Roberto Saenz
Dirigente del Nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie. Director general de izquierdaweb.com


En el movimiento de una estructura hay que distinguir los movimientos orgánicos (relativamente permanentes) de los movimientos que se pueden llamar de ‘coyuntura’ (y que se presentan como ocasionales, inmediatos, casi accidentales). Los movimientos de coyuntura también dependen, naturalmente, de los movimientos orgánicos pero no tienen una vasta significación histórica: dan lugar a una crítica política menuda, cotidiana, referida a los pequeños grupos dirigentes y a las personalidades que tienen la responsabilidad inmediata del poder. Los fenómenos orgánicos dan lugar a la crítica histórico-social, referida a las grandes agrupaciones; van más allá de las personas inmediatamente responsables y del personal dirigente. Al estudiar un período histórico se ve la gran importancia de esta distinción. Se verifica una crisis, que a veces se prolonga durante decenas de años. Esta duración excepcional significa que en la estructura se ha revelado (han alcanzado la madurez) contradicciones incurables (…) (Antonio Gramsci, La política y el Estado moderno, Planeta Agostini, Barcelona, 1985, pp. 108/9)

El fracaso del gobierno de Macri es tan evidente que la novedad, entre la patronal, es la apertura de un debate sobre las perspectivas. Ni el rumbo del país, ni los escenarios electorales y, ni-siquiera las candidaturas, están claras en medio del actual tembladeral.

Lo único que parece estar claro como lo identifica Liotti (jefe de redacción y editorialista del diario La Nación) el último domingo, es en que todos los actores de los de arriba, a diferencia del 2001 (afirma el propio Liotti), están jugados a la gobernabilidad (empezando, claro está, por todas las fracciones de la burocracia sindical).

De cualquier manera, dicha gobernabilidad dependerá, en definitiva, del impacto de la creciente crisis económica, que alterna días de furia(corrida del dólar mediante) con otros más “tranquilos” (donde lo que salta al primer lugar son las referencias al hundimiento de la economía real).

Mientras la burguesía deshoja la margarita sobre para dónde enfilar, se plantea cada vez con más fuerza la necesidad de la unidad de la izquierda para ser alternativa, tanto a la hora de las luchas como de las elecciones.

 

Hacia una tercera crisis general

El fracaso del gobierno de Macri ha abierto el debate sobre la cuestión de fondo: la crisis orgánica que vive el país hace décadas. Es un lugar común que cuando el primer centenario del país, 1910, la Argentina oligárquico-exportadora estaba de parabienes. Posteriormente, con la Primera Guerra Mundial y la crisis económicade los años 1930, dicho modelo agroexportador entró en crisis.

Como en muchos otros países capitalistas emergentes, llegó la hora del “modelo mercado-internista”: una industrialización relativa, la sustitución de importaciones, y, con ello, la emergencia de una nueva clase obrera acompañando la urbanización del país.

La periferia de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, ciudades de la provincia de Buenos Aires, etcétera, se fueron poblando a lo largo de varias décadas en diversas “oleadas” y distintas ramas de la industria –de las más livianas a las más “pesadas”- configurándose otro “modelo de acumulación” donde la producción agropecuaria –que también fue variando y modernizándose a lo largo de las décadas- fue crecientemente acompañada por un desarrollo industrial relativo.

El peronismo apareció en escena a mediados de la década del 40 como expresión política burguesa de estos cambios en la estructura del país; como una “forma de Estado” (dicho exageradamente) llamada a poner en pie los mecanismos de contención y/o cooptación política y sindical de esa clase obrera emergente, así como forma de asegurar un determinado “arbitraje” entre la patronal industrial, la patronal agraria y el mismo Estado capitalista.

Con enormes crisis políticas y de todo orden (entre ellas el golpe a Perón en 1955) eso más o menos “funcionó” hasta los años 70. Pero fue durante el tercer gobierno peronista cuando estalló la crisis más grave de la Argentina en el siglo XX: una crisis motorizada por el ascenso obrero disparado a partir del Cordobazo y que dio lugar a la mayor ola de radicalización política de la clase obrera y la juventud en su historia nacional (como parte de un fenómeno internacional similar en la misma época).

