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  • EL MARCO HISTÓRICO Y EL DESARROLLO DE LA CRISIS

Desde que se abriera la crisis financiera global en 2007-2008, a la que  en su momento definimos como la más importante desde los años 30, sus desarrollos vienen atravesando una serie de altibajos que pueden puntuarse por los estados de ánimo de los principales representantes e ideólogos del capitalismo, así como de los “mercados”, especialmente las bolsas del mundo: desesperación, alivio, preocupación, optimismo, recaída en la angustia, euforia incluso, cautela…

Esta verdadera montaña rusa de sensaciones pasajeras sólo abre paso a una reflexión seria sobre la tendencia más de fondo de la economía en contadas ocasiones. Por lo general, los economistas del establishment tienden al impre- sionismo y a extrapolar a largo plazo los vaivenes del momento. Así, por ejem- plo, cundió el pánico a comienzos de 2016 con una caída fuerte de las bolsas iniciada en China, pavor que dejó paso al alivio cuando ese cimbronazo pasó sin dejar mayor huella. En contraste, las “buenas noticias” del resto de ese año y 2017 (las buenas noticias eran, más bien, la ausencia de malas noticias) con- dujeron a los más apresurados a anunciar que “ahora sí” se estaba en el camino a la recuperación definitiva de la crisis global… hasta que el mini crash de la Bolsa de Wall Street a principios de febrero de 2018 puso en duda todas esas afirmaciones y volvió a hacerle correr sudor frío por la espalda a los apologistas de los “mercados”. Pasado ese susto, volvieron las sonrisas ante los pronósticos de crecimiento de la economía mundial para este año, y así por el estilo.

No es que falten indicadores optimistas. Por ejemplo, el índice de compras de gerentes del sector manufacturero (típica medida de la dinámica de la eco- nomía) marca récords tanto en Europa como en EEUU y en menor medida China (The Economist, en adelante TE, 9073, “Taking off the training wheels”, 6-1-18). Otros voceros de los mercados como Goldman Sachs y demás consultoras se ocuparon de perfumar el aire con aromas de recuperación (M. Roberts, “Opti- mism reigns”, 4-1-18).

Por su parte, instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la OCDE coinci- den en un relativo optimismo de corto plazo, pero no hacen más que sembrar dudas para cualquier plazo posterior a los dos años, lo que deja el estado de la economía capitalista global, para los más autorizados voceros del sistema, en un mar de incertidumbre. Una situación de lo más incómoda para gober- nantes, inversores e ideólogos de un orden social que hasta hace no mucho se presentaba como único, indiscutible y el mejor imaginable.

Desde el ángulo de la crítica radical al capitalismo, algunos de los econo- mistas marxistas más reconocidos como Michael Roberts y Michel Husson pro- ponen un encuadre y unos criterios explicativos que, a nuestro juicio, son un mucho mejor punto de apoyo para comprender cómo se llegó hasta aquí y qué elementos deben tenerse en cuenta para proyectar el futuro de la marcha de la economía capitalista.

Antes de considerar el estado de situación de la crisis mundial y sus pers- pectivas inmediatas, es pertinente enmarcar la aparición de ésta en una perio- dización más amplia de lo que, siguiendo a Trotsky, podríamos llamar la “curva de desarrollo capitalista” desde la segunda posguerra. Existe amplio consenso entre economistas e historiadores económicos, sean liberales, keynesianos o mar- xistas, en reconocer en ese lapso dos períodos o “regímenes de acumulación”

 

capitalista: el keynesiano de los llamados “30 gloriosos”, desde el fin de la Se- gunda Guerra Mundial hasta mediados de los 70, y el neoliberal, originado en la era Thatcher-Reagan, consolidado en los 80 y que asistió al proceso de mun- dialización-globalización capitalista de los 90, proceso que se desarrolló de manera siempre ascendente hasta la apertura de la crisis. Es por esta razón, entre otras, que la crisis iniciada en 2007 (en la que Michael Roberts distingue la “Gran Recesión” de 2007-2010, seguida de una “Larga Depresión” que con- tinúa hasta hoy) plantea el interrogante respecto de la eventual llegada de un nuevo régimen de acumulación.

Para discutir este problema (que de todas maneras retomaremos con mayor detalle más abajo), es útil tener presentes algunos de los rasgos esenciales de esas fases del capitalismo.

