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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

No discutiremos aquí en sus premisas más teóricas la cuestión del límite ca- pitalista a la automatización –esto es, que la automatización es una gran he- rramienta de creación de valores de uso, pero no así de valor de cambio y plusvalor–, tema clásico trabajado por Ernest Mandel, abordado asimismo en el texto citado de R. Sáenz en la edición anterior y que es objeto de análisis en otro artículo de esta edición. Tampoco examinaremos otra de las contradic- ciones a más largo plazo del orden social capitalista, a saber, el conjunto de efectos económicos, sociales y políticos del cambio climático y su eventual rup- tura de equilibrios ecosistémicos. En una palabra, la cuestión del llamado “an- tropoceno”, de la “especie humana” como fuerza geológica efectiva capaz de modificar (destruir, más bien) su propio “cuerpo inorgánico”, el entorno natural. No hay espacio aquí para tratar el tema en su especificidad; sólo señalaremos aquí el alerta de François Chesnais, que compartimos, de no diluir la respon- sabilidad del orden del capital bajo el manto de la actividad “humana” en ge- neral, contra lo cual Chesnais sugiere el no muy eufónico pero acaso más preciso concepto de “capitaloceno” (ver, por ejemplo, “Una nueva fase prolon- gada de acumulación de capital no es posible”, entrevista de H. Wilno, en Viento Sur, mayo 2017). Nos interesa aquí, en cambio, formular una síntesis de las principales conclusiones.

A modo de repaso de los temas y definiciones de este texto, proponemos la siguiente síntesis, bajo la forma de algunos enunciados sin mayor desarrollo ni argumentación, que remitimos a los capítulos y apartados correspondientes.

La definición inicial es que, en el marco de diversos momentos desde su inicio, y pese a un curso coincidente en el crecimiento económico –moderado, por otra parte– de países desarrollados y emergentes, no hay ninguna razón de fondo para dar por concluida la crisis global. Por el contrario, incluso desde el mismo establishment que celebra este mini ciclo de crecimiento no quieren hacerse mu- chas ilusiones; más bien, los organismos multilaterales son los primeros en sem- brar dudas sobre la performance de la economía mundial en la entrada a la tercera década del siglo. El carácter histórico de la crisis de 2007-2008 queda patentizado por lo extendido en el tiempo de su onda expansiva, que está lejos de haberse agotado. Dicho esto, cabe consignar los elementos más profundos que explican precisamente esa persistencia de la crisis.

De ellos, el más decisivo es la continuidad de una tendencia muy anterior y de rango mucho más amplio referida al debilitamiento de la tasa de ganancia global del capital. Este punto es tanto más llamativo cuanto que en los últimos años, incluso décadas, ha habido avances considerables del capital sobre el trabajo, tanto en los países centrales como fuera de ellos, que sin embargo no han logrado revertir de manera duradera esa evolución.

Un indicador relacionado con y hasta cierto punto derivado del anterior es el débil crecimiento de la productividad, vinculada a su vez a una insuficiente inversión en capital productivo. También aquí se trata de un desarrollo que

 

puede sorprender, habida cuenta del potencial salto en la productividad que debería haberse verificado como resultado del avance de las nuevas tecnologías digitales. No ha sido el caso, lo que es motivo de un debate en el que tallan economistas de todas las tendencias.

También hay que señalar como lastres de la economía capitalista una serie de fenómenos de diverso origen pero cuyos efectos van todos en el sentido de obstaculizar la salida de la crisis.

El primero de ellos es la “plétora de capital”, es decir, la falta de una des- trucción o desvalorización de capitales que podría abrir paso a un “sanea- miento” de la acumulación. Esta no destrucción de capital –sea por mantener con vida a las “empresas zombies”, sea por la negativa a pasar a pérdida in- gentes masas de capital ficticio derivado de la especulación, vía el rescate de bancos y otras medidas– es uno de los factores que tira hacia abajo las tasas de ganancia y de productividad, en la medida en que impide la llamada “des- trucción creativa” de que hablaba Schumpeter y que hace a la esencia misma del capitalismo como régimen competitivo donde necesariamente debe haber perdedores también entre las filas del capital.

