realización de las aspiraciones humanas. En fin, se trata de recuperar el material intelectual que hace al acervo histórico del marxismo revolucionario, del materialismo dialéctico en su rica escuela de pensadores y militantes que han aportado con sus ideas y sus luchas a comprender y cambiar el mundo.
Ese horizonte histórico fue expresado con mucha claridad por Albert Einstein, quien en su texto de 1949 “¿Por qué socialismo?” señalaba: “Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista (…) En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño.”

 

La necesidad de medidas radicales en lo inmediato

La novedad histórica de la pandemia, amén de que en otras épocas se ha transitado por fenómenos similares, es un desafío enorme y en lo inmediato deben ponerse todos los recursos disponibles por la civilización humana para derrotar el virus. Toda la capacidad científica, tecnológica, económica, de infraestructura, profesional, etc., se vuelve indispensable, inclusive la que está hoy bajo la órbita privada de la economía, la que debe pasar de forma integral bajo gestión estatal y social. Como los gobiernos del mundo actúan con una lógica social que privilegia la “salud” de las ganancias capitalistas, comienzan a emerger todo tipo de protestas organizadas por los trabajadores que son obligados a trabajar y no cuentan con la protección sanitaria necesaria. Alentar este proceso de emergencia obrera frente a la pandemia es, entonces, la tarea principal que tiene la filosofía en estos días tumultuosos que estamos viviendo como humanidad.

25 de Marzo de 2020
Ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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