Izquierda internacional

La izquierda revolucionaria en la Argentina y Brasil

 Un debate fraterno con Valerio Arcary.

Dirigente y teórico de la corriente internacional Socialismo o Barbarie.


Otros arriesgaron que la experiencia con los límites de los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff sería más acelerada, y permitiría el fortalecimiento de un partido revolucionario independiente y sin mediaciones: una importación para Brasil del modelo idealizado de autoconstrucción de la izquierda argentina, igualando el lulismo al peronismo”

Valerio Arcary, “Boulos e o futuro da esquerda”, esquerda on line, 30/11/20

El compañero Valerio Arcary, integrante de “Resistencia” -corriente interna del PSOL en Brasil- ha venido publicando una serie de notas sugerentes referidas a las perspectivas de la construcción revolucionaria en su país con muchos elementos de comparación y analogía con la Argentina que son bienvenidas porque permiten una reflexión1.

Valerio parte de señalar algo muy importante, que a veces se olvida, y es que los destinos de la izquierda revolucionaria en la Argentina y Brasil, en Brasil y la Argentina, están estrechamente asociados; son indisociables como bien afirma él.

Sin embargo, y más allá de una serie de caracterizaciones correctas, Valerio introduce también, y de manera subrepticia, una serie de sutiles afirmaciones que nos parecen incorrectas sobre todo en materia de construcción revolucionaria.

Está claro que el compañero polemiza, sobre todo, con sus ex compañeros/as del PSTU (Partido Socialista de Trabajadores Unificado). Sin embargo, hace extensiva su reflexión a las corrientes de la izquierda en la Argentina colocándoles –colocándonos- de manera abusiva una serie de connotaciones negativas: “lógica de autoconstrucción”, “partidos-fracción”, “sectarismo argentino”, etcétera, afirmaciones que dichas así, tan en general, son equivocadas y también peligrosas para la construcción revolucionaria en su país.

El análisis comparativo y las analogías entre países son fundamentales. Sobre todo hoy, además, en este mundo globalizado cuando ninguna construcción y ninguna estrategia pueden ser puramente “nacionales”. Por lo demás, el análisis comparado hecha luz sobre aspectos que, quizás, se nos pasaría de largo con un estudio “exclusivista nacional”.

Valerio tiene en su cabeza, además, parte de la “memoria histórica” de la corriente de la cual proviene él -así como muchos de nosotros también-: la corriente histórica morenista, que a comienzos de los años ‘80 llegó a su apogeo con una importante acumulación militante en ambos países, y que sobre todo en Latinoamérica era una corriente internacional real.

Por otra parte, luego del estallido del viejo MAS hacia finales de dicha década, el PSTU junto con la LIT (Liga Internacional de los Trabajadores) de los años ‘90 y 2000 entró en una “congeladora”, revelándose incapaz de sacar conclusión alguna de los acontecimientos históricos ocurridos con la caída del Muro de Berlín.

Como subproducto de estos desarrollos y, claro está, del impacto de la lucha de clases internacional y nacional, el PSTU terminó estallando en los años 2015/2016 debido a su equivocada posición en relación al golpe parlamentario que depuso a Dilma Rousseff (venía acumulando ya todo tipo de desaciertos internacionales y nacionales).

De esa experiencia nació Resistencia, la corriente que integra Valerio, que luego de romper con el PSTU -con una posición correcta- se integró como corriente interna del PSOL.

Claro que no pretendemos dedicarnos aquí a los elementos de balance histórico-estratégico de conjunto que no forman parte de estas notas del compañero. Pretendemos debatir, sí, algunas de sus definiciones, las que nos parecen más equivocadas desde el punto de vista estratégico sin agotar toda la riqueza de sus notas. Un contrapunto que pretendemos realizar en el espíritu de un debate fraternal y no esquemático o fraccional.

