Publicado en Sin Permiso el 13/06/2020

“¿Pueden oírnos ahora?” Esas palabras habían sido pintadas con aerosol sobre las ventanas selladas de la East Lake Clinic en Minneapolis, cerca de la comisaría de policías que fue quemada por los manifestantes durante la noche del 28 de mayo.

El mundo entero ha visto como los policías asesinaron a George Floyd. No obstante, fueron necesarios ocho días de protestas masivas y multirraciales hasta que los policías fueran acusados. Sin el tumulto -y sí, incluso los disturbios- el asesinato a sangre fría de George Floyd hubiera sido tratado como otro ejemplo de la policía “haciendo su trabajo”.

Al fin, las protestas han forzado a que todo el mundo admita que la supremacía blanca no es parte del pasado, sino que está permanentemente anclada en la estructura de la sociedad estadounidense, desde los tiempos de la esclavitud y del genocidio contra los pueblos originarios que posibilitaron el sistema capitalista. El racismo no es una simple aberración del sistema, sino el componente central del mismo. Quienes denunciaron la “violencia” que estalló durante las protestas a través del país, no lo entienden. Mientras, a la clase capitalista no le importan nada las vidas negras y mulatas (o sea, latinas): los patrones defienden con devoción la propiedad privada y la “legitimidad” de las fuerzas policiales que “sirven y protegen” sus intereses.

El lenguaje inaudible

Como el reverendo Dr. Martin Luther King Jr. señaló en 1967:

“La revuelta es el lenguaje de los ignorados. ¿Y qué es lo que Estados Unidos no ha escuchado? No ha escuchado que la situación de los negros pobres ha empeorado en los últimos años. No ha escuchado que las promesas de libertad y justicia no se han cumplido. Y no ha escuchado que grandes segmentos de la sociedad blanca están más preocupados por la tranquilidad y el status quo que por la justicia, la igualdad y la humanidad. Y así, en un sentido real, los veranos de disturbios de nuestra nación son causados por los inviernos de atraso de nuestra nación”.

King concluyó:

“mientras América posponga la justicia, estamos en la posición de tener estas recurrencias de violencia y disturbios una y otra vez. La justicia social y el progreso son los garantes absolutos de la prevención de los disturbios”.

Las palabras de King son igual de relevantes hoy en día, demostrando lo poco que ha disminuido el racismo virulento en la sociedad estadounidense, más de cinco décadas después. Y entonces, como ahora, los levantamientos urbanos sacudieron a la sociedad hasta el fondo, poniendo en el centro del escenario el tema de la violencia policial racista. Pero mientras que las rebeliones urbanas de los años 60 fueron casi totalmente negras, las protestas que tienen lugar hoy en día, en todo el país, son completamente multirraciales. Es significativo no sólo que los blancos se unan a las protestas, sino que otras personas racialmente oprimidas -como los indios americanos, que también han sufrido siglos de brutalidad- se identifiquen con la lucha. Como Ben Pease, un artista indígena de Montana, afirmó, “Personalmente, me pregunto, ¿cuán fuerte tienes que ser para que te escuchen? ¿Cuántas veces tienes que morir? ¿Cuántos afroamericanos tienen que morir a manos de la policía para que haya un cambio sistémico? Los disturbios obtienen resultados. El saqueo obtiene resultados. La protesta tiene éxito”. Debemos preguntarnos qué significa todo esto para organizarnos en el futuro contra el racismo.

Si bien la mayoría de los comentaristas de la realidad, condenan la quema y el saqueo como actos gratuitos de destrucción, rebelarse contra el racismo es una táctica que se ha demostrado eficaz, al poner el foco sobre la violencia sistemática infligida a los negros y los mulatos (o latinos), normalizada dentro del mainstream de la sociedad, sostenida por la aplicación del statu quo por parte de los funcionarios políticos, y perpetrada por la policía y los supremacistas blancos (que, con demasiada frecuencia son los mismos). El asesinato de George Floyd fue nada menos que un linchamiento del siglo XXI.