El golpe de Estado de 1976 vino a intentar “apaciguar” –en realidad destrozar una generación entera de luchadores- dicha emergencia obrera a la vez que redefinir el “modelo de país” en un sentido más reaccionario y regresivo.

Sin embargo, visto a la distancia, la dictadura no logróacabar (ni tampoco los gobiernos que le siguieron) con algunos rasgos característicos de la Argentina que hacen a la actual estructura del país: un grado de industrialización relativo importante (aunque con debilidades estructurales en materia competitiva); una pampa húmeda altamente competitiva en materia internacional (pero con pocovalor agregado exportable y, menos que menos, empleo de mano de obra total); un nivel cultural y un grado de sindicalización relativo de la clase obrera entre los más altos del mundo; un grado de desarrollo cultural y también una estructura de clases moderna de su sociedad (una amplia “clase media” entre otros factores en este rubro).

En síntesis: una estructura económico-social y político-sindical (agregándole a esto la recuperación de la democracia burguesa a partir de 1983), que poco se ajusta a criterios puramente economicistas de competitividad internacional(de puro y duro libre mercado).

Así las cosas,“dos modelos” generalesalternaron los gobiernos del país (más allá de sus matices) en las últimas décadas: más o menos “liberales” como la propia dictadura militar (con sus matices internos), Menem, De la Rúa y ahora Macri. Más o menos “condescendientes” con el grado de industrialización relativo y, como consecuencia de ello, con el nivel de sindicalización de la clase trabajadora como los casos de Alfonsín (luego del fracaso de la reforma laboral reaccionaria llamada “Ley Mucci”) y los esposos Kirchner.

Ambos “modelos” han servido a la explotación capitalista, ni qué decirlo. Sin ir más lejos, la propia Cristina Kirchner reconoció años atrás que “nunca habían ganado los empresarios tanta plata como bajo su gobierno”.

Por lo demás, no se trata de opciones abstractas puramente “económicas”, sino que toda esta historia ha estado marcada por los vaivenes económicos y políticos del mundo y el país en todas estas décadas (vaivenes que aquí no podemos desarrollar) y, claro está, por la lucha de la clase trabajadora:por las relaciones de fuerzas relativas entre las clases que posibilitan algunas cosas y otras no.

Desde el año 1983 el país vivió dos crisis generales y podría estar a las puertas de una tercera: la crisis hiperinflacionaria de 1989/91 (que expresó el agotamiento de la gestión “inflacionaria” del país por parte de Alfonsín), y la crisis de la híper-desocupación del 2001 (expresando el agotamiento de la gestión neoliberal-recesiva de Menem y la Alianza).

Y el hecho ahora es que el país súper-endeudado y en semi-defaultal que nos trajo el fracaso macrista amenaza de manera concreta con desencadenar una tercera crisis general (antes de las elecciones o, incluso, después de ella); una crisis general que de alguna manera estamos ya recorriendo: el fracaso del intento de racionalización neoliberal de Cambiemos. Fracaso que ha abierto no solamente una crisis del oficialismo gubernamental, sino una crisis más general, orgánica: el revelamiento de la insolvencia de la burguesía en su conjunto para gestionar la Argentina capitalista; fracaso que ocurre en el contexto de una fuerte crisis e inestabilidad del sistema capitalista mundial.

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¿Qué “modelo” de país?

2019 estaría llamado a ser un año de“desenlace”y/o “encauzamiento” del fracaso de Cambiemos conduciendo la crisis por la vía electoral hacia algún puerto seguro…

Pero para este desarrollo “apacible” de los eventos existen dos problemas: el primero, que no vamos a desarrollar en demasía aquí, tiene que ver con hasta qué punto funcionarán los “mecanismos de contención” de la crisis, sobre todo las direcciones sindicales tradicionales así como los K (que son una fuerza burguesa de masas que podrían inclinar las cosas en otro sentido), para evitar cualquier desborde.

