Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS

La discusión por el Presupuesto 2018 merecería haber sido un capítulo de 1984 de George Orwell, esa magnífica fábula de una sociedad regida por la mentira, la vigilancia y el doble discurso. Como señaláramos en una nota anterior, el único elemento de realidad (y de verdad) del presupuesto es el objetivo de ajuste fiscal. De allí en más, todas las metas conceptuales y de cifras hay que tirarlas a la basura, salvo que se las quiera rescatar para una antología del cinismo.

Pasemos en limpio la situación de hoy. Empecemos con la inflación: este 2018 apunta a terminar con unaumento del costo de vida no del 42 ni del 45, sino como mínimo del 48%. La cuenta no es difícil: al 24% acumulado hasta agosto le sumamos números bien conservadores del 6,5% en septiembre (Fausto Spotorno, de la consultora hipermacrista de Orlando Ferreres, estima un piso del 7%), un 5% en octubre, un 4% en noviembre y un 3% en diciembre, el número piso para ese mes que espera/desea/ruega el propio Banco Central. Eso nos da un 48,7%, con paritarias todavía en veremos y en el mejor de los casos rondando el 30% (el promedio da bastante más abajo). Estamos hablando de un salario casi 20 puntos por debajo del índice general de inflación, pero para los asalariados, desocupados y jubilados el deterioro del poder de compra y del nivel de vida es mucho mayor aún, porque cuanto más esenciales con los bienes incluidos en la canasta familiar, más aumentaron respecto de la canasta general. Es el caso del pan, el aceite, los artículos de limpieza, los medicamentos…

Esta verdadera hecatombe social, cuyos efectos se harán más patentes a medida que avancen los últimos meses del año, ni siquiera representa un “sacrificio temporal hasta que las cosas mejoren”, como suelen decir los ajustadores locales y extranjeros, pasados y presentes. Porque el propio gobierno, por boca de Macri y sus ministros, es el que se encarga de avisar –ahora con caritas compungidas y pedidos de “paciencia”, eso sí– que la luz al final del túnel hay que buscarla a mediados del año que viene. No es pronóstico agorero nuestro: son ellos mismos los que reconocen que esperan un rebote de la actividad económica “en algún momento entre marzo y junio” de 2019. Traducido: a partir de junio… si sale todo bien, que no es precisamente lo que viene pasando. Sobre todo si el propio gobierno asume que esa “mejora” va a venir casi exclusivamente de los ingresos del agro, que no “derraman” nada al consumo y mucho menos al empleo. Incluso si ese supuesto respiro tiene lugar, el beneficiado será sólo el Tesoro, no la economía real ni la gente de carne y hueso. Lo que significa ni más ni menos que reconocer que habrá recesión durante 15 meses por lo menos.

Y es imposible que sea de otra manera mientras el nuevo y genial plan de contención del dólar pase por el ajuste brutal y tasas de interés que en cualquier momento tocan los tres dígitos, cifras que sólo son comparables con los años de inflación altísima, seguida de hiperinflación, de fines de los años 80.[1] Esas tasas de interés, que benefician casi exclusivamente a los bancos, representan un verdadero misil destructor de cadenas de pagos, crédito y empleos industriales. No hay más que pasar la lista de los cierres de fábricas y despidos, en particular en el interior, que se vienen acelerando en las últimas semanas.

Es por eso que el pronóstico oficial de caída del PBI del 2,4% para 2018 ya es considerado ridículamente optimista por las principales cámaras empresarias y consultoras, que estiman al menos un retroceso del 4 o 5%.[2] Estamos tentados de decir algo parecido de los cálculos para 2019, pero diciembre del año que viene queda tan lejos que no vale la pena. El mismísimo Carlos Rodríguez, del CEMA, ultra liberal y defensor acérrimo del ajuste en beneficio de los acreedores, se queja de que “pasamos del gradualismo al hiper shock suicida”.

 

La triple mentira del “déficit cero”

El gobierno juega todas sus fichas –pero todas, eh– a que la recesión genere una relativa estabilización y baja de la inflación sobre un tendal de desocupados, nuevos pobres e indigentes. El problema es que la premisa principal de la que parte el actual esquema de emergencia (decirle plan económico le queda grandísimo), a saber, el llamado “déficit fiscal cero”, es una ficción, en al menos tres sentidos.

Primero y esencial: no nos cansaremos de repetir que no tienen ningún sentido hablar de equilibrio presupuestario “primario”, es decir, sin considerar el pago de intereses de la deuda, sino que a la hora de hablar de déficit o superávit fiscal debe tomarse el resultado total de entradas y salidas del Tesoro nacional, incluido el servicio de deuda, porque la caja estatal es una sola. No es que el Estado paga los gastos corrientes y alguna entidad misteriosa se ocupa de los agujeros que dejan las finanzas externas; el fisco es uno solo. Por lo tanto, y según los propios números oficiales, el resultado 2019 de déficit financiero total (¡no “primario”!) arranca con un déficit del 3,3% del PBI. No cero.

Pero allí no termina la cosa. Desde estas páginas hemos insistido desde el comienzo de la mentira de las Lebac que se trataba de un instrumento ficcional para disimular el déficit y una nueva forma de hipoteca de deuda, mientras el macrismo decía que era una genialidad más de su brillante equipo. El FMI se encargó de poner las cosas en su lugar: las Lebac eran una verdadera bomba de tiempo que era urgente desactivar, algo que se empezó a hacer al altísimo costo de alimentar la corrida cambiaria. Fue así que esa masa de deuda que llegó a los 1,2 billones de pesos (que en su momento rozaban los 60.000 millones de dólares) empezó a licuarse en dólares gracias a la devaluación.