“No puedo respirar” fueron también las últimas palabras de Eric Garner en 2014, pronunciadas desesperadamente once veces antes de ser asesinado por un estrangulamiento policial en Staten Island, Nueva York, también capturada en vídeo. Cada ciudad importante de los Estados Unidos tiene sus propias víctimas afroamericanas y latinas, muchas de ellas asesinadas por la policía y otras por vigilantes armados blancos. Entre ellas se incluyen, más recientemente, Breonna Taylor, la joven socorrista de Louisville, Kentucky, a quien la policía disparó y mató mientras dormía, y Ahmoud Arbery, de Brunswick, Georgia, asesinado  mientras corría a manos de dos hombres blancos (uno de ellos un ex policía). “Diga sus nombres” ha sido el coro gritado durante las protestas por todo el país en memoria de tantas otras víctimas afroamericanas cuyos asesinos esquivaron el castigo -desde Trayvon Martin, hasta Michael Brown, Freddie Gray y Tamir Rice-, para nombrar sólo algunos de una lista muy larga.

Las protestas se extendieron a través del mundo en solidaridad con la lucha en los Estados Unidos, porque el racismo y la violencia policial racista son características fundamentales del capitalismo en todas partes. La consigna “No puedo respirar” se ha convertido en un canto universal de los antirracistas de todo el mundo, ya que los manifestantes llevan fotos de George Floyd y, como era de esperar, la policía les responde con gas lacrimógeno. El impacto del asesinato de Floyd y la protesta contra el crimen se demostró vívidamente el 30 de mayo, cuando cientos de personas se manifestaron en Tel Aviv para exigir justicia por Iliad Hallak, un palestino con autismo que recientemente fue asesinado a tiros por la policía en la Ciudad Vieja de Jerusalén. Los carteles de la protesta decían «La vida de los palestinos importa» y «Justicia para Iyad, justicia para George».

Toques de queda y violencia policial

Al principio, los políticos y expertos respondieron al asesinato de George Floyd con expresiones de angustia (que oscilaban entre fingidas y sinceras), pero se volcaron contra los manifestantes tan pronto cuando comenzaron los incendios y los saqueos. Los funcionarios impusieron toques de queda nocturnos casi inmediatamente, mientras que 24 estados más el Distrito de Columbia llamaron a la Guardia Nacional, transformando las protestas en asambleas “ilegales”. Los medios de comunicación centraron su atención en las protestas repentinamente “sin ley” en lugar de la violencia policial racista que las provocó en primer lugar.

Mientras que los medios de comunicación corporativos se centraron casi exclusivamente en la “violencia” de los manifestantes, la policía se amotinó por todas partes, disparando balas de goma, golpeando, pateando, aplicando gas lacrimógeno y, en algunos casos, atacando a los manifestantes con las manos en alto y a los periodistas que exponían la violencia policial. Medios como Vox, Slate y The Verge, junto con los medios sociales, fueron de los primeros en documentar los innumerables casos de violencia policial contra los manifestantes, mucho antes de que los medios de comunicación se dieran cuenta. Un vídeo especialmente inquietante mostraba a la policía de Austin (Texas) disparando contra una multitud de manifestantes pacíficos con balas de goma y gas lacrimógeno, y luego disparando contra los que intentaban llevar a un manifestante herido a un lugar seguro. En otro caso, la policía y la Guardia Nacional de Louisville dispararon y mataron al querido propietario de un restaurante local, David McAtee. Ninguno de los policías había activado sus cámaras corporales antes de abrir fuego contra McAtee. Los policías de Buffalo, Nueva York, fueron mostrados en video usando cachiporras para empujar a un pacífico manifestante de 75 años, mientras el anciano yacía sangrando por la cabeza.

La brutalidad policial fue tan feroz y tan extendida que nadie que la haya visto, y mucho menos la haya experimentado, podría seguir culpando de la violencia policial a “sólo un puñado de mala gente”. Es obviamente sistémico.

Es imposible ignorar el contraste con el trato benigno de las fuerzas del orden a los reaccionarios blancos que protestaron en las capitales de Michigan y otros estados exigiendo la reapertura de las economías estatales a partir del cierre del coronavirus. Esos blancos armados no sufrieron ni un solo arresto a pesar de gritar obscenidades y escupir a la policía, mientras que el Presidente Trump los vitoreaba llamando a los gobernadores de los estados para “liberarlos” de la tiranía del distanciamiento social en medio de la pandemia.