La jornada de este jueves 4 de abril está ubicada precisamente en este contexto: ante la bronca inmensa que crece por abajo convocar a movilizaciones controladas que, más allá que puedan “caotizar” el centro de la ciudad, eviten cualquier convocatoria –al menos, en lo inmediato- a un paro general. Que evite, menos aún, llamar a alguna medida de fuerza con continuidad. Y, además, que concentre el reclamo en un programa patronal(la “defensa de la producción y el trabajo” presentando al Congreso un proyecto de “defensa de las PyMEs”) e, incluso, como lo ha afirmado Daer, plantee como centro el reclamo de “unidad del peronismo” para octubre…

Pero si todo está atado con alambre y no se puede descartar que explotetodo por los aires al calor de alguna próxima corrida, lo que nos interesa aquí es desarrollar el segundo aspecto de la inestabilidad política: el hecho que siquiera están claros quiénes serán los candidatos de las diversas fuerzas burguesas para las próximas elecciones (definición que podría ser un factor de contención en sí mismo).

Atención que no se trata solamente de nombres y/o ambiciones políticas “personales” (por así decirlo): se trata de cuál sería el programa para sacar el país. Macri, Cristina y Lavagna (o Massa, Pichetto o algún otro figurón), son salidas patronales. Y, desde ese punto de vista, desde el punto de vista de clase, son salidas “idénticas”. Pero, desde el punto de vista político, están caracterizadas,a priori, por matices que hay develar y que se combinan con la idea que se tenga de la crisis orgánica del país: de una “salida” de la misma.

Para ser más claros: menos que nunca estas elecciones son unas elecciones donde se juegan meramente los nombres de los candidatos (patronales):se está colocando sobre la mesa un debate sobre el rumbo general del país.

Lo característico aquí es que dada la crisis orgánica del país, su disfuncionalidad en el contexto internacional, estas “salidas” tienen –todas ellas- elementos contradictorios con las condiciones reales: con los límites estructurales dentro de los cuales opera la dominación capitalista del país.

Elementos que podrían terminar dando lugar a un ascenso revolucionario de la lucha de clases, a una oportunidad histórico-estratégica para la izquierda revolucionaria. Volveremos sobre esto más abajo.

Veamos esquemáticamente caso por caso las opciones patronales. Cambiemos-PRO (dejamos aparte la crisis de la UCR) insistiría con Macri o, en su defecto, con el “plan V”: Vidal. Esto último, obviamente, para “renovar las expectativas”. Porque Macri parece, cada hora que pasa, un peso cada vez más muerto (el sector burgués que sigue apostando por el oficialismo quizás comience a simpatizar cada vez más con esta opción).

Independientemente de este relevo, el proyecto general seguiría siendo el mismo: una racionalización neoliberal del país que siga operando una doble redistribución regresiva–social y en materia de desarrollo general- de los ingresos (de la clase trabajadora a la burguesía en general y de la industria al campo y la energía, para decirlo sumariamente). En este esquema, no es casual que el voto más fiel a Cambiemos y al propio Macri esté en la burguesía agraria de la pampa húmeda.

Esto es un problema porque se ha chocado frontalmente con las relaciones de fuerzas (jornadas de diciembre del 2017, dixit), amén de que sectores crecientes de la patronal que dependen de la industria están cada vez más críticos con el gobierno; pasándose, eventualmente, a la oposición (aunque aún hay mucha especulación política y hay que ver cómo evolucionan los desarrollos).

En este esquema se profundizaría la dolarización de la economía (¡si cabe!); la burguesía agraria descorcharía champagne todos los días (¡fíjense la miserable parte que en la recaudación del Estado tienen los impuestos por exportaciones agrarias, un verdadero escándalo agravado por la macro devaluación del peso en los últimos 12 meses!); así como también se profundizarían los beneficios de la burguesía que lucra con los recursos naturales (energía y servicios, etcétera).

Aquí el problema estructural, entre otros, es la propia estructura del país: es más del 80% urbana, con anillos de industrialización relativa y un campo que solamente emplea el 7% de la PEA; de seguirse por este camino se podría terminar en la doble tenaza de una hiperinflación y una depresión económica.

