Roberto Saenz
Dirigente del Nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie. Director general de izquierdaweb.com


“Son años de tropas políticas luchando entre ellas hasta llegar al punto donde no existe representación alguna de los poderes, sea Asamblea Nacional o Gobierno Nacional: en otras palabras, el Estado está quebrado por completo y entre tanto las mafias y grandes y pequeñas cofradías que controlan la distribución fundamentalmente de alimentos, se llenan los bolsillos dejando al pueblo hambriento y escaso de todo. Los grandes capitales hacen lo que les da la gana mientras los ‘representativos’, sus amigos repletos de dinero o directivos de gobierno, tratan de amarrarse a ellos para ganar su próximo lugar de representación (…) la revolución bolivariana se convirtió en un circo (…) que en la medida que pasan los tiempos, hacen que un país se disuelva a sí mismo”

“La estafa de la representación”, Roland Denis, ex funcionario del gobierno de Chávez e intelectual venezolano, Aporrea, 19/01/19

Nuestra corriente ha sacado sendas declaraciones alrededor del golpe en curso en Venezuela. Lo que nos interesa aquí es adelantar algunas consideraciones más de fondo sobre los desarrollos.

 

Un golpe casi clásico

Lo primero que nos interesa señalar es el carácter “clásico” del golpe de Estado encabezado por Guaidó. Si se quiere, no es clásico todavía en el sentido de un curso represivo del mismo o porque las Fuerzas Armadas estén a la cabeza del mismo –cosa que de momento, insistimos, no está ocurriendo, aunque no puede descartarse hacia al futuro-, pero sí lo es por la manera descarada en que están interviniendo los Estados Unidos.

El descaro de la intervención imperialista, el que un golpista consumado como Elliott Abrams –con pasado de organizador de las Contras en Nicaragua en la década del 80- haya reaparecido en escena tres décadas después como “representante” del gobierno de Trump en Venezuela, el inmediato alineamiento de los gobiernos cipayos de la región detrás del golpe, la obscena descripción en los medios de la preparación previa de la autoproclamación de Guaidó en Washington y la OEA, la campaña golpista internacional, son todos elementos que deberían servir como un primer punto de referencia respecto del carácter de los acontecimientos en curso[1].

La asunción del gobierno de Donald Trump dos años atrás fue una señal categórica de que el mundo giraba a la derecha. Y, con él, la región como un todo, agotado prácticamente todo el impulso de las rebeliones populares que se desataron al comienzo del milenio, y agotados también el conjunto de los gobiernos “progresistas” que le escamotearon su contenido transformador (que se dedicaron a cooptar los movimientos de lucha).

Uno tras otro han ido apareciendo gobiernos reaccionarios en la región: Macri, Lenin Moreno, Duque, Piñeira y más recientemente Bolsonaro. Hay que decir que, en esta dinámica, no es casual que Juan Guaidó sea el representante de uno de los partidos más derechistas de la oposición escuálida venezolana: Voluntad Popular, partido del encarcelado Leopoldo López, quien siempre sostuvo que la única estrategia válida para hacerse del poder era el golpe de Estado.

Sumándole a estas características, está la base social reaccionaria del golpismo: los llamados “escuálidos”[2]. Fuera de Venezuela quizás no siempre se tome en consideración, o se entienda, el reaccionarismo de la burguesía venezolana y sus representaciones políticas tradicionales (o no).

Venezuela ha sido durante el último largo siglo un país rentista dependiente de la producción petrolera: un país mono-productor de petróleo. Que ese “mono-producto” haya sido el “oro negro” ha caracterizado los ciclos ascendentes y descendentes de la economía del país. Una economía que no se diversificó y a la que, quizás, podría aplicársele aquella definición de Milcíades Peña tomada de Marx: la “maldición de la riqueza fácil”.

Una definición, la anterior, obviamente reduccionista, unilateral, pero que de cualquier manera se aplica en el sentido del parasitismo histórico de su clase dominante (y no sólo de ella, como veremos en el próximo punto).

Esta burguesía escuálida no es sólo parásita, explotadora, sino también profundamente racista. Hay que tomar en cuenta que, en definitiva, Venezuela es un país andino con una gran población originaria. No importa cuán mestizada esté la misma, la cuestión es que el color de la piel indica bastante fielmente a qué clase social pertenece cada uno.

