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Ya hemos señalado que un encuadre marxista de la crisis global y de sus perspectivas no puede limitarse a constatar fenómenos como el bajo crecimiento o el endeudamiento creciente, sino que debe explicarlos. En ese sentido, incluso a los economistas burgueses más lúcidos les cuesta salir de la descripción su- perficial para remitirse a los fundamentos materiales del funcionamiento econó- mico del capitalismo. Esos fundamentos siguen estando en las condiciones de explotación del trabajo y el nivel de productividad, que determinan la tasa de ganancia, de la que a su vez depende el nivel de inversión productiva. En el fondo, incluso las variantes más alarmistas de la dinámica del capitalismo como la del “estancamiento secular” de Robert Gordon y su escepticismo por la capa- cidad de las innovaciones de la tecnología informática para generar un salto en la productividad suelen perder de vista las relaciones a la vez causales y dia- lécticas entre esos factores.

El economista marxista de los años 20 y 30 Henryk Grossman subrayó espe- cialmente la idea de Marx de que cuando la caída de la tasa de ganancia ya no puede ser compensada con un aumento en la masa de ganancia, debe so- brevenir la crisis. David Brennan, un economista que intenta hacer una síntesis entre la teoría de la ganancia de Marx y la de Michal Kalecki y Keynes (ésta úl- tima de hecho establece una identidad entre ganancia e inversión), estudió las series de rentabilidad en los períodos inmediatamente anterior y posterior a la

 

Gran Recesión. Más allá de las reservas teóricas que merezca su proyecto, los datos empíricos que registra son sugerentes y confirman el criterio marxista clá- sico: la tasa de ganancia alcanzó su pico en el primer trimestre de 2006, seguida de una caída en la masa de ganancia hacia el tercer trimestre de 2008. Durante la Gran Recesión se llegó a los pisos de las tasas de ganancia, acumulación e inversión. Para Brennan, “el sector financiero esencialmente estuvo intentando re- alizar ganancias que ya no estaban en la producción real. (…) Mientras que la crisis fue en efecto precipitada por el colapso inmobiliario, ese colapso fue cau- sado por las dificultades tanto de la producción como de la realización de las ganancias” (en M. Roberts, “Value, profitability and crises”, 8-1-18).

También aquí cabrían objeciones de precisión a esta formulación; por ejem- plo, no se consigna aquí en qué orden causal y cronológico aparecieron las “di- ficultades de producción y de realización”. No obstante, el estudio de Brennan alcanza para ilustrar la fecundidad y capacidad explicativa del marco teórico marxista llevado al terreno de la mayor crisis económica desde la posguerra. Aquí procuraremos dar un ordenamiento marxista a las bases explicativas del actual momento de esa crisis y de la debilidad, por ahora, de las fuerzas que podrían relanzar un nuevo ciclo ascendente de acumulación capitalista.

 

  • TASA DE GANANCIA Y PRODUCTIVIDAD

 

El primer punto que reúne amplio consenso respecto de la base material de la crisis es que, contra lo que sugiere el sentido común ante la abrumadora ava- lancha de nuevas tecnologías y su omnipresente aplicación en los procesos pro- ductivos y de servicios, no ha habido aumentos decisivos de la productividad que respalden un ciclo de crecimiento económico.

Veamos algunas formulaciones representativas. Michael Roberts cita un paper de economistas de la Reserva Federal de San Francisco titulado “La decepcionante recuperación de la producción en EEUU después de 2009”. El trabajo concluye que la tendencia a la desaceleración del crecimiento se debe esencialmente a dos factores: escasa innovación y declinación de la participación de la fuerza de tra- bajo (es decir, baja relativa de la población económicamente activa asalariada).

La menor inversión en innovación y nuevas tecnologías está en la base de un demasiado lento crecimiento de la productividad del trabajo. La expresión formal de esto en la teoría económica tradicional se conoce como productividad total de factores (PTF), que designa el incremento de productividad por unidad de producción, una vez descontado el aumento de la cantidad de trabajadores empleados y de medios de producción. Pues bien, para el estudio citado, el cre- cimiento de la PTF venía muy lento entre 2000 y la Gran Recesión, y luego prác- ticamente se estancó.

¿Cómo explican este resultado estos economistas de la Reserva Federal, es decir, del riñón de la teoría económica de defensa del capital? Pues apoyándose en la tesis de Robert Gordon, el teórico del “estancamiento secular”, de que el crecimiento de la PTF sólo está volviendo a su dinámica habitual, una vez supe- rado el período de crecimiento “anormal” de los años 90. El otro factor que

 

consideran es la baja en el crecimiento del empleo en la población entre 16 y 54 años. La fuerza laboral estadounidense, marcada por los “baby boomers” que ingresaron al mercado de trabajo en los años 60 y 70, está envejeciendo, y su tasa de reposición es insuficiente. Agreguemos aquí que esta tendencia de- mográfica no es privativa de EEUU, sino que se replica en casi todo el mundo desarrollado (en algunos casos extremos, como Japón, incluso con mayor fuerza). Pero este tema será tratado hacia la última sección de este trabajo.

El resumen de Roberts es que “lo que los economistas de la Reserva Federal quieren decirnos es que la Larga Depresión no es sólo un remanente de la Gran Recesión sino que refleja una desaceleración profunda del dinamismo de la eco- nomía de EEUU, que no va a corregirse con la pequeña recuperación actual. La economía de EEUU, sencillamente, está creciendo de manera más lenta en el largo plazo. Lo que los economistas de la Reserva Federal no explican es por qué la economía estadounidense viene ralentando el crecimiento de la producti- vidad y la innovación desde 2000. (…) Gordon y otros simplemente aceptan la desaceleración actual como un ‘regreso a la normalidad’ después de la excep- cionalidad de los 90. Lo que falta aquí es el motor de la inversión bajo el capi- talismo: la rentabilidad. Estudios marxistas enfocados en este aspecto revelan que la rentabilidad del stock de capital en EEUU y la inversión nueva alcanzaron su pico alrededor de 1997 y luego empezaron a caer. Fue esta caída de la ren- tabilidad lo que provocó el colapso de la burbuja de las punto.com en 2000. La recuperación posterior de la rentabilidad no alcanzó los niveles de 1997, y de hecho el crecimiento de las ganancias se redujo sobre todo al sector financiero y, cada vez más, a un pequeño grupo de compañías líderes. La rentabilidad pro- medio permaneció igual o incluso bajó, y el crecimiento de las ganancias fue sobre todo ficticio (‘ganancias de capital’ de inmuebles, bonos y acciones), ali- mentadas por el crédito barato y las bajas tasas de interés. Ese castillo de naipes colapsó en la Gran Recesión” (“The underlying reasons for the Long Depression”, 14-2-18). Esa evolución histórica de la tasa de ganancia en EEUU es perfecta- mente discernible y comprobable, y admite comparación y evidentes vínculos con la tasa de ganancia global que mostramos en un gráfico anterior:

 

Tasa de ganancia de toda la economía en EEUU 1946-2016, en porcentaje


Períodos: Pico de la era dorada / Crisis de rentabilidad / Recuperación neoliberal

/Nueva caída

ROP-HC = tasa de ganancia a costos históricos. ROP-CC = tasa de ganancia a costos actuales

Fuente: M. Roberts, “The underlying reasons for the Long Depression”, 14-2-18.

 

Sin embargo, esa vinculación entre la tasa global y la estadounidense no im- pide identificar subgrupos de la economía mundial donde algunos actúan como portaestandartes de la tendencia general mientras que otros operan aminorán- dola. Y al respecto hay una diferenciación entre la marcha en los últimos 30-40 años en la evolución de la productividad en los países desarrollados, por un lado, el “mundo emergente”, por otro, y China como categoría aparte. Un aná- lisis de los datos disponibles sobre productividad del trabajo es elocuente res- pecto de dos puntos: el estancamiento de ese índice en los países desarrollados y el peso de China en el índice global.

En efecto, hacia 2016, según datos del Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea (BIS Annual Report 2017), el crecimiento de la productividad global promedio era algo superior al 2%. En cambio, el índice de los países desarro- llados era mucho más bajo (0,5%), mientras que el de los países emergentes in- cluyendo China rozaba el 4%… pero si ese grupo de países no incluía a China, apenas arañaba el 2%, esto es, incluso por debajo del promedio global. Este dato no sólo ilustra que el crecimiento de la productividad mundial fue global- mente raquítico (emergentes) o casi insignificante (países desarrollados), sino que da una medida de hasta qué punto la mayor productividad (y el crecimiento económico, como veremos más adelante) están concentrados en el apabullante avance de la economía china.