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El segundo es, aquí también, la continuidad de un proceso de sobreendeu- damiento, tanto de empresas como de hogares e incluso de estados soberanos

–la llamada “economía apalancada”–, que no sólo no ha retrocedido sino que se ha agravado respecto del estallido de la crisis. Un fenómeno concomi- tante a éste –y también, en cierto modo, a la no destrucción de capital so- brante– es la sobrevaluación de empresas, que en determinadas ramas llega al nivel de burbuja. La euforia que se vive en la mayoría de las Bolsas impor- tantes del mundo puede terminar mal, lo que es tanto más grave cuanto que se trata de uno de los pilares de un “crecimiento” cuyos beneficiarios están cada vez más concentrados.

Esto nos conduce al siguiente problema: el creciente nivel de desigualdad social, que resulta un rasgo estructural de esta fase del capitalismo (a diferencia del Estado de bienestar keynesiano de posguerra). La obscena riqueza de los ganadores de la globalización contrasta cada vez más con las estrecheces y sufrimientos del resto. Esta realidad socava los cimientos del capitalismo tanto política como económicamente. En lo político, erosiona su legitimidad y da paso a formaciones nuevas que aparecen como “contestatarias”, tanto de izquierda como de derecha. En lo económico, obliga a concentrar el consumo de manera creciente en las capas pudientes, mecanismo que más pronto que tarde se revela insostenible y conduce al problema de realización en la esfera de la circulación de la plusvalía generada en la producción.

En otro orden, uno de los mayores obstáculos para la reanudación de un ciclo “sano” de acumulación capitalista es que no queda claro cuál será el país o región de la economía mundial en condiciones de transformarse en el motor de ese crecimiento. Desde hace años, es el mundo emergente el que sube los promedios de crecimiento del PBI mundial, sobre todo a partir de la demanda china. Hoy, China sigue siendo –a tasas de crecimiento más moderadas que hace uno o dos lustros– la fuerza motriz más sólida y sostenible de la economía

 

mundial, lo que se manifiesta en ambiciosos planes de desarrollo industrial e innovación y de ponerse a la cabeza de la inversión global y la tecnología in- formática. Pero, contra las miradas superficiales que hablan de “crecimiento convergente”, sigue sin tener apoyos sólidos y sostenibles en el mundo capita- lista desarrollado.

En efecto, EEUU, pese a una coyuntura económica de cierto dinamismo (apo- yada también en algunos rasgos de la “Trumponomics”), no logra revertir ten- dencias de más largo plazo en la productividad, y presenta el problema

–compartido con casi todo el mundo desarrollado– de un creciente envejeci- miento poblacional. La Unión Europea, que se ha presentado casi como una es- trella de la economía luego de dos años de mayor –pero todavía muy moderado– crecimiento, padece los mismos problemas, pero corregidos y au- mentados, con el agravante de que el margen político de las burguesías euro- peas para resolver los problemas de la acumulación a cuenta de los trabajadores es mucho menor. El ejemplo de Francia no es el único pero sí el más significativo para demostrar esto. Por su parte, Japón parece haber quedado fuera de la ca- rrera por asumir un rol de liderazgo en la dinámica económica global, en la medida en que a su conocido estancamiento del crecimiento y la productividad, que lleva décadas, se le suma una cada vez más marcada tendencia al enveje- cimiento e incluso retroceso en términos absolutos de la población.