Además, la burguesía escuálida es esa típica burguesía regional que, política y culturalmente, se la pasa mirando a los Estados Unidos (pero no a sus manifestaciones más progresivas, sino a las más retrogradas), veraneando o, incluso más, viviendo todo el año y dirigiendo sus asuntos desde Miami, despreciando todo lo que huela a cultura popular.

Las Guarimbas del 2017[3], las tantas personas de color directamente quemadas vivas por sólo sospecharse de “chavistas”, tienen este origen racista. Venezuela es un país profundamente estratificado; estratificado de una manera que, quizás, en el Cono Sur latinoamericano nos cueste entender; no tanto como en Bolivia, pero mucho más cercano a dicho país que al nuestro (donde las líneas de división social son más puramente de clase).

Por otra parte, Venezuela es un país con menos “mediaciones” que otros de la región: la política se transforma enseguida en chiquero; las acusaciones suelen ser hasta “irracionales”; los blancos y negros de la política no admiten matices; los medios escuálidos destilan noche y día y desde hace años, odio social[4].

Esta burguesía se desespera por recuperar el control directo y total de la renta petrolera. Y el chavo-madurismo, que se ha dedicado a hundir sistemáticamente el país en los últimos 10 años, no ha hecho más que servírselo en bandeja (el chavismo en el poder dejó fugar la enormidad de 500.000 millones de dólares en la última década).

Un golpe de Estado casi clásico llevado adelante por Trump, los deleznables gobiernos reaccionarios de la región y los más deleznables –si se quiere- escuálidos de la oposición patronal, han encontrado en el desastre madurista la legitimación para su golpe de Estado en desarrollo, algo que quizás no es tan clásico, o que no siempre lo es de igual forma. Ha habido golpes de Estado legitimados en general por las clases medias girando a la derecha, y otros que no lo logran de igual forma delimitando, quizás, aquéllos que son triunfantes de los que son frustrados.

Todo este desarrollo lo hemos colocado al comienzo de esta nota como para marcar la primera delimitación de principios para una posición revolucionaria en relación a Venezuela: aquella corriente que no se plante, en primer lugar, contra el golpe de Estado en curso, que ceda a la presión de la opinión pública, a la presión del hecho real de la catástrofe chavo-madurista, a la presión de las decenas de miles y cientos de miles de Venezolanos –migrantes o no- que odian muy justamente a Maduro, en beneficio de no colocar como primer cuestión el repudio al golpe de Estado, el rechazo al mismo, estará cometiendo, insistimos, una falta a los principios de la izquierda revolucionaria[5].

Ninguna salida para el pueblo explotado y oprimido de Venezuela puede venir de la mano del imperialismo; nunca ha sido así y nunca lo será: hace a las características de lo que es propiamente el imperialismo como amo del mundo; a las relaciones de jerarquía y subordinación en la economía mundial y el sistema mundial de Estados que hacen del imperialismo, lo que es: el amo del mundo.

Y esto ocurre más allá de la crisis vergonzosa, injustificada, de la bancarrota absoluta a la que ha conducido a Venezuela el chavo-madurismo; bancarrota que le ha dado un enorme manto de legitimidad a los escuálidos, uno de los rasgos más salientes del golpe actual.

 

La catástrofe insondable del madurismo

El segundo elemento característico del golpe de Estado en curso es, lamentablemente, su legitimidad. Da la impresión de que a pesar del odio histórico de las masas por los escuálidos, la despolitización profunda sufrida en la última década, la degradación completa de sus condiciones de vida, el hambre, el cansancio con las palabras vacías del madurismo, la repugnancia por la burocracia chavista y la boli-burguesía bolivariana, el asco social contra los que lucran con la miseria y la falta de comida, el repudio a la corrupción endémica del capitalismo de Estado bolivariano, la suma de todo esto, es lo que explica, al menos de momento, la falta de reacción popular frente a un golpe de Estado que se presenta con semejante descaro.

La degradación de lo que supo ser un proceso de auténtica rebelión popular es insondable. El proceso de rebeldía en Venezuela viene de larga data, pudiendo fecharse el inicio de dicho ciclo en el Caracazo de 1988, que dejó herido de muerte el viejo sistema de partidos tradicionales (COPEI y Acción Democrática), un sistema por el cual a partir del llamado “Acuerdo del Punto Fijo”, desde 1958 estos dos partidos se alternaban en el poder mandato de por medio.