Brasil y la Argentina

El compañero Valerio establece una serie de comparaciones entre la dinámica de la Argentina y del Brasil en las que, en general, coincidimos. Más allá de la envergadura diversa de ambos países y de la puesta en pie del MERCOSUR que estableció una cierta dinámica de mercado común e integración industrial en las últimas décadas, la trayectoria política de ambos países en las últimas décadas ha tenido puntos de contacto pero también ha sido, efectivamente, bastante distintas.

La dictadura brasilera fue menos sangrienta que la argentina pero su salida fue pactada; amortiguada. En la Argentina los militares hicieron un genocidio con 30.000 desaparecidos, pero su caída fue subproducto de una oleada de movilizaciones democráticas que dejaron desprestigiadas y heridas a las FFAA hasta el día de hoy (atentos que, por oposición, lo militares en Brasil gozan de amplio prestigio popular2).

A finales de los años ‘70 Brasil vivió un ascenso obrero como no se vio en la Argentina en ningún momento posteriormente al clasismo de los años 1970. Pero la conformación de la CUT (Central Única de Trabajadores) y del PT (Partido de Trabajadores), al mismo tiempo que inicialmente fueron grandes conquistas de la clase trabajadora (conquistas reformistas, claro está), fueron progresivamente reabsorbidas por el régimen burgués; integradas a su funcionamiento normal.

Tanto en la Argentina como en Brasil los años ‘80 fueron de crisis e inestabilidad y los años ‘90 configuraron, grosso modo, y en ambos casos, una década reaccionaria.

Sin embargo, a comienzo de los años 2000 las dinámicas se volvieron divergentes. La salida del neoliberalismo menemista se produjo por la vía del Argentinazo, una rebelión popular que sentó relaciones de fuerzas que están presentes -en términos generales- hasta hoy.

En Brasil, el triunfo electoral de Lula a fínales del 2002, fue parte de un operativo de contención / mediación para evitar una rebelión popular. Asumió lo que a nuestro modo de ver fue un gobierno burgués atípico –no estrictamente un gobierno de frente popular como se lo definió en su momento desde el PSTU- donde a cargo del gobierno nacional quedaron las organizaciones del movimiento de masas en coalición con la burguesía, con direcciones que ya venían probadas durante más de una década en la gestión del sistema capitalista (intendencia en San Pablo y otras ciudades, acuerdos de cogestión en la industria automotriz, traición de la histórica huelga petrolera de 1995, etcétera).

Las jornadas revolucionarias de diciembre del 2001 en la Argentina renovaron la experiencia de la amplia vanguardia en el país y dieron lugar a toda una serie de nuevas experiencias de lucha y organización independientes; se dinamizó enormemente toda la izquierda en términos generales (las experiencias de lucha y organización yendo más lejos que la conciencia política amén de darnos una “gimnasia revolucionaria” bastante constante3). Mientras tanto, en Brasil, la enorme vanguardia de los años ‘80 (la que puso en pie el PT y la CUT, incluso la que construyó el PSTU y las demás tendencias de la izquierda revolucionaria), fue envejeciéndose y no logró renovarse hasta cierto punto debido a las condiciones objetivas: la inhibición, por responsabilidad de la burocracia lulista, de un nuevo ascenso de la lucha de clases. (Llama la atención que Valerio nunca le atribuya el carácter de burocracia a la capa dirigente del PT y la CUT, una cuestión que retomaremos más abajo.)

Valerio señala que en la última década se dieron dos procesos contrapuestos en Brasil que reabrieron la dinámica política luego del apaciguamiento de la lucha de clases bajo los gobiernos de Lula. En 2013 ocurrió un masivo desborde popular-juvenil por la izquierda del gobierno de Dilma Rousseff cuyo procesamiento político fue complejo debido que la experiencia se procesaba con un gobierno que se decía “de los trabajadores”…

Por otra parte, reelecta Rousseff, en los años 2015/6 comenzaron movilizaciones de masas desde la derecha reaccionaria que derivaron en un golpe parlamentario que terminó deponiendo al gobierno de Dilma llevando a la asunción de Michel Temer, su vice, que comenzó a imponer contrarreformas profundas y reaccionarias, y posteriormente a la elección del gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro.