En el caso del kirchnerismo parece muy difícil que aunque volviera Cristina, la gestión sea “progresista”. El “progresismo” de sus anteriores mandatos no fue un atributo de los esposos k (¡íntimos de Menem y Cavallo en los años 90!), sino, más bien, un tributo a la rebelión popular del 2001 (así como a la inesperada crisis con el campo en el 2008, que “radicalizó” la pelea entre los de arriba; la famosa “grieta”).

A diferencia de lo que pregonan la CGT y las CTA, la patronal industrial no es un sector “progresivo”: es una fracción de clasedominante con fuertes elementos “parasitarios” o, en todo caso, un sector chupasangre de la clase trabajadora y de los recursos del Estado en general, que espera siempre de los gobiernos patronales que les garanticen los beneficios asegurando la explotación obrera (y redistribuyendo ingresos con la patronal agraria). De lo anterior se desprende que cualquier gobierno que venga, esperan que lleve adelante las contrarreformas laboral y jubilatoria en marcha o concretadas ya en Brasil…

Un nuevo gobierno kirchnerista “puro” sería, sin lugar a dudas, más conservador que los anteriores.

Es aquí donde se coloca la “tercera opción”: el Peronismo Federal, Lavagna, Massa o quien sea, en acuerdo con los K–más posiblemente que semanas atrás- o no (no entraremos en estas disquisiciones en este editorial). No se diferenciaría mucho de la opción anterior salvo por una cuestión central: el kirchnerismo tiene una presión por “izquierda” en sectores importantes de su base social; Lavagna o Massa o Pichetto o Urtubey, no.

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El propio Lavagna ha aclarado que “personalmente, no está a favor del derecho al aborto”, por ejemplo. Y si sabemos que Cristina, explícitamente, ha llamado a “unir los pañuelos verdes y celestes”, de cualquier manera tendría presiones sociales desde abajo que un peronista federal eventualmente no (a estas horas las distintas alas de la burocracia se están repartiendo entre Cristina, Lavagna y, en menor medida, Massa).

Lavagna ha declarado recientemente que “no hay nada que repartir” (es decir, nada de políticas redistributivas). Ha colocado sobre la mesa que en cualquier escenario “habría que llevar adelante la reforma laboral” (y seguramente a depender de lo que pase en Brasil con Bolsonaro, sería vocero de las reformas que exige la burguesía en su conjunto).

En síntesis: rendiría cierto tributo al “país real”descartando una perspectiva “doctrinaria” de tipo neoliberal puro y duro, pero, de cualquier manera,llevaría adelante un gobierno de racionalización y ajuste económico; un gobierno de “unidad nacional” al que ni por las tapas se le ocurriría romper con el FMI (¡como tampoco se les ocurriría eso a los K!).

 

Unir a la izquierda para ser alternativa 

En todo caso, para cualquier escenario burgués hay limitaciones de dos órdenes; limitaciones estructurales. La primera es el bajo nivel de competitividad de la economía argentina y, para colmo, en un contexto de mediocridad económica internacional (por decir lo menos).

El clásico mecanismo del stop and go que lleva a una reiterada restricción de divisas para importar medios de producción cuando el país logra recuperarse está presente y en el mismo lugar: la eterna falta de dólares para el funcionamiento del país (agravada ahora por el endeudamiento sideral macrista).

Las divisas que generan los capitalistas del campo no alcanzan cuando el país se pone en movimiento (sobre todo porque la cosa funciona siempre en un contexto de defensa de los derechos de propiedad; a lo sumo se les ponen miserables retenciones y aún así chillan).Y las divisas que generan las exportaciones industriales tampoco alcanzan porque el nivel de competitividad del país hace que sólo en condiciones excepcionales la balanza industrial sea superavitaria.

Segundo: la clase obrera argentina tiene un nivel de conquistas, un grado de sindicalización, un nivel cultural, etcétera, que marcan hace décadas un enorme nivel de combatividad relativa, llamémosla reivindicativa, y que requeriría un nivel de derrota y desmoralización que hoy no está (¿una “bolsonorización” del país?).