El régimen económico nacido en Bretton Woods, que rigió el período de los “Treinta Gloriosos” (en realidad, no más de 28) se caracterizó por fuerte crecimiento económico, altos impuestos que redujeron la desigualdad por la vía de la edificación de “Estados de bienestar” y estrictos controles y regu- laciones estatales al capital. El régimen neoliberal que le siguió, nacido luego del colapso del patrón oro (1971)y la crisis de los petrodólares (1973), marcó una liberalización general de controles al capital, privatizaciones de empresas estatales productivas y de servicios, baja inflación y menores im- puestos al capital, que avanzó sobre los trabajadores ensanchando nueva- mente la desigualdad.

Según The Economist, ese régimen terminó (o al menos se deslegitimó deci- sivamente) con la crisis de 2007-2008. ¿Qué rasgos tendrá el “tercer régimen”? Por lo pronto, cabe considerar los ingredientes políticos, que los otros también tenían, por supuesto: los “regímenes de acumulación” y la economía en general no son jamás independientes de la política o, en términos marxistas, de la lucha de clases. Pero para la revista británica decana del capitalismo, son fenómenos perturbadores como los que posibilitaron el triunfo electoral de Trump o el Brexit los que parecen dar el tono: “Los optimistas esperan una mezcla benévola de ambos esquemas, como los bajos impuestos y la desregulación de los años 80 y la intervención fiscal (no monetaria) para atenuar los ciclos económicos. Pero es posible un resultado mucho más sombrío, en el cual un creciente nacionalismo conduce a guerras comerciales y el envejecimiento de la fuerza de trabajo hace imposible que el mundo desarrollado retome las tasas de crecimiento de déca- das pasadas. Llega el cambio, pero más que parecerse a los 80, el nuevo régi- men podría tener más bien el aspecto de los años 30” (TE 9022, “The new regime”, 7-1-17).

Las nubes que se ciernen sobre el “nuevo régimen” son, en esta visión, más políticas que económicas, y más originadas en “populismos de derecha” que en una contestación al orden capitalista desde la izquierda y desde la clase tra- bajadora. Pero esta evaluación se vuelve rápidamente superficial cuando consi- deramos con más detalle sus dos premisas.

Por lo pronto, la idea de que el principal escollo del “nuevo régimen” es po- lítico da por sentado que no hay tremendas contradicciones específicamente

 

económicas que la marcha actual del capitalismo no ha logrado resolver.1 Y desde el punto de vista marxista, el primer indicador problemático de la diná- mica capitalista es el nivel de la tasa de ganancia. Las consideraciones sobre el avance tecnológico e incluso la productividad están supeditadas a ese factor decisivo que hace a la razón de ser misma del capitalismo en tanto orden eco- nómico con leyes propias: sin tasa de ganancia sana, no hay funcionamiento capitalista que evite la crisis.

No podemos repasar aquí las diversas vertientes que hubo y hay en el marxismo respecto del origen de las crisis capitalistas; sólo recordaremos que, junto con la que explica las crisis capitalistas, en última instancia, como resultado de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (formulada por Marx en el capítulo 13 del tomo III de El capital), la otra corriente de pensamiento apunta a la sobre- acumulación (capitalista) y sobre todo el subconsumo (de las masas empobrecidas) como principal vector de la crisis. A nuestro juicio, y por supuesto sin negar la exis- tencia de crisis de subconsumo, éstas son el fondo manifestaciones en el plano de la circulación (muy importante, puesto que es sólo allí donde la plusvalía generada en el proceso productivo puede realizarse) de un desorden más fundamental en el plano de la producción. Es a este consenso de varios de los principales economistas marxistas (Roberts, pero también Anwar Shaikh y Paul Mattick; Husson tiene una posición más matizada, en ocasiones algo ecléctica) respecto de la superioridad explicativa de la evolución de la tasa de ganancia al que adherimos aquí.

Tomando este criterio, Husson establece que el capitalismo keynesiano de posguerra tuvo como rasgo característico que tuvieron lugar a la vez dos proce- sos que son normalmente incompatibles, cuando no mutuamente excluyentes: una recuperación de la tasa de ganancia y una mejora del nivel de vida y de la capacidad de compra del salario. ¿Cómo fue posible este fenómeno, tan “anormal” que no ha vuelto a repetirse desde entonces? Según Husson, la ex- plicación está en un aumento de la productividad del trabajo tan apreciable que permitió sostener, por un período, esa situación insólita en la que ambas clases fundamentales, la capitalista y la trabajadora, parecían “prosperar” a la vez. Esta situación que permitía alimentar la construcción ideológica de un capita- lismo de armonía social donde “a todos nos puede ir bien” (sobre todo, aclaré- moslo, en los países desarrollados) tuvo lugar, paradójicamente, en un período histórico en que el horizonte político de la revolución socialista estaba en el orden del día y donde se dieron inmensas convulsiones y revoluciones en todo