Si el péndulo también se fue para el lado reaccionario en la Argentina bajo Macri, su gobierno no puede compararse con Bolsonaro: constituyó un gobierno agente directo del empresariado, reaccionario, de derecha, pero de ninguna manera de extrema derecha como el ex capitán brasilero.

En total, y desde los años ’80 (aunque no exactamente a finales de los ’70) las relaciones de fuerzas en la Argentina han sido más favorables que en Brasil. En esto también pesa la envergadura burguesa del país: la clase burguesa brasilera, la burguesía “sub-imperialista” implantada en Brasil y el lugar del propio país en el dispositivo imperialista mundial, es, sin duda alguna, más “pesado” que lo que son todas estas categorías en la Argentina, además de ser mucho más complejo y descentralizado el país. El peso del AMBA en la Argentina (la Capital Federal más los suburbios proletarios del gran Buenos Aires) le da una centralidad estratégica a la política, a la lucha de clases trabajadora e, incluso, un impacto político de la izquierda revolucionaria incomparablemente mayor que en el país hermano, lo que habla de la “magia” de la centralidad de la política que en el caso argentino se realiza casi plenamente potenciando nuestras corrientes más allá de nuestro peso orgánico real.

Más allá de matices y de hincapiés varios, nuestros análisis generales de las relaciones de fuerzas relativas variadas en cada caso son semejantes. No es en esto en lo que disentimos con el compañero Valerio.

El peronismo y el PT

Vayamos ahora a un análisis comparado del peronismo y el PT. Tienen tanto trayectorias históricas distintas como diverso carácter de clase. El peronismo fue inicialmente un movimiento nacionalista burgués fundado en los años 1940 que fue transformándose -a lo largo de las décadas- en un partido neoliberal en los años ’90 y tomando un perfil progresista bajo el kirchnerismo.

En conjunto con la histórica burocracia sindical adscripta a él (un aparato muy fuerte que sigue teniendo el control del núcleo más concentrado de los trabajadores4), viene controlando el movimiento obrero desde hace décadas. Es verdad, sin embargo, que en el camino quedó mayormente la identificación política de esas mismas masas como peronistas “hechas y derechas” por así decirlo, aunque no su empalme con los criterios reivindicativos y sindicalistas, que no han sido superados (hará falta una verdadera revolución para dejarlos atrás).

El PT es un fenómeno más reciente y nunca tuvo un perfil antiimperialista claro (al principio sí de manera difusa, como los demás puntos “democrático populares” de su programa). Fue en sus orígenes un partido reformista de los trabajadores, no un partido burgués. Pero fue transformándose progresivamente, con su adaptación al régimen capitalista, en un partido obrero-burgués, o más bien, burgués-obrero actualmente dominado por un funcionariado pequeño-burgués burocrático.

Valerio parece señalar una definición similar pero, en realidad, no coincidimos con él cuando afirma que el PT no tiene relación orgánica con ningún sector burgués. Se trata de una definición economicista porque no hace falta que el partido represente una fracción económica determinada de la burguesía para tener vínculos orgánicos con ella, sino que esta vinculación pasa por la mediación del Estado burgués, de ser parte orgánica de su administración a lo largo de un período histórico de tiempo. Sin mencionar que muchos de sus cuadros pasaron a administrar Fondos de Pensiones, pequeñas y medianas empresas de comunicación y asumieron cargos importantes durante los gobiernos del PT, integrando a varios de sus miembros a la condición de clase media alta o directamente burguesa.

De cualquier manera, es un hecho que como fenómenos de adscripción política del grueso de los trabajadores y trabajadoras (otra cosa es la juventud en general y el movimiento de mujeres, negros, etcétera) ninguna de las dos experiencias ha sido superada. Han existido vaivenes históricos con tendencias eventualmente a la ruptura de franjas de masas con ellos –tendencias que finalmente no se terminaron confirmando hasta ahora- así como momentos de recuperación de su hegemonía sobre las masas.

