LOS COMBATES DE ROSA LUXEMBURGO

Este universo socialista fue el terreno donde Rosa entabló sus principales debates teóricos y políticos, los cuales abarcaron diferentes temáticas y se proyectaron hacia el conjunto de países donde intervenía la socialdemocracia. Sus elaboraciones denotan un diálogo directo con las experiencias de la lucha de clases y, con la excepción de La acumulación del capital, en su mayoría son artículos de periódicos y folletos, formato por excelencia de difusión de la literatura revolucionaria.[1]

A lo largo de los próximos capítulos haremos un repaso crítico de sus principales elaboraciones, exponiendo sus tesis principales y el marco en que fueron elaboradas. Demostraremos que, a pesar de su fortaleza teórica y personalidad revolucionaria, Rosa nunca trascendió el marco filosófico de la socialdemocracia, por lo cual terminóquedó atrapada en una visión de la historia marcada por el fatalismo optimista y, vinculado a esto, sujeta a las formas de organización que heredó de la II Internacional.

(…)

IV CAPÍTULO

CLASE, PARTIDO Y CONCIENCIA SOCIALISTA. EL DEBATE CON LENIN EN 1904.

Aunque Alemania se convirtió en su centro de intervención militante, Rosa siempre estuvo al tanto de los acontecimientos de la socialdemocracia rusa y polaca, siendo reconocida como la máxima autoridad del tema en el SPD. Además, mantuvo su papel de dirigente del SDKPiL, del cual era representante antela Internacional y, debido a esto, los asuntos polacos hacían parte de su competencia.

Por eso sostuvo fuertes debates con Lenin en torno a las tareas del movimiento socialista en el imperio zarista. Uno de las principales discrepancias fue sobre las formas de organización del partido, en particular contra lo que ella consideró el “ultracentralismo” bolchevique y su intento por delimitar sectariamente a la socialdemocracia del movimiento obrero en general. Una crítica que, como analizaremos en profundidad, resultó equivocada y unilateral.

La crítica a Lenin

Rosa publicó Problemas organizativos de la socialdemocracia en 1904, donde polemizó con la concepción de partido que expuso Lenin en el ¿Qué hacer? (1902) y en Dos pasos adelante, dos pasos atrás (1904), referentes al debate que se suscitó en el segundo congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) de 1903, donde se produjo la escisión entre bolcheviques y mencheviques.

En este artículo se opuso al principio bolchevique de seleccionar y organizar a la militancia revolucionaria de manera diferenciada de la masa que, aunque desorganizada, ella consideraba como revolucionaria. A su modo de ver, esto constituía una desviación blanquista[2], pues se sustentaba en construir una “élite” por fuera del movimiento obrero. Adujo que no estaba en contra del centralismo, pero que su diferencia con Lenin pasaba por el grado de centralización necesaria para que la socialdemocracia rusa pudiera afrontar las condiciones peculiares impuestas por el absolutismo zarista. Por último, sumó una caracterización donde explícitamente confundió el partido con la clase obrera:

“Pero es un hecho que la socialdemocracia no está unida al proletariado. Es el proletariado. Y por ello el centralismo socialdemócrata, es distinto del centralismo blanquista. Puede ser sólo la voluntad concentrada de los individuos y grupos representantes de los sectores conscientes, activos y avanzados de la clase obrera. Es, por así decirlo, el ´auto-centralismo` de los sectores más avanzados del proletariado.”[3]

De esta forma, Rosa anuló toda diferenciación entre el sujeto social (proletariado) con el sujeto político (partido), diluyendo su especificidad como mediador entre la clase, sus experiencias de lucha y la elaboración de su consciencia. En su intento por diferenciarse del “ultracentralismo” leninista, se deslizó hacia una concepción objetivista de la acción revolucionaria, según la cual, la subjetividad del proletariado es el resultado orgánico de la lucha de clases:

Por un lado, las masas; por el otro, su objetivo histórico, situado fuera de la sociedad imperante. Por un lado, la lucha cotidiana; por el otro, la revolución social. Tales los términos de la contradicción dialéctica por la cual avanza el movimiento socialista (…) De ahí se desprende que la mejor manera en que puede avanzar el movimiento es oscilando entre los dos peligros que lo acechan constantemente (…) Uno es el peligro de retrotraerse al estado de secta; otro, el peligro de convertirse en un movimiento para la reforma social burguesa”.[4]