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La suma de una suerte de tibio nacionalismo burgués con la corrupción endémica y el cipayismo, así como la puesta en marcha en los años 80 de las políticas neoliberales, llevaron al estallido del Caracazo que se forjó alrededor de un escandaloso aumento del trasporte en un país que nada en petróleo…

El país languideció sin perspectivas durante algunos años más, se vivió la asonada militar chavista de 1992, etcétera, y ante el derrumbe de los partidos tradicionales, el chavismo –proyectado a partir de dicha intentona- terminó imponiéndose en las presidenciales de 1998.

Sus primeros años de gestión no fueron sencillos: el barril de petróleo estaba bajo y había crisis económica. Se sucedieron acontecimientos como la Asamblea Constituyente de 1999, entre otros, dando lugar en abril del 2002 a un fuerte intento de golpe de Estado, golpe que desaloja a Chávez por dos días para asumir Pedro Carmona, presidente de la cámara empresaria, Fedecámaras, devenido en dictador que de tan represivo desató la furia popular y no duró más que dos días.

Fue la movilización popular la que rescató a Chávez, no las Fuerzas Armadas. Pero en un rasgo característico de este tipo de representaciones bonapartistas y burguesas, en vez de radicalizarse, Chávez reapareció con una biblia en la mano y perdonó a todos los golpistas…

La burguesía insistiría por la vía golpista a finales del 2002 y comienzos del 2003 mediante el paro-sabotaje a la industria petrolífera que buscó poner de rodillas al país. Pero gracias a la reacción de la clase obrera petrolera, el lock out de la gerencia imperialista de la petrolera supuestamente “estatal” (la llamada “meritocracia”), fue derrotado.

Estos dos triunfos populares estabilizaron el país, lo hicieron girar a la izquierda, lo que combinado con los buenos precios del petróleo en los primeros años del milenio, consolidaron el chavismo.

A priori, era el momento para radicalizarse: profundizar el proceso de rebelión popular, avanzar en medidas anticapitalistas que permitieran industrializar el país. Pero el chavismo y Chávez mismo estuvieron en contra de ir por este camino: lo que hicieron fue, básicamente, estatizar todos los desarrollos, cooptar de mil y una maneras al movimiento popular, cortarle toda vía de desarrollo independiente a la clase obrera destruyendo la central independiente que se estaba construyendo, facilitar la emergencia de una burocracia y una boli-burguesía decidida a apropiarse, una vez más, de la renta petrolera.

Durante estos años hubo, sin embargo, concesiones: las llamadas “misiones” fueron expresión de esto y el chavismo fue popular. Pero nada fue más allá de los límites orgánicos clásicos del estatismo burgués, de la configuración de una capa social burocrática y burguesa que hizo las mieles apropiándose del poder y de la renta petrolífera, de una gestión profundamente corrupta del Estado, incluso la represión a la clase obrera industrial que bien rápido quedó indiferente con el chavismo (o pasó a la oposición ante la falta de alternativas).

Chávez y el chavismo fueron mucho bla, bla, bla, pero no tomaron una sola (¡ni una sola!) medida anticapitalista, no avanzaron en industrializar el país; simplemente siguieron la lógica mono-productora de producir y exportar petróleo e importar todo lo demás: que un país de las dimensiones de Venezuela (más de 30 millones de habitantes) dependa el 95% de la importación de alimentos, medicamentes, medicinas y de casi todo lo que hace a las necesidades básicas, ya es un alegato a la bancarrota insigne del chavo-madurismo.

Se conformaron bajo el chavismo, por así decirlo, groso modo, tres sectores burgueses-burocráticos, tres capas sociales privilegiadas que se apropiaron del grueso de la renta nacional (precisemos: el grueso de lo que no continuó yendo a la burguesía tradicional): la burocracia de Estado chavo-madurista, la boli-burguesía y las Fuerzas Armadas bolivarianas.

