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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

En este capítulo no pretendemos en modo alguno hacer un recorrido com- pleto y sistemático de las economías de los países y regiones que examinaremos a continuación, tarea que excede completamente los límites de este texto. Lo que nos interesa es subrayar en cada caso algunos rasgos particulares que, por su novedad o importancia, merecen atención específica en función de los núcleos conceptuales que venimos trabajando y otros que se desarrollarán más abajo. Así, por ejemplo, no nos referiremos al conjunto de la economía alemana, o ja- ponesa, o india, etc., sino que deliberadamente hemos seleccionado como ob- jetos de estudio los puntos débiles, desigualdades y contradicciones que ofrecen cada uno de los potenciales “candidatos” a constituir un posible nuevo motor del crecimiento económico mundial, a la manera del rol que desde hace un tiempo viene cumpliendo China.

  • LAS INERCIAS DEL CENTRO CAPITALISTA

Estados Unidos, el motor fatigado

Como señalara Roberts, EEUU es el “núcleo estratégico de la dinámica ca- pitalista” en los próximos años, sin reemplazo a la vista pese a sus múltiples pro- blemas no sólo económicos, sino políticos, sociales y geoestratégicos. La errática y muy poco orgánica presidencia de Trump presenta vaivenes en casi todos los planos: salir del Tratado Transpacífico (TPP) y luego considerar volver al TPP; amenazar con liquidar el NAFTA y luego desdecirse; ser amigo de Rusia y luego acusar a Putin de desmanejos con los británicos y sirios; invitar a Xi Jinping a Mar-a-Lago, el complejo turístico de Trump, para luego lanzar una guerra co- mercial (también con idas y venidas); hacer una carrera de bravuconería con el líder norcoreano Kim Jong Un y luego invitarlo a negociar, para no hablar de las decisiones de economía doméstica y sus negociaciones en el Congreso con

 

los demócratas (y los republicanos)… Todo el accionar de Trump, incluyendo los cambios permanentes por renuncias, designaciones y expulsiones de miem- bros clave de su equipo de gobierno, presenta un grado de improvisación y des- organización que son el terror de la burguesía norteamericana.

Curiosamente, la economía de EEUU se ha mostrado bastante inmune a los arranques de su conductor político, y es en parte el aspecto satisfactorio de sus indicadores principales lo que ha alimentado el optimismo respecto de la mar- cha de la economía mundial en su conjunto. Pero el aparente éxito de la “Trum- ponomics” no puede considerarse territorio definitivamente ganado, y no sólo por la volatilidad política de Trump sino por la eventual fragilidad de la recupe- ración económica, algunos de cuyos rasgos ya hemos mencionado.

Un resumen rápido indica caída del desempleo, crecimiento del PBI que supera el 2% y se acerca al 3% y tasas de productividad aún lejos de las pre- vias a 2007, pero mejorando. Por otro lado, “las tasas de interés subirán, pero no mucho, lo que limita el margen de acción para recortarlas si viene una re- cesión. En ese caso, también van a ser de lamentar los recortes fiscales de Trump, que representan un reparto de dinero a manos llenas a un sector em- presario que no necesitaba estímulos adicionales” (TE 9071, “Can the Trump boom last?”, 16-12-17).

Sin embargo, una mirada más allá de la coyuntura detecta desarrollos más preocupantes. Pese a que aumenta el consumo y el empleo en EEUU, la inversión no sigue ese ritmo. La explicación parece estar en que “la tendencia al bajo cre- cimiento reduce las oportunidades de inversión rentable a largo plazo. Según esta visión, la baja inversión de las empresas parce menos un indicador cíclico que una señal de lo que está por venir. Las economías crecen cuando agregan personas o cuando obtienen más de su fuerza de trabajo. EEUU no cumple nin- guna de ambas condiciones. La Oficina de Estadísticas Laborales proyecta que la fuerza de trabajo crecerá en promedio un 0,5% por año entre 2014 y 2024, frente al 1,2% anual entre 1994 y 2004, debido al envejecimiento de los ‘baby boomers’ y la baja tasa de fertilidad. Y el crecimiento de la productividad está atascado. Entre 2005 y 2015, el producto por hora trabajada aumentó sólo un 1,3% anual, contra un 3% entre 1995 y 2005. (…) Los optimistas creen que esta situación se debe a la resaca de la recesión y que terminará pronto. (…) Pero esta explicación es poco convincente. (…) El crecimiento de la productividad ya debería haberse recuperado; en cambio, sigue retrocediendo. Los pesimistas creen que el problema de la productividad es crónico. Los avances tecnológicos son menos revolucionarios que los anteriores. (…) Los tecno-optimistas replican la posibilidad de grandes avances en robótica e inteligencia artificial. (…) Por ahora, los datos están del lado de los pesimistas. La mejor medida del avance tecnológico es la productividad total de factores, que mide lo producido luego de descontar el aumento del número de trabajadores y de capital. En 2015 cre- ció sólo el 0,2%, contra un promedio del 1,1% en los décadas previas a la crisis financiera” (TE 9004, “Econundrum”, 27-8-16).

Estos datos son consistentes con la evolución de más largo plazo en los indi- cadores esenciales desde un punto de vista marxista. Roberts observa que la re-

 

cuperación de la inversión es, en EEUU, la más débil de todas las recesiones de posguerra. La inversión cayó más y antes que el consumo, lo que obedece a la declinación de la tasa de ganancia en términos históricos. La composición or- gánica del capital –capital fijo sobre capital total, o c/C– subió un 20% entre 1946 y 2014, y, tal como predice la teoría marxista, la tasa de ganancia, en consecuencia, cayó en ese período, e incluso con una sorprendente coinciden- cia, también un 20%. Sugestivamente, entre 1982 y 1997 hubo una contraten- dencia por mayor tasa de explotación (Pv) que condujo tanto a la caída de la composición orgánica del capital como a una recuperación de la tasa de ga- nancia. Y, contra lo que creen las miradas apologéticas del “progreso de las fuerzas productivas”, la suba de la tasa de ganancia en el período 1980-2014 se explica sólo en un tercio por el abaratamiento de insumos gracias al desarro- llo tecnológico; los otros dos tercios corresponden a una mayor explotación del trabajo (M. Roberts, “Recessions, depressions and recoveries”, 4-1-16).

En el estancamiento relativo de la productividad incide también una mayor concentración del mercado en compañías grandes, lo que sugiere un declive de la competencia, y hay una proporción decreciente de trabajadores en em- pleos innovadores. Y como las empresas anticipan un bajo crecimiento econó- mico, difícilmente hagan inversiones grandes de largo plazo.

Además de los ya citados, Robert Gordon señala como otros dos factores concomitantes para el declive del crecimiento de la productividad en EEUU. Uno es el agotamiento del peso del factor educativo. El aumento de la tasa de egre- sados de la escuela secundaria fue, a su juicio, “un motor central del crecimiento económico del siglo XX”, pero esa tasa está estancada desde los años 70, y la universidad enfrenta problemas de calidad promedio y de accesibilidad, que se reflejan en alto endeudamiento de los estudiantes y creciente elitización de la educación superior. Esta situación pone a EEUU lejos de un liderazgo que tuvo por décadas entre los países desarrollados en materia de porcentaje de población con formación universitaria (“Secular stagnation…”, cit.: 57).

El otro es lo que llama “decadencia socieconómica”, que puede resumirse en las conclusiones de un estudio que cita Gordon: “La familia en EEUU está cambiando, y los cambios garantizan que la desigualdad será mayor en la pró- xima generación. Por primera vez, los niños de EEUU casi con seguridad tendrán menos nivel educativo, menos salud y serán menos ricos que sus padres” (J. Car- bone y N. Chan, “Marriage markets: How inequality is remaking the American family”, Oxford University Press, 2014).

En este marco se dio el reciente debate sobre el recalentamiento relativo de la economía de EEUU, potenciado por las rebajas impositivas que favorecen a las grandes empresas pero a la vez amenazan con desmantelar lentamente la red de seguridad de la política monetaria. El déficit fiscal de EEUU estará por encima del 5% del PBI por varios años. Pese a que la tasa de trabajadores sin- dicalizados continúa en declive y ya no llega al 10% del total, el bajo desempleo y la caída relativa de la población en edad de trabajar pueden motorizar una suba del salario real, que obliga a una mayor productividad o una reducción de ganancias (ver TE 9078, “Running hot”, 10-2-18).

 

Precisamente, el factor demográfico en su relación con el mercado de trabajo representa un obstáculo estructural sin solución a la vista (y menos si se consolida la política migratoria, o más bien antiinmigratoria, de Trump). Los pronosticado- res más creíbles son unánimes: “La tasa de crecimiento sostenible, con una po- blación estadounidense que envejece, está más cerca del 2% que del 3%, diga lo que diga Trump. En el tercer trimestre de 2017 la economía creó un promedio de 170.000 empleos por mes. Y sin embargo, hasta 2026 la población de entre 20 y 64 años, según las proyecciones oficiales, va a crecer en menos de 50.000 personas por mes. El desempleo no puede caer indefinidamente, de modo que, a menos que la productividad se acelere, el crecimiento económico debe caer” (TE 9071, “The weight of expectations”, 16-12-17).