Si estos vaivenes han sido más visibles en la Argentina, esto es así en gran medida por lo que afirma el propio Valerio: la Argentina vivió, eventualmente, situaciones pre-revolucionarias en las últimas décadas que no ocurrieron en Brasil.

Valerio señala que el PT difícilmente pueda “refundarse” hacia la izquierda, aunque no cierra la puerta del todo. En la Argentina, todas las hipótesis de construcción populista –por llamarlas de alguna manera- han sido absorbidas por el peronismo, el kirchnerismo y el actual gobierno de Alberto Fernández. Criticar a la izquierda argentina por “autoconstrucción” –aunque existan prácticas sectarias de autoconstrucción en su seno, lo que es otra cosa- tiene el peligro de arrojar “el agua sucia con el niño adentro”, como dice el dicho.

Porque la vía del desarrollo independiente de la izquierda revolucionaria argentina ha sido la única vía real en las últimas décadas con sus alcances y límites; que tienen que ver con la experiencia de la lucha de clases y, también, con los aciertos y errores de cada corriente pero que no condenan, como tal, la estrategia independiente5.

De ahí que sea un grave error contraponer experiencias nacionales diversas de la manera sumaria en que lo hace Valerio. Porque en vez de defender opciones tácticas eventualmente diferentes en función de las circunstancias diversas de tiempo y lugar, opciones muy atendibles, parece tirar por la borda cualquier idea de una estrategia independiente, en este caso dentro del PSOL…

Estrategia y táctica

En su balance del PSTU Valerio comete un error de gravedad: confunde aspectos tácticos -si bien muy importantes- con aspectos estratégicos. No es verdad que la izquierda en la Argentina se haya abierto un espacio independiente por una lógica de autoconstrucción sectaria; es decir, sin bases reales y objetivas.

La Argentina no es idéntica a Brasil en relación a la experiencia con el peronismo y el PT. Si en la Argentina la izquierda trotskista se abrió un espacio político independiente real, esto ha sido como subproducto de una lucha histórica –y no solo en las últimas décadas- donde se demostró equivocada la estrategia de construirse dentro del peronismo y acertada la orientación de construirse de manera independiente.

Este no es un logro del FIT o del nuevo MAS; un logro de una táctica u otra puramente electoral, sino algo mucho más estratégico que viene de décadas atrás con un capítulo importante con la experiencia del viejo MAS y antes aún con la pelea de organizaciones como el PST y Política Obrera e, incluso, con las iniciales experiencias de fundación del trotskismo en el país.

Aunque determinadas corrientes tengan efectivamente una lógica insoportablemente sectaria y de autoconstrucción, reducir la cuestión a eso es un grave error político: parece negar, tout court, la posibilidad misma de construcción independiente (la palabra “autoconstrucción” le otorga una necesidad “caprichosa” y no objetiva a la cuestión).

Tenemos por saldada la discusión de la independencia organizativa de la izquierda argentina con relación al peronismo y nos parecería un retroceso histórico caer en posiciones como las de algunos ex dirigentes del viejo MAS desmoralizados, que se pasaron al populismo o al chavismo y no lograron resultados dignos mención, todos al costo de entregar la independencia política6.

Otra cosa distinta es el caso de Brasil. La construcción de corrientes independientes política y organizativamente en el interior del PT, como fue el caso del morenismo en los años ‘80, fue fundamental para que no se capitulase, diluyese y desmoralizase la izquierda revolucionaria (como sucedió con el SU mandelista), para que se pudiese sostener un núcleo de cuadros revolucionarios en Brasil. No hace falta desechar todo camino independiente para defender la correcta orientación de construirse hoy en el PSOL.

Valerio señala las pocas posibilidades de “reforma revolucionaria” del PT hoy, cuestión en la que coincidimos. También subraya el agotamiento de la experiencia del PSTU, lo cual parece plausible dada toda la serie interminable de desaciertos políticos y constructivos de dicha organización.