Llama la atención la última parte de esta cita, donde Rosa tácitamente coloca a Lenin en el extremo opuesto de Bernstein; sectarismo y reformismo son equiparados como los “dos peligros” que acechaban al movimiento socialista. Esto demuestra que su polémica con Lenin la hizo con “gafas alemanas”, para concluir que ambos conllevaban a una separación de la revolución social de las actividades cotidianas.[5]

El siguiente fragmento no deja dudas que, en su debate con Lenin, proyectó sus disputas con el curso del SPD que, para ese entonces, ya reflejaba tendencias hacia el conservadurismo, el cual asumió como una consecuencia inevitable de las direcciones partidarias ante los éxitos constructivos:

“Lo inconsciente precede a lo consciente. La lógica del proceso histórico precede a la lógica subjetiva de los seres humanos que participan en el proceso histórico. Existe una tendencia a que los organismos que dirigen el partido socialista desempeñen un rol conservador. La experiencia demuestra que cada vez que el movimiento obrero gana terreno esos organismos lo mantienen hasta el último momento. Lo transforman al mismo tiempo en una especie de bastión que detiene aun más el avance.”[6]

Así, el conservadurismo del partido quedó asociado directamente a las cúpulas, a la cuales Rosa desdeñó desde sus inicios y, por eso mismo, desde que empezó a militar en el SPD renunció a pelear por el poder en la jerarquía del partido, pues su método de dirección era por medio de la influencia, es decir, proyectando su política sobre las estructuras existentes para que asumieran un plan de acción revolucionario.Esto encajaba perfectamente con la noción de partido de masas de la socialdemocracia, pues dotaba de base social a su esfuerzo para incidir desde arriba; al mismo tiempo, la distanciaba de la concepción leninista de partido de vanguardia centralizado y disciplinado:

“Pero por nuestra concepción general de la naturaleza de la organización socialdemócrata, creemos que se justifica que deduzcamos que su espíritu requiere –sobre todo al comienzo de la formación del partido de masas- la coordinación y unificación del movimiento y no su subordinación rígida a un reglamento. Si el partido posee el don de la flexibilidad política, complementado por la lealtad absoluta a los principios y la preocupación por la unidad, podemos estar tranquilos respecto a que cualquier defecto en el estatuto del partido se corregirá en la práctica”.[7]

En su afán de diferenciarse con el “ultracentralismo” leninista (y el conservadurismo del SPD), se deslizó hacia un enaltecimiento unilateral de la acción directa de la clase obrera y, peor aún, desdeñó el papel de la dirección revolucionaria para potenciar las luchas; apeló al derecho del movimiento obrero a realizar su propia experiencia en la lucha de clases, pero sin dar cuentas que el partido es el principal espacio de elaboración y síntesis de las lecciones del movimiento obrero:

“El ágil acróbata no percibe que el único ´sujeto` que merece el papel de director es el ´ego` colectivo de la clase obrera. La clase obrera exige el derecho de cometer sus errores y aprender en la dialéctica de la historia (…) Hablemos claramente. Históricamente, los errores cometidos por un movimiento verdaderamente revolucionario son infinitamente más fructíferos que la infalibilidad del Comité Central más astuto.”[8]

Por todo lo anterior, Rosa interpretó de forma reduccionista el abordaje de la organización en Lenin, limitándolo a dos principios que consideró como una trasposición mecánica de los métodos organizativos del blanquismo al movimiento socialista: a) la subordinación exacerbada de toda la estructura partidaria al comité central que piensa y decide por todos; b) la separación rigurosa del partido de su entorno social revolucionario.

El debate del centralismo en su momento histórico

En efecto, durante los primeros años del bolchevismo (cuyo surgimiento formal se data en 1903), Lenin defendió un centralismo bastante fuerte y, en ocasiones, utilizó referencias militares o de disciplina fabril para explicar su idea de organización. Con la centralización apuntaba a establecer una nueva relación entre la base y la dirección del partido, con el fin de fundar un régimen militante para la acción por medio de la división de tareas, la disciplina, liderazgos reales y extendiendo la responsabilidad a toda la organización.[9] Por otra parte, era una forma para garantizar la existencia de una corriente revolucionaria bajo las condiciones represivas del absolutismo zarista, de forma tal que, aunque se produjeran arrestos de militantes y dirigentes, la estructura partidaria no fuera destruida y tener que volver a empezar desde cero.