 

  1. Por supuesto, esto no significa negar la subsistencia de obstáculos políticos, que tam- poco se reducen a la breve y sesgada lista del Economist. Las contradicciones entre las necesidades de la acumulación capitalista (que implicarán una creciente presión sobre el nivel de vida de la población en general) y el margen político para imponer las medi- das del caso estallan a cada paso, y representan siempre una batalla de la lucha de cla- ses en la que la victoria del capital no está nada garantizada. A este problema debe agregarse el peso específico de los desafíos económicos, tan agudos que Husson con- cluye que la pregunta de si el capitalismo global está en condiciones de poner en pie un tercer régimen debe contestarse negativamente.

 

el orbe, desde la revolución china hasta el proceso de descolonización de los países de África y Asia contra sus ex amos imperiales.

Ahora bien, este equilibrio excepcional no podía ser estable ni durar por siempre. Esta mejora de la situación social de las masas sin cuestionamiento de la tasa de ganancia podía y debía encontrar su límite en el estancamiento del aumento de productividad, a medida que el impacto de las innovaciones técni- cas y científicas en la producción se iba desvaneciendo. Al llegar a ese punto, todo aumento o ulterior recuperación de la tasa de ganancia debe exigir un des- censo de la masa salarial y de su participación respecto del ingreso total (ver

  1. Husson: “Capitalismo del siglo XXI: ¿punto sin retorno?”, Viento Sur 150, fe- brero 2017).

Esta “ingrata” y necesaria tarea de restablecer el principal motor de la acu- mulación, la tasa de ganancia, por los medios “habituales” fue la que vino a cumplir el siguiente régimen de acumulación, el del capitalismo neoliberal. Así, el capitalismo consiguió recuperar la tasa de ganancia en la fase neoliberal pese a la ralentización del aumento de la productividad. Así, “se rompe el vín- culo que existía anteriormente entre aumento de productividad y rentabilidad en el período de posguerra” o, según Husson, 1955-1985 (“Dix ans de crise… et puis Macron”, À l’encontre, 25-8-17). La disminución continua de la participa- ción del salario en la renta (según el FMI, más de cinco puntos porcentuales en las economías avanzadas entre 1975 y 2015), que es un indicador indirecto de la tasa de explotación, y el hecho de que el costo salarial disminuyera en proporción mayor al aumento de productividad, son lo que está detrás de los esfuerzos de recomposición de tasa de ganancia en esa fase.

Participación de los salarios en la renta nacional, en porcentaje

Promedio de países desarrollados

Fuente: FMI, citado por M. Husson, “Dix ans de crise… et puis Macron”, agosto 2017.

 

Ahora bien, “si este descenso de la parte de los salarios permitió restablecer la tasa de ganancia, no fue suficiente por sí misma para asegurar la dinámica

 

capitalista”, en la medida en que la caída del salario conduce a problemas de realización de la plusvalía (y éste es el aspecto de la realidad que subrayan las teorías marxistas de las crisis por subconsumo). Según Husson, la “solución” del capitalismo en su fase neoliberal fue redistribuir beneficios a las capas sociales privilegiadas (el 10%, o más bien el 1%), con una capacidad de consumo cada vez más fuera de proporción con la del resto de la población. De allí que, según señala, “el capitalismo neoliberal esté intrínsecamente asociado al aumento de la desigualdad”, fenómeno que veremos más abajo.

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Otro rasgo distintivo del período neoliberal respecto del anterior es el peso de los desequilibrios financieros y comerciales, y el consecuente festival de deuda tanto de los estados soberanos como de las empresas y los hogares. Esta dinámica no es sostenible a la larga y consiste en un continuo postergar del “Día del Juicio” en que habrá que saldar cuentas por la vía del endeudamiento continuo, el llamado “apalancamiento” (leverage) de pagar con deuda y devol- ver deuda con deuda. No obstante, y pese a la hipertrofia de los instrumentos financieros, no hay que perder de vista un instante que ni por su origen profundo ni por su desarrolla estamos ante “una crisis financiera, sino sistémica, aunque comience por lo financiero” (Husson, febrero 2017, cit.)

A este componente potencialmente explosivo se agrega lo lento del creci- miento de la productividad. Sucede que la recuperación parcial de la tasa de ganancia, al desvincularse del aumento de la productividad, se ata más bien a una disminución relativa de lo que Marx llama el capital variable (V) respecto del valor del producto final, a la vez que se da un aumento de la tasa de plus- valor (Pv). Así, fue una mayor tasa de explotación, no una mayor productividad, lo que aumentó la proporción del beneficio del capital en la renta nacional. De modo que un cierto agotamiento de la productividad del trabajo resulta también un rasgo esencial de la “fase neoliberal” (incluido el “tercer régimen” post crisis de 2007-2008).