Pero de ahí a condenar toda experiencia de construcción independiente como “autoconstrucción”, es reducir a cuestión organizativa un problema político. El PSOL mismo es una organización reformista de izquierda. ¿Qué le propone a su organización el compañero? ¿Disolverse totalmente dentro del PSOL y abandonar cualquier construcción como corriente independiente en su seno?

Eso podría ser correcto si el PSOL tomara un rumbo decididamente revolucionario (una especie de frente único revolucionario). Pero nos parece que eso ya sería exigirle demasiado y no está en los cálculos de nadie.

Nuestra corriente en Brasil milita dentro del PSOL y consideramos que, a pesar de todas sus contradicciones y limitaciones, este partido amplio cumple hoy mayormente un rol político progresivo. Ahí está para certificarlo la última campaña electoral con Boulos en San Pablo.

Pero no nos parece que sea correcto tomar la hipótesis de que el PSOL como tal, en su conjunto, vaya a evolucionar como corriente revolucionaria. Lo que no niega, insistimos, que el PSOL sea efectivamente hoy su vía de desarrollo. Al contrario, la construcción de fuertes corrientes políticas revolucionarias al interior del PSOL es condición necesaria para que ese partido pueda mantener su papel progresivo en la lucha de clases, en la medida en que por su evolución y la debacle petista tiende a asumir cada vez más responsabilidades políticas.

Hay todavía otra teorización que desliza sutilmente Valerio y nos parece equivocada: la crítica a lo que él llama el “partido-fracción”. Según Valerio, toda construcción de una corriente internacional, toda afirmación de una determinada identidad político-programática constituiría un “partido-fracción”, incapaz de confluir con nadie: “El destino de la izquierda revolucionaria en Brasil y la Argentina es indivisible. Pero el modelo de tendencias internacionales como extensión de un partido-fracción con un centro en Buenos Aires no es promisorio. Un centro en San Pablo no cambia nada, y nunca fue menos desanimante. Ya fue intentado más de una vez, y mismo cuando parecía exitoso, estaba equivocado. Fue solamente la antesala de impasse insuperables. El internacionalismo exige una coordinación, pero ella impone la necesidad de una lúcida y paciente articulación anticapitalista más amplia” (“A esquerda revolucionaria no Brasil e na Argentina”, esquerda on line, 13/12/20).

El internacionalismo exige coordinación, cierto. También es cierto que hace falta una lúcida y paciente articulación anticapitalista y de ahí, por ejemplo, que nuestra corriente internacional esté planteando la necesidad de una Conferencia Anticapitalista que desde donde mejor podría convocarse hoy es, sin duda, desde el PSOL.

Por otra parte, si Resistencia o Valerio no ven perspectivas en constituirse en corriente y / o tendencia internacional están en su derecho. Pero la reducción de problemas teóricos-estratégicos y políticos a meros problemas de organización nos parece un error (atentos de no hay manera hoy de tener perspectivas estratégicas sin al menos elementos de balance de la experiencia pasada).

No existe contraposición en constituirse en corriente internacional sobre la base de una experiencia común y conclusiones comunes generales, y confluir con otros en ámbitos más amplios como quizás esté pensando Valerio en relación al “Secretariado Unificado”7.

Por otra parte, se niega el “partido-fracción” pero no se sabe con qué perspectiva estratégica. Una organización amplia internacional revolucionaria digna de tal nombre no existe en ninguna parte y, si existiera, se podría ser parte de ella como tendencia tal cual ocurrió históricamente –en términos generales- con el bolchevismo, el luxemburgismo, la izquierda holandesa, etcétera, en el seno de la Segunda Internacional.

Valerio contrapone la coordinación a la construcción de corrientes internacionales, contraposición que nos parece mecánica. Si Valerio piensa que el “mandelismo” o “posmandelismo” no tiene, también, elementos de corriente internacional que reivindica su tradición, se equivoca.

Puede proponer el rumbo que sea; puede decidirse por confluir con una corriente más grande en vez de proponer construir la propia o lo que sea, pero la reducción de problemas políticos y programáticos a cuestiones organizativas y, para colmo, por fuera de las condiciones reales de la lucha de clases, repetimos, nos parece un grave error. Los balances que se imponen de la experiencia histórica hay que sacarlos.

