opinión

El 40% de Macri, Brian y la meritocracia

¿Qué representa ideológicamente el 40% de votos que obtuvo el macrismo a nivel nacional?

Ale Kur
Redacción Semanario Socialismo o Barbarie.


Lo que salta más inmediatamente a la vista es una definición por la negativa: el 40% que votó a Macri expresa un anti-kirchnerismo, cuyo contenido es la oposición al “populismo”. Si bien se expresa principalmente bajo la forma del rechazo a la “corrupción”, esta es solo su forma externa, ya que la “corrupción” iguala a todas las variantes de la política burguesa, sin distinguir entre peronistas y gorilas. Si la corrupción K molesta más que la corrupción M, o si solo se cree que puedan ser corruptos los K (y no los M), o si se cree que los K son mucho más corruptos que los M, esto no es porque haya pruebas empíricas que lo demuestren con seriedad: es porque está en consonancia con lo que los anti-populistas creen que el populismo es en su esencia.

Lo que explica esta forma de anti-populismo es una mentalidad profundamente liberal. Una mentalidad que considera que el Estado es por definición una maquinaria corrupta e ineficiente, y que mientras más se extienda el Estado, más se extiende la corrupción y la ineficiencia. Una mentalidad que considera que lo realmente productivo (y por lo tanto la única fuente de progreso y de modernidad) es la actividad privada, y más aún si se encuentra libre de constricciones externas, es decir, si no se la regula, sino se la “asfixia” con impuestos, etc. Desde esta mentalidad, tanto el intervencionismo económico como las políticas de la redistribución de la riqueza son regresivas e injustas: porque ahogan al principal motor del desarrollo (la libre iniciativa del individuo) y porque castigan al que se “esfuerza”, al que es “eficiente” o “innovador”, al “exitoso”, para beneficiar al “vago”, al “ineficiente”, al que no fue capaz de adaptarse.

Hay en el fondo una lógica darwinista social de supervivencia del más apto, y también una lógica meritocrática, algo similar a la famosa “ética protestante” de Weber: el “éxito” económico es la única vara con la que medir el valor de un individuo (así como el protestantismo veía que en el “éxito” económico se manifestaba la gracia divina, y por lo tanto, la prosperidad adquiría un valor elevado al nivel de la religión). La ética liberal atribuye el motivo último del éxito al esfuerzo, la perserverancia, el sacrificio, la inteligencia/talento y la disposición a tomar riesgos. Es decir, el éxito no proviene de características económico-sociales predefinidas (como el capital económico, cultural y de contactos con el que uno nace por provenir de tal o cual estrato social), no proviene de relaciones de fuerzas estructurales e históricamente determinadas (como el dominio de ciertos grupos étnico-nacionales sobre otros, de un género sobre el otro, etc.), no viene de la explotación del trabajo ajeno y del parasitismo de la renta: viene solamente de rasgos individuales.

Por eso el liberalismo no divide a la sociedad en clases sociales sino en clases morales. Está la “gente honesta” que “trabaja y produce”, y están los “vagos, los chorros”. Es decir, los que tienen las virtudes individuales necesarias para el éxito, y los que no las tienen. Además, estas virtudes estarían dadas por libre elección, por libre albedrío: el “vago” y el “chorro” son esas cosas porque eligen parasitar a los demás, pudiendo no hacerlo, porque son “sinverguenzas”. Para esta visión, tanto el populismo como el socialismo (que en última instancia son vistos como sinónimos) implican el predominio de la clase de los inmorales por sobre la clase de los morales: es “el mundo dado vuelta”, el famoso mundo de la canción “Cambalache”:

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“Que el mundo fue y será
Una porquería, ya lo sé
En el quinientos seis
Y en el dos mil, también
Que siempre ha habido chorros
Maquiavelos y estafaos
Contentos y amargaos
Varones y dublés
Pero que el siglo veinte
Es un despliegue
De maldá insolente
Ya no hay quien lo niegue
Vivimos revolcaos en un merengue
Y en el mismo lodo
Todos manoseaos
Hoy resulta que es lo mismo
Ser derecho que traidor
Ignorante, sabio, chorro
Generoso o estafador
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
Que un gran profesor
No hay aplazaos ni escalafón
Los ignorantes nos han igualao
Si uno vive en la impostura
Y otro roba en su ambición”
Da lo mismo que sea cura
Colchonero, Rey de Bastos
Caradura o polizón”

En este “mundo dado vuelta”, la emoción que predomina en el liberal es la indignación. El liberal está siempre “indignado” porque los inmorales se imponen sobre los morales. Eso además lo vuelve irritable y violento: considera que lo que opina no es discutible, porque no se trata de materia de opinión sino de moralidad, una lucha entre el bien y el mal.