Luego veremos con más detalle este vector decisivo. Aquí sólo adelantaremos que, pese a la mundialización productiva y la conformación de cadenas globa- les de valor, que en su momento representaron una ventaja considerable para las compañías multinacionales, en los últimos años sube poco o se estanca lo que produce un salario promedio por hora de trabajo. Por lo tanto, la tasa de ganancia del capital sólo puede aumentar vía reducción del costo laboral (ver

  1. Husson: “Une crise systémique qui plonge ses racines dans les rapports de production capitalistes”, Á l’encontre, 3-5-2017).

Estudios de diverso origen e intención coinciden en señalar que la tendencia descendente de la tasa de ganancia, en términos históricos, es perfectamente rastreable y documentable, y está, en una perspectiva marxista, en la base de las tribulaciones del orden capitalista en las últimas décadas. Por supuesto, esta tendencia no opera de manera mecánica y continua, sino de manera discreta, a saltos, con idas y venidas, pero se mantiene como un “flujo de fondo” que es- tablece límites a cada paso al proceso de acumulación y lo obliga a la bús- queda de mecanismos de recomposición de la tasa de ganancia, de los cuales los más orgánicos son el aumento de la tasa de explotación del trabajo, las mejoras de productividad –sea por organización y calificación del trabajo o por avances tecnológicos aplicados a la producción– y el más indirecto del abara- tamiento de los medios de vida del trabajador. Son estos aguijones los que re- presentan el fundamento material de las políticas neoliberales de agresión permanente a los derechos y condiciones laborales, y resultan tanto más acu- ciantes cuanto que, pese a todos estos esfuerzos de los empresarios y los go- biernos, la línea general de la madre de los indicadores de salud del capitalismo, la tasa de ganancia, sigue sin dar señales de mejoría duradera:

Tasa global de ganancia (en porcentaje) y su mediana simple

 

Períodos: Depresión Larga / Recuperación / Guerra / Gran Depresión / Guerra

/ Era dorada / Crisis / Recuperación neoliberal / Crisis y nueva depresión.

Fuente: E. Maito, 2014, adaptada por M. Roberts, en “Recessions, depressions and reco- veries”, diciembre 2015.

 

Es este estado de cosas el que representa el marco del estallido de la crisis de 2007. A más de una década desde su inicio, es posible identificar al menos tres fases o etapas que la recorren:

  • desde el comienzo hasta el pico de la crisis (2010 en Estados Unidos, 2011-12 en Europa), período en el cual la debacle originada en las hipotecas de baja calidad de EEUU pasó rápidamente a los bancos de EEUU y de allí a los de Europa, donde luego continuó como crisis de deuda soberana y pe- ligro de desmembramiento de la Unión Europea a partir de un eventual esta- llido del euro;
  • un período de mediocridad (2013-2016) caracterizado por una detención del agravamiento de la crisis, pero sin un claro impulso ascendente del creci- miento económico, que seguía siendo raquítico en los países El avance de la economía mundial, en estas dos fases, estuvo centrado casi exclu- sivamente en los llamados “países emergentes”, con especial dinamismo en

 

China, India y otros países asiáticos, y en menor medida Latinoamérica y África;

  • la fase actual, en la que parece resurgir el optimismo a partir de, por pri- mera vez, una sincronización del crecimiento económico en las mayores econo- mías desarrolladas, aunque en ningún caso se llega allí al 3% de crecimiento del PBI Lo que permite un crecimiento de la economía mundial algo por debajo del 4% es que ese moderado establecimiento de la actividad en EEUU, Europa y Japón empalma con una continuidad del dinamismo de los países asiáticos, aunque con un marcado retroceso en Latinoamérica y África a partir del fin del ciclo de precios altos de materias primas y commodities. Sin embargo, como señalamos, los pronósticos de los propios organismos financieros globales son de extremada cautela, por no decir desalentadores, respecto de la economía global hacia 2020 y más allá.
  • EL FMI Y LA OCDE: HOY OPTIMISMO, MAÑANA INCERTIDUMBRE