Esto marcó el debate con los mencheviques, los cuales abogaban por un partido laxo y sin delimitación militante, ante lo cual Lenin reaccionó insistiendo en la relevancia de la centralización, pues era la única forma de transformar a la socialdemocracia en una fuerza revolucionaria bajo el régimen zarista. Además, recordemos que su modelo de partido estaba influenciado por la experiencia del SPD durante la vigencia de las leyes anti-socialistas (1875-1890), cuando funcionó en la clandestinidad de forma centralizada y con una estricta disciplina interna.

Por eso, en la discusión con los mencheviques en esa época (1902-1904), Lenin incurrió en algunas unilateralidades con respecto a la centralización (las cuales aceptó posteriormente) que, además, hacían parte de su estilo polémico de “doblar el palo”: asirse del eslabón más débil de la cadena en determinada coyuntura, sobre el cual golpeaba como un martillo para ganar la lucha de ese momento y, superado el problema, “doblar el palo” hacia otro asunto relevante en la nueva situación.[10]

Así pues, el énfasis de Rosa en 1904 contra el “ultracentralismo”, en parte se correspondía con el acento que Lenin puso al tema en los años iniciales del bolchevismo y, particularmente, en el marco del debate que se suscitó en el congreso del POSDR. Pero su crítica es muy desbalanceada, pues, como él mismo Lenin apuntó en una réplica (que Kautsky no publicó), Rosa se limitó a hablar de generalidades y no dijo nada concreto sobre el accionar de los mencheviques:

“La respuesta de Lenin (…) fue que ella estaba hablando de generalidades y no había respondido a una sola pregunta concreta, mientras que él estaba mostrándose muy concreto en el congreso de 1903, al que ella no asistió. Tal congreso, afirmó Lenin, le habría mostrado que no solo él era ultracentralista, sino que los que estaban violando los simples principios democráticos eran los mencheviques, que se negaron a seguir las decisiones del congreso y desearon seguir a la cabeza de la organización, aunque ya se encontraban en minoría.”[11]

Sin duda alguna, los escritos de Lenin en el período 1902-1904 estuvieron condicionados por las batallas que libró contra los mencheviques en ese momento, en particular contra la tendencia hacia la dispersión que predominaba en la socialdemocracia rusa; además, reflejaban a un dirigente todavía joven y que escribía desde el exilio para poner en pie de lucha su corriente, pero abierto a evolucionar sus perspectivas en los años venideros. Independientemente de sus exabruptos polémicos, la experiencia histórica del bolchevismo demostró que, para Lenin, el régimen interno del partido estaba vinculado a las exigencias concretas de la lucha revolucionaria y, contrario a la imagen que difunden muchos de sus adversarios, su concepción organizativa fue muy flexible según las circunstancias.

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Por ejemplo, Marcel Liebman señaló que fue hasta el estallido de la revolución de 1905 cuando Lenin maduró su concepción organizativa con la formulación del centralismo democrático, en respuesta al cambio de la situación tras la apertura de espacios democráticos, así como por la necesidad de restructurar al bolchevismo ante el vertiginoso crecimiento que experimentó durante esos años: la revolución representó un nuevo desafío para Lenin, en tanto tenía que mantener su concepción de partido de vanguardia y, al mismo tiempo, vincularlo con las masas revolucionarias. Por eso, cuando retornó a Rusia del exilio, libró una batalla contra los “hombres de comité”, los cuadros bolcheviques que se oponían a abrir el partido en medio de la oleada revolucionaria, debido a las deformaciones sectarias introducidas por años de militancia clandestina y conspirativa. Posteriormente, tras la derrota de la revolución, retornó a una práctica más centralista para resistir los embates de la reacción que diezmaron a todas las organizaciones.[12]

