Existen pocos escritores que gocen de la misma popularidad que Edgar Allan Poe. Al mencionarlo, lo primero que viene a la mente suelen ser sus cuentos fantásticos (especialmente aquellos que rondan el terror) que le permitieron una amplia influencia literaria (sobre escritores tan dispares como Lovecraft, Quiroga, Borges o Cortázar) pero también fuera de la literatura (hoy en día seguimos teniendo películas, videojuegos y un amplísimo fandom con temáticas Poe).

Menos conocidas son otras facetas de la obra de Poe: su poesía (exceptuando el célebre “El Cuervo”), que influyó sobre Baudelaire y dio el puntapié inicial para lo que años más tarde sería el modernismo1; y especialmente su obra ensayística, que abarca escritos críticos y teóricos sobre literatura, arte y filosofía. Dentro de sus ensayos, queremos destacar en esta oportunidad sus artículos sobre el copyright y los escritores norteamericanos, aparecidos en 1845 en la revista The Evening Mirror. En estos textos, lejos de los narradores enigmáticos y perturbados de sus cuentos, Poe hace un retrato agudo de la situación de la industria literaria en Estados Unidos, expone con voz satírica los manejos y chanchullos de los dueños y editores de las editoriales y revistas literarias alrededor del problema de los derechos de autor.

A mediados del siglo XIX, 70 años después de la independencia yankee con respecto a la Corona inglesa, la literatura nacional estadounidense estaba surgiendo, recién formándose a partir de la aparición de algunos grandes escritores que pasarían al canon estadounidense (como Washington Irving, Hawthorne y, en un lugar mucho más postergado, el propio Poe). Sin embargo, por la falta de una legislación internacional en materia de copyright, los autores más leídos en suelo americano seguían siendo los ingleses. Y no por mero prestigio sino por razones puramente materiales y económicas: para un editor estadounidense era mucho más barato y rentable publicar textos de escritores consagrados (como Dickens o Richardson) a los que no tenían que pagarle ni un centavo y que se vendían bien (con las leyes nacionales, a los autores les pagaban por editarlos en su país, pero no en el extranjero), que publicar a escritores estadounidenses recién aparecidos y más o menos desconocidos como Poe.

Así, el anárquico mercado literario capitalista era una suerte de piratería sistemática del trabajo de los escritores, que permitía a los editores amasar ganancias sin gasto alguno, y a los lectores conseguir cientos de páginas de escritores consagrados por algunos dólares o centavos. Como señala Poe, sin embargo, lo que a los lectores les salía (a primera vista) barato, le salía caro a la emergente literatura nacional y a los escritores americanos, a los que Poe nombra sarcásticamente como “pobres diablos” y “muertos de hambre”. Contradictoriamente, en Norteamérica (el país que se postuló a sí mismo como pionero del republicanismo y la democracia en América desde su independencia) la primacía de la literatura inglesa generaba “la diseminación […] de sentimientos aristocráticos” (Poe), mientras cientos de nuevos escritores “muertos de hambre” luchaban día a día para sacar algunos centavos de sus escritos.

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Las denuncias de Poe hacia los manejos editoriales no son un aspecto de su pensamiento que podamos separar de su producción ficcional. Si bien la imagen que la mayoría de nosotros tenemos de Poe (sea porque la deducimos de sus cuentos y o porque nos llega con el merchandising) es la de un escritor bohemio, alcohólico y atormentado por pensamientos oscuros o esquizofrénicos, esta no era ciertamente su única faceta, y probablemente tampoco fuera la determinante.

Es cierto que Poe era alcohólico y tuvo una vida atormentada, pero por fantasmas bien concretos: la pobreza en la que cayó por la decadencia de su familia y las desgracias familiares (la orfandad y la muerte de su prima – esposa Virginia). En este contexto, tuvo que buscar su fuente de sustento en la literatura, lo cual era sumamente difícil en un mercado editorial como el que describimos más arriba, y en el que “escriben solo para nosotros nuestros ‘caballeros elegantes de buena posición’” (palabras de Poe). Para un escritor no aristocrático como Poe, que se dedicaba a la literatura no sólo como un hobby o un entretenimiento sino como un trabajo, las presiones del mercado eran acuciantes: debía escribir algo que pudiera vender, una literatura amoldada a las exigencias de los editores y a los espacios que hubiera disponibles.

El espacio disponible resultó ser el de las revistas literarias, que abundaban en la época por dos razones: en primer lugar, por las modernas imprentas que permitían publicar todas las semanas (o incluso todos los días, en el caso de los diarios); en segundo lugar, porque las revistas proporcionaban, por su corta extensión y su periodicidad, un medio literario que alcanzaba a los nuevos lectores de las ciudades estadounidenses que empezaban a crecer, un público mucho más amplio que el de las élites literarias (las mismas que despreciaron la obra de Poe en vida, relegándolo a un lugar de intrascendencia casi total hasta el día de su muerte).

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El formato de las revistas hacía necesario restringirse a formas literarias breves y de fácil lectura, dando como resultado la preponderancia del cuento corto, género al que Poe no sólo se acomodó sino que logró canonizar (siendo sus cuentos un ejemplo del manejo experto de este género hasta el día de hoy), así como darle impulso a varios subgéneros (el policial, la ciencia ficción). Poe no creó su obra desde la nada, en el aire, sino en condiciones concretas y ampliamente desfavorables, acuciado por la pobreza y la mezquindad empresarial, obligado a utilizar su ingenio para ganarse la vida. Lejos de la visión sacralizada del escritor y del artista (la idea del escritor como un “genio” o un “inspirado que llega desde la época del romanticismo hasta nuestros días), y a partir de su experiencia literaria, Poe construyó una teoría racionalista de la composición literaria y de la experiencia estética, que se puede leer en algunos de sus ensayos (por ejemplo aquel en que describe su método de composición para escribir “El Cuervo”).

Esta concepción estética de Poe contrasta con las teorías que piensan el arte como una esfera escindida de la realidad social y al artista como alguna suerte de ente que vive de la experiencia estética. Bien por el contrario, Poe expone la realidad de los escritores y artistas bajo el capitalismo, no sólo como pensadores sino como productores. En la moderna sociedad burguesa, que tiende a escindir la actividad y el trabajo social en distintas esferas especializadas, el arte no se vuelve una actividad ociosa o a-social sino que queda recluida en uno de los nichos del mercado, se transforma en mercancía, condicionando la actividad de los artistas con los criterios de la ganancia capitalista.

1 El poeta español Antonio Machado diría en su “Poética” que “existe modernismo desde Edgardo Poe”.

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