Tasa de crecimiento de productividad del trabajo, en porcentaje

(Nota: Las líneas de referencia de la derecha coinciden con el lugar y orden en que ter- minan las líneas quebradas) 

Fuente: BAI de Basilea, citado por M. Husson, “Dix ans…”, 25-8-2017.

 

Estudios de origen privado o institucional no dan resultados muy diferentes. Así, Karim Foda, de la Brookings Institution, calcula que la productividad del trabajo en el mundo desarrollado crece a la tasa más lenta desde 1950, con una productividad total de factores (PTF) que creció en las economías avanza- das al 0,1% anual desde 2004. Y un estudio de la OCDE (OECD Compen- dium of Productivity Indicators 2016) muestra que el magro crecimiento de la productividad en las economías desarrolladas sigue muy por debajo del pro- medio de los últimos 35 años. Ese incremento promedia el 1% del PBI por hora trabajada, lo que, combinado con un estancamiento de la fuerza de trabajo, conduce a decepcionantes niveles de crecimiento del PBI. El estudio considera los siguientes factores explicativos, sin ponderarlos: a) curiosamente, un des- censo de la inversión en tecnología informática respecto del PBI desde el boom de las punto.com; b) un cierto agotamiento del efecto de la conformación de cadenas globales de valor (volveremos sobre eso); c) desacople entre la cali- ficación de la fuerza de trabajo y las necesidades de la industria (tanto hacia arriba como hacia abajo); d) mayor empleo relativo en el sector servicios, donde los aumentos de productividad son más difíciles (ver TE 8992, “Working hard for the money”, 4-6-16).

De nuevo en sentido contrario a lo que una percepción superficial sugeri- ría, EEUU no sólo no se diferencia de Europa y otros países desarrollados en esta tendencia sino que la refuerza. En referencia a la ralentización del creci- miento de la productividad en EEUU, Robert Gordon –el abanderado del “es- tancamiento secular”– compara la PTF a lo largo de cinco períodos. La variación interanual promedio para cada período muestra una evolución clara y significativa:

Aumento anual de la productividad total de factores en EEUU

1920-1950       2,17%

1950-1972       1,79%

1972-1996       0,52%

1996-2004       1,43%

2004-2014       0,54%

Fuente: Robert Gordon, “Secular Stagnation: A Supply-Side View”, American Economic Re- view, Papers and proceedings 2015: 55.

 

Comparemos ahora esto con los datos de otros países del mundo desarro- llado para el período 2004-2014 y una desagregación de la tendencia para el subperíodo 2010-2014. Veremos así que la tendencia declinante del aumento de la productividad (que incluso llega a números negativos en el caso de EEUU y el Reino Unido) se concentra en los años inmediatamente posteriores a la crisis de 2007-2008:

 

País     Crecimiento de productividad (2000-04 vs 2010-14)

 

EEUU +3.6 -0.2
Reino Unido +2.3 -0.2
Francia +1.5 +1.0
Alemania +1.7 +0.9
Suecia +2.9 +0.9
España 0.0 +1.4
Italia 0.0 +0.6

Fuente: Elaboración propia sobre datos del Mc Kinsey Global Institute, “Solving the pro- ductivity puzzle”, febrero 2018.

 

Ahora bien, es común que los panegiristas celebren, y los críticos denun- cien, el obsceno nivel de riqueza acumulada de las grandes multinacionales cuyos accionistas y directivos conforman no el 1%, sino el 0,01% más privi- legiado de la población del planeta. Pero esas empresas y ejecutivos visibles ocultan una profunda desigualdad también entre las compañías y su nivel de productividad y rentabilidad. Si se excluye la crema superior de las cinco ma- yores empresas de cada rama de la economía, la rentabilidad está cerca del punto más bajo en 30 años, y la masa de ganancias se concentra en las grandes firmas oligopólicas. Los niveles de consumo y de inversión respecto del PBI están hoy por debajo de los niveles pre crisis (M. Roberts, “Optimism reigns”, 4-1-17).

Semejante distancia entre los oligopolios multinacionales y las demás empre- sas de cada rama se explica en parte por el mecanismo ya citado de generar ganancias ficticias a partir de la suba del precio de los activos en la Bolsa me- diante las recompras sistemáticas de acciones. Pero también hay quienes acuden aquí a la teoría de origen keynesiano de la “renta monopólica” que conduciría a un incremento del valor financiero de mercado de las acciones (que dan de- rechos sobre esa renta monopólica) por encima del valor de sus activos (el lla- mado valor libro).

Inclusive, según esta teoría, el creciente control del mercado por parte de empresas monopólicas las llevaría a restringir la producción y la inversión en capital productivo. Esta conceptualización, que recuerda a las de Baran y Swe- ezy en los 60, es, según Roberts, simplemente una versión modificada de la te- oría neoclásica de que la ganancia se convierte en “renta” cuando una “imperfección en el mercado” como la formación de monopolios distorsiona la libre competencia y la “correcta” formación del beneficio capitalista “normal”, como si el origen de la ganancia no fuera la explotación del trabajo, para em- presas “monopólicas” o no.

Esto no significa que el poder monopólico de las nuevas mega compañías del sector informático no contribuyera a aumentar sus ganancias gracias a la expulsión (o absorción) de competidores, la concentración de capital, el apro- vechamiento de mano de obra relativamente más barata, el control de patentes, el crédito barato y, sí, la innovación tecnológica. Las ganancias de las grandes compañías aumentaron, lo que refleja en parte que hay menor competencia en la economía, con formación de oligopolios en muchas industrias; algunas tradi- cionales, como AT&T y Kraft, y otras vinculadas a la “nueva economía digital”, como Apple, Amazon, Alphabet (Google), Facebook, Microsoft, Netflix y otras por el estilo.

Esos factores existen y pesan. Pero, como dice Roberts, “el vector principal de las cosas es la rentabilidad general del capital estadounidense, más que cualquier cambio en el ‘poder monopólico’ del mercado. (…) Por su naturaleza misma, el capitalismo, basado en los ‘muchos capitales’ en competencia, no puede tolerar de manera indefinida ningún monopolio ‘eterno’, una plusga- nancia permanente deducida del total de ganancias que se reparte la clase capitalista como un todo. La batalla por el incremento de las ganancias y de la participación en el mercado implica que los monopolios están continua- mente bajo la amenaza de nuevos rivales, nuevas tecnologías y competidores internacionales (…). El ‘poder de mercado’ puede haber reportado ganancias ‘rentísticas’ a algunas compañías grandes de EEUU en la última década (…), pero la ley de la ganancia de Marx aún sigue siendo la mejor explicación del proceso de acumulación. Las rentas para unos pocos se deducen de los bene- ficios de muchos. Los monopolios redistribuyen ganancia para sí bajo la forma de ‘renta’, pero no crean ganancia” (“The underlying reasons for the Long De- pression”, 14-2-18).

Esto es completamente cierto aun si hoy, en efecto, existen ciertos rasgos específicos del mercado de la tecnología informática que favorecen tempora- riamente a los actuales detentadores de cuasi monopolios. Pero el salto en las ganancias empresarias (también concentrado en esos sectores) fue sobre todo ficticio, apoyado en la suba de precios de las acciones y bonos, fenómeno que ya se había dado cuando el estallido de la burbuja de las punto.com en 2000. Como resume Roberts, “la Larga Depresión es un producto de la baja inversión y el bajo crecimiento de la productividad, que son a su vez un pro- ducto de una más baja rentabilidad de la inversión en sectores productivos y un desplazamiento a la especulación financiera improductiva (y, sí, en parte un producto del poder oligopólico que refuerza a los grandes a expensas de los pequeños)” (cit.).

La rentabilidad promedio cayó en los sectores productivos no financieros, divorciándose cada vez más de la rentabilidad total en beneficio del sector bancario y tecnológico. Sucede que, en términos de un círculo genuino de acumulación de capital, este resultado es exactamente lo contrario de lo que se necesita. Y esta evolución, como muestra el gráfico que sigue, no se remonta a la crisis global, sino que viene de mucho más atrás, incluso desde el inicio mismo del período del capitalismo neoliberal.

 

La riqueza financiera de EEUU creció más que la inversión de capital desde 1980

(Línea superior: riqueza. Línea inferior: capital)
EEUU: Ratios riqueza/PBI y capital/PBI

Fuentes: Piketty-Zucman 2016, US Bureau of Economic Analysis, en M. Roberts, 14-2-18.

