El partido dominante de una democracia burguesa sólo cede la defensa de la minoría a otro partido burgués, mientras que al proletariado, en todo problema serio, profundo y fundamental, en lugar de «defensa de la minoría» le tocan en suerte estados de guerra o pogromos. Cuanto más desarrollada está la democracia, tanto más se acerca al pogromo o a la guerra civil en toda divergencia política peligrosa para la burguesía… podía haber advertido esta «ley» de la democracia burguesa en el caso Dreyfus en la Francia republicana, en el linchamiento de negros e internacionalistas en la democrática República de los Estados Unidos, en el ejemplo de Irlanda y de Ulster en la democrática Inglaterra,en la persecución de los bolcheviques y en la organización de pogromos contra ellos en abril de 1917 en la democrática República de Rusia.

V. I. Lenin

 

Ya no hay dudas: lo que sucede en Estados Unidos no es una explosión esporádica, no es rabia momentánea por un solo asesinato, no es algo casual y poco duradero. El humo negro de la comisaría incendiada en Minneapolis fue como los vapores previos a la erupción volcánica, la anticipación de que de las entrañas más profundas de la tierra se gestaba una inmensa explosión. La rebelión nace y crece de las raíces más profundas de las relaciones sociales capitalistas yanquis. Sus consecuencias serán necesariamente de larga duración y plantearán el cuestionamiento a las bases mismas de los Estados Unidos. Que explotadores y opresores miren con autosuficiencia los acontecimientos, tranquilos porque esto nunca antes había sucedido. La convicción de que el volcán nunca había entrado antes en erupción no salvó a los habitantes de Pompeya.

La persistencia de las movilizaciones y la radicalización de sus métodos, incluso bajo amenaza de militarización, nos dicen ya claramente que la rebelión llegó para quedarse. Esto es así incluso en el caso de que temporalmente descienda en algún momento y de manera temporal la tensión en las calles por falta de perspectivas claras. Semejante posibilidad serviría para reflexionar sobre qué pasó y qué hizo falta, funciona como la marea que retrocede antes de abrir paso a una inmensa ola. Todas las rebeliones necesitan pasar por ese momento.

Las masas en lucha ya pusieron sobre la mesa que no quieren seguir soportando esa vida arrastrada día a día en el barro de la opresión, de la brutalidad policial, de la explotación, el maltrato, la pobreza y los sufrimientos cotidianos. Necesariamente, como sus pares rebeldes en el resto del mundo, chocaron con el régimen político, con las fuerzas represivas, con el aparato de estado, con todos los canales de contención institucional de la voluntad popular que, tan aceitados, hay en Estados Unidos.

No obstante, la empalizada de contención “democrática” fue desbordada por la inmensa marea. El ala “izquierda” del régimen, los demócratas, tímidamente intentan erigirse en representantes de los reclamos de la calle para sacarlos de ahí y llevarlos al laberinto electoral. No lo han logrado, haciendo de Obama y Biden poco más que comentaristas impotentes de los acontecimientos. En este momento hay una situación de “equilibrio” en la que las instituciones no han sido del todo superadas pero a la vez son incapaces de contener la situación. El choque con las instituciones de la “democracia” es más concreto y “físico” cuando se trata de la policía.

Como ya hemos dicho, tratándose de una potencia cuyos tentáculos alcanzan cada rincón del planeta, la rebelión en Estados Unidos y su triunfo interesan a las masas de todo el mundo. La estabilidad interna de la “democracia” capitalista estadounidense, el “consenso” de su dominación de dos siglos y medios, han sido fundamentales para su constitución como primera potencia mundial. La fachada democrática interna fue fundamental para erigirse como dictador del planeta. Cuando todavía se sostiene el mito del “sueño americano”, aun cuando la vida diaria dice día a día que no es cierto, el consenso masivo con el sistema político hace de la explotación y opresión interna, así como de la dominación externa, inmensamente estables. Es una posibilidad cierta que la estabilidad de esa importante columna en la dominación de la burguesía estadounidense haya sido conmovida en sus mismos cimientos, sin por eso estar derrotada.

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Pero los reclamos expresados por la calle no entran en los parámetros de lo aceptable por la democracia capitalista estadounidense. La ficción de “decidir” se ha puesto en evidencia como tal en estos días: el racismo estructural de los Estados Unidos no se ha terminado y para ser cuestionado seriamente es necesario hacer saltar sus paredes de contención. Si las vivencias de todos los días parecen hechos sueltos desconectados entre sí, la explosión de la rebelión puso en evidencia que es un problema eminentemente político y generalizado. Ni aun luego de 8 años de mandato de un presidente negro fue capaz el régimen político de terminar con el racismo. La democracia capitalista es maleable, pero no puede ni quiere tocar ni mover las relaciones sociales de opresión que son parte necesaria de su propia dominación. A lo sumo puede “hacer como si”, como fue el caso de Obama: ocho años de “como si” no hubiera racismo.

