Roberto Saenz
Dirigente del Nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie. Director general de izquierdaweb.com


“(…) el modo de producción capitalista consiste en que las condiciones materiales de producción están distribuidas entre los no trabajadores en forma de propiedad capitalista y de propiedad de la tierra, mientras que la masa sólo es propietaria de las condiciones personales de producción, la fuerza de trabajo. Si los elementos de la producción están distribuidos de esta manera, entonces la actual distribución de los medios de consumo es el resultado lógico”. (Marx, Crítica del programa de Gotha)

 

La irrupción de Cristina Kirchner reordenó todo el proceso político en el país. Opera fortaleciendo la canalización electoral de la crisis además de polarizando el propio proceso electoral (por lo cual, incluso, le mete presión a la izquierda).

Esta irrupción ocurre mientras la crisis económico-social sigue desarrollándose; mientras los mercados tiemblan porque la guerra comercial -todavía de baja intensidad entre Estados Unidos y China- no escale más, lo que agravaría la crisis nacional (ver ahora la caída del precio de la soja, entre otros factores).

La burocracia sindical cumple, por su parte, su papel de contención convocando a medidas de fuerza aisladas y testimoniales; ahí tenemos ahora el paro general sin movilización convocado por la CGT para el 29 de mayo, un paro convocado sin programa claro y ni perspectiva alguna de continuidad.

De esta manera e, incluso, en medio del desarrollo de una crisis que anuncia una crisis más grave a mediano plazo, lo que se sustancia es un debate de fondo, no solamente electoral: cómo evitar el estallido liso y llano de una crisis tipo 2001[1].

Macri y sus “10 puntos” son la expresión de la alianza de Cambiemos con Trump y Lagarde para aplicar el déficit cero y las reformas pendientes, laboral y previsional. Lavagna y Cía. (¿Schiaretti, Pichetto, Massa?) tienen un programa igualmente conservador solapado con el planteo de “renegociación de la deuda” y “unidad nacional”.

Aquí es donde se coloca el planteo de “contrato social” de Cristina, que es otra manera de plantear la unidad nacional para aplicar un ajuste y pagar la deuda (con alguna renegociación de los pagos) con la variante que se negociaría centralmente con las “corporaciones”: CGT, sindicatos e Iglesia Católica.

En este último sentido estuvo la gira de Kicillof por Estados Unidos donde, ante la pregunta por su eventual plan de gobierno, declaró que “el que está en el gobierno es Macri… pregúntenle a él y al FMI qué medidas tomarán de acá a diciembre. Nosotros nos sabemos cómo están realmente las cuentas; veremos qué medidas tomar si llegamos al gobierno”…una manera evidente de no comprometerse a nada.

Mientras tanto, la izquierda viene de hacer una elección muy floja en Córdoba. En sí mismo eso no es grave porque los votos van y vienen. Lo que se apreció en Córdoba fue un reflejo conservador al ratificar a Schiaretti. Lo grave es la lógica oportunista bajo la cual ha sido estructurado el FIT desde sus orígenes, que ante la primera caída importante de los votos se traduce en una grave crisis.

De esto también hablaremos en este editorial, insistiendo en que lo más democrático para lograr la unidad de la izquierda para que sea alternativa es realizar internas igualitarias entre todas sus fuerzas.

 

“Contrato social”

El planteo de Cristina en la Feria del Libro sobre la necesidad de un nuevo “contrato social” admite varias lecturas: conceptual, histórica y política.

Conceptualmente un pacto social, un contrato social, el propio derecho burgués como tal, es, como lo ha dicho Marx hace largo tiempo, un “acuerdo[supuestamente] igual entre personas desiguales”. El capitalista llega al “acuerdo” como capitalista, y el trabajador, como trabajador, lo que supone, desde el vamos, una desigualdad.

Esto que parece muy general, es muy concreto, porque estos tipos de acuerdos de conciliación entre clases irreconciliables, explotadoras y explotadas, tiene, precisamente, ese contenido: sentar en una mesa como “iguales” a personas desiguales.

