Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


A Macri no le queda prácticamente ninguna bandera por arriar. El gobierno que iba a eliminar la inflación trajo la inflación más alta desde la hiper de Alfonsín y Menem; los que no iban a devaluar llevaron el dólar de 9,70 pesos a 62; los que se burlaban del (mini) default de Cristina trajeron uno mayor y preparan uno gigante; los que se jactaban de levantar el cepo K volvieron a ponerlo (pero más inefectivo y peor hecho); los que ponderaban la recomposición de reservas las están liquidando a pasos acelerados y, finalmente, los grandes defensores de la libertad económica tuvieron que poner un corralito a las Letras del Tesoro y un control de capitales (también aquí, menos efectivo y peor hecho). La ironía del caso es que todas estas calamidades económicas –unas anteriores y otras posteriores al 12 de agosto– no sólo no han terminado, sino que preanuncian otras que perfectamente pueden sobrevenir.

Empecemos por la última medida, el control de cambios y el cepo (relacionados, pero distintos). Las jornadas febriles del jueves 29 y viernes 30 (la crisis, como se ve, se sigue midiendo en días, no en semanas) dejaron abierta la puerta del abismo de la evaporación de las reservas vía el retiro de depósitos en dólares de ahorristas particulares al borde del pánico. Inclusive, y pese a que es verdad que el sistema financiero está más sólido que en 2001 (1), una continuidad de esa dinámica (que hay que seguir) puede transformar la crisis cambiaria en crisis bancaria, es decir, en caída en dominó de bancos.

El nivel de retiro de depósitos fue tan tremendo que ya el viernes a la tarde quedó claro para todos que si el gobierno no implementaba alguna medida fuerte ya desde el lunes, la catástrofe financiera era cuestión de una semana. De hecho, la caída a la vez de reservas del Banco Central y del volumen de dólares privados en los bancos dejó en un segundo plano absoluto a lo que parecía el problema principal, la cotización del dólar. La fragilidad de la economía macrista es tal que las vías de acceso de las infecciones son múltiples, y es difícil bloquear todas.

En efecto, el “reperfilamiento” / default de letras en pesos buscaba disminuir el volumen de pesos disponibles para demandar dólares y así tirar para arriba el precio de la divisa, el mismo objetivo que el límite de 10.000 dólares mensuales para las compras de particulares. Pero, como veremos, esto no detiene la salida de dólares y el derrumbe de las reservas, que deben ser reconstituidas vía otra medida odiosa para el macrismo: el control de capitales y la reposición del plazo a los exportadores para que liquiden dólares comerciales. Basta que una sola de estas suturas se abra para que vuelva el vértigo.

Pongamos en cifras este tembladeral. Al miércoles 4, las reservas habían caído, desde el 11 de agosto, casi 15.000 millones de dólares, y están hoy en un total de algo más de 51.000 millones. Es sabido que las reservas reales y disponibles para atajar problemas cambiarios son una cifra muy inferior, acaso la cuarta parte de eso. El resto son los 19.000 millones de dólares en moneda china y otros ítems no utilizables o ya comprometidos para pagos de deuda.

Lo alarmante ahora es que una parte importante de esas reservas no disponibles, los “encajes” de los depósitos en dólares –es decir, el porcentaje de esos depósitos que los bancos privados y públicos deben dejar inmovilizados en el BCRA–, se derrumban al ritmo del retiro de esos depósitos que van a cajas de seguridad o al colchón. Y ese ritmo es demencial: sin contar los datos muy importantes del viernes 30 y de esta semana (2), esos depósitos cayeron de 32.000 a 27.700 millones de dólares, un 15% del total, en sólo 13 jornadas, y la cuenta sigue.

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Los anuncios del domingo parecen, a primera vista, apuntar a calmar a esos sectores de clase media y alta al borde de un ataque de nervios, aunque la torpeza de decir que “nadie tendrá problemas para retirar sus dólares” más bien alentó el desbande de lunes y martes. Pero hay otros problemas, como veremos enseguida.

 

Cepo versión Macri: molesta y no sirve

El economista Walter Graziano dio una definición muy sintética del cepo cambiario: es “un intento de nacionalizar el superávit comercial” (Ámbito Financiero, 4-9-19). Expliquemos. Un gobierno que impone un cepo cambiario del tipo que sea lo que busca es retener y administrar las divisas originadas, en países como Argentina, casi exclusivamente en las exportaciones, evitando que “el mercado” las saque del país legalmente (remisión de dividendos a casas matrices, por ejemplo), ilegalmente (vía evasión fiscal) o las saque del circuito económico local (atesorando en bancos o en cajas de zapatos). Estos mecanismos son lo que se llama “formación de activos externos” (FAE), y se lo considera “fuga de capitales”, aunque estrictamente muchas veces no salen del país y ni siquiera del sistema bancario.

El cepo kirchnerista era una versión bastante pura de este control indirecto del flujo de divisas. La versión macrista es más pequeña, más suave y por eso mismo más ineficaz. Recordemos que el cepo K ponía límites a la compra de particulares para ahorro ya a partir de los 500 dólares. El tope de Lacunza de 10.000 dólares mensuales, para los objetivos que se propone, es demasiado alto.