Estos tres sectores, y no las masas explotadas y oprimidas, hambreadas, despolitizadas, desmoralizadas, cooptadas, reducidas a tener que vivir de las bolsas de comida distribuidas por el Estado (las CLAP), se transformaron en el verdadero “sujeto” del gobierno bolivariano ya desde Chávez aunque registrándose una mayor degradación después de él: “Si algún día quisimos plantearle a Chávez una verdadera soberanía tecnológica y alimentaria con unos cuantos años de trabajo e investigación, eso se desmoronó entre amigos militares y civiles que prefirieron utilizar los bolsones de dólares para ir conformando tribus de corrupción que se consolidaron, mientras restos del dinero servían a las clases medias y populares a hacer respirar sus sueños, hasta el fin de las reservas y el comienzo de una barbarie devaluativa y llegar a este colapso sin sentido” (“La estafa de la representación”, Roland Denis, ídem).

Los llamados de atención habían comenzado con el propio Chávez, cuando éste fracasa en imponer una segunda Constitución, “socialista”, a fínales del 2007. Dicha crisis pareció paradójicamente “congelarse” ante la muerte del propio Chávez y la ola de simpatía y recogimiento popular a que dio lugar la circunstancia. Maduro logra elegirse de manera digna a comienzos del 2012, en una elección bastante limpia, por así decirlo.

Sin embargo, como acabamos de señalar, desde el 2008 venía incubándose una crisis, entre otros motivos por la crisis económica mundial y la caída de los precios del petróleo. Sumémosle a esto los dislates del propio Maduro: el chavismo ya era una burocracia parasitaria, que venía pervirtiendo los hechos y las palabras “revolucionarias” (esto más allá que, quizás, sea un rasgo de “idiosincrasia” nacional cierta informalidad en los usos y costumbres[6]): “(…) quien fuera viejo amigo, pero tan destructivo y entregado a las borrascas corruptas más mafiosas de este país (…) [un] simulador de lenguajes (…) un caotizador sin límites” (“¿Habrá un movimiento revolucionario que le pida la renuncia a Maduro y todo su gobierno?”, Roland Denis, Aporrea, 05/07/18).

Sumando la corrupción, los desaciertos múltiples de Maduro, el tomar el Estado como un botín, la caída de los precios del petróleo, la desmoralización de las masas frente a tantas palabras sin sentido, etcétera, llevaron a una derrota electoral catastrófica del gobierno en diciembre del 2015 (elecciones a la Asamblea Nacional donde la oposición obtuvo mayoría absoluta), a la intentona golpista escuálida de febrero del 2017, intentona de todas maneras fracasada, a la Constituyente fantoche de ese mismo año (“Constituyente” que aún sigue funcionando, y que no es más que una suerte de instancia interna del PSUV, partido oficialista de Estado), a la contraofensiva del madurismo por la crisis de la oposición ante su golpe frustrado y que le permitió imponerse en las elecciones municipales, de gobernadores y a la segunda elección de Maduro…

Pero concomitante con estos desarrollos, el país siguió hundiéndose en una crisis indescriptible: no hay sociedad que pueda aguantar vivir a lo largo de años en medio de una situación de hiperinflación: una circunstancia que desmoraliza a cualquier sociedad.

El chavo-madurismo lo hizo: dejó hundirse el país entre la gula de la apropiación de la renta, la especulación con el hambre de la población, sus palabras vacías que jamás atentaron contra los intereses capitalistas, su cobardía para tomar cualquier medida real contra el imperialismo y la burguesía golpistas, en su cerrada negativa a abrir cualquier canal de desarrollo de la organización y la iniciativa de las masas desde abajo, en su continua represión al movimiento popular[7].

No: el rechazo al golpe no puede significar ni un gramo de apoyo político a estos sátrapas que hoy penden de un hilo. Rechazamos de manera incondicional el golpe de Estado imperialista. Pero con la misma convicción afirmamos que el futuro de Maduro lo deben resolver los explotados y oprimidos: es de vida o muerte que las masas encuentren un canal independiente para derrotar el golpe en curso. Si es por Maduro, no se puede esperar que tome una sola medida honesta y real contra el mismo, tal su cobardía y pusilanimidad.

El rechazar el golpe desde una posición independiente: el no darle ni un gramo de apoyo político a este gobierno nacionalista burgués decadente y corrupto, es el segundo elemento de principios colocado para una posición revolucionaria en Venezuela[8].

 

Una salida independiente

La salida para la catástrofe venezolana no es simple. La autoproclamación de Guaidó ha creado una situación de “doble poder burgués” que está en pleno desarrollo. Conforme pasan los días, Guaidó se fortalece y Maduro se debilita (“Un golpe de Estado en desarrollo”, izquierdaweb, 29/01/19).