¿Significa esto que esa deuda ha desaparecido? Para nada. Aunque su volumen ha disminuido hasta unos 340.000 millones de pesos, y una porción de esa masa de deuda fue “rescatada” al costo citado, una parte sustancial de las Lebac simplemente fue reemplazada por otro instrumento, las llamadas Leliq (Letras de Liquidación) que es otro nombre para casi lo mismo, con la diferencia de que los únicos autorizados a operar con esos títulos son los bancos, ya no los particulares. ¿De cuánto estamos hablando? De otros 430.000 millones de pesos. Por lo tanto, el paquete total de déficit “cuasifiscal” (porque no es deuda emitida por el Estado sino por el Banco Central “independiente”, vean ustedes) suma 770.000 millones de pesos. Esto es, al cambio actual, unos 19.700 millones de dólares, lo que representa, siempre según las cifras oficiales del Presupuesto 2019, otro 5,4% del PBI adicional de déficit para el Estado. Déficit total: 8,7% del PBI. Bien lejos del cero y bien cerca de niveles de default.

He aquí, entonces, la segunda mentira del “déficit cero”: la supuesta “emisión monetaria cero”, que cumple muy bien con su función de reventar la actividad económica… y no sabemos cuán bien la función de bajar la inflación y la cotización del dólar. Es un engaño completo hablar de que no se emite moneda cuando el Banco Central emite alegremente algo muy similar que son títulos del BCRA llamados Leliq que tienen el mismo problema que las Lebac: son lo que se llama “pasivos remunerados”. Es decir, deuda que paga intereses, a diferencia de la emisión de moneda, que, al contrario, es un pasivo (deuda) del BCRA que no sólo no paga intereses sino que se deprecia. Y vaya que son remunerados esos pasivos, con las tasas delirantes del 70% (¿cuál es el techo?).

Cerramos con la última mentira, que tiene la forma de un axioma ideológico martillado sin pausa no sólo por el gobierno y sus medios cómplices, sino también por otros secuaces de la “oposición”. Se trata de la profundísima idea de que “el Estado, como una familia, no puede gastar más de lo que le ingresa”. Cuesta creer que semejante imbecilidad sea repetida con cara seria y tono apodíctico por referentes de Cambiemos y del peronismo herbívoro, pero en fin, cosas peores hemos escuchado.

La referida idiotez constituye una negación del razonamiento económico más elemental –sea marxista, liberal, keynesiano o medieval– y es tan groseramente desmentida por los datos más básicos que sólo nos detendremos lo indispensable. Lamentamos desilusionar a los analfabetos en economía política que nos gobiernan, pero el Estado es una institución algo más compleja que una familia en su funcionamiento financiero, tanto en su capacidad de generar ingresos como en sus mecanismos de crédito.

De ahí que mientras que una familia que vive endeudada está siempre al borde de la bancarrota o de la miseria, la situación financiera habitual de casi todos los estados capitalistas es el déficit, que naturalmente se financia con deuda. Pruebas al canto: si tomamos el índice de The Economist de las 42 economías más importantes del planeta, se verá que 33 de ellas (casi el 80%) tienen déficit fiscal, incluyendo todas las grandes con la excepción de Alemania y Rusia (que apenas superan el 1% de superávit). El superávit fiscal es la excepción, no la norma, y no necesariamente es un indicador de buena salud económica.

Así que, señores de Cambiemos, peronistas genuflexos, periodistas comprados y charlatanes a sueldo, si quieren justificar el ajuste asesino que buscan implementar, vayan buscando argumentos mejores. Bueno, el presidente Macri tiene uno, que pronunció a viva voz en el restaurant neoyorquino Cipriani, donde recibió el Global Citizen Award de manos del Atlantic Council, un poderoso lobby yanqui. Cuenta un periodista argentino allí presente que el presidente “pidió algo inédito: ‘Un aplauso para los Estados Unidos’, dijo allí” (Ámbito Financiero, 3-10-18).[3]

En resumen, el supuesto alivio que trajo la calma del mercado cambiario en estos días no oculta a nadie que quiera verlo que la caldera sigue juntando presión. Sólo es cuestión de adivinar si lo que reventará primero serán los globos de las mentiras PRO, el dólar o una situación social que se vuelve más insostenible a cada semana que pasa.

 

Notas

  1. Ya son varios los economistas, entre ellos Walter Graziano, que comparan la actual política económica con el Plan Primavera de Alfonsín en 1988, que desembocó en la hiperinflación de 1989 y el Plan Bonex de 1989, ya con Menem, que implicó un canje compulsivo de plazos fijos bancarios por bonos del Estado. Lo que disparó el Plan Bonex fue, justamente, una suba demencial de las tasas de interés de los depósitos bancarios.
  2. Las cifras del último REM (relevamiento de expectativas de mercado), que citó Marcos Peña en su visita de cortesía al Congreso (obviamente, no contestó nada de lo que le preguntaron), aunque refleja estimaciones que quedaron viejas en cuestión de días, también da números más realistas. Y ésos son los optimistas: el ex director del BCRA Aldo Pignanelli, entre otros, teme que la magia del ajuste se evapore en un par de meses y todo vuelva al borde del abismo. Ningún vocero oficial se atrevió a desmentirlo con argumentos económicos; sólo hubo monsergas “morales”.
  3. Lanzamiento de la reelección en inglés, aplausos para la Madre Patria del establishment, “enamorarse” de Christine Lagarde… Hay que pararlo antes de que el nuevo feriado del Día de la Independencia sea el 4 de julio.

 

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