Martín Primo
Director del semanario Socialismo o Barbarie, dirigente del Nuevo MAS.


“2018 no tuvo piedad: se cobró los errores del Gobierno y la oposición, dejando extenuada a la sociedad. El daño sufrido es inconmensurable. En lo inmediato, dos síntomas resultan alarmantes: la fragmentación del poder al interior de las elites y el desahucio de la economía real. Una sorda guerra de intereses en la cima, mientras en la base sucumben los emprendimientos y las pequeñas y medianas empresas que sustentan el empleo. Eso para no hablar de la pobreza. En fin, una densa trama de conflictos, recesión e injusticias de la que emana recelo e incertidumbre”. (Eduardo Fidanza, La Nación, 29/12/18)

 

Comienza un 2019 plagado de incertidumbres sobre el rumbo de las cuestiones políticas y económicas, pero con una certidumbre, a este 2019 Macri y el gobierno de Cambiemos llegan muy mal parados y sin un plan coherente que vaya más allá de aplicar a rajatabla el ajuste acordado con el FMI y rezar para que los planetas se alineen y la economía no salte por los aires antes de las elecciones presidenciales.

 

Una grave situación económica con pronóstico incierto

Luego de tres años de gobierno de Cambiemos todos los indicadores económicos y sociales empeoraron. La pobreza saltó en el último año al 33.6% (según el informe de la UCA); en el transcurso de 2018 se perdieron casi 120.000 puestos de trabajo en el sector privado; la producción industrial cayó 13,3% en noviembre concretando un derrumbe de 3,8% en 11 meses, mientras que la construcción se desplomó 15,9% en términos interanuales; la inflación anual se calcula trepará a 48%, los trabajadores sufrieron una pérdida promedio de su salario de alrededor del 20%; el peso se devaluó en más del 100%, esto llevó a que la deuda pública represente el 95% del PBI, cuando en 2017 era el 57%.  Estos datos confirman, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y del país, que el gobierno de Macri es un gobierno que fracasó de punta a punta.

A esto debemos sumarle los anuncios realizados en los últimos días de nuevos tarifazos en todos los servicios públicos y el transporte. Un tarifazo anunciado a las apuradas y que costó la cabeza de Iguacel, otrora ministro luego devenido en secretario de Energía, por el temor de que se les escape el riesgo país y termine de comprometer la frágil economía argentina que subsiste conectada al “tubo de oxígeno” que significan los dólares que por ahora le llegan debido al acuerdo con el FMI.

En este sentido, el crecimiento exponencial de la deuda externa se ha revelado como un problema de primer orden que deja una sensación de incertidumbre en el futuro cercano y que nadie sabe cómo va a terminar, pero todos los pronósticos auguran fuertes tormentas en los próximos años (o meses).

Para que se entienda la magnitud del problema veamos los números. La Argentina deberá pagar durante el 2019 en concepto de deuda unos 56.745 millones de dólares, de los cuales a priori tiene sólo garantizados los 23.000 millones que desembolsaría el FMI, el resto deberá procurárselos vía impuestos, ajuste o nueva deuda a tasas por las nubes, producto de la trepada del riesgo país que está alrededor de los 800 puntos básicos. Esto ya perfila un 2019 crítico. Ahora, si se consigue surfear el 2019, los años venideros serán aún más duros: los vencimientos de deuda para el gobierno que resulte elegido en 2019 serán enormes. Entre 2020 y 2023 vencerán más de 131.000 millones de dólares, mientras que del acuerdo del FMI sólo ingresaran 6.000 millones, debiendo comenzar a pagarse los 57.000 millones de capital a partir de 2021.

Esta sensación de país a la deriva es la otra cara del fracaso del gobierno de Macri. Está claro que este zafarrancho no es como la perinola donde “todos ponen”. Aquí hubo sectores que hicieron grandes negocios: las empresas privatizadas de servicios públicos, las mineras, el sector agroexportador, las empresas energéticas, los bancos y el sector financiero que fugaron miles de millones de dólares. Es decir, el imperialismo y los amigos del gobierno de los CEOs fueron los grandes ganadores de este zafarrancho.

No obstante esto, sería un error reducir el objetivo del gobierno de Cambiemos exclusivamente a cometer un saqueo de proporciones y punto, como hacen muchos sectores del “progresismo”. Sus objetivos (y lo que la burguesía argentina pretendía) eran mucho más grandes y profundos.

