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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.


Por José Luis Rojo

“El riesgo país, un indicador del nivel extra de tasa que el mercado le pediría a un emisor para ‘fiarle’ respecto del que le pide a Estados Unidos (considerado a estos fines como el deudor más seguro), siguió en alza ayer y alcanzó un nuevo record en la era Macri (…) Esto hace que las dudas sobre la capacidad de pago de la deuda, una vez que acaben los fondos provistos por el FMI, crezcan”. (La Nación, 19/12/18)

Faltando pocos días para finales del año se impone un balance. El tercer año del gobierno de Macri ha sido tremendo: una cuasi bancarrota de su gestión. Si Macri no cayó es por el invalorable sostén que le otorgaron Trump, el FMI, la burocracia sindical en todas sus expresiones y también el kirchnerismo.

Sin embargo, a la hora del final del año lo que domina es la incertidumbre. El gobierno no cayó, pero la perspectiva para el 2019 es sumamente incierta.

Aun si la patronal quisiera que Macri continuara su gestión con un nuevo mandato, el interrogante que sobrevuela es si es realista pensar que pudiera hacerlo y en qué condiciones.

El largo año de crisis no pasó en vano: con el riesgo país escalando los 787 puntos, el análisis de los mercados es que el país está en un cuasi default: en tres años Macri logró la hazaña de pasar de un país sin divisas pero desendeudado, a uno en quiebra que sólo se sostiene con el respirador artificial del Fondo.

Es factible que el año termine apaciblemente. Las direcciones sindicales y las de los movimientos sociales han trabajado para que las cosas no se desborden. Por lo demás, el gobierno ha habilitado bonos y planes sociales aquí y allá para tratar de tender una mínima “red de seguridad”.

Por otra parte, si la población trabajadora puede pasar las fiestas mínimamente sin sobresaltos, en familia, prefiere eso a que las cosas ocurran en medio de un estallido.

La “tranquilidad” de estos últimos días es una falsa tranquilidad: se viene un 2019 con crisis agudas, luchas sociales de magnitud y también elecciones.

Un conjunto de procesos que desde la izquierda debemos enfrentar poniendo en pie instancias de frente único para apoyar dichas luchas y pelear por romper la polarización entre los de arriba con una perspectiva de independencia de clase.

 

Un mundo no apto para cardíacos

Macri no tiene respiro siquiera en la situación mundial. El deterioro de la misma es creciente. Es interesante dejar anotado cómo Donald Trump ha salido a twittear contra un nuevo aumento de las tasas de interés en los Estados Unidos por parte de la Reserva Federal.

Trump se queja que dicho aumento anulará los “premios impositivos” que les dio a los capitalistas a finales del año pasado; afirma que puede tener efectos recesivos.

Por lo demás, el aumento de las tasas fortalece el dólar generando tanto nuevas devaluaciones en los países emergentes (una dinámica que viene ocurriendo desde hace meses), como llevando a una retirada de capitales de los mismos: multiplica crisis como las vividas este año en la Argentina, Turquía, Brasil y otros países.

Al aumento de las tasas y a la tendencia a la lentificación del crecimiento mundial tanto en la Unión Europea como en China (este último dato acaba de provocar zozobra en los mercados), se le puede agregar la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

En el reciente G-20 en la Argentina, Trump y Xi Jin Ping acordaron una suerte de “tregua” por tres meses que vence el 1ro de marzo del año que viene. Se llama a esto una “ventana de oportunidad” para llegar a un acuerdo entre ambas potencias mundiales y ponerle final a la guerra comercial antes que la misma se agrave.

Conforme pasan los días se esperan avances. Ocurre que si finalmente el plazo se cumple y no se llega a un acuerdo, lo que terminará ocurriendo es un agravamiento en dicha guerra cuyas consecuencias podrían ser imprevisibles.

Es decir: cuestiones económicas y geopolíticas establecen un entorno mundial de inestabilidad que de ninguna manera beneficia a Macri.