Distinto es el caso de los reclamos de las clases medias blancas reaccionarias que sirvieron de base social de Trump: si bien sus necesidades económicas y su decadencia no fueron resueltas, su reclamo de ultrajar y humillar a quienes ven como sus sirvientes e inferiores naturales fue ampliamente contenida y medianamente satisfecha. Una franja de la clase capitalista podía hacer uso de eso para imponer su orientación al país, una manera más salvaje y clara de explotación y opresión capitalista.

El racismo es estructural al capitalismo norteamericano, el reclamo por ponerle fin necesariamente rompe con sus bases sociales. Por eso la lucha antirracista tuvo que salir de sus marcos para poder realmente imponer su agenda más allá de promesas electorales que nadie cumple y nadie se toma en serio.

La democracia capitalista yanqui es una de las más longevas del mundo, de las que más arraigo en las tradiciones políticas de masas tiene. Nadie piensa en superarla y todo reclamo que la supere es visto como “imposible”: hace una semana que la calle puso en evidencia que lo imposible se ha vuelto necesario. Y lo necesario, entonces, necesita pasar por arriba de las instituciones que lo ahogan.

Para las masas oprimidas negras, la democracia capitalista sólo ha tenido balas para ofrecer, para las bandas fascistoides de supremacistas blancos, apoyo y protección.

Así, la descripción del funcionamiento de la democracia capitalista hecho por Lenin en 1918 en la cita que encabeza este artículo demuestra tener una brillante vigencia: la oposición, el debate, el disenso es sólo aceptable en los marcos de lo que la burguesía quiere y está dispuesta a aceptar. La rebelión necesita derribar a hachazos esos marcos.

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Esto está muy lejos de ser una tarea fácil. La tradición política “democrática” en Estados Unidos está tan arraigada que hasta pudo contener en su seno a un movimiento de rasgos fascistas como hacía mucho no se veía. Las bandas de clase media blanca ultra reaccionarias tuvieron en Trump la satisfacción a sus reclamos sin necesidad de eliminar el circo de las elecciones y los derechos democráticos básicos. A diferencia del fascismo propiamente dicho, no tenían en frente a ningún movimiento de masas organizado al que aplastar, sino a millones de decepcionados y dispersos por los ocho años de gestión demócrata de Obama. A su vez, el millón de artimañas de las instituciones para evitar que ese descontento se exprese de otra manera funcionaron de manera muy aceitada.

La situación abierta con el estallido en Minneapolis puso en el ojo de todo a Donald Trump. Se trataba de un gobierno que venía fuerte hasta el estallido de la pandemia y la rebelión lo hace temblar por todo lo que representa: es el presidente más reaccionario y descaradamente racista que ha habido en mucho tiempo. Él en sí mismo representa una regresión brutal a las formas más violentas de dominación blanca con el apoyo de las heces del supremacismo racista que salieron de las cloacas con su llegada a la presidencia.

La necesidad imperiosa de superar lo permitido por la institucionalidad sumado a que ésta esté encabezada por un descarado representante de todo lo combatido por las masas sufrientes rebeladas impone que la agenda gire en torno a que Trump tiene que caer.

Semejante acontecimiento tendría por primer resultado forzar a las huestes del atraso y la opresión a volver a sus cuevas. Pero, más importante aún, lograría barrer parcialmente con los límites impuestos por el régimen político a los reclamos de la calle.

Sería también una inmensa experiencia, un shock de conciencia y perspectivas para millones y millones, incluso los que hoy siguen en sus casas, escépticos: no sólo para alcanzar los objetivos populares no es necesario apelar a algún funcionario demócrata, sino que hacerlo no es más que un laberinto sin salida.

Para las masas de otros países, la caída de Donald Trump significaría una ola de esperanza para la transformación del mundo como hace mucho no se ve. Los marcos de “lo posible” podrían empezar a romperse en todos los rincones. Simbólicamente, cientos y miles de millones podrían ver cara a cara que los límites impuestos por sus propios regímenes políticos no son insuperables. ¡Si el gobierno norteamericano puede caer, nada hay en este mundo que no sea pasajero!

Materialmente, esa inmensa potencia que es el imperialismo norteamericano perdería ampliamente su margen de acción en el mundo, paralizada por la caída de su propia cabeza.

La democracia capitalista es flexible y pondría rápidamente en funcionamiento sus mecanismos de contención, haciendo de Trump un chivo expiatorio para salvar al conjunto del sistema. Pero no hay duda de dos cosas: 1. Todos sus funcionarios quedarían ampliamente debilitados y 2. Las masas habrían hecho una inmensa experiencia con esa “democracia”.

En definitiva, la caída de Donald Trump podría abrir las puertas a un nuevo mundo, en el que las masas de todos los rincones del planeta podrán saber por experiencia propia, presente, palpable, al alcance de la mano, que no hay nada, absolutamente nada, que no puedan lograr.

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