El informe anual de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Des- arrollo Económicos, un foro de 35 países que incluye a todos los desarrollados (y algunos “emergentes” que hacen buena letra) comienza en tono alentador señalando que en la economía global se verifica el mayor ritmo de crecimiento desde 2010, con una previsión de suba del PBI mundial del 3,9% para 2018 y para 2019, aunque advierte que esa evolución está “amenazada” por posibles medidas proteccionistas de EEUU (el informe es anterior al actual conato de “guerra comercial” declarada por Trump contra China). Como señalamos, la novedad es el crecimiento sincronizado para el conjunto de los países, en su mayoría desarrollados, que componen el G-20 (salvo Rusia). Pero esos pronós- ticos no presentan números rimbombantes ni mucho menos: para EEUU, un alza del 2,9% del PBI para 2018 y un 2,8% para 2019; Alemania, 2,4 y 2,2%, res- pectivamente, casi igual que la zona euro (2,3 y 2,1%), mientras que el Reino Unido sigue con un lánguido 1,3% para 2018 y un 1,1% para 2019. Obsér- vese que en todos los casos las previsiones para 2019 son algo más bajas que para este año. Punto, allí terminan las buenas noticias.

Las prevenciones que siguen dan como resultado un panorama bastante más oscuro de lo que hacía suponer el bienhumorado comienzo del informe. Por em- pezar, el PBI per cápita sigue por debajo de los niveles pre crisis (dato que re- coge Michael Roberts para reforzar su argumentación de que seguimos en la Larga Depresión post 2007). La mejora en 2017-2018 no alcanzará a compen- sar del todo las caídas anteriores, y el crecimiento del PBI para el mundo des- arrollado es modesto y sin claras perspectivas de sostenerse más allá de 2019. Eso no es todo. No sólo el incremento global de productividad sigue limitado, sino que la inversión para los “buenos años” 2018-2019 estará un 15% por debajo del nivel necesario para asegurar un incremento neto de capital produc- tivo al ritmo anual del período 1990-2007 (es decir, previo a la crisis). El pico de aumento del empleo podría darse ya este año y empezar a caer luego. Y más allá de alertar sobre peligros de recaídas en la crisis por el alto nivel de endeudamiento, lo más alarmante –y que relativiza todos los aspectos “positivos”

 

del informe– es el reconocimiento de que buena parte del crecimiento es ficticio, ya que no representa un aumento del volumen de producción, de ventas o del comercio, sino de activos financieros y propiedades (citado en M. Roberts, “Boom or bust?”, 1-12-17). Lo que no es de extrañar cuando el banco Goldman Sachs estima que los precios de activos financieros contra ganancias están en su mayor nivel desde 1990.

Esta tendencia relativa a la “propensión a especular” contrasta con la debi- lidad de fondo que muestran otros indicadores más vinculados a la economía real: “En EEUU, entre 2000 y 2015 la formación bruta de capital fijo aumentó a una tasa anual de apenas el 1,1%; en la zona del euro lo hizo al 0,6% anual; en Gran Bretaña al 1,5% y en Japón disminuyó el 0,6% anual. Por otra parte, en los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) la inversión se desaceleró con respecto a los altos niveles de los años del boom de los precios de las ma- terias primas (2003-2008). Y en los países atrasados de conjunto la inversión pasó de crecer al 10% en 2010 al 3,4% en 2015; y se volvió a desacelerar en 2016. Está por debajo no sólo de los niveles pre crisis, sino también por debajo del promedio de los últimos 25 años. En términos globales, la tasa de creci- miento de la formación de capital fijo se ha mantenido débil después de la re- cuperación de 2010” (R. Astarita, “Economía mundial en perspectiva”, 21-8-17. El FMI presenta una perspectiva muy parecida, salvo, si cabe, todavía más alarmista a mediano plazo. Las cifras de crecimiento mundial son prácticamente iguales a las de la OCDE, con la precisión de que el crecimiento de los “emer- gentes” volvería a ser el principal impulsor, con una previsión para ese grupo de una suba del 4,9% para este año y del 5% para 2019. Sin embargo, en ese mismo documento, “Perspectivas mundiales y desafíos políticos”, elaborado para la reunión del G-20 en Buenos Aires, advierte que “el impulso positivo esperado para 2018 y 2019 finalmente se ralentizará, lo que implica un desafío a mediano plazo para muchos países”.

Esto está en línea con el World Economic Outlook (WEO, o Panorama eco- nómico mundial) editado por el FMI en octubre pasado, que estima una tasa de crecimiento potencial del G-7 (los principales países occidentales) de 1,9% para 2018, 1,6% para 2019 y 1,5% para 2020. Y la proyección para 2022, a 15 años de 2007, es que el PBI del G-7 sea un 20% mayor que en dicho año.