Por otro lado, el historial de Rosa al frente del partido polaco resta peso a sus críticas al “ultracentralismo” de Lenin, pues su papel como dirigente distó mucho de ser democrático: en su caso no trató de controlar a las organizaciones locales bajo un mando central, pero sí las ignoró sistemáticamente. Sobre la estructura del SDKPiL predominó una dirección no formal comandada por Rosa y Jogiches, los cuales tomaron decisiones de peso sin consultar a sus bases. Asimismo, el régimen interno del partido se endureció tras la derrota de la revolución en 1907, cuando Jogiches instauró un fuerte sistema de control interno alrededor de su jefatura personal,  lo cual generó renuncias de miembros de la dirección y fue una de las causas de la ruptura del partido en 1914.[13]

Para finalizar un dato histórico relevante: todas estas diferencias no impidieron que Rosa se acercara a Lenin en medio de la revolución de 1905, pues fue testigo del carácter revolucionario de los bolcheviques en comparación con el accionar de los mencheviques. Debido a esto, el SDKPiL colaboró con los bolcheviques a partir del congreso del POSDR en 1906 y hasta 1913, dando cuenta del carácter revolucionario que medió en las polémicas entre Rosa y Lenin, donde hubo diferencias, pero también acuerdos. Igualmente, deja entrever que las discrepancias sobre temas organizativos no fueron tan determinantes, como sí lo fue la política sobre el apoyo de los bolcheviques al derecho a la autodeterminación de las nacionales, algo que destacó Raya Dunayevskaya:

“Contra la idea de los antileninistas que han escrito voluminosamente que la Gran Separación entre Rosa Luxemburgo y Lenin se centró en la cuestión organizativa, la salida de los partidarios de ella del famoso Congreso Socialdemócrata Ruso no ocurrió por la cuestión organizativa, sino por la cuestión nacional. Cierto que ella escribió contra Lenin sobre la cuestión de la organización, pero ello fue después del congreso y, nuevamente, durante la Revolución de 1917.”[14]

Partido y consciencia socialista

Un aspecto que sobresale en el debate de Rosa en 1904, es que ignoró por completo el núcleo de la reflexión leninista sobre el partido de vanguardia, la cual no pasaba por hacer del centralismo un fetiche organizativo o principio absoluto, sino que partía de asumir que la elaboración de la consciencia socialista era producto de la relación dialéctica entre la clase obrera y el partido revolucionario. Esto quedó claro desde el título del artículo, donde circunscribió la polémica al plano organizativo.

Como vimos anteriormente, para ella el movimiento socialista se desenvolvía en una contradicción dialéctica entre dos polos opuestos: por un lado, las masas y su lucha cotidiana; por el otro, la revolución social en tanto objetivo histórico. A esto agregó dos mediaciones en sentido negativo, a saber, el sectarismo leninista y el oportunismo revisionista. Bajo este esquema de la lucha por el socialismo, el factor subjetivo representado por el partido se diluye y, peor aún, pareciera estar vinculado a connotaciones negativas; de esta forma, no figura ninguna tarea específica positiva para la organización revolucionaria, salvo acompañar el desarrollo orgánico de la lucha de clases.

De acuerdo a J.P. Nettl, este razonamiento condujo a Rosa a concebir que la consciencia de clase era producto de la fricción entre la socialdemocracia (en tanto representante de TODA la clase obrera) y la sociedad en todos los frentes (económico, político, cultural), por lo que arribó a una conclusión con derivas objetivistas: a más movimiento, más fricción y, por ende, más consciencia de clase.Un razonamiento que no tardó en desplazarse hacia un enaltecimiento acrítico de la acción espontánea, como reflejó en Huelga de masas, partido y sindicatos (1906), donde plasmó su balance de la revolución rusa de 1905 para luchar contra la burocracia sindical del SPD (sobre este folleto profundizaremos en el próximo capítulo).

Así, sin percatarse, incurrió en lo que tanto criticó en Lenin, pues construyó una noción de la dirección por la influencia a partir de una élite luxemburgiana. Nettl ilustra muy bien el trasfondo de este método:

“Ella no era analista ni practicante del poder sino de la influencia; en lugar de un dinamo que moviera toda la fábrica socialista, la élite debía ser un magneto con un fuerte campo de influencia sobre las estructuras existentes, y un magneto además cuya intensidad efectiva creciera a medida que la mayor fricción aumentaba el voltaje de la corriente. Una vez más, la fricción era la fuente de toda la energía revolucionaria (…)”.[15]

Como se desprende de esta cita, en la lógica de la fricción el partido pierde su lugar histórico específico, pues ya no es preciso intervenir sobre la realidad con una dosis de esfuerzo crítico concentrado para transformarla; de lo que se trata es acompañar y guiar las energías revolucionarias. Esta idea estaba profundamente vinculada a la herencia teórico-organizativa de la II Internacional, donde el fatalismo (también denominado “castastrofismo” por otros autores) alimentó la noción de que la lucha de clases presentaba un curso siempre ascendente por las contradicciones internas del capitalismo y, ante la inminente crisis del sistema, había que organizar a la clase obrera en un partido de masas que tomara el poder cuando eso ocurriera.

