memoria y justicia

Duhalde y la Masacre del Puente Pueyrredón

Los asesinatos de Darío y Maxi y la salida capitalista del Argentinazo.

Redaccion
Equipo de redacción del portal IzquierdaWeb.


20 de diciembre del 2001

Cayó De la Rúa y los altos mandos de la política burguesa se lanzaron rápidamente a tratar de capitanear el barco en la tormenta. Las jornadas en Plaza de Mayo y otros puntos del país habían dejado 35 muertos por las balas policiales y un gobierno derrocado por la movilización popular.

El poder del estado capitalista había quedado suspendido de tal manera en el aire que los presidentes se sucedieron rápidamente de forma tal que no hubiera sido raro enterarse que uno había asumido cuando ya había renunciado.

De un lado, una catástrofe social insondable, una crisis que había dejado millones de vidas en la más absoluta miseria, un tendal de desocupación, miseria y desesperación pocas veces vistas. En ese clima insoportable, el aire irrespirable de la miseria más absoluta hizo levar una de las rebeliones populares más profundas de la historia argentina. Del otro lado, una clase dominante que buscaba desesperadamente retomar el timón. Y encontró su hombre fuerte en Eduardo Duhalde, un “bombero” que quiso apagar el incendio a balazos.

Sin ser electo por nadie más que el personal político de la clase dominante, Duhalde se convirtió en presidente por ser uno de los más importantes representantes del aparato de gobierno capitalista. Máximo dirigente del PJ, fue el segundo de Menem durante todo su período presidencial, dos veces gobernador y candidato presidencial en el 99 de la continuidad del menemismo. Era un nexo de peso entre los gobernadores provinciales, los municipios, las fuerzas policiales, los poderes legislativo y judicial: un hombre de estado con peso dirigente de hecho sin necesidad de los votos que lo avalen.

Duhalde ensayó una salida represiva y autoritaria al 2001, imponiendo una fuga hacia delante de ajuste con el plan de aplastar a sangre y fuego al movimiento piquetero, protagonista de las jornadas de lucha que conmovían al país y culminaron con la salida de De la Rúa.

El ensayo autoritario y represivo tuvo su punto más alto el 26 de junio del 2002, con la Masacre del Puente Pueyrredón.

La masacre fue fríamente preparada.

 

26 de junio de 2002

Las organizaciones piqueteras habían convocado a una jornada de lucha con cortes en los principales accesos de la Capital Federal.

Los medios de comunicación incitaban descaradamente a que se respondiera los reclamos con las balas para restaurar el “estado de derecho”. El aparato de estado se alineaba claramente en ese sentido luego de la asunción de Duhalde como presidente interino. Querían aplastar al sector más combativo del movimiento piquetero luego de haber acordado una “tregua” con las organizaciones mayoritarias, siempre dispuestas a los acuerdos con la clase dominante, la CCC y la CTA. En los primeros días de junio el ministro de Defensa, el radical Jaunarena, junto con el jefe del Ejército propusieron cambiar las leyes para que las fuerzas armadas puedan intervenir en el conflicto social. El 17 de junio Duhalde decía «Los intentos de aislar la capital no pueden pasar más». El martes 25 el jefe de gabinete Atanasof declaró que «utilizaremos todos los mecanismos posibles para hacer cumplir la ley, para evitar que la capital quede aislada».

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Darío Santillán, en el momento antes de ser baleado cobardemente

El relato oficial, repetido hasta el hartazgo, fue que se había tratado de un “enfrentamiento entre piqueteros”. Ese mito fue repetido hasta por “dirigentes sociales” como el repugnante D’Elía.

En la zona del Puente Pueyrredón había varios helicópteros sobrevolando el lugar, fuerzas policiales y de la prefectura apostados sobre un puente que le da una visibilidad de kilómetros, del otro lado una columna de por lo menos de mil personas desplazándose cuadras y cuadras por la avenida que desemboca a espaldas de los policías apostados en la subida del puente, y enfrentados a otra columna de miles. Evidentemente, estos escasos policías comandados por Franchiotti, el asesino, eran un señuelo para justificar la cacería. Los infiltrados policiales que causaron destrozos e incendiaban colectivos con molotov disfrazados de desocupados eran parte de la puesta en escena.