Un mundo que no se sabe si irá a una reafirmación del curso geopolítico mundializador hoy gravemente cuestionado, o a una reafirmación de las pulsiones nacional-imperialistas y/o proteccionistas; a la continuidad del fortalecimiento de las corrientes populistas y xenófobas de derecha y extrema derecha (parte de cuyas tendencias contradictorias es la situación de crisis que se vive hoy en Gran Bretaña alrededor del Brexit).

Esto nos lleva al segundo dato que está colocado sobre la escena internacionalmente: el ascenso de las oposiciones por derecha y/o extrema derecha ante la crisis de las formaciones burguesas “centristas” neoliberales globalistas (tipo Macron, por ejemplo, hoy en Francia).

El ascenso de este tipo de formaciones es un dato establecido internacionalmente: con muchísimos matices es el dato en Brasil con Bolsonaro, o el ascenso de la hasta ahora fantasmagórica formación de extrema derecha VOX en Andalucía y toda España (una formación que reacciona por extrema derecha a los reclamos de libre autodeterminación de Catalunya), la colocación en el primer lugar en las encuestas del Frente Nacional (rebautizado hoy Agrupación Nacional) en Francia, etcétera.

Parte de este giro a la derecha son las contrarreformas laborales y jubilatorias en marcha -con mayor o menor éxito- en muchísimos países: desde Brasil, Costa Rica, fallidamente en la Argentina, Francia, Hungría, etcétera; intentos, insistimos, que se llevan adelante con éxito diverso.

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Esto nos lleva al tercer dato de la situación mundial: la tendencia a la polarización creciente de los asuntos. Es decir, la emergencia de situaciones de “bipolarización”: frente al giro a la derecha o extrema derecha, el surgimiento de movimientos sociales y/o políticos por la izquierda en un escenario donde los desarrollos tienden a radicalizarse; donde los enfrentamientos entre las clases podrían hacerse más duros; donde se abren potencialmente oportunidades para la izquierda revolucionaria si es que sabe posicionarse correctamente ante los eventos.

Ejemplos de esto son el contradictorio pero en definitiva progresivo movimiento de los “chalecos amarillos” en Francia, el movimiento mundial de mujeres, el estallido de una cuasi rebelión popular contra “la ley laboral genocida” en Hungría, el ascenso del movimiento estudiantil en Colombia, etcétera.

En cualquier caso, el mundo está marcado por tendencias contradictorias que conviene comprender en toda su riqueza dialéctica, en toda la desigualdad de sus desarrollos para no quedar descolocado (ver ahora la posibilidad de que Lula quede libre en Brasil), todo esto un contexto de inestabilidad que, evidentemente, no le sirve mucho a Macri para “encontrar su lugar en el mundo”: le trasmite elementos de crisis a un gobierno que vive ya de crisis en crisis.

 

Las jornadas de diciembre lo hicieron

El 2018 fue una suerte de “año perdido” para Macri; su gobierno fue de crisis en crisis.

El año comenzó algo antes del día calendario: empezó con las jornadas del 14 y 18 de diciembre donde las relaciones de fuerzas reales le mostraron los dientes.

Esos días no fue solamente el gobierno el que calculó mal. Las direcciones sindicales también fueron desbordadas viéndose obligada la CGT a convocar a un paro general formal el 18, paro general formal que de todos modos sirvió para legitimar el desarrollo de la acción directa en la Plaza Congreso.

El gobierno se alzó con un triunfo pírrico. Pero a 16 años del Argentinazo quedó sobre la mesa de manera palpable el hecho que existe una acumulación de experiencias que no se ha cortado; una acumulación de experiencias forjada sobre la base de una rebelión popular, algo nada menor.

A partir de ahí, el gobierno fue a los tumbos. Primero intentó moderar la política monetaria (la famosa conferencia de prensa del 25/12) de manera tal de evitar que la economía se contrajera en el 2018. El tiro le salió por la culata porque los mercados comenzaron a manifestar su desconfianza sobre el rumbo económico.