Rosa, aunque reformuló desde la izquierda las tesis de la socialdemocracia, no trascendió esta concepción de la historia y, por consiguiente, tampoco de sus derivas en el plano organizativo. Así, mientras Kautsky sustentó el modelo clásico de partido de masas como paso previo a la acción revolucionaria, pero que, dado el fatalismo histórico y las adaptaciones institucionales de la socialdemocracia, devino en la construcción de aparatos burocráticos y electorales como un fin en sí mismos por “fuera” de la sociedad (como detallamos en el capítulo 2); en el caso de Rosa persistió con la idea de un partido de masas, aunque trató de vincularlo directamente con la clase obrera, con el agravante que lo hizo de forma unilateral al diluir el partido en la clase y, por ende, dejándolo sujeto al desarrollo de su consciencia.

Por eso es muy atinada la crítica de Bensaïd y Nair, para quienes la compresión de la organización en Rosa nunca estuvo al mismo nivel que en Lenin, tornándose “mucho más trivial, a veces emocional, con frecuencia infra-teórica” en este terreno, al extremo de profesar un “vitalismo ingenuo” donde el partido es un resultado orgánico de la lucha de clases:

“El hecho de que Rosa, lógica consigo misma, plantea el problema del partido en función de un análisis propio de la sociedad capitalista. Según ella, el capitalismo se dirige inevitablemente hacia la catástrofe. Las contradicciones, que se agravan sin cesar, en beneficio de ´una ínfima minoría de la burguesía reinante` hacen que, por una parte, el proletariado sea espontáneamente revolucionario y por otra que su partido sea el ´punto de reunión organizador` de todas las capas sociales que esta evolución pone en movimiento contra la burguesía (…) Dentro de esta problemática –clase revolucionaria orgánicamente determinada contra clase reaccionaria-, el partido es el product de la crisis revolucionaria y no un elemento necesario, como lo demuestra Lenin, en el contexto de la formación social capitalista.”[16]

Esta idea fue persistente en ella y, peor aún, se profundizó con los años en su pelea contra el aparato burocrático, reformista y sindicalista del SPD. Por ejemplo, veamos un fragmento de su texto La acumulación del capital de 1913, donde no deja duda de su concepción objetivista en cuanto a la elaboración de la consciencia socialista, la cual asume como una respuesta que “dicta” la lucha contra el imperialismo:

“Después de haber entregado durante cuatro siglos la civilización de los pueblos no capitalistas de Asia, de África, de América y de Australia a convulsiones incesantes y a la desaparición en masa, la expansión del capital precipita a los pueblos civilizados de la misma Europa a una serie de catástrofes cuyo resultado final se encuentra en esta alternativa: o la ruina de la civilización o el advenimiento de la producción socialista. A la luz de esta concepción la actitud del proletariado frente al imperialismo es la lucha general contra la dominación capitalista. Esta alternativa dicta su conducta (…) La justa concepción de la teoría marxista ayuda a formar y dar temple a esta consciencia social y a orientar a la clase obrera en su lucha”.[17]

Lenin, a diferencia de Rosa, no consideraba que la clase obrera fuera objetiva o espontáneamente revolucionaria, incluso en el contexto de un movimiento socialista de masas como el que existía en su época; por el contrario, problematizó que el proletariado también reproducía ideologías burguesas porque estaban más fácilmente a su alcance, como sucedió con el economicismo[18]. Además, señaló los límites de las luchas espontáneas que, aunque contenían un aspecto progresivo al demostrar la fuerza del proletariado, eran la forma embrionaria de lo consciente y, por lo tanto, no permitían a la clase trabajadora superar la representación fetichizada o invertida de las relaciones sociales bajo el capitalismo, algo ineludible para tomar consciencia plena de su condición de clase explotada y oprimida.