 

La consecuencia de este estado de cosas es una queja universal de la clase capitalista por la falta de canales atractivos para la rentabilidad del capital. Los inversores en Bolsa, aun a sabiendas de valores de acciones a niveles que se acercan a los de burbuja, siguen apostando allí a falta de nada mejor. El mayor gurú de las finanzas y una de las diez personas más ricas del planeta, Warren Buffett, fue de lo más directo al sostener en enero pasado que los 116.000 mi- llones de dólares que su compañía Berkshire Hathaway tiene líquidos (en efectivo y papeles del Tesoro a corto plazo) rinden “una miseria” y que está en la bús- queda de “activos más productivos”. Buffett, acostumbrado a las adquisiciones de empresas en efectivo, se lamentó de que, mientras que los rendimientos son bajos, los precios de venta de las compañías son demasiado altos, y culpó a los inversores que se endeudan barato y luego salen a comprar firmas, lo que sube artificialmente su precio. Debe haber aliviado su angustia el hecho de que la rebaja de impuestos a las empresas operada por Trump, del 35 al 21%, le significó, de un plumazo, un ingreso extra en 2017 de 29.000 millones de dó- lares, el equivalente al PBI nominal de Letonia, Paraguay o Camerún. Pero se trata de otro ejemplo de ganancias que no revierten sobre el circuito productivo ni respaldan un ciclo de acumulación; al contrario, esa masa inmensa de capi- tal-dinero se sumará a la anterior, renovando los lamentos de insuficientes fuentes de rentabilidad.

A muchos comentaristas y opinólogos superficiales les resulta increíble que los avances de la tecnología digital no hayan redundado en un salto en la pro- ductividad. Pero, una vez más, sucede aquí que se suelen extrapolar indebida- mente las grandes ventajas (y ganancias extras) que genera el empleo de la robótica y los procesos de automatización fabril en algunas compañías de punta de algunas ramas al conjunto de la economía.

 

Como la lógica capitalista no es la de la innovación tecnológica per se, sino la de la obtención de ganancia, a ella se supedita la incorporación de nuevas tecnologías. Uno de los factores que retarda el progreso de la automatización es, irónicamente, la baratura del costo de la fuerza de trabajo, a punto tal que al capitalista le resulta más ventajoso pagar salarios bajos que automatizar. Como dice Marx, “el costo capitalista de la mercancía se mide por el gasto de capital, mientras que el costo real de la mercancía se mide por el gasto de tra- bajo” (El capital, tomo III/6: 31). O, como ilustra Grossman, “desde el punto capitalista de la rentabilidad, muchas veces es alcanzado el máximo de pro- greso técnico donde desde el punto de vista social es posible un mayor espacio para el desarrollo de las fuerzas productivas, esto es, un mayor ahorro de trabajo humano. (…) En territorios poco abiertos al capitalismo, (…) si bien el trabajo humano puede ser reemplazado por la máquina, esto es, puede ser economi- zado, de hecho es derrochado masivamente y el desarrollo de las fuerzas pro- ductivas es retardado. Pero incluso en países con el más elevado desarrollo capitalista, como Alemania o Estados Unidos, la técnica avanzada es limitada a un reducido número de empresas, mientras que junto a ellas existe gran can- tidad de empresas técnicamente retrasadas que derrochan trabajo humano” (La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista: 168-169).

Este mecanismo que describía Grossman en 1929 se aplica perfectamente a la realidad del capitalismo desarrollado post crisis global: “Parece evidente que una baja de los salarios reales en los últimos años implicó que algunas em- presas vieran más atractivo emplear más trabajadores que comprar máquinas que mejoraran la productividad” (TE 9049, “How to kill a corporate zombie”, 15-7-17). Algo que se hace posible precisamente desde el cambio de fase del capitalismo de posguerra, del keynesianismo al ataque neoliberal a las conquis- tas y condiciones laborales de la clase trabajadora: “Hasta mediados de los 80, la productividad crecía con el aumento del crecimiento y retrocedía en las recesiones; desde entonces, pasa lo contrario. (…) Los cambios estructurales en la economía podrían explicar este cambio. La mayor flexibilidad del mercado laboral facilita los despidos en las épocas malas, lo que aumenta la productivi- dad promedio; más adelante, esos trabajadores de baja calificación pueden ser contratados nuevamente” (TE 9046, “Diminished expectations”, 24-6-17).

Algunos economistas tratan de justificar esta aparente paradoja de avance tecnológico y bajo crecimiento de la productividad a partir de las dificultades, ya expuestas por la economista jefe de KPMG antes citada, para definir y medir la productividad en general y la de la robótica y la inteligencia artificial en par- ticular. Otra variante es que las economías desarrolladas enfrentan el problema de la transición a otra forma de organización de la producción sin la posibilidad, física y política, de mudar trabajadores de las firmas obsoletas y pueblos estan- cados a compañías y ciudades más dinámicas.

Sin embargo, una línea explicativa de la caída de la productividad que en- cuentra cada vez más apoyo en la academia remite a lo que podría llamarse un daño autoinfligido de las políticas antiobreras: “Los salarios bajos permiten a las empresas emplear trabajadores de manera rentable en puestos marginales y seguir utilizando trabajadores incluso donde robots o software podrían reem- plazarlos. (…) Economistas de la London School of Economics sostienen que los bajos salarios británicos, que se derrumbaron durante la Gran Recesión, son parte de la explicación del débil crecimiento de la productividad durante la re- cuperación subsiguiente, dado que las empresas se veían menos presionadas a ahorrar en salarios. Análogamente, el abundante trabajo barato explica en parte por qué la economía de EEUU muestra la inusual combinación de empleo creciente y bajo crecimiento salarial en los años recientes. Al permitir que las economías (…) se apoyen en empleos mal pagos para mejorar la competitivi- dad, las políticas oficiales alentaron que las empresas utilizaran al descuido el trabajo de bajos salarios. Si priorizan un retorno al pleno empleo, los políticos podrían darle un necesario empujón tanto a los salarios como a la productivi- dad” (TE 8981, “Doing less with more”, 19-3-16).

Robert Gordon no es el único pesimista respecto del bajo potencial económico de las nuevas tecnologías; ya el keynesiano Paul Krugman ironizaba que las com- pañías informáticas se centran en productos que son “más divertidos que funda- mentales”.  Pero  la  visión  más  sombría  acaso  sea  la  de  “La  ilusión  de  la innovación”, de Fredrik Erixon y Bjorn Weigel, que sostienen que “el motor mismo del crecimiento capitalista, la destrucción creativa que describió Joseph Schum- peter, se terminó. Aparte de un puñado de estrellas como Google o Amazon, el capitalismo envejece rápidamente. Las 100 empresas europeas más valiosas fue- ron fundadas hace más de 40 años. Incluso en EEUU, que es una nación más emprendedora, la proporción de firmas de más de 11 años pasó de un tercio del total en 1987 a la mitad en 2012, y el número de empresas nuevas cayó entre 2001 y 2011. (…) Según los autores, este estancamiento tiene que ver no con las regulaciones excesivas sino con la estructura misma del capitalismo. Las compañías ya no son propiedad de capitalistas audaces sino de gigantes finan- cieros anónimos, los fondos de inversión. Tales instituciones están más interesadas en ganancias predecibles que en nuevos emprendimientos, y escapan a inversio- nes riesgosas en nuevas tecnologías” (TE 9012, “Techno wars”, 22-10-16).

Mirá también:  Una guerra comercial apenas encubierta

Se trata de una ominosa y sugerente contribución a la interpretación de los problemas de un capitalismo que viola sus propias leyes: el necesario proceso de “destrucción creativa” schumpeteriana ya había sido descripto por Marx en El capital y se ve obstaculizado no sólo por los cambios en la forma de propiedad de las empresas, sino también por la capacidad política de los “capitales so- brantes” para resistir a su aniquilación, como veremos en el apartado siguiente. Otra línea argumental es que el impacto de la revolución digital en todos los órdenes menos en la productividad del trabajo (la llamada paradoja de Solow de los años 80) se debe a que no ha hecho más que comenzar. Pero “la verda- dera pregunta no es si la revolución informática se quedó sin nafta o si la des- trucción creativa se ha detenido. De hecho, es probable que la revolución informática esté cobrando impulso (…). De lo que se trata es de si la nueva eco- nomía puede contrarrestar las fuerzas que se alinean contra ella: envejecimiento poblacional, una clase política que responde al populismo con restricciones al comercio y regulaciones excesivas a las empresas, sistemas educativos en decadencia. El gran peligro es que, mientras debaten optimistas y pesimistas, el mundo quede cada vez más dividido entre islas de alta productividad rodeadas de un vasto océano de estancamiento” (TE, cit.).