Donald Trump y los de su calaña, sin duda, fomentaron más violencia policial contra los manifestantes. En 2017 Trump aconsejó a la policía que arrestara a los “matones” para ser “duros” con ellos. A la misma línea, Trump respondió a los manifestantes por George Floyd con una tormenta de tuites, llamándolos “¡matones!” y declarando “Cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”, repitiendo la amenaza de un jefe de policía segregacionista de sureño de la era de los 1960. Trump y su lacayo fiscal, William Barr, aprovecharon la oportunidad para culpar de la violencia a “agitadores radicales” de izquierda como “antifa” (anti-fascista). Trump tuiteó poco después que designaría a la antifa como una “organización terrorista” (¡aunque no existe tal organización!).

Trump se pasa de la raya

Entonces, el infantil Trump, excedió groseramente su propia autoridad. Aparentemente, el 31 de mayo Trump se refugió en el búnker de la Casa Blanca ante las crecientes protestas en Washington, D.C. Al día siguiente Trump decidió hacer una nueva sesión fotográfica para contrarrestar esa imagen cobarde. Se fue por la calle desde la Casa Blanca hasta la parcialmente quemada Iglesia de San Juan, y posó con una biblia para reforzar su base de votantes. Por orden de Trump, Barr cruzó la calle a toda prisa para exigir a las fuerzas del orden que expulsaran a los manifestantes pacíficos para despejar el camino antes de la deseada sesión de fotos de Trump.

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Los oficiales con equipo antidisturbios usaron balas de goma, granadas de flash y gas lacrimógeno contra la protesta que habían sido perfectamente legal, al realizarse antes del toque de queda de las 7 de la tarde en Washington D.C. Mientras Trump celebraba una conferencia de prensa en el Jardín de Rosas de la Casa Blanca -donde anunció su plan de invocar la Ley de Insurrección de 1807 para movilizar a las tropas federales y así “dominar” las calles contra los manifestantes- se podían oír en el fondo los gritos de los manifestantes y el estruendo de las armas de la policía. Cuando Trump, que raramente asiste a la iglesia, sostuvo la biblia (al revés) para los fotógrafos frente a la Iglesia de San Juan, se le preguntó si tenía su propia biblia. Respondió: “Es una biblia”.

Parece que Trump provocó una crisis constitucional al amenazar con utilizar la Ley de Insurrección en todo el país, mientras que también convocó a las tropas en servicio activo de la División 82 Aerotransportada a Washington, D.C. El apoyo comenzó a deshacerse incluso entre los aliados más cercanos de Trump a raíz de estos acontecimientos. El Secretario de Defensa Mark Esper registró su oposición a Trump invocando la Ley de Insurrección, declarando: “La opción de utilizar fuerzas de servicio activo en un papel de aplicación de la ley sólo debe utilizarse como último recurso y sólo en las situaciones más urgentes y graves». No estamos en una de esas situaciones ahora”.

El ex Secretario de Defensa del Presidente Trump, el ex general James Mattis, declaró que estaba “enojado y horrorizado” por la respuesta de Trump. Mattis añadió, “Nunca soñaria que las tropas… recibirían la orden, bajo ninguna circunstancia, de violar los derechos constitucionales de sus conciudadanos, y mucho menos de proporcionar una extraña foto para el comandante en jefe elegido, con el liderazgo militar a su lado”. Un puñado de congresistas republicanos han apoyado abiertamente a Mattis, incluyendo a la senadora Lisa Murkowski (Alaska), quien dijo que está “teniendo dificultades” sobre si votará o no por Trump en 2020.

Es cierto que faltan casi cinco meses para las elecciones de noviembre, pero hay señales ominosas que emergen para el futuro político de Trump. El representante Steve King de Iowa, después de cumplir nueve mandatos y conocido por mantener una bandera confederada en su oficina, fue derrotado en las primarias de junio de 2020. King fue infamemente citado por el New York Times en enero de 2019 preguntando, «Nacionalista blanco, supremacista blanco, civilización occidental, ¿cómo se convirtió ese lenguaje en ofensivo?»

