Durante la jornada se registraron caídas no vistas desde el lunes negro de 1987, y en las bolsas europeas, la caída al cierre fue la peor desde octubre de 2008. El volumen negociado fue el más alto desde el derrumbe de 2008 (señal o de euforia total o de pánico), con una caída del rendimiento de los bonos del Tesoro (producto del “vuelo a la calidad”, es decir, el activo financiero al que todos recurren como “seguro” en medio de la estampida) como no se veía desde noviembre de 2008. Esto se reflejó en el desplome de la tasa de interés de los bonos del Tesoro yanqui, a mínimos históricos del 0,38% para el bono a 10 años y de 0,97% para el bono a 30 años. El llamado índice de volatilidad (VIX), que la semana anterior había preocupado tras superar los 20 puntos (cuando todo el año pasado estuvo por debajo de 10; 30 puntos se considera volatilidad peligrosa) directamente explotó hasta los 60 puntos. Para no hablar de la crisis específica desatada por la desavenencia entre dos de los mayores productores de petróleo, Arabia Saudita y Rusia, sobre el curso a seguir, con la resultante de  un derrumbe en el precio del petróleo a niveles de la Guerra del Golfo de 1991, lo que amenaza volver inviable casi toda la producción de petróleo “shale” o de esquisto, incluido el enorme volumen de EEUU y, por supuesto, la de Vaca Muerta en Argentina. Como reconoció al New York Times un ejecutivo del fondo BlackRock, el mayor del planeta, “hoy la incertidumbre es mayor que en el pico de la crisis financiera de 2008” (R. Astarita, “¿Hacia una depresión global?”10-3-20).

Recién el martes 11 la OMS ha declarado que la epidemia de corona virus se trata de una pandemia, es decir, un brote de una enfermedad que afecta a todo el mundo de manera simultánea. No había margen para seguir demorando esa decisión: en dos semanas, la lista de países afectados pasó de unos 50 a más de 100. Probablemente esa reticencia se debió a que la sola palabra “asusta a la gente, paraliza la toma de decisiones y sugiere que ya no hay posibilidad de contención” (The Economist, “Flattening the curve”, 29-2-20).

Desde ya, al gran capital de todos los países el costo en vidas humanas del virus Covid-19 no le preocupa en absoluto. El centro de sus angustias es el impacto sobre el crecimiento económico mundial, el comercio, la producción, las comunicaciones y, pronto, el impacto político en términos de eventuales protestas populares.

Las previsiones a la baja de la actividad económica mundial son generalizadas y, lo que es más alarmante, cada semana que pasa trae nuevos ajustes de esas previsiones en un sentido más negativo. El ejemplo más obvio es el del FMI. El último Panorama Económico Mundial, informe periódico que elabora el organismo varias veces por año, fue de octubre pasado, con un pronóstico de crecimiento global del 3,3% del PBI. En enero, ya iniciada la epidemia, lo bajó apenas al 3,2%. Una actualización de febrero ya estimaba un 2,9%. Y en las últimas declaraciones disponibles, del 4 de marzo, Kristalina Georgieva, titular del Fondo, tiró la toalla: no se atrevió a dar cifras, pero reconoció que “nuestro escenario base ya no se aplica. Analizamos escenarios más adversos”.

Otros voceros autorizados del capitalismo tienen menos timidez. Por ejemplo, la OCDE, una organización de 36 países, casi todos desarrollados, ya había bajado su estimación de crecimiento (menos optimista, o más realista, que la del FMI) del 2,9 al 2,4% para 2020, pero advertía que un agravamiento del brote del Covid-19 podía dejar esa cifra en apenas el 1,5%. Por su parte, la consultora Oxford Economics estimaba el impacto negativo del Covid-19 en 1,3% del PBI mundial.

En tanto, el Instituto de Finanzas Internacionales (sigla inglesa IIF), ente orientado por los grandes bancos y entidades financieras del mundo, anunció que recalculaban el crecimiento de China a apenas 3,7% (hace décadas que no baja del 6%) y el de EEUU (cuya economía, según Trump y sus apologistas, está mejor que nunca) al 1,3%, con un crecimiento global de sólo el 1% para 2020, el peor desde 2009 y que representaría un descenso del PBI per cápita mundial (en M. Roberts, “Disease, debt and recession”, 5-3-20).