Desde ya, entre las “fuerzas alineadas contra la nueva economía”, incluidas las políticas, aquí no se hace referencia a la resistencia de la clase trabajadora. Pero, como muestra la formidable oleada de huelgas y manifestaciones en Fran- cia contra las reformas “modernizadoras” de Macron, ni siquiera en coyunturas relativamente estables o incluso reaccionarias es posible dejar de lado el “factor lucha de clases”.

  • CAPITAL ENFERMO Y EMPRESAS ZOMBIES, O LA NEGACIÓN DE SCHUMPETER

“Según la concepción de Marx, la crisis es tan sólo un proceso de sanea- miento del sistema, un establecimiento, aunque violento y con pérdidas, del equi- librio, y por tanto también del proceso de valorización, y así, desde el punto de vista capitalista, constituye una ‘crisis de purificación’” (Henryk Grossman, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista)

 

Un mecanismo clásico de recuperación de las crisis capitalistas es, simplemente, la destrucción de capital, incluso físicamente hablando. De hecho, las guerras mun- diales han sido históricamente formidables instrumentos de destrucción de capital que ayudan a reconfigurar la acumulación sobre nuevas bases, una vez que el ciclo económico puede recomenzar “purgado” del capital “lastre”. Si la crisis se origina en un límite que el capital encuentra en sí mismo, en el hecho de que el ca- pital ya no puede ser utilizado como tal, como valor que genera más valor, la salida de la crisis debe necesariamente implicar la desaparición de ese capital que ya no genera la suficiente ganancia y por ende, en el fondo, no es tal.

Este mecanismo clásico descripto por Marx en incontables ocasiones es, a su manera, reconocido incluso por los economistas burgueses más lúcidos, como Joseph Schumpeter, que llamó “destrucción creativa” al proceso por el cual las empresas más productivas (con mayor tasa de ganancia) fagocitan o destruyen a sus rivales que no pueden seguir el tren de la rentabilidad y la innovación.

Sin embargo, este proceso habitual de la dinámica capitalista empieza a en- contrar obstáculos generados por el propio capitalismo, de una índole mixta po- lítico-económica. En particular, a partir de la hipertrofia del capital financiero y de capital ficticio (que parece representar capital real pero que no lo es), asoma una contradicción entre la necesidad que tiene el ciclo económico de destruir los capitales sobrantes y la resistencia que ofrecen los titulares de esos capitales.

Como observa Husson, es necesario destruir ingentes masas de capital ficti- cio, y también parte del capital productivo real. Pero en el caso del capital ficti- cio, las políticas neoliberales se niegan a cuestionar esos derechos de propiedad sobre capital que el capital ficticio representa, ya sea vía transferencias de deu- das privadas al Estado, vía austeridad –ambos, mecanismos que respetan la ley del valor– o vía inyección de liquidez, recurso que, en cambio, niega o “circun- vala” la ley del valor (Husson, cit., febrero 2017).

 

La política de “alivio cuantitativo” (quantitative easing) implementada primero por la Reserva Federal de EEUU y luego, algo tardíamente, por el Banco Central Europeo –el banco central de Japón la había puesto en marcha ya antes de la crisis– implica, ente otras cosas, un rescate de capitales que, desde el punto de vista del “sano funcionamiento” del ciclo capitalista debían haber sido destrui- dos. Naturalmente, aquí interviene la política como “perturbación” del ciclo eco- nómico (una prueba más de que ambos planos sólo pueden separarse temporariamente en el análisis, nunca en la realidad). Sea por el peso de los actores económicos implicados a los que el Estado no puede dejar de rescatar porque son “demasiado grandes para caer” o, en ocasiones, por la presión so- cial y política de sectores del movimiento de masas que resisten una lógica pu- ramente económica que puede dejarlos sin trabajo y en la miseria, el hecho es que el proceso “normal” queda trabado, obstaculizado, desviado, y el resultado es una disfunción económica cuyos efectos se acumulan y amplían. Como ob- servan Husson y Roberts, se da aquí una contradicción esencial e insalvable entre el objetivo de reanudar y sanear la acumulación de capital, por un lado, y la decisión política de preservar el capital ficticio, por el otro.

De esa manera, las finanzas pasaron a ser de palanca del modelo neoliberal a un obstáculo a la dinámica “sana” del capital, con la capacidad de lobby que les da ser el sostén del 1% más rico de la sociedad. Sin exagerar la función de su hipertrofia –como ocurre a veces con François Chesnais–, ya que se trata de un síntoma, no de una causa ni un factor autónomo, es verdad que “en el conjunto de este esquema, la financiarización desempeña un papel determi- nante: asegura una redistribución del 1%; mantiene, es decir estimula, el sobre- endeudamiento; facilita las transferencias internacionales y acompaña la globalización productiva, aquella que permite a su vez influir en los salarios” (M. Husson: “Dix ans de crise…”, 25-8-17).

En otro plano, en otra escala y por otros medios, algo similar sucede con las empresas “zombies”, que suelen definirse técnicamente como empresas que generan menos ganancias netas que los intereses que deben pagar por su nivel de endeudamiento, y por lo tanto no crecen. En este caso, el “rescate” no es vehiculizado directamente por decisión política del Estado (salvo, claro está, en el caso de las empresas estatales, como en China, Japón y otros países), sino que la destrucción de capital es impedida o postergada por la vía de re- cursos financieros, de los cuales el más común es, precisamente, nuevo endeu- damiento o apalancamiento.

Según un informe de la OCDE, desde el punto de vista de la innovación tec- nológica las empresas se dividen en pioneras (frontier), atrasadas (laggard) y zombies, con capital y empleo atrapados (sunk) en ellas. De hecho, hay regio- nes, ramas de la producción o países enteros que pueden ser definidos como ejemplos de capitalismo zombie (en M. Husson, agosto 2017, cit.).

La persistencia de empresas zombies tiene efectos a todos los niveles, pero especialmente de la productividad y de la tasa de ganancia, ya que en ambos rubros las compañías zombies bajan el promedio general. Para la OCDE, un aumento del 3,5% de empresas zombies se asocia a una baja del 1,2% en la productividad industrial. Son el equivalente a una especie de “proteccionismo” que desalienta la formación de nuevas empresas o mayor inversión de las más eficientes. Así, según la US Conference Board, la productividad total de factores (PTF) en EEUU, estancada en 2013 y 2014, cayó en 2015 (TE 9024, “The zom- bies ate our growth”, 21-1-17).

Como consecuencia de la no destrucción o desvalorización de esta plétora de capital, es inevitable un crecimiento débil de largo plazo, como señalan Hus- son, Roberts y también Astarita (“Economía mundial en perspectiva”, 21-8-17). Las empresas zombies están en la mira de crecientes sectores que reclaman que se lleve a cabo la destrucción creativa schumpeteriana sin atender a tantos remilgos políticos o económicos como en el momento más candente de la cri- sis, porque ya es hora de un “retorno a la normalidad” del funcionamiento ca- pitalista: “Robert Gordon, de la Northwestern University, ha sugerido que innovaciones como Internet fueron menos transformativas que desarrollos tec- nológicos previos como el motor de combustión interna. Pero la idea de que hay una osificación del sector corporativo, como se ve en la declinación de formación de nuevas empresas, merece más atención. (…) Se ha hablado mucho de la flexibilidad de los mercados de trabajo para resolver el problema de la productividad, pero la flexibilidad del sector empresario puede ser igual de importante. De hecho, hay una creciente convicción de que la persistencia de compañías zombies –empresas que siguen operando pese a sus malos re- sultados financieros– puede explicar la débil performance de productividad de las economías desarrolladas en los últimos años” (TE 9049, “How to kill a corporate zombie”, 15-7-17).

Según un informe del Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea (citado tanto por The Economist como por Husson), el promedio de empresas zombies en las bolsas de 14 países desarrollados subió de menos del 6% en 2007 al 10,5% en 2015. Una estimación de la OCDE calculaba en 2013 que la pro- porción de capital atrapado en empresas zombies era del 28% en Grecia, el 19% en Italia y el 16% en España.

Porcentaje de empresas zombies sobre el total

Fuente: BAI de Basilea 

 

Finalmente, como señalamos, otro efecto perturbador de las empresas zom- bies es que se dificulta la renovación de empresas, especialmente en el extremo superior de la pirámide. Según un trabajo de la OCDE, esto se debería a un ensanchamiento de la distancia entre las empresas de la cima y sus competido- ras, especialmente en términos de productividad. En la industria, las líderes au- mentan su productividad en un 2,8% anual contra un 0,6% del resto; en servicios la distancia es todavía mayor, 3,6% contra 0,4%.