Los ecos políticos liberales

El Gobernador de Minnesota Timothy Walz es miembro del liberal Partido Demócrata-Agricultor-Laboral, o DFL. Los alcaldes liberales gobiernan tanto en Minneapolis (Jacob Frey, también del DFL) como en St. Paul (Melvin Carter III, el primer alcalde afroamericano de la ciudad). Los tres expresaron su decepción y enojo por el asesinato de Geoge Floyd, aunque se hicieron eco de la idea de que “agitadores externos” cometieron la violencia una vez que comenzó. A diferencia de Trump y sus compinches, culparon no sólo a los izquierdistas sino también a los supremacistas blancos que invadieron el estado para fomentar la violencia. Sin embargo, se vieron obligados a retirar esas afirmaciones una vez que surgieron pruebas concretas de que los que habían sido arrestados en Minneapolis eran en su mayoría de origen local.

Hay algunas pruebas de que los supremacistas blancos intentaron (con poco éxito) fomentar la violencia o culpar a los antifascistas de la violencia, mientras que todavía no hay pruebas creíbles de que los “radicales violentos” lo hicieran. El grupo nacionalista blanco Identidad Evropa, por ejemplo, identificándose falsamente como @ANTIFA_US en Twitter, tuiteó el 31 de mayo, “Esta noche es la noche, camaradas”, acompañado de un emoji de puño levantado marrón y “Esta noche decimos ‘Joder La Ciudad’ y nos movemos a las zonas residenciales… las capuchas blancas… y tomamos lo que es nuestro…”

No obstante, los líderes políticos liberales respondieron a los manifestantes con un antagonismo considerable. Por ejemplo, después de que la policía de la ciudad de Nueva York condujera deliberadamente dos vehículos contra un grupo de manifestantes, el alcalde Bill de Blasio dijo que no “culpó” a la policía, y añadió: “Si esos manifestantes se hubieran apartado y no hubieran creado un intento de rodear ese vehículo, no estaríamos hablando de esto”. Días después, el alcalde defendió a la policía que golpeaba a los manifestantes con porras, declarando: “En el contexto de la crisis, en el contexto del toque de queda, hay un punto en el que ya es suficiente”. No fue sorprendente entonces que cuando de Blasio se levantó para hablar en un servicio conmemorativo por George Floyd el 4 de junio, la multitud, cantando “No puedo respirar” lo abucheó hasta que él se repliega el escenario.

Asimismo, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, a pesar de casi dos semanas de protestas continuas, se negó a comprometerse a desfinanciar al departamento de policía y fue expulsado de una protesta de George Floyd el 6 de junio con fuertes abucheos y burlas como “Vete a casa, Jacob”.

Mientras tanto, el presunto nominado presidencial demócrata Joe Biden no dio consuelo a quienes buscaban un cambio transformador del sistema policial racista cuando ofreció el siguiente consejo táctico para que la policía lo utilizara durante los altercados con sospechosos desarmados: “les disparas en la pierna en vez de en el corazón”.

El supuestamente “liberal” New York Times publicó el 3 de junio un artículo de opinión titulado “Send in the Troops” (Envíe las tropas) del senador de Arkansas Tom Cotton, en el que se hacía eco del llamamiento de Trump a utilizar la Ley de Insurrección para movilizar al ejército federal con el fin de crear “una abrumadora demostración de fuerza para dispersar, detener y, en última instancia, disuadir a los infractores de la ley”. Cotton también repitió la falsa afirmación de Trump de que la destrucción de la propiedad fue causada por “cuadros de radicales de izquierda como antifa infiltrándose en las marchas de protesta para explotar la muerte de Floyd para sus propios propósitos anárquicos”.