Esto no es nada sorprendente porque es la esencia del peronismo histórico: su lógica de conciliación de clases. Ahí está el famoso discurso de Perón en la Bolsa de Comercio en el año 1947, cuando instaba a los capitalistas a entender que hacía falta “ceder algo para no perderlo todo”…

Aunque en este caso no se trate de ceder gran cosa (Lavagna ha dicho algo que, quizás, Cristina, no quiera ni pueda decir: “no hay nada que repartir”), la lógica es esa: al sentar en la mesa al capitalista como capitalista y al trabajador como trabajador (representado, para colmo, por los sindicatos burocratizados), desde el vamos, cualquier cosa que acuerden, es sobre estos presupuestos: ¡una parte seguirá siendo explotadora y la otra parte explotada! ¿Quién pagará la crisis? Indefectiblemente, los trabajadores[2].

Esto nos lleva al problema histórico: la experiencia del pacto social. Cristina reivindicó la figura de Gelbard, una suerte de “verdadero dirigente empresarial”. Fue el Ministro de Economía en los años 1973/4 arrancando su gestión en el efímero gobierno de Cámpora, siguió hasta la muerte de Perón (acaecida el 1º julio de 1974) y luego hasta octubre de ese mismo año con Isabel Perón, cuando fue despedido.

En este caso el objetivo central del pacto social firmado por la patronal y la burocracia sindical en pleno era en primer lugar política: frenar el tremendo ascenso de la clase obrera que venía del Cordobazo (1969) y empezaba a cuestionar el sistema(un verdadero pacto social contrarrevolucionario).

Económicamente, la idea era frenar y/o congelar la “puja distributiva” congelando precios y salarios (en un nivel que garantizara determinada cuota de ganancias). Pero es imposible poner en el freezer la lucha de clases (sea reivindicativa o política); el susodicho“congelamiento” terminó estallando por los aires en pocos meses.

Un congelamiento que pretendía, como hemos dicho, estabilizar las relaciones de clases alrededor de un determinado promedio salarial y una tasa de empleo que garantizase un mínimo de plusvalía, ganancias.

Aunque las condiciones históricas son completamente distintas, con lo cual, un supuesto “pacto social”, sería cien veces más conservador que su ejemplo histórico, lo que subsiste en el planteo es la lógica del peronismo, que tiene matices con la agenda neoliberal pura y dura, pero es igualmente capitalista: “ganancias tiene que haber sino el capitalismo no funciona”…

Y también subsiste su otra premisa: el factor activo, el sujeto, siempre son los empresarios, la “burguesía nacional”, el Estado (¡que es su representante político!), nunca los trabajadores.

Y esto nos lleva al costado político del planteo de Cristina: una fórmula de unidad nacional pero por la vía de las “corporaciones” (las instituciones de la llamada “sociedad civil”). Lavagna puso el dedo en la llaga al afirmar que, frente a semejante crisis, ningún gobierno que emerja de las elecciones, por sí mismo, tendría la suficiente base social y política para llevar adelante el duro ajuste que quieren llevar adelante.

Lo hizo como planteo político, apoyado en un virtual acuerdo político con otro partido (instituciones de la sociedad política), pero con la dificultad –cada vez más evidente- que no parece tener el volumen (masa política) para imponerlo. En esto habría que ver cómo juega Schiaretti, pero ya se ha visto que, prudentemente, parece querer refugiarse en Córdoba: “no soy el macho alfa del peronismo federal” afirmó…

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Cristina, eventualmente, sí tendría dicho volumen, pero esto en el terreno donde se siente más cómoda: el PJ, los sindicatos y la Iglesia Católica encabezada por el papa Francisco, además de un grupo variopinto de instituciones empresariales.

¿Qué significado tiene esto en la actual coyuntura? Electoralmente, frente a la “unilateralidad” de Macri, a su visualización como un gobierno “sólo de los empresario”, es inevitable que a muchos trabajadores les caiga bien… La conciencia actual no es una conciencia de clase ni mucho menos radicalizada: es una conciencia anti-Macri, reivindicativa, de repudio a los tres años desastrosos de gestión macrista.