El otro factor diferencial es su carácter “cosmopolita”: una gran compañía británica y otra china tienen menos distancia entre sí que la que mantienen res- pecto de sus respectivos competidores locales. En ningún sector de la economía esto es más visible que en las empresas de tecnología de la información, en parte gracias al “efecto red” (el actor más grande, por el hecho de serlo, se vuelve más atractiva que el resto y lo desplaza). Un resultado de este panorama es que “la difusión tecnológica se ha estancado: las ideas de punta no se es- parcen por el resto de la economía, y la compañía ‘frontera’ monopoliza el in- cremento de productividad”. El efecto red opera también en la contratación de los empleados más innovadores y talentosos, que son atraídos por la “compañía estrella” y de este modo no pasan a formar parte de un eventual retador. Claro que “es necesario encontrar una manera de abordar el problema si el mundo desarrollado quiere tener alguna chance de salir del estancamiento de la pro- ductividad” (TE 9015, “The great divergence”, 12-11-16).

Al respecto, llama la atención que las “historias de éxito” de este período del capitalismo por fuera de las compañías de tecnología digital vayan en la dirección opuesta al camino “virtuoso” de la inversión productiva y la innova- ción. Por el contrario, en el actual contexto de baja productividad e inversión, los empresarios que triunfan lo hacen a partir de combinar prácticas de espe- culación financiera con explotación laboral descarnada. Un caso paradigmático de esto es 3G Capital.

No se trata de un ejemplo marginal: 3G es la segunda entidad en adquisi- ciones de empresas de la historia moderna, con negocios por más de 470.000 millones de dólares. Warren Buffett, uno de los mayores gurúes de los inversores, considera a los brasileños fundadores de 3G Capital “entre los mejores empre- sarios del mundo”.

Ahora bien, ¿en qué consiste el ingenio capitalista de este modelo empresa- rial post crisis global del siglo XXI? En tres ideas: primera, que el costo de en- deudarse para comprar empresas es mucho más bajo que la tasa de beneficio de las compañías de consumo masivo en las que 3G se especializa. Segunda, que las ventas de esas compañías son resistentes a las crisis gracias al peso de sus marcas y a su posición oligopólica. Tercero, la política de “presupuesto de base cero”, que significa que cada gerente debe justificar desde cero cada año el presupuesto de su área e implica brutales recortes de costos en salarios y per- sonal, además de ahorrar en marketing innecesario, y queda delineado el “mo- delo de negocio 3G” (TE 9029, “Barbarians at the plate”, 25-2-17).

Por supuesto, nada más lejos de lo que recomiendan los manuales del em- prendedor clásico que endeudarse barato para comprar firmas en problemas –

 

pero con marcas conocidas y fuerte participación de mercado– y aumentar vio- lentamente la explotación laboral. Entre sus víctimas (primero) y baluartes (des- pués) están la mayor cervecera del mundo, AB InBev, y la multinacional alimenticia Kraft Food, y entre las marcas que controla 3G están Budweiser, Bur- ger King y Heinz. Estuvo a punto de comprar Unilever, que logró a duras penas rechazar la adquisición hostil, pero al precio de, a contramano de su supuesto “capitalismo responsable”, imitar la idea de “presupuesto de base cero”.

La situación actual de 3G, sin embargo, revela un agotamiento de esas fuen- tes. En parte, porque la diferencia entre tasa de endeudamiento y tasa de ga- nancia ya no es tan favorable: la primera aumentó y la segunda decayó. Además, el crecimiento de los nichos amenaza el imperio de las grandes mar- cas. Pero, sobre todo, “el recorte de puestos de trabajo se ha vuelto más políti- camente sensible”. Es posible que su mejor momento haya pasado, y que haya “aprovechado un período de tasas bajas, acciones baratas, bajo proteccio- nismo, escasa reacción a la pérdida de empleos y competencia digital todavía por florecer” (TE 9056, “And now for my next trick”, 11-11-17).

De esta manera, el nacimiento, ascenso y eventual decadencia de 3G son al- tamente simbólicos. Por un lado, del tipo de capitalismo que ha prosperado en las primeras décadas de este siglo. Por el otro, de que esa fiesta que parecía eterno encuentra, más pronto que tarde, no sólo límites propiamente económicos sino los que les impone el creciente descrédito político de un esquema que sólo puede aspirar a prosperar a costa de pisotear derechos y vidas de trabajadores.

  • SOBREVALUACIÓN Y ENDEUDAMIENTO

La superficialidad de la economía política se pone de manifiesto, entre otras cosas, en el hecho de que convierte a la expansión y contracción del crédito, mero síntoma del período alterno del ciclo industrial, en causa de éstos” (Karl Marx, El capital, tomo I)

La banca y el crédito (…) se convierten en el medio más poderoso para im- pulsar la producción capitalista más allá de sus propios límites, y en uno de los vehículos más eficaces de las crisis y las estafas” (Karl Marx, El capital, tomo III)

Uno de los rasgos más preocupantes del desarrollo de la crisis financiera ini- ciada en 2007 fue el nivel de endeudamiento general de todos los actores eco- nómicos: los estados soberanos, las empresas privadas, los hogares. De hecho, como ya señalamos, fue el endeudamiento basado en hipotecas lo que detonó la crisis, que de allí pasó a los bancos estadounidenses, luego a los europeos y hacia 2011 puso en peligro, vía el endeudamiento de los estados, el andamiaje económico europeo.

Pues bien, este peligro no sólo no ha desaparecido sino que, de una manera bien que más discreta, se ha agravado. Sólo que ahora el principal candidato para generar cimbronazos es el sector privado no financiero. No es de extrañar: hemos visto cómo el sector financiero fue rescatado, protegido y blindado por

 

las políticas estatales, que transfirieron esa carga al conjunto de la sociedad, incluyendo también los capitalistas industriales y de servicios: “La acción de los bancos centrales frena la crisis, pero cada ciclo arranca con niveles de deuda (y de precios de activos) cada vez mayores. El alto nivel de precios de activos significa que cualquier forma de retorno a niveles de valuación ‘normales’ cons- tituiría una crisis, según los indicadores que utiliza el Deutsche Bank” (TE 9060, “When the cycle turns”, 30-9-17).

Así, informa The Economist que “en las economías avanzadas, la ratio deuda privada/PBI está por encima de los niveles precrisis, y sigue creciendo”. En efecto, según cifras del Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea, “el pro- medio de los países ricos mostraba a fines de 2007 una deuda privada de 250% del PBI. En 2016 era del 275%. EEUU pasó del 225 al 250%, y en los mercados emergentes, del 125 al 190%” (TE 9031, “Borrowed time”, 11-3-17). La deuda total de las compañías no financieras, según el último dato de 2017, es del 73% del PBI, una cifra récord: “La deuda neta de las compañías no financieras incluidas en el índice Standard & Poor’s 500 (las mayores del país) superaba en un 50% a sus ingresos, es decir, una ratio de 1,5. La propor- ción de empresas cuya ratio es superior a 5 (lo que indica un nivel riesgoso de apalancamiento) bajó del 42% en 2007 al 27% en 2017. Pero un escenario de guerra comercial puede deshacer ese progreso en cuestión de meses” (TE 9081,

“On borrowed time”, 10-3-18).

La contrapartida de este endeudamiento es la sobrevaluación de activos, es decir, del valor de las empresas, especialmente las que cotizan en Bolsa. Esto se debe a varios factores concomitantes y relacionados: la deuda se garantiza con el valor de los activos; a la vez, endeudarse barato permite el recurso a la recompra de acciones, que hace subir su precio y genera ganancias (puramente especulativas y desligadas de toda producción de valor real, desde ya) por en- cima del pago de intereses, lo que realimenta el ciclo… hasta que el crédito se encarece y/o la burbuja estalla.

Así describe el comienzo del proceso un clásico de la economía marxista, Henryk Grossman, en su célebre La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista: “El capital dinerario en busca de inversión no encuentra en la esfera de la producción ningún empleo provechoso. La tasa de interés de ahora en más debe descender permanentemente, y el capital dinerario ocioso, desocupado, abandona la esfera de la producción y durante el intervalo se vuelve hacia la Bolsa para pescar en río revuelto, hasta el restablecimiento de la rentabilidad (valorización) en la esfera de la producción. El funcionamiento de la Bolsa y de todos los títulos estatales está en estrecha relación con el movi- miento de las tasas de interés, y tienen un movimiento independiente de su valor” (H. Grossman: 158). Es casi la descripción exacta de la conducta de los inver- sores del estilo del “oráculo de Omaha”, el magnate de las finanzas Warren Buffett, cuya desazón por la falta de “empleo provechoso” para su capital citá- ramos más arriba.