Nuevamente aquí se mezclan cuestiones de órdenes distintas: las cuestiones políticas y las cuestiones organizativas, dos órdenes que no tienen por qué coincidir, ni el contenido por qué no asumir distintas formas organizativas. Es a partir de esos balances que se conforman tendencias políticas internacionales con sus concepciones, programas, organizaciones, métodos.

No se puede participar de esos procesos de confluencia más amplios partiendo de la nada; no existe la generación espontánea de corrientes internacionales y nacionales de vanguardia con influencia de masas sin que sean fruto de la lucha de tendencias. Diluirse en ese sentido es un error fatal.

Por lo demás, Valerio agrega otro problema que viene de la vieja LIT: los problemas del llamado “partido madre” y si la sede de una corriente latinoamericana, por caso, sería distinto que esté en Buenos Aires o en San Pablo, a lo que agrega que eso no resolvería nada, cuestión con la que coincidimos.

Pero el problema no era ese. Primero, el “modelo” de “Internacional” de la vieja LIT de “organización con centralismo democrático”, fue un caricatura que sólo multiplicó los errores porque las decisiones se tomaban desde un centro con poco y nada de autoridad y con poco y nada de conocimiento del terreno de cada país, lo cual estaba –y está- equivocado de medio a medio.

Pero otra cuestión distinta es que en el seno de una corriente política internacional impere el puro federalismo y no se puedan procesar posiciones políticas y una experiencia común teniendo todos los cuidados del caso de no imponer nada que no corresponda o que signifique no respetar cada experiencia nacional.

No hace falta autoproclamarse ridículamente una “Internacional” como fue el caso del morenismo, ni es necesario –en el sentido de algo determinista mecánico- que constituirse en corriente internacional signifique asumirse como “partido fracción” que impida confluir con otros o estar en ámbitos mayores.

La crítica al “partido-fracción” parece apuntar a liquidar la importancia inexcusable que tiene la lucha política para construir y fortalecer a las corrientes y tendencias revolucionarias cualquiera sea el escenario político-constructivo: de forma independiente organizativamente (como en Argentina), o dentro de partidos más amplios (como en Brasil).

En fin, los textos de Valerio nos instigaron a poner por escrito esta reflexión así que sean bienvenidos.

 

Mirá también:  Argentina y Brasil - La política revolucionaria debe partir de la lucha de clases

 

1 Agradecemos los aportes de nuestro compañero Antonio Carlos Soler, de SoB Brasil, en la redacción de este texto.

2 La dictadura en la Argentina fue neoliberal y des-industrializadora, en Brasil fue desarrollista.

3 Las jornadas revolucionarias en la Argentina volvieron a repetirse, a una escala menor, el 14 y 18 de diciembre del 2017 hiriendo de muerte al gobierno de Macri. Y, en general, las experiencias de acción directa con participación central de la izquierda se han venido repitiendo a lo largo de los años, lo que nos otorga a los partidos argentinos una experiencia en el terreno que, quizás, no está presente en muchos otros lugares en la actualidad.

4 Repetimos que a Valerio se le escapa el problema de la burocracia sindical que es la otra cara del peronismo y el PT en el férreo dominio de la clase trabajadora.

5 De paso dejemos sentado que la caracterización sumaria que hace Valerio del trotskismo inglés nos parece sectaria y unilateral –sólo habrían podido dedicarse a “escribir y estudiar”- aunque es cierto que la situación en dicho país ha sido muy difícil.

6 La reescritura de la historia de la Revolución Rusa y de la izquierda argentina en clave populista no parece convincente desde el punto de vista de la construcción revolucionaria, sino más bien de una vía de escape que en el camino ha dejado las propias perspectivas estratégicas.

7 No desconocemos que esta corriente concentra una experiencia y acumulación política e intelectual internacional pero advertimos, también, acerca de su poca vitalidad militante independiente en la mayoría de los grupos que la integran, amén de su oportunismo.

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