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“(…) está claro que el llamado al diálogo pretende funcionar como una señal de previsibilidad para los mercados y para el FMI, una muestra de que, gane quien gane en las elecciones presidenciales de octubre, existirá un compromiso común para ‘cumplir las obligaciones con los acreedores’, garantizar la ‘seguridad jurídica’ y, a mediano plazo, concretar las reformas laboral y previsional con las que Cambiemos no pudo avanzar hasta el momento”. (Lucrecia Bullrich, La Nación, 8/05/19)

 

Faltando pocas semanas para el cierre del calendario electoral, se ha abierto una temporada de especulaciones. La definición prácticamente cierta de la candidatura de Cristina Kirchner pareció obligar al resto de las fuerzas patronales, gobierno incluido, a acelerar sus definiciones.

Luego del lanzamiento del libro de Cristina, Sinceramente, que no pasa de un operativo de auto elogio, el gobierno apareció con sus “10 puntos”. Dichos puntos tienen una intencionalidad electoral manifiesta, pero van más allá: buscan que todos los candidatos se comprometan a dejar encadenado al país al FMI.

Las aguas también están agitadas en el radicalismo: se viene su Convención Nacional y deberá tomar decisiones. Crecen también las incertidumbres en el Peronismo Federal: todavía no se sabe cómo quedarán las cosas entre Lavagna, Massa, Pichetto y compañía.

Incluso en la izquierda se vive esta temporada de jugarretas por arriba con el “llamado” tramposo del FIT al resto de la izquierda cuando ya definieron sus principales candidaturas…

Mientras seguimos el desarrollo de la aguda crisis global que vive el país, insistimos en que es necesaria la unidad de la izquierda para ser alternativa.

Hace falta una campaña anticapitalista unificada que sobre la base de un programa anticapitalista denuncie el piso prescriptivo y plantee internas abiertas que definan el lugar de cada fuerza hacia octubre.

 

Un decálogo neoliberal

La secuencia de los asuntos quizás confunda sobre el contenido no sólo electoral de los puntos de Macri. Es verdad que los 10 puntos surgieron como globo de ensayo en medio de esta recta final en las definiciones electorales.

Incluso en el gobierno las presiones por el Plan V volverán a crecer en cualquier nueva corrida y no sólo eso: si las aguas se encresparan las próximas semanas quién pondría las manos en el fuego por la permanencia del radicalismo en Cambiemos.

Sin embargo, un par de días de relativa “calma” del dólar y la tarea de la burocracia para evitar desbordes, le devolvieron cierta alma al cuerpo al macrismo para ensayar una contraofensiva.

Es aquí donde se vienen a colocar los famosos 10 puntos que tienen el objetivo de intentar desarmar cierto doble juego de la oposición patronal: cuestionar la marcha de los asuntos pero comprometiéndose a continuar la relación con el FMI (en todo caso buscar una renegociación del acuerdo).

La realidad es que, de acordarse esos puntos, se le pondrían límites muy estrictos a una posible renegociación. No reflejan ninguna “genialidad” ni “inventiva” del macrismo, sino una “hoja de ruta” que se ha ensayado ya en muchos otros países sometidos al FMI y los mercados y que busca estrechar posibilidades alternativas.

La idea es muy simple, y es probable que haya surgido a propuesta del propio Fondo. El discurso es más o menos el siguiente: se vienen las elecciones, muy bien. Pero, en realidad, el voto de los ciudadanos no vale nada: todos los candidatos deben comprometerse con los planes con el Fondo, con lo cual, la democracia, las opciones, se reducen a cero. Y listo, nos quedamos tranquilos: venga quien venga seguirá con los planes de ajuste.

Desde el punto de vista electoral, la jugada es evidente: al dejar en evidencia que todos los candidatos apoyarán los planes del Fondo la resultante es que, entonces, el macrismo y Cambiemos no son tan malos… sólo están haciendo lo que todos los demás dicen que harán si llegan al gobierno.

