Cien años de Evita

“El bonapartismo con faldas”

A cien años del nacimiento de Eva Perón. Texto de Milcíades Peña, gran historiador trotskista, sobre el rol de Eva Perón en el primer gobierno peronista.

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.
Milcíades Peña


Artista de radioteatro y cine, poco cotizada y muy de segundo plano, vinculada a militares de alta graduación, en 1943 Eva Duarte se ganaba la vida como podía, con su escaso arte, su mucha belleza y su desbordante audacia. En 1947, era la primera dama de la nación. “Abanderada de los humildes”, sus bienes personales —entre joyas, modelos parisinos, acciones y depósitos en bancos extranjeros— sumaban cuantiosos millones de pesos, y se la recibía en las cortes y gobiernos de Europa —sin excluir a la corte papal, que llenó de condecoraciones y bendiciones a esta moderna Magdalena.

En 1952, cuando murió, el país se paralizó durante una semana y se agotaron las flores.

Impresionantes multitudes desfilaron ante su ataúd llorando sinceramente, y las Fuerzas Armadas le rindieron honores excepcionales. Se construía un gigantesco monumento a su memoria, y hasta el 16 de setiembre de 1955, todos los días a las 20.25, una voz recordaba por todas las radioemisoras del país que a esa hora “Eva Perón entró en la inmortalidad”. En las escuelas los niños abren el libro de lectura y leen: “Evita. Evita ama a los nenes. Los nenes y las nenas aman a Eva. ¡Viva Evita! ¡Viva! ¡Viva!”.

La explicación de esta increíble parábola humana se halla en los barrios proletarios de la República, en las necesidades, ansiedades y fantasías de la gente pobre, de las mujeres trabajadoras, el sector más oprimido de su clase, de los sectores humillados hora tras hora en su contacto con las clases superiores (sirvientas, porteras y porteros de casas de departamentos…). Eva Duarte se apoya en la clase obrera, especialmente en las mujeres trabajadoras.

Perón delegó en ella la dirección de la política sindical, y toda concesión que recibía la clase obrera era “otorgada por Perón gracias a la buena voluntad de Evita”. Descontando salarios a todos los trabajadores, imponiendo contribuciones forzosas a toda la burguesía, edificó una Fundación que llevaba su nombre, desde donde distribuía caridad a los cuatro puntos cardinales, ganando el corazón de los “desamparados”. Jamás nadie había especulado más simplemente sobre la simpleza de las masas.

Sin la proletarización de grandes masas provenientes del Interior, sin la extinción del empuje combatiente del proletariado y el progresivo anquilosamiento de sus organizaciones, que culmina hacia 1942, el peronismo no hubiera sido posible. Menos aún Evita. Recién después de haber sido abandonadas y defraudadas mil veces por sus direcciones socialistas y estalinistas, tan solo entonces estuvieron las masas trabajadoras argentinas, en particular sus sectores más oprimidos, maduras para idealizar a esta “abanderada de los humildes” que vestía modelos de Christian Dior y lucía la orden franquista de Isabel la Católica.

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Perfeccionando su astucia innata, su azarosa vida personal le había enseñado a Evita a manejar a los hombres. Hizo y deshizo ministros y dirigentes sindicales, diputados y gobernadores, y también generales. Su oratoria histérica se exaltaba vociferando contra la oligarquía, contra los ricos, en favor de los desheredados. En -los mítines y en su despacho, donde trabajaba incesantemente hasta el amanecer, vestía trajes de modesta empleada; en las recepciones lucía modelos made in París y joyas millonarias. La burguesía argentina odiaba intensamente a esta plebeya advenediza que se encumbraba despotricando contra ella, y ofreciéndola al odio de la chusma.

¿Qué podían hacer las damas aristocráticas para obligar a sus sirvientas a guardar las distancias, si la poderosa esposa del presidente predicaba con el ejemplo que era patriótico insultar a los patrones? Un periodista francés que visitó la Argentina en 1951 ha dejado un testimonio extremadamente fiel de la rabia impotente que alimentaba la burguesía argentina contra Evita, esa mujerzuela, esa hija de una dueña de prostíbulo, esa… (Mende, 113).

Pero Evita realizó plenamente su vendetta. Actriz fracasada, hizo de la sociedad argentina su escenario triunfal, y murió creyendo que su comedia personal era la historia argentina. Resentida social, explotada primero, despreciada luego por la burguesía, se dio el lujo de abofetearla en la cara. Las damas oligárquicas la boicotearon, negándose a concurrir a las veladas de gala donde Eva Duarte se presentaba. Eva Duarte envió las invitaciones a los burócratas sindicales.

La intelectualidad se mofaba de ella. Eva Duarte —que no sabía construir correctamente una frase en castellano— escribió un libro que sirvió de texto obligatorio para la enseñanza del lenguaje. Y los profesores tuvieron que aplicarse a la imposible tarea de dar conferencias sobre el contenido de un libro carente de todo contenido.

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Con sus familiares y favoritos, Evita construyó una burguesía burocrática y nepotista, surgida de la nada y enriquecida fabulosamente en un tiempo fabulosamente corto con toda clase de negociados y especulaciones. La burguesía argentina y su pequeña burguesía agotaron lo más exquisito de su ingenio en chismes y chistes pornográficos acerca de Eva Duarte. Tenían razón para odiarla, puesto que Evita era la encarnación monstruosa de la debilidad de las clases dominantes frente a una pandilla de aventureros respaldados e idolatrados por las masas trabajadoras, y diestros para explotar en su beneficio los mecanismos de poder de la sociedad capitalista.

El ala plebeya del bonapartismo, encarnada en Evita, no tardó en irritar al ala tradicional, represen-tada por el Ejército. Los generales, vinculados a las clases dominantes por origen familiar o identificación psicológica, no podían sufrir pasivamente que “esa mujer” tuviera más influencia en las cosas del Estado que todas las jerarquías cuarteleras.

Ya en 1948 el ejército reclamó que Evita abandonara su actividad política, y durante varias semanas Evita restringió sus apariciones en público. Luego, en febrero de 1949, al intentar Evita visitar Campo de Mayo, fue rechazada sin contemplaciones por la guardia. Y aunque poco después, al cabo de diversos forcejeos, Perón y Eva Perón fueron agasajados por la guarnición de Campo de Mayo en un banquete formal, el antagonismo básico permaneció en pie. Cuando en 1951 la CGT proclamó para las elecciones de ese año la fórmula presidencial “Perón-Eva Perón”, las cosas rebalsaron la medida, y el Ejército se cuadró para poner las cosas en su lugar. Evita debió renunciar a ser vicepresidenta de la Nación, y al año siguiente moría. Las Fuerzas Armadas le rindieron honores excepcionales, guardaron luto y montaron guardia junto a su ataúd. Algunos de los marinos que sufrieron semejante “afrenta”, calmaron su odio tres años más tarde, ametrallando en la Plaza de Mayo al pueblo trabajador en quien Evita se había respaldado.

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