Otros ven un panorama ya directamente de recesión. Incluso antes del agravamiento del brote en los primeros días de marzo, The Economist advertía: “Si la pandemia es como una gripe muy severa, los modelos apuntan a un crecimiento económico global de dos puntos porcentuales menos a lo largo de 12 meses, quedando [la tasa de crecimiento de 2020] alrededor del 1%; si es todavía peor, la economía mundial podría achicarse” (“Going global”, 29-2-20). En el mismo sentido, una consultora muy respetada del establishent, Capital Economics, luego de recortar tardíamente su pronóstico para 2020 al 2,5%, aclaró que si el brote se convierte en una pandemia (algo que la OMS ya reconoció, como vimos), el resultado “podría ser tan malo como en 2009, cuando el PBI mundial cayó el 0,5%” (M. Roberts, cit.).

 

Una propagación del virus sin techo a la vista

Cuando comenzó el brote en China, parecía un problema chino, no global. Tanto las previsiones económicas como sanitarias partían de la base de que no habría mayor afectación global, y que el impacto más serio para la economía mundial sería la desaceleración china. En esto, se estimó que el Covid-19 seguiría aproximadamente el patrón del brote anterior del SARS en 2003. Algo empezó a oler mal en este diagnóstico cuando se vieron las draconianas medidas tomadas por el gobierno chino (la cuarentena más extensa y masiva de la historia humana), que aun así llegaron un poco tarde. Es verdad que ahora en China la expansión del virus parecería controlada o incluso en retroceso. China tuvo unos 80.000 de los 100.000 primeros casos, más de 65.000 en la provincia de Hubei, con una tasa de mortalidad del 2,9%. Pero en el resto de China (1.300 millones de habitantes), hubo sólo 13.000 casos con una tasa de mortalidad del 0,4% (datos de The Economist a fines de febrero) lo que demuestra que la cuarentena efectivamente reduce decisivamente tanto el contagio como la tasa de mortalidad.

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Ahora bien, la cuarentena significa detención de la actividad habitual, laboral y por lo tanto económica. Como el capitalismo no se caracteriza por su sensibilidad social y sí por el afán de lucro, la cuarentena fue vigorosamente rechazada por el gran capital –y por ende, por los gobiernos– en países que ahora se ven bajo una amenaza mucho más seria.[1] Los casos más obvios son EEUU y, especialmente, Italia, donde la desidia oficial (alimentada por los reclamos de las entidades empresarias) para tomar medidas de restricción permitió la difusión del virus a niveles récord que lo convierten, desde el punto de vista del Covid-19, en el país más peligroso del mundo. La cuarentena en Italia llegó muy tarde y mal implementada (aunque es difícil lograr en un país europeo occidental el nivel de control social que exhibió el Partido Comunista Chino en su manejo de la crisis), y las previsiones para Italia, la tercera economía de la eurozona, que ya venían muy flojas, apuntan ahora a la recesión hecha y derecha.

No obstante, la verdadera mala noticia es que no parece haber un horizonte claro de contención de la pandemia. Se confiaba en que la retirada del frío en el hemisferio norte ayudara, pero eso no termina de suceder y mientras tanto el virus ya abarca más de la mitad de los países del mundo. El escenario ya no es “pasar el invierno + contención de daños”, sino que ahora prima la incertidumbre respecto de todo: la tasa de propagación del virus, la profundidad de las medidas sanitarias para contenerlo y el tiempo “económicamente perdido” para la actividad industrial y comercial. Por ende, la cuantificación del impacto económico es ahora mucho más incierta que hace sólo dos o tres semanas. En buena medida, la constatación de esa falta de certidumbres fue la que terminó de golpear a ese sensor distorsionado, pero sensor al fin, de la economía mundial que son las bolsas de valores.

 

Una economía con “menos defensas” y más vulnerable

Un anticipo del crash bursátil del lunes fue la, para muchos, sorpresiva medida de la Reserva Federal (el Banco Central de EEUU) de bajar de golpe la tasa de interés en medio punto, partiendo de niveles que ya estaban históricamente bajos y que ahora rondan apenas el 1% anual. Esta medida habitualmente se toma para estimular la actividad económica y cuando se teme una recesión, como ocurrió luego de la crisis de 2008-2009. Pero el efecto inmediato fue echar un baldazo de agua fría a la euforia de Wall Street, que venía de batir récord tras récord. Menos de una semana después, la Bolsa yanqui acusó el impacto.

Ahora el FMI hace llamados desesperados a los gobiernos del mundo para encarar “una respuesta internacional coordinada” como en 2008 para enfrentar la crisis. Es verdad que hubo relativa coordinación en 2008 (aunque EEUU reaccionó inmediatamente, mientras que a la Unión Europea le llevó casi tres años tomar medidas más de fondo). Incluso China colaboró. Pero era, sencillamente, otro mundo, por varias razones. Primera, esa relativa armonía internacional quedó hecha jirones bajo la ola proteccionista y chauvinista de Trump, el Brexit (y su hijo Boris Johnson) y demás “populismos” que desconfían de la globalización.