¿Por qué? Repasemos. La cantidad de compradores de dólares por mes promedia el millón y medio de personas (menos del 5% de la población adulta). Pero de ese millón y medio, más de la mitad compra 500 dólares o menos, y otros cientos de miles compran hasta un máximo de 2.000 dólares. El límite Lacunza de 10.000 dólares afecta sólo a… 26.000 personas. Ahora bien, si puede seguir comprando dólares la misma cantidad de gente que antes, salvo esos 26.000, ¿a cuánto puede llegar la FAE por mes? Pues, haciendo un cálculo muy conservador, de 1,5 millón de compradores mensuales a un promedio de sólo 1.000 dólares, nos da 1.500 millones de dólares mensuales para “ahorro”/atesoramiento/fuga sólo de particulares, sin hablar de las empresas. Esta cifra excede largamente el superávit comercial actual, logrado a costa de sangre, sudor e importaciones pisadas no ya por la pistola de Guillermo Moreno como en la era K sino por la recesión. Con lo que, en criollo, este cepo no sirve para nada, salvo, tal vez, mantener a raya a la clase media dolarófaga de aquí a octubre, mientras el verdadero peligro está en el volumen de reservas.

Como resume con ironía Graziano, “el kirchnerismo había hecho un cepo para garantizarse poder pagar la deuda externa, mientras que el supuesto librecambista Macri instala uno para subsidiar la fuga de capitales, aumentando el riesgo de impago de la deuda” (cit.). Porque, aclaremos, el mecanismo más claramente orientado a la clásica fuga de capitales, el llamado “contado con liqui”, o “dólar cable”, que consiste en comprar aquí en pesos acciones de compañías que cotizan en Wall Street y liquidarlas en esa plaza en dólares –como tampoco el “dólar MEP”, de operatoria similar pero dentro del país–, no han sufrido la menor restricción.

 

La izquierda debe tallar con su programa anticapitalista

A todo esto, con la cotización ridícula de los bonos de deuda soberana argentina –en el exterior muchos de esos bonos valen 32-35 dólares por cada 100 de valor nominal, que es un precio de default–, ya empezaron a revolotear los buitres oliendo reestructuración forzada y, para ellos, negoción. El riesgo país en 2.500 puntos –es decir, para endeudarse el país debería pagar una tasa de interés del orden del 27% anual– y el nivel absolutamente prohibitivo de los seguros contra default indican que para “los mercados” internacionales la cesación de pagos está casi descontada.

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La lista de penales que debe atajar Lacunza es infinita: mantener la cotización del dólar, contener el nivel de reservas, cuidar que no se desplomen los depósitos en dólares que amenazan las reservas, reestructurar las Letras del Tesoro, impedir que explote la bomba de las Letras del Banco Central (Leliq), impedir la espiralización de la inflación, negociar con los acreedores de bonos soberanos, cumplir con el FMI (¡ojo que el BCRA empezó a emitir pesos de nuevo, después de muchos meses!)… Y cualquiera de esos penales que termine en gol puede conducir a hiperdevaluación, hiperinflación o default en regla.

Mientras tanto, en el país real, crece el hambre, los salarios se detonan y la actividad económica no encuentra piso. Todo este panorama no hará más que dejarle a Alberto Fernández mucho trabajo sucio hecho, pero tal vez demasiado. Como dijimos en otras oportunidades –y como ya empiezan a reconocer, en voz baja, los kirchneristas–, la herencia macrista puede ser demasiado pesada para un nuevo gobierno que pretenda enfrentar los desafíos de 2020 con las recetas de 2003.

Ante esta situación, la izquierda puede tener una oportunidad inmensa, aunque no precisamente en el plano electoral. La profundidad de la crisis, que sólo admite comparación con las de 1989-90 o 2001-2002, puede abrir las compuertas a una radicalización política. El carácter destructivo e inhumano de las “soluciones” capitalistas puede quedar al desnudo con mayor rapidez de lo que pensamos si la crisis pega nuevos saltos.(3) Algo que está totalmente dentro de la agenda de posibilidades, y de allí la necesidad de poner sobre la mesa el programa de medidas anticapitalistas, empezando por lo primero: ruptura del acuerdo con el FMI y, nacionalización de la banca y el comercio exterior bajo control de los trabajadores. A lo que debe seguir la afectación de los derechos de propiedad de los grandes capitalistas, que son los que de verdad se robaron un PBI con la evasión fiscal y la fuga de capitales, y medidas de protección de la población trabajadora, como la indexación de salarios por el costo de vida y la prohibición de despidos y cierres.

La crisis apremia, el gobierno está groggy y la oposición kirchnerista no ofrece ninguna salida de fondo más que resignarse a “dos primeros años difíciles”, como ya empiezan a decir. Puede ser la hora de la izquierda, no en las urnas sino en las calles.

 

Notas

  1. En 2001, por obra y gracia de la convertibilidad, todos los depósitos en pesos podían considerarse depósitos en dólares, lo que dejaba mucho más expuestos a los bancos (y al Banco Central) a una corrida de depósitos. De allí que el corralito, la restricción a los retiros de depósitos, fuera brutal: no más de 250 pesos.
  2. Los chantas macristas eliminaron hace tiempo el informe diario de las reservas del BCRA con el detalle de los rubros de entrada y salida. Ahora ese dato sólo lo dan con 72 horas de atraso, y en el día sólo anuncian el número final de reservas, con la obvia intención de ocultarle información al “mercado” y al periodismo. Vaya defensores de la “transparencia”.
  3. ¿Cómo debe interpretarse otra nueva sorprendente declaración de Grabois, el muy responsable operador papal en los movimientos sociales, en el sentido de que “hay que hacer una reforma agraria” y que “nadie debería poseer más de 5.000 hectáreas”? Por supuesto, no es para ponerse a teorizar una “radicalización” de Grabois, sino para señalarlo como síntoma. En todas las crisis profundas es cuando lo otrora impensable empieza, de pronto, a poder decirse (y cuando se vuelve sentido común, se está a las puertas de una revolución).

 

 

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