Los resultados son por todos conocidos: dos muertos, cientos de compañeros heridos, 20 con heridas de bala de plomo, cerca de doscientos detenidos, persecuciones hasta a 2 kilómetros de los hechos, el allanamiento a un local del Partido Comunista. Ningún policía herido y el agente policial Leiva fue identificado como provocador incendiario.

Ese día pasaron a la historia de la lucha de los trabajadores y sectores populares los nombres de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. El primero había sido herido de muerte por la primera oleada de balas de plomo con la que la policía recibió al piquete. Mientras la mayoría de los movilizados se dispersaba frente a la represión, Darío se quedó al lado de Maxi para asistirlo, para no dejarlo solo. Allí, fue rodeado por un grupo de policías y baleado a sangre fría.

Una re las imágenes más repugnantes de la jornada. Un policía sonriente junto a Kosteki agonizante.

A los medios «independientes» les tocaba dar crédito a la versión gubernamental–policial. Durante todo el miércoles y el jueves siguientes la patronal de la información pública mintió, y fue parte de la campaña política del gobierno, fiel a sus intereses de clase. «La crisis causó 2 nuevas muertes», titulaba Clarín el 27; «No se sabe aún quiénes dispararon contra los piqueteros», afirmaba con letras más chicas en la misma tapa. La Nación fue un poco más allá y en un primer título de tapa ni siquiera aclara de qué lado fueron los caídos. «Dos muertos al enfrentarse piqueteros con la policía». Más abajo empieza a dejar clara su opinión: «Grupos de izquierda destrozaron negocios y quemaron autos y colectivos». Y en otra nota en la misma tapa, le da crédito al gobierno: «El gobierno asegura que fueron infiltrados. Bajo sospecha dos grupos piqueteros». Aníbal Fernández justificó la masacre diciendo que el “plan de lucha” de los movimientos piqueteros era un “cronograma de hostilidades”. A pesar de que los trabajadores de los medios que cubrieron los hechos llegaban a sus lugares de trabajo con la evidencia en sus ojos, en sus cámaras y en su piel, los dueños de la información guardaron bajo llaves durante 36 horas las evidencias de los asesinatos, hasta que la suerte del zarpazo represivo estuvo echada.

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Clarín el día siguiente

El tiro por la culata

Los organizadores del corte -Bloque Piquetero Nacional, Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados, la Coordinadora de Trabajadores desocupados Aníbal Verón y Barrios de Pie-, junto a organizaciones de izquierda y de derechos humanos convocan para el día siguiente a una marcha unitaria contra la represión. La FTV-CCC no convocaron. La marcha, con más de 15.000 personas y una nutrida participación de las asambleas populares, puso en la mira al responsable de la masacre: el gobierno de Duhalde. Allí la balanza comenzó a darse vuelta rápidamente.

Las evidencias fotográficas y fílmicas fueron publicadas y el repudio a la represión y al gobierno ganó las calles del país. El miércoles 3, en el marco de un paro convocado por la CTA, se organiza a una movilización unitaria donde más de 30.000 personas hacen sentir su repudio y sonó nuevamente el «que se vayan todos». El 9 de julio, una multitud confluye en la Plaza de Mayo: Asamblea populares, la mayoría de los sectores de desocupados salvo la FTV-CCC, los partidos de izquierda y otras fuerzas, en una jornada que puso al “bombero” contra las cuerdas.

La suerte del primer intento represivo estaba echada. Los trabajadores y el pueblo le infligieron una derrota al gobierno dejándolo más débil. La respuesta a la masacre echó la suerte del gobierno de Duhalde: anunció su salida anticipada y la convocatoria a elecciones. A partir de ahí la burguesía se vio obligada a ensayar otra salida: las concesiones y el “progresismo”. Se abriría paso en adelante el kirchnerismo. Curiosamente, esta salida diferente estuvo a cargo de casi el mismo personal político que el intento represivo y autoritario.

Lo fundamental, que determinó el curso posterior de la historia argentina, es que no hubo una derrota de las masas rebeldes en lucha. Hubo cooptación, pacificación, concesiones pero no derrota. Ese hecho sigue cruzando las peleas de la clase trabajadora argentina ahora. Pero Duhalde lo intentó, quiso imponer a sangre y fuego una derrota a las organizaciones populares. La reivindicación de su rol como “bombero” por parte de Alberto Fernández debería ser un apremiante llamado de atención.

 

 

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