Por supuesto que esto admite matices, porque Lavagna ahora habla de juntarse a “dialogar”, al tiempo que la idea sería acorralar política y electoralmente al kirchnerismo, polarizar con él, en la medida que es la fuerza burguesa que más matices puede expresar con el decálogo neoliberal puro y duro, pero siempre en el contexto, como ha afirmado Kicillof: de no pensar siquiera en romper con el Fondo.

Pero por otra parte, desde el punto de vista de los acreedores internacionales y los grandes capitalistas, cuyos representantes institucionales apoyan unánimemente el llamado de Macri, significa algo más de fondo y no meramente electoral: “encapsular” las elecciones reduciendo el margen de “imprevisibilidad” garantizando que, gane quien gane, el país afrontará puntualmente sus “obligaciones”.

Veamos someramente algunos de los puntos principales de la propuesta macrista. Son bastante sencillos en su formulación, generales, pero indicativos de las líneas generales de cualquier programa económico capitalista neoliberal: 1) “equilibrio fiscal” (que no es más que un eufemismo del déficit fiscal cero se entiende que primario, es decir, previo al pago de la deuda externa); 2) BCRA comprometido a “reducir la inflación”(es decir, la misma actual política ultra-recesiva); 3) “respeto a los contratos y derechos adquiridos” (lo que significa, simplemente, que hay que respetar a rajatabla toda la liberalización económica que hizo Macri, por ejemplo, la dolarización de las tarifas, entre otras múltiples cuestiones); 4) “Legislación laboral moderna” y “consolidación del sistema previsional” (que no significa otra cosa que volver a la carga con ambas contra-reformas repudiadas por los trabajadores en las calles); 5) “reducción de impuestos” (que, claro está, se trata de los impuestos directos al empresariado, no de los impuestos indirectos al consumo como el IVA o directos como cobrarles “ganancias” a los asalariados, lo que configura uno de los sistemas impositivos más regresivos del mundo); 6) finalmente, y como no podía ser de otra manera, cerrando este decálogo neoliberal, el “cumplimiento de las obligaciones con los acreedores” (que no significa otra cosa que el pago de la deuda externa espuria y especulativa contraída por este gobierno de fugadores seriales de divisas).

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Se trata, ni más ni menos, que las medidas que ha venido llevando adelante el macrismo y que han llevado al país a una de sus crisis más dramáticas desde 1983.

 

 

Un programa anticapitalista

La discusión sobre qué hacer con el FMI se instaló en el centro de la coyuntura. Cuando el gobierno corrió a buscar el “auxilio” del Fondo lo que se planteó como un “recurso técnico”, en realidad fue una decisión política y estructural: volver a encadenar al país al dictado de los organismos y acreedores internacionales.

La Argentina capitalista nunca ha logrado una verdadera independencia nacional. Abordando las experiencias recientes tuvimos la “compra de soberanía” del kirchnerismo que le pagóla deuda al Fondo y, en general, rifó 200.000 millones de dólares para satisfacción de los acreedores

Pero el problema que los K pretenden barrer bajo la alfombra es que un país que se queda sin divisas, sin recursos para sus relaciones con el mundo, no puede ser soberano; de ahí que hayan vivido su propia crisis de faltante de dólares al final de su mandato.

Posteriormente, vino el macrismo que arrancó con un festival de reendeudamiento nacional: sumó 100.000 millones de dólares de deuda nueva además de 100.000 millones de dólares de fuga de divisas… sólo para terminar nuevamente en los brazos del FMI con un país nuevamente en bancarrota.

Luego de dos décadas volvimos nuevamente al Fondo. ¿Pero qué significa esto concretamente? El Fondo Monetario Internacional funciona como correa de transmisión de las presiones del capitalismo mundial.