Estamos frente a otra clase trabajadora que la de los años 70, mucho más heterogénea y precarizada, mucho menos politizada. Y, sin embargo, su nivel de organización sindical y tradiciones de lucha, incluso el peso de la izquierda revolucionaria entre amplias franjas de vanguardia de los trabajadores, las mujeres y la juventud, hacen de la Argentina, desde el 2001 (en realidad, desde antes), un país anormal.

La crisis orgánica de la Argentina combina entonces no solamente la crisis de su modelo de acumulación (un “cuadratura del círculo” en este sentido), sino también el contexto económico y político internacional, así como las relaciones de fuerzas entre las clases.

Es aquí donde se colocan, desde un punto de vista profundo, las perspectivas de la izquierda. La crisis orgánica es un alegato contra toda la clase patronal (y el imperialismo). Algo de esto se aprecia cuando cuesta “renovar la esperanza”en las candidaturas patronales (la bancarrota de Macri; los tantos años de gestión de los K), por la vía de Cristina, seguramente conciten la atención del electorado. Se verán los alcances y límites de esto.

Pero, de cualquier manera, y por razones políticas que van más allá de lo meramente electoral, la izquierda es, en cierto modo, una fuerza minoritaria pero en ascenso.

No tiene una fuerza orgánica de masas, sino de vanguardia. Haría falta un ascenso en regla de la lucha de clases, y una radicalización política no solo nacional sino internacional, para que la izquierda se transforme en una fuerza de masas.

Pero dados los desarrollos del mundo y el país,esta perspectiva está cada vez más abierta; no hay nada que lo pueda clausurar por anticipado (¡sino más bien lo contrario!).

Por lo demás, aun siendo una fuerza orgánicamente de amplia vanguardia, desde el punto de vista político su auditorio crece cada vez más: entre las variadas siglas y figuras de la izquierda rozamos una participación electoral con impacto en una franja minoritaria de las masas(sobre todo entre la juventud, el movimiento de mujeres y una franja real de los trabajadores).

Insistimos en que este es un dato estructural, más allá que a la vez se expresa electoralmente. Y aquí se coloca el problema de la unidad de la izquierda: el frente único en las luchas y las elecciones. El FIT pretende el monopolio en este terreno. Pero dicho monopolio solamente se ha afirmado usufructuando –de una manera sin principios- la ley electoral procriptiva del régimen burgués. En materia sindical y/o de las luchas cotidianas, se parece más a un chiste que otra cosa.

Somos corrientes en competencia y sólo un ascenso revolucionario persistente puede terminar por clarificar quién es quién(sólo la Revolución Rusa terminó uniendo a Lenin y Trotsky; sólo la lucha revolucionaria termina resolviendo este proceso de selección política–estratégica).

De ahí que las ideas oportunistas (y estalinistas) de “partido único” tiradas al ruedo por razones sólo tacticistas sean un verso que no se lo cree nadie; menos que menos quienes las han proferido.

Las oportunidades para la izquierda crecen, incluso en el terreno electoral, en primer lugar por la crisis orgánica de la burguesía y en segundo lugar, porque la clase trabajadora está firme y de pie (por las relaciones de fuerzas); la clase trabajadora abarcando en esta idea general al conjunto de los explotados y oprimidos, al movimiento de mujeres y la juventud.

Unir a la izquierda clasista en las luchas y las elecciones–bajo determinados criterios y proporciones, no de manera ultimatista- podría ser una “fórmula de transición” hacia comenzar a aparecer como verdadera alternativa; cosa que hoy por hoy, en medio de la cacofonía de siglas y figuras, se hace todavía difícil.

Bajo estas perspectivas generales estamos hoy junto a los compañeros de la Pilkington en la lucha contra el ajuste y los despidos y en la defensa de una experiencia clasista de los trabajadores; y bajo el mismo ángulo independiente y anticapitalista, de defensa de los intereses generales de los trabajadores, las mujeres y la juventud, estamos participando en las elecciones provinciales de Río Negro y Córdoba, y nos aprestamos para las elecciones generales con nuestro llamado a la unidad al FIT y a Luis Zamora.

Incluso más: bajo estas perspectivas generales estamos transitando hoy un nuevo salto constructivo de nuestro partido que se nota en todos los frentes.

 

 

 

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