Los decepcionantes rostros de la Unión Europea

Europa fue probablemente la región más castigada, en términos relativos, por la crisis global en curso, especialmente en el período 2008-2012. Para tener una medida del impacto de la recesión post crisis, consignemos que el PBI de la zona euro está 1,7 billones de dólares (¡el PBI de Italia!) por debajo del que tendría si hubiera crecido un muy modesto 2% anual desde 2007. En 10 años, toda la zona euro creció un 5%, con “picos” como Alemania (+10%) y pisos como Grecia (-27%) o Italia (-8%), mientras que Francia acompañó el promedio de 5%, y España recién el año pasado volvió al mismo nivel de 2007.

Sobre la base de ese panorama más bien desolador, suena desproporcio- nada la cuasi euforia de las bolsas europeas ante un pronóstico de crecimiento del orden del 2,3% para 2018. Ese moderado rebote de las economías euro- peas, por otra parte, se apoya en las exportaciones, ya que la austeridad de- rrumbó el consumo interno por caída de salarios reales y aumento de la desocupación. Y si bien el empleo empieza a recuperarse, lo hace muy lenta- mente, desde caídas muy profundas y con empleos que son en promedio de mucha menor calidad que los perdidos durante la crisis. Así, la eurozona apenas empieza a salir de la caída primero y del marasmo después, que se extendieron casi diez años, “pero está muy poco mejor preparada que antes para una even- tual recesión futura” (TE 9069, “The second chance”, 2-12-17).

Por otra parte, desde el punto de vista de un reinicio genuino de una acumu- lación capitalista “virtuosa”, a la Unión Europea le queda un largo camino por recorrer. La inversión (excluyendo la compra de viviendas) está en su nivel más bajo desde los 90. Y esto obedece esencialmente a la reducción del nivel de rentabilidad, como reconoce el Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea: la inversión productiva sigue siendo más riesgosa y menos rentable que los ac- tivos financieros líquidos (M. Roberts, “Recessions, depressions and recoveries”, 4-1-16). Situación que se mantiene y explica los desproporcionados rendimien- tos de las bolsas europeas.

Como intento de conformación de un bloque económico con dinamismo pro- pio, la Unión Europea es un proyecto inacabado (y para muchos, fallido). Sus logros son mixtos: si, por un lado, de las diez economías más productivas del

 

mundo (por hora de trabajo), nueve son europeas –con EEUU en quinto lugar–

, la UE carece de escala: la mediana del tamaño de sus empresas es 48% la de las de EEUU, mientras que la mediana de las firmas chinas está casi a la par (94%). En parte por eso es que la tasa europea de retorno sobre activos es del 9%, mientras que la china es del 10% y la de EEUU del 13% (TE 9052, “Le long layoff”, 5-8-17, y TE 9065, “Making Europe great again”, 4-11-17).

No obstante, hay un factor estructural que la Unión Europea no ha resuelto: el desacople entre sus instituciones políticas y económicas, incluida entre éstas las que hacen a la moneda única de la mayoría de sus integrantes, el euro. La situación es que todo avance en el sentido de una mayor integración económica es percibido políticamente como un deterioro de la capacidad soberana de los estados nacionales (motivo muy explotado por los partidos derechistas hoy en boga en muchos países europeos, y que estuvo en el centro del triunfo del Brexit en el referéndum británico). Pero, a su vez, si esa mayor integración no tiene lugar, crece el riesgo de disrupciones de tipo económico que también pueden ser pasto para la crítica de derecha… o de izquierda.

Las tensiones respecto del euro, que alcanzaron su punto más alto en 2011- 2012, se han manejado de manera de evitar su estallido, pero de ninguna ma- nera se ha resuelto el nudo de la cuestión, que es la diferencia relativa de tamaño, productividad e inserción global de economías que comparten la misma moneda. Por otro lado, la falta de coordinación y unidad estratégica entre los tres miembros principales (Alemania, Francia y el Reino Unido) sólo empezó a “resolverse” a expensas de la salida de la UE de los británicos. La mirada rela- tivamente común del futuro del bloque que comparten Merkel y Macron, a cargo de los dos socios principales, no representa ninguna garantía, porque la historia de la UE es la de que el diablo está en los detalles, no en las grandes visiones. En este marco, queremos detenernos en las contradicciones de la economía más importante, pujante y productiva de Europa, la alemana, empezando por la situación de una clase trabajadora que viene de un alto nivel de sindicalización. Alemania, a diferencia de la mayoría de los países desarrollados, no ha sufrido una caída de empleos industriales. Mientras el empleo industrial era en 2016 un 12% del total en Francia, un 10% en EEUU y un 9% en el Reino Unido, en Alema- nia ronda el 18%. Esto se sustenta en buena medida en el sistema de aprendices, en base a un esquema educativo restrictivo y clasista: las escuelas secundarias se dividen entre las que preparan para ir a la universidad (Gymnasium) y las que

orientan excluyentemente al mercado laboral de baja calificación.

Alemania salió de la crisis de la reunificación en los 90 con una combinación de restricciones salariales y flexibilización del mercado de trabajo, lo que le dio fuertes ventajas competitivas y aumento de la productividad por hora. La cola- boración de la burocracia sindical, bajo un esquema de “relaciones industriales cooperativas” típico de Alemania, fue decisiva para, entre otras cosas, favorecer acuerdos salariales y de condiciones de trabajo por empresa. Este enfoque pro- patronal en las relaciones laborales, además de debilitar la capacidad nego- ciadora de los trabajadores, generó una profunda dispersión y estratificación de salarios y condiciones de trabajo. El resultado fue que los trabajadores mejor

 

pagos fueron justamente los que recibieron mayores mejoras, mientras que los trabajadores de la base de la pirámide vieron caer sustancialmente sus ingresos y nivel de vida. “El costo decreciente para las patronales fabriles de los servicios locales, donde los sueldos cayeron más, jugó un gran papel en el revival de las exportaciones alemanas” (TE 9048, “Vorsprung durch Angst”, 8-7-17).

El canciller “socialista” Gerhard Schröder le encargó una propuesta para “com- batir el desempleo” a una comisión presidida por… un ejecutivo de Volkswagen, Peter Hartz. La llamada Agenda 2010 se implementó en cuatro etapas (que lle- varon, significativamente, el nombre de Hartz I, II, III y IV). Por supuesto, el PSD perdió el apoyo obrero y las elecciones siguientes. Pero el empresariado alemán, en particular el Mittelstand, que agrupa a las numerosas empresas medianas de origen familiar, nunca dejó de agradecerle a Schröder por sus servicios.

Junto con los “mini jobs” de 20-25 horas promedio (y salarios de 400-500 euros), se implementó el sistema de “banco de horas de trabajo”.

Carsten Schneider, secretario de organización parlamentaria del PSD alemán, señala que “las condiciones estructurales del mercado de trabajo alemán están sumamente distorsionadas. Aunque el salario real por hora ha aumentado lige- ramente, la creciente proporción de empleo atípico, especialmente en los seg- mentos bajos del mercado laboral, en parte anula ese crecimiento. La importancia de las convenciones colectivas disminuye (…) y el número de hoga- res que viven en o por debajo de la línea de pobreza es récord. Además, las diferencias de productividad están aumentando” (TE 9051, 29-7-17).

Las reformas Harz en Alemania hicieron que los contratos de trabajo fueran cada vez más locales y flexibles. En 1995, el 75% de los trabajadores pactaban su salario en negociaciones por rama de industria; esa proporción bajó al 56% en 2008; el resultado es que el costo laboral por unidad de producto bajó más de un 20% entre 1995 y 2015. Esos bajos costos laborales redujeron el incen- tivo a la deslocalización y alimentaron la competitividad de las exportaciones alemanas, factores ambos que redujeron el desempleo. Pero, contra el mito libe- ral, el impacto en la baja de la tasa de desempleo fue menor que la suba de productividad: “El empleo aumentó, pero la cantidad total de horas trabajadas no. En gran medida, en Alemania hubo una redistribución de horas de trabajo antes que creación de ellas. Aunque los salarios mejor pagos subieron rápida- mente, especialmente en la industria, cayeron para los peor pagos. De modo que la desigualdad de ingresos siguió, en Alemania, una curva notablemente similar a la de EEUU” (TE 9042, “Looking east”, 27-5-17). En efecto, según datos de la OCDE, la participación en el ingreso nacional del 10% más rico, entre 1995 y 2011, subió en EEUU del 39 al 46%; en Alemania subió del 31 al 39%; en Francia prácticamente no se movió del 30%.

La locomotora económica alemana se basa entonces en esas exportaciones muy competitivas que dejan un saldo de balanza comercial extremadamente su- peravitario, pero con el desequilibrio de un consumo interno relativamente muy bajo: “Pese al crecimiento del empleo, la proporción del PBI que va a los hogares cayó del 65 al 60% o menos, para beneficio de las ganancias empresarias. El consumo ha caído al 54% del PBI, muy por debajo de EEUU o el Reino Unido.

 

Si a los trabajadores se les pagara más, podrían gastar más. Eso implicaría menos exportaciones y más importaciones. Pero Alemania está insalvablemente atrapada en un modelo que siempre prioriza las exportaciones sobre todo lo demás” (TE 9048, cit.).

Esta preeminencia de las exportaciones tiene otra explicación: la tradicional ingeniería de precisión en la que se especializa la economía alemana exige una escala que a su vez requiere producir para un mercado global; autos caros, maquinaria y productos químicos sofisticados no pueden tener como destino ex- clusivo, o principal, un mercado local.