En ese sentido aparece, entonces, como planteo más “justo”, “democrático” y “equilibrado” que un gobierno que “sólo impone”. De ahí que caiga bien, eventualmente, la idea de pacto, contrato: “nos sentamos en una mesa, charlamos, discutimos, acordamos y todo queda algo mejor”…

Sin embargo, entre las ilusiones –¡y las puestas en escena!- y la realidad existe una distancia sideral. Dicha distancia tiene que ver no solamente con los límites de clase de un kirchnerimo 100% capitalista, sino con los límites materiales (económicos) mismos que impone la crisis.

Cristina ayer en el Consejo Nacional del PJ dejó trascender dos definiciones: que quiere un acuerdo electoral y de gobierno “lo más amplio posible”… y que le preocupa la deuda.

Lo primero es un adelanto, ya que sería un gobierno mucho más conservador que los que se vivieron bajo los 12 años anteriores de kirchnerismo: un gobierno tan amplio daría excusas para no tomar medidas siquiera mínimamente progresistas porque lo impediría“la coalición”…

En segundo lugar, la preocupación por la deuda tiene que ver, uno, con los límites que el endeudamiento pondrá a cualquier veleidad (¡salvo, claro está, que se rompa con el Fondo y se deje de pagar!); dos, con el compromiso que dicha coalición “lo más amplia posible” hará en el sentido que de ninguna manera se pretende dejar de pagar(a lo sumo se buscará algún tipo de renegociación).

 

Un voto conservador

En el marco de estos desarrollos esta última semana ocurrieron también las elecciones a gobernador en Córdoba. Ya se sabía que Schiaretti se iba a imponer;pero quizás no con semejantes guarismos (57% de los votos efectivos). En el fondo la explicación de estos resultados es simple, una enseñanza clásica del marxismo revolucionario: no alcanza con que haya crisis para que los trabajadores giren a la izquierda; hace falta también un ascenso de la lucha de clases.

Todos los esquemas fatalistas, catastrofistas, se han chocado siempre con esta pared: la idea que con la crisis alcanza. Y no es así: para que las ideas de la izquierda avancen entre amplios sectores hace falta un ascenso sostenido de la lucha de clases (¡hubiera hecho falta que Macri cayera el año pasado! ¡No olvidemos que el Nuevo MAS fue el único partido que exigió -en medio del hierro de la crisis- que “el pueblo debía decidir”) que dé lugar, simultáneamente, a un proceso de radicalización política: que franjas reales de los trabajadores vean las propuestas de la izquierda como alternativas reales[3].

Si esto no ocurre, o no termina de ocurrir entre la masa de los trabajadores –aunque sí se da entre franjas de la juventud y el movimiento de mujeres e, incluso, entre franjas de la vanguardia obrera- se impone un voto conservador como en la provincia mediterránea.

Claro que mejor que se exprese así, de manera “centrista” todavía, como ocurre en la Argentina, y no por la vía de un giro brutal a la derecha o extrema derecha como en varios países de Europa o Brasil o el mismo EEUU con Trump, donde la clave es la explotación de los prejuicios populares, del atraso, el ataque a los inmigrantes, a los de otro color, a las minorías sexuales, etcétera (algo que pareció ensayar Pichetto pero no le dio la nafta).

Pero, en todo caso, la recepción a estas opciones “centristas”, conservadoras,entre el electorado, son las que explican cómo caló el discurso de Schiaretti: “el tabique para que no llegue la crisis nacional soy yo”; “Córdoba es de los cordobeses”; “Que nadie se venga a meter”; “Córdoba para los cordobeses”; es decir, un discurso igual que escuchamos en Neuquén, Río Negro, Santa Fe.

Y no importa si Schiaretti casi no habló, si se la pasó inaugurando obras; esto es lo que sugería su candidatura.

Atención que, además, de por sí, las elecciones a gobernador y municipios separadas de la nacional, siempre son más conservadoras, localistas, “despolitizadas”.

Los aparatos burgueses, sean del signo que sean dominantes en las provincias, lo saben. Y por eso jugaron el juego de separar las elecciones en el interior, lo que fue un acierto.