Para Grossman, “la función de la Bolsa consiste en la movilización del capi- tal. (…) La exportación de capital hacia el exterior y la especulación en el interior

 

del país son fenómenos paralelos y nacen de la misma raíz. (…) Frente a todos aquellos que piensan que la especulación es sólo una ‘excrecencia’ que no tiene nada que ver con la expansión, nosotros sostenemos la opinión de que consti- tuye una función necesaria: posibilita a los capitales sobreacumulados una ‘in- versión’ lucrativa” (cit.: 346 y 351). Por supuesto, lo lucrativo de esa inversión se sostiene hasta que la crisis pone las cosas en su lugar. Pero es justamente esa función de “limpieza” y “purificación” de las crisis la que está impedida de ope- rar normalmente, como vimos en el apartado anterior.

La relación entre el precio del activo (acciones de una empresa) y las ganan- cias, ajustada por ciclo (sigla en inglés CAPER, que mencionábamos arriba) es una medida muy útil de si el valor de una empresa, o grupo de empresas, está inflado o no. En los últimos 136 años, la ratio CAPE sólo ha tocado los valores actuales en dos oportunidades: durante la burbuja de las punto.com en 2000 y en el crash de 1929. Además, por lo general, cuando hay burbujas de mer- cado se puede señalar un tipo de activo o sector en particular donde los precios están inflados. Sin embargo, hoy en EEUU y buena parte del mundo el mercado “bull” (en alza) se da en casi todas las ramas de las finanzas.

Desde 1881, la ratio CAPE promedio para el índice de Standard & Poor’s de las 500 firmas que listan en las Bolsas de EEUU fue 17. Hoy oscila entre 31 y 33 (llegó a 32 en 1929 y a 43 en 2000). Lo mismo ocurre con el índice de pasivos sobre ingresos (M. Roberts, “Optimism reigns”, 4-1-17). En EEUU, los precios de las casas ya están por encima, en términos nominales, del pico de 2008 que disparó la crisis de las hipotecas subprime, y en el Reino Unido, Ca- nadá y Australia los precios de hogares son directamente propios de burbuja inmobiliaria (TE 9061, “The bubble without any fizz”, 7-10-17).

Así como la burbuja inmobiliaria de EEUU en 2008 arrastró casi inmediata- mente al resto del mundo, es importante considerar que todo lo que ocurra en la Bolsa de Wall Street tendrá una onda expansiva instantánea en las demás. Esto es tanto más así cuanto que EEUU está sobrerrepresentado en los índices bursátiles. Por ejemplo, uno de los más importantes, el MSCI All World Country Index, que abarca todo el mundo, pondera el mercado de EEUU con un 54% de ese indicador, y EEUU representa el 60,5% del MSCI World Index, que in- cluye sólo a los países desarrollados, cuando en realidad EEUU representa sólo el 25% del PBI mundial (TE 9035, “Top-heavy”, 8-4-17).

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La referencia a 2008 no es antojadiza. Michael Roberts observa el peligro de que “en caso de caída de rentabilidad, la deuda privada –tanto hogares como empresas– no fue desapalancada desde 2008. De hecho, lo contrario” (“Boom or bust?”, 1-12-17). También él menciona la alta ratio CAPE y agrega que “otra medida de la sobrevaluación es la capitalización bursátil sobre el PBI. El índice actual [en EEUU. MY] es el más alto desde 1951 excepto la burbuja de las punto.com en 2000” (M. Roberts, “Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17).

Una explicación evidente del valor excesivo de las empresas es que se en- deudan barato: “El precio clave es la tasa de interés a largo plazo. En términos reales, esa tasa viene bajando desde los años 80, y está ahora cerca de su piso histórico” (TE 9061, “The bubble without any fizz”, 7-10-17). Las razones de este fenómeno son materia de discusión entre economistas burgueses, que lo atribuyen a factores como la “propensión al ahorro”, cambios estructurales en la economía como el creciente peso de los “activos intangibles” o la acción de los bancos centrales. Pero esas “explicaciones”’ no hacen más que postergar el estudio del fondo del problema: ¿por qué hay “propensión al ahorro” en vez de a la inversión, por ejemplo? Es difícil eludir la conclusión de que, de manera oblicua y distorsionada, la declinación del rendimiento de los bonos de largo plazo debe tender a reflejar de algún modo la también declinante tasa de ga- nancia del conjunto de capital a nivel global.

Por eso la sobrevaluación de activos no se vincula sólo a lo barato que venía resultando tomar crédito, sino justamente, como vimos más arriba, a lo difícil que es encontrar opciones rentables de inversión: según una encuesta de Merrill Lynch, el 45% de quienes manejan fondos de inversión globales opina que las acciones están sobrevaluadas, y curiosamente, un 48% de esos mismos gerentes reconoce que su exposición a las acciones es más alta de lo que debería. La ex- plicación está en que quienes opinan que la otra variante importante de inver- sión, los bonos emitidos por los Estados, están sobrevaluados, son ya un 83%: “Muchos directivos de fondos de inversión ven con nerviosismo los altos valores de los activos, pero no les atraen nada los bonos soberanos. De modo que se aferran a las acciones por cuanto son la opción menos mala disponible” (TE 9066, “Adjusting the CAPE measure”, 11-11-17). Y, a diferencia de los bonos, las acciones de compañías privadas recibirán un impulso adicional con el regalo de las rebajas de impuestos a las empresas dispuesto por Trump (TE 9073, “Ta- king off the training wheels”, 6-1-18).

Asimismo, la sobrevaluación es un indicador indirecto de la tasa de ganan- cia. En el mundo financiero, la ratio CAPE se considera un fuerte predictor de bajas ganancias a largo plazo: “Un estudio de 12 países muestra que una suba de la ratio CAPE del 5%, digamos, de 20 a 21, tiende a reducir en cuatro puntos porcentuales la ganancia esperada total a diez años. (…) Los autores del paper aceptan que el actual nivel de ganancias puede ser alto, pero no creen que eso signifique que el crecimiento de las ganancias futuras vaya a ser fuerte. Hay una tendencia a volver a la línea promedio. (…) La ratio de EEUU es 32,8, mientras que en Canadá es de 20, en Alemania de 19 y en el Reino Unido de 14. En esos casos están cerca de sus promedios históricos; en cambio, en Wall Street la ratio está al doble de su nivel habitual (…). Medidas alternativas a la CAPE para evaluar acciones, por ejemplo, comparar el precio de la acción con las ventas o con los valores de los activos, también muestran que las acciones de otros países, en particular de los emergentes, se ven baratas, pero en Wall Street están caras” (TE 9084, “CAPE crusaders”, 24-3-18).

Este fenómeno no representa ninguna novedad para el marxismo. Roberts recuerda que para Marx la expansión excesiva del crédito es señal de caída de la rentabilidad de la inversión productiva: “Marx hizo la observación clave de que lo que mueve los precios de la Bolsa es la diferencia entre la tasa de in- terés y la tasa global de ganancia. Lo que mantuvo los precios de las acciones en alza ha sido el muy bajo nivel de la tasa de interés de largo plazo, engen- drada deliberadamente por los bancos centrales (…). La brecha entre el retorno sobre la inversión (ganancia) en la Bolsa y el costo del crédito para llevar a cabo esa inversión ha sido enorme” (M. Roberts, “Stock market crash: 1987, 2007 or 1937?”, 6-2-18)

Y lo mismo constata con preocupación el establishment: “Como dice la OCDE: ‘Si el crédito se usa bien, el alto endeudamiento contribuye al crecimiento económico al aumentar la capacidad productiva o la productividad. Sin em- bargo, en muchas economías avanzadas, la acumulación de deuda corporativa luego de la crisis no se ha traducido en un aumento del gasto de capital’. (…) La deuda corporativa no financia inversión sino pago de dividendos a accionis- tas, lo que refleja ‘pesimismo sobre demanda y crecimiento futuros, lo que lleva a las compañías a diferir gasto de capital y retribuir a sus accionistas a falta de oportunidades de inversión atractivas’” (M. Roberts, “Boom or bust?”, 1-12-17). Respecto de las compañías estadounidenses en su conjunto, se da una situa- ción paradójica: atesoran ganancias inmensas en el exterior –se calculan en unos 2 billones de dólares– y, a la vez, se encuentran en un frenesí de endeudamiento que en 2016 era de 8,4 billones de dólares. Así, son acusadas al mismo tiempo de conducta conservadora con sus activos en efectivo y de audacia salvaje con su endeudamiento. ¿Cómo se explica? Pues por las perspectivas del capitalismo actual a mediano plazo: “El mensaje implícito en los balances no es que las firmas de EEUU reaccionan estúpidamente al clima de negocios actual, sino que creen que el decepcionante statu quo de altas ganancias, menor competencia, bajo cre- cimiento salarial y sistemas políticos y financieros disfuncionales va a continuar por un buen tiempo más” (TE 9049, “The United States of debt”, 15-7-17).