Por fuera de China, tampoco asoman candidatos a “titanes de la globaliza- ción” en la escala necesaria. El que pronto será el país más poblado del mundo, la India, presenta demasiadas rémoras sociales, económicas y hasta culturales, con una brutal desigualdad e inmensos bolsones de atraso, como para aspirar a convertirse en lo que fue China para la economía global en las últimas déca- das. América Latina está en retroceso en todos los indicadores, desde el menor crecimiento del PBI –en varios casos, recesión abierta– hasta el regreso con todo del déficit fiscal, con mayor endeudamiento, ajuste económico y más desigual- dad y pobreza. Finalmente, África, cuyo potencial demográfico e importante crecimiento del PBI en la primera década del siglo fue señalado por varios ana- listas como indicador de una posible salida de su carácter de “continente olvi- dado”, ha defraudado esas no muy fundadas expectativas. El crecimiento económico se ha ralentizado –y detenido en los países más importantes como Sudáfrica y Nigeria–, y la acelerada urbanización no ha derivado en una mo- dernización económica con desarrollo industrial, sino más bien en un aumento de la pobreza en las ciudades, con alto desempleo, informalidad laboral, baja productividad e inmensos problemas de infraestructura.

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En este marco de incertidumbre respecto del futuro de la acumulación capi- talista, se abren una serie de interrogantes y debates, algunos de los cuales hemos intentado recoger aquí.

El primero es si hay un retroceso en el proceso de globalización, hipótesis que resultaba impensable antes del estallido de la crisis. Tomando una serie de indicadores –comercio mundial, peso de las empresas multinacionales, procesos de relocalización ante las cadenas globales de valor–, podemos constatar un relativo impasse en la marcha de la globalización. Más que reversión o retroceso

 

de la globalización, y sin descartar la más cauta categoría de “repliegue” (Hus- son), preferimos definir la actual situación como una maduración del proceso de globalización, en el sentido de estar llegando a cierto techo de sus posibili- dades, que para ser perforado necesita de nuevos desarrollos, políticos, econó- micos o tecnológicos.

El segundo debate es el que se ha iniciado en torno de la disrupción digital, su impacto tecnológico en la economía y las posibilidades que abre. Sin entrar a fondo en la cuestión –hay un texto en esta edición dedicado al tema–, quere- mos constatar que por ahora las promesas de una “nueva economía” o de un salto sustantivo en la productividad no se han cumplido. Esto puede deberse a una todavía insuficiente extensión de la digitalización a escala global, incluso en el mundo desarrollado –es una hipótesis que dejamos abierta–, pero lo que sí se ha verificado es un evidente avance sobre los derechos, las condiciones de trabajo y hasta la subjetividad misma de los trabajadores en aquellas áreas donde la “economía digital” impone sus reglas. Y resulta difícil pensar que pueda ser de otra manera si es que la digitalización piensa honrar esas prome- sas que ha hecho al orden capitalista.

En tercer lugar, ponemos sobre la mesa más en profundidad dos problemas de arrastre del sistema capitalista global de las últimas décadas, cuyo posible agravamiento será un nuevo obstáculo para el relanzamiento del proceso de acumulación: los límites demográficos –en especial el envejecimiento de la po- blación en edad laboral– y el relativo estancamiento del crecimiento de la pro- ductividad. Ambos aspectos han sido trabajados clásicamente por la teoría marxista. No obstante, en particular el primero ha recibido menos atención de la que debería, y el segundo adquiere particular relevancia a la luz del impacto de las nuevas tecnologías de la información, análisis que efectuamos en diálogo con el apartado anterior.

Finamente, hemos desarrollado una reflexión de orden metodológico sobre los peligros del economicismo –en este caso, el de absolutizar la dinámica propia e independiente de los ciclos económicos– y de un enfoque poco dialéctico sobre las relaciones entre las leyes, regularidades y tendencias económicas, por un lado, y el devenir siempre abierto de los conflictos de clase y los grandes procesos po- líticos que a la vez son consecuencia de y reactúan sobre la economía.

Este último alerta resulta, en nuestra visión, especialmente pertinente en un intento de evaluación del estado de la economía mundial, en un contexto político internacional que está signado por las tendencias contradictorias y “bipolares” que se describen en el comienzo de esta edición. Una mirada marxista revolu- cionaria seria, no impresionista y que pueda contribuir efectivamente a la com- prensión del momento histórico y de las tareas que éste plantea tiene la obligación de tomar distancia de todo mecanicismo y objetivismo, así como de la autoproclamación, el provincianismo y la falta de rigor empírico y conceptual. A esa intención hemos querido aportar.

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