Esta desazón ante los resultados alcanzados se plasma en la mayoría de los balances de fin de año que publicaron los columnistas estrella de los “grandes” diarios. Leamos a modo de ejemplo las palabras de Claudio Jacquelin en La Nación: “Las reformas impositiva y laboral constituían el eje de la propuesta electoral macrista para que las empresas lograran ser competitivas y pudieran ganar mercados, el país atrajera inversiones y se concretara un crecimiento genuino sostenido y tantas veces postergado. (…) Después de dos intentos fallidos (uno integral y otro parcial), el Gobierno acaba de anunciar que hará otro intento el año próximo por alcanzar reformas laborales. Si el calendario electoral no ofrece un escenario propicio para casi ninguna reforma estructural impulsada por un gobierno con minoría en las dos cámaras del Congreso, mucho menos parece viable para modificar las leyes del trabajo. (…) las reformas estructurales seguirán esperando su oportunidad. O a un gobierno que aúne la pericia técnica con la decisión y la habilidad políticas para llevarlas adelante, que no es lo mismo, pero es igual”.

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El gobierno de Macri se pensaba a sí mismo como fundacional, ellos venían a generar una transformación estructural en el país que partía de dar una vuelta de timón en las relaciones entre los trabajadores y la patronal. Para eso necesitaba, entre otras cosas, aprobar una reforma laboral que redoblara la flexibilización y barriera con los convenios colectivos de trabajo, y hacer pasar una reforma previsional que prácticamente aboliese la jubilación (siguiendo el ejemplo de su par brasileña, la patronal sueña con una ley previsional que exija 49 años de aportes para poder acceder a una jubilación).

El problema es que lo que Macrí, Durán Barba y compañía, sumergidos en su comprensión posmoderna de la política no calcularon, es que para hacer eso no alcanzaba con globos de colores, trolles en las redes sociales y “timbreos” impostados. Para aplicar una contrarreforma de esas características es necesario doblegar las relaciones de fuerzas entre las clases. Relaciones que en su momento impuso el Argentinazo y se hicieron sentir el 14 y 18 de diciembre de 2017. Relaciones materiales que, en última instancia, se las debe poner a prueba en cada lugar de trabajo y en las calles.

En cualquier caso, que Macri, hasta ahora, no haya podido avanzar con estas medidas estructurales, no debe hacernos bajar la guardia. El contexto político internacional y regional con la reciente asunción de Bolsonaro en Brasil trae pronósticos de fuertes ataques contra los trabajadores y la burguesía argentina, más tarde o más temprano, con Macri o con quien lo reemplace, va a tratar de avanzar con estas contrarreformas.

Así las cosas se nos presentan como una frágil coyuntura mixta en donde la incertidumbre propia de un año electoral (donde no está para nada claro cuál será su resultado), la potencial apertura de una nueva crisis económica y las luchas que puedan emerger desde abajo van a ser factores que se pueden retroalimentar a cada paso.

 

Un operativo de contención a la medida de Macri y Cristina

Más allá de que diciembre haya pasado sin ningún desborde social (cosa que por otro lado no significa más que eso), lo concreto es que a nadie se le escapa el mal humor social y la bronca que campea por todos lados. Encima sobre este enojo contenido, el gobierno vino a echar nuevos baldazos de nafta al anunciar su nueva carga de tarifazos en los servicios públicos y los transportes. El calendario es infernal, no habrá un solo mes, por lo menos hasta mitad de año, en que no haya un nuevo aumento que se acumule a los anteriores. Y éstos además se montan sobre las provocadoras intenciones del gobierno de querer cerrar nuevamente paritarias a la baja con aumentos nominales de no más del 23%.

Pero si Macri es quien atiza la bronca de los trabajadores, son el kirchnerismo, la burocracia sindical y la Iglesia quienes juegan todas sus cartas a que no haya luchas y todo se resuelva recién en las elecciones de octubre. De parte de Cambiemos es natural que no quieran que nadie se manifieste contra su gobierno. Lo que es criminal es la actitud del kirchnerismo y la burocracia sindical: desde las jornadas de diciembre de 2017 que se han jugado con todo a un operativo de contención de los trabajadores y del conjunto de los sectores populares con la excusa de la gobernabilidad y de que lo único que se puede y debe hacer para derrotar la política del gobierno es votar en octubre.