Se archivó así el “reformismo permanente” reafirmándose el gradualismo. En el discurso del 1º de marzo para la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, Macri salió por la tangente anunciando la apertura del debate por el derecho al aborto, una cuestión que le trajo crisis y polarizó el país durante todo el año.

Mientras tanto, las direcciones sindicales de todos los colores se esforzaron por dar gobernabilidad. Moyano realizó su masivo pero anodino acto del 21F sólo para decir que había que “votar bien en el 2019”, y el kirchnerismo arrancó también el año con su campaña del “hay 2019”.

Pero a pesar de que todas las direcciones se jugaron a la gobernabilidad todo el año, estallaron algunos conflictos insalvables, como por ejemplo la paritaria docente en la provincia de Buenos Aires, conflicto en el que si bien Baradel y la Celeste nunca se jugaron a fondo, se hizo crónico y fue (y es) un elemento de crisis para Vidal durante todo el año (ver dentro de esto el escándalo del fallecimiento de dos docentes en Moreno producto del desfinanciamiento edilicio).

Llegando a abril/mayo comenzó la corrida cambiaria. La misma combinó dos desarrollos: a) el hecho visible que las relaciones de fuerzas le marcaron la cancha a Macri archivándose la reforma laboral; b) el desfinanciamiento del Estado producto de los favores del gobierno a los sectores capitalistas, hecho que diera lugar a un endeudamiento acelerado en dólares que significó la creación de una deuda externa sideral por 100.000 o más millones de dólares en poco tiempo y que generó pánico de que el país cayera en cesación de pagos.

A partir de ahí sobrevino una corrida contra el peso prácticamente ininterrumpida hasta finales de octubre pasado, que llevó a la primera o segunda mayor devaluación de una moneda en el mundo este año: el peso se desvaluó en un 115% groso modo (la más grande devaluación del peso desde el 2001), al mismo tiempo que la economía caerá este año un 3% y la inflación alcanzará el 50%: otro record mundial (en el orden nacional un record desde 1991).

¿Qué es lo que explica semejante desarrollo de una crisis que definimos como “auto-inducida” por parte del gobierno e insospechada en esta magnitud a comienzos del año? Lo que ha afirmado Eduardo Duhalde, del cual se pueden afirmar muchas cosas menos que no tenga experiencia de gestión: que el país está en un liso y llano default.

La corrida cambiaria, la fuga de 25.000 millones de dólares, la sucesión de importantes jornadas de lucha, el 13J y el 8A, que in extremis el gobierno y la Iglesia hayan montado una coalición oscurantista para frenar la aprobación del derecho al aborto, la jornada del 24 de octubre contra el déficit cero (a pesar de la borrada del moyanismo y los K de paseo días antes en Luján), dejaron al gobierno al borde del colapso.

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Si Macri no cayó a pesar del profundo odio que le tienen las 2/3 partes de la población (la afirmación de millones de votantes de que se “equivocaron”; que “nunca habían votado tan mal”), es por el sostén, insistimos, del imperialismo, el FMI, la burocracia y los K.

De ahí que el gobierno finalice el año en dos muletas. Un gobierno que tiene una crisis seria en su propio seno. Y no simplemente con los radicales, cuyo comportamiento es de lo más conservador: con la propia María Eugenia Vidal, que todavía no define su juego y con Elisa Carrió, que ha salido a denunciar la política de seguridad de su propio gobierno como “fascista”…

 

¡Vamos por un frente único de la izquierda!

Es en este escenario general de fracaso que se llega al 2019: un año que estará seguramente marcado por agudas crisis, luchas sociales y elecciones.

Desde ya que todas las direcciones tradicionales y las fuerzas patronales van a jugarse a que todo se mueva exclusivamente por el andarivel electoral.

Pero: a) la crisis económica-social es profunda; se avecinan despidos en el verano; y la bronca de los trabajadores va a estallar aquí, allá y más allá. Y no sólo de los trabajadores, en el movimiento de mujeres (ver el caso Fardín) y la juventud también.