Al respecto, y como para establecer un parámetro, Roberts recuerda que a 15 años de 1929, incluyendo los años de la Depresión, el PBI mundial había aumentado un 62%. Roberts compara la evolución respectiva de la Depresión de 1929 y la Gran Recesión de 2007 en EEUU y el G-7, y muestra que en el pri- mer caso el piso de caída del PBI llegó cinco años después de iniciado el pro- ceso, y alcanzó el 30%. Tomó 11 años volver al PBI de 1929, pero la recuperación a partir de allí fue muy rápida: en 1942, el PBI estadounidense es- taba un 20% por encima del nivel previo a la Depresión.

Esta dinámica de caída fuerte y larga, seguida de crecimiento también rá- pido y sostenido, es casi la opuesta a la que se verifica en la Gran Recesión. En este caso, el punto más bajo llegó antes (a los 3 años de iniciada) y fue mucho menos profundo: la caída del PBI no pasó del 5% respecto de 2007. Lo intere-

 

sante es que la curva de recuperación posterior es notablemente plana: el PBI de EEUU está, luego de 10 años, apenas un 7% por encima del punto de inicio de la Gran Recesión, y la previsión para cuando se cumplan los 13 años es que se ubique un 11-12% por sobre ese nivel. El gráfico que sigue muestra la evolu- ción del PBI del G-7, que siguió estrechamente la del de EEUU.

PBI del G-7 después de 1929 y de 2007

Porcentaje de variación desde el inicio del período

Las cifras inferiores (0-14) representan la cantidad de años desde el inicio de la crisis Línea de mayor descenso y ascenso: luego de 1929

 

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Línea plena y luego punteada: luego de 2007 (real y proyectada)

Fuente: Maddison Historical Statistics of the World Economy, World Economic Outllok 2017 (FMI), en M. Roberts, “Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17.

 

En este marco, y pese a los datos positivos para este bienio, nadie se atreve a hablar de “fin de la crisis”. Maurice Obstfeld, director de investigación del FMI, advirtió: “Los líderes políticos deben ser conscientes de que el impulso eco- nómico actual refleja una confluencia de factores que es poco probable que duren mucho tiempo. La crisis financiera mundial puede parecer atrás, pero sin una acción inmediata para abordar los impedimentos de crecimiento estructural, mejorar la inclusión y construir amortiguadores de políticas, la próxima recesión vendrá antes de lo esperado y será más difícil de combatir”. Según el WEO de enero de 2018, los riesgos para el pronóstico de crecimiento global parecen “ampliamente equilibrados en el corto plazo”, pero siguen sesgados a la baja en el mediano plazo (Ámbito Financiero, 22-1-18).

¿De dónde derivan esas prevenciones? El Fondo identifica los siguientes “ries- gos a la baja” que “se están acumulando”: “debilitamiento de la calidad credi- ticia”, “alto apalancamiento corporativo” (es decir, endeudamiento de las empresas) y “endurecimiento de las condiciones financieras de EEUU” (léase suba de tasas de interés de la Reserva Federal, con la consiguiente dificultad para seguir endeudándose barato).

Pero lo peor viene a partir de 2020, con una caída del PBI orden de un tercio de la crisis entre 2008 y 2009 y una caída global del PBI del 1,7% entre 2020 y 2022. El FMI advierte la llegada de un “momento Minsky” (llamado así en homenaje al economista ruso que sintetizó la idea), es decir, cuando el mer- cado y los consumidores llegan al pico del crecimiento no sostenible y la espe- culación, en una espiral de deuda, con un colapso de valores de empresas y bursátiles como resultado.

Crecimiento anual del PBI de los países del G-7

Proyecciones del FMI

Línea plena: datos confirmados Línea punteada: proyección del FMI

Fuente: FMI, “World Economic Outlook”, octubre 2017.

 

Esta falta de optimismo obedece a que el éxito de las medidas de contención de una depresión durante la Gran Recesión tuvo el paradójico resultado es que “dejó el trabajo de las reformas profundas a medio hacer, sobre todo en el te- rreno de regulación del sector financiero que fue liberalizado en el período 1980- 2000. Se atacaron bien los síntomas, pero se mantienen las vulnerabilidades y los elementos fundamentales del sistema que generaron la crisis. El sector finan- ciero fue tratado con relativa suavidad”, y de hecho hoy su participación en el PBI de EEUU es mayor que en 2007 (TE 9071, “A lost decade”, 16-12-17).