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Según las informaciones que llegan, este golpe no es como los anteriores: como acabamos de señalar en la última cita al pie de página, las clases medias y la burguesía escuálida están logrando arrastrar a amplios sectores populares a su rechazo golpista al gobierno de Maduro, o, al menos, éstas no han respondido a los llamados desesperados de estos últimos a “una rebelión popular contra el golpe”…

Con el apoyo de Trump y los gobiernos cipayos de la región, Guaidó se está proveyendo de fondos mientras que Maduro aparece relativamente acorralado.

Hay aquí tres elementos clave que darán cuenta de la dinámica. El primero, ya señalado, es el vuelco del imperialismo al golpismo abierto: les esperan pingües negocios con un eventual gobierno golpista, neoliberal, ultra-reaccionario y recolonizador de Venezuela que le va a entregar el control directo nuevamente de la renta del petróleo a la burguesía escuálida y al imperialismo.

De su lado, Maduro tiene los negocios montados con China, Rusia y otros países; pero no se les está escuchando demasiado la voz a estos últimos por ahora en el desarrollo de la crisis, más allá de seguir reconociéndolo (y que, previsiblemente, si Trump moviera fichas intervencionistas, las cosas podrían ponerse realmente calientes).

Luego está el complejo problema de los militares: todo el mundo afirma que si se dieran vuelta, Maduro no duraría hoy ni un minuto. Aquí el problema no creemos que pase por ninguna verdadera veleidad “nacionalista”: lo real es que los militares controlan un porción inmensa de los negocios y la renta nacional, negocios que seguramente quiere para sí la burguesía escuálida y el propio imperialismo, una cuestión entonces no tan fácil de resolver…

De momento, entonces, las Fuerzas Armadas bolivarianas siguen alineadas con el gobierno. Pero su confiabilidad es cero, como cero ha sido siempre la “confiabilidad popular” de las Fuerzas Armadas en la región[9].

Pero la clave estratégica de todo es el tercer elemento: las masas. Como ya hemos señalado, el problema dramático es que la suma del hambre, la despolitización y la desmoralización han dejado a las masas explotadas y oprimidas como inermes. Como señala el intelectual venezolano Roland Denis, la obra del chavo-madurismo ha sido tan destructiva respecto de su conciencia, que en lo inmediato aparece como algo difícil de remontar: “(…) vivimos como sociedad en hambre sin ninguna épica de por medio sino el simple defraude a una sociedad entera por parte de un mando traidor a su evolución; ha sido la máquina de desubjetivización más perfecta. Es como quitarle el sabor a la existencia, toda consistencia a la brava politización que vivimos la década pasada (…)” (Denis, “De Siria a Venezuela y la destrucción del tercer actor”, Aporrea, 10/10/18).

Sumémosle a esto las dramáticas condiciones de vida donde no hay alimentos básicos, remedios ni papel higiénico, donde muchísimos no tienen trabajo, donde el hambre campea, donde la emigración ha sido por millones, y la resultante es muy compleja.

Sin embargo, podría ocurrir que algún elemento activara la conciencia popular: por ejemplo, que la intervención yanqui se hiciera demasiada descarada, o que dieran el imprudente paso de intervenir militarmente en Venezuela…

Un elemento de este tipo (que podría desatar una suerte de guerra civil), o cualquier otro que no podemos apreciar a la distancia podría, eventualmente, generar un punto de reorganización del cuadro político de conjunto que activara una verdadera resistencia popular al golpe, así como una vía independiente a la descomposición madurista.

En cualquier caso, una política revolucionaria trabaja siempre tanto para el presente como para el futuro. Insistimos: cualquier renuncia en materia de principios frente a un golpe imperialista sería estratégicamente fatal: el imperialismo va a desatar un desastre mayor en Venezuela que el que existe hoy.

Pero tampoco es principista barrer la mugre madurista bajo la alfombra: el rechazo incondicional al golpe de Estado no puede implicar soslayar el balance que estamos pasando: ningún gramo de apoyo político al madurismo. Socialismo o Barbarie es una de las pocas corrientes de la izquierda revolucionaria que plantaron desde el principio que el chavismo no iba a expropiar al capitalismo, que no se hicieron ilusiones con la supuesta “revolución bolivariana”, que siempre insistieron que había que avanzar en una construcción independiente[10].

