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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.


Si de algo no puede acusarse a la política argentina es de aburrir. Cuando no es una disparada del dólar que deja sin aliento a las autoridades monetarias, salta el escándalo de un operador de fiscales, jueces y políticos que se dedica a la extorsión para beneficio pecuniario y político, y por cuenta y orden, de funcionarios diversos. O se recalienta la inflación mientras la economía se congela, los despidos arrecian y las tarifas estallan. Sólo hay dos instituciones que parecen ajenas a todo: el presidente (que intercala viajes de descanso con viajes de “trabajo”) y la CGT, que dicen que parecería evaluar la posibilidad de un futuro comunicado en el que hablaría de un paro para abril.

No nos detendremos mucho aquí en el affaire D’Alessio (el supuesto abogado, experto en narcotráfico y hombre de la DEA yanqui), Stornelli (ex directivo de Boca, amiguito del barrabrava Rafa Di Zeo y hombre de Angelici) y toda la runfla más que para constatar lo esencial. Incluso con el blindaje de los medios adictos, la cloaca a cielo abierto es imposible de tapar, y revela lo que, bueno, era sabido: los “defensores de la república”, bajo la forma de jueces, fiscales, diputados y funcionarios, todos ellos virtuosos luchadores contra la corrupción, están implicados en una nauseabunda trama de aprietes y extorsiones con causas y pruebas inventadas, coimas puras y simples, venta de beneficios judiciales y mucho más, todo con el concurso y colaboración de servicios de inteligencia, policías retirados y en actividad, periodistas “prestigiosos” de no menos “prestigiosos” medios, embajadas extranjeras, escuchas y pinchaduras ilegales… Una inmundicia política y judicial completamente al margen de cualquier viso de legalidad que ponen a la “democracia” y la “república” de este país al nivel de las instituciones de los dictadorzuelos vitalicios africanos.

 

Un verdadero derrumbe económico

Pero cambiar de tema no nos conduce a respirar aire más puro, sino a intoxicarnos con las miasmas de una recesión que continúa la del año pasado, no ofrece razones para el optimismo del segundo semestre y para peor se combina con un nuevo recalentamiento de la inflación.

Primero recordemos cómo el gobierno y su equipo económico, allá por los lejanos primeros días de febrero, se jactaba de tener controlada la cotización del dólar y hasta de bajar la tasa de interés. Expliquemos: el camino elegido por el gobierno para evitar una disparada del dólar no es otro que subir la tasa de interés en pesos para que los inversores duden: ¿compro dólares o me aseguro una ganancia en pesos muy por arriba de la inflación? Durante enero y parte de febrero, ganó la especulación en pesos, y eso que la llamada “formación de activos externos”, esto es, compra de dólares para fuga o atesoramiento, fue sólo en enero de casi 2.000 millones de dólares. Pero el gobierno se cebó y creyó que podía ir bajando las tasas de más del 60% a menos del 45% anual. ¡Para qué! Los 30 vivos que son los “mercados” lo llamaron al orden enseguida: bastó que el dólar amenazara volver a los 42 pesos para que el Banco Central retrocediera en chancletas y pusiera otra vez la tasa arriba del 50%.

Con eso se calmó el dólar… hasta nuevo aviso. Eso sí, semejante nivel de tasas de interés significa dos cosas: a) el que tiene plata la mete en la bicicleta financiera, no en ninguna inversión productiva, y b) si algún incauto quiere meterse en una inversión productiva pero no tiene plata y necesita un crédito, adiós, porque ningún negocio legal da una rentabilidad del 50% anual como para poder devolver el préstamo. Así las cosas, la política económica de Cambiemos se mueve en un subibaja de locos, donde se enfría la actividad para calmar al dólar, sólo para que Macri se asuste de los feos números y reclame incentivos a la inversión, con lo que los financistas se asustan y salen de la timba al dólar; el billete verde se recalienta, el BCRA se asusta y sube la tasa, y así estamos desde hace tres años, sólo que en punto más bajo y peor en cada reinicio del ciclo.

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La conclusión es obvia: nadie invierte en la producción y la economía pasa a temperatura bajo cero, como lo demuestran absolutamente todos los parámetros de consumo y producción. Veamos sólo los más significativos.

Empecemos por el consumo. El de supermercados cayó en enero 2019 (en adelante, se compara siempre con el mismo período del año anterior) casi un 9%, y un 13% el de comercios. ¡Y ambos rubros venían de una caída en todo 2018 de más del 20%! El consumo de electrodomésticos cayó en el último trimestre de 2018 un 37%, y en todo el año un 8% (y un 13% si no se computan los televisores, en un año con Mundial de fútbol). Las ventas de inmuebles cayeron en enero un 55%, pero las ventas con préstamos hipotecarios (ay, esos créditos UVA) se desplomaron un 88%, a punto tal que las compras de vivienda con crédito pasaron del 41 al 11% del total.