Por supuesto, lo que quedó “a medio hacer” fue la labor “saneadora” de las crisis en materia de destrucción de capital sobrante que ya no puede generar ganancia a la tasa necesaria y por lo tanto debe ser quitado del camino. Este capital es no sólo innecesario sino nocivo para el conjunto del ciclo de acumu- lación y reproducción, ya que representa una carga adicional para los capitales “sanos y activos”. Pero eso es lo que no ocurrió, en parte porque los bancos fue- ron “tratados con relativa suavidad”…

Por otra parte, el compromiso inestable con el conjunto de la masa de capital (tanto el que sigue generando una adecuada tasa de ganancia como el que no) que representaron las medidas de rescate y estímulo fiscal, además de no resolver el fondo de la cuestión, introduce nuevos desbalances y posibles “vías de contagio” que, al no distinguir los capitales por su calidad y potencial acumulativo, ex- ponen a los “sanos” a las patologías de los “enfermos”. Volveremos sobre esto.

Un amago de “momento Minsky” que no pasó a mayores pero que es un anticipo de la facilidad con que se puede saltar de la euforia al pánico fue el mini crash de Wall Street y el resto de las bolsas del mundo a principios de fe- brero. También fue un recordatorio de que hay una burbuja de valuaciones bur- sátiles, “con un índice CAPER [sigla en inglés de la ratio entre precio de la firma y ganancias anuales, ajustada por ciclos. MY] de 33,4, contra un promedio his- tórico de 16,8. Se suma a eso que el recorte impositivo de Trump va a implicar un fuerte déficit fiscal que deberá ser financiado con bonos públicos. Esos bonos, justamente para competir con las acciones, deberán pagar un interés más alto. Y eso puede castigar el futuro crecimiento al aumentar el costo del financiamiento para productores y consumidores” (TE 9078, “Boo!”, 10-2-18).

Respecto de este episodio, Roberts propone una comparación con las crisis bursátiles de 1987, 2007 y 1937. Concluye que en 1987 la rentabilidad del ca- pital estaba en un ciclo ascendente, lo que permitió una rápida recuperación, mientras que en 2007 la rentabilidad del capital venía en baja, lo que profun- dizó el desarrollo de la crisis. Ahora bien, aunque en 2018 las ganancias totales vienen en recuperación y el sistema financiero no está tan bajo presión como en 2007, las debilidades subyacentes asemejan la situación actual, según Ro- berts, a la de 1937: un capitalismo en recuperación desde la Gran Depresión pero todavía por debajo del pico de 1926.

La conclusión del susto (“Boo!”) de febrero es, para Roberts, en primer lugar, que las tendencias del próximo período estarán dictadas por la economía de EEUU y no por ninguna otra. Y en segundo lugar, que cualquier eventual recaída seguramente no será disparada por un zafarrancho inmobiliario o bancario, sino por el sector privado no financiero (esto es, industrial y de servicios). La masa de ganancia en los países más desarrollados se sigue recuperando, pero la deuda de las empresas (corporate debt) sigue siendo una espada de Damocles sobre la economía, porque no sólo no se ha reducido sino que sigue aumentando a ni- veles cada vez más peligrosos, incluso en comparación con 2007. En efecto, un estudio de Standard & Poor’s sobre una muestra global de 13.000 empresas con- cluye que las que exhiben un alto nivel de apalancamiento (en este caso, una ratio de deuda/ingresos superior a 5) son ahora un 37% del total, contra un ya elevado 32% en 2007 (aunque en EEUU bajó del 42% al 27%).

Resume Roberts: “La masa de ganancias en las economías más importantes sigue subiendo y las tasas de interés, de inflación y de aumento salarial siguen bajas en términos históricos. Esto debería aminorar el colapso de los precios del capital ficticio (que siguen altos). Pero la dirección de la tendencia de ganancias, tasa de interés e inflación podría cambiar pronto” (“Stock market crash: 1987, 2007 or 1937?”, 6-2-18).

Otros economistas coinciden con este diagnóstico que empieza rosa claro y ter- mina gris oscuro. Para Dale Jorgensen, es probable una recuperación de dos o tres años, pero “se establecerá una tendencia de largo plazo a un crecimiento econó- mico más lento. El principal impulsor real del crecimiento no es la innovación o la inversión en nueva tecnología, sino mayor inversión en equipos y tecnología exis- tentes” (M. Roberts: “ASSA 2017, part one: Productivity and inequality”, 9-1-17).