¿Cuáles son esas presiones? Las de una economía mundializada, globalizada, donde los capitales tanto reales como financieros buscan los mejores lugares para su valorización. Se conforma así un espacio “homogéneo”, donde se pone a competir directamente a los trabajadores de todas las regiones del mundo tirándose abajo las conquistas laborales y las protecciones económicas. Y esto se impone como si se tratara de “una ley de la naturaleza”: si no se respetan determinadas condiciones para las ganancias empresarias, “los capitales se van”…

Son estas mismas condiciones las que colocan el carácter anticapitalista de la ruptura con el FMI. Si no se toman medidas drásticas, de defensa nacional, medidas que rompan los contratos establecidos, medidas revolucionarias, no hay manera de salir del sometimiento.

Aunque parezca lejano, uno de los pocos ejemplos el último siglo de no pago de la deuda externa fue el de la Revolución Rusa. Los obreros, soldados y campesinos tomaron el poder poniendo en pie otro Estado, un Estado proletario, un nuevo Estado que cuestionó la continuidad del Estado zarista anterior, razón por la cual no reconoció deuda anterior alguna.

Y esto que parece muy general es, sin embargo, muy concreto. Le pone límites a la verborragia no sólo del oficialismo que se presenta como cumplidor estricto de los acuerdos con el Fondo, siquiera a un Lavagna o Massa que afirman que habría que hacer “una renegociación”, sino sobre todo al kirchnerismo, que por boca de Agustín Rossi ha salido a decir que “el Fondo tendrá que esperar”…

Sin embargo, el propio kirchnerismo ha aclarado varias veces, incluso en reuniones cara a cara con los enviados del Fondo, que no piensan romper. Lo que buscarían en caso de llegar al gobierno sería una renegociación, algo parecido a lo que declara Lavagna, por lo demás.

Y se entiende: en el mundo de hoy romper con el Fondo, desconocer la deuda externa, obligaría a tomar medidas anticapitalistas, cosa que jamás se les ocurriría hacer a los K (que se justifican siempre en el posibilismo ambiente).

Los puntos básicos de un programa anticapitalista alternativo al pacto de sometimiento es más o menos así: 1) aumento general de salarios acorde a la canasta familiar indexados según la inflación de manera mensual; 2) control férreo de precios y abastecimientos por parte del Estado bajo control de los trabajadores; 3) expropiación bajo control obrero de toda fábrica que cierre y/o despida masivamente;4) monopolio estatal del comercio exterior y de las divisas bajo control de los trabajadores;5) ruptura con el FMI y no pago de la deuda externa; 6) plan de obras públicas para combatir el desempleo bajo control de los trabajadores; 7)reforma tributaria integral con eliminación del IVA, de los impuestos a los salarios, aumento de las retenciones, de los impuestos a las exportaciones industriales, a las verdaderas ganancias empresarias y las riquezas, a los capitales especulativos y la banca; que paguen los ricos, los capitalistas y los grandes propietarios; 8)triplicación de los presupuestos de salud y educación; 9) aborto legal ya;10) eliminación de los pisos electorales proscriptivos, financiamiento estatal e igualitario de todas las listas para la campaña electoral; 11) Asamblea Nacional Constituyente para discutir globalmente todos los problemas del país; 12) Por un gobierno de los trabajadores y la izquierda.

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Internas abiertas

Es en el marco de estos desarrollos que en las últimas semanas se ha puesto sobre el tapete el debate sobre la unidad de la izquierda. Entenderlo requiere conocer un poco la historia de las relaciones (más bien, la falta de ellas) entre el FIT y el Nuevo MAS.

En el 2011 se conformó el FIT y el Nuevo MAS fue dejado afuera. El MST no puede decir lo mismo porque por ese entonces venía realizando alianzas con sectores de la centro izquierda, como “Pino” Solanas y Luis Juez y, además, sindicalmente, jugaba con la CTA, no en una perspectiva independiente.

Más allá de las mentiras del FIT y de sus habituales campañas de desinformación, la verdad es esta: el FIT nos dejó afuera aprovechándose de que la justicia patronal nos había tirado abajo la legalidad nacional.