Quizás, por otra parte, la crisis esté todavía algo mediada en el interior respecto de lo que ocurre a nivel nacional. Es que incluso como enseñanza de la crisis del 2001, en ninguna otra parte del país existe una concentración de las dimensiones del GBA, el centro verdadero del país (una concentración inmensa de 12 millones de habitantes que agiganta todas las contradicciones sociales[4]).

Argentina es un país cuya estructura económica, social y política es centralizada. Y, desde el punto de vista estratégico, eso es progresivo. Pero no lo es desde el punto de vista del desarrollo integral del país, claro está (ver a este respecto los agudos análisis de Milcíades Peña de décadas atrás cuando hablaba del “país abanico”).

Este “federalismo” azuzado contra la “opresión centralista” es una buena arma burguesa que pega sobre el atraso en la conciencia popular. Sobre elementos reales en el sentido que se deben respetar todas las idiosincrasias, pero explotados siempre por los políticos burgueses del interior del país como si fueran el problema central y no el capitalismo… (¡esto más allá de la hipocresía y el cinismo de hacer este tipo de campañas luego de haber sido cómplices de Macri estos tres años!).

Le facilitaron su éxito electoral no solamente el bochorno de Cambiemos, que fue dividido con el radicalismo perdiendo la intendencia de Córdoba, sino también el rol siniestro de la dirección kirchnerista que bajó la candidatura de Carro para apoyar a Schiaretti, una figura ligada históricamente a Cavallo, Menem  y la Fundación Mediterránea

La aparición de Cristina el jueves fortaleció el voto en bloque de los votantes K a Schiaretti, sumado a cómo operaron los dirigentes y cuadros medios para que esto ocurriera sobre la premisa de un discurso posibilista y de rechazo explícito a la izquierda: “el único enemigo es Macri”;“la izquierda divide”;“es el voto en blanco” y mil barrabasadas y prejuicios macartistas más por el estilo.

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Un resultado electoral adverso

Las elecciones en Córdoba, por ser las más importantes antes de las nacionales, se convirtieron en una suerte de “banco de pruebas” de lo que puede venir. Sin embargo, la muestra está distorsionada por el carácter localista de la elección, lo que obliga a no trasladar mecánicamente sus tendencias y resultados.

Eso no quita que tenga enseñanzas no tanto en materia de pronósticos futuros(aunque una eventual polarización entre el macrismo y los K será seguramente un fuerte obstáculo a sortear) sino, fundamentalmente, respecto del balance de la izquierda.

Nuestro partido salió último de la izquierda cosechando una magra votación. Sabíamos que competíamos en desventaja con las otras listas: desventaja en materia de recursos, aparato e instalación.

Sin embargo, avanzamos en la instalación de nuestras figuras, en aprendizaje para hacer campaña, en apertura de locales, en trabajo de base. Nuestro resultado electoral fue malísimo; nuestro aprendizaje y desarrollo constructivo muy positivo.

El caso del FIT es distinto: logró en su momento transformarse en un fenómeno electoral entre franjas de masasen Córdoba Capital:de ahí que esta floja elección deba dar lugar a debate y reflexión[5].

El principal problema es que sus integrantes han salido a barrer los problemas bajo la alfombra. El PTS ha dicho que el resultado ha sido “histórico” (la izquierda en su conjunto no superó el 3.5%…) porque ingresó un concejal en el consejo municipal. El FIT, además, mantuvo sólo un diputado provincial de los tres que poseía.

El verdadero problema no es haber pasado de tres diputados a uno. El criterio del balance no debe estar atado, como tal, a los cargos que se obtuvieron (aunque obtener legisladores es progresivo y marca una de las medidas de la cosa).

El punto central es si se logró que una franja de los trabajadores, las mujeres y la juventud votaran a la izquierda.Y la realidad es que las tres listas de la izquierda perdimos votos en relación al 2015 (¡claro que el FIT muchos más debido a la instalación a la que había llegado!).

¿Esto es malo en sí mismo? No:simplemente es un dato de la realidad. Lo malísimo y oportunista, lo que expresa una lógica de adaptación, lo realmente vergonzoso, es no decir la verdad de frente, no reconocerla: negar que la izquierda hizo una mala elección.