El “progresismo” siempre juega la misma carta: subordinar los intereses de los de abajo a los intereses propios. Es lo que hizo el PT y Lula al negarse a luchar contra Temer en nombre de la institucionalidad y que terminó abriéndole las puertas a Bolsonaro; es lo que hace Cristina cuando, en nombre de la lucha contra la derecha, llama a subordinar los pañuelos verdes a los celestes. Ahora, como nueva muestra de esta orientación que desarma a los de abajo y que subordina los intereses de los trabajadores a los intereses del kirchnerismo y la candidatura de Cristina, tenemos las declaraciones del Secretario general de la CTA, Hugo Yasky, quien en “El destape radio” planteó que es posible que el gobierno quiera lanzar la reforma laboral con fines electorales para enfrentarse a los gremialistas, pero que “los libros indican que salvo que tuviéramos una provocación grave, que no me puedo imaginar, hay que evitar hacer paros en el año electoral”.

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No sabemos de qué libro se nutre la sabiduría política de Yasky, pero seguro no es ningún manual de lucha de la clase obrera.

En este sentido, días más tarde anunció junto Pablo Moyano y Pablo Micheli una marcha de velas y antorchas para el jueves que viene. La verdad es que este anuncio tiene sabor a poco frente al vendaval de tarifazos que se anunciaron, y ante la política de déficit cero que ellos dejaron pasar durante todo el 2018. En todo caso desde el Nuevo MAS participaremos críticamente de esta convocatoria planteando que no se puede seguir haciendo la plancha esperando hasta octubre, que ante este desastre es necesario empezar ya a preparar un paro activo de 36 horas para el mes de febrero.

 

Ni Macri ni Cristina, hace falta un frente único de la izquierda para la lucha en las calles y en las elecciones

Frente a este ataque, es necesario apoyar a todas las luchas de los trabajadores y participar de las acciones contra el ajuste de Macri. Esta es la primera tarea que está al orden del día y para la cual el Nuevo MAS se prepara.

Junto con esto es necesario que el conjunto de la izquierda supere las luchas sectarias y se ponga a discutir cómo intervenir mejor en el momento actual.

Es que a nadie se le escapa que la coyuntura política es compleja en la medida que los trabajadores, las mujeres y la juventud están atrapados en una falsa polarización entre Macri y Cristina. Está claro que Macri y Cristina no son iguales. El primero vino a tratar de aplicar un giro reaccionario a la situación política del país desatando un ajuste brutal. Pero que no sean lo mismo no hace que Cristina sea una verdadera alternativa para los intereses de los trabajadores, las mujeres y la juventud. Cristina se jacta de que con ella se estaba mejor. Bueno, la verdad es que frente al desastre del gobierno de Macri no parece un gran mérito. El problema es que fue justamente el fracaso del gobierno de Cristina el que llevó a millones de personas a votar en dos elecciones seguidas por los candidatos de Cambiemos.

Lo cierto es que la crisis de Argentina tiene sus bases, no en un plan de gobierno o en otro, sino en que es la propia burguesía argentina la que se ha mostrado históricamente incapaz de plantear un proyecto de país. Sistemáticamente han preferido saquearlo en pos de sus propios beneficios y sus ganancias. Así es con Macri y su gobierno de los CEOs, y así también fue durante los gobiernos de Néstor y Cristina cuando trataron de fundar un empresariado “nacional y popular” y luego de años de garantizar que se la “lleven en pala” (como le gustaba decir a Cristina) sólo consiguieron crear una nueva capa de burgueses ineficientes que se beneficiaban con los negocios ligados al Estado. Es precisamente esta frustrante experiencia con los gobiernos kirchneristas lo que genera que a esta altura de los acontecimientos, y pese al desastre de su gobierno, Macri aún tenga expectativas de ser reelecto.

Frente a esto la izquierda clasista no puede quedarse al margen mirándose el ombligo midiendo unos intereses mezquinos que nada tienen que ver con los desafíos que enfrenta nuestra clase. Es preciso que la izquierda intervenga unida para terciar en esta falsa polarización entre dos sectores que defienden una Argentina capitalista, y que frente a la crisis nacional se postule como un tercer polo de izquierda independiente que ponga en primer plano los intereses de los de abajo: los trabajadores, las mujeres y de los jóvenes.

Con este fin es que nuestro VIII Congreso votó y nuestra compañera Manuela Castañeira lanzó un llamado a construir un frente único de la izquierda independiente para enfrentar el ajuste de Macri en las calles y poner en pie una opción unitaria y clasista de la izquierda en las próximas elecciones.

 

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