Acá es donde Lenin ubica la tarea histórica del partido revolucionario, el cual se trasforma en el punto de encuentro entre la experiencia de la clase obrera y su interpretación en clave estratégica, pues tiene claro que la consciencia socialista no es un “reflejo” directo de la lucha de clases, sino que requiere de un momento/espacio de elaboración específica para que no se disipe o manifieste de forma fetichizada.[19]

Pero la única forma de alcanzar esa síntesis era mediante la intervención militante del partido en la lucha de clases. Así, la delimitación leninista de la organización por medio de la centralización y la selección de cuadros, se complementa con la metabolización del partido con las experiencias del movimiento obrero; en un primer momento, el partido revolucionario “divide” a la vanguardia reclutando a sus elementos más avanzados para formarlos bajo un programa y método de acción, pero, acto seguido, retorna a los movimientos para unirlos y dirigir la lucha procurando la victoria, para lo cual se apoya en los aprendizajes obtenidos anteriormente.

En este punto, Lenin innovó en la teoría de la organización del partido y, aunque pensaba que replicaba la experiencia de la socialdemocracia alemana, en realidad sentó los cimientos de un nuevo modelo de organización revolucionaria de vanguardia que, sin importar su desarrollo constructivo o las condiciones del régimen político donde operaba, siempre debía encarnar los intereses generales del proletariado, pues, de lo contrario, se tornaría en un movimiento reivindicativo o gremialista. Por eso insistió en que la consciencia socialista llegaba desde afuera de la lucha económica, pues era imposible que los trabajadores y trabajadoras comprendieran la totalidad de las contradicciones del capitalismo solamente por las luchas sindicales espontáneas.

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Asimismo, esta preocupación de Lenin por elevar el nivel de consciencia de la clase obrera, le facilitó arribar a otra premisa fundamental de su concepción de partido: la solidaridad con el resto de sectores oprimidos bajo el capitalismo. Esta idea la expuso con detalle en el ¿Qué Hacer?, pero Rosa tampoco reparó en este punto que, a la luz del desarrollo histórico, resultó determinante porque engrosó el arsenal táctico del bolchevismo con lo que Trotsky denominó el “colaboracionismo revolucionario”, es decir, atraer para la lucha obrera socialista al resto de sectores explotados y oprimidos bajo el capitalismo. Lukács explicó este concepto de la siguiente manera:

Si el proletariado quiere ser victorioso en esta lucha, debe alentar y sostener toda corriente que contribuya a pudrir a la sociedad burguesa, buscando integrar en el movimiento revolucionario de conjunto todo movimiento elemental, por poco claro que sea, de cualquier sector oprimido (…) La idea directriz de Lenin sobre el partido tiene en consecuencia, como polos opuestos indispensables: por una parte la selección más severa de los miembros en función de su conciencia de clase proletaria y, por otra, la solidaridad y el apoyo más total de todos los oprimidos y explotados de la sociedad capitalista. Se unen así de manera dialéctica la exclusividad consciente de la finalidad y la universalidad, la dirección de la revolución en un sentido estrictamente proletario y el carácter general nacional e internacional de la revolución.”[20]

Esto marcaría un punto de diferenciación constante entre Rosa y Lenin, pues ella no comprendió la importancia de las consignas democráticas para la estrategia revolucionaria, un elemento que nubló sus posicionamientos políticos con relación a las reivindicaciones de sectores oprimidos no proletarios, como ocurrió con las nacionalidades oprimidas o sectores de pequeños campesinos, algo muy patente en sus críticas a los bolcheviques durante la revolución rusa. Mientras que Lenin vinculó la autodeterminación nacional y la reforma agraria con la lucha de clases, Rosa incurrió en un sectarismo obrerista que sobreestimó la fuerza de la clase obrera y, paralelamente, subestimó la importancia de ganar para la revolución a los sectores explotados y oprimidos.[21]

Una síntesis equivocada de partido 

La crítica de Rosa al bolchevismo fue equivocada, pues se concentró unilateralmente en los rasgos formales del centralismo que defendió Lenin en el período 1902-1904 y, debido a esto, perdió de vista lo novedoso en la concepción del bolchevismo: quela elaboración de la consciencia socialista era producto de la relación dialéctica entre la clase obrera y el partido revolucionario, por lo cual era necesario constituir un nuevo modelo de organización de vanguardia que, a la vez que tenía fronteras firmemente delimitadas con relación al conjunto de la clase, al mismo tiempo retornaba hacia la misma para unirla y dirigir las luchas procurando la victoria revolucionaria.