Tanto el Banco Central como las políticas públicas apuntan a domesticar todo intento de aumento salarial en el sector estatal que esboce ser inflacionario. Como contrapartida, el Estado ofrece entrenamiento laboral que asegure la pro- visión de obreros con las capacidades necesarias. “El cemento para esto es una sociedad con una fuerte inclinación por la estabilidad. Hay una cultura de la responsabilidad, de aversión extrema al riesgo (…). Las personas trabajan mucho pero esperan a cambio seguridad laboral (…). Un aumento de los sala- rios alemanes podría ser beneficioso por muchas razones. Pero ¿puede ocurrir? (…) Las instituciones están armadas para la restricción salarial; los empleadores la desean; los sindicatos la negocian a cambio de seguridad laboral” (cit.).

Estas condiciones le dan a Alemania una estabilidad política y un sopor de la lucha de clases que son la contracara de la convulsionada y combativa Fran- cia. Esta doble cara económica, social y política del “comando doble” de la UE es también una síntesis de sus contradicciones como bloque: aún mantiene el Estado de bienestar, pero cada vez más asediado por la avanzada neoliberal; hay estabilidad del régimen político pero con socavamiento del viejo sistema de partidos (mucho más desarrollado en Francia que en Alemania, desde ya); tiene una industria de relativa prosperidad basada en la alta productividad, pero con una población obrera que envejece a la que la inmigración no termina de operar como recambio (por razones, entre otras, de integración incompleta o fallida). Sin embargo, a favor de su dinámica política juega una tradición his- tórica obrera y de lucha, especialmente en Francia, que en EEUU y Japón vienen de mucho más atrás.

Japón: ¿hacia la extinción demográfica?

Japón se ha convertido casi en un caso de manual de estancamiento econó- mico desde hace un cuarto de siglo. Hoy, después de casi dos años de creci- miento continuo –récord para los últimos 16 años– y una línea general ascendente desde la asunción de Shinzo Abe y su “Abenomics”, el PBI nominal de Japón está prácticamente al mismo nivel (medido en yenes) que en 1996. Curiosamente, o no tanto, considerando las tendencias a la burbuja bursátil que ya hemos mencionado, el índice Nikkei 225 de la Bolsa de Tokio subió un 150% en cinco años.

Para los magrísimos índices de crecimiento desde el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de los 90, la Abenomics puede llamarse casi un boom.

 

En ese período de cinco años se crearon 2,8 millones de empleos, aunque la población en edad de trabajar, dado el envejecimiento de la población, la baja tasa de fertilidad y la casi inexistencia de inmigración (apenas un millón de tra- bajadores, en general vietnamitas y de otros países del sudeste asiático), cayó en más de 4 millones de personas. En consecuencia, la tasa de desempleo es prácticamente nula (menos del 3%, que es lo que se considera “desempleo de fricción” por las personas que cambian de trabajo) y por cada postulante a un empleo hay… 1,5 puestos.

Sin embargo, y contra los manuales clásicos de economía, esta situación no ha generado un aumento importante del salario real (lo que a su vez explica que la inflación se halle desde hace décadas por debajo de la meta oficial del 2% anual). Según explica The Economist, “los trabajadores permanentes no pue- den ser despedidos sin más, pero tampoco pueden renunciar fácilmente sin una pérdida enorme de status. Como resultado, su poder de negociación no presenta las alzas y bajas correspondientes a una relajación o endurecimiento del mer- cado de trabajo. Los acuerdos salariales por lo general sólo siguen el ritmo del costo de vida”, que, como hemos visto, es bajísimo (TE 9067, “The slow-grilled economy, 18-11-17).

Si el conjunto de las economías capitalistas desarrolladas se ve afectado por el problema del bajo crecimiento de la población, en Japón esa situación llega al paroxismo de que la baja tasa de natalidad –1,39 nacimientos por mujer en edad fértil, cuando se considera que la “tasa de reposición” es de 2,1– y la casi ausencia de inmigración (es sabido que, además, los inmigrantes suelen tener una tasa de fertilidad superior a la de los nativos) han conducido a un descenso del número absoluto de habitantes. Un informe de la BBC da cuenta de que hoy hay menos habitantes (127 millones) que en 2010.

Por razones culturales que no podemos tratar aquí, no hay señales de que esta tendencia se vaya a revertir en lo inmediato. Más bien, y a contramano de la globalización de hábitos sexuales y reproductivos, los japoneses tienden a casarse poco, tarde y con pocos hijos (y la tasa de hijos extramatrimoniales es de las más bajas del mundo). Más del 28% de los japoneses tiene hoy 65 años o más (la tasa más alta del mundo), y según un estudio oficial, para 2060 el número de habitantes se reducirá a 87 millones, de los cuales casi un 40% ten- drá 65 años o más. Sin inmigración o cambio drástico de pautas culturales, se trata de un país en vías de muerte natural por envejecimiento. Agrava la situa- ción que la tasa de participación de las mujeres en el mercado laboral –en parte también por esos rasgos culturales específicos–, aunque ha aumentado a partir de recientes iniciativas oficiales, sigue siendo muy baja para un país de su nivel de desarrollo.

A estas características del capitalismo japonés cabe agregar una conducta extraordinariamente cauta, por no decir timorata, de su burguesía en cuanto a inversiones se refiere: Japón es uno de los países en que la clase empresaria tiene un volumen mayor de atesoramiento respecto del PBI, lo que es más sor- prendente si recordamos que las tasas de interés bancarias son de cero o nega- tivas en términos no ya reales sino nominales. El resultado de las últimas décadas

 

es valores de crecimiento del PBI, de la inflación y de la productividad que casi nunca rondaron otra cifra que el 0, el 1 o el 2% (hacia arriba o, a veces, hacia abajo). Cuando agrupamos las piezas –inversión, crecimiento del PBI, pobla- ción– llegaremos a la conclusión de que, por el simple agotamiento físico de la fuente de valor y plusvalor, el trabajo humano, junto con la reticencia a la inver- sión de riesgo, la economía japonesa está condenada, en las actuales circuns- tancias, a no cumplir más que un rol subsidiario en la dinámica del capitalismo global, muy lejos del empuje que supo darle en el período 1950-1985.

  • SE APAGA LA ESTRELLA DEL “MUNDO EMERGENTE”

Durante los años más duros de la crisis global, cuando las economías des- arrolladas languidecían alrededor de crecimiento cero o directamente retroce- dían, tomaron la posta del crecimiento del PBI mundial los llamados países emergentes, de los cuales se destacaba el grupo bautizado como BRIC (Brasil, Rusia, India y China, al que a veces se le agregaba Sudáfrica).

Mirá también:  El capitalismo está en un momento delicado

Un segundo pelotón lo constituían los otros países incluidos en el total de 24 del índice MSCI (ex Morgan Stanley): once asiáticos (además de China e India, Pakistán, Corea del Sur, Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia, Taiwán, Qatar y Emiratos Árabes), seis europeos (Rusia, Turquía, Polonia, Hungría, República Checa y Grecia), cinco latinoamericanos (Brasil, México, Chile, Colombia y Perú) y dos africanos (Sudáfrica y Egipto). Pero el fin del viento a favor para las materias primas –originado en buena medida en un “giro autocentrado” (Hus- son) de China–, sumado al retiro de capitales y devaluación de monedas loca- les, dejaron en una situación de crecimiento mediocre o comprometido a la mayoría de esos países, que en vez de traccionar hacia delante la economía y la productividad globales pasaron a compartir el promedio, como vimos en un gráfico anterior. Según la definición de Husson, “los países denominados emer- gentes juegan cada vez menos su papel de bisagra en la dinámica del sistema” (“Capitalismo del siglo XXI…”: 61).

El brillo de los BRIC, grupo del que excluimos a China por razones que ex- plicaremos abajo, está hoy muy deslucido, dado que Brasil viene de años de recesión y Rusia debió atravesar una crisis de los precios de los hidrocarburos de la que sólo ahora está empezando a reponerse. Del resto de los emergentes de la lista citada, posiblemente los de performance económica más consistente sean los asiáticos, sobre todo los del sudeste, con tasas de crecimiento promedio del orden del 5% desde hace varios años. Sin embargo, el hecho de que partan

–salvo Corea del Sur– desde un punto muy bajo en términos de acumulación capitalista implica que su papel en la marcha de la economía mundial es sobre todo el de acompañar a las “locomotoras”.

India, todavía un peso liviano de la globalización

En consecuencia, nos interesa aquí considerar sobre todo el carácter de India, que por su escala demográfica (para 2022 será el país más poblado del

 

planeta, con 1.450 millones de habitantes), su crecimiento económico sostenido (sólo inferior al de China en los últimos 20 años) y la supuesta “expansión de la clase media a 300-400 millones de habitantes”, según un informe del HSBC, ha sido señalado más de una vez como candidato a tomar la posta de China como eventual locomotora económica global. Discutiremos aquí algunos ele- mentos que ponen seriamente en duda esa posibilidad.

En primer lugar, la “clase media” india sólo puede considerarse tal en térmi- nos relativos a ese país, pero de ninguna manera se acerca a los patrones de ingreso y capacidad de consumo de otras “clases medias” del planeta. Ese sec- tor puede que haya superado la línea de pobreza del Banco Mundial (muy poco exigente, por otra parte: 1,90 dólares por día), pero sus ingresos, una vez cu- biertas –y muy moderadamente– las necesidades más básicas, apenas alcanzan para algo más.