Por último, la “clase de los inmorales” adquiere rasgos físicos visibles. Si los pobres son pobres porque quieren, y la mayoría de los pobres son negros (o por lo menos, la mayoría de los negros son pobres), entonces la “negritud” es un rasgo visible de la falta de esfuerzo. El “negro de alma” es aquel que eligió vivir en la desgracia, es decir, sin gracia divina, es decir, sin éxito, parasitando a aquel que sí es exitoso. No importa aquí que los negros (sean descendientes de indígenas o de africanos) tienden a ser pobres precisamente porque sus tatarabuelos fueron despojados de sus tierras, esclavizados, sometidos. Según la mentalidad liberal, toda persona tiene la oportunidad de elevarse por encima de su condición de nacimiento, si se esfuerza lo suficiente. De paso, esto sirve para distinguir al “negro de alma” de aquel que solamente es negro de piel, es decir, a aquel que nació negro pero se “blanqueó” en su alma mediante su esfuerzo meritocrático.

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Por eso para los liberales, el populismo (al igual que los piqueteros)  es el movimiento social de los “negros de alma”. El populismo sería la forma encarnada de la maldad, de la vagancia y el robo, corporizada a través de un Estado invasivo. Ahí están los “Braian”, con su visera dada vuelta, fiscalizando para una fuerza política cuya única razón de ser sería robarle a la “gente honesta”. No importa si Braian roba o no: todo en su ser exuda inmoralidad.

Esa es la visión del 40% que votó a Macri, detalles más o detalles menos. Habrá entre ellos algunos más particularmente fascistas, movidos por convicciones profundamente conservadoras. Otros más liberal-progresistas, con pañuelo verde y convicción honesta en las instituciones democráticas de la República. Algunos más religiosos y oscurantistas, otros más laicos y modernos. Pero el cemento que los une a todos es esa visión liberal sarmientina, del “hombre que se hace a sí mismo”. Por eso populismo, socialismo y comunismo son malas palabras para todos ellos.

No conozco la receta de cómo hacer para hacer retroceder a ese 40%. Seguramente, un núcleo duro importante sea irreductible, especialmente entre las clases altas y medias privilegiadas, porque expresa en términos políticos-ideológicos sus intereses de clase. Seguramente, otra parte (trabajadores y clases medias bajas) estén allí motivados por el fracaso histórico de todas las otras alternativas (desde la caída de la URSS hasta el desastre de Venezuela), por la imposibilidad de los proyectos populistas para lograr una mejora estructural en nuestros países atrasados y dependientes. Otra parte, posiblemente, esté ahí simplemente porque siempre la visión de las clases dominantes tiene más facilidad para reproducirse (es decir, generar hegemonía) que la de las clases dominadas.

Lo que sí está claro es que, para poder como mínimo neutralizar a ese 40%, es necesario que las clases obreras y populares se muestren como un polo alternativo, activo, militante. Que tomen las calles, que tomen los asuntos en sus manos. Que desarrollen su iniciativa, que peleen hasta el final por sus propias demandas. Que construyan sus propios organizaciones y sus propias direcciones, independientes no solo de las de los liberales, sino también de ese populismo que no es capaz de modificar estructuralmente las condiciones de explotación y de opresión. Mientras las calles estén vacías, la cancha está inclinada para el lado de los liberales, porque son los que poseen la riqueza, los medios de producción y de comunicación, las posiciones de autoridad y prestigio en la sociedad, etc. La movilización popular es un requisito, como mínimo, para igualar las condiciones de la pelea político-ideológica-cultural, y por lo tanto para abrir la posibilidad de ganarla.

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