Una CAPE alta a veces se justifica cuando las ganancias son bajas respecto del PBI, pero el caso actual no es ése: “Quizá se deba a un giro hacia el poder del capital a expensas del trabajo; quizá se deba a la mayor concentración de ciertas industrias que permita márgenes de monopolio. Es posible que este cam- bio sea permanente (…), pero parece el colmo del optimismo creer que las ga- nancias van a crecer por encima del PBI, es decir, que la proporción de la participación del capital en los ingresos va a aumentar aún más. El crecimiento del PBI es impulsado o bien por una mayor cantidad de trabajadores o bien por un aumento de la productividad. Dado que el tamaño de la fuerza de tra- bajo aumenta cada vez con mayor lentitud (y en ciertos países está cayendo), y dado que el crecimiento de la productividad en el período reciente es decep- cionante, es difícil ser más optimista en este punto. De modo que parece difícil de lograr un crecimiento rápido tanto del PBI como de las ganancias” (TE 9066, “Adjusting the CAPE measure”, 11-11-17). De esta manera, lo que refleja este índice es un pesimismo de fondo respecto de la posibilidad de un crecimiento genuino de la economía, de la productividad y de las ganancias, lo que para- dójicamente resulta en una sobreconcentración optimista de valor –en buena medida ficticio– en los activos financieros.

Por último, haremos una breve referencia al endeudamiento no corporativo, es decir, a la deuda de los hogares. Si hemos visto que la situación de la deuda de las empresas y el endeudamiento de los estados soberanos sigue en zona amarilla (para algunos, anaranjada), la situación de la deuda de particulares es un reflejo, bien que de otro tipo, del festival de crédito fácil nacido al influjo de la crisis financiera.

Evolución de la deuda y del ingreso disponible de los hogares


(Línea superior: deuda de hogares. Línea inferior: ingreso disponible neto de hogares)
 

Fuente: OCDE, World Economic Outlook 2017.

 

Aunque desde el punto de vista del funcionamiento del circuito económico capitalista su influencia es mucho menor a la de las empresas, en caso de una corrida financiera su impacto social y político es potencialmente mucho más agudo e inmediato, porque en su inmensa mayoría el volumen de deuda de ho- gares corresponde a préstamos hipotecarios. No hace falta imaginar un estallido de deuda privada: ya ha ocurrido en 2008 con la crisis de las hipotecas sub- prime, que de la noche a la mañana puso a la orden del día el desalojo de miles de familias de sus hogares por insolventes. En EEUU y en España, espe- cialmente, se vieron escenas dramáticas de desahucio que contrastaban viva- mente con el blindaje a bancos y demás instituciones financieras a un costo fiscal mucho mayor. Es difícil exagerar el impacto político de una reedición de ese escenario, cuyo riesgo, como muestra el gráfico, parece hoy mucho más acentuado que aminorado.

En lo inmediato, la principal preocupación es lo que suceda con la tasa de interés de la Reserva Federal y con el fin del estímulo monetario dispuesto por el Banco Central Europeo. En palabras de un columnista, “como padres ansio- sos, los bancos centrales les están sacando las rueditas de apoyo a las bicicletas de sus hijos, y ahora esperan que no se estrellen” (TE 9073, “Taking off the trai- ning wheels”, 6-1-18). El abandono paulatino de las intervenciones de los ban- cos centrales, bajo la forma de emisión, que permitían un endeudamiento fácil

 

y barato, implica una búsqueda de “normalización” del mercado de crédito para la cual nadie sabe si están dadas las plenas condiciones.

  • LA DESIGUALDAD Y EL PROBLEMA DE LA REALIZACIÓN DE PLUSVALÍA

Aunque hemos dejado sentado que el centro de los problemas del orden ca- pitalista global está en el proceso productivo (falta de inversión productiva sufi- ciente, tasa de ganancia que no se recompone, productividad con crecimiento raquítico pese a los saltos tecnológicos), lo que asoma en primer lugar a la vista de observadores, políticos y activistas del mundo no son los desequilibrios es la esfera de la producción sino los de la esfera de la distribución. Como señalara agudamente Michel Husson, “la crisis actual puede ser caracterizada como la crisis de las soluciones a la crisis precedente”, es decir, es el resultado de un in- tento fallido de superar la falla del ciclo anterior, la baja de la tasa de ganancia. El aumento de la explotación del trabajo ha permitido recuperar, como vimos, los beneficios de la clase capitalista, pero a costa de una mayor desigualdad.

La merecida fama que ha logrado el libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, aunque no hace honor a la matriz teórica marxista en cuanto al origen de las crisis, se debe a que no se equivoca al suponer que su estudio aborda el problema políticamente más impactante del momento: el papel del capitalismo en el aumento de la desigualdad. De hecho, la ya famosa “fórmula fundamen- tal” de Thomas Piketty en su crítica al capitalismo actual, r > g (la riqueza au- menta más que el crecimiento económico, o, lo que es lo mismo, la riqueza se concentra y crece la desigualdad), es la expresión en términos no marxistas de esa contradicción.

De nuevo: si bien Piketty a nuestro entender se equivoca al situar la desigual- dad como centro absoluto del análisis del capitalismo, es indiscutible que, junto con su evidente peso político, la desigualdad juega también un papel propio en la dinámica económica. Esto es así a punto tal que hay toda una escuela de teoría económica marxista, cuyo origen se remonta incluso a economistas clási- cos como Sismondi y que incluye desde Rosa Luxemburgo a Natalie Mos- zkowska, pasando por Paul Sweezy, que deriva las crisis de insuperables contradicciones en la distribución, empezando por el descenso de la capacidad de consumo de las masas, que conduce a insalvables conflictos de realización de la plusvalía generada en el proceso de producción.

Sin adherir (ni discutir aquí) a esta concepción, sí es incuestionable, a nuestro juicio, que los desórdenes de la esfera de la producción se pueden y deben ma- nifestar en la de la circulación, y representan en muchos casos el detonante o factor visible de picos de crisis cuyo origen profundo, no obstante, está en la primera. Como dice Husson, “la caída de salarios no puede asegurar la diná- mica del capitalismo. Se plantea inmediatamente un problema de realización [de plusvalía. MY]: ¿quién va a comprar las mercancías producidas por perso- nas asalariadas cuyo poder de compra progresa menos rápidamente que el valor producido? Al redistribuir una parte de los beneficios a las capas privile- giadas que la gastan, el capital financiero aporta una respuesta a esta cuestión”

 

(“Capitalismo del siglo XXI…”, febrero 2017). Pero, claro está, semejante “solu- ción” no puede ser más que temporaria, precaria y preparación para nuevas crisis de realización por subconsumo.

Por lo demás, son las cifras y las imágenes de la desigualdad terrorífica del planeta las que constituyen un acicate político para millones de jóvenes y de trabajadores que ven y sienten a cada paso cómo las promesas de progreso y prosperidad por parte de los capitalistas, sus políticos y sus voceros quedan fla- grantemente incumplidas.

Esta realidad tiene manifestaciones nacionales, regionales y mundiales. Si comenzamos por lo más general, acaso el más sintético y apabullante dato sobre la desigualdad de distribución de la riqueza sea un conocido índice que se publica anualmente, el del Crédit Suisse: el 1% más rico tiene 50 veces más que la mitad más pobre de la población del planeta, y el 90% de debajo de la pirámide es dueña de sólo el 14% de la riqueza global (de donde se desprende que el 9% que viene después del 1% más rico se queda con un 35% del total).