Rosa, por el contrario, se estancó en la noción de partido de masas socialdemócrata y, aunque trató de reformularlo desde la izquierda por medio de una mayor vinculación con la clase obrera, incurrió en una síntesis mecanicista donde diluyó el partido con la clase y, por ende, lo cercenó de sus atributos de organización de vanguardia.

En resumen, sus errores en este punto son:

1- Abordó de forma unilateral el debate de Lenin con los mencheviques en el congreso del POSDR de 1903, limitándolo a una polémica estrictamente “organizativa” alrededor del “ultracentralismo”; por eso, no apreció el nudo central de la reflexión leninista en torno a la elaboración de la consciencia socialista y el papel preponderante del partido como sujeto político activo en el proceso. Asimismo, su disputa con Lenin la hizo con “gafas alemanas”, por lo que perdió el contexto ruso y esto desbalanceó su crítica al centralismo bolchevique que, amén de algunas unilateralidades argumentativas de Lenin en ese momento, era una medida correcta para superar la dispersión de los grupos socialdemócratas en el imperio zarista, así como para reafirmar el carácter militante del partido.

2- Lo anterior, fue producto de su apego al fatalismo histórico de la socialdemocracia y el modelo del partido de masas. En el caso de Rosa, pregonó un fatalismo optimista donde el proletariado avanzaba progresivamente en su nivel de conciencia en el capitalismo, debido a la fricción entre el proletariado y la burguesía. Así, diluyó la especificidad de la política en el campo social, de lo cual devino una concepción objetivista de la clase obrera como sujeto práctico de la historia que, a raíz de un “autodesarrollo” de la consciencia, orgánicamente pasaría de clase en sí a clase para sí. En este escenario, el partido de vanguardia no encajaba, pues no se requería una mediación que facilitara el acceso de la clase obrera al plano de la política.[22]

3- Confiando en la espontaneidad proletaria y en la persistencia de la agresión capitalista, concibió la organización como la confirmación del estado de desarrollo de la clase, un enfoque cuyo resultado es un partido sin iniciativa histórica, pues queda sujeto al desarrollo orgánico de la consciencia obrera, es decir, sin capacidad de anticiparse a los desarrollos de la lucha de clases, algo vital en el marco de la revolución. El bolchevismo, por el contrario, formuló una nueva combinación dialéctica entre la clase, el partido y la elaboración de la consciencia socialista, muy diferente a la que prevalecía con el modelo del partido de masas socialdemócrata; para Lenin, el partido era productor y producto del movimiento de lucha socialista, tal como explica Lukács de forma elocuente:

“Tanto la antigua concepción (representada por Kautsky) de la organización como paso previo de la acción revolucionaria, como la de Rosa Luxemburgo de la organización como producto del movimiento revolucionario de masas aparecen como unilaterales y no dialécticas. El partido, que tiene como función preparar la revolución, se vuelve a la vez -y con el mismo grado de intensidad- productor y producto, paso previo y fruto de los movimientos revolucionarios de masas. Pues la actividad consciente del partido descansa en el reconocimiento de la necesidad objetiva de desarrollo económico. Su severa delimitación organizativa vive en la interacción permanente y fructuosa con las luchas y la miseria elemental de las masas. Rosa Luxemburgo ha estado a veces muy cerca de esta interacción. Pero desconoció su elemento consciente y activo. Por eso, fue incapaz de reconocer el punto central que representa la concepción leninista del partido la función preparatoria del partido; es por esto que debió equivocarse groseramente sobre todos los principios de organización que se derivan.”[23]