Los indicadores básicos de nivel de consumo de clase media son, en India, cinco: televisor, heladera, computadora, auto o moto y aire acondicionado. Sólo el 3% de los hogares indios posee las cinco cosas. La mediana de hogares sólo tiene una de las cinco. Lo que en términos internacionales se puede llamar clase media, con ingresos superiores a los 11.000 dólares anuales, no abarca más de unos 27 millones de hogares, esto es, el 2% de la población.

Esta base tan estrecha –compuesta sobre todo de funcionarios estatales y em- pleados en el sector informático– no es de extrañar cuando se consideran las rémoras estructurales del país. Recién este año puede hablarse de un mercado nacional unificado en términos impositivos (algo que Alemania, por ejemplo, logró en 1834, incluso antes de constituirse políticamente como nación). Durante siglos y hasta ahora, cada región tenía su estructura tributaria y su aduana; cru- zar un límite regional era, a los efectos de los impuestos, equivalente a cruzar las fronteras nacionales.

Los datos laborales y sociales no son muy distintos, y a veces peores, a los países del fondo de la tabla económica de África subsahariana. El 93% de los trabajadores se desempeña en la economía informal, con unidades económicas que emplean menos de diez trabajadores. La participación de las mujeres en la fuerza de trabajo es de apenas el 27%, cifra para colmo inferior a diez años atrás, ya que ¡el aumento de ingresos alienta a los maridos a hacer volver a sus mujeres al hogar! La mayoría de los niños no recibe más de seis años de esco- laridad; el 11% de los niños es analfabeto y el 38% de los menores de cinco años tienen daño cerebral o físico irreparable como consecuencia de la malnu- trición. Para no hablar de la pervivencia del infame sistema de castas, una ré- mora premoderna inaceptable.

Los compradores online no superan los 50 millones, que comprenden el 5- 10% más rico de la población. Los sitios web rara vez están en lenguas locales en vez de inglés, lo que restringe su acceso prácticamente a la elite. Los gigantes tecnológicos sacan bien poco de la India. Apple no obtiene allí más de un 0,7% de sus ingresos anuales, mientras que Facebook, pese a tener 240 millones de usuarios (probablemente más que en ningún otro país del mundo), computa un ingreso miserable de apenas 50 millones de dólares anuales. Los celulares son

 

ubicuos, pero se trata de versiones muy básicas, alejadísimas de los smartphones de la clase media del resto del mundo.

Esto no asombra si se tiene en cuenta que un iphone nuevo representa el ingreso de medio año de alguien que está dentro del 10% de mayores ingre- sos. Bienes que pertenecen al imaginario de la clase media y a los que tienen acceso sectores incluso de ingresos medio-bajos en países emergentes, como un Smartphone, calzado deportivo o una suscripción a Netflix, por ejemplo, son de costo prohibitivo para el 90% de la población. Si no se ajusta por poder de compra y se consideran precios internacionales, el 99% de los ho- gares indios está por debajo del nivel de pobreza de EEUU (25.000 dólares anuales para un hogar de cuatro personas). Y tampoco asombra que quede tan escaso margen para la compra de bienes de consumo típicos de clase media, siendo que cualquier mejora de ingresos va invariablemente a la edu- cación y salud privadas, ya que las prestaciones estatales son pésimas en can- tidad, calidad y frecuencia.

En India hay un auto o camión cada 45 habitantes, ratio que es nueve veces inferior a la de China. La cadena Mc Donalds tiene en India la misma cantidad de locales que en Polonia. Hay 100 locales Starbucks en India, la misma canti- dad que en los Emiratos Árabes (130 veces menos población), contra 3.000 en China. Zara tiene menos locales en India que en Lituania o Kazajistán. El 97% de los indios jamás se ha subido a un avión; los viajeros al extranjero fueron menos de uno cada 40 adultos (TE 9074, “The elephant in the room”, 13-1-18). En este aspecto como en casi todos los otros, la comparación con China es la- pidaria: sólo los cuatro mayores aerolíneas chinas transportaron en 2017 400 millones de pasajeros, y 130 millones viajaron al exterior.

Un aspecto crucial en el que India se distingue de países como China y los emergentes de mejor performance es que en éstos últimos el crecimiento de la clase media ha sido consistente con un mejoramiento general de las condiciones de la población y un retroceso de la desigualdad. En cambio,  en India lo que avanza es la desigualdad. Comparando con 1955, el 50% más pobre bajó del 20% del ingreso total al 15%; el 40% del medio bajó  del 41 al 30%, mientras que el 10% más rico pasó del 39  al 55%. El 80%  de la población tiene ingresos inferiores a 1.700 dólares por año. Incluso ajustando esa cifra por poder de compra, los ingresos promedio son menos de la mitad que en China. El 1% más rico se queda con el 22% del ingreso (en China, el 14%). A diferencia de casi todos los demás emergentes, en India los ricos son menos y más ricos en promedio: los que tienen activos de más de 140.000 dólares son apenas un millón y medio de personas; hay

200.000 que exceden el millón de dólares de patrimonio, y en la lista de “milmillonarios” hay más de 100.

Finalmente, ambos gigantes poblacionales tampoco resultan comparables en términos de peso económico regional y proyección geopolítica. Mientras China es un socio comercial de primer orden para casi un centenar de naciones y aspira a extender esa influencia con el lanzamiento de la Belt and Road Initia- tive (ver más abajo), a la vez que organiza con toda seriedad su capacidad mi-

 

litar, los vínculos comerciales y diplomáticos de India incluso con sus vecinos se dan a una escala mucho menor, y pese a su inmenso gasto militar –superior in- cluso al de China respecto del PBI–, el ejército indio fue bautizado por su inefi- ciencia y retraso tecnológico como un “elefante de papel”.

En suma, “el 1% de mayores ingresos está al nivel de Hong Kong; el 9% si- guiente se asimila a Europa del Este; el 40% siguiente no es muy distinto de los vecinos pobres de la India como Bangladesh y Pakistán, y el resto está al nivel de las partes más miserables de África” (TE 9074, “The missing middle class”, 13-1-18). Respecto de esta última franja de población, la más numerosa, hay un dato lapidario: casi el 40% de los indios no puede (y en muchos casos, tam- poco quiere) defecar en un inodoro en su casa; la alternativa es el patio o el descampado. Con semejantes atrasos y desigualdades en su estructura social y económica, el camino que le queda por recorrer a India para aspirar a trans- formarse en una nueva China es mucho más arduo que simplemente exhibir altos –y a veces estadísticamente dudosos– índices de crecimiento del PBI.

Los “hermanos pobres” del mundo emergente

El resto del mundo emergente o que aspira a serlo cumplió un rol nada des- preciable en los años de la Gran Recesión. En textos anteriores (“Tendencias de la economía mundial”, SoB 28, y “El fin de la ‘década dorada’”, SoB 29), se- ñalábamos que se había dado un “relevo” de impulsores del crecimiento econó- mico ante la evidente defección del mundo desarrollado. Si bien como países individuales la mayoría ocupa un lugar muy subsidiario o marginal en la eco- nomía mundial, cuando se los considera como bloques regionales su peso no es en absoluto insignificante. Las tasas de crecimiento del PBI de continentes en- teros como Sudamérica y África movieron de manera efectiva la aguja de la di- námica económica global.

Ya no es el caso. Lo que muchos –también nuestra corriente– caracterizaron como una anomalía histórica que debía tener relativamente corta duración, para luego volver a la “normalidad” de ensanchamiento de la brecha entre países desarrollados y “emergentes”, de deterioro de los términos del intercambio co- mercial, de renovación de los lazos de dependencia financiera vía el servicio de deuda y otras, se empezó a verificar como tal hace ya tres o cuatro años, y esa tendencia no ha hecho más que afianzarse.

Las consecuencias de ese nuevo escenario confirman las previsiones que hi- ciéramos en los textos citados, de modo que no abundaremos en detalles. Como definición más general, las economías de Latinoamérica todavía se están adap- tando al fin del boom de las commodities. Pero esto significa que la penuria de recursos “fáciles” que antes se multiplicaban por obra y gracia de la demanda china desemboca en dificultades de orden presupuestario que marcan un regreso a la normalidad y al terreno tristemente conocido en el continente del ajuste fis- cal. El déficit fiscal primario (antes del pago de intereses de deuda) de la región en su conjunto pasó del 0,2% del PBI en el ciclo anterior al 2,6% en 2016. Y con el crecimiento del déficit vuelve la vieja noria del endeudamiento externo.

 

Así, prácticamente todos los países de la región están reeditando situa- ciones y prácticas típicas de los años 80 y 90: planes de austeridad, reduc- ción o desaparición de superávits comerciales, servicio de deuda en aumento, recurso a los inversores y acreedores externos para financiar arcas exhaustas que no llegan a tapar los agujeros internos y externos (TE 9050, “The long squeeze”, 22-7-17).

En cuanto a la actualidad de África, unos pocos años han sido suficientes para aventar las fantasías nacidas en el período “dorado”. Incluso más que en Latinoamérica, en el continente negro los organismos internacionales alentaban expectativas de catch up (acercarse a los desarrollados) y leapfrogging (saltar etapas tecnológicas y/o de desarrollo). En conferencias del FMI y la OCDE se hablaba del uso habitual de drones en Ruanda o del alto porcentaje de la po- blación de Kenia que hace operaciones financieras con celulares.

Pero, también aquí, la realidad se abrió paso a través de estas cortinas de ensoñaciones. El pavoroso atraso tecnológico, de infraestructura logística y ener- gética, educativo e industrial del África subsahariana no podía superarse con “enclaves modelo”, por otra parte sin vasos comunicantes con el resto de la eco- nomía. El fin del boom de las commodities la afectó particularmente, con una fuerte baja de la demanda china.