Y b), conforme se sucedan las elecciones provinciales, y si al gobierno le va mal, volverá rápidamente el pánico a los mercados (se habla de abril/mayo nuevamente) y, con ello, de nuevas corridas contra el peso: un factor que introduce conmoción en todo el cuerpo social.

Hoy mismo, cuando se vive la “calma chicha” pre-verano (exageramos el argumento porque hay conflictos en varios lados), el riesgo país amenaza con llegar a los 800 puntos, marcando un récord en la gestión de Cambiemos. Los bonistas y demás especuladores saben que el país está en pre-default, razón por la cual los bonos de la deuda que vencen en 2020 y 2021 están por el piso.

El país tiene cubierto por el FMI el 54% de los pagos para el 2019 (y aun así hay que juntar los otros 46% en las condiciones donde la Argentina tiene cerrado el acceso al crédito internacional). Pero para el 2020 el acuerdo con el Fondo garantiza sólo el 15% del financiamiento: ¿de dónde saldrán el resto de los dólares que son necesarios cuando la economía mundial parece ir a una nueva recesión y en Brasil asume un gobierno que no simpatiza mucho con el Mercosur?

Roberto Lavagna, ex ministro de Economía de Duhalde y Néstor Kirchner, una figura que quiere presentarse como uno de los presidenciables del PJ, ha dicho semanas atrás que “habrá que convivir con el Fondo durante cinco años”… Esto como dando cuenta que sí o sí, gane quien gane, se deberá renegociar una vez más con el FMI si no se quiere caer en un default liso y llano.

El año que se inicia estará marcado por todo tipo de zozobras. El gobierno ha inventado la “doctrina Chocobar” y puesto en el primer lugar a Patricia Bullrich: una suerte de “solución” represiva a la crisis social que el propio gobierno ha generado.

Pero las soluciones represivas siempre han tenido patas cortas. El gobierno está en minoría en ambas Cámaras. Ahora resulta que también parece estar en minoría en la Corte Suprema de Justicia. La burocracia y los K lo han salvado de caer, pero otra cosa son sus perspectivas: unas perspectivas enormemente inciertas en lo que hace a su continuidad.

No es el momento aquí de adelantar pronósticos electorales. Pero existe un interrogante real que incluso se pueden hacer las patronales: ¿no será “voluntarista” sostener –más allá del 2019- un gobierno que ha gestionado tan mal los asuntos?

Por lo demás, aunque todo el año será un festival electoral, pesará el desastre de los índices económico-sociales: el aumento de la pobreza, la desocupación, los despidos, la pérdida salarial; es decir, todos los índices del deterioro en las condiciones de vida, la caída del consumo, etcétera, cuestiones que darán lugar a conflictos sociales a pesar de las direcciones.

En nuestro reciente VIII Congreso partidario definimos que se había abierto una coyuntura mixta inestable de crisis, luchas y elecciones. Una coyuntura donde queda a priori de lado la salida anticipada de Macri (queda como “abstracto” eso al acercarse el calendario electoral, aunque habrá que ver los desarrollos reales), pero que de todas maneras no significará un año electoral común: se tratará de un año recorrido por agudas crisis, incluso con momentos de zozobra.

Esa situación a la que vamos es la que le da todo su contenido al reciente llamado hacia el conjunto de la izquierda que realizara nuestra compañera Manuela Castañeira: es fundamental que entre las fuerzas del FIT, Luis Zamora y AyL y nuestro partido, entre toda la militancia de la izquierda y sus figuras y dirigentes sindicales, pongamos en pie un gran frente único para las luchas y para pelear por una alternativa de independencia de clases en las elecciones.

Todo el juego político-electoral tratará de ordenarse alrededor de una polarización ente Macri y Cristina. La izquierda debe transformarse en un tercer actor de los desarrollos en las luchas y en las elecciones poniendo en pie un gran frente único de todas nuestras fuerzas que empuje para el lado de la independencia de clase.

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