Una década posterior a este debate, Rosa tuvo la oportunidad histórica de poner a prueba su concepción de partido y, como era predecible, el balance fue desastroso. Tras la bancarrota de la socialdemocracia en la primera guerra mundial, la izquierda radical alemana (de la cual Rosa era su principal dirigente) titubeó en construir una organización revolucionaria independiente por temor a separarse de las masas obreras en torno al SPD, por lo que pasó varios años como una tendencia/sensibilidad difusa de oposición interna (denominada Spartakus desde 1917) y, tras ser expulsados del partido, se sumaron a los sectores del “centro” socialdemócrata para fundar el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) en 1917, al lado de figuras como Kautsky y Bernstein, una decisión absurda y a contramano de la situación de crisis y revoluciones que abrió la guerra (una aguda definición de Lenin). Esta unidad no duró mucho, pues a finales de 1918 y, en medio de la revolución alemana, los espartaquistas se constituyeron como Partido Comunista Alemán (KPD), pero en cuestión de meses acumularon una serie de errores graves, debido a la composición juvenil ultraizquierdista de su base, así como a la insuficiente cohesión interna de su dirección, lo cual terminó en la aventurera insurrección del 05 de enero de 1919, lo cual dio paso a una ofensiva de la derecha (encabezada por el SPD) y el posterior asesinato de Rosa y Karl Liebknecht.

 

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17 de noviembre-08 de enero 2021

San José, Costa Rica


 

[1] Algo similar podemos decir para el caso de Lenin, pues la mayoría de sus obras son artículos y folletos. En el caso de Trotsky, tuvo la ventaja de vivir más y, debido a las particulares condiciones que afrontó en el exilio, produjo libros de mayor envergadura.

[2] Por blanquismo se conoce al movimiento que siguió las enseñanzas de Louis August Blanqui (1805-1881), para quien la revolución pasaba por organizar un pequeño grupo de conspiradores para efectuar un “golpe de mano revolucionario” (definición de Marx) y arrastrar al movimiento de masas tras de sí.

[3] Rosa Luxemburgo, «Problemas organizativos de la socialdemocracia», en Rosa Luxemburgo, obras escogidas (tomo I), (Bogotá: Editorial Pluma, 1979), 187.

[4] Ibíd. 201.

[5] Nettl, Rosa Luxemburgo, 247-248.

[6] Rosa Luxemburgo, «Problemas organizativos de la socialdemocracia», 190.

[7] Ibíd. 192.

[8] Ibíd. 203.

[9] Cliff, Lenin. La construcción del partido… (España: Ediciones de Intervención Cultural/El Viejo Topo, 2011), 114-116.

[10] Ibíd. 88-90. Este método resultó efectivo para superar obstáculos inmediatos, pero en ocasiones Lenin aceptó que incurrió en algunos excesos: “Nos hemos pasado; hemos doblado demasiado el palo”. Por eso, Cliff señala que cuando se cita a Lenin en temas de táctica y organización, es necesario explicar a qué problemas concretos se enfrentaba en ese momento.

[11]Dunayevskaya, Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución, 148-149.

[12]Liebman, Leninism under Lenin (Londres:Editions Du Seuil, 1973), 25-53.

[13] Nettl, Rosa Luxemburgo, 239-244 y 407-411.

[14] Dunayevskaya, Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución, 133.

[15] Nettl, Rosa Luxemburgo, 246

[16] Daniel Bensaïd y Samy Naïr, Lenin y Rosa Luxemburgo. El problema de la organización, enLe site de Daniel Bensaïd, acceso el 04 de enero de 2020, http://danielbensaid.org/IMG/pdf/1968_12_00_db_34_es_54.pdf, p. 5

[17] Rosa Luxemburgo, La acumulación del Capital (La Plata: Terramar Ediciones, 2007), 126.

[18] El economicismo fue una tendencia sindicalista dentro de la socialdemocracia rusa, según la cual había que limitarse a pelear por reivindicaciones económicas directas para la clase obrera, dejando de lado las peleas por consignas políticas. Estuvo en auge a finales del siglo XIX e inicios del XX, en medio de un ascenso del movimiento obrero y las luchas sindicales.

[19] Roberto Sáenz, «Lenin en el siglo XXI», Socialismo o Barbarie, n.º 23/24 (diciembre de 2009): 307-344.

[20] Georg Lukács, «El partido dirigente del proletariado», en Lenin (Buenos Aires: Ediciones ryr, 2014), p. 56-57.

[21] Dunayevskaya, Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución, 129-130.

[22] Daniel Bensaïd y Samy Naïr, Lenin y Rosa Luxemburgo. El problema de la organización, 10.

[23] Georg Lukács, «El partido dirigente del proletariado», 59.

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