Pasemos a los hechos. En una muestra de 19 países africanos, la proporción de empleo rural sobre el total cayó 11 puntos. Pero no hubo ninguna “revolución industrial”. De cada diez empleos rurales menos, sólo dos fueron a la industria; el resto fue al sector informal de servicios en las ciudades, esto es, a la venta ca- llejera y otros empleos de bajísima productividad. Este patrón es opuesto al de la industrialización del sudeste asiático, donde hubo un movimiento de trabaja- dores desde el sector agrícola al industrial, mucho más productivo.

Por lo tanto, “la industrialización tradicional difícilmente tenga lugar. La mano de obra africana ya no sólo tiene que competir con los bajos salarios de países como Bangladesh, sino con la robotización. Es posible que el ca- mino al desarrollo seguido por Japón, los tigres del sudeste asiático y, más es- pectacularmente, China –el paso de la agricultura a la manufactura trabajointensiva de bajos márgenes, como textiles o juguetes–, se esté cerrando rápidamente. La manufactura africana está estancada y su contribución está en niveles muy similares a los de los 70” (TE 9054. “Always something new”, 19-8-17).

El cambio social en África en este período fue efectivamente estructural, pero no se traduce en mejora de las condiciones de vida. Inclusive, la productividad agrícola cayó, lo que no resultó compensado ni con aumento de la productivi- dad industrial ni con mayor crecimiento. Según el Banco de Desarrollo Africano, sólo el 13% de los africanos gana más de 4 dólares al día. El crecimiento eco- nómico se ha desacelerado por debajo del 2%, con pobres performances de las dos economías más grandes, Sudáfrica y Nigeria (TE 9051, “Consumption conundrum”, 29-7-17).

Digamos de paso que, en el fondo, estos fracasos no remiten aquí a otra cosa que a la limitación estructural que la configuración asimétrica del orden

 

imperialista, que establece relaciones funcionales de dependencia entre los pa- íses centrales y los “periféricos”, hoy púdicamente llamados “emergentes”.2

Es algo que ha recibido una inesperada confirmación empírica y sanción académica en el paper “China 2030”, de Lou Jiwei, ministro de Finanzas de China, publicado por el Banco Mundial en 2012, en el que describe lo que de- nomina “trampa de los medianos ingresos”. En ese estudio, de los 101 países considerados de ingresos medios en 1960, sólo 13 habían pasado a ingresos altos en 2008. En realidad, los países de ingresos medios deberían llamarse de ingresos mixtos, debido a las desigualdades (mucho mayores que en los pa- íses de ingresos bajos o altos) que el promedio encubre. Por supuesto, el paper generó vivas protestas de parte de los ideólogos de que la “carrera del desarro- llo” está abierta a todos los países, análogamente a como los liberales sostienen que la “carrera al éxito” está abierta a todos los individuos, una vez asegurada la “igualdad de oportunidades”.

Volviendo a la experiencia de ambos continentes, el resultado fue que que- daron atrapados en el medio de dos estrategias de desarrollo: la clásica de los años 50 y 60 de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), y la “moderna” del impulso a la “economía del conocimiento” (esto es, las herra- mientas y servicios digitales).

En América Latina se intentó la primera y fracasó. Sucede que según Dani Rodrik (Harvard University), “la curva de industrialización ha cambiado”: en los emergentes, el pico de empleo industrial total llega antes y es más bajo que en décadas anteriores, lo que genera el fenómeno de la llamada desindustrializa- ción prematura. Es decir, y a diferencia de los países desarrollados, que hacen una transición menos crítica (aunque también traumática) de la industria tradi- cional a los servicios digitales, en el mundo emergente el entramado industrial queda obsoleto y no competitivo, con síntomas de degradación, antes de haber tenido tiempo de consolidarse y de transformar la estructura productiva del país. Lo que conduce al proceso de reprimarización que se ha verificado en países como Brasil (M. Husson, febrero 2017, cit.).

Esto se nota mucho más en Latinoamérica que en Asia y África subsahariana, y está más vinculado a la crisis del esquema de sustitución de importaciones y la influencia de China que a la robotización. Por ejemplo, el pico de empleo in- dustrial en China empezó a caer en 2013 (TE informe especial emergentes: “Out of the traps”, 7-10-17). Para África, en cambio, la ISI llega demasiado tarde; la estrategia digital, demasiado pronto, porque pasar de los caminos de tierra a las autopistas informáticas ya no es un salto de rana (leapfrogging), sino dar imposibles pasos con botas de siete leguas. Sin la mínima base de infraes- tructura y educación, sin preparación o transición, el salto a la “nueva economía digital” es un salto al vacío.

 

 

  1. Hemos desarrollado el origen y las consecuencias de estas limitaciones estructurales para los países de la periferia capitalista en el libro Revolución o dependencia. Imperia- lismo y teoría marxista en Latinoamérica, Buenos Aires, Gallo Rojo-Antídoto, 2010.

 

  • EL IRRESISTIBLE ASCENSO DE CHINA

Un plan estratégico de modernización tecnológica

Ya hemos puntualizado el rol decisivo de los emergentes y en particular de China como sostenes del crecimiento mundial durante la crisis. Lo que acaso se ha subrayado menos es el papel de la industrialización acelerada china entre los 90 y la primera década del siglo como inyección de ingentes masas de plus- valía absoluta en el conjunto de la economía capitalista. Incluso hace 20 años, cuando EEUU era el principal impulsor del crecimiento mundial (30% del total), el aporte de China como receptor de inversiones y proveedor de mano de obra barata era considerable. Pero hoy, China representa por sí sola el 37% del cre- cimiento económico mundial (y llegó a ser el 50% en 2013), seguida de India, con el 17%; EEUU aparece recién en tercer lugar, con un 11%.

Un estudio hecho por The Economist sobre datos del FMI considera 60 países que representan el 83% del PBI mundial, no en precios nominales sino ajustados por poder de compra, lo que refleja mejor el aporte de las economías menos desarrolladas (“World GDP”, 17-3-18). La contribución del mundo emergente (excluyendo los países BRIC) representa el 24% del crecimiento global; la de la Unión Europea, apenas el 7%.

Estas cifras nos dan una medida de hasta qué punto incluso hoy, en plena “recuperación” de los países desarrollados, el crecimiento económico mundial no depende todavía de la dinámica del centro capitalista. Veamos cómo se re- fleja esa diferencia de dinamismo en términos de variación del PBI en los últimos 20 años:

Comparación de la variación del PBI 1998-2018

1998 = 100

Economías avanzadas             130

Mundo                                    200

Economías en desarrollo         300

India                                       400

China                                      550

Fuente: FMI, en TE 9085, “Chugging along”, 31-3-18.

En este período, China dejó de ser la “fábrica del mundo” con mano de obra barata, tecnología importada y base para inversiones externas, una espe- cie de factoría de dimensiones monstruosas, para pasar a ser, en rápida transi- ción, generadora de sus propios productos y su propia tecnología. Por otra parte, como es sabido, su demanda de materias primas en colosal escala estuvo en la base del excepcional ciclo de precios altos de las commodities, que tantos espe- jismos y confusión causara en la teoría económica y la práctica política. El doble

 

giro de China, hacia una mayor provisión de un mercado interno más desarro- llado y hacia las industrias especializadas de mayor valor agregado por pro- ducto, ha tenido a su vez un doble efecto. Por un lado, se redujo relativamente la demanda de materias primas –lo que a su vez empujó a sus precios a la baja, con el consiguiente efecto negativo para sus proveedores–; por el otro, el creci- miento económico chino, si bien se desaceleró, se empezó a notar en los pará- metros de ingresos y nivel de vida de la población.

De la larga lista de debilidades y desigualdades que se ponían como pre- vención a la idea de China como “superpotencia emergente”, algunas se han superado (como una preocupante ola de especulación bursátil que fue neutrali- zada con fuertes medidas), otras se han relativizado (su nivel de endeudamiento sigue siendo preocupante, pero se ha estabilizado en vez de crecer sin parar) y muchas se mantienen (los desbalances ecológicos y el irresuelto problema del status legal de los trabajadores migrantes). Pero la definición cualitativa ya no puede ser la de un gigante con pies de barro.

Aunque su ritmo de crecimiento anual ya no es el del período de mayor ex- pansión, que superó los dos dígitos (12-14%), el nivel actual del orden del 6- 7%, pasados algunos momentos de zozobra, parece estabilizado y por ahora sustentable. Es el único caso en la historia económica reciente de crecimiento continuo a ese ritmo durante tanto tiempo, con la posible excepción de la India (con dos salvedades: que el ritmo de aumento del PBI no llegó nunca a los dos dígitos y que sus estadísticas son mucho menos confiables que las chinas). Pa- rece claro que el “giro autocentrado”, como lo llama Husson, implica una ma- duración de la economía china, una vez superada la etapa del crecimiento acelerado: “Gracias en parte a una población en edad laboral ahora decre- ciente, tras su pico de 2011, los ingresos de la población crecen más que la economía en general. Esto genero un rebalanceo de la economía: el peso ex- cesivo de la inversión está cediendo paso al consumo, y la industria pesada re- trocede frente a los servicios, que ahora representan la mitad del PBI, contra sólo un tercio hace dos décadas” (TE 9088, “Life after digging”, 21-4-18). Estos rasgos son, justamente, propios de una economía en transición del desarrollo capitalista bajo o medio al avanzado.