Pero a esto se le suma un segundo problema: como el FIT es una mera cooperativa electoral, una alianza para obtener votos y cargos, cuando éstos no llegan, sobreviene una crisis, tal cual se aprecia hoy en dicho frente (los resultados electorales mediocres se han venido acumulando a lo largo de todo el año).

Los trabajadores son concretos pero también empíricos y crasamente reivindicativos; su conciencia promedio es burguesa: cuando ven que se obtienen cargos … esperan soluciones mágicas… de ahí que se haya reflejado en Córdoba la crítica a Olivero, el cansancio con ella que muchas veces fue diputada y “no solucionó nada”(un fenómeno similar al que sufrió el PO en Salta).

Esto no quiere decir dispararnos un tiro a los pies afirmando “no nos voten, no va a servir para nada”… eso sería un estupidez. El voto a las candidaturas socialistas es fundamental:de enorme importancia para conquistar la independencia política de los trabajadores.

Pero, a la vez, es siempre táctico en función de decir la verdad: que las soluciones de fondo no las puede lograr ningún diputado de la izquierda en el Congreso, que los cargos son puntos de apoyo auxiliares para lo principal:el desarrollo de la conciencia y la organización de las masas.

No es esta la educación que viene trasmitiendo el FIT en sus 8 años de existencia. Y de ahí que un bajón electoral impacte con semejante fuerza en sus integrantes.

Y esto remite a una tercera cuestión que también se ha barrido bajo la alfombra: por demasiado tiempo el FIT ha permanecido como una mera cooperativa electoral.

Y lo que no avanza, retrocede. Se ha naturalizado que es sólo un campo de disputas para construir cada secta. Un campo de batalla puramente electoral. Jamás se presentó como un proyecto más generoso, que vaya más allá: que intentara avanzar en criterios de frente único en las luchas, que le dé un canal de expresión a sectores más amplios de la base.

De esta manera, al quedar sólo en el terreno electoral, aun cuando sigue caracterizado por un criterio progresivo de independencia de clase, sobreviene la crisis: porque no responde a las expectativas de avanzar;de dar una respuesta no sólo electoral sino más orgánica.

Estas son algunas de las cuestiones que nuestro partido viene planteando desde el 2011; no algo que se nos ocurra ahora.

Mientras seguimos batallando por la unidad de la izquierda para que sea alternativa, mientras insistimos en que el mecanismo más democrático para lograrlo es ir a una gran interna de la izquierda sobre la base de un programa anticapitalista, creemos que el balance de la actual crisis del PO y el FIT debe servir para avanzar en la formación política de la militancia y para salir del oportunismo y la autoproclamación oportunista.

 

[1] Aquí es importante entender que el país vive hace un año una crisis global que llegó a amenazar, incluso, con la salida del gobierno, pero los mecanismos de contención han funcionado hasta el momento postergando el estallido mismo de las cosas, así como la eventualidad de una nueva cesación de pagos.

[2] Salvo un ascenso de la lucha de clases la voracidad de la clase capitalista es infinita: ahí están ahora los lamentos de los capitalistas agrarios por el precio de la soja que esta todavía en la enorme cifra de 290 dólares la tonelada cuando en los años 90 apenas si alcanzaba los 70 dólares la tonelada…

[3] Esto desmiente, un poco, el oportunismo de ciertas corrientes que creen que todo es marketing, redes sociales, llamados telefónicos a Zamora y demás, aparato en fin, por oposición al desarrollo de una militancia de base, orgánica.

[4]Sólo en materia de servicios públicos una megalópolis como el Área Metropolitana de Buenos Aires, sobre todo en los partidos del Gran Buenos Aires,son un estallido cotidiano. Para los que no lo saben, la definición misma de megalópolis es esa: una cantidad desproporcionada de habitantes que no pueden ser cubiertas por servicios públicos acordes. Un ejemplo de esto es el de los trenes en India, donde los pasajeros viajan colgados de las locomotoras, en los techos, etcétera, algo no muy lejano de lo que ocurre en los trenes urbanos que van al norte, al oeste y al sur del Gran Buenos Aires.

[5] El “banco de pruebas” del FIT en Córdoba es mucho más real que en Santa Fe o Río Negro, donde nunca obtuvo importantes votaciones.

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