El artículo de opinión de Cotton, sin embargo, provocó una rebelión de los empleados del Times,  y docenas de ellos tuitearon que “Publicar esto pone en peligro al personal de @nytimes afroamericano”. Además, más de 800 miembros del personal firmaron una carta de protesta y le amenazaron al Times con un “paro virtual”. El Times publicó un artículo de opinión titulado “El artículo de opinión fascista de Tom Cotton” ese mismo día y emitió una disculpa al día siguiente. El 7 de junio, el editor de la página editorial renunció bajo presión.

Minnesota: un microcosmos de todo lo que está mal en EE.UU.

La familia de George Floyd pidió no sólo el arresto de los cuatro oficiales que lo asesinaron, sino también un cargo de homicidio premeditado para Chauvin debido a la gravedad y la intención del crimen. Resulta que Chauvin y Floyd trabajaban en el mismo club nocturno local, El Nuevo Rodeo (que se quemó durante los disturbios), con turnos superpuestos los martes por la noche. El antiguo propietario del club describió a Floyd como “muy querido en la comunidad latina”, al tiempo que señalaba que los clientes negros se quejaban del trato rudo que Chauvin les daba, señalando que rociaba a la multitud con spray de pimienta cuando estallaban las peleas, lo que se llamaba un “exceso”.

El abogado de la familia Floyd, Benjamin Crump, dijo que el empleo compartido de Floyd y Chauvin «va a ser un aspecto interesante de este caso y esperamos que estos cargos se eleven a asesinato en primer grado porque creemos que él sabía quién era George Floyd». Creemos que tenía intención de hacerlo».

Chauvin tiene registradas 18 quejas durante sus casi dos décadas como miembro de la fuerza  policial. Sólo dos de esas quejas resultaron en una carta oficial de reprimenda, mientras que las otras no produjeron ninguna sanción disciplinaria. Por el contrario, Chauvin fue premiado por el Departamento de Policía de Minneapolis y destacado por su “valentía” en el trabajo. Se le concedieron dos medallas al valor, una en 2006 y otra en 2008. También ganó dos medallas de reconocimiento, en 2008 y en 2009.

Minneapolis es técnicamente una ciudad muy liberal, con un consejo municipal formado por 12 demócratas y un miembro del Partido Verde y dos miembros negros transexuales. Pero Robert Lilligren, el primer nativo americano elegido al Consejo de la Ciudad en 2001, explicó, “Minneapolis se ha sostenido de esta reputación de ser progresista”, y añadió, “Esa es la vibración: hacer algo superficial y sentir que has hecho algo grande. Crea una comisión de derechos civiles, crea una junta civil para revisar a la policía, pero no les des la autoridad para cambiar las políticas y cambiar el sistema”. Un residente de largo tiempo nacido en Somalia, describió la cultura de la ciudad como “racismo con una sonrisa”.

Y el departamento de policía de Minneapolis es notoriamente racista, matando a 30 personas entre 2000 y 2018 del cual la clara mayoría de ellos eran afroamericanos, en una ciudad con una población negra de menos del 20 por ciento. Los registros de la policía de Minneapolis muestran al menos 237 casos de policías agarrando a los arrestados del cuello durante los arrestos, dejando a 44 personas inconscientes. Tres quintas partes de los que resultaron inconscientes eran afroamericanos.

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Sin embargo, sólo un policía ha sido condenado en décadas: Mohamed Noor, el policía negro que en 2017 disparó y mató a Justine Ruszczyk, una mujer blanca desarmada. A su familia se le concedió una compensación de 2 millones de dólares. Si bien esa condena y ese acuerdo están justificados, el doble estándar ilumina aún más las discrepancias raciales en los casos de asesinato policial, cuando las familias negras no obtienen la satisfacción de una condena, ni un acuerdo financiero de ningún tipo, por muy fuertes que sean las pruebas.

En 2016, por ejemplo, Philandro Castile fue detenido por una violación de tráfico. Después de informar al policía de que estaba en posesión de un arma de fuego legal y autorizada, el oficial respondió disparándole siete veces. La novia de Castilla entró en Facebook Live y grabó sus últimos momentos mientras su hija de 4 años miraba desde el asiento trasero. Los fiscales acusaron al policía de homicidio, pero fue absuelto meses después, a pesar del video, tomado por la cámara de la policía sobre el tiroteo.