Este conjunto de factores explica que, pese a la popularidad académica y periodística que había logrado el rótulo BRIC, en los hechos ha caído en desuso, y por una muy buena razón: sencillamente, no hay forma de que China sea agrupada en el mismo conjunto con Brasil, India y Rusia… ni con ningún otro país. Forma una categoría aparte que desafía las comparaciones por lo idio- sincrático de su evolución.

Tampoco puede encuadrarse el caso chino en la conocida figura de “cabeza de ratón” (esto es, el primero entre los emergentes) o “cola de león” (una poten- cia imperialista en ciernes), que resulta demasiado simplificadora de las asom- brosas desigualdades del país. Más bien, habría que hablar de un monstruo mitológico que combina a la vez cabeza y cola de león, de ratón y de otros mamíferos. ¿Cómo describir, si no, un desarrollo tecnológico en el terreno digital cuyo único rival podría ser EEUU, a la vez que priva de derechos elementales a

 

cientos de millones de personas con el pasaporte interno o hukou, y da lugar a la formación de una clase media con nivel educativo de país desarrollado, ca- pacidad de consumo mediana y rasgos culturales propios del atraso?

De todos modos, y pese a sus indudables desigualdades “ratoniles” en di- versos planos, lo que está pesando cada vez más es su dinámica, la más clara y sostenidamente ascendente de todo el mundo capitalista, desarrollado o no. Siguiendo lo que parece un plan estratégico serio a largo plazo, con eta- pas, metas parciales y transformaciones profundas, China, luego de dejar de ser la fábrica del mundo que sólo aporta mano de obra barata para pasar luego a ser un actor con peso propio en el plano de la producción, la inversión externa y la tecnología, parece prepararse para el siguiente nivel: establecer

su liderazgo.

Al menos, tal es lo que surge del plan Made in China 2025, que define diez sectores clave para la modernización y el crecimiento, con muy fuerte respaldo (y planificación) estatal. Esos sectores ya van más allá de planes de moderniza- ción anteriores que se concentraban en industrias tradicionales como acero, pe- troquímica o astilleros, o incluso otra iniciativa de 2010 que agregaba otras siete industrias como biotecnología y energías alternativas. Made in China 2025, lanzado en 2015, combina tecnologías de punta con las necesidades estratégicas de bienes de capital: vehículos y equipos para las nuevas formas de energía renovable (baterías eléctricas para los autos, paneles solares para la red de electricidad), componentes de buques de alta tecnología, equipa- miento médico de alta complejidad, robots industriales, grandes tractores y co- sechadoras, aviones de pasajeros de gran capacidad y tecnología aeroespacial. No se equivoca un analista cuando sostiene que esta iniciativa “es única en el mundo por su amplitud y su peso” (TE 9064, “Biting the bullet”, 23-9-17).

En todos los casos se plantean metas de abastecimiento del mercado interno que van en general del 60 al 80% en cada rubro, reduciendo drásticamente la dependencia externa; también se asignan objetivos de captura de mercados ex- ternos. Aunque la mano del Estado suele disimularse para evitar sanciones de la OMC –cuyo marco legal, por otra parte, no está bien diseñado para que otros países compensen las ventajas que reciben las firmas estatales chinas–, no hay duda alguna de que tanto las líneas estratégicas como la provisión de fon- dos y know-how quedarán garantizadas por bancos y/o empresas estatales.

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¿Cuál es la chance de éxito de estos planes extraordinariamente ambicio- sos? Los antecedentes de programas estatales en otras industrias muestran una performance mixta que no siempre cumple todos los objetivos iniciales, pero incluso en esos casos el avance es considerable, y donde se alinean factores como apoyo estatal sostenido, demanda de mercado, tecnología extranjera y capacidad local para asimilarla, los resultados pueden ser asombrosos. Es el caso de los trenes de alta velocidad, un plan iniciado recién en 2004 con in- geniería alemana (Siemens) y japonesa (Kawasaki), que recibieron los contratos a condición de ceder el know-how. En tres años empezaron a circular los pri- meros trenes; en 2017, China tenía 20.000 km de vías de alta velocidad, más que todo el resto del planeta.

 

Sin embargo, quizá la novedad más importante de China en el plano tecno- lógico es el lugar que está ocupando en inversión, innovación y desarrollo en el mundo digital, porque ya no se trata de dejar de ser un simple proveedor de mano de obra, ni siquiera de estar en condiciones de competir en el mercado interno: en este terreno, el único rival posible de China es EEUU. Y tiene como objetivo sobrepasarlo.

Al respecto, es instructivo constatar cómo en cuestión de una década o menos las compañías informáticas han debido cambiar su actitud hacia la tecnología digital china. En los 90 era considerada sencillamente irrelevante; para darse una idea, en los años 80, en China todavía se usaba el ábaco de manera re- gular para la contabilidad, y en los 90 los empleados bancarios debían aprobar un test de habilidades básicas con el ábaco. Ya a comienzos de siglo el pano- rama era otro, pero las empresas digitales eran vistas como incapaces de gene- rar otra cosa que copias ilegales o espionaje industrial (la llamada “era de los copycats”, por la que Trump ahora quiere reclamar compensación). Hasta hace cinco o diez años, ya se les reconocía su condición de fabricantes de tecnología, pero del estilo “Galápagos”, es decir, que podía ser viable para el mercado chino pero ciertamente no ir más allá de sus fronteras. Ahora estamos asistiendo al fin de la arrogancia tecnológica imperial y cunde el temor de que China esté, finalmente, alcanzando la paridad…

Ese momento no ha llegado todavía: un estudio de The Economist que com- para los gigantes tecnológicos de uno y otro país tomando una serie de pará- metros como valor de mercado, permeabilidad hacia la economía industrial, inversión, cantidad de especialistas en inteligencia artificial, papers citados, etc., calcula que su industria tecnológica representa el 42% de la de EEUU. Pero la cifra de 2012 era de sólo el 15%, de modo que la dinámica es clara: “En las viejas épocas, los ejecutivos de las tecnológicas estadounidenses sólo necesita- ban salir a la puerta para ver lo último de punta. Ahora también tienen que via- jar a China” (TE 9079, “Chinese tech v American tech”, 17-2-18).

Esa dinámica se manifiesta también en la competencia por el inmenso mer- cado digital chino, con mucha diferencia el mayor del mundo, que hoy supera los 700 millones de usuarios. Google se fue, mortificado por la competencia y la censura; Facebook y Amazon no logran hacer pie del todo; Uber vendió el negocio a su competidor chino cuando concretó 1.000 millones de viajes en 2015 después de cinco años; Didi, su comprador, hizo 1.400 millones de viajes sólo en 2015 y sólo en China. Para los usuarios chinos, las apps occidentales resultan viejas y poco prácticas. WeChat tiene 700 millones de usuarios que no sólo pueden enviar mensajes y navegar en Internet, sino hacer pagos como una billetera electrónica, algo que en Occidente está todavía poco desarrollado; el HSBC estima el valor de WeChat en más de 80.000 millones de dólares (TE 9001, “China’s tech trailblazers”, 6-8-16).

Incluso en un terreno donde tradicionalmente el capitalismo anglosajón, y en particular el de EEUU, le sacaba ventaja al resto, como el de “emprendedu- rismo” (entrepreneurship), es decir, el empuje y la voluntad de creación y des- arrollo de nuevas empresas innovadoras, China está a la altura o por encima

 

de los propios yanquis: “China superó a Japón el año pasado para convertirse en el segundo mayor generador de patentes de calidad internacional, después de EEUU. SU inversión de riesgo produce casi tantos ‘unicornios’ [empresas tec- nológicas nuevas valuadas en más de 1.000 millones de dólares. MY] como EEUU. Y China supera a EEUU en sectores que van desde los pagos con celula- res a la mensajería. (…) Aunque no van a admitirlo, las compañías de alquiler de bicicletas y scooters de EEUU le copian el modelo de negocios a Mobike y Ofo, los unicornios chinos que desarrollaron ese mercado hace varios años” (TE 9088, “Red capitalism vs red tape”, 21-4-18). Los empresarios chinos señalan con satisfacción que el enfoque del gobierno chino es permitir el desarrollo de novedades y regular después, al revés de lo que ocurre en EEUU.

Así, Alibaba compite con ventaja con Amazon en e-commerce. Y en general, con ingresos basados en comisiones de pagos, apuestas y servicios virtuales, las compañías chinas de Internet son mucho menos dependientes de la publici- dad que las occidentales. Por otra parte, el caso chino ilustra la concentración y el efecto de red en el mercado digital: Didi, Alibaba, WeChat, Baidu y Tencent son cuasi monopolios. Pero, ¿acaso Facebook y Google no constituyen prácti- camente un duopolio?

El otro ramo de la industria digital donde China ejerce un peso sólo compa- rable al de EEUU es el de las “fintech” (compañías de servicios tecnológicos fi- nancieros). Por ejemplo, es líder en pagos con celular, que es el vehículo financiero del 95% de los usuarios conectados a Internet. Alipay (brazo de Ali- baba), WeChat y Baidu tienen cientos de millones de usuarios de billeteras elec- trónicas como apps de celular. Efectuar pagos o enviar dinero es para las apps chinas tan sencillo como enviar un mensaje de texto en los teléfonos occidentales. En 2016, el 65% de todos los celulares fungían como billeteras virtuales, de lejos la mayor proporción del planeta.