La realidad es que el golpismo sólo podrá ser derrotado si por una u otra vía las masas populares encuentran un camino independiente. A esa perspectiva apostamos desde nuestra corriente internacional.

 

 

[1] En este sentido, llama la atención cómo la LITCI ve los acontecimientos “similares a otras del pasado, aunque con un incremento en su nivel” (“Declaración de la LITCI sobre Venezuela”, 25/01/19), y de ahí que hable de “injerencia imperialista” y no de golpe de Estado…

[2] Fue la manera en que comenzó a llamar Chávez a la oposición patronal a partir del 2001. Se supone que por esta palabra apuntaba a su debilidad, a que la oposición era en aquel momento “flacucha”, “debilucha”.

[3] Se llama “Guarimba” a la acción directa de los sectores más de derecha que cortan violentamente las rutas e, incluso, atentan contra la vida de cualquier persona de color.

[4] A este respecto Roland Denis da una definición aguda: describe “el conservadurismo dentro de la rabia condensada” que es el sello de identidad de la juventud estudiantil de clase media que viene siendo oposición al chavismo desde hace década y media.

[5] Cuando se inicia un golpe de Estado la política debe ser reordenada alrededor de la lucha contra el golpe; hubo inercia en este sentido en algunas corrientes, como el PTS argentino, cuya declaración del 23/01 arrancaba oponiéndose a Maduro y no al imperialismo golpista (“Contra el gobierno de Maduro y contra el golpismo de la derecha alentado por el imperialismo. Luchemos por una salida propia de los trabajadores”).

La declaración también cometía la torpeza de igualar como “reaccionarios” ambos bandos burgueses en pugna: efectivamente, ambos bandos son reaccionarios pero no del mismo tenor cuando de un lado está el imperialismo y del otro un gobierno nacionalista burgués corrupto y decadente.

[6] Que se entienda que señalamos estos rasgos del “Macondo venezolano” sólo para que se aprecien algunos rasgos de idiosincrasia del país, de su cultura, no para justificar y/o relativizar el comportamiento de sus capas dominantes y mucho menos endosárselo a las masas populares que con su abnegación y su entrega, fueron las que crearon los momentos más altos en la experiencia del país en las últimas décadas.

[7] A este respecto es interesante la siguiente observación: “De superar la prueba [del golpe], sin embargo, mal haría el gobierno bolivariano en continuar el inmovilismo y la ineficiencia que han caracterizado el desarrollo de la crisis económica en el país. Si algo reclaman los pobres en la calle no es por la ‘dictadura’, sino por la falta de ella, por la incomprensible mano blanda frente a los que especulan con los alimentos y las necesidades básicas del pueblo” (“¿Qué se juega en la crisis?”, Alejandro Kirk, Vientosur, 24/01/19).

Si bien nuestra corriente no alienta el “jacobinismo bonapartista” ejercido desde arriba, ni tampoco se nos escapa la represión del chavismo y el madurismo al movimiento popular, la cita pinta bien la mano blanda vergonzosa que en toda su historia ha tenido el chavismo con el imperialismo y la burguesía venezolana.

[8] Si igualar a los golpistas imperialistas con los sátrapas maduristas es un crimen de principios, también lo es esconder toda crítica y delimitación principista de estos últimos. Es un poco lo que les pasa a aquellas corrientes que se esfuerzan por no dar apoyo político a Maduro pero que, sin embargo, no logran esbozar crítica alguna al mismo; no logran dar cuenta de lo que específicamente está ocurriendo: que amplios sectores populares parecen estar dejándose arrastrar por los golpistas.

[9] Atención que las fuerzas armadas de Venezuela se dieron una pátina “bolivariana” y “revolucionaria”, pero no fueron destruidas ni mucho menos cuando el apogeo de la rebelión popular. Tampoco las mismas son el subproducto de una verdadera revolución como nuevas fuerzas armadas revolucionarias, por así decirlo: siguieron siendo siempre las fuerzas armadas del estado burgués por más que se hayan teñido de “nacionalistas”.

[10] Ver a este respecto “Tras las huellas del socialismo nacional”, un artículo del año 2007 que acabamos de volver a publicar en izquierdaweb, donde tratábamos de fumigar todas las falsas ilusiones proto-chavistas.

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