Distribución de la riqueza global

 

% pob. adulta    % ingreso

1% superior       51% total

9% siguiente     35% total

40% siguiente   13% total

50% inferior 1% total

Fuente: elaboración propia sobre datos del Crédit Suisse, Annual Report 2016

 

Tradicionalmente, la riqueza de los países se mide como Producto Bruto In- terno (PBI), esto es, la suma de todos los bienes y servicios producidos fronteras adentro en un año dado. Pero hace tiempo que las Naciones Unidas,

reconociendo que considerar el PBI como único indicador no daba cuenta de una serie de desigualdades en educación, salud, expectativa de vida, co- municaciones y otros factores, consideran una nueva medida que abarca tam- bién dichos ítems, el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Según este índice, ha habido un amplio y sostenido progreso en el desarrollo humano global desde mediados del siglo XIX, y especialmente en el período 1913-1970. In- clusive, la distancia entre las economías capitalistas desarrolladas y el llamado Tercer Mundo, si bien se hizo mayor en términos absolutos, se achicó en tér- minos relativos.

Todo este panorama encuentra una tendencia a la reversión después de la década de 1970, período en el que, a caballo de la globalización y las políticas neoliberales, se verifica un nuevo aumento de la desigualdad y de la brecha entre naciones ricas y pobres, con una sola excepción importante: China, que sí ha reducido esa distancia (el 33% de los habitantes del mundo de riqueza

 

media son chinos, casi el doble de la proporción de población china sobre la global). De hecho, muchas estadísticas que suelen esgrimirse para mostrar las bondades sociales del orden capitalista globalizado actual respecto del Tercer Mundo tendrían un aspecto muy diferente si desagregaran a China del resto del lote subdesarrollado.

Aun así, el IDH no da cuenta de las diferencias en distribución del ingreso, un fuerte indicador de desigualdad.

Por lo tanto, no es de extrañar que otra medida de la desigualdad global de ingresos, el llamado coeficiente de Gini, haya subido casi ininterrumpidamente desde los comienzos del capitalismo industrial, según un estudio del ex funcio- nario del Banco Mundial Branco Milanovic (recordemos que, en esa medición, 0 es igualdad absoluta y 1 es desigualdad absoluta). Una vez más, sólo la me- jora de los estándares de vida de la población china logró hacer retroceder algo, desde 2000, esta tendencia.

Por otra parte, la desigualdad mundial entre naciones es mucho mayor que la desigualdad al interior de los países. El coeficiente global de Gini es 0,7, muy superior al del país más desigual (Brasil). Según Milanovic, la desigualdad global tiene dos componentes principales: el de clase social, que remite a dife- rencias de ingresos dentro de cada país, y el de locación, referido a las diferen- cias entre países. Y observa que, hacia 1850, el componente de clase representaba casi el 50% de la desigualdad global. En cambio, en 2011, el componente “locación” explicaba el 80% de la desigualdad. Sin embargo, los últimos datos relevados por el propio Milanovic sugieren que las desigualdades de clase han vuelto a incrementarse respecto de las de locación, de manera tal que hacia 2050 las desigualdades de origen interno volverían a dar cuenta del 50% de la desigualdad global, como dos siglos antes (ver M. Roberts, “The we- alth of nations”, 9-2-18).

Es importante tener en cuenta otro dato, surgido de la creciente desigualdad de ingresos y riqueza como característica permanente del capitalismo desde el período neoliberal comenzado a fines de los años 70. En países como EEUU y el Reino Unido, si bien los ingresos reales (esto es, medidos contra la inflación) de la clase trabajadora y los estratos inferiores de la clase media aumentaron desde los años 80, el 80% inferior de la pirámide laboral ha bajado su porcen- taje de participación en el PBI. Lo que significa que si bien sus ingresos reales absolutos han subido, lo han hecho en una proporción mucho menor a la del aumento general de la riqueza de la sociedad, de modo que su ingreso relativo es claramente menor que hace tres décadas.

Roberts considera estas cifras como una demostración a largo plazo de la validez de la predicción de Marx de una creciente brecha entre la clase pro- pietaria y la clase trabajadora. Pero no son sólo los marxistas los que rehabi- litan el pensamiento del gigante nacido en Tréveris hace dos siglos. Son muchos de los más renombrados voceros del establishment los que empiezan a preguntarse si, por así decirlo, al capitalismo no se la ha ido un poco la mano, y si no será hora de abordar políticamente los aspectos más irritantes de la desigualdad generada por el sistema. Así, desfilan en las principales

 

publicaciones del capitalismo global informes especiales sobre “los olvidados de la globalización”, “los que quedaron afuera”, “cómo reducir la desigual- dad” y otras bienintencionadas formas de aliviar con filantropía la catástrofe social del capitalismo mundializado.

Esto incluye ciertas recomendaciones con diverso grado de sinceridad sobre la necesidad de hacer algo contra la desigualdad en términos de impuestos, por ejemplo (la vieja propuesta de la “tasa Tobin” tiene ahora abundante com- pañía). Y no es de extrañar, dado el sesgo brutalmente regresivo que viene adoptando en general el sistema tributario de muchos países, especialmente los desarrollados. Un reciente informe del Financial Times muestra que a nivel global las alícuotas efectivas de impuestos que pagan las grandes compañías multina- cionales cayeron, desde el año 2000, del 34 al 24%. Como contrapartida, según la consultora internacional KPMG, citada por el propio Financial Times, en los países de la OCDE, donde la alícuota máxima a las empresas cayó 5 puntos porcentuales, los impuestos que pagan trabajadores y consumidores su- bieron 6 puntos porcentuales. En suma: los ricos pagan menos impuestos que antes; los pobres, más.

La idea de que la globalización ha aumentado la desigualdad tanto intra como entre naciones ha logrado amplio consenso incluso entre economistas del establishment tan conocidos –y de pensamiento tan diverso– como Joseph Stiglitz (premio Nobel y ex economista jefe del Banco Mundial) y Dani Rodrik, profesor de Harvard. Ambos concedieron en la última conferencia de la Asociación Eco- nómica de EEUU (sigla inglesa ASSA, uno de los foros de economistas más res- petados) que el libre movimiento del capital debe por fuerza agrandar la desigualdad de ingresos en razón de los “fracasos de mercado” (Rodrik) y que como la globalización y el libre comercio no ofrecen iguales beneficios a los ac- tores económicos, es necesaria la intervención del Estado para “compensar los desequilibrios de ingresos” (Stiglitz). Otro economista de Harvard, Jeffry Frieden, reconoce que “la liberalización de la cuenta capital es seguida por un incre- mento del coeficiente de Gini [es decir, de la desigualdad. MY] y una baja de la participación del trabajo en el ingreso total. La globalización financiera es un fuerte determinante de la desigualdad, incluso luego de descontar los efectos del comercio, la tecnología y otros vectores” (en M. Roberts, “Globalization, in- equality and populism”, 7-1-18).

Desde ya, para estos gurúes del capital la principal amenaza a la “demo- cracia” que se cierne sobre este curso peligroso del capitalismo neoliberal actual es la reacción nacionalista y el populismo, incluso el fascismo. Pero otros son más lúcidos. El editor de política británica de The Economist, en una columna sugestivamente titulada “El momento marxista” (y subtitulada “La dirección la- borista tiene razón: Karl Marx tiene mucho que enseñar a los políticos de hoy”), reconoce –a su sesgada manera– la actualidad de las ideas de Marx sobre la concentración de la economía, el peso creciente de las finanzas, la precariza- ción del trabajo, el peso decisivo de los empresarios sobre la política… y el au- mento de la desigualdad. Y luego de citar a Trotsky (“puede que no estés interesado en la dialéctica, pero la dialéctica se interesa por ti”), concluye que

 

“la mejor manera de salvarse de ser la próxima víctima de Marx es empezar a tomarlo en serio” (TE 9040, 13-5-17). A confesión de parte…

Por otra parte, los mismos desarrollos tecnológicos en los que el capitalismo cifra sus esperanzas de un salto en la productividad son los que, del lado de la distribución, son potenciales generadores de tremendos desequilibrios por au- mento del desempleo, baja del salario y reducción global de la demanda y el consumo. “Este sombrío panorama conduce a la siguiente conclusión: el capi- talismo ha perdido prácticamente toda legitimidad social, porque no tiene ya nada que ofrecer. Esto lo proclama en voz alta: su buena salud depende del grado de regresión social que es capaz de imponer. (…) En estas condiciones, las luchas sociales defensivas adquieren casi inmediatamente un carácter anti- capitalista” (M. Husson, “Capitalismo del siglo XXI…”, febrero 2017). Es la misma conclusión que millones están sacando hoy, y que socavan la “sostenibi- lidad” no ya económica, sino política, del orden capitalista.

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