El panorama productivo es todavía peor. Según datos oficiales, el uso de la capacidad instalada de la industria en diciembre de 2018 es de apenas el 56,6%, la peor cifra desde 2002. Pero ése es el promedio, al que empareja un poco la actividad petrolera y de gas. En industrias como la textil, las instalaciones se usan en apenas un 32,3%, y en la industria más importante del país en términos de empleo y capacidad exportadora, la automotriz, cayó a un catastrófico 25,6%. Esto se refleja en la caída del 8,3% de la actividad industrial  en enero y en el desmoronamiento del 41% la importación de bienes de capital (maquinarias y equipos) en el mismo mes. Recordemos una vez más que el superávit comercial que celebra el gobierno no obedece, desde ya, a ningún shock exportador, sino simplemente a una reducción del comercio exterior, en el que las importaciones se reducen más que las exportaciones a caballo de la recesión.

La continuidad del pantano económico no puede extrañar a nadie, siendo que no hay ningún motor para salir de él: ni el agro, ni la industria, ni el consumo. Tampoco la obra pública, tabla salvadora de otros años, porque el gobierno de Macri está embarcado en un ajuste monitoreado cuenta por cuenta en tiempo real por el FMI, de modo que el gasto primario (sin contar el pago de intereses de la deuda), que en 2016 era un ya nada generoso 24% del PBI, está estimado para este año en apenas un 20% del PBI, y para colmo con un cálculo de ingresos del 18,5% del PBI (datos de Ecolatina). Esto es: no sólo se achicó el gasto “puro” en una sexta parte, sino que el nuevo volumen de gasto ya ajustado ni siquiera tiene financiamiento asegurado.

Es sobre este contexto deprimido y deprimente que se monta otro jinete del Apocalipsis para los hogares de trabajadores: la inflación. Lejos del ya risible 23% previsto en el ficcional presupuesto 2019, no hay consultora que estime un piso del índice de precios para este año en menos del 30% (y un 10% sólo para el primer trimestre). Entre los tarifazos de servicios y transporte y el alza de los productos de consumo masivo muy por encima del promedio general se alimenta una bronca masiva que aún no tiene canales para expresarse (salvo en los múltiples conflictos, sobre todo por despidos, que hay que seguir rodeando de solidaridad, como el de Pilkington y otros), pero que va subiendo de volumen y hasta empieza a despertar de su habitual sopor a la burocracia de la CGT.

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El fundamento político de la inestabilidad económica

Las causas de fondo son de dos tipos. La fragilidad económica es una de las bases de la inestabilidad del dólar, de su tendencia a la suba. No hay forma de generar nuevas divisas con las que pagar las obligaciones de pago con una recesión que nadie espera vaya a desacelerarse y una inflación que no para. No hay tampoco ingresos por la vía de inversiones reales en la producción ni con algún crecimiento sensible de las exportaciones.

Si la base de la inestabilidad del dólar es la que describíamos más arriba, el detonante de las últimas corridas fue otro. Con el comienzo del año electoral y político, ya las primeras encuestas muestran que la derrota electoral de Macri en las próximas elecciones es una posibilidad cierta. Macri ha sido el verdadero garante de un plan económico que permitió la fuga de más de 50.000 millones de dólares en dos años y una redistribución regresiva del ingreso nacional en beneficio de los sectores más concentrados de la economía. El alto nivel de rechazo que cosecha Macri y se esparce a todo Cambiemos  fue la luz amarilla que alarmó a los “Mercados”.

Esta situación muestra en definitiva la fragilidad política que posiblemente marque todo este año. Lejos de ser un cansino año electoral, promete estar cruzado por luchas de distintas intensidades. En este escenario la posibilidad de que se vuelva a manifestar en las calles el descontento latente,  amenaza con hacer trastabillar el esquema de estabilidad de cara a octubre que con el mayor de los cuidados han querido construir el gobierno junto con el PJ, el kirchnerismo y la burocracia sindical que ante todo desean que no vuele una mosca.

 

La tarea de la izquierda es unirse para dar la lucha en todos los terrenos

La izquierda tiene la obligación de postularse para darle una salida desde el punto de vista de los trabajadores frente a esta crónica crisis nacional a la que nos ha llevado la mezquindad e incapacidad de la burguesía argentina al frente del país. Esto se sigue únicamente anteponiendo las necesidades de los de abajo a los privilegios de los de arriba.

En este marco lo primero es apoyar todas y cada una de las luchas que están dando los trabajadores, como la de los compañeros de Pilkington, contra los planes de ajuste, los despidos y los intentos de hacer pasar la reforma laboral fábrica por fábrica.

Junto con esto y frente a la crisis económica y social, la izquierda debe ser capaz de dar una respuesta en el plano político y electoral que sea eficiente y creíble. Si bien en los últimos años la izquierda en su conjunto pudo dar un salto en su representación electoral, también es verdad que la actual fragmentación se convierte en uno de los obstáculos para postularnos como una alternativa real frente a los ojos de las grandes masas que nos reclaman que seamos capaces de avanzar en la unidad de la izquierda clasista.

Desde el Nuevo MAS hemos hecho un llamado claro a las fuerzas que componen el FIT y a Luis Zamora para dejar de lado sectarismos e inercias políticas para ponernos a la altura de las necesidades políticas de los trabajadores las mujeres y la juventud. Esto es imprescindible para construirnos como un polo y una opción real a los ojos de las amplias masas de trabajadores y romper con la falsa polarización entre las distintas variantes patronales que son las responsables de la crisis crónica de la Argentina.

 

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