Y el Teniente Bob Kroll, el jefe del sindicato de la policía de Minneapolis, es un racista vocal, que aparentemente lleva un parche de “poder blanco” en su chaqueta de motocicleta y pertenece al City Heat Motorcycle Club, un grupo de motociclistas policiales de supremacía blanca. Es un entusiasta partidario de Trump que ha llamado a Black Lives Matter (BLM) una “organización terrorista” y, ante las recientes protestas contra la brutalidad policial, denunció al difunto George Floyd como un “criminal violento”.

De hecho, Minnesota es un microcosmos de todo lo que está mal en EE.UU. Como Kandace Montgomery y Miski Noor resumieron en Vox,

Minnesota, que tiene una población negra del alrededor de 6 por ciento, también ha tenido la cuarta mayor brecha de empleo entre los residentes negros y blancos en el EE.UU. Durante años recientes, alrededor de 8 por ciento de las familias afroamericanas estaban desempleados, comparado con el 3 por ciento de los familias blancas.  Los resultados de los exámenes de lectura de los estudiantes negros de cuarto grado han sido mucho más bajos que los de sus homólogos blancos, lo que lo convierte en la segunda mayor brecha de los 41 estados que examinaron a suficientes estudiantes negros. De acuerdo de datos del Buro Censo en  2017, el 76 por ciento de los hogares de Minneapolis encabezados por una persona blanca son propietarios de su casa, en comparación con el 24 por ciento de los hogares negros, una de las mayores disparidades del país. En 2019, un sitio web de noticias financieras clasificó a Minneapolis como la cuarta peor área metropolitana de los Estados Unidos para los afroamericanos, basándose en tales disparidades.

Estas desigualdes  se reflejan en el comportamiento del Departamento de Policía de Minneapolis. Según City Lab, un informe de 2015 de la Unión Americana de Libertades Civiles encontró que en Minneapolis, las personas negras tenían “8,7 veces más probabilidades que los blancos de ser arrestados por delitos de bajo nivel como allanamiento de vivienda, tocar música demasiado fuerte desde un auto (esto es en realidad ilegal), beber en público y conducta desordenada”, y cinco veces más probabilidades de ser arrestados por falta de prueba del seguro del auto. Es 25 veces más probable que una persona negra sea arrestada por “vaguear con intención de cometer un delito de narcóticos”, considerado un delito incluso si los narcóticos no están en posesión de alguien.

Cambiar los corazones y las mentes

No es exagerado decir que las recientes protestas -que deberían describirse con mayor precisión como levantamientos contra el racismo- han logrado en pocos días, mucho más que lo conseguido por décadas de organización paciente en busca de cambios lentos y graduales.

Minneapolis ha prohibido ahora los estrangulamientos y las sujeciones del cuello por parte de la policía, lo que deja a muchos con la duda de por qué estas técnicas sádicas se han convertido en prácticas policiales aceptadas. El concejal de la ciudad Jeremiah Ellison escribió que su objetivo es reemplazar en última instancia a los organismos de aplicación de la ley de Minneapolis con un “nuevo modelo transformador de seguridad pública”. Aunque este resultado sería bienvenido por los antirracistas de todo el mundo, la historia nos dice que es poco probable que esto ocurra una vez que el calor de este momento se apague -o dicho de otro modo, sin una lucha masiva, organizada y persistente- por lo que, tras siglos de lucha de los negros, los latinos, los indígenas y los asiáticos contra el racismo, este elemento crucial del sistema capitalista permanece intacto.

El Comisionado de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL), Roger Goodell, por fin se disculpó ante los jugadores negros el 5 de junio, admitiendo que “nos equivocamos” por no haber escuchado antes sus preocupaciones con respecto al racismo. Si bien se trata de un cambio importante en la postura de la NFL, Goodell no abordó la injusticia cometida contra  Colin Kaepernick, quien comenzó a arrodillarse en 2016 durante el himno nacional para protestar por la violencia policial contra los negros y desde entonces no ha sido contratado por ningún equipo de la NFL. Pero la conexión entre el sacrificio de Kaepernick y las recientes protestas no podría ser más clara. Como escribió en apoyo, «Cuando el civismo lleva a la muerte, la única reacción lógica es la repugnancia».