Segunda, la economía mundial nunca se terminó de recuperar y está ahora en una situación mucho más frágil para enfrentar una nueva crisis, con deterioro del comercio mundial y baja de precios de las commodities, que ponen en situación mucho más vulnerable a los países de la periferia.

Tercera, hay un agotamiento de los instrumentos financieros para enfrentar una recesión, como la baja de tasas, que ya estaban en niveles muy bajos, a lo que se agrega un preocupante volumen de deuda, especialmente de las empresas (pero también de muchos estados). De ahí que la única propuesta sobre la que parece haber cierto consenso, la inyección de dinero público para estimular una actividad que venía floja y será ahora aún más raquítica: “El FMI, la OCDE, el Banco Mundial, etc., claman que los gobiernos tomen medidas. El FMI ofreció 50.000 millones de dólares como fondo de emergencia. La castigada Italia anunció una inyección de 4.000 millones de dólares, lo que significará que incumplirá las reglas fiscales de la eurozona [algo que hasta hace poco era motivo de pujas entre la UE y el gobierno italiano. MY]. El nuevo gobierno británico seguramente incrementará el gasto, incluso a expensas de la ‘regla de oro’ de equilibrar el gasto fiscal. (…) Hasta el siempre fiscalmente prudente gobierno alemán anunció un aumento del gasto” (M. Roberts, “Let’s get fiscal!”, 9-3-20).

Ahora bien, estas propuestas de expansión fiscal, dejando de lado el hecho de que abandonan el catecismo neoliberal de “equilibrio fiscal”, “austeridad” y afines, no son una alternativa viable para la gran mayoría de los países “emergentes”, a los que no les sobra precisamente plata para revolear. Se trata de una “salida” que sólo está disponible para algunos (y no todos) de los países ricos, que por otra parte adoptarían así la política exactamente contraria de la que ellos mismos venían predicando a los países de la periferia. Y éstos, por su parte, van a mirar con la ñata contra el vidrio cómo los ricos se preparan para enfrentar la próxima recesión con instrumentos que a los pobres les están vedados.

En este contexto, “la crisis crediticia, el llamado credit crunch, es la gran amenaza real. Una cadena de impagos y temores de bancarrota nos puede instalar de lleno en una recesión como Dios manda” (J. Siaba Serrate, Ámbito Financiero, 9-3-20).

El problema de fondo, que por otro lado muchos venían advirtiendo desde hace al menos dos años, es que como no hubo un verdadero ciclo de expansión económica tras la crisis de 2008-2009, sino sólo un crecimiento muy desigual –raquítico en los países desarrollados, algo mayor en Asia, muy bajo en África y América Latina, especialmente en los últimos años–, la economía mundial estaba mucho peor preparada para otro cimbronazo estilo Lehman. En este caso, no se trató de un evento propiamente económico, pero estaba claro que  las debilidades y fragilidades del capitalismo global del último lustro implicaron siempre –contra la euforia de las Bolsas, especialmente Wall Street– lo dejaban cada vez más expuesto a cualquier “cisne negro”.

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A esto se suman factores que hemos tratado en otras oportunidades, empezando por los más estructurales, como la reducción o estancamiento de las tasas de ganancia, de inversión y de productividad. [2] También el peso de la deuda: John Plender, del Financial Times, luego de dar cuenta de la ratio deuda/PBI alcanza un récord del 322% (datos del IIF), observa que “la implicancia, si el virus se sigue difundiendo, es que cualquier fragilidad en el sistema financiero puede potencialmente disparar una nueva crisis de deuda” (en M. Roberts, 5-3-20).

 

Perspectivas: la cosa ya venía mal, y ahora empeora

El potencial destructivo de la combinación de la citada fragilidad económica y un “cisne negro” como la pandemia del corona virus no tomó de sorpresa, en verdad, al establishment global. De hecho, en la última reunión del G-20 en Riad, Arabia Saudita, abundaron alertas que nadie recogió. Aunque Kristalina Georgieva, en su nuevo rol global de Dra. Pangloss [3], todavía confiaba en que el impacto del Covid-19 sería “relativamente menor y de corta duración” –que los cielos le conserven ese optimismo para renegociar la deuda argentina…–,

otros, como el ministro de Finanzas francés Bruno Le Maire, dejaban abierta la cuestión de “si habrá una rápida recuperación en forma de V de la economía mundial o si conducirá a una L, con una desaceleración persistente del crecimiento mundial”[4], mientras que su par japonés Taro Aso llamaba a redoblar urgentemente el estímulo fiscal bajo la forma de gasto público (M. Roberts, “G-20 and Covid-19”, 23-2-20).