La consultora internacional KPMG, una de las más influyentes del mundo, es más específica aún a la hora de identificar las amenazas al crecimiento mundial a mediano plazo. Su economista jefe, Constance Hunter, dio en la conferencia Global Interdependece Center en Buenos Aires, en el marco de la reunión del G-20, una serie de definiciones a tener en cuenta. Sobre el pronóstico de creci- miento global, señala que “es la primera vez que el mundo se está expandiendo desde 2007, pero es una espada de doble filo porque hay muchas regiones que tienen limitaciones de capacidad. Por otro lado, en Europa hay demasiada ca- pacidad ociosa. Mirando la economía de EEUU, todo parece perfecto: bajas tasas de interés, baja inflación y mercado laboral en crecimiento. Pero esta si- tuación no puede durar porque es frágil. Para el corto plazo, la expectativa es favorable, pero para el mediano se espera que la tendencia sea a la baja, por- que llegaremos a un punto donde tendremos restricciones de capacidad y des- embocaremos en una recesión”.

Ahora bien, ¿en qué consiste esa “restricción de capacidad”? Para Hunter, sobre todo, en una combinación de insuficiente fuerza de trabajo y baja pro- ductividad: “Las proyecciones indican que el crecimiento del PBI en los próximos años será menor, por dos cuestiones. Primero, el incremento de la población ac- tiva ha disminuido en muchas partes del mundo, mientras que la productividad se ha desacelerado. El segundo problema está relacionado con que es difícil medir la productividad y los economistas todavía están tratando de entenderla. Adhiero a la postura de que no está bien comprendida. ¿Existe alguna relación entre el crecimiento de la fuerza de trabajo y la productividad? Quizá es como afirma Robert Gordon y ya se han desarrollado todos los buenos inventos, ya que nunca tendremos los mismos beneficios que adquirimos con la penicilina, las tuberías y la electricidad. Pero hay muchos inventos que están desarrollán- dose, como la inteligencia artificial y los vehículos autoconducidos, que podrían aumentar la productividad. Éste es el gran misterio y el Santo Grial” (Ámbito Fi- nanciero, 13-8-18). En el capítulo 4 trataremos los temas a los que remite esta asombrosa (también por honesta) confesión de desorientación.

Roberts resume la coyuntura como una recuperación desigual, en la que el grueso del aumento de ingresos ha ido al 10% e incluso al 1% más rico, mientras que los salarios reales de la amplia mayoría, en los países desarrollados, se es- tancaron o cayeron. Lógicamente, el 1% de los mayores ingresos incluye los activos financieros cuyos precios están en plena burbuja. De allí que identifique dos gran- des obstáculos en el camino de un mayor crecimiento. Uno es que la rentabilidad sigue raquítica. En EEUU está por debajo de niveles pre crisis e incluso de 2014, en Europa subió muy poco y sólo en Japón la rentabilidad es mayor que en 2006. La masa global de ganancias empresarias se recuperó un poco sólo si se incluye a China, en un tono general de mediocridad. El otro es el endeudamiento general, que tanto preocupa al FMI –habla de “un mundo más apalancado” –, y en parti- cular la deuda privada del sector no financiero, que asciende al 235% del PBI mundial (M. Roberts, “Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17).

A esto deben agregarse perturbaciones ya más mixturadas con factores po- líticos, como el potencial efecto de la suba de la tasa de interés sobre la deuda de los países emergentes, la incertidumbre que generan las espasmódicas polí- ticas comerciales –por no hablar de las geopolíticas y militares– de Donald Trump y el súbito enfriamiento del entusiasmo por las compañías tecnológicas luego del escándalo de las filtraciones de Facebook, que derrumbaron el valor de su acción y pusieron sobre la mesa la necesidad de crecientes regulaciones al flujo de datos en Internet. Como se ve, una resistencia popular a recetas de ajuste no aparece en el radar del FMI, omisión miope e irresponsable que ya le ha costado caro al organismo en términos de credibilidad.

Pero incluso dejando de lado estos elementos, ya la combinación de deuda con bajo crecimiento económico y mayores dificultades para devolver los cré- ditos es suficientemente preocupante para el mundo desarrollado. De allí las advertencias del FMI en cuanto al nivel de apalancamiento y el costo creciente de endeudarse ante la suba de tasas de interés. El endeudamiento a niveles de burbuja, el bajo crecimiento de la productividad y la baja rentabilidad di- fícilmente impulsen un ciclo de mayor inversión y crecimiento capitalista soste- nido, lo que en buena medida explica la prognosis más bien sombría del FMI pasado el trienio de lenta recuperación. En resumen: después del invierno de la Gran Recesión y el otoño del crecimiento mediocre, esta muy tímida prima- vera no parece que vaya a dar paso a un luminoso verano sino, más bien, a otro otoño frío y gris.

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