Justamente, la explosión de las fintech chinas obedeció a la lenta respuesta de los bancos chinos a la fulminante masificación de la conexión a Internet. Y no sólo como medio de pago, sino de crédito: las apps de las fintech permiten acceso al crédito, en general por montos pequeños, en un proceso mucho más rápido, ágil y barato que el de los bancos estatales, ya que el 60% de estos usuarios jamás ha usado una tarjeta de crédito (algo que en la creciente ten- dencia a dejar de usar no ya el efectivo sino incluso los plásticos es de hecho una ventaja). Casi dos tercios de todos los pagos no en efectivo que se hacen en China tienen como vehículo los pagos digitales, muy por encima de las tar- jetas de débito y crédito.

La fase siguiente de las fintech fue transformarse en vehículos de inversión para la creciente capa social china con ahorros. Antes de las fintech las opciones eran las cuentas de ahorro en la banca pública, seguras pero de bajísimo rendi- miento, o aventurarse en la Bolsa, donde los fraudes y estafas proliferan aún más que en sus contrapartes occidentales. El lanzamiento de Yu’e Bao en 2013, que atrajo a casi 200 millones de ahorristas, les dio la opción de conseguir rendi- mientos mayores (al nivel de la tasa interbancaria) sin perder el respaldo de los bancos. Y a diferencia de Europa o EEUU, esta posibilidad está al alcance no

 

sólo de inversores sofisticados sino de cualquiera que tenga un smartphone y dis- ponga de 1 (un) yuan para invertir. Este arsenal de posibilidades genera admi- ración en Occidente: “Para los mercados emergentes, la lección es que con la tecnología apropiada es posible quemar etapas a nuevas formas de bancariza- ción. Para los países desarrollados, China ofrece el ejemplo de lo que sería la gran concentración –apps que combinan pagos, acceso al crédito e inversión– que nos puede deparar el futuro” (TE 9029, “The age of the appacus”, 25-2-17). Digamos que el peso del control y censura estatales, en un régimen político donde la mano del PC chino es cada vez menos invisible y más omnipresente, también dan pistas de que “lo que nos puede deparar el futuro”, a saber, asumir rasgos alarmantemente orwellianos. Por ahora, las plataformas privadas utilizan información de las transacciones (y personal) de sus usuarios como mecanismo de calificación de crédito. Pero el tecnosistema que está modelando China puede llegar a diferenciarse mucho del occidental, por su capacidad de inte- gración y coordinación y por la posibilidad de las autoridades estatales de ac- ceder a los datos. Así, el sistema de “créditos sociales” aspira a combinar todos los datos de una persona en una “calificación”, que puede usarse para, por ejemplo, determinar quién puede o no viajar al exterior. Esto es posible porque el Estado tiene acceso garantizado a los datos (y metadatos, esto es, los datos sobre los datos) que recopilen Alibaba, Tencent o Baidu en sus miles de millones

de transacciones diarias.

Este desarrollo casi sin antecedentes de la tecnología digital, así como su uso extendido, no obedece sólo a habilidad comercial o a haber acertado con tal o cual producto, Hay una base estructural, nacida de una estrategia especí- fica, que le da un marco y una promesa de sustentabilidad al nuevo lugar que ocupa China en el panorama digital. Salvo EEUU, ningún otro país tiene tantas empresas y técnicos abocados al desarrollo de inteligencia artificial. De las 500 computadoras más rápidas y poderosas del planeta, 202, incluida la mayor del mundo, son chinas, con un 35,4% de la capacidad computacional de la lista, contra 143 y 29,6% de EEUU. China tiene 4,6 millones de profesionales recien- tes en ciencia, tecnología y matemáticas, la gran mayoría ingenieros. EEUU, con cuatro veces menos población, tiene ocho veces menos de esos especialistas (TE 9083, “The challenger”, 17-3-18).

Por otra parte, el hecho de haber llegado más tarde a la industrialización, pero haber entrado, posibilita en verdad ese “quemar etapas” que para la gran mayoría de los países emergentes es una quimera. Por ejemplo, el hecho de que los chinos sean ajenos a la cultura del auto los ubica mucho mejor que, digamos, Alemania o EEUU para el cambio de lógica industrial, comercial y cultural que representa la revolución de los vehículos autónomos (TE 9059, “The next wave”, 23-9-17). Súmese a eso que en China se desarrolló una clase capitalista mo- derna, muy vinculada a la innovación digital, en muchos casos formada en Oc- cidente y con mirada global, no provinciana, y se entenderá por qué se ven a sí mismos como en condiciones de asumir la conducción del cambio tecnológico e incluso de la dinámica misma del orden global. Algo que se vincula a sus pre- tensiones “imperiales”, como veremos a continuación.

 

Un imperialismo en construcción… acelerada

Cuando hace unos años el intelectual marxista Pierre Rousset definió a China como un “imperialismo en construcción”, desde estas páginas señalamos que, si bien muchos de los elementos que consideraba Rousset eran reales, prefería- mos ser cautos con una síntesis de conceptualización que, a nuestro entender, reclamaba más elementos de juicio, aunque sin tampoco descartarla.

Desde nuestra casi completa ajenidad –estamos literalmente en las antípodas de China– y desconocimiento de la lengua y la cultura, además de tradiciones políticas a las que se accede de manera indirecta en un país con fuerte bloqueo de información, nos parece aventurado –insistimos: mirando China desde Amé- rica Latina– dar por cerrada la cuestión. No obstante, también sería pura nece- dad no reconocer que en estos años se han venido acumulando múltiples elementos y dinámicas que van, en su abrumadora mayoría, en el sentido de abonar la hipótesis de Rousset.

Este punto tiene su importancia en la medida en que hay diversas corrientes e intelectuales marxistas (Michael Roberts, por nombrar uno) que se resisten no ya a hablar de imperialismo sino incluso de capitalismo chino. A nuestro enten- der, no hay manera de sostener esa negativa ni de soslayar que China se está postulando no como abanderado de la resistencia al capitalismo global, sino todo lo contrario, como uno de sus principales actores y garantes. En ese sentido, resulta altamente significativo por su poder simbólico el rol estelar que cumplió el líder chino Xi Jinping en el foro de Davos, Suiza, el año pasado. En la máxima cumbre política y económica de la globalización capitalista, y ante el giro pro- teccionista y unilateralista que representa la política de Trump, Xi se presentó ante el gran capital como adalid del libre comercio y las decisiones consensuadas.

Por otro lado, es cada vez más claro que ese papel que China aspira a jugar en la economía y la política globales será en los términos de China (es decir, del PC chino) y no los de Occidente. Desde ese punto de vista, la apuesta de las potencias occidentales a una “liberalización” de China o a un curso de con- formación de un régimen político con rasgos más o menos autoritarios pero em- parentado a las formas de la “democracia” occidental –como pasó con Rusia y, en mucha mayor medida, con Europa del Este– ha fracasado completamente. El ascenso y consolidación de Xi Jinping como líder casi vitalicio con un poder crecientemente centralizado, a una escala sólo vista en la época de Mao, indica que la “democracia” al uso occidental no es una condición indispensable para la nueva fase del capitalismo global tal como la conciben el “pensamiento de Xi” y el “socialismo con características chinas” (Constitución china dixit). Una síntesis algo brutal pero no del todo inexacta de este pensamiento podría ser: capitalismo y mercado, sí; apertura política y pérdida de control del PC chino sobre la sociedad, no. Si ambas definiciones pueden conciliarse en el largo plazo, y cómo, es materia de debate de los sinólogos del mundo entero.

Esta amarga decepción con el curso propiamente político de China se ma- nifiesta en un reciente documento de la National Security Strategy, organismo de defensa de EEUU. Allí se admite que durante décadas la política de EEUU

 

hacia China “estuvo basada en la creencia de que el apoyo al ascenso y la in- tegración de China al orden internacional de posguerra iba a liberalizar China. Contra lo que esperábamos, China expandió su poder a expensas de la sobe- ranía de otros”. Por ejemplo, en lo económico las promesas de apertura comer- cial hechas por el gobierno chino no se cumplieron, o sólo se cumplieron cuando esa apertura ya no tenía relevancia, como sucedió con el mercado de tarjetas de crédito, que al abrirse ya estaba cuasi monopolizado por bancos o firmas con fuerte respaldo (y subsidio) estatal.

La pretensión (que se reveló mera expresión de deseos) de que China si- guiera este camino no era de tal o cual gobierno, sino una verdadera política de Estado de EEUU: “La idea de que la creciente prosperidad y el compromiso con el orden global iban a hacer converger los valores chinos y los occiden- tales fue una de las últimas creencias compartidas por todos los bandos de la elite de Washington” respecto de China (TE 9081, “Not the partner you were looking for”, 3-3-18).

El optimismo respecto del potencial liberalizador de las nuevas tecnologías (sostenido ya en los 90 por Rupert Murdoch) sostenía que Internet o las redes sociales iban a ser imposibles de controlar, a menos que el gobierno dedicara cientos de miles de personas y vastos recursos a hacerlo. Pero eso fue casi exactamente lo que sucedió: como hemos visto, la inédita expansión del uso de Internet convive por ahora con un férreo control y censura por parte del ré- gimen. Por lo demás, como tiene la honestidad de reconocer un analista pro occidental, “es difícil medir con objetividad el desafío del ascenso chino cuando coincide, y no por azar, con una crisis de confianza en Occidente res- pecto de las bondades y superioridades de las sociedades abiertas y los va- lores democráticos” (ídem).