Por lo pronto, algunos gobiernos han debido, pesarosamente, jubilar al cocodrilo neoliberal de su billetera fiscal para anunciar estímulos directos o indirectos, especialmente al consumo (una de las primeras reacciones fue la del gobierno de Hong Kong, que prometió directamente transferencias de dinero a todos los adultos). Sucede que a) esas medidas en general aún no se tomaron, b) sólo los países ricos podrían hacerlo, lo que seguramente irá en detrimento de las economías “emergentes”, y c) incluso en ese caso, faltaría verificar que sean realmente eficaces.[5] Como señalaron varios economistas, el “arsenal de defensa” del capitalismo global estaba más bien montado contra una contracción de la demanda (esto es, del consumo), no de la oferta (la producción, golpeada por el parate económico que generan la cuarentena y la baja del comercio y el transporte mundiales). Frente a eso, como dijo el vice director del Banco de Inglaterra, Jon Cunliffe, “no es mucho lo que podemos hacer” (M. Roberts, 5-3-20).

Esta melancólica conclusión podría ser compartida por buena parte de los gobiernos y entidades financieras que tienen en sus manos los destinos de la política económica en las grandes potencias capitalistas. La crisis desatada por el corona virus sólo puede ser considerada un “cisne negro” (es decir, un acontecimiento negativo altamente impredecible) si se dejan de lado las múltiples señales de alerta que venía dando la economía capitalista global y que irresponsablemente muchos, empezando por los mercados bursátiles, prefirieron ignorar. En verdad, más que un acontecimiento enteramente “externo”, puede ser considerado un catalizador de tendencias irracionales en la economía que estaban pidiendo a gritos un correctivo. Sin duda, el aspecto clínico de la pandemia tiene su costado específico (y preocupante, porque no está nada claro que esté bajo control), pero es deshonesto intelectual y políticamente desligarlo de las profundas contradicciones que venían madurando –y pudriéndose– en la economía global, y que ahora están cada vez más expuestas a la luz del día.

Las incógnitas son incontables, desde la evolución misma de la pandemia –con su impacto concomitante en el crecimiento, o decrecimiento, económico global– hasta cómo responderán los gobiernos, las cadenas globales de valor… y los trabajadores afectados por el frenazo económico que inevitablemente sobrevendrá. ¿Quién pagará la cuenta mayor de ese costo?

No es nada descabellada la relación que empiezan a plantearse amplios sectores del establishment global entre la crisis del corona virus y sus eventuales repercusiones políticas: los gobiernos van a estar bajo la presión de responder tanto en lo sanitario como en lo económico y social, y cualquier paso en falso puede motorizar, con la velocidad del rayo que da una situación tan delicada, reclamos contra las desigualdades e injusticias que queden obscenamente al descubierto. Los gobiernos de China y de Italia ya temen lo frágil que puede volverse su situación si un manejo equivocado o una protección de privilegios estallan en indignación popular. Pronto serán muchos más los que deberán poner las barbas en remojo.

 

Notas

  1. Michael Roberts cuenta espantado: “¡Escuché decir en los niveles ejecutivos del capital financiero que si morían muchas personas ancianas e improductivas eso podía impulsar la productividad porque sobrevivirían los más jóvenes y productivos!” (“Disease, debt and depression”, 5-3-20)
  2. Ver nuestro texto “Estado y perspectivas de la economía mundial”, en Socialismo o Barbarie 32/33.
  3. El Dr. Pangloss en un personaje de la novela Cándido, de Voltaire (1759), que personificaba en forma satírica la postura del filósofo alemán Gottfried Leibniz de que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”.
  4. Esas letras grafican la eventual curva o gráfico de la evolución de la economía: una V significa caída profunda con rápida recuperación; una U, caída, estancamiento y luego recuperación rápida; una W, una sucesión de alzas y bajas; una L, caída y estancamiento sin recuperación, etc. Digamos de paso que no se mencionaba este alarmante alfabeto desde los peores años de la crisis global.
  5. La lista de países “emergentes” con serios problemas de crecimiento económico, y cuya performance en 2019 estuvo igual o por debajo incluso de la nada impactante tasa de los países desarrollados, incluye a Brasil, Turquía, Sudáfrica, México, Arabia Saudita Argentina, Rusia, Nigeria y Tailandia, por nombrar sólo los más importantes de la lista (M. Roberts, “Let’s get fiscal!”, 9-3-20).

 

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