En su momento, en oportunidad del frente de nuestro partido con el PTS e IS (2009), a este último grupo lo integramos igual, a pesar de que no tenía legalidad nacional.

La discusión política giró en torno a nuestra exigencia de una condena clara, programática, al régimen proscriptivo, cosa que se negaron, al tiempo que les planteamos que debíamos tener un lugar visible para hacer política, lo que también rechazaron.

De aquella fecha a hoy el FIT siempre se ha negado a reunirse con el Nuevo MAS y avanzar en cualquier acuerdo. La razón: aprovecharse del piso proscriptivo para apropiarse de nuestros votos.

Mientras tanto nos construimos con éxito fuera del FIT, mientras que algunos de sus integrantes entraron en grave crisis al subordinar la política a los cargos.

La moraleja aquí es que las elecciones y las representaciones electorales son de enorme importancia para adquirir influencia sobre amplios sectores, algo que se cometería un error de infantilismo político desconocerlo. Pero se trata de una importancia táctica subordinada a un objetivo estratégico: que el partido influencie a esos amplios sectores, necesariamente menos politizados, y no que estos sectores influencien al partido (arrastrándolo por el fango del oportunismo).

Quién “arrastra” a quién es la clave de una política revolucionaria; algo muy complejo; algo que no se resuelve, insistimos, con “alquimias izquierdistas”, pero que requiere de ciertos cuidados y proporciones hasta por la educación de la nueva militancia (por ejemplo, no gastar millonadas para llamar por teléfono a Zamora).

Así llegamos a la actual situación donde amplios sectores cuestionan que la izquierda esté dividida. El año pasado el PTS salió con la propuesta de “partido unificado”, que no pasó de una maniobra divisionista que no se la creían ni ellos: son incapaces de cualquier mínima unidad de acción cuando las necesidades de la lucha de clases lo demandan.

Mientras el PO se dirige sólo a lo interno del FIT para un “acuerdo integral” (sic), desde finales del año pasado nuestro partido viene planteando la necesidad de poner en pie un frente único de la izquierda en las luchas y las elecciones.

El FIT dividió en todas las provincias e, incluso, salió a mentir abiertamente en Córdoba donde su principal candidata, Liliana Olivero, afirmó que habían ofrecido no se sabe qué cargos en las listas de ellos y que “el Nuevo MAS no había aceptado”…una mentira escandalosa, porque no solamente no hubo ofrecimiento alguno sino ni siquiera cualquier reunión.

El FIT viene, además, de dividir una vez más los actos del 1°de Mayo sin dar explicación alguna.

Pero ahora resulta que comenzaron un operativo mediático afirmando que “van a ofrecer una integración en las listas del FIT en cuarto o quinto lugar a otras fuerzas de la izquierda”.

Al momento del cierre de esta edición, Zamora les cerró la puerta en la cara con posiciones equivocadas, ingenuas quizás, que pierden de vista el rol de las direcciones políticas en los proceso de la lucha de clases pero, simultáneamente, denunciando al FIT como lo que es: una cooperativa electoral porotera.

Sin embargo, y a pesar de esta historia en cierto modo vergonzosa de parte del FIT, entendemos que tenemos en común una perspectiva de independencia política de los trabajadores. También entendemos que es más necesaria que nunca la unidad de la izquierda, al menos una unidad electoral que presente un programa independiente.

Y de ahí los planteos que hicimos el lunes último: el llamado a internas abiertas sobre la base de un programa anticapitalista que condene de manera incondicional el piso proscriptivo (¡insistencia más justa aún cuando el PTS acaba de defender un piso del 1.5% para Santa Fe!) y organice unas elecciones de nuestras fuerzas bajo condiciones igualitarias que, con los resultados en la mano, permita armar las listas de manera proporcional a los votos obtenidos.

Dado que el FIT ya ha definido sus principales candidaturas, esta es la única propuesta que permitiría, realmente, dar un paso unitario que presente a la izquierda de manera unificada. Los integrantes de dicho frente tienen la palabra.

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