El impacto de las enormes protestas en respuesta al asesinato de George Floyd se ha demostrado en los cambios de opinión de la mayoría de la población de los Estados Unidos, que está de acuerdo con los manifestantes. Una encuesta de Reuters publicada el 2 de junio informó que “64 por ciento de los adultos estadounidenses simpatizaron con la gente que está protestando ahora mismo”. Una encuesta de ABC/Ipsos del 5 de junio mostró que casi tres cuartos de los encuestados (incluyendo el 70 por ciento de los blancos) veían la muerte de George Floyd como un signo de un problema de injusticia racial subyacente, comparado con sólo el 43 por ciento en 2014, después de los asesinatos de Eric Garner y Michael Brown. Sólo el 32 por ciento de los encuestados de ABC/Ipsos aprobaron la reacción de Trump desde el asesinato de Floyd.

Pero las protestas no sólo han arrojado luz sobre el carácter profundamente racista de la sociedad estadounidense. En medio de la pandemia del coronavirus y el desempleo masivo, las protestas contra el asesinato de George Floyd también han visibilizado todas las contradicciones del capitalismo, incluyendo la definición de “el crimen” del sistema legal. A medida que Jeff Bezos de Amazon se abre camino hacia la condición de trillonario a costa de sus empleados mal pagados y sobrecargados de trabajo, muchos de ellos negros y morenos, se le considera, no obstante, un ciudadano respetuoso de la ley. El costo de los daños a la propiedad infligidos por los manifestantes supuestamente “criminales” es minúsculo en comparación con la cantidad que Bezos recibe diariamente por el robo de salarios de sus trabajadores.

El 6 de junio, el día 12 consecutivo de protesta, cientos de miles de personas en todo EE.UU. salieron a las calles –manifestaciones más grandes que nunca antes-  incluyendo Washington, D.C., donde Trump había fortificado la valla de seguridad alrededor de la Casa Blanca. Los manifestantes eran de todas las edades, muchas razas y géneros, y algunos asistían a la primera protesta de sus vidas. Pancartas con el lema “Silencio blanco = violencia” han resonado en todas partes. Un nativo blanco de Virginia Occidental llevaba un cartel que decía: “Los rústicos apoyan la importancia de las vidas negras”. Días antes, un grupo de 50 vaqueros negros a caballo se unió a una protesta de 60.000 personas en Houston, uno con una camiseta de “Los vaqueros negros importan”. El gobernador de Virginia ordenó que se retirara una estatua del general confederado Robert E. Lee en Richmond, Virginia, mientras que los funcionarios de la ciudad de Fredericksburg retiraron un bloque de subasta de esclavos que había estado expuesto de forma prominente en su centro desde los años 1830 o 1840. “Dejar de financiar la policía” es ahora una demanda concreta de los manifestantes en las comunidades devastadas por la crisis económica, ya que los manifestantes rechazan la opción de continuar con los inflados presupuestos de los departamentos de policía, mientras que recortan la educación y la atención sanitaria, y niegan el acceso a la vivienda. Por primera vez en muchos años, un sentido de esperanza ha comenzado a reemplazar la desesperación que ha impregnado la sociedad estadounidense durante tanto tiempo. Podemos agradecer a los manifestantes, y sí, a los alborotadores, por dar finalmente voz a los ignorados. El mundo entero está ahora escuchando y observando.

 

Sharon Smith es una veterana militante de la izquierda socialista revolucionaria, reside en Chicago. Autora de Women and Socialism: Class, Race and Capital (Chicago: Haymarket Books, 2015); Fuego subterráneo: Historia del radicalismo de la clase obrera en los Estados Unidos (Editorial Hiru, Euskadi, 2015); en colaboración con Michele Bollinger y Dao Tran: Rebels and Radicals Who Changed US History (Chicago: Haymarket Books, 2012); con Lance Selfa, Politics in an Age of Uncertainty: Essays on a New Reality (Chicago: Haymarket Books, 2018).

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