Este perfil posiblemente esté asociado a la forma que adquiere el liderazgo chino allende sus fronteras. China ejerce no el poder duro (hard power) ni el blando (soft power), sino el “agudo” (sharp power). No implica ni fuerza militar como el primero ni una difusa influencia cultural como el segundo, sino una com- pleja combinación de formas de presión: económica, diplomática, manipulación comercial y política, vigilancia, compra de influencias, soborno y formas de fi- nanciamiento parientes del chantaje o la extorsión. Los instrumentos de este sharp power son en general las empresas y bancos estatales, en primer lugar, junto con universidades, ONGs –por ejemplo, de cooperación cultural– y medios de comunicación (TE 9071, “At the sharp end”, 16-12-17).

Esto no quiere decir que China renuncie a formas típicas del “poder duro”. Por el contrario, quizá por primera vez en su larga historia China se propone una presencia militar estable en el extranjero, que sólo ha comenzado y está, por supuesto, muy por detrás de la de EEUU, de sus principales socios de la OTAN y de Rusia… pero no de muchos más. Si la primera forma de intervención militar fue casi en su frontera naval, con el intento de transformar el Mar de China Meridional en un lago interior a expensas de sus vecinos vía la construc- ción de siete islas artificiales en arrecifes y atolones, bien pronto mostró su in- tención de sacar músculo más lejos de casa. Así, inauguró su primera base

 

militar fuera del país en Yibuti, África (un estratégico punto sobre el Mar Rojo y cerca del canal de Suez) y ha hecho ejercicios militares navales conjuntos con Rusia en el Mediterráneo y en el Báltico.

De todos modos, por ahora el brazo principal de las pretensiones imperiales de China es el económico, a través de la creación de crecientes lazos de inver- sión, patrocinio, sociedades comunes y préstamos bancarios con decenas de países, especialmente en Asia, África y América Latina. Cada una de ellas es oportunidad para el ejercicio del “poder agudo”, que va desde asegurarse una salida al océano Índico (acuerdo bilateral con Pakistán, que de paso explota la rivalidad de ambos países con India) hasta sentar las condiciones para futuras bases militares (la relación con Islas Maldivas). Y como esos lazos de “ayuda” interesada vienen sin los condicionamientos que a veces, por falso pudor, plan- tean los bancos e instituciones de crédito de Occidente, el “modelo” de creci- miento económico con represión política resulta atractivo para muchos países de régimen militar o sesgo autoritario (Tailandia, Filipinas, muchos países afri- canos y una larga lista).

El volumen del flujo económico así creado puede sintetizarse en un dato: en 2000, sólo el 8% de la inversión extranjera directa global estaba a cargo de compañías de países emergentes. En 2016, esa cifra subió al 28%, más del tri- ple (TE 9078, “Developing ties”, 10-2-18). Y la mayoría absoluta de esa suba sustancial debe atribuirse a la inversión de firmas chinas.

La pieza maestra estratégica, la más ambiciosa e integral del desembarco económico chino es la “Belt and Road Initiative” (BRI), antes llamada “One Belt, One Road” (OBOR), que se inspira en las dos antiguas rutas de la seda: la ma- rítima (Mar de China Meridional, océano Índico, Mar Rojo, Mediterráneo) y la terrestre (China, Kazajistán, Pakistán, Irán, Turquía y Levante), a las que se agrega ahora la ruta vía Moscú, Europa del Este y Rotterdam. El proyecto asume una inversión de casi un billón de dólares en una primera etapa, que podrían llegar a 4 y hasta 8 billones (el rango temporal del proyecto está planteado en términos de lo más vagos). Abarca obras de infraestructura y logística, energé- ticas, minería, edificación de ciudades nuevas y un interminable etcétera. Se trata, además, de un proyecto presentado por primera vez por Xi Jinping a poco de asumir, al que considera casi un objetivo personal.

Desde las potencias occidentales se lo mira con desconfianza y aprensión: “Es un desafío a EEUU y su enfoque tradicional del comercio mundial. En esa vi- sión, hay dos grandes bloques principales, el transatlántico y el transpacífico, con Europa en uno, Asia en el otro y EEUU como punto focal de ambos. (…) OBOR considera a Europa y Asia como un solo espacio comercial, y el punto focal es China, no EEUU” (TE 8996, “Our bulldozers, our rules”, 2-7-16).

Con toda la relevancia que asume la BRI –se la ha comparado con el Plan Marshall en cuanto a envergadura–, China no se limita a postularse como líder (y reemplazo de EEUU) para el conjunto de los países involucrados en la inicia- tiva, que son más de 70, casi todos con un nivel de desarrollo inferior. Otra no- vedad que demuestra la audacia y autoconfianza de la dirección china son las oleadas sucesivas de compras de empresas en los países núcleo de la Unión

 

Europea por parte de inversores chinos privados, pero que muchos ven con pre- ocupación como “una extensión de la estrategia del gobierno de Made in China 2025, que apunta a superar a Occidente en innovación” (TE 9084, “Capital control”, 24-3-18).

Es que no se trata de clubes de fútbol o cadenas hoteleras, sino de plantas nucleares (Inglaterra), robótica (Alemania) o telecomunicaciones (Italia), una nueva etapa luego de inversiones en infraestructura (el puerto del Pireo, en Gre- cia) y energía (red eléctrica de Portugal). Por otra parte, los países del este y el sur de Europa no pueden darse el lujo de rechazar la abultada billetera china en el marco de su programa de inversión del BRI, y los países nórdicos y Ho- landa prefieren no poner trabas a China para evitar más tensiones comerciales en una coyuntura ya enrarecida (además, como dijimos, el puerto holandés de Rotterdam ocupa un lugar importante en la nueva ruta norte de la BRI).

Concluiremos este apartado matizando estos elementos casi apologéticos de la “superpotencia emergente”, como muchos la denominan, con lo que proba- blemente sea su talón de Aquiles. Que no remite a la economía –por más que son conocidas las dudas respecto de burbujas inmobiliarias y financieras, exce- sivo endeudamiento, falta de sustentabilidad ambiental y otros puntos oscuros que no trataremos aquí– sino a la relación del Partido Comunista con la clase obrera china, la más populosa del planeta.

El conocido China Labour Bulletin informa regularmente sobre una creciente agitación laboral, si bien aclara que su detalle de incidentes (huelgas, protestas) representa quizá el 10-15% de la cifra real. A los motivos habituales (bajos sa- larios, atrasos en los pagos, malas condiciones de trabajo) se agregan ahora los despidos y cierres, por cuanto en particular en la industria hay más vía libre oficial para la liquidación de empresas estatales deficitarias.

Según un especialista de izquierda, “se han sistematizado las luchas. Por lo general son luchas duras, temporales, que a menudo finalizan con victorias. En su mayoría son de carácter local, contra la construcción de presas, por ejemplo, y pueden llegar a ser muy violentas: el número de locales públicos incendiados cada año es impresionante.

El esquema clásico es que la autoridad local comprende que el descontento requiere alguna concesión: se sanciona a los cabecillas y se satisface una parte de las reivindicaciones. Por lo tanto, hay luchas, pero lo que está estrictamente prohibido es la organización duradera y la que abarque varias localidades. Así, el movimiento choca con una doble imposibilidad. La primera es que los sindicatos oficiales (existe una única confederación sindical legal) se conviertan en instrumentos en manos de los trabajadores. Son la correa de transmisión del poder del PC chino contra los trabajadores. La segunda “es la de crear sindica- tos autónomos. Todo intento en este sentido desencadena una represión inme- diata” (Pierre Rousset, “¿Adónde va China?”, entrevista de Viento Sur, mayo 2017).

A estas expresiones en general espasmódicas de trabajadores con cierto grado de estabilidad y organicidad, como los que protagonizaron el movimiento de protesta contra la cadena Walmart, debe sumarse el creciente descontento

 

contra mecanismos de trabajo informal que sufren decenas de millones de tra- bajadores migrantes sometidos al infame hukou, el esquema de pasaportes in- ternos que niega ciudadanía plena a los que van del campo a las ciudades en busca de empleo. Estos obreros son contratados sobre todo en la construcción y otros empleos de baja calificación sin vínculo formal alguno de por medio, pese a que eso es ilegal. Es significativo que los trabajadores de “cuello blanco” (trabajos no manuales) reciben mucha mayor protección legal y formal por parte de las estructuras del PC chino que los de “cuello azul” (de la industria), mucho más expuestos a los abusos de los patrones. Es probablemente por eso que “los funcionarios del Partido Comunista responden con mucha más brutalidad contra los trabajadores de cuello azul que contra los de cuello blanco. Cuando no duer- men a la noche pensando en la agitación laboral, la imagen que se les viene a la cabeza no es la de oficinistas esgrimiendo lapiceras, sino la de trabajadores manuales con picos y palas” (TE 9054, “Workers, disunited”, 19-8-17).

La figura es tan gráfica como certera: la peor pesadilla de los burócratas del Partido “Comunista” chino no es Trump, no es la competencia de las multinacio- nales occidentales, no es la carrera tecnológica, no son siquiera las brutales desigualdades económicas, sociales y regionales que dejó en China la indus- trialización frenética; no, son simples trabajadores que con sólo “picos y palas” pueden tirar abajo el orgulloso edificio que aspira a ser